Prólogo






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Capítulo uno



Querida Charlotte:

Me alegra que por fin hayáis delegado mayor responsabilidad en vuestras profesoras, en lugar de cargarla toda sobre vos. La señorita Prescott en particular parece muy valiosa, dada su inclinación por la contabilidad. Sé lo mucho que aborrecéis los números, así que esta es la mejor manera de que podáis seguir llevando el control sin tener que someteros a la tortura de hacer sumas.

Vuestro primo y amigo, Michael

Por quinta vez aquel día, la señorita Madeline Prescott miraba fijamente el sobre sellado. La palabra «rechazado» estaba escrita en él con caligrafía atrevida.

No podía creerlo. A pesar de no haber recibido respuesta a su carta anterior, ella seguía esperando que sir Humphry Davy leyera algún día una de sus cartas. Si eran rechazadas por sistema, no había ni la más pequeña esperanza de hacer llegar su caso personalmente al famoso químico.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Y ahora qué? No sabía a quién acudir, y su padre empeoraba día a día. Si no encontraba una solución pronto...

—Ah, estás aquí—dijo la señora Charlotte Harris, dueña y administradora de la Escuela de Señoritas de la señora Harris, al entrar a la oficina—. Imaginaba que te encontraría aquí.

Madeline guardó la carta en el bolsillo del delantal y forzó una sonrisa.

—Todavía estoy comprobando las cuentas.

La señora Harris se sentó al otro lado del escritorio, agitando sus rizos cobrizos.

—No te envidio lo más mínimo. Agradezco que te hagas cargo de esas obligaciones.

Su jefa no le estaría tan agradecida si tuviera idea del escándalo que había asociado al nombre de Prescott en Shropshire. La señora Harris esperaba que sus profesoras tuvieran una reputación intachable.

Un lacayo apareció en el umbral de la puerta del despacho y se dirigió a la señora Harris.

—Un tal lord Norcourt ha venido a visitarla, señora.

A Madeline se le secó la garganta. ¿El sobrino de sir Randolph Bickhams aquí? ¿Acaso el vizconde Norcourt podría estarla buscando por el malvado plan que su tío tenía contra su padre? ¿Acaso sir Randolph habría descubierto que estaban en Richmond?

No tenía sentido. No sólo porque el vizconde nunca la había conocido a ella, sino además porque se rumoreaba que él y sir Randolph estaban peleados. ¿Se habría enterado lord Norcourt de la conexión que ella tenía con su familia?

Incluso si era así, no podía saber que ella impartía clases allí. No se lo había contado a nadie de su casa en Telford. Y se había asegurado de ocultar su antigua vida a la señora Harris.

La señora Harris parecía perpleja.

—Pero si yo no conozco a lord Norcourt.

—Creo que está aquí por una futura pupila —dijo el lacayo.

Madeline se hundió en la silla aliviada. No era más que una casualidad. Gracias al cielo.

—No tengo plazas para este curso —dijo la señora Harris.

—Ya se lo he dicho, señora. Pero aún así insiste en hablar con usted.

La señora Harris se volvió hacia Madeline.

—¿Sabes algo sobre lord Norcourt?

—Un poco —respondió ella evasivamente—. Heredó el título de su hermano mayor el año pasado. Antes de eso, puede que lo hayas conocido como el honorable Anthony Dalton.

La señora Harris pestañeó.

—¿Ese sinvergüenza aficionado a las viudas?

—Eso dicen.

—Me pregunto por qué está aquí. No tiene hijas para matricular. —La señora Harris lanzó una mirada al lacayo y se llevó una lánguida mano a la sien—. Las malas lenguas cuentan que ha seducido a la mitad de las viudas de Londres.

—Eso es imposible. —Madeline hizo veloces cálculos mentales—. Entre una población de más de un millón de habitantes, si al menos una vigésima parte son viudas, tendría que haberse ido a la cama con una mujer cada cuatro horas durante los últimos diez años para conseguir esa cifra. Eso difícilmente le dejaría tiempo para el juego y para las fiestas desenfrenadas.

La forma en que la señora Harris arqueó las cejas demostraba que no apreciaba especialmente la perspectiva práctica de Madeline. Pero poca gente lo hacía.

—He oído hablar de esas fiestas —dijo la señora Harris con dureza—. El primo Michael incluso me describió una.

«El primo Michael» era el primer benefactor de la escuela, un individuo solitario que comunicaba a la señora Harris cualquier información social de carácter valioso para las herederas que ella tenía a su cargo. En privado, Madeline se preguntaba si el primo Michael de verdad estaba tan apartado de la sociedad como él daba a entender. Pero probablemente no lo descubriría nunca, ya que la identidad de aquel hombre no había sido revelada a nadie, ni siquiera a la señora Harris.

—No creerás que lord Norcourt ha venido hasta aquí porque yo soy viuda, ¿verdad? —preguntó la administradora caminando de un lado a otro ante la ventana que daba a los extensos jardines de la escuela. —Lo veo muy poco probable.

—El caso es que yo no tengo nada que ver con ese hombre. —La señora Harris se volvió hacia Madeline—. Quizás deberías hablar tú con él. Es hora de que empieces a aprender a manejarte con este tipo de cosas, y tú probablemente tendrás más tacto con él que yo, dada su reputación.

—Pero...

—¿Por qué ibas a limitarte a dar clases y llevar la contabilidad de la escuela? Has demostrado reiteradas veces que puedes manejar responsabilidades mayores. Así que ve a explicarle a lord Norcourt que no tenemos plazas.

Madeline vaciló. ¿Qué pasaría si cae hombre reconocía el apellido de su padre?

No, eso era una tontería. Prescott era un apellido de lo más común. Y difícilmente estaría familiarizado con los médicos del pueblo de su tío

Madeline se puso en pie y asintió.

-Me ocuparé del asunto inmediatamente.

Cuanto más se congraciaba con la señora Harris, más sólido seria su puesto en la escuela y resultaría menos probable que perdiera su posición si el escándalo que envolvía a su padre se desataba.

Mientras seguía al lacayo hacia el vestíbulo, se le ocurrió otra cosa. Por mucho que hubiera oído acerca de su reputación de sinvergüenza, el vizconde tenía relación con hombres de ciencia y conocimiento. ¡Según los informes, conocía al mismísimo sir Humphry Davy en persona! Ella tenía que aprovechar esa oportunidad a su favor para salvar a su padre y recuperar su antigua vida.

¿Pero cómo lograrlo si tenía que deshacerse de su señoría?

Cuando se acercaron al vestíbulo ella pidió al lacayo que se detuvieran a la sombra de las escaleras, pues primero quería examinar al hombre que caminaba de arriba abajo sobre el suelo de mármol con pasos rápidos y libres, juntando las manos detrás de la espalda.

Lord Norcourt era considerablemente más alto y más guapo que su odioso tío. Con su chaqueta, su chaleco y pantalones negros extremadamente delicados, a juego con el pelo negro cortado a la moda y cayendo sobre el cuello blanco, era una criatura tan magnífica como cualquier buen ejemplar de macho salvaje de esos que se describían en su libro de historia natural.

Ella examinó sus rasgos en el espejo que había tras él... la frente noble, la nariz aguileña, boca sensual, la mandíbula cuadrada. Pero todo eso no era nada comparado con su figura esbelta, que le habría llevado muchas horas forjar practicando esgrima, boxeo o cualquier otro deporte de caballeros.

Sí, en efecto era una bestia espléndida.

De pronto, él se detuvo ante el espejo con la cabeza ladeada, como un ciervo que nota el aroma del peligro, y ella tuvo tan sólo un segundo para prepararse antes de que él se girara para fijar en ella unos asombrosos ojos azules, de la mismísima tonalidad de los cristales de azurita que ella guardaba en un bote sobre su escritorio. Y dos veces más intensos, por no decir desconcertantes. Tenía todos los puntos para ser ese sujeto desvergonzado que describían los cotilleos.

—La señora Harris, supongo —dijo él, haciendo una breve reverencia incluso más altanera que la que habría hecho su tío.

Con el corazón acelerado, ella avanzó unos pasos.

—No, milord. Soy la señorita Prescott. —Él se limitó a lanzarle la misma mirada de desprecio que hubiera dedicado a cualquier subalterno.

—Quiero hablar con la directora.

—Está ocupada, por eso me ha enviado a mí. —Lord Norcourt frunció el ceño con irritación y ella despidió al lacayo tratando de que su tono sonara autoritario. Luego sonrió fríamente—. Yo me encargo de las finanzas de la escuela. También enseño matemáticas. Y además historia natural, cuando tengo tiempo.

Los rasgos cincelados del vizconde se suavizaron.

—¿Una naturalista? Eso es fabuloso. Debería haber más de ésas en las escuelas para jovencitas.

El despreocupado cumplido la dejó sin habla. A excepción de la señora Harris, nadie había visto su interés por las matemáticas y la historia natural como una virtud. Desde luego ningún hombre a excepción de su padre lo había hecho. Qué extraordinario.

Pero cuando el cumplido fue seguido de la mirada de él, una mirada que la evaluaba y que terminó en una sonrisa que cortaba la respiración, toda dientes blancos y de un atractivo halagador, ella lo miró con más cinismo. ¿Acaso no era un excelente seductor de mujeres? No era de extrañar que acabaran en su cama tan rápidamente.

—Supongo que se pregunta por qué estoy aquí —continuó él. Su sonrisa se desvaneció de golpe—. Verá, mi hermano mayor y su esposa murieron el mes pasado en el incendio de una posada.

—Lamento mucho su pérdida —murmuró ella.

Su gesto de reconocimiento dejó caer una onda de cabello negro sobre su frente. Él la apartó con una rapidez que indicaba que era un gesto que repetía con frecuencia.

—Dejaron una hija de doce años, la honorable señorita Teresa Ann Dalton. Por eso estoy aquí. Para inscribir a mi sobrina en su academia.

—El lacayo le habrá explicado que no quedan plazas disponibles en este momento.

El arqueó una ceja.

—Ese tipo de cuestiones generalmente pueden arreglarse con una suma de dinero.

Gracias a Dios que la señora Harris no se ocupaba del asunto, ya que la insinuación de que su voluntad pudiera comprarse habría puesto fin a la conversación. Pero Madeline se negaba a echar al vizconde antes de averiguar si éste podría procurarle alguna ayuda para papá.

—Lo que sucede —dijo, suavizando las palabras con un tono amable lo mejor que pudo— es que la señora Harris no necesita que le hagan ofertas de dinero. Requerirá alguna razón de mayor peso para considerar su petición.

—El gusto refinado de su directora sin duda es un mérito, al igual que su currículo fuera de lo común. Pero, sin duda, ninguna de ustedes permitiría que algo tan arbitrario como el número de alumnas haga dejar al margen a una chica de inteligencia superior que incrementaría el prestigio de su institución.

—Hay otras escuelas...

—No inscribiría ni a mi caballo en ninguna de ellas, y mucho menos a una joven tan influenciable. Funcionan fatal, proporcionando una educación mediocre y frívola.

Estaba claro que se había informado concienzudamente. Y sin duda la señora Harris podría encontrar lugar para otra chica, haciendo algunos ajustes. Además, si Madeline podía conseguirle ese favor a lord Norcourt...

Pero primero tendría que convencer a la señora Harris, y para eso debía enterarse de algo más.

—¿Por qué se ha hecho usted cargo de su sobrina? ¿No es poco corriente nombrar a un hombre soltero como tutor?

—El hombre casado que nombró mi hermano murió hace unos años, y Wallace nunca se tomó la molestia de cambiar su testamento. —Un tono arisco asomó a su voz—. La negligencia era su talento especial.

Eso era lo que ella había oído. En Telford, Wallace Dalton era conocido como un hombre extravagante y a la vez aburrido que había desatendido su finca de Surrey persiguiendo un alto nivel de vida. A Madeline no le sorprendería que hubiera dejado a su hermano menor una buena cantidad de deudas.

—Afortunadamente —continuó el vizconde—, mi sobrina ha heredado una sustancial suma de dinero a través de un acuerdo de matrimonio de su madre, un dinero que mi hermano no podía tocar. Así que si le preocupaba que su legado no pudiera pagar los honorarios...

—Simplemente trato de entender su situación legal. ¿Es usted el tutor de la señorita Dalton, sí o no?

Por primera vez las maneras confiadas del vizconde flaquearon.

—No lo soy —admitió, y luego añadió rápidamente—: pero espero serlo muy pronto. El tribunal debe nombrar a alguien y yo he solicitado ser su tutor, y tengo toda la esperanza de que se me conceda.

¿Con su reputación? Madeline no sabía mucho sobre tribunales, pero tenía serias dudas de que asignaran a un soltero desvergonzado como tutor de una jovencita.

Sin embargo, era un vizconde. ¿Y acaso estaría allí si no estuviera seguro del resultado?

—¿Su sobrina no tiene otros parientes interesados en servir de tutores ?

Un músculo de su mandíbula se agitó.

—Mi tío y mi tía maternos también han hecho una solicitud como tutores ante el tribunal.

¿Se estaría refiriendo a los Bickhams? Pero su hija, Jane, ya era mayor. ¿Por qué iban a querer ocuparse de un pariente joven a su edad? A menos que...

—La finca de su hermano debe de representar una buena suma para el tutor —dijo ella.

Todo rastro de su encanto se desvaneció.

—No es el dinero de mi sobrina lo que persigo.

—Oh, yo no quería insinuar que usted...

—Tessa ha estado viviendo con mi tía Eunice y mi tío Randolph desde que murieron sus padres, y ellos la hacen más desgraciada cada día.

Madeline podía creerlo. Los Bickhams harían desgraciado a cualquiera, especialmente a una chica dolida que necesitaba consuelo, y no sermones morales.

Pobre señorita Dalton. Cuando Madeline perdió a su madre hacía unos pocos años, al menos había tenido tiempo para recuperarse. No se había visto en medio de una batalla entre parientes inmediatamente después.

—Una cosa es que esté triste —dijo ella—, pero desde luego sus parientes no van a maltratarla.

—Eso es precisamente lo que yo temo. —Sus rasgos se endurecieron—. Ya lo han hecho antes.

¿A quién? Sin duda no sería a él. Si la memoria no la engañaba, él había vivido con los Bickhams durante un breve periodo cuando era niño, pero su padre estaba vivo entonces, y ni siquiera los Bickhams serían tan prepotentes como para maltratar al hijo de un vizconde.

Tal vez lord Norcourt se refería a su prima Jane. Se había casado y vivía en Telford, y sin embargo era notorio que evitaba a sus padres. Madeline guardó silencio.

—Debo sacar a Tessa de ese horrible lugar —continuó él—. Ninguno de esos dos es adecuado para educar a un niño, y mucho menos mi tía.

—Entiendo su preocupación —dijo ella suavemente—, pero no veo de qué manera puede ayudar a inscribir aquí a su sobrina.

—Los Bickhams cultivan una fachada de familia acogedora. Tienen una buena posición, son una familia respetable en una localidad tranquila de la campiña. A los ojos del tribunal, sus ventajas pesan más que las desventajas, siendo yo un soltero de mala reputación, incluso aunque tenga título. La única forma de equilibrar la balanza es mostrar que yo puedo ofrecer otras ventajas: el refinamiento de la ciudad, una vida social más adecuada a su rango, el tipo de cosas que no puede recibir en el campo. Por eso resulta tan importante que usted la acepte aquí.

—Entiendo.

Lo entendía muy bien. La situación de su sobrina era casi tan desesperada como la suya. Pero las dos podrían beneficiarse si Madeline le hacía aquel favor al vizconde.

—Muy bien, milord, hablaré con la señora Harris en su favor. Tenga la amabilidad de esperar aquí hasta que regrese.

Abandonó el lugar, ignorando el dolor que le provocaba el evidente afecto que el vizconde sentía por su sobrina. Papá había sido igual de protector respecto a su futuro, hasta que sir Randolph arruinó su reputación y acabó con su sustento.

Brotó un sollozo en su garganta. Por aquellos días, papá ya no era capaz ni de levantarse de la cama, y mucho menos de defenderla. Su tristeza lo abrumaba demasiado como para luchar, y sin los ingresos de su trabajo, pronto se quedarían sin fondos, a pesar del modesto puesto que ella tenía.

Debía devolverle a papá su antigua vida, incluso si eso suponía implorar un favor al vizconde. Pero sólo podría hacer eso si convencía a su jefa de que aceptara a la señorita Dalton.

Eso resultó ser más difícil de lo esperado. Aún después de que Madeline explicara la situación desesperada de la señorita Dalton, la señora Harris seguía sin decidirse.

—El es un sinvergüenza, por el amor de Dios. No debería estar a cargo de una jovencita.

—Y no lo estará —señaló Madeline—. Lo estaremos nosotras. Además, tú sabes que los cotilleos son siempre exagerados. Su reputación no puede ser tan mala como se dice.

—¿Eso crees? Entonces no debes de haber oído lo mismo que yo. ¿Qué me dices de los asuntos depravados en los que se ve envuelto, esos que siempre lo llevan a aparecer en los periódicos ?

—Si está usted hablando de mis fiestas de óxido nitroso, señora —interrumpió una voz masculina desde el umbral de la puerta— tenga en cuenta que éstas se hacen por el bien de la investigación científica.

Madeline gruñó. Debería haber supuesto que el vizconde no la dejaría ocuparse sola del asunto. Era el tipo de hombre acostumbrado a hacerse cargo de las cosas.

Lord Norcourt entró con la ira reflejada en sus facciones.

—A mis fiestas asisten algunas de las mentes más brillantes de las artes y las ciencias.

Esa era precisamente la razón por la que Madeline estaba tratando de ayudarlo. Pero ahora, sacando a la luz su carácter, ese tonto arrogante estaba poniendo en peligro su destino con la señora Harris.

—Lord Norcourt, le presento a mi superiora —se apresuró a intervenir, decidida a recuperar el control—. Señora Harris, permítame presentarle...

—No hay necesidad de presentar a un hombre cuya reputación lo precede —dijo la señora Harris, dejando aflorar su propio carácter mientras se volvía hacia el vizconde—. Y esas «mentes brillantes» no son sus únicos invitados, señor. ¿Qué me dice de las mujeres semidesnudas que dan brincos por ahí mientras los jóvenes hombres «de las ciencias y de las artes» dan caladas a sus bolsas de gas y se comen a las mujeres con los ojos a modo de deporte? De acuerdo con mis fuentes, muy dignas de confianza, sus fiestas no siempre se celebran por «el bien de la investigación científica».

Los ojos de él brillaron de irritación.

—Usted debe de tener fuentes muy interesantes. Y sí, soy consciente de que tendré que ser más discreto con una jovencita en mi casa. No habrá más fiestas de solteros bajo mi techo, y no habrá más mujeres a excepción de una respetable dama de compañía para atender a Tessa. Cuando mi sobrina no esté aquí, tendrá la misma vida que la joven hija de un lord.

—¿Está diciendo que abandonará a sus amantes y las largas noches en los clubes?

—Ella nunca oirá ni verá nada que pueda avergonzarla o corromperla —dijo a modo de evasiva—. Dudo que pueda esperar más de cualquier hombre casado que envíe aquí a su hija, felizmente ignorante de las actividades de su papaíto.

La señora Harris prefirió no contestar que los padres de sus alumnas no se entregaban a malos comportamientos; sabía que muchos hombres considerados respetables lo hacían.

—Si creyera que su señoría es capaz de ser discreto, puede que encontrara una plaza para su sobrina en este curso, pero dada su reputación de hacer alarde de su mala vida, realmente dudo que...

—¿Está cuestionando mi palabra, señora? —pronunció las palabras con suavidad, lo cual sólo consiguió hacer su amenaza más escalofriante.

Y la señora Harris siempre había despreciado las amenazas.

—Digamos que con el transcurso de los años me he vuelto algo cínica respecto a la capacidad de los hombres para cambiar sus costumbres.

El vizconde plantó las manos sobre el escritorio.

—Una cosa es ser cínica, pero ser cruel y no tener compasión es otra muy distinta. Yo puedo jurarle que si mi sobrina es educada con la severidad de mis parientes su alma quedará marcada para toda la vida.

A pesar de que la señora Harris se estremeció, no llegó a ablandarse.

—Entonces tendrá que inscribirla en otra escuela para jovencitas.

—¡No puedo! —Hizo una mueca de dolor, luego se apartó del escritorio soltando una maldición, como si no hubiera querido decir eso—. No puedo inscribirla en otro lugar.

—¿Por qué no? —preguntó la señora Harris.

—Porque no la aceptarán.

—Creí que había dicho que era usted quien no quería otras escuelas -señaló Madeline.

—Y así es. Pero por otra parte han rechazado darme una plaza hasta que gane la custodia. No quieren verse involucrados en mi lucha.

—Y yo tampoco —dijo la señora Harris.

—Sí, pero usted tiene la reputación suficiente para afrontarlo, y ellos no. Lamentablemente, a menos que encuentre una escuela respetable donde matricularla, de manera que pueda demostrar que estar bajo mi custodia es una ventaja, no me concederán ser su tutor. Ese es mi problema.

La señora Harris alzó la barbilla.

—Su problema es que las directoras de colegios no se dejan convencer tan fácilmente para traicionar sus propios principios como las compañías femeninas que habitualmente frecuenta.

El apretó la mandíbula.

—Ya veo que incluso una mujer tan abierta al pensamiento como usted puede demostrar una mente obtusa en referencia a los hombres. No me acerqué a usted hasta el final de mi búsqueda porque sospechaba que sus bien conocidos «principios» la harían abstenerse de ayudarme. Por lo visto estaba en lo cierto. Buenos días, señoras.

Mientras se alejaba, Madeline sintió crecer el pánico. No podía permitir que la señora Harris ahuyentase al vizconde. ¡Él podía ser la única oportunidad de ayudar a su padre!

—Tal vez su señoría pueda demostrar que es un tutor aceptable para una joven —soltó de golpe Madeline.

Mientras el vizconde se detenía, con una vaga chispa de esperanza en su rostro, la señora Harris la miró frunciendo el ceño. Madeline tenía que manejar el asunto con mucho tacto. No podía arriesgarse a perder su puesto en su entusiasmo por ganarse el favor del vizconde.

—Si su señoría demostrara que es capaz de llevar discretamente sus actividades privadas —continuó Madeline—, ¿no sería beneficioso para la escuela aceptar a su sobrina? Pienso en el prestigio de tener una estudiante que ha sido hija de un vizconde y ahora es sobrina de un vizconde. Tenemos muy pocas pupilas que pertenezcan a la nobleza.

—Eso es cierto —dijo la señora Harris—, pero si acepto encargarme de ella, estaré demostrando que apoyo la petición de su señoría de ser su tutor, lo cual me coloca en una posición incómoda.

—No es necesario que te comprometas en nada hasta no estar convencida de que lord Norcourt es capaz de ser un buen tutor.

—No puedo quedarme cruzado de brazos esperando a que una directora magnánima decida mi destino —gruñó él—. Tengo que ocuparme de las deudas de mi hermano, tengo una finca por atender...

—Lo entiendo. Pero demostrar su competencia no le llevará más que un par de semanas. Mi propuesta le permitirá ser útil para la escuela, y a la larga para su sobrina.

—Realmente, Madeline, esto no tiene sentido —intervino la señora Harris—. ¿Qué podría ofrecer su señoría que fuera útil para la escuela?

Madeline concentró todo su poder de persuasión en su recelosa jefa. No estaba dispuesta a dejar que esa oportunidad se le escapara de las manos.

—¿Cuántas veces has lamentado que las chicas carezcan de experiencia a la hora de tratar con sinvergüenzas y cazadores de fortunas? No importa cuánto las alertemos acerca de ellos, en el momento en que se hallan en presencia de algún caballero atractivo que les haga cumplidos lo olvidan todo.

—¿Adonde quieres llegar? —preguntó la señora Harris irritada pero sin rechazar la propuesta de Madeline. Era cierto que muy a menudo se desesperaba por lo tontas e impresionables que llegaban a ser las jóvenes.

—Si las chicas pueden escuchar las advertencias de un experto en estas manipulaciones sabrán hacer caso.—Se cuadró de hombros y miró a su superiora de frente—. Creo que el vizconde podría dar algunas lecciones a nuestras chicas.

La señora Harris contuvo un grito.

—¿Qué tipo de lecciones podría...?

—Podría enseñarles a las chicas cómo evitar las manipulaciones de los sinvergüenzas y canallas. —Madeline sonrió—. Podría dar lecciones sobre libertinos.

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