Y competencia 169






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Sacar el mayor partido de este libro: aprender mediante la enseñanza y la práctica

Si el lector desea sacar el máximo partido de este libro e iniciar un profundo proceso de cambio y crecimiento en su vida y en su organi­zación, le recomiendo dos ideas muy sencillas. Si decide ponerlas en práctica, le garantizo unos resultados espectaculares. La primera es que enseñe a otros lo que aprenda; la segunda es que aplique lo que aprenda de una manera sistemática: ¡practíquelo!

Enseñar y compartir sobre la marcha

Prácticamente todo el mundo reconoce que se aprende mejor cuan­do se enseña a otra persona y que lo aprendido se interioriza cuando se vive.

Hace años, cuando enseñaba en la universidad, conocí a un profe­sor visitante, el doctor Walter Gong, que procedía de San José, Cali­fornia, y que impartía un curso semestral destinado al cuerpo docen­te que se titulaba «Cómo mejorar la enseñanza». La esencia de aquel programa era este gran principio: la mejor manera de conseguir que al­guien aprenda es convertirle en un enseñante. En otras palabras, apren­demos mejor un material cuando lo enseñamos.

Enseguida apliqué este principio en mi trabajo y en mi casa. Cuan­do empecé a dar clases en la universidad, sólo asistían entre quince y treinta estudiantes. Cuando empecé a aplicar el principio del doctor Gong, vi que podía enseñar de una manera efectiva a muchos más; en realidad, en algunas de mis clases llegó a haber cerca de mil alumnos y su rendimiento y las puntuaciones que obtenían en los tests aumen­taron claramente. ¿Por qué? Porque cuando enseñas aprendes mejor. Cada estudiante se convierte en un enseñante y cada enseñante se con­vierte en un estudiante.

Pero el paradigma típico dice que el número de alumnos por cada enseñante es crucial, que tener menos estudiantes supone una ense­ñanza de más calidad. Sin embargo, si convertimos nuestros alumnos en enseñantes, nuestra acción se multiplica porque desplazamos el punto de apoyo.

Por otro lado, cuando enseñamos a otras personas lo que estamos aprendiendo adquirimos implícitamente el compromiso social de vivir lo que enseñamos. Y, naturalmente, estaremos más motivados para vi­vir lo que aprendemos. Este compartir constituye una base para pro­fundizar en el aprendizaje, el compromiso y la motivación, para otorgar

LA SOLUCIÓN 49

legitimidad al cambio y formar un equipo de apoyo. También veremos que compartir crea vínculos con los demás, especialmente con nuestros hijos. Hagamos que nos enseñen con regularidad lo que aprenden en la escuela. Mi esposa Sandra y yo hemos visto que algo tan sencillo como esto elimina prácticamente toda necesidad de una motivación externa para que estudien. Quienes enseñan lo que aprenden son, con diferen­cia, los mejores estudiantes.

Integrar a nuesta vida lo que aprendemos

Saber y no hacer, en realidad es no saber. Aprender y no practicar no es aprender. En otras palabras, comprender algo pero no ponerlo en práctica, equivale a no comprenderlo. El conocimiento y la com­prensión sólo se interiorizan haciendo, aplicando. Por ejemplo, po­dríamos estudiar el tenis como deporte leyendo libros y asistiendo a conferencias, pero no llegaremos a conocerlo de verdad si no lo prac­ticamos. Saber y no hacer es no saber.

La mejor forma de conocerse uno mismo no es la

contemplación, sino la acción. Esforzaos por cumplir

vuestro deber y pronto sabréis de qué sustancia estáis

hechos.

JOHANN W. GOETHE

Por lo menos hay cuatro enfoques que el lector podrá adoptar pa­ra aplicar lo que aprenda en este libro.

  1. El primero consiste simplemente en leer el libro de principio a
    fin y decidir después qué queremos aplicar a nuestra vida y
    a nuestro trabajo. Ésta es la forma en que la mayoría de las per­
    sonas abordan un libro. Refleja el deseo de muchos de nosotros
    de conectar emocionalmente o mentalmente con el flujo de las
    ideas de un libro y aplicarlas después.

  2. El segundo enfoque consiste en leer todo el libro y luego usar la
    comprensión general y la motivación acumulada para volver a
    leerlo, esta vez con la intención de aplicarlo sobre la marcha.
    Este enfoque puede ser muy útil para muchas personas.

  3. Otro enfoque —que en mi opinión es el que produce mejores
    resultados— consiste en contemplar el libro como un programa

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de crecimiento y desarrollo personal de un año de duración. De­diquemos un mes a cada uno de los doce capítulos restantes. Empecemos leyendo el siguiente capítulo, enseñémoslo, y lue­go apliquémoslo durante el resto del mes. Veremos que si de verdad procuramos aplicar lo que aprendemos en cada capítu­lo durante un mes, nuestra comprensión de los restantes capí­tulos mejorará considerablemente.

4. El cuarto enfoque simplemente consiste en adaptar el tercero a nuestro propio ritmo personal. Algunos lectores querrán traba­jar con más o menos de un capítulo al mes, leer y aplicar un ca­pítulo nuevo cada semana, o cada dos, o cada dos meses o con la periodicidad que consideren oportuna. Ello conserva el po­der del tercer enfoque al tiempo que nos ofrece la flexibilidad de adaptarlo a nuestros propios deseos y circunstancias.

Para ayudar al lector a aplicar los principios de cada capítulo del libro, e independientemente del enfoque que decida seguir, he reunido varias ideas y diversos ejercicios que le ayudarán a dar los primeros pasos. Basta con entrar a para obtener estos ejercicios. También he incluido en las páginas 462-463 del libro un cuestionario que puede ayudar al lector a superar lo que podríamos llamar «el reto del 8a hábito» y que supone realizar en cada capítulo los siguientes pasos de desarrollo/acción:

  1. Leer el capítulo.

  2. Enseñar el capítulo por lo menos a dos personas, ya sean com­
    pañeros de trabajo, miembros de la familia, amigos, etc.

  3. Hacer un esfuerzo sincero y coordinado por vivir los principios
    que se incluyen en el capítulo durante un mes.

  4. Informar a un colega de confianza, a un familiar o a un amigo
    de los resultados y las cosas que se hayan aprendido mientras
    se intentaba vivir conforme a las ideas del capítulo.

Una vez que el lector haya completado en su totalidad el cuestio­nario del «Reto del 82 hábito», de la pág. 462, podrá certificar que lo ha hecho en y recibirá un reco­nocimiento especial por su logro.

Antes de pasar a la primera parte, «Encontrar una voz propia», consideremos las siguientes palabras de Abraham Lincoln: «Los dog­mas del tranquilo pasado no sirven para el presente tempestuoso». Te-

LA SOLUCIÓN

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Figura 3 2

nemos que replantearnos las cosas. No sólo debemos desarrollar una nueva mentalidad: también debemos desarrollar unas nuevas habili­dades y nuevas herramientas. Y esto es difícil de hacer; nos aleja de nuestras comodidades. Pero ha surgido una nueva realidad, una nue­va economía, un nuevo desafío. Este nuevo desafío —no sólo sobrevi­vir en la nueva realidad, sino encontrarnos verdaderamente a gusto en ella exige una nueva respuesta, un nuevo hábito. Recordemos que los hábitos radican en la intersección entre actitudes, habilidades y conocimiento. A medida que el lector vaya desarrollando estas tres di­mensiones del 8a hábito, se irá poniendo a la altura del nuevo desafío y de sus propias posibilidades ilimitadas.



PRIMERA PARTE

ENCONTRAR UNA VOZ PROPIA

4

DESCUBRIR NUESTRA VOZ: DONES DE NACIMIENTO

NO DESCUBIERTOS

Son tantos los dones

De nacimiento aún no descubiertos,

Tantos los bellos obsequios

Que Dios te ha enviado.

Al amado no le importa repetir,

«Tuyo es también todo lo que tengo».

Son tantos, amado, los dones

De tu nacimiento aún no descubiertos.'

HAFIZ



Figura 4.1

El poder de descubrir nuestra voz radica en el potencial que nos fue otorgado al nacer. Las semillas de la grandeza se plantaron en es­tado latente, sin germinar. Nos fueron concedidos unos espléndidos «dones de nacimiento» —talentos, capacidades, privilegios, inteligen­cias, oportunidades— que en gran medida quedarían sin descubrir de no ser por nuestra propia decisión y nuestro propio esfuerzo. Gracias

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EL 8° HÁBITO

a estos dones, el potencial de cada persona es enorme, incluso infini­to. En el fondo no podemos ni imaginar de lo que puede ser capaz una persona. Puede que un bebé sea la creación más dependiente del uni­verso, pero al cabo de unos años se convierte en la más poderosa. Cuanto más usamos y desarrollamos nuestras aptitudes actuales, más aptitudes se nos conceden y mayor es nuestra capacidad.

Todos los niños nacen siendo genios; con rapidez,

sin darse cuenta, 9.999 de cada 10.000 son desposeídos de su condición de genios

por los adultos. BUCKMINSTER FUIXER

Veamos a continuación los tres dones más importantes (figura 4.2):

En primer lugar, la libertad y la capacidad de elegir.

En segundo lugar, unas leyes o principios naturales de carácter uni­versal que nunca cambian.

En tercer lugar, cuatro inteligencias o capacidades: física/económica, emocional/social, mental y espiritual. Estas inteligencias/capacidades se corresponden con las cuatro partes de la naturaleza humana simboliza­das por el cuerpo, el corazón, la mente y el espíritu.

DONES DE NACIMIENTO

(En su mayoría no descubiertos)

Libertad y capacidad de elegir

Principios (leyes naturales)

  • Universales

  • Intemporales

  • Manifiestos



MENTAL FISICA/ECONOMICA
Las 4 inteligencias/capacidades

ESPIRITUAL EMOCINAL

Figura 4.2

La escritora Marianne Williamson expresó a la perfección con qué frecuencia nos sobrecogen y hasta nos aterran nuestras dotes innatas, algo que en mi opinión se debe, en gran medida, a la sensación de responsabilidad que nos imponen:

DESCUBRIR NUESTRA VOZ [...] 57

Nuestro temor más profundo no es que no estemos a la altura. Nues­tro temor más profundo es que nuestro poder es inconmensurable. Nuestra luz, no nuestra oscuridad, es lo que más nos amedrenta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para tener inteligencia y belleza, para ser alguien fabuloso y con talento? Pero, en realidad, ¿quiénes somos para no ser así? Somos hijos de Dios. Hacernos los insignificantes no le sirve al mundo. No hay nada de inteligente en rebajarnos para que los demás no se sientan inseguros en nuestra compañía. Todos estamos hechos para brillar, como hacen los ni­ños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que está en nuestro in­terior. No está sólo en algunos de nosotros; está en todos. Y cuando deja­mos que brille nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a los demás para que hagan lo mismo. Cuando nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia libera automáticamente a los demás.2

Nuestro primer don de nacimiento: la libertad de elegir

Durante medio siglo me he dedicado al tema de este libro en mu­chos contextos diferentes de todo el mundo. Si alguien me preguntara qué tema o cuestión parece tener más impacto en la gente, qué gran idea ha resonado en el alma con más profundidad que cualquier otra, si se me preguntara qué ideal es el más práctico, más importante, más oportuno con independencia de las circunstancias, respondería ense­guida, sin ninguna reserva, con la más profunda convicción, de todo corazón y con toda mi alma, que somos libres de elegir. Después de la vida misma, la facultad de elegir es nuestro mayor don. Esta facultad y esta libertad contrastan claramente con la mentalidad de victimismo y la cultura de la culpa que tanto predominan en la sociedad de hoy.

En esencia, somos producto de la elección, no de la naturaleza (los genes) ni de la cultura (la educación, el entorno). Es indudable que los genes y la cultura suelen ejercer una gran influencia pero no nos determinan.

La historia del hombre libre nunca está escrita por el azar sino por la elección: su

propia elección.3 DWIGHT D. EISENHOWER

La esencia del ser humano es la capacidad de dirigir la propia vida. El ser humano actúa, los animales y los «robots» humanos reaccionan. El ser humano es capaz de tomar decisiones basándose en sus valores. La facultad de elegir el rumbo de nuestra vida nos permite reinventarnos

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a nosotros mismos, cambiar nuestro futuro e influir con fuerza en el resto de la creación. Es el don que nos permite usar los restantes do­nes; es el que nos permite elevar nuestra vida a unos niveles cada vez más altos.

Durante todos estos años, al hablar a distintos grupos, una y otra vez han acudido personas a mí diciéndome básicamente: «Por favor, dí­game algo más sobre mi libertad y mi facultad de elegir. Por favor, hábleme otra vez de mi valía y de mi potencial, de que no tengo ningu­na necesidad de compararme con otros». Muchos también han comen­tado que, aparte de lo interesante (o aburrida) que hubiera podido ser la charla, lo que literalmente había electrizado su alma era la sensación interior de su propia libertad para elegir. Era algo tan delicioso para ellos, tan excitante, que a duras penas podían reflexionar sobre ello con suficiente tiempo o profundidad.

Esta facultad de elegir significa que no somos sólo el producto de nuestro pasado o de nuestros genes; no somos el producto del trato que nos dispensan los demás. Es indudable que influyen en nosotros, pero no nos determinan. Nos determinamos a nosotros mismos por medio de nuestras elecciones. Si hemos entregado nuestro presente al pasado, ¿también debemos entregar nuestro futuro?

Una de las experiencias que ha influido en mi vida con más profun­didad —y que desde un punto de vista conceptual ha sido fundamental para mi trabajo con los siete hábitos— tuvo lugar mientras me encon­traba pasando un período sabático en Hawai. Un día me encontraba paseando sin prisas entre las estanterías de una biblioteca. Hallándome en un estado de ánimo muy meditabundo y reflexivo, tomé un libro. En él leí tres frases que me dejaron totalmente estupefacto:

Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestra facultad

para elegir la respuesta. En estas elecciones residen nuestro crecimiento y nuestra felicidad.
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