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¿Por qué un octavo hábito?

El mundo ha cambiado profundamente desde la publicación de Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva* en 1989. Los retos y las complejidades a los que nos enfrentamos en nuestra vida y en nues-

* Barcelona, Paidós, 1997.

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tras relaciones personales, en nuestra familia, en la vida profesional y en nuestras organizaciones pertenecen a otro orden de magnitud. En realidad, para muchas personas, el año 1989 —cuando presenciamos la caída del muro de Berlín— marca el inicio de la «era de la informa­ción», el nacimiento de una nueva realidad, un cambio radical de ca­pital importancia: el verdadero inicio de una nueva era.

Muchos han preguntado si los siete hábitos siguen siendo válidos en la nueva realidad de hoy. Mi respuesta siempre es la misma: cuan­to mayor es el cambio y cuanto más difíciles son los retos, más válidos son. Y es que los siete hábitos se refieren a ser altamente efectivos. Re­presentan una completa estructura de principios universales y eternos del carácter y la efectividad del ser humano.

Figura 1.1


Ser efectivos como individuos y como organizaciones ya no es una elección en el mundo de hoy: es imprescindible para entrar en el te­rreno de juego. Pero sobrevivir, prosperar, innovar, sobresalir y liderar en esta nueva realidad nos exigirá aumentar la efectividad e ir más allá de ella. Esta nueva era exige y necesita grandeza. Exige y necesi­ta realización, un desempeño apasionado y una contribución importan­te que se encuentran en un plano o una dimensión diferente. Son de



EL DOLOR

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una clase diferente, de la misma forma que la importancia difiere del éxito en calidad, no en cantidad. Aprovechar los niveles más elevados del genio y de la motivación del ser humano —lo que podríamos lla­mar voz— exige un nuevo esquema mental, un nuevo esquema de habilidades, un nuevo conjunto de herramientas... un nuevo hábito mental.

Así pues, el octavo hábito no es una mera adición a los otros siete, un hábito que, de algún modo, se hubiera pasado por alto. Se trata de ver y aprovechar el poder de una tercera dimensión de los siete hábitos que responde al principal desafío de la nueva era del trabajador del co­nocimiento. El octavo hábito consiste en encontrar su voz e inspirar a los demás para que encuentren la suya.

El octavo hábito constituye el camino hacia la vertiente enorme­mente prometedora de la realidad de hoy. Contrasta claramente con el dolor y la frustración que he descrito. En el fondo, es una realidad eterna. Es la voz del espíritu humano: lleno de esperanza y de inteli­gencia, fuerte por naturaleza, con un potencial inagotable para servir al bien común. Esta voz también engloba el alma de las organizacio­nes que sobrevivirán, prosperarán y tendrán un impacto profundo en el futuro del mundo.

«Voz» es relevancia personal única, una relevancia que se mani­fiesta cuando nos enfrentamos a nuestros mayores desafíos y que nos hace estar a su altura.




Figura 1 2


Como se ilustra en la figura 1.2, la voz se encuentra en la intersec­ción entre el talento (nuestros dones y puntos fuertes naturales), lapa-

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sión (las cosas que nos infunden vigor, que nos apasionan, nos moti­van y nos inspiran de una manera natural), la necesidad (incluyendo lo que necesita el mundo) y la conciencia (esa vocecita interior que nos dice qué está bien y que nos impulsa a hacerlo). Cuando nos de­dicamos a un trabajo que aprovecha nuestro talento y alimenta nues­tra pasión, que surge de una gran necesidad en el mundo a la que nuestra conciencia nos impulsa a responder, ahí se encuentra nuestra voz, nuestra vocación, la clave de nuestra alma.

Dentro de cada uno de nosotros se encuentra un anhelo profundo, innato y casi inefable de encontrar nuestra voz en la vida. La explo­sión revolucionaria y exponencial de Internet es una de las manifesta­ciones modernas más claras de esta verdad. Puede que Internet sea el símbolo perfecto del nuevo mundo, de la economía de la informa­ción/de los trabajadores del conocimiento y de los drásticos cambios que se han producido. En su libro Cluetrain Manifestó, publicado en 1999, Locke, Levine, Searls y Weinberger lo expresan así:

Todos estamos volviendo a encontrar nuestras voces. Aprendiendo a hablarnos los unos a los otros. [...] En el interior, en el exterior, se está de­sarrollando una conversación que hace cinco años no se daba y que no se había visto mucho desde los inicios de la Revolución industrial. Ahora, abarcando todo el planeta por medio de Internet y de la World Wide Web, esta conversación es tan vasta y multifacética que es inútil intentar averi­guar sobre qué versa. Versa sobre mil millones de años de esperanzas, de temores y de sueños reprimidos codificados en hélices dobles que ser­pentean, sobre el flashback y el déjá vu colectivo de nuestra extraña y des­concertante especie. Es algo muy antiguo, elemental y sagrado, algo muy, muy extraño que se ha liberado en las tuberías y en los cables del si­glo XXI.

[...] en esta conversación hay millones y millones de hilos, pero al principio y al ñnal de cada uno hay un ser humano. [...]

El ardiente deseo que inspira la web es señal de un anhelo tan inten­so que sólo se puede entender como algo espiritual. Un anhelo indica al­go que falta en nuestra vida. Y lo que falta es el sonido de la voz humana. El atractivo espiritual de la web es la promesa del retorno de la voz.2

En lugar de describir aún más esta voz, la ilustraré mediante la historia real de un hombre. Cuando conocí a Muhammad Yunus, fun­dador del Grameen Bank —una organización excepcional fundada con el único objetivo de extender los microcréditos hasta las gentes más pobres de Bangladesh— le pregunté cuándo y cómo había tenido su visión. Dijo que al principio no había tenido ninguna visión. Sim­plemente había visto a alguien que tenía una necesidad, había inten-

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tado satisfacerla y la visión se empezó a desarrollar. La visión de Muhammad Yunus de un mundo sin pobreza se puso en marcha tras un suceso que se produjo en las calles de Bangladesh. Mientras le en­trevistaba para la columna sobre el liderazgo que publico en diversos periódicos,* me relató su historia:

Todo empezó hace veinticinco años. Enseñaba economía en una universidad de Bangladesh. El país se encontraba en plena hambruna. Me sentía fatal. Ahí estaba yo, enseñando las elegantes teorías de la eco­nomía en el aula con todo el entusiasmo de un recién doctorado por una universidad estadounidense. Pero cuando salía del aula veía esqueletos por todas partes, gente esperando a morir.

Sentía que todo lo que había aprendido, todo lo que estaba enseñan­do, eran fantasías que no tenían sentido para la vida de la gente. Así que empecé a intentar averiguar cómo vivía la gente del poblado que había junto al campus de la universidad. Quería saber si, como ser humano, había algo que pudiera hacer para retrasar o impedir la muerte aunque sólo fuera la de una sola persona. Abandoné esa perspectiva a vista de pájaro que te lo deja ver todo desde arriba, desde el cielo. Y adopté el punto de vista de una lombriz, tratando de ver lo que tenía delante, tra­tando de olerlo, de tocarlo, para ver si podía hacer algo al respecto.

Hubo un incidente concreto que me llevó en una nueva dirección. Conocí a una mujer que hacía taburetes de bambú. Después de hablar mucho con ella descubrí que sólo ganaba dos centavos de dólar al día. No podía creer que alguien pudiera trabajar tanto y hacer unos tabure­tes de bambú tan hermosos sacando tan poco beneficio. Me explicó que al no tener dinero para comprar el bambú para hacer los taburetes, tenía que pedir dinero prestado al comerciante y éste le imponía la condición de que sólo le vendiera los productos a él y a los precios que él dictara.

Y eso explicaba los dos centavos: estaba virtualmente encadenada por esa persona. ¿Ycuánto costaba el bambú? «Pues unos veinte centa­vos. Y si es muy bueno, veinticinco», me dijo. Pensé: «¿La gente sufre por veinte centavos y no hay nadie que pueda hacer nada al respecto?». Estuve considerando si debía darle veinte centavos a la mujer, pero se me ocurrió otra idea: hacer una lista de personas que tuvieran esta ne­cesidad de dinero. Llamé a uno de mis estudiantes y tras visitar el po­blado durante varios días acabamos haciendo una lista de cuarenta y dos personas en esas condiciones. Cuando sumé la cantidad que necesi­taban en total, me llevé la sorpresa más grande de mi vida: ¡el total as­cendía a veintisiete dólares! Me sentí avergonzado por formar parte de

* New York Times Syndicate.

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una sociedad que ni siquiera podía ofrecer veintisiete dólares a cuaren­ta y dos seres humanos muy trabajadores y hábiles.

Para librarme de aquella vergüenza saqué el dinero de mi bolsillo y se lo entregué a mi estudiante. Le dije: «Da este dinero a las cuarenta y dos personas que hemos conocido y diles que es un préstamo y que me lo pueden devolver cuando puedan. Mientras tanto, que vendan sus pro­ductos a quien se los pague bien».

Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada

EDMUND BURKE

Recibir aquel dinero les llenó de entusiasmo. Y aquel entusiasmo me hizo pensar: «Yahora, ¿qué hago?». Pensé en la sucursal bancada que había en el campus de la universidad y fui a ver al director para propo­nerle que les prestara dinero. ¡Se quedó de piedra! Me dijo: « Usted está loco. Eso es imposible. ¿Cómo vamos a prestar dinero a gente pobre? No tienen solvencia». Le supliqué diciéndole: «Al menos pruébelo, averigüe­lo: sólo es una pequeña cantidad de dinero». Me dijo: «No. Nuestras nor­mas no lo permiten. No pueden ofrecer ninguna garantía y no vale la pe­na prestar una cantidad tan pequeña». Me propuso que fuera a ver a los altos cargos de la jerarquía bancaria de Bangladesh.

Seguí su consejo y fui a ver a las personas realmente importantes del sector bancario. Todas me dijeron lo mismo. Al final, tras varios días yendo de un lado para otro me ofrecí yo mismo como fiador. «Avalaré el préstamo yo mismo, firmaré todo lo que haga falta y así me podrán dar el dinero para que yo se lo pueda dar a quien quiera.»

Y así es como empezó. Me advirtieron una y otra vez de que los po­bres que recibieran dinero nunca lo devolverían. Les dije: «Correré el riesgo». Y lo sorprendente fue que me devolvieron hasta el último cénti­mo. Lleno de entusiasmo, fui a ver al director y le dije: «Mire, devuelven el dinero, no hay ningún problema». Pero me respondió: «¡Qué va! Sólo lo hacen para engañarle. Pronto le pedirán más y ya no se lo devolve­rán». Así que les di más dinero, y también me lo devolvieron. Cuando se lo dije, me respondió: «Bueno, a lo mejor lo puede hacer usted en un po­blado, pero si lo hace en dos no le funcionará». Enseguida lo hice en dos poblados, y también funcionó.

Al final se convirtió en una especie de lucha entre yo mismo, el di­rector del banco y los altos cargos. No dejaban de decirme que con un número mayor de poblados, puede que unos cinco, vería que tenían ra-

EL DOLOR 23

zón. Así que lo hice en cinco poblados y lo único que pasó fue que todo el mundo me devolvió el dinero. Pero ni así se dieron por vencidos. Me di­jeron: «Diez poblados. Cincuenta. Cien». Al final se convirtió en una es­pecie de competición entre ellos y yo. Les presentaba unos resultados que no podían negar porque el dinero que yo prestaba era suyo, pero no po­dían aceptarlo porque se les ha entrenado para que crean que los pobres no son de fiar. Por suerte, yo no había recibido esa formación y podía creer en lo que estaba viendo, tal como sucedía. Pero la mente de los ban­queros, su visión, estaba cegada por el conocimiento que poseían.

Al final pensé: «¿Ypor qué me empeño en convencerlos? Yo sí que estoy totalmente convencido de que la gente pobre puede recibir dinero y devolverlo. ¿Por qué no creamos un banco nuevo?». Esta idea me apa­sionó. Redacté la propuesta y pedí autorización al gobierno para crear un banco. Convencer al gobierno me llevó dos años.

El 2 de octubre de 1983 nos convertimos en un banco, un banco for­mal, independiente. ¡Y qué entusiasmados estábamos todos! Ahora te­níamos un banco propio y podíamos expandirnos como quisiéramos. Y eso es lo que hicimos.

Cuando nos inspira un gran propósito, un proyecto

extraordinario, todos nuestros pensamientos rompen sus límites.

La mente trasciende las limitaciones, nuestra conciencia se

expande en todas las direcciones y nos encontramos en un mundo

nuevo, grande y maravilloso.

LOS SUTRAS YOGA DE PATANJALI

El Grameen Bank trabaja ahora en más de 46.000 poblados de Bangladesh y cuenta con 1.267 sucursales y más de 12.000 empleados. Ha prestado más de 4.500 millones de dólares en préstamos de doce a quince dólares, con una media inferior a los 200 dólares. Cada año concede cerca de 500 millones de dólares en préstamos. Incluso ofre­ce préstamos a mendigos para ayudarles a salir de la calle y empezar a comerciar. Un crédito para la vivienda asciende a trescientos dóla­res. Se trata de cantidades pequeñas para quienes nos dedicamos a los negocios. Pero considerémoslo desde el punto de vista del impacto in­dividual: prestar 500 millones de dólares al año significa que 3,7 mi­llones de personas, el 96 % de las cuales son mujeres, toman la deci­sión de que pueden hacer algo para cambiar su vida y la vida de sus familias; 3,7 millones de personas deciden que son capaces de cam­biar las cosas; 3,7 millones de personas sobreviven a una noche en blanco para presentarse a la mañana siguiente, temblando pero re-

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sueltas, en una oficina del Grameen Bank. El núcleo de este faculta-miento [empowerment] lo forman mujeres que bien solas o en grupos sinérgicos regidos por normas eligen convertirse en empresarias in­dependientes que trabajan en su propia casa o en su barrio para al­canzar una posición económica próspera y viable. Han hallado su pro­pia voz.

Al estudiar y entrevistar a algunos de los principales líderes mun­diales me he dado cuenta de que, en general, su sentido de la visión y de la voz se ha ido desarrollando lentamente. Pero estoy seguro de que hay excepciones. La visión de lo que es posible puede irrumpir de re­pente en la conciencia. Sin embargo he visto que, en términos gene­rales, la visión aparece cuando la persona es consciente de alguna ne­cesidad humana y responde a su conciencia tratando de satisfacerla. Y cuando ha satisfecho esa necesidad, ve otra y también la satisface, y luego satisface otra más, y así sucesivamente. Poco a poco, va genera­lizando esta sensación de necesidad y busca alguna forma de institu­cionalizar sus esfuerzos para poderlos mantener.

Muhammad Yunus es un ejemplo de un hombre que ha hecho precisamente esto, percibir una necesidad humana y responder a su conciencia aplicando su talento y su pasión para paliar esa necesidad, primero desde un punto de vista personal, luego ganando confianza y buscando soluciones creativas a los problemas y, por último, institu­cionalizando la capacidad de satisfacer las necesidades de la sociedad mediante una organización. Ha encontrado su voz inspirando a los demás a encontrar la suya. Hoy en día, el movimiento de los micro-créditos se está extendiendo por todo el mundo.

Pocos de nosotros podemos hacer grandes cosas, pero todos podemos hacer cosas pequeñas con gran amor.

MADRE TERESA DE CALCUTA
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