MedellíN. La ciudad moderna 1910-1960






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títuloMedellíN. La ciudad moderna 1910-1960
fecha de publicación04.06.2016
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MEDELLÍN. La ciudad moderna 1910-1960 


El hecho es que desde finales de siglo pasado surge en la ciudad el afán de progreso, la preocupación por tener una ciudad moderna, y una ciudad moderna implica cierto manejo del espacio público. Esto se expresa de muchas maneras, como las discusiones sobre el plano regulador, que conducen en 1913 a la adopción del Plano de Medellín Futuro. Esto está dentro de una visión relativamente amplia, que lleva a tener en cuenta el desarrollo de zonas verdes, espacios públicos, vías para un transporte que se percibe será motorizado (tranvía, automóvil, tren), servicios públicos (electricidad, teléfono, pero sobre todo agua y en menor escala alcantarillado) y equipamientos sociales: en las primeras décadas del siglo este pequeño pueblo construyó el Hospital de San Vicente, la Universidad, varios colegios, y tres grandes sitios para espectáculos: el Circo España, Teatro Municipal, que elegantiza el antiguo Coliseo y el Teatro Junín. El arte encuentra su templo en el Palacio de Bellas Artes. Y otros tres palacios para las distintas administraciones: El Palacio Departamental, construido por Agustín Govaerts, el Palacio Nacional y el Palacio Municipal, que será coronado por los ambiciosos murales de Pedro Nel Gómez.

 

El plano de 1938 muestra que el crecimiento sigue hacia el norte y que se ha concluido la prolongación de Palacé y Carabobo hasta el río. Nuevos barrios se han desarrollado en los Ángeles y San Miguel, Santa Ana y Prado. Se planea una difícil carretera de circunvalación y bosques al oriente y al norte (el único sector que se haría). Muestra, además, el río Medellín rectificado desde el puente de Guayaquil hasta Colombia, y un plano aprobado para la rectificación hasta más allá del puente del Volador. Es posible ver también la línea del ferrocarril, que al anticiparse a la rectificación del río quedó incrustada dentro de un área que luego sería de circulación urbana. Pero el ferrocarril es determinante sobre todo por la actividad que se genera alrededor de la Estación de Cisneros: allí llega toda la carga de importación y a su alrededor se crea Guayaquil, con sus pensiones para los inmigrantes, sus bares y cafés donde se escuchan desde los años veinte el tango y las rancheras y su Plaza de Mercado y sus depósitos de mercancías. 

En general, domina un diseño basado en la racionalidad rectilínea pero con algunos ajustes. Las manzanas pegadas al río tienen contornos rectilíneos pero no rectangulares: hay triángulos y secciones del rectángulo. Algunos parques decorativos se generan cortando las cuatro manzanas y creando un redondel central. Se planea una gran avenida a los dos lados del río, siguiendo seguramente el modelo de Santa Elena.  

A partir de entonces el crecimiento de la ciudad, aunque no se atuvo en forma muy estricta a un plan que se había desarrollado sin una suficiente investigación y que tropezaba con dificultades reales y de oposición de propietarios, se enmarco dentro de unos parámetros nuevos, que fueron modificados en diversos momentos, como en los códigos de 1935 y 1939.  

Las urbanizaciones, por ejemplo, ofrecen amenidades mayores al simple lote, no solo para los habitantes pudientes sino para los sectores medios y los más ambiciosos de los grupos populares, como el mismo Berlín, trazado en 1918. Las normas municipales se inspiran en los modelos de “city planning” que trae y divulga don Ricardo Olano: ahora es preciso tener un permiso par construir y se define perímetro urbano. Algunos barrios se inspiran en las “garden towns”, y en la clase alta los arquitectos son los que diseñan las casas. Se quiere hacer de Medellín una “ciudad de lineamientos modernos”. 

Un ejemplo de esto lo da Tomás Carrasquilla, quien en “Futurismo” de 1922 describe el barrio Aranjuez, que se está trazando, y que pretende, parece, recrear los desórdenes de la naturaleza y abandonar la simetría y la línea recta: 

”Paraje harto propicio y ventilado; el aire es tónico, su clima saludable. Ni el bochorno de la hondonada ni el frío de las cumbres se difunde en este pedazo de tierra por donde se difunde como el Soplo del Creador ese oxígeno de la montaña que colora las mejillas, abrillanta las pupilas y lava los pulmones. 

Entre 1920 y 1950 la Playa, que es ya sitio de vivienda elegante, se consolida con el proyecto para su cubrimiento: se había convertido la quebrada que atravesaba la ciudad en una cloaca a la que llegaban los desagües de todas las construcciones. El cruce de la playa con Junín, vía al Parque de Bolívar, con su café La Bastilla, se vuelve sitio de encuentro y en general Junín es sitio de paseo cotidiano hasta los años sesenta, cuando comenzó a ser invadido por un nuevo elemento dominante del paisaje urbano: los mendigos y vendedores ambulantes. 

Además el tranvía, en existencia desde 1921, genera posibilidades en sitios antes remotos. Manrique se construye por obra y gracia del tranvía, que permite vivir a una distancia de 30 o 40 minutos de marcha a pie. Esta es una de las grandes modificaciones en la percepción de la ciudad, que, a medida que crece, se encoge nuevamente, para mantener los tiempos de desplazamiento razonables. El tranvía aceleró la urbanización de las laderas, en especial Buenos Aires, Sucre, Villa Hermosa y Manrique, así como zonas más planas y remotas como Aranjuez y eventualmente Berlín, con lo que la ciudad adquirió el perfil alargado en dirección sur a norte que todavía hoy conserva, pero todavía esencialmente sobre la ribera oriental.  

 Hacia 1940-50 la ciudad se vuelca hacia la otra banda, e incorpora tempranamente dos aldeas: América y Belén, que se habían desarrollado durante el XIX. Posteriormente incorporará a Robledo, Bello, el Poblado, Itagüí y está en proceso de incorporar a Envigado, Sabaneta y San Cristóbal. Estos tenían ya una estructura parecida a la del viejo Medellín y a la de los nuevos barrios: una plaza con iglesia y unas pocas calles alrededor. El tranvía acelera su crecimiento, pero sin que se llenen los núcleos intermedios. El barrio realmente nuevo, por su concepción, de la zona occidental fue la zona de Laureles, planeada en 1943 por Pedro Nel Gómez, con un diseño igualmente geométrico pero que rompía con la línea recta: avenidas concéntricas semicirculares, mucha zona de arborización, y espacio verde entre las casas y la acera.  

 

El desarrollo industrial se sitúa en la ciudad con cierto orden, cierta agrupación. Coltejer, la industria mayor, está en la Toma, pero otros núcleos industriales están hacia el sur de la ciudad, La América y la vía a Bello. 

 El ritmo de crecimiento de la ciudad se aceleró substancialmente en la década del 40: entre 1938 y 1951 fue del 6%, casi el más alto del siglo, pues solo sería levemente superado en 1951-64 con el 6.1 %, que luego caería a 4.2% en la década siguiente. Los años de 1938 a 1964 fueron pues los críticos en términos espaciales y de recursos. Hasta 1950 se siguió tratando de controlar los trazados urbanos con base en el código de construcciones, y de empujar el desarrollo con las obras planeadas por el instituto de valorización creado en 1940. Pero a partir de 1950 empezó a regir un plano regulador contratado con Sert y Wiener. Hizo algunas propuestas radicales, que poco se siguieron: crear un cinturón verde en los cerros de la ciudad, que cada plan corre un poco más arriba, ante la evidencia de la ocupación real de zonas que no se preveían como habitables e incluso se consideraban de alto riesgo. Definió un centro valioso, lleno de elementos culturales, expandido hasta la Alpujarra: la realidad ha ido contra esto, a pesar del desarrollo de la Alpujarra, pues el centro se deterioró por el incremento de la densidad comercial - los pasajes -, el caos de la circulación de vehículos, la congestión y el abandono creciente de los usos institucionales: las oficinas se están yendo al Poblado, y pronto comenzará, por lo que entiendo, el éxodo de otras entidades simbólicas, como el Museo de Antioquia.[18] Definió el desarrollo industrial al sur, para evitar la contaminación por efecto del régimen de vientos: sin embargo, pese a esta sabia decisión, después mucha industria se permitió al norte. A comienzos de los años setenta se adoptaron dos decisiones graves: la construcción de la Avenida Oriental, que incrementó el flujo de vehículos hacia un centro ya congestionado, y la apertura de las dos vías paralelas al río, que disminuyeron radicalmente el área verde prevista para la zona.

  

 Lo crítico durante los años siguientes a la aprobación del plan tuvo que ver con un fenómeno que no alcanzaron a prever en su justa dimensión: el alud de migrantes que ocuparon nuevas zonas de la ciudad, sobre todo en las laderas, por fuera de las áreas de prioridad de la inversión pública recogidas en el plan. Los nuevos barrios, con algunas excepciones, trataron de acomodarse al trazado en línea recta de las calles, aunque los espacios públicos se irían reduciendo gradualmente con el paso del tiempo. Sin embargo, pendientes y quebradas hacían impracticable la línea recta en muchos sitios, y en todas las zonas de laderas la transacción con la naturaleza se hizo inevitable.  

Algunos barrios excepcionales ensayaron nuevas formas de distribuciones de espacio: Pedregal, hecho por el Instituto de Crédito Territorial en la década del sesenta, alterna vías curvas y rectas, y deja amplios espacios verdes, que todavía, milagrosamente, se conservan: allí es posible recorrer casi dos kilómetros sin salir de zonas verdes, en una ruta que los habitantes conocen y por la que guían a los visitantes. El Poblado, por supuesto, mantiene también cierta necesaria irregularidad, pero es que allí las viejos carreteables de las fincas se convierten en Lomas, unidas luego por transversales, que conducen ahora a unidades cerradas, con multifamiliares elevados de altas especificaciones o unifamiliares con zonas verdes privadas. El Poblado es verde, pero para muchos antioqueños es una sorpresa saber que no tiene un sólo parque publico real, y el mayor de todos, de menos de una hectárea, ya existía hacia 150 años. Tampoco tiene aceras, pues en su imitación del urbanismo californiano supone que todo el mundo anda en carro.  

 

La segunda mitad del sesenta parece ser una época nefasta en la historia urbana de Medellín, sobre todo por la codificación constructiva que consolido legalmente la más estricta segregación social, y prohibió los pobres en El Poblado mientras ordenaba su concentración en otros sitios de la ciudad: ¡se determinó que el Poblado sería un barrio de muy baja densidad, con lotes por vivienda de 1200 metros, mientras que en las zonas del norte el lote debía tener un mínimo de 90 metros cuadrados, que luego se fueron rebajando gradualmente hasta 36! Mientras tanto, avanza la transformación desordenada, pero impulsada por la construcción de edificios monumentales sin una atención seria al impacto que producen en el entorno, de la Plaza de Berrio. Para justificar los altos edificios que en la práctica redujeron el parque a una plazoleta, el gerente del Banco de la República, don Carlos Gómez Martínez, se refería en 1966 a la necesidad de que “nuestra bella ciudad adquiera la calidad de urbe moderna y que su plaza principal que enmarca su tradición civil y eclesiástica - centro histórico, religioso, económico y comercial- adquiera la categoría que la capital de Antioquia merece y reclama.” Todavía entonces el costado sur estaba formado por construcciones de dos pisos, mientras el costado suroccidental seguía una línea homogénea de 10 a 12 pisos.  

El libro de 1966 del Concejo Municipal permite identificar lo que las autoridades consideraban entonces digno de mención: el aeropuerto Olaya Herrera, las “formidables instalaciones fabriles de Coltejer” en Itagüí, “el colosal edificio” de la Clínica del Seguro Social, el Hotel Nutibara, la Basílica, que presidió el paisaje urbano desde finales de siglo hasta mediados de los setenta. A partir de estos años el símbolo de la ciudad, construido con la consciente ambición de hacerlo así, fue el edificio Coltejer, con sus 40 pisos. La Alpujarra competiría en alguna medida con esta elección y ayudaba a ir desplazando el centro tradicional como centro imaginario de la ciudad, La gorda de

Botero, al ser colocada en la plaza de Berrío, creó un nuevo núcleo de identidad en el centro. En los años noventa, probablemente la reorganización del espacio mental se hará ante todo por la serpiente elevada del metro, y por el edificio de las Empresas Públicas, que refuerza la función de la Alpujarra como centro administrativo.  

Por otra parte, la ciudad se expande y Bello, Envigado e Itagüí se unen a la ciudad. La división administrativa en comunas coincide con el crecimiento de población de una periferia de alta densidad, a pesar de que se edifica sobre la base de edificios de una planta con vocación para una o dos más, que se dejan planteadas en la terraza. Por otra parte El Poblado va cambiando su carácter, al desarrollarse allí un tipo de vivienda en edificaciones elevadas o conjuntos cerrados que rompen las limitaciones a la densidad programadas antes, y que resulta más atractivo para las clases medias altas que en los cincuenta habían colonizado a Laureles, y que ahora están vigorizadas por los dineros que produce la exportación de droga. Allí tienen nuevas amenidades: piscinas comunales y excepcionalmente privadas, y una aparente seguridad.  

El espacio mental[19] 

En todo caso, el espacio urbano de los años recientes se fragmenta y explota en una rezonificación imaginaria, que reproduce lo que los dirigentes de la ciudad pusieron en sus normas urbanas: la doble ciudad, la del norte y la del sur, de los pobres y los ricos, de la gente bien y los delincuentes, en las que los habitantes de las comunas del norte se desplazan diariamente al resto de la ciudad, mientras que los habitantes de clase media y alta no conocen la mitad de su ciudad. Esta imagen delincuente y a veces bohemia de barrios como Castilla o Manrique se refleja en la literatura. Ya en los años cuarentas la empezado a ver Carlos Castro Saavedra, en poemas como “Mi corazón y la ciudad” 

Ya hacia 1990 Helí Ramírez, poeta y novelista, nos dibuja los barrios locales sin el esquema social de Castro, sino con esas mangas en la que violan a las peladas y esas esquinas en las que los adolescentes esperan a ver cuándo roban al tendero, como en la novela La noche de su desvelo (1987)

En conjunto, el ambiente de la ciudad se hizo duro, pesado, y los cerros, elogiados en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, y que delimitaban la tacita de plata, nombre dado a la ciudad, se vuelven ominosos, en el verso de José Manuel Arango:

 Un sentimiento de amor y odio, de rechazo y fascinación, va haciéndose más y más frecuente en la literatura: “¡Oh mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules como de gringa”, dice Gonzalo Arango...  

Pero hay sitios de integración, que también la literatura recoge: en La Estrella de Cinco Picos, (1995), Jorge Alberto Naranjo nos dibuja la función de la Universidad Nacional en la década del sesenta, con una novela en la que cinco jóvenes de diferente estrato social luchan por convertirse en ingenieros y superan de algún modo la diversidad de orígenes en un proyecto cultural y profesional. El seguimiento de la visión que ofrece la literatura del espacio de Medellín sería interesante, pero no cabe en el espacio limitado de esta conferencia.  

Las zonas deportivas, construidas en el Estadio a partir de los años cincuenta con menor avaricia de espacios que la habitual representaron también una ganancia en el manejo del espacio público. Y la Biblioteca Pública Piloto, a pesar de su edificación modesta, es un sitio de encuentro para 40 o 50000 personas semanales: probablemente no hay ninguna otra institución que represente tanto en la utilización del tiempo no laboral de sus habitantes.  

En los últimos siete u ocho años, se ha intentado conservar y recuperar cierta trama urbana: la siembra de frutales al lado de las vías, el mejoramiento de las pocas zonas verdes, la apertura de dos o tres grandes parques de diseño recreativo (aún no se mira con simpatía el parque pasivo, la pura naturaleza: esta debe estar fuera de la ciudad), el mejoramiento en el diseño de arborizaciones y jardines, el cuidado de las quebradas y la recuperación del río, indican una nueva actitud, orientada a conservar, no un edificio u otro – lo que en Medellín sigue siendo, además, algo excepcional- sino la ciudad o una zona de la ciudad: conservar el Prado, conservar la trama de quebradas. Pero hay otras partes de la ciudad que siguen amenazadas: el centro, cuya muerte se decretó inconsciente y alegremente hace varias décadas, al promover la intensificación de su flujo vial mientras se le retiraban las actividades no comerciales, tiende a convertirse en un inmenso mercado, en espacios abiertos y subterráneos, con centros comerciales de pequeños locales que van subiendo en el aire. Parece que la idea inconsciente es seguir exportando hacia otras zonas más amables, ojalá cercanas a los barrios de los ricos, las actividades prestigiosas y tranquilas, para no dejar en el centro sino los mendigos y los vendedores ambulantes. 

Igualmente, se ha intentado recuperar de algún modo, y sostener, lo que ha sido el resultado de la construcción y urbanización popular. Un cambio substancial de enfoque ha sido la sustitución de los planes de erradicación y traslado de vivienda en áreas subnormales, sobre todo de las laderas, a colmenares o panales con celdas de 30 metros, como se hizo durante los años setenta y ochenta, por un plan de consolidación y mejoramiento de los barrios ocupados espontáneamente por la población migrante, el PRIMED, promovido por la Consejería Presidencial para Medellín y que comenzó a actuar en 1993. Según esta perspectiva la población debe mejorar sus viviendas donde las tiene, mientras las entidades públicas toman medidas de protección contra deslizamientos, manejo de aguas, senderos y vías, equipamiento y legalización, para conservar un sentido de propiedad que se pierde con la reubicación. Para mí, pocos proyectos han sido más exitosos.

 

En menor escala, los Centros de Vida Ciudadana, como el del barrio La Esperanza, se apoyan en la idea, quizás nostálgica pero quizás con funciones reales y simbólicas, de que en los barrios en los que la congestión y la ocupación competitiva y desordenada no dejó espacios públicos substanciales, es posible convertir los pocos lotes aún no parcelados en reconstrucciones de la vieja plaza de barrio, que se mantuvo hasta los años sesenta, ahora a veces sin iglesia, pero con biblioteca, escuela, guardería, centro comunal y espacio deportivo.  

 Pero probablemente uno no exagera si afirma que el nuevo centro de los barrios, o a veces de áreas un poco mayores, sobre todo en las áreas donde habitan las clases altas y medias, es el Centro Comercial, que expresa los nuevos valores y orientaciones culturales de la ciudad, pero en una forma que quizás vuelve a retomar el dominio de mercaderes y comerciantes burlonamente descritos por León de Greiff o Fernando González: “Hasta hoy ha vivido el medellinense bajo motivación netamente individualista: conseguir dinero para él; guardarlo para él; todo para él. El medellinense tiene sus linderos en los calzones, sus mojones en su almacén de la calle Colombia, en su mangada de El Poblado, en su cónyuge encerrada en casa, como vaca lechera...” Pero por supuesto, ya no es posible encerrar a las cónyuges: hay que sacarlas al centro comercial.  

 Hoy Medellín es una ciudad en la que se entrecruzan en forma bastante intrincada formas de muy diverso origen. La cuadrícula colonial y republicana se ha conservado en muchos sitios, mientras en otros nuevos diseños de manzanas alargadas o curvilíneas trataron de ofrecer una distribución más amable del espacio. Un gran contraste separa El Poblado, que desde el aire se ve como un inmenso lugar de recreo lleno de piscinas y zonas verdes, con las ocres zonas de vivienda popular de la comuna nororiental, para no hablar de los enclaves casi rurales pero de inverosímil densidad, con caminos de piedra y cemento, de muchos barrios nuevos, en los que el concreto permite ocupar sitios imposibles y superponer casas sobre casas o sobre el “aire” de otras casas, que se vende como se vende un lote. Los medellinenses viven en espacios que parecen estar a centenares de años unos de otros, pero se mueven en forma similar, en el metro o los lentos buses, y se congregan en los mismos sitios de trabajo, ya predominantemente comerciales y de servicio. Sus espacios de formación y diversión, sin embargo, son muy diferentes: colegios con zonas verdes, que tienden a alejarse de la ciudad, y colegios públicos con arquitectura de cárceles, cajas de sardinas de varios pisos, en ladrillo sin recubrir, donde se amontonan miles de adolescentes, lugares de encuentro común, como los escenarios deportivos, el palacio de exposiciones y los sitios de recreación masiva, y áreas de acceso exclusivo, como el club o la cantina de barrio, el cada vez más excepcional paseo de olla y las elegantes fincas del oriente,  

En ese espacio viven los habitantes de Medellín, y ese espacio lo crean y definen con sus deseos, sus proyectos pero sobre todo sus acciones.

Jorge Orlando Melo



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