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CARTAS
Platón

PREAMBULO



1. Cuando se constituyó de una manera definitiva el Corpus platonicum, quedaron in­cluidas en él trece cartas, las únicas transmiti­das por la tradición manuscrita. Hay otras cinco cartas atribuidas a Platón, si bien proceden de fuentes distintas. Estas cinco, empero, son con­sideradas abiertamente falsas por la mayoría de los editores.
La tradición de las trece cartas se halla ya plenamente establecida en el siglo I de nuestra era. Trasillo las menciona en su catálogo, dándoles la calificación de «morales»; las iden­tifica señalando la fórmula de salutación “mucho éxito” (véase la nota I de la Carta I), y hace mención del nombre de los destinatarios: «Una de estas cartas está dirigida a Aristodemo, dos a Arquiras, cuatro a Dionisio, una a Hermias, Erasto y Corisco, una a Laodamas, una a Dión, una a Perdiccas, dos a los amigos de Dión» (Diógenes Laercio, III, 61).
Con anterioridad a esto, a finales del siglo III a. de C., las cartas formaban parte de las ediciones platónicas. Diógenes Laercio, en el lugar que acabamos de citar, atestigua que esta era la creencia de varios eruditos, entre los que menciona a Aristófanes de Bizancio, eruditas que seguían todos el mismo catálogo y una misma disposición. Ahora bien: para imponerse a críticos tan concienzudos y tan escrupulosos como Aristófanes de Bizancio era necesario que la tradición estuviera muy sólidamente fundada. Por lo demás, parece muy probable que la fuente de los sabios bizantinos fuera muy antigua y que se remontara incluso a una gran edición de la Academia, publicada en los últimos veinti­cinco años del siglo IV; es decir, unos treinta años luego de la muerte de Platón.
¿Estaba también determinado es esta época el número de cartas, como lo estuvo más tarde?

No lo parece ciertamente. La Carta XII parece haber entrado a formar parte de la colección alrededor del siglo I, y todos los manuscritos que poseemos hoy día señalan su inautenticidad. ¿Es esto entonces motivo suficiente para decir otro tanto de la Carta XIII, apoyándose en el principio empírico de que las obras apócrifas suelen acabar las colecciones ? Para tener valor, el razonamiento supondría que el orden de las cartas estaba ya bien determinado en aquel en­tonces; pero este orden solo nos es conocido por los mismos manuscritos, y en este aspecto no hay en ellos una completa unanimidad: en algunos manuscritos, por ejemplo, la Carta XIII ocupa el tercer lugar, y es la XII la que acaba la colección.
2. En la antigüedad, con excepción de la Carta XII, esta correspondencia no provocó, con toda probabilidad, ningún sentimiento de sospe­cha. Cicerón, Plutarco, Cornelio Nepote, las citan sin vacilación alguna o las emplean como fuentes históricas. La *tradición se mantiene en esta misma firme seguridad durante los siglos posteriores. En la generación siguiente a Plutar­co, Luciano acude a la Carta III para criticar ciertas formas de saludo, y las citan con frecuen­cia los escritores cristianos, en su afán inmodera­do de encontrar en todo prenuncios de la doctrina y la persona de Cristo. En el siglo III, Plotino comenta varias veces, como auténticamente platónicas, algunas sentencias oscuras de la Carta 77 (Enéadas, I, 8; V, l). En una palabra, hasta el siglo V no se plantea la cuestión de cuál es el origen real de esta correspondencia, incluida desde siempre en el Corpus platoni­cum.
Poco a poco, sin embargo, fueron surgiendo las dificultades. No se sabe a quién hay que hacer remontar las primeras dudas. Para algu­nos parece sería Proclo el primero en haberse sentido inseguro respecto a esto. De hecho, lo que posiblemente contribuyera más a provocar las desconfianzas fuera el uso inmoderado que se hacía de su testimonio y quizá también el estudio mismo del texto de las Cartas.
Desde el final del neoplatonismo hasta el comienzo del Renacimiento no es posible se­guir la historia de las Cartas platónicas. Su historia en este período debe de haber sido la misma de tantas otras obras griegas: el perma­necer ignoradas. Volvieron a ser leídas en el siglo XVI, cuando la gente volvió a apasionarse por Platón, y también desde aquel momento comenzó a aplicarse a las mismas la crítica. Desde luego que no se sospechó de todas en un buen principio; había siempre una u otra que no era acogida con benevolencia o que incluso era dejada de lado sin reservas. Ficino, por ejemplo, a causa de una contradicción entre la pluralidad de dioses del Timeo y el empleo de la expresión «Dios» frente a «dioses» de la Carta XIII, no incluyó la traducción de esta en la versión del epistolario platónico que hizo. En el siglo XVII, Cudworth también con­sidera falsa esta carta y la atribuye a un cris­tiano.
A partir de aquel momento la cuestión que­daba ya planteada. No bastaba ya la tranquila posesión de tantos siglos. Comenzó a ser co­nocida la habilidad con que falseadores y pla­giarios, por diversos motivos, habían hecho deslizar multitud de cartas falsas en obras conocidas, o incluso hablan creado una corres­pondencia completa. Bentley, en 1697, fue el primero en abrir los caminos a la crítica con su brillante demostración de la falsedad de las cartas de Fálaris, escritas por un sofista que había representado torpemente la personalidad del tirano de Agrigento. El mismo Bentley, sin embargo, consideraba firmemente auténti­cas las Cartas platónicas, incluida la XIII.
En 1783, Meiners señalaba en las Cartas una serie de rasgos que estaban, decía, en contra­dicción con la edad o el carácter de Platón, y quitaba de las obras de Platón la colección entera de las Cartas. Era la primera vez que se pronunciaba una condenación tan absoluta. Esta actitud suscitó protestas, pero los argu­mentos de los defensores fueron entonces más débiles que los de Meiners. Ocurría esto, poco más o menos, en la época en que Schleiermacher iba a remover la cuestión platónica, de forma que, siguiéndole a él, los críticos iban a ejercitar sus ingeniosidades sobre toda la obra del fundador de la Academia.
Entre vaivenes de opinión, unas veces a favor y otras en contra, se llega a la segunda mitad del siglo XIX, en que la tónica general se vuelve más favorable y benigna con las Car­tas, gracias sobre todo al progreso en las cien­cias filológicas. Los trabajos estilísticos de Campbell llevaron a un conocimiento muy pre­ciso de la lengua de Platón. La comparación entonces entre las Cartas y los Diálogos que se consideraban contemporáneos a ellas evi­denció muchas coincidencias estilísticas. La posición actual resulta, pues, más benévola con las Cartas de Platón, aunque con algunas re­servas.
Baste con ello acerca de la historia de las Cartas de Platón frente a la crítica. En la breve nota que acompañará a cada carta en particular expondremos las razones que para cada una haya de autenticidad o inautenticidad.
3. Las trece cartas de que consta la colec­ción difieren notablemente entre sí por su forma y su contenido. Muchas de ellas son simples hijuelas o billetes; otras tienen aspecto de car­tas privadas o cartas de negocios; las hay, en fin, que son verdaderos manifiestos, que pasan sensiblemente de las dimensiones normales do una carta; así, por ejemplo, la VII ocupa ella sola una extensión igual al libro 1 de la Repú­blica. Igual que Isócrates, el autor ha sentido la necesidad de disculparse por esta extensión, haciendo notar que no se excede la medida cuando se dice exactamente lo conveniente• (352a).
El interés de esta correspondencia radica sobre todo en que nos hace revivir la actividad política de Platón, enseñándonos que la Aca­demia era tanto una escuela de dialécticos cuanto un vivero de legisladores, prestos a difundir en torno las doctrinas ético-sociales del maestro y a trabajar por la formación legislativa en la reforma de los Estados. Todas las Cartas se dirigen a jefes de Estado o a personas introdu­cidas en la política. Es lógico que encontremos en ellas una serie de teorías de la República o las Leyes. Pero lo interesante es ver cómo estas teorías se aplican ahora a la práctica, a las circunstancias concretas, y asistir a los es­fuerzos del filósofo para llevar al campo de los hechos las estructuras ideales que él ha conce­bido y soñado en su espíritu. También es natu­ral que el conjunto de las mismas Cartas se encuentre dominado por las reminiscencias de la gran experiencia siracusana, recuerdos un tanto tristes, insuficientes para descorazonar del todo al filósofo, pero sí capaces de irle dando poco a poco un tinte de sano escepticis­mo y duda, que le va acercando también a la realidad. Véase, por ejemplo, la actitud que refleja la carta dirigida a Laodamas.
La verdad de estas observaciones no prejuzga, sin embargo, sobre la autenticidad de las Car­tas. Pero puesto que ellas proceden, al menos, del medio ambiente más cercano a la Academia, reflejan ciertamente con verdad las actividades de ésta en el plano de la política que podríamos llamar sabia.
4. Las Cartas se pueden considerar clasi­ficadas en tres grupos, teniendo en cuenta los destinatarios de las mismas. Hay un grupo de Cartas dirigidas a Dión y a los amigos de Dión: Cartas IV, VII, VIII, X; otro de Cartas dirigi­das a Dionisio I, II, III, XIII; otro, en fin, de Cartas dirigidas a jefes de Estado o políticos: V, vi, IX, XI, XII.
Los dos primeros grupos exponen los asuntos de Sicilia y constituyen una tabla casi completa de las actividades platónicas en Siracusa. El último grupo se refiere especialmente a la teoría y la práctica de la gran teoría o principio político de Platón: la unión y colaboración del jefe de Estado y el filósofo.

Todas las Cartas, las auténticas como las que no lo son, poseen un indudable valor docu­mental para el conocimiento de Platón y su obra filosófica y política. Fuera de lo que hemos dicho, nos enseñan acerca de la actividad total de la Academia en la esfera de la política, nos hacen ver también lo que, en épocas muy in­mediatas a la vida de Platón, se pensaba del maestro, de su influencia, de sus preocupaciones. Sin poseer la importancia de las realmente auténticas, las que no parecen serlo son testimo­nio de la difusión que alcanzaron las ideas ense­ñadas por el fundador de la Academia, recogidas por gran número de discípulos, que las van trans­formando poco a poco al irlas pensando dé nuevo. Al lado mismo aún del Platón de la genui­na historia, nos dejan entrever ya al Platón de la leyenda. Desde estos puntos de vista deben ciertamente ser retenidas en su lugar, pues gracias a ellas se puede establecer la filiación entre el platonismo inmediato y el movimiento filosófico de la escuela de Alejandría.
5. La presente edición se ha trabajado básicamente sobre la correspondiente de Belles Lettres, París, 1960, a cargo de Joseph Souilhé.

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