Y competencia 169






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EL 8° HÁBITO

trabajo completo —lo que supone una retribución correcta, un buen trato, el uso de la creatividad y oportunidades de atender necesidades humanas sin traicionar principios (véase la figura 2.5)— optan por una de las tres opciones superiores: cooperación placentera, compro­miso genuino o excitación creativa (véase de nuevo la figura 2.4).

Identidad es destino.

¿Puede el lector empezar a ver por qué los problemas fundamen­tales del trabajo de hoy y la solución fundamental a estos problemas residen en el paradigma actual de la naturaleza humana? ¿Puede ver cuántas de las soluciones a los problemas de nuestros hogares y de nuestras comunidades se basan en el mismo paradigma? Este para­digma «cosificador» de la era industrial y todas las prácticas que ema­nan de él son el equivalente moderno de la sangría. Más adelante, a partir del capítulo 6, se hará una descripción exhaustiva de cuatro pro­blemas crónicos de las organizaciones debidos al descuido de las cua­tro partes de la naturaleza humana, y también veremos la solución a estos problemas, que supone cuatro roles de la influencia del lideraz-go. Pero antes abordaremos la respuesta y la solución individual al do­lor y a los problemas que hemos examinado.

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LA SOLUCIÓN

No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.

VÍCTOR HUGO

Henry David Thoreau escribió en una ocasión: «Mil cortes en las hojas del árbol del mal equivalen a uno solo en las raíces».1 Este libro se dedica a atacar la raíz de los importantes problemas a los que nos enfrentamos.

Hemos empezado con el dolor; hemos explorado el problema sub­yacente, un problema que tiene raíces personales y que supone un pa­radigma y un conjunto de tradiciones muy arraigados en el lugar de trabajo. Veamos ahora el contexto para la solución y un resumen de cómo se irá desarrollando en el resto del libro.

He trabajado con organizaciones de todo el mundo durante más de cuarenta años y he estudiado las conclusiones de las grandes men­tes que han estudiado las organizaciones. La mayoría de los grandes cambios culturales —los que han dado origen a grandes organizacio­nes que mantienen a largo plazo su crecimiento, su prosperidad y su contribución al mundo— empezaron con la elección de una sola per­sona. A veces, esa persona era el líder formal, el presidente. Pero, en muchas ocasiones, estos cambios los había iniciado otra persona: un profesional, un encargado de línea, el ayudante de alguien. Con inde­pendencia de su posición, estas personas cambiaron antes ellas mis­mas desde dentro hacia fuera. Su carácter, su competencia, su iniciati­va y su energía positiva —en pocas palabras, su autoridad moral— inspiraba y elevaba a los demás. Poseían un sentido de la identidad muy sólido y arraigado, habían descubierto sus virtudes y sus talentos y los aplicaban a satisfacer necesidades y a producir resultados. Los demás se daban cuenta y por ello les daban más responsabilidad. Ellas asumían esta responsabilidad y aún producían más resultados. Más y más personas empezaron a hacerles caso. Las personas que ocupaban puestos importantes deseaban conocer sus ideas, saber có­mo podían hacer tanto. La cultura se fue acercando a ellas y a su vi­sión.

42 EL 8° HÁBITO

Este tipo de personas no se dejan arrastrar ni rebajar mucho tiem­po por todas las fuerzas desmoralizadoras, negativas e insultantes de la organización. Y, curiosamente, sus organizaciones no son mejores que la mayoría. En cierta medida, todas son un desastre. Estas perso­nas simplemente se dan cuenta de que no pueden esperar a que su je­fe o su organización decidan cambiar. Se convierten en una isla de grandeza en un mar de mediocridad. Y esto se contagia.

¿De dónde sacan tales personas esta fortaleza interna para ir a contracorriente, resistirse a provocaciones culturales negativas e inte­reses egoístas, y crear y mantener su visión y su determinación?

Aprenden a conocer su verdadera naturaleza y sus dones. Los usan para desarrollar la visión de las grandes cosas que desean reali­zar. Con gran sabiduría, toman la iniciativa y cultivan una profunda comprensión de las necesidades y las oportunidades que les rodean. Satisfacen las necesidades que concuerdan con sus aptitudes perso­nales, que canalizan sus motivaciones superiores, que les permiten hacer cambios. En resumen, encuentran su voz y la utilizan. Sirven e inspiran a los demás. Aplican PRINCIPIOS que gobiernan el creci­miento y la prosperidad de los seres humanos Y de las organizaciones, principios que sacan lo mejor y más elevado de una «persona comple­ta»: cuerpo, mente, corazón y espíritu. Igualmente importante, tam­bién eligen influir e inspirar a los demás para que hallen su voz me­diante estos mismos principios.

Esta solución en dos partes —encontrar una voz propia e inspirar a los demás para que encuentren la suya— es un mapa para que las personas de CUALQUIER nivel de una organización maximicen su desarrollo y su influencia, se conviertan en colaboradores irreempla­zables* e inspiren a su equipo y al conjunto de su organización para que hagan lo mismo. En consecuencia, este libro se divide en dos grandes partes:

  1. Encontrar una voz propia.

  2. Inspirar a los demás para que encuentren su voz.

A continuación se ofrece una breve presentación de las mismas.

* Para consultar el informe que compara nuestra evaluación de la capacidad de nuestro equipo o nuestra organización para ejecutar sus máximas prioridades con otros casos de todo el mundo véase .

LA SOLUCIÓN

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Encontrar una voz propia




Dos caminos convergian en un bosque

Y segui el menos transitado

Y eso lo ha cambiado todo




Robert FrostEn la figura 3.1 se ilustran dos caminos de la vida totalmente dife­rentes; es un esquema o mapa sencillo del octavo hábito: encontrar una voz propia e inspirar a los demás para que encuentren la suya. Este dia­grama de los dos caminos aparecerá al principio de los siguientes capí­tulos hasta el capítulo 14. Cada versión nueva del diagrama destacará el tema central del capítulo correspondiente. Así podremos ver dónde nos hallamos, dónde hemos estado y hacia dónde nos dirigimos.

Todo el mundo elige uno de dos caminos en la vida: jóvenes y vie­jos, ricos y pobres, hombres y mujeres por igual. Uno es el camino amplio y muy transitado hacia la mediocridad, el otro es el cami­no hacia la grandeza y el sentido. La gama de posibilidades existentes entre estos dos destinos es tan amplia como la diversidad de dones y personalidades de la estirpe humana. Pero el contraste entre los dos destinos es como el que hay entre el día y la noche.

El camino a la mediocridad limita el potencial humano. El cami­no a la grandeza libera y realiza este potencial. El camino a la medio­cridad supone abordar la vida de una manera rápida, por un atajo. El camino a la grandeza es un proceso de crecimiento secuencial de den­tro hacia fuera. Quienes viajan por el camino inferior de la mediocri­dad viven el «software» cultural del ego, la competición, la escasez, la comparación, la extravagancia y el victimismo. Quienes transitan el camino superior hacia la grandeza se elevan por encima de las in­fluencias culturales negativas y eligen convertirse en la fuerza creativa de su vida. Hay una palabra que expresa el camino hacia la grandeza. Voz. Quienes siguen este camino hallan su voz e inspiran a los demás para que hallen la suya. Los otros nunca lo hacen.

La búsqueda de sentido por parte del alma

En el fondo de cada uno de nosotros existe el anhelo de vivir una vida de grandeza y de contribución, de importar de verdad, de marcar



una verdadera diferencia. Puede que dudemos de nosotros mismos y de nuestra capacidad para hacerlo, pero quiero que el lector sepa que estoy plenamente convencido de que puede vivir de esa manera. Tiene el potencial en su interior. Todos lo tenemos. Es un derecho inaliena­ble de la estirpe humana.

Una vez charlé con el comandante de una base militar que estaba verdaderamente comprometido con el objetivo de llevar a cabo un cambio cultural importante en el seno de su organización. Llevaba más de treinta años de servicio, ya había llegado a coronel y tenía el derecho a solicitar el retiro aquel mismo ano. Tras haber estado ense­ñando e instruyendo a su organización durante muchos meses, le pre­gunté por qué deseaba emprender aquella iniciativa de tanta enverga­dura y que le supondría ir a contracorriente y enfrentarse a las fuerzas tremendamente resistentes de la tradición, el aletargamiento, la indi­ferencia y la desconfianza. Incluso llegué a decirle: «Podría descansar. Tendría un buen retiro. Se organizarían banquetes en su honor. Sus seres queridos y sus colaboradores le colmarían de elogios».

Se puso muy serio y, después de una larga pausa, decidió contar­me una experiencia muy personal, casi sagrada. Me dijo que su padre había fallecido hacía poco. Cuando el padre estaba en su lecho de muerte, llamó a su esposa y a su hijo (el coronel) para despedirse de ellos. Apenas podía hablar. Su esposa se pasó llorando toda la visita;

LA SOLUCIÓN 45

el hijo se acercó a su padre y éste le susurró al oído: «Hijo, no vivas co­mo he vivido yo. No me he portado bien con tu madre ni contigo y, en el fondo, nunca he hecho nada importante. Hijo, prométeme que no vivirás como yo».

Éstas fueron las últimas palabras que el coronel oyó de su padre, quien falleció poco después. Pero las tenía por el mejor legado que su padre podría haberle dejado. Entonces fue cuando decidió que haría algo importante en todas las facetas de su vida.

Más adelante, el coronel me confesó que había pensado en reti­rarse y descansar. En el fondo esperaba que su sucesor no actuara tan bien como él y que todo el mundo pudiera verlo con claridad. Pero cuando tuvo esta revelación al morir su padre, no sólo se decidió a convertirse en un catalizador del cambio para incorporar unos prin­cipios de liderazgo duraderos a la cultura de su mando: también deci­dió asegurarse de que su sucesor pudiera tener más éxito del que había tenido él. Esforzándose por institucionalizar estos principios de liderazgo en las estructuras, los sistemas y los procesos de su organi­zación, aumentaría la probabilidad de que su legado pasara del líder de una generación al líder de la siguiente.

También me dijo que hasta aquella experiencia con su padre había seguido con plena conciencia el camino más fácil, actuando básica­mente como custodio de las tradiciones del pasado y eligiendo una vi­da de mediocridad. Pero, tras la muerte de su padre, tomó la resolu­ción que antes no había tomado de vivir una vida de grandeza, una vida de verdadera contribución, una vida de importancia, una vida que de verdad le permitiera dejar huella.

Todos nosotros podemos decidir conscientemente dejar atrás una vida de mediocridad y llevar una vida de grandeza en el hogar, en el trabajo y en la comunidad. Sean cuales sean nuestras circunstancias, todos y cada uno de nosotros podemos tomar esta decisión: sea mani­festando esta grandeza eligiendo afrontar una enfermedad incurable con un espíritu magnífico, sea influyendo de una manera positiva en la vida de un niño y dando a ese niño una sensación de valía y de po­tencial, sea convirtiéndonos en catalizadores del cambio en una orga­nización o poniendo en marcha una gran causa en la sociedad. Todos podemos decidir que queremos vivir una vida grande o, más sencillo aún, que no sólo queremos tener un buen día, sino un gran día. No importa el tiempo que llevemos transitando por la senda de la medio­cridad: siempre podemos elegir cambiar de camino. Siempre. Nunca será demasiado tarde. Podemos encontrar nuestra voz.

46 EL 8° HABITO

Una vez que hemos tomado la decisión de seguir el «camino me­nos transitado», el sendero para encontrar nuestra propia voz es:

  1. Descubrir nuestra voz llegando a comprender nuestra verda­
    dera naturaleza —lo que yo llamo los tres espléndidos dones de
    nacimiento (capítulo 4)— y desarrollar y aplicar con integridad
    la inteligencia vinculada a cada una de las cuatro partes de
    nuestra naturaleza.

  2. Expresar nuestra voz cultivando las manifestaciones más ele­
    vadas de estas inteligencias humanas: visión, disciplina, pasión
    y conciencia (capítulo 5).

Película: Discovery ofa character

Me gustaría compartir con el lector un relato impactante y verda­dero que encarna este proceso de encontrar nuestra voz. Hace varios años, nuestra empresa colaboró con nuestra sede local de la televisión pública para emitir una dramatización en vídeo que habíamos creado y grabado en Inglaterra. El personaje central de esta extraordinaria historia es un ciudadano inglés que había superado su infancia en las calles hasta convertirse en un escritor de bastante éxito con una casa muy bonita y una familia muy afectuosa. Sin embargo, en el momen­to de la historia sufría del llamado «bloqueo del escritor». Parecía que su creatividad se había agotado. Sus deudas iban en aumento. El edi­tor le presionaba mucho con los plazos de entrega. Cada vez se sentía más deprimido. Empezó a temer que sus propios hijos acabaran en las calles como tantos otros que había conocido, como le había pasa­do a él mismo en su infancia, sobre todo cuando su padre estuvo en prisión por una deuda.

Estaba muy desanimado. Ni siquiera podía dormir. Empezó a pa­sar las noches vagando por las calles de Londres. Pudo ver la pobreza, las condiciones inhumanas de los niños que de noche trabajaban en las fábricas, la terrible lucha de los padres que a duras penas podían sus­tentar a sus familias. Poco a poco se dio cuenta plenamente de la rea­lidad de lo que estaba viendo: el impacto del egoísmo y la codicia de quienes se aprovechan de los demás. Pero en su corazón surgió una idea que empezó a crecer en su mente. ¡Había algo que podía hacer y que podía cambiar las cosas!

Volvió a escribir, pero con una energía y un entusiasmo que nun­ca había sentido. La visión de su contribución le apasionaba y le con-

LA SOLUCIÓN 47

sumía. Ya rto sentía dudas ni desánimo. No se preocupaba por sus propios asuntos económicos. Quería publicar esa historia, hacerlo de la forma más barata posible, ponerla al alcance del mayor número po­sible de personas. Su vida había cambiado por completo. Al final, ha­bía hallado su voz.

Invito al lector a que vea el breve cortometraje que narra la expe­riencia excepcional de este hombre, buscándolo en www.franklinco-veymex.com. Creo que se sentirá inspirado por el resto de la historia.

Inspirar a los demás para que encuentren su voz

Cuando ya hemos hallado nuestra propia voz, la elección de exten­der nuestra influencia, de engrandecer nuestra contribución, es la elección de inspirar a otras personas para que encuentren su propia voz. Inspirar (que se deriva del latín inspirare) significa insuflar vida. Cuando reconocemos y respetamos a los demás, cuando creamos ma­neras para que puedan dar voz a las cuatro partes de su naturaleza —física, mental, emocional/social y espiritual— se liberan el genio, la creatividad, la pasión, el talento y la motivación que estaban latentes. Las organizaciones donde una masa crítica de personas y de equipos expresen plenamente su voz serán las que darán el siguiente gran pa­so en el terreno de la productividad, la innovación y el liderazgo en el mercado y en la sociedad.

La segunda parte de El 8e hábito se inicia en el capítulo 6. Su ob­jetivo es inspirar a los demás para que encuentren una voz propia. Puesto que la mayor parte del trabajo se lleva a cabo en organizacio­nes, se centra en los principios que podemos aplicar para influir posi­tivamente en las restantes personas de cualquier organización (em­presa, educación, gobierno, ejército, comunidad, incluso familia).

Es muy probable que el lector también se plantee muchas dudas prácticas del tipo «Ya, pero...». Para ayudarle, al final de cada uno de los restantes capítulos encontrará un breve apartado con las preguntas más frecuentes y mis respuestas a las mismas. Espero que le sean úti­les, aunque puede saltárselas si no le interesan. Después del último ca­pítulo, también encontrará un «apartado» dedicado a preguntas y res­puestas de carácter más general y exhaustivo.

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