Y competencia 169






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miento. No tienen libertad ni facultad de elegir. Carecen de concien­cia de sí mismas. No pueden reinventarse a sí mismas. Están total­mente sometidas al ser humano que, por ser consciente de sí mismo, es el único que tiene libertad y poder para elegir y para reinventarse a sí mismo. Esto es autoridad natural.

¿Qué es la autoridad moral? Es el ejercicio basado en principios de nuestra libertad y nuestra facultad de elegir. En otras palabras, si nos guiamos por principios en nuestra relación con los demás obtenemos permiso de la naturaleza. Las leyes naturales (como la gravedad) y los principios (como el respeto, la honestidad, la amabilidad, la integri­dad, el servicio y la justicia) controlan las consecuencias de nuestras elecciones. De la misma forma que obtenemos un aire malo y una agua mala si violamos constantemente el medio ambiente, también se destruye la confianza (el pegamento de las relaciones) si siempre so­mos crueles y deshonestos con los demás. Mediante el uso humilde y basado en principios de la libertad y del poder, la persona humilde ob­tiene autoridad moral sobre personas, culturas, organizaciones e in­cluso sociedades enteras.

Los valores son normas sociales: son algo personal, emocional, subjetivo y discutible. Todos tenemos valores. Hasta los delincuentes los tienen. La pregunta que nos debemos hacer es: ¿Nuestros valores están basados en principios? A fin de cuentas, los principios son leyes naturales: son impersonales, objetivos y manifiestos. Las consecuen­cias están gobernadas por los principios y la conducta está regida por los valores; así pues, ¡valoremos los principios!

Quienes están obsesionados con la celebridad son un ejemplo de personas cuyos valores puede que no estén anclados en principios. La popularidad conforma su centro moral. No saben quiénes son y no sa­ben dónde está el «norte». No saben qué principios seguir porque su vida se basa en valores sociales. Se debaten entre la conciencia social y la conciencia de sí mismas por un lado, y la ley natural y los princi­pios por otro. En un avión, eso se llama vértigo: perdemos todo senti­do de la referencia del suelo (principios) y nos perdemos por comple­to. Muchas personas pasan por la vida con vértigo o sensiblería moral. Todos vemos personas así. Las vemos en nuestra vida y en la cultura popular. Nunca han pagado el precio para llegar a estar profunda­mente centradas ni anclar sus valores en unos principios inalterables.

Así pues, la tarea principal consiste en determinar dónde se en­cuentra el «verdadero norte» y luego alinearlo todo en esa dirección. De lo contrario, viviremos con las inevitables consecuencias negati­vas. Y esas consecuencias son inevitables porque, si bien los valores controlan la conducta, los principios controlan las consecuencias de

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la conducta. La autoridad moral exige el sacrificio de los intereses egoístas a corto plazo y el ejercicio del coraje para subordinar los va­lores sociales a los principios. Y nuestra conciencia es depositaría de esos principios.

Película: Law of the harvest

Invito ahora al lector a que vea la película titulada Law ofthe har­vest. En esta película verá una ilustración sencilla pero convincente de cómo enseña la Madre Naturaleza la ineludible ley de la cosecha. To­dos los resultados duraderos se producen en una secuencia, están re­gidos por principios y surgen de dentro hacia fuera. Mientras vemos la película, recordemos que lo mismo se aplica a la naturaleza huma­na. Existe una «ley de la cosecha» que gobierna el carácter humano, la grandeza humana y todas las relaciones humanas. Y presenta un claro contraste con nuestra cultura de remedios rápidos, victimismo y culpa.

Nuestro tercer don de nacimiento: las cuatro inteligencias/capacidades de nuestra naturaleza




Figura 4.4


Como decía antes, las cuatro partes magníficas de nuestra natura­leza son cuerpo, mente, corazón y espíritu. En correspondencia con

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ellas hay cuatro capacidades o inteligencias que todos poseemos: la in­teligencia física o corporal (IF), la inteligencia mental (IM), la inteli­gencia emocional (IE) y la inteligencia espiritual (ÍES). Estas cuatro inteligencias constituyen nuestro tercer don de nacimiento.

Inteligencia mental (IM)

Cuando hablamos de inteligencia, normalmente pensamos en la inteligencia mental (IM), es decir, en nuestra capacidad de analizar, ra­zonar, pensar en abstracto, usar el lenguaje, visualizar y comprender. Pero esta interpretación de la inteligencia es demasiado estrecha.

Inteligencia física (IF)

La inteligencia física (IF) del cuerpo es otra clase de inteligencia de la que todos somos conscientes de una manera implícita y que con frecuencia pasamos por alto. Pensemos en lo que hace nuestro cuer­po sin necesidad de un esfuerzo consciente. Se encarga del sistema respiratorio, del sistema circulatorio, del nervioso y de otros sistemas vitales. Explora constantemente su entorno, destruyendo células en­fermas y luchando por sobrevivir.

El cuerpo humano es un sistema increíble: aproximadamente siete billones de células con un nivel inconcebible de coordinación física y bio­química para pasar una página, toser o conducir un automóvil. Cuando consideramos lo poco que debemos pensar en ello, aún es más asombro­so. ¿Cuándo fue la última vez que recordamos a nuestro corazón que de­be latir, a nuestros pulmones que se deben dilatar y contraer, o a nuestros órganos digestivos que deben secretar los compuestos adecuados en el momento oportuno? Estos y muchísimos otros procesos están controla­dos de una manera inconsciente en cada momento de nuestra vida. La in­teligencia gobierna todo el sistema, en su mayor parte inconsciente.6

DOC CHILDRE Y BRUCE CRYER

Los médicos son los primeros en reconocer que el cuerpo se cura a sí mismo. La medicina simplemente facilita la curación y puede eli­minar obstáculos, pero también puede crearlos si va en contra de la inteligencia corporal.

¿Cómo equilibra y armoniza el cuerpo el funcionamiento del ce­rebro, que contiene la mente, con el funcionamiento del corazón, que representa simbólicamente la inteligencia emocional? Nuestro cuerpo

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es una maquinaria fenomenal cuyo rendimiento incluso supera al del ordenador más avanzado. Nuestra capacidad de actuar sobre nuestros pensamientos y sentimientos y de hacer que ocurran cosas no tiene igual en ninguna otra especie del mundo.

Los estudios científicos y controlados de laboratorio con metodo­logía de doble ciego están obteniendo cada vez más pruebas de la es­trecha relación existente entre el cuerpo (físico), la mente (pensa­miento) y el corazón (sentimiento).

Placa vista en una tienda rural de Carolina del Norte:

El cerebro dijo: «Soy el órgano más listo del cuerpo». El corazón dijo: «¿Y quién te lo había dicho?»
Inteligencia emocional (IE)

La inteligencia emocional (IE) es el conocimiento de uno mismo, la autoconciencia, la sensibilidad social, la empatia y la capacidad de comunicarnos satisfactoriamente con los demás. Es un sentido de oportunidad y de adecuación social, de tener el coraje de reconocer debilidades y de expresar y respetar diferencias. Antes de la década de 1990, cuando la IE se puso de moda, a veces se describía como una capacidad del hemisferio derecho del cerebro que no posee el hemis­ferio izquierdo. Se consideraba que el hemisferio izquierdo era más analítico, la sede del pensamiento lineal, del lenguaje, el razonamien­to y la lógica; y que el hemisferio derecho era más creativo, la sede de la intuición, de la sensibilidad y la holística. La clave es respetar los dos hemisferios y ejercer la elección en el desarrollo y el uso de sus ca­pacidades exclusivas. Combinar el pensamiento y el sentimiento crea un equilibrio, un juicio y una sabiduría mejores.

La intuición dice a la mente pensante dónde mirar

a continuación. DR. JOÑAS SALK, DESCUBRIDOR DE LA VACUNA DE LA POLIO

Hay muchas investigaciones que indican que, a la larga, la inteli­gencia emocional es un factor determinante más preciso del éxito en la comunicación, en las relaciones y en el liderazgo que la inteligencia

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mental. El escritor Daniel Goleman, una autoridad en IE, dice lo si­guiente:

Para una actuación estelar en cualquier trabajo y en cualquier cam­po, la capacidad emocional es el doble de importante que las aptitudes puramente cognitivas. Para el éxito en los niveles más elevados, en posi­ciones de liderazgo, la capacidad emocional explica virtualmente toda la ventaja. [...] Ya que las capacidades emocionales forman dos terceras par­tes o más de los ingredientes de una actuación destacada, los datos indi­can que hallar personas que tengan estas capacidades o educarlas en los empleados actuales añade un enorme valor al balance ñnal de una orga­nización. ¿En qué medida? En trabajos sencillos como los de los admi­nistrativos o los operarios, quienes se encontraban en el 1 % superior en cuanto a capacidad emocional eran tres veces más productivos (en valor). En trabajos de complejidad media, como el de los dependientes o los me­cánicos, una sola persona muy capaz desde el punto de vista emocional era doce veces más productiva (en valor).8

La teoría de la inteligencia emocional puede ser desestabilizadora para las personas que han anclado su estrategia para el éxito en la pu­ra inteligencia mental. Por ejemplo, una persona puede tener un diez en una escala de IM de diez puntos pero tener solamente un dos des­de el punto de vista emocional y no saber cómo relacionarse bien con los demás. Pueden compensar esta deficiencia recurriendo en exceso a su intelecto y tomando fuerza prestada de su posición formal. Pero, con ello, suelen exacerbar sus propias deficiencias y, en sus interac­ciones, también las deficiencias de los demás. Luego tratan de racio­nalizar intelectualmente su conducta.

Tomar fuerza prestada intensifica la debilidad de uno mismo, de los demás y de las relaciones.

Desarrollar una inteligencia emocional más fuerte es uno de los mayores retos a los que se enfrentan los padres y los líderes en todos los niveles de las organizaciones.

Inteligencia espiritual (ÍES)

La cuarta inteligencia es la inteligencia espiritual (ÍES). Al igual la IE, la ÍES se está estableciendo cada vez más en la investiga-

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ción científica y en el debate filosófico/psicológico. La inteligencia es­piritual es la más importante de todas las inteligencias porque se con­vierte en la fuente de orientación para las otras tres. La inteligencia es­piritual representa nuestra voluntad de sentido y de conexión con el infinito.

Richard Wolman, autor de Thinking with your soul, escribe sobre lo «espiritual» de esta manera:

Por espiritual entiendo la búsqueda antigua y perenne del ser humano de la conexión con algo mayor y más fidedigno que nuestro ego: con nues­tra propia alma, con los demás, con los mundos de la historia y de la natu­raleza, con el aliento indivisible del espíritu, con el misterio de estar vivos.9

La inteligencia espiritual también nos ayuda a distinguir princi­pios verdaderos que forman parte de nuestra conciencia y que están simbolizados por la brújula. La brújula es una excelente metáfora fí­sica de los principios porque siempre señala el norte. La clave para mantener una elevada autoridad moral es seguir continuamente unos principios de «verdadero norte».




El espíritu del hombre es la candela del Señor.
PROVERBIOS 20, 27

Consideremos la siguiente cita de los escritores Danah Zohar e Ian Marshall en SQ: Connecting with our spiritual intelligence:

A diferencia de la IM, que los ordenadores poseen, y de la IE, que existe en los mamíferos superiores, la LES es exclusivamente humana y es la más fundamental de las tres. Está relacionada con la necesidad que tie­ne la humanidad de sentido, una cuestión que las personas tienen muy presente. [...] La ÍES es lo que usamos para desarrollar nuestro anhelo y nuestra capacidad de sentido, visión y valor. Nos permite soñar y esfor­zarnos. Subyace a aquello en lo que creemos y en el papel que desempe­ñan nuestras creencias y nuestros valores en los actos que llevamos a ca­bo. En esencia, es lo que nos hace humanos.11

La semántica y la naturaleza superior de la inteligencia espiritual

Se han realizado numerosísimos estudios, observaciones e inves­tigaciones en el campo de la inteligencia, sobre todo durante los últi­mos veinte años. Hay numerosos libros y todo un corpus bibliográfi-

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co. A veces se usan distintas palabras para describir lo mismo. Algu­nas personas pueden llamar inteligencia emocional a parte de lo que yo llamo inteligencia espiritual y viceversa. Reconozco plenamente es­ta dificultad semántica. De nuevo insto al lector a que no se detenga en la definición de las palabras y a que busque sin cesar el significado subyacente.

El libro de Howard Gardner sobre la teoría de las inteligencias múltiples, Fram.es ofmind, es un brillante tratado sobre el concepto de varias inteligencias separadas pero imbricadas. También me ha servi­do mucho el trabajo de Robert Cooper y Daniel Goleman sobre la in­teligencia emocional. He escuchado sus presentaciones en distintos lugares y sé que sus enfoques son exhaustivos y se basan en la investi­gación, e incluyen algunos de los elementos de los que he hablado ba­jo la inteligencia espiritual.

Algunos libros separan la inteligencia visual de la verbal, la analí­tica, la artística, la lógica, la creativa, la económica y otras. Aprecio sus contribuciones, pero de nuevo creo que las podemos reunir todas bajo las cuatro áreas de cuerpo, mente, corazón y espíritu: las cuatro dimensiones de la vida.

En momentos de gran belleza, surgen emociones que pueden

derretir hasta la más gruesa y más cínica de las pieles. Las

endorfinas fluyen. La tensión se libera. Energías internas y externas

fluyen y se conectan. La experiencia no es sólo suave y tranquila,

sino que también contiene el poder y la creatividad de la naturaleza

y del universo. Crear y trabajar conscientemente en estos momentos

de conexión es ejercitar lo que podríamos llamar nuestra

musculatura espiritual y nuestra inteligencia espiritual. ¿Qué

entiendo por espiritual? Simplemente me refiero a toda esa realidad

y dimensión que es más grande, más creativa, más afectuosa, más

poderosa, más visionaria, más sabia, más misteriosa que la

materialista existencia cotidiana del ser humano.

No hay teología ni sistema de creencias que se identifique con este

significado de lo espiritual.12

, WILLIAM BLOOM

Nunca olvidaré una experiencia en Hawai con la Young Presi-dent's Organization. Un pequeño grupo de presidentes de empresa se reunieron para desayunar con algunas de las principales autoridades del campo de la gestión y el liderazgo, cada una de las cuales había es­crito destacados best-sellers y eran muy respetadas y citadas. En un fo-

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ro donde no se citaba a nadie y donde había mucho respeto mutuo, uno de los presidentes preguntó con verdadera humildad: «En el fon­do, ¿no están todos ustedes diciendo lo mismo?». Ante aquella perso­na, reconocieron que sí. Cada una tenía su propia semántica y sus propias definiciones y, con frecuencia, tenían algunas ideas exclusivas no expresadas por las demás aunque eran iguales desde el punto de vista de los elementos más básicos. Hablaban más en función de prin­cipios subyacentes que de cuestiones prácticas.

La verdad es que me he tenido que esforzar mucho para evitar yo mismo el problema de la semántica y lo hago tratando de buscar siem­pre los significados subyacentes. Pero realmente creo que hay otra di­mensión de la inteligencia que no se ha tratado en profundidad en otros lugares. Se trata del papel de la inteligencia espiritual guiando y diri­giendo a las otras inteligencias. En este sentido, es superior a las otras inteligencias.

Contaré una experiencia que puede ayudar a explicar que la inte­ligencia espiritual es la más elevada de nuestras capacidades. Estoy enormemente impresionado por el trabajo del difunto Anuar el Sadat, presidente de Egipto, en sus esfuerzos por alcanzar los Acuerdos de Paz de Camp David entre Israel y Egipto con el ex presidente de Esta­dos Unidos Jimmy Cárter y el ex primer ministro israelí Menahem Begin.

Hace unos años, mientras me llevaba de visita en un carrito de golf por las instalaciones de Camp David, el presidente de los Estados Unidos me señaló el lugar exacto donde se firmaron los acuerdos. Fue una experiencia muy emotiva para mí. He llegado a ver en Sadat a una persona que era consciente del espacio que hay entre estímulo y res­puesta. Desarrolló un enorme espacio cuando, siendo un hombre jo­ven, estuvo incomunicado en la celda 54 de la prisión central de El Cairo. Sintamos como se refleja la profundidad de esta comprensión en las siguientes palabras:

Quien no puede cambiar la trama misma de sus pensamientos nunca podrá cambiar la realidad, y por lo tanto no hará ningún progreso.13

Antes de este cambio de postura en relación con Israel, Sadat se había convertido en un presidente muy popular y profundamente comprometido con la causa árabe. Viajó por todo Egipto dando dis­cursos políticos en los que decía que nunca estrecharía la mano de un israelí mientras ocuparan un sólo centímetro de suelo árabe, gritando: «¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!». La multitud le devolvía el grito: «¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!».

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Cuando la historia del mundo y de sus instituciones, sociedades, comunidades, familias e individuos se acabe escribiendo, el tema dominante será la medida en que las personas han vivido no se-eún su conciencia socializada sino de acuerdo con su conciencia divina. Ésta es la sabiduría innata e intuitiva contenida en los principios o leyes naturales que enseñan todas las grandes religio­nes y filosofías del mundo. No serán la geopolítica, la economía, el gobierno, las guerras, la cultura social, el arte, la educación ni las iglesias. La dimensión moral o espiritual —hasta qué punto las personas y las instituciones son fieles a los principios eternos y universales del Bien y del Mal— será la fuerza gobernante supre­ma, omnímoda y subyacente.

Invitamos a la mujer de Sadat, madame Jehan Sadat, para que diera el discurso inaugural de nuestro Simposium Internacional. Tu­ve el privilegio de almorzar con ella. Le pregunté cómo había sido vi­vir con Anuar el Sadat, sobre todo en la época en que había empren­dido la audaz iniciativa de visitar el parlamento de Israel, un paso que culminó en los acuerdos de Camp David.

Me dijo que a ella le había costado mucho creer en aquel cambio de postura, sobre todo después de lo que Sadat había dicho y hecho. A continuación reproduzco lo que me contó.

Encarándose con él en las dependencias privadas del palacio, le preguntó: «Tengo entendido que piensas ir a Israel. ¿Es eso verdad?».

«Sí.»

«¿Cómo es posible que lo hagas después de todo lo que has di­cho?»

«Estaba equivocado y ahora voy a hacer lo correcto.»

«Perderás el liderazgo y el apoyo del mundo árabe.»

«Supongo que podría ocurrir, pero no creo que pase.» '

«Perderás la presidencia de tu país.»

«Eso también podría pasar.»

«Perderás la vida.» (Y, como sabemos, murió en un atentado.)

Respondió: «Mi vida está predestinada. No durará ni un minuto más ni un minuto menos de lo que deba durar».

Ella le abrazó y le dijo que era la persona más grande que había conocido.

Luego le pregunté qué había pasado cuando volvió de Israel. Me dijo que normalmente se tardan treinta minutos para hacer el reco­rrido entre el aeropuerto y el palacio. Aquel día, el recorrido duró tres

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horas. Las carreteras y las calles estaban atestadas con centenares de miles de personas que vitoreaban con entusiasmo a Sadat apoyándo­le por lo que estaba haciendo, las mismas personas que justo una se­mana antes habían aplaudido exactamente la postura contraria. Esta­ba haciendo lo correcto y lo sabían. La inteligencia espiritual es un don más elevado que la inteligencia emocional. Reconocían que no podemos pensar ni vivir independientemente en un mundo interde-pendiente.

Sadat había subordinado su ego y su IE (sensibilidad social, em­patia y aptitudes sociales) a su ÍES (conciencia) y los resultados reso­naron en todo el mundo. El liderazgo de su inteligencia espiritual ele­vó sus otras inteligencias y se convirtió en una persona con una autoridad moral formidable.

Este camino hacia la autoridad moral, la realización personal y la influencia beneficiosa no es un ámbito exclusivo de los grandes líde­res mundiales. El potencial para una autoridad moral sencilla, grande y tranquila se encuentra en el interior de cada uno de nosotros.
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