Prólogo






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Capítulo trece



Querida Charlotte:

Estáis completamente loca. ¿De verdad creéis que Norcourt y lady Tarley pueden comportarse de manera decente delante de jovencitas impresionables? ¿Qué opina de vuestro plan la señorita Prescott?
Vuestro primo, Michael
Anthony recuperó lentamente sus sentidos, como flotando por la embriagadora liberación, mientras Madeline retiraba su mano. Una vez más, ella había despertado a la bestia que había en él, impidiéndole comportarse como debía.

Quería enfadarse, pero en realidad era incapaz de lamentarlo. Además, ella parecía tan frágil e incómoda que lo único que quería era tranquilizarla.

—¿Estás bien? —Le secó los dedos con la parte limpia del pañuelo.

—Bien. —Pero evitó mirarlo mientras se arreglaba la ropa.

—¿Te arrepientes de haberte quedado conmigo? —preguntó él.

—No, por supuesto que no —murmuró. Antes de que él pudiera sonreír por su respuesta, ella continuó diciendo—: Ya que he aceptado tus condiciones, podemos continuar con nuestro trato.

Una repentina oleada de ira lo tomó por sorpresa.

—¿Es eso lo que ha significado para ti? ¿Ha sido tan sólo una manera de conseguir tu fiesta?

—¿Y qué ha significado para ti? —respondió ella levantando ligeramente su barbilla.

La pregunta lo hizo detenerse. Su enfado no tenía sentido... él había conseguido sentir placer, ¿qué importaba entonces cómo se sentía ella respecto a lo que habían hecho?

No sabía por qué le importaba, pero la verdad era que le importaba. Contemplaba su vulnerable expresión y quería... más. Por primera vez sentía que quería más. Pero no estaba dispuesto a decírselo. Ella ya había sacado bastante ventaja de la extraña obsesión que lo aquejaba.

Además, ¿cómo iba a explicarle que nunca había conocido a una mujer como ella? ¿Qué nunca había coqueteado con ninguna? Pensaría que era un tonto si le confesaba que había luchado toda su vida para evitar cualquier aventura que pudiera llevarlo más lejos, cualquiera que pudiera acabar mal, perjudicando a ambas partes.

Desde luego no podía decirle que cuanto más tiempo pasaba junto a ella, más evidente le resultaba que se estaba metiendo de lleno precisamente en aquellas situaciones que siempre había estado intentando evitar. Y que no podía entender por qué era así. Y que tampoco sabía cómo detenerlo.

—No ha sido como las experiencias que acostumbro a tener —admitió finalmente.

Ella pestañeó y a continuación frunció el ceño.

—Me cuesta creer que ninguna mujer te haya dado placer de esa manera.

—No me refería a eso. —Levantó la mano limpia y le acarició la mejilla, notando en sus ojos el brillo de lágrimas que no había derramado. Lo que significaba que estaba afectada, aunque no quisiera reconocerlo—. Me refería a que tú... eres capaz de poner a un hombre fuera de sí, haciéndolo olvidar cosas que no debería olvidar.

Como los defectos de su carácter. O el hecho de que no debería coquetear con la única mujer que ha aceptado ayudarlo con la situación de Tessa.

A ella se le escapó de los labios un pequeño suspiro.

—Entonces en eso nos parecemos. Tú también me haces estar como fuera de mí. —Lo miró fijamente con los ojos muy abiertos—. Y ni siquiera sé si quiero escapar de mí misma.

De pronto él sintió que estaba a punto de descubrir algo importante sobre ella. Si se atrevía a ir más lejos. Si se atrevía a dejar que eso se convirtiera...

No, era imprudente. En lugar de eso, volvió a recuperar su cómodo papel de seductor experto.

—Es comprensible. —Retiró la mano de su mejilla y comenzó a abrocharse la ropa—. Si está bien hecha, la «cópula» tiende a ponerlo a uno fuera de sí. —Las palabras sonaron falsas incluso a sus propios oídos.

—Si tú lo dices. —Aunque su tono hacía juego con el de él, simulando indiferencia, el temblor de sus manos mientras terminaba de arreglarse la ropa indicaba que él la había herido al convertirse de nuevo en el libertino consumado.

Sin embargo, continuó.

—Créeme, será todavía mejor el sábado.

Ella se movió incómoda.

—No he dicho que vaya a acostarme contigo.

—No, pero lo harás.

Lo miró fijamente con ojos redondos y solemnes.

—Eso está por verse.

Él permitió que ella se dijera a sí misma que evitaría cualquier enredo futuro. Ambos sabían que era mentira. Que una mujer volviera al celibato después de su primera experiencia con un hombre no era bueno, y eso era lo que indudablemente le había sucedido a ella antes. Si una mujer experimentaba por una vez su propia sensualidad en toda su gloria, nunca sería capaz de negársela a sí misma.

Como prueba de eso, sólo tenía que pensar en cualquiera de las viudas que había seducido... no importaba cuánto echaran de menos a sus maridos, lo que más echaban de menos era la cama. Y si no ocurría así era únicamente porque sus maridos no eran buenos en la cama.

O eso era al menos lo que se había estado diciendo a sí mismo durante los últimos diez años. Era mejor creer eso que pensar que esas mujeres sólo se iban a la cama con él porque se sentían solas. Y porque su necesidad de aliviar su propia soledad era tan clara para ellas como las letras de una página.

Soltó una maldición por lo bajo. Eso era ridículo. Se iba a la cama con mujeres porque necesitaba aliviar sus incontrolables urgencias, porque quería superar las noches oscuras. No porque estuviera solo.

Y deseaba a Madeline por la misma razón. ¡La deseaba, maldita sea!

Madeline se dirigió hacia la puerta, pero él la cogió del brozo.

—¿Juras que me darás mis respuestas el sábado por la noche?

—Sí, después de la fiesta. Ahora debo irme.

La soltó a regañadientes, observando cómo se escabullía del pabellón del jardín. Esperó un momento, luego salió para dar una rápida inspección a la zona. Satisfecho de que no hubiera nadie cerca, se encaminó hacia la casa.

Cuando entró en la finca, Madeline estaba sentada en el comedor contando que había ido a buscar a lady Tarley cerca de los coches, sin darse cuenta de que la condesa estaba en otro sitio. A juzgar por la reacción de la señora Harris, la directora y Madeline se habían puesto de acuerdo de antemano sobre qué versión dar.

Así que era su turno. Fingió sorprenderse al oír que lo habían estado buscando. Explicó que había ido a dar un paseo alrededor de la pequeña laguna de Godwin. Aunque la señora Harris lo observaba de cerca y las chicas susurraban cosas, parecieron aceptar su historia. Hubo un breve momento en que parecía que Kitty, por despecho, iba a contradecirlo, pero la frialdad de su mirada sofocó cualquier problema que pudiera estar dispuesta a causar.

Afortunadamente, se subieron a los coches un rato después y se dirigieron de vuelta hacia la escuela. Esta vez, a las dos chicas no pareció importarles que él permaneciera extraordinariamente silencioso y se dedicaron a charlar sobre lo que habían visto. Sólo la señora Harris se dio cuenta y le lanzó algunas miradas inquisitivas, aunque no dijo nada.

Una vez llegados a su destino, él se marchó de regreso a Londres. Era más tarde de lo que había previsto y tenía algunos asuntos desagradables que discutir con su abogado antes de poder reunirse con Stoneville como había planeado.

Cuando Anthony entró en el despacho del abogado, deteniéndose para darle su sombrero al recepcionista en la oficina exterior, el señor Joseph Baines se levantó de detrás de su escritorio en la oficina interior.

—Milord, ¿a qué debemos este inesperado placer?

El abogado de la familia nunca había sentido mucha simpatía por Anthony y el sentimiento era mutuo. Pero Anthony podía vivir con eso, ya que sabía que el hombre merecía la confianza que Wallace y su padre habían puesto en él.

Anthony esperó a que el señor Baines cerrara la puerta y retornara a su asiento antes de empezar a hablar.

—Pensaba que sabría que he despedido a mi administradora en Norcourt Hall.

Una expresión de desaprobación quedó claramente grabada en el rostro excesivamente empolvado del abogado.

—¿Despedido?

—Sí. —Anthony se sentó y apoyó el tobillo sobre su rodilla. Sacó dos folios de papel doblados y los desdobló sobre el escritorio—. Esta es sólo una muestra de las canalladas que hace con los libros de contabilidad. Me llevó apenas una pocas horas descubrir cuánto dinero había estado ocultando para pagar mal a los empleados. —Observó el rostro de Baines atentamente—. No es de extrañar que tengamos problemas para mantener empleados a nuestros lacayos. Y el mayordomo estuvo a punto de dimitir antes de enterarse de que su salario supuestamente era más alto.

La conmoción en el rostro de Baines no parecía fingida, y tampoco había ni rastro de culpa en su expresión. Tal vez no había intervenido en el engaño del administrador. Anthony esperaba que no.

Baines miró por encima los papeles, y luego habló en voz muy baja.

—Milord, yo no tenía ni idea. Venía altamente recomendado, y yo redacté los contratos presuponiendo...

—Estoy seguro de que es verdad. Pero yo creía que usted debía estar informado sobre su persona.

—Ciertamente, señor. —Se movió incómodo, y luego puso las manos sobre el escritorio.

—Renuncio a mi puesto inmediatamente, por supuesto. Yo soy quien lo contrató, y en consecuencia soy el responsable de su traición.

Durante una fracción de segundo, Anthony tuvo la tentación de aceptar la renuncia de ese hombre. Pero el hecho de que reaccionara de aquel modo lo absolvía de cualquier mala conducta. Y lo cierto era que el abogado tenía una mente muy aguda para las cuestiones legales y la ambición necesaria para sacar beneficio de ello. El hecho de que mostrara una antipatía personal hacia Anthony podía ser irritante, pero eso no impedía que cumpliera con sus obligaciones con la mayor habilidad. Sólo por eso Anthony ya lo admiraba.

—Me temo que tendré que rechazar su renuncia, señor Baines. No le echo la culpa en este asunto. Simplemente consideré que debía estar informado.

—Gracias, señor. Trataré de hacerme merecedor de la confianza que deposita en mí.

Su palpable alivio tomó a Anthony por sorpresa. Tal vez, después de todo, al señor Baines no le desagradaba del todo ser el abogado de Norcourt.

—Ahora —continuó Anthony—, necesito que encuentre a alguien para reemplazar al administrador lo antes posible. —De pronto se le ocurrió una idea—. Por otra parte, ¿no habrá oído hablar de algún cocinero de talento que esté buscando un puesto?

El señor Baines levantó la cabeza bruscamente.

—Supongo que el cocinero de Norcourt Hall no lo ha dejado también.

—No, lo pregunto por el interés de una conocida mía, la señora Harris.

El hombre recuperó su conducta fría.

—¿Una viuda, supongo?

—Sí, pero no de las alegres. —Para su sorpresa, disfrutó bastante desafiando las malas expectativas que su abogado tenía hacia él—. Dirige la escuela de jovencitas que ha aceptado admitir a la señorita Dalton. —O que la aceptaría, si él conseguía no estropearlo—. Tal vez haya oído hablar de ella. Es la Escuela de Señoritas de la señora Harris.

Baines asintió como si estuviera aturdido. Una prueba tan evidente de responsabilidad por parte de Anthony era obviamente más de lo que podía esperar.

—Usted dijo que ninguna escuela la aceptaría hasta que ganara la custodia.

—Resulta que me equivocaba.

Por primera vez desde que Anthony conocía a aquel hombre, había un brillo de respeto en sus ojos.

—La escuela de la señora Harris es excelente, muy prestigiosa —dijo Baines—. Si usted se asegura una plaza allí para su sobrina, eso ayudará enormemente a su causa. Especialmente tras el cambio de su situación.

—¿Qué cambio? —Sintió una oleada de aprensión en el estómago.

—No pensaba discutirlo con usted hasta que se confirmaran los rumores, pero mi fuente dice que el tribunal ya está inclinado a darle la custodia a su tío.

—¡Qué! Pero si el abogado ni siquiera ha tenido la oportunidad de alegar por mi caso.

—Como le dije antes, tendrán en consideración otras cosas más allá de su fortuna o su rango. De acuerdo con las declaraciones sostenidas por lord Tarley...

—¿Qué tiene que ver el conde de Tarley con todo esto? —dijo Anthony con voz ronca.

—Se ha ganado los favores de uno de los jueces, y usted no parece gustarle.

No era sorprendente. ¡Maldición! De haber sabido que aquel escarceo con Kitty lo acompañaría por toda la eternidad como el olor del pescado muerto no hubiera pasado jamás ni un solo minuto en su cama. Desde luego no había valido la pena.

—¿Hay algo que pueda hacer respecto a los prejuicios del tribunal? —preguntó Anthony.

—Simplemente las mismas cosas en las que ya he insistido. Evitar los locales de juego, abstenerse de las damas de la noche, intentar no ser visto en compañía de calaveras famosos...

—Y acudir a la iglesia, apostar por la santidad y Dios sabe qué más —le espetó Anthony—. Todo para satisfacer alguna dudosa idea acerca de qué es un hombre respetable.

—Puede que sea dudosa, milord —dijo Baines, volviendo a sus modales habituales—, pero se trata de la forma en la que vive la mayoría de la gente.

—¡Entonces maldita sea esa mayoría!

Cuando Baines frunció el ceño, Anthony reprimió otro insulto.

—Discúlpeme, señor, últimamente estoy fuera de mí. Este asunto del futuro de Tessa es muy angustiante.

—Tal vez debería dejarla con sus parientes.

—Que el diablo me lleve si lo hago. No permitiré que los Bickhams la hundan en la miseria. —Se frotó la cicatriz de la muñeca, luego se inclinó hacia delante—. ¿Podemos ganar? ¿A pesar de Tarley?

Baines lanzó una mirada a los papeles que mostraban la perfidia del administrador y luego se cuadró de hombros.

—Creo que podemos, sí. Su certeza de que la aceptarán en la escuela pesa mucho a su favor. Y he conseguido un abogado que no tiene parangón discutiendo casos de este tipo. Si Usted puede mostrar al tribunal...

—Que soy capaz de ser un tutor decente. Lo sé. Estoy trabajando en eso.

Pero cuando abandonó el despacho de Baines media hora más tarde, después de haber estado discutiendo estrategias, su inquietud no había disminuido. Le preocupaba tener que proporcionar esa fiesta a Madeline justo en un momento en que se suponía que debía abandonar todo eso. Le molestaba que claramente lo estuviera engañando acerca de la razón por la cual eso era tan importante para ella. Y sobre todo, le molestaba que ahora además estuviera involucrado lord Tarley.

Afortunadamente, Kitty probablemente no alimentaría el disgusto de su marido hablándole de su reciente encuentro con un antiguo amante. Y si era tan estúpida como para hacerlo, él sólo podía culparse a sí mismo por haberle dado ese poder sobre él en cierta ocasión.

Sus años de burlarse de la alta sociedad lo habían conducido a esto, a una prisión construida por sí mismo. Tal vez debería haber vivido de una manera más sensata.

Apretó los dientes y montó en su caballo. No, no tenía nada que lamentar. ¿Por qué debía alimentar la locura que había a su alrededor? ¿Por qué iba a darles a su tía y a su tío [a satisfacción de creer que sus despreciables métodos habían sido buenos y justos? ¿No era mejor demostrar con su propia vida que estaban equivocados?

«Sí, ¿y acaso ellos están ahora sufriendo por eso? Ahora pueden atormentar a Tessa, todo porque tú no pudiste ser más prudente.»

Frunció el ceño ante la voz de su conciencia, que no podía haber elegido un peor momento para manifestarse. ¿Dónde había estado cuando él se dedicaba a cepillarse a todas las viudas de la alta sociedad?

«Desterrada por ti. ¿Recuerdas?»

Insolente y maldita conciencia. Muy bien, había cometida errores por los que ahora debía pagar. Pero Tessa no pagaría también por ellos, si él podía evitarlo.

Consultó su reloj de bolsillo. Maldita sea, esa discusión con Baines le había llevado más tiempo del que esperaba. Llegaba tarde a su cita con Stoneville en Brompton Vale para hablar sobre la fiesta de óxido nitroso. Y nunca era prudente dejar a Stoneville esperando.

Justo como temía, cuando llegó, Stoneville ya estaba emborrachándose, gracias a una petaca de whisky que blandió en el aire cuando vio acercarse a Anthony.

—Por el amor de Dios —soltó Anthony—, ¿desde cuándo llevas el whisky contigo a todas partes?

—Desde que tú te convertiste en un mojigato. —Stoneville dio un último trago y a continuación guardó la petaca en su inmaculada chaqueta de montar—. Sólo porque tú estés tratando de demostrar algo al mundo no significa que los demás tengamos que aburrirnos.

—Lamento decepcionarte, viejo amigo, pero eres mucho más aburrido cuando estás bebido que cuando estás sobrio.

Era cierto. ¿Por qué no lo había notado nunca antes? ¿Y a él le pasaría lo mismo? ¿Se convertiría en un idiota despreocupado cuando estaba ebrio?

«Demasiado vino conduce al libertinaje. Por no mencionar otros comportamientos idiotas en los que una persona sobria nunca incurriría.»

Maravilloso, ahora Madeline y su maldita conciencia trabajaban en equipo para acosarlo. Sin piedad, los ignoró a ambos.

—Necesito un favor.

—Eso deduje al ver tu nota —dijo Stoneville, mientras sacaban los caballos para dar un paseo a lo largo del perímetro del recinto—. ¿Pero qué es tan importante como para venir a este lugar desértico? Desde luego prefiero Roten Row.

—Por una vez puedes abstenerte de comerte con los ojos a las bailarinas de ópera en sus carruajes. Se supone que no debo ser visto en compañía de calaveras famosos como tú. Tus criados hablan, mis criados hablan, y no se me ocurría ningún otro sitio para encontrarnos que no fuera un burdel, un antro o un maldito club de juego. Aquí nadie nos verá.

—Muy bien. ¿Cuál es el favor?

—Necesito que convoques una fiesta de óxido nitroso.

A Stoneville se le encendieron los ojos.

—Sabía que no ibas a poder aguantar esa vida monástica por mucho tiempo. Desde luego que tenemos que hacer una fiesta.

—No, nosotros no. Tú. Yo estaré allí, pero me quedaré escondido. Mi abogado ha sido muy claro sobre ese aspecto. Por eso necesito que seas tú quien convoque la fiesta, porque no puedo estar implicado.

—¿Y entonces por qué celebrarla?

No iba a contarle a Stoneville que había sido chantajeado por una maestra de escuela.

—¿Y a ti qué te importa? Simplemente convoca la fiesta, por el amor de Dios.

Stoneville levantó las manos.

—Bien. Hay un grupo de bellas jovencitas donde la señora Beard, que estoy ansioso por...

—No se trata de ese tipo de fiesta de óxido nitroso, maldita sea. Ha de ser del otro tipo. Con gente de cierta... estatura.

—¿Una de esas aburridas? —se quejó Stoneville—. Yo nunca voy a esos eventos cuando los organizas. Bueno, excepto cuando vienen tipos de la realeza. Al menos saben cómo divertirse.

—Entonces invítalos. —Reflexionó un momento—. A ella le gustará.

—¿Quién es ella?

Anthony pestañeó. Pero finalmente tendría que contarle a Stoneville algo sobre Madeline. Sólo que no tenía por qué decirle la verdad.

—Mi... mi prima. Hace años que le prometo que si viene a la ciudad podría acudir a una de esas fiestas, y ahora me exige cumplir mi promesa. Por eso te necesito de anfitrión.

—Ah. ¿Es guapa?

Apretando los dientes, Anthony miró con odio a su amigo

—Bastante guapa, supongo. —Si Stoneville tenía la menor sospecha de que él albergaba sentimientos por Madeline, flirtearía con ella aunque sólo fuera para torturarlo—. Pero muy aburrida, de esas mujeres cultas. Tiene interés científico por el óxido nitroso. Quiere observar sus efectos en las personas.

Stoneville adelantó con su caballo a un perro que ladraba.

—Puede comprobar sus efectos en las putas tanto como en personas de la realeza.

—Es mi prima, maldita sea. No quiero exponerla a ese tipo de cosas. —Alarmado por el brillo calculador de los ojos da Stoneville, se apresuró a añadir algo—. Y además está casada. Con... un párroco.

Stoneville arqueó los ojos con asombro.

—¿Tienes una prima casada con un párroco? ¿Por qué nunca he oído hablar de ella?

—Yo nunca he oído hablar de tus primas, ¿por qué ibas a oír hablar tú de las mías? Es una prima lejana, del campo.

—¿Su marido vendrá a la fiesta?

Maldición, no tendría que haberse inventado un marido. Pero ninguna mujer soltera arriesgaría su reputación yendo a una fiesta así. Incluso una mujer casada se lo pensaría dos veces.

—Su marido no está en la ciudad. Ella se aloja con una amiga y quiere vivir un poco ahora que no está bajo la vigilancia de su marido. —Se iluminó. Eso había sido bastante bueno. Una explicación perfecta.

—Quiere vivir un poco. Ya entiendo. Indudablemente es tu prima.

Oh, esa mirada en los ojos de Stoneville no era buena.

—Mantente apartado de ella —gruñó Anthony—. Es una mujer respetable.

—Lo que tú digas. —Una media sonrisa planeaba sobre los labios de Stoneville—. Pero no puedo apartarme de ella. Alguien tendrá que presentarla, y puesto que tú permanecerás escondido, sólo quedaré yo.

No había pensado en eso. Maldición, aquello empeoraba por momentos. No podía permitir que hubiera mucha gente especulando acerca de su prima del campo, porque en ese caso muy pronto descubrirían que ella era un invento.

—No la presentes como mi prima, porque entonces dirán que yo la he corrompido. Sólo... no la presentes de ninguna manera. Hazla entrar cuando la fiesta esté en su apogeo y todo el mundo estará lo bastante embriagado con óxido nitroso como para que les importe quién es.

—Pero alguien preguntará...

—Maldita sea, manéjalo como te parezca. Simplemente ten cuidado con lo que dices. ¿Organizarás la fiesta o no? La necesito para el sábado.

—¡Este sábado! Pero tengo otros planes.

—¿Te he pedido alguna vez antes un favor?

Stoneville suspiró.

—No, no puedo decir que lo hayas hecho.

—¿Y tú me has pedido alguna vez alguno que no te haya hecho?

Stoneville sabía muy bien la respuesta. Todavía le debía dinero a Anthony del último favor.

—Bueno, muy bien. Perfecto. Seré el anfitrión de la maldita fiesta.

—¿E invitarás al tipo de personas adecuadas?

—Sí, aunque no puedo prometerte que vengan todas. Faraday está fuera en alguna parte, Barlow ha ido a visitar a unos amigos en Yorkshire y lady Davy tiene vigilado muy de cerca a nuestro amigo sir Humphry. —Su voz sonó sarcástica— No lo deja dar un paso fuera de casa por miedo a que lo seduzca alguna desventurada admiradora.

Lady Davy era un buen ejemplo del tipo de esposa que Anthony pretendía evitar... paranoica y tiránica.

—¿De verdad crees que se acuesta con ellas?

—Es difícil de saber. Con todas las damas cultas que suelen seguir cada una de sus conferencias, derritiéndose ante sus perlas de sabiduría, no me sorprendería. Puede que se haya retirado de las clases, pero no está muerto, ya sabes.

—Es verdad. —El hombre tenía cierto encanto al que respondían las mujeres, así de simple. Y considerando lo mucho que lo intimidaba su esposa, Anthony difícilmente podía culparlo si se extraviaba ocasionalmente—. Invítalo de todas formas. Sabes lo mucho que le gusta el óxido nitroso. Se esforzará por venir.

Y Madeline estaría encantada, sin duda, de conocer en persona al famoso químico que experimenta con óxido nitroso. Suponiendo que no estuviera mintiendo acerca del artículo que escribía, lo cual era mucho suponer.

—¿Alguna otra exigencia sobre la fiesta? —preguntó Stoneville—. El tipo de comida, de vino, de cojines...

—Muy gracioso —dijo Anthony—. Avísame en cuanto lo tengas todo organizado. —Dio rienda a su caballo—. Ahora tengo que irme. Ceno con amigos.

Era mentira, pero ahora no estaba de humor para quedarse con Stoneville. Había algo en sus modales negligentes que lo molestaba, y nunca antes le había pasado eso. Le parecía estar viéndose a sí mismo hacía tan sólo un año, y lo que veía lo ponía muy nervioso. Luego se le ocurrió algo.

—Stoneville, ¿tú recuerdas aquella bacanal que hicimos en Eton, la que nos metió en problemas?

—¿Que si la recuerdo? La he estado reviviendo desde entonces, cada vez que tengo la oportunidad.

Anthony puso los ojos en blanco.

—¿Sabes si hubo algún cotilleo fuera de tu familia? ¿Alguien te lo mencionó alguna vez o...?

—No seas tonto. Mi padre les hubiera arrancado la cabeza. Gastó una enorme cantidad de dinero y manejó muchos hilos para mantenerlo en silencio. ¿No recuerdas lo obsesionado que estaba con mantener las apariencias?

—Sí. —Anthony dejó la mirada perdida en el campo—. Igual que el mío. —Seguía sin tener sentido que Madeline supiera lo de la bacanal. Nunca había oído ni la menor señal del escándalo en Chertsey.

Era posible que los criados hubiesen hablado, y Dios sabe que a los aldeanos les encanta cotillear. Sin embargo, teniendo en cuenta que Madeline se mostraba tan reticente a la hora de contar las cosas, ¿quién le aseguraba que no mintiera sobre eso?

Afiló la mirada. Había una forma de averiguarlo. El óxido nitroso tiene un interesante efecto que vuelve a la gente más honesta, aunque no del todo coherente. Si bien cada persona reacciona de forma particular, tal vez podría enterarse de algunas cosas si ella estaba bajo su influjo.

Todo lo que tenía que hacer era convencerla de que se diera gusto de probarlo, tal vez al terminar la fiesta, cuando los invitados se hubieran marchado. ¿Qué tenía eso de malo?


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