Prólogo






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Soñadores sin fronteras Un granuja en mi cama



Un Granuja en mi Cama

Sabrina Jeffries

Argumento:
Cuando Madeline Prescott aceptó un empleo como profesora en la academia para jóvenes señoritas, lo hizo para ayudar a recobrar el buen nombre de su padre. En cambio, corre el peligro de arruinar el suyo propio. El diabólicamente apuesto Anthony Dalton, vizconde Norcourt, ha aceptado dar «clases sobre libertinos» a las alumnas de la señorita Harris a fin de que aprendan a eludir a caballeros sin escrúpulos, y Madeline debe supervisar las clases.
Siempre creía que la atracción es una cuestión científica, fácilmente clasificable y controlable, hasta que se ve arrastrada a un apasionado deseo que arde ferozmente entre Anthony y ella. Nada podía ser más ilógico que arriesgarlo todo en pos de una aventura con un libertino, aunque sea por uno que intente comportarse como es debido. Sin embargo, nada podría ser más tentador...

Prólogo



Chertsey, Surrey, octubre de 1803
—Su padre está preparado para recibirle, señor Dalton. —La criada de Norcourt Hall hizo un gesto con la cabeza y se apartó a un lado para dejar que Anthony entrara al estudio del vizconde.

Era una criada bonita, con grandes pechos que fascinaban a Anthony, quien apenas tenía once años. Y cuando le sonreía, los malos pensamientos que esos pechos provocaban en su cabeza le hacían sonrojarse.

Murmuró las gracias y se apresuró a entrar. La tía Eunice tenía razón. El era el chico más malo de toda Inglaterra. Por mucho que le dijeran que no debía fijarse en los pechos de las criadas y que no debía desear tocarlos, él continuaba haciéndolo. Últimamente, la urgencia de ver mujeres desnudas lo carcomía como una enfermedad. Padre nunca debería sospecharlo. Jamás.

Cuando su padre se quitó las gafas para clavar en él una mirada severa, Anthony volvió a sonrojarse, con cierto temor de que Padre ya hubiera leído su mente malvada.

—Tengo entendido que querías tratar un asunto conmigo —dijo Padre.

Anthony tragó saliva. Puede que los ojos azules y las pobladas cejas negras de Padre fueran un reflejo de los suyos propios, pero cuando esas cejas se fruncían y se alzaban coronando las duras facciones el efecto era aterrador.

Haciendo acopio de valor, Anthony trató de no parecer intimidado.

—Padre, quiero ir al internado de Eton.

La mirada severa de su padre se suavizó por una fracción de segundo mientras plegaba sus gafas.

—Irás, hijo mío, irás. Cuando tengas doce años, igual que tu hermano.

Un año más. No podía soportar otro año viviendo con el tío Randolph y la tía Eunice Bickhams en Telford. Preferiría soportar el peor de los castigos en Eton antes que eso.

—Quiero ir cuando regrese Wallace la próxima temporada. — Ante el silencio de Padre, Anthony se apresuró a continuar—. Él dice que la mitad de sus compañeros de clase empezaron a los ocho años.

Probablemente tenían muy buen nivel de latín para ser admitidos tan jóvenes.

—Yo también. —Ojalá fuera cierto. Detestaba el latín. A diferencia de las matemáticas, que las podía hacer hasta dormido. El latín no tenía ningún sentido.

Su padre alzó una ceja.

—Tu tío dice que ni siquiera eres capaz de leer a Cicerón.

—Porque Cicerón es incluso más denso que la cabeza de Wallace —dijo por lo bajo.

Cuando Padre congeló su mirada, Anthony se quiso morir. ¿Por qué nunca podía mantener la boca cerrada?

—Le ruego que me perdone, Padre, yo no quería decir que Wallace...

—¿Qué Wallace fuera tonto? Efectivamente, lo has dicho. Pero supongo que es de esperar que el hermano pequeño sea un poco imprudente con el hermano mayor. —Padre dio unos golpecitos con las gafas sobre el brillante escritorio caoba—. Lamentablemente, se requiere competencia en el latín, y tu tío dice que no has hecho ningún esfuerzo para lograr adquirirlo desde que regresaste a casa por Semana Santa.

¿Y cómo iba a hacerlo? Era muy difícil aprender latín si, además, uno tenía que dedicarse a memorizar los preceptos contenidos en la Guía para instruir a los jóvenes en la virtud y la religión para la tía Eunice.

—Si me hiciera un examen, podría comprobar que sé suficiente latín.

—No necesito hacerte ningún examen. Con la palabra de tu tío me basta.

Anthony sintió que el sudor le corría por la nuca. ¡Nunca escaparía de los Bickhams, nunca! Tras la muerte de su madre, su padre lo había enviado a vivir con ellos como una medida «provisional», y sin embargo ya habían transcurrido tres años desde entonces.

Aprendió a no llorar por su madre desde la tercera vez que la tía Eunice le abofeteó por eso, pero por lo visto aún no había aprendido a reprimir sus malos pensamientos y a contener sus palabras.

—Y ya que no puedo ir a Eton, ¿por lo menos puedo volver a casa? Si usted supervisara mis estudios, sé que en muy poco tiempo sería capaz de leer incluso el latín más difícil.

La dura mirada de su padre clavada en él le hacía sentirse incómodo, pero mantuvo las apariencias. Padre despreciaba cualquier signo de debilidad.

—¿Hay alguna razón para que no quieras continuar viviendo con tus tíos?

¿Acaso la tía Eunice habría contado a Padre los innumerables y humillantes castigos que había procurado a Anthony por culpa de su mal carácter? Se moriría si así era. Pero ella le había prometido no contarlo si él juraba ser mejor. Así que él había jurado e implorado y había hecho todo lo que ella pedía, consciente de que nunca escaparía de la casa de los Bickhams si Padre conocía todo el alcance de su malvada naturaleza.

Inicialmente, Anthony había sido desterrado con su tía porque, según su padre, «un chico que ha sido mimado por su madre necesita un entorno estricto». ¿Acaso Padre cambiaría de parecer si descubría que Anthony era demasiado malvado para sacar provecho de ese entorno?

Consiguió encogerse de hombros ligeramente.

—La casa del tío Randolph no es como ésta, eso es todo. Quiero estar en casa con usted.

Una débil sonrisa iluminó el rostro de su padre.

—A veces me recuerdas tanto a... —La sonrisa se desvaneció—. Lo siento, chico. No creo que sea bueno para ti vivir en Norcourt Hall precisamente ahora. Estarás mejor con tus tíos.

La desesperación lo embargó. Entonces tendría que pasar otro año arrodillado en el suelo de mármol durante tardes enteras mientras la tía Eunice le leía Los sermones de Wesley. Otro año de baños helados con los que ella intentaba congelar en el olvido sus desagradables urgencias. Otro año encerrado solo durante horas en la oscuridad...

¡No!

—Padre, yo prometo ser bueno. Apenas notará que estoy aquí. Estudiaré a conciencia y obedeceré en todo lo que se me diga. No diré ni una palabra a menos que se me pregunte.

Padre rio tristemente.

—Me temo que eres incapaz de hacer eso, Anthony. Además, esto no tiene nada que ver con la bondad. Estaré fuera en la finca de un amigo, en el norte, para observar su nuevo sistema de riego, que espero implementar aquí. No puedo llevarte conmigo, y no tengo tiempo para buscar un tutor. Y no voy a dejarte al cuidado de los criados. Deberás regresar a Telford hasta que puedas ingresar en Eton, cuando tengas doce años, y esta es mi última palabra.

Su padre se colocó bien las gafas y retomó la lectura del periódico, como señal de que daba por acabada la discusión.

En aquel momento, Anthony odió a su padre terriblemente, lo cual sólo era una prueba más de su mal carácter.

Sin embargo, se había ofrecido a ser bueno y no había importado. A Padre no le importaba lo mucho que Anthony se esforzara. A Padre no le importaba lo que él hiciera, siempre y cuando se encontrara lejos de Norcourt Hall. Y la idea de regresar a Telford con su tía...

Anthony sintió una punzada de dolor en el pecho y las lágrimas asomaron a sus ojos. Las contuvo con dureza. ¡No debía llorar! Ya no era un niño. Prácticamente era un adulto, o lo sería muy pronto.

Debía ser capaz de conseguir ir a Eton si así lo quería. Debía ser capaz de hacer lo que le diera la gana sin que nadie se lo impidiese.

Había intentado complacer a su tía y a Padre. ¿Y qué había sacado de eso? Se le seguían escapando malas palabras todo el tiempo, y el chico malo que había en él siempre se excitaría cada vez que viera a una chica bonita, así que lo seguirían castigando.

Bien. Ya que iba a sufrir de todas formas, sería mejor darles buenas razones para que lo castigaran.

Así que cuando salió del estudio de su padre y se cruzó con la atractiva criada, no hizo ningún esfuerzo por ocultar la mirada de admiración a sus generosos pechos.

Ella se rio.

—¡Señor Dalton, es usted incorregible!

«Incorregible.» Le gustaba cómo sonaba. Porque lo era... o lo sería a partir de entonces. Y eso es lo que iba a demostrarles.

—Sí —dijo alzando la barbilla—, y no lo olvides.

Luego salió pavoneándose, enterrando su mala conciencia tan profundamente que nunca volvería a molestarle.

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