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Disciplina

La disciplina es tan importante como la visión aunque se encuen­tra en segundo lugar en la cadena. La disciplina representa la segun­da creación. Es la ejecución, el hacer que ocurra algo, el sacrificio que

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supone hacer lo que haga falta para realizar esa visión. La disciplina es fuerza de voluntad encarnada. Peter Drucker observó en una oca­sión que el primer deber de un directivo es definir la realidad. La dis­ciplina define la realidad y la acepta; es la voluntad de sumergirse por completo en ella en lugar de negarla. Reconoce los hechos insensibles y brutales de las cosas como son.

Cuando la frescura de la mañana ha sido reemplazada por la fatiga del mediodía, cuando la musculatura de las piernas tiembla por la tensión, el ascenso parece interminable y, de repente, nada acaba de salir como queremos: entonces es cuando no debemos dudar.6

DAG HAMMARSKJOLD

Sin visión y sin una sensación de esperanza, aceptar la realidad puede ser algo deprimente y desalentador. A veces se define la felici­dad como la capacidad de subordinar lo que queremos ahora a lo que querremos más adelante. De este sacrificio personal, del proceso de subordinar los placeres de hoy a un bien superior más distante trata, precisamente, la disciplina.

El liderazgo es la capacidad de trasladar la

visión a la realidad.

WARREN BENNIS

La mayoría de las personas equiparan la disciplina a la ausencia de libertad. «El deber acaba con la espontaneidad», «en el deber no hay libertad», «quiero hacer lo que quiera. Eso, y no el deber, es liber­tad».

En realidad ocurre todo lo contrario. Sólo las personas disciplina­das son realmente libres. Las indisciplinadas son esclavas de los cam­bios de humor, de los apetitos y las pasiones.

¿Puede el lector tocar el piano? Yo no. No poseo la libertad de to­car el piano. En ningún momento me he disciplinado para ello. He preferido jugar con mis amigos en lugar de practicar como querían mis padres y mi profesor. No creo que nunca llegara a imaginarme to­cando el piano. Nunca tuve la sensación de lo que podría significar, una especie de libertad para crear un arte magnífico que podría ser valioso para mí mismo y para otros durante toda mi vida.

¿Y qué decir de la libertad de perdonar, de pedir perdón? ¿Qué de­cir de la libertad de amar de una manera incondicional, de ser faros y

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no jueces, de ser modelos en lugar de criticar? Pensemos en la disci­plina que esto supone. La disciplina surge de ser «discípulos» de una persona o de una causa.

El gran educador Horace Mann dijo en una ocasión: «En vano hablan de la felicidad quienes nunca dominan sus impulsos en obe­diencia a un principio. Quienes nunca han sacrificado un bien pre­sente por otro futuro o un bien personal por otro general sólo pueden hablar de la felicidad como un ciego puede hablar del color».

Recuerdo la lucha interior a la que me enfrenté, como profesor de universidad, cuando a los 50 años decidí abandonar el refugio seguro y las comodidades de enseñar en la universidad para poner en marcha mi propio negocio. De no haber sido por la visión del bien mayor que podía hacer, nunca habría tenido la disciplina necesaria para hacer es­te sacrificio y emprender el abnegado proceso de fundar un nuevo ne­gocio, volver a hipotecar la casa y meterme en grandes deudas. Inclu­so se me ocurrió un nuevo lema medio en broma: «La felicidad es una buena liquidez». Pagar las nóminas me costó sudores durante años. Nunca habría podido superar este período tan difícil si no hubiera te­nido la visión de lo que era posible ni la disciplina necesaria para per­severar.

Creo firmemente que la disciplina es el rasgo común a todas las personas de éxito. Admiro el trabajo del ejecutivo de seguros Albert E. N. Gray, que dedicó toda su vida a tratar de descubrir el común deno­minador del éxito. Al final llegó a la simple pero profunda conclusión de que si bien el esfuerzo en el trabajo, la buena suerte y las relacio­nes humanas inteligentes son importantes, la persona de éxito ha «de­sarrollado el hábito de hacer las cosas que quienes fracasan no gustan de hacer».7 Y no es que a quienes tienen éxito les guste hacerlas, pero su desagrado cede ante la fuerza de su propósito.

Las personas que carecen de disciplina y son incapaces de subor­
dinarse y sacrificarse, simplemente juegan a trabajar. En cierto senti­
do, cada día de trabajo es como un largo baile de máscaras. Se pasan
el día creando cortinas de humo, escribiendo correos electrónicos
donde detallan en qué están trabajando, comunicando por teléfono el
progreso de sus proyectos, entablando largas discusiones sobre la ma­
nera de hacer las cosas. En general, la gente que dedica su tiempo a
preparar excusas es la que carece de norte y de disciplina. Los contra­
tiempos son inevitables; el sufrimiento es una opción. Siempre hay ra­
zones, nunca hay excusas. '

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pasión

La pasión nace del corazón y se manifiesta en forma de optimis­mo, entusiasmo, conexión emocional, determinación. Alimenta un impulso implacable. El entusiasmo está profundamente arraigado en la capacidad de elegir, no en las circunstancias. Para quien siente en­tusiasmo, la mejor manera de predecir el futuro es crearlo. En el fon­do, el entusiasmo se convierte en un imperativo moral, haciendo que la persona forme parte de la solución en lugar de ser parte del proble­ma de sentirse desesperada e impotente.

Aristóteles dijo: «Donde los talentos y las necesidades del mundo se cruzan, ahí esta vuestra vocación». Nosotros podríamos decir: «Ahí está nuestra pasión, nuestra voz», lo que llena de energía nuestra vida y nos da impulso. Es el combustible que se encuentra en el corazón de la visión y de la disciplina. Hace que sigamos adelante cuando todo lo demás nos dice que abandonemos. Cuando un médico preguntó a un paciente cuántas horas trabajaba a la semana, el hombre respondió: «No lo sé. ¿Cuántas horas a la semana respiramos?» Cuando la vida, el trabajo, el juego y el amor giran en torno a lo mismo, ¡sentimos pa­sión!

La clave para crear pasión en nuestra vida es hallar nuestro talen­to personal, nuestro papel y nuestro propósito en el mundo. Es fun­damental que nos conozcamos a nosotros mismos antes de decidir cuál es el trabajo que queremos hacer.* El principio filosófico griego «Conócete a ti mismo, contrólate a ti mismo, date a ti mismo», es muy acertado y está exquisitamente ordenado. Nuestro talento, nuestra mi­sión o nuestro papel en la vida en general se descubren en lugar de in­ventarse. El conocido creador, cineasta y escritor sir Laurens van der Post escribió:

Debemos mirar hacia dentro para vernos a nosotros mismos, mirar en este recipiente que es nuestra alma; mirarlo y escucharlo. Hasta que no hayamos escuchado eso que sueña a través de nosotros, en otras pala­bras, hasta que no hayamos respondido a la llamada en la puerta que se halla en la oscuridad, no podremos salir de este momento en el tiempo en el que estamos prisioneros para volver al nivel donde el gran acto de la creación sigue actuando.

* El lector puede consultar, gratuitamente, un folleto electrónico y una grabación en formato MP3 sobre los principios fundamentales de forjarse una carrera, incluidos temas como «Cómo obtener cualquier trabajo que queramos», en .

94 EL 8° HÁBITO

Quienes hacen grandes contribuciones a la vida son quienes, aún temerosos de la llamada a la puerta, responden a ella. El coraje es la esencia de la pasión y, como dijo una vez Harold B. Lee, es «la cuali­dad de toda virtud que actúa en su mayor momento de prueba».8

Un error muy común es pensar que la habilidad de una persona es su talento. Sin embargo, las habilidades no son talentos. Por otro la­do, el talento exige habilidad. Una persona puede tener habilidades y conocimientos en áreas donde no tiene talento. Si tiene un trabajo que exige su habilidad pero no su talento, su organización no sacará partido de su pasión ni de su voz. Cumplirá con las formalidades, pe­ro ello sólo hará que parezca necesitar una supervisión y una motiva­ción externas.

Si podemos contratar a personas cuya pasión coincida con su tra­bajo, no necesitarán supervisión. Se controlarán ellas mismas mejor que nadie. Su ardor procede del interior, no del exterior. Su motiva­ción es interna, no externa. Pensemos en las veces que nos hemos sen­tido apasionados ante un proyecto, algo tan atractivo y absorbente que difícilmente podíamos pensar en otra cosa. ¿Hacía falta que al­guien nos controlara o supervisara? Por supuesto que no; el solo pen­samiento de que alguien nos dijera cuándo y cómo hacerlo nos hubie­ra parecido insultante.



Cuando podemos entregarnos a un trabajo que combina una ne­cesidad con nuestro talento y nuestra pasión, nuestro poder se libera.

Conciencia

Trabajad para mantener viva [...] esa pequeña llama del fuego celestial, la conciencia.9

GEORGE WASHINGTON

Mucho se ha dicho desde el principio de este libro sobre la impor­tancia singular de la conciencia. Existen muchísimas pruebas de que la conciencia, este sentido moral, esta luz interior, es un fenómeno universal. La naturaleza espiritual o moral de la persona también es independiente de la religión y de cualquier enfoque religioso concre­to, así como de la cultura, la geografía, la nacionalidad o la raza. Pero todas las grandes tradiciones religiosas del mundo coinciden cuando se trata de ciertos principios o valores básicos subyacentes.


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Immanuel Kant dijo: «Hay dos cosas que nunca dejan de asom­brarme; el cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en mi inte­rior». La conciencia es la ley moral de nuestro interior. Es donde coin­ciden la ley moral y la conducta. Muchos creen, como creo yo, que es la voz de Dios que habla a sus hijos. Otros pueden no compartir esta creencia pero reconocen que existe una sensación innata de equidad y de justicia, un sentido innato del bien y del mal, de lo que está bien y lo que está mal, de lo que contribuye y lo que resta, de lo que embe­llece y lo que destruye, de lo que es verdadero y lo que es falso. Hay que reconocer que la cultura traduce este sentido moral básico a dife­rentes clases de prácticas y de palabras, pero esta traducción no niega el sentido subyacente del bien y del mal.

Cuando trabajo en países con distintas religiones y culturas, veo manifestarse una y otra vez esta conciencia universal. Sin duda hay un conjunto de valores, un sentido de la justicia, de la honestidad, del respeto y de la contribución que trasciende la cultura, algo eterno que trasciende las épocas y que al mismo tiempo es claramente manifies­to. En realidad, es tan manifiesto como el hecho de que la confianza exige honestidad.

Conciencia y ego

La conciencia es esa vocecita de nuestro interior. Es tranquila. Es pacífica. El ego es tirano, déspota y dictador.

El ego se centra en la propia supervivencia, en el propio placer y en la propia mejora sin tener en cuenta a los demás: su ambición es egoísta. Contempla las relaciones en función de que supongan o no una amenaza, como los niños pequeños que clasifican a todas las per­sonas como «buenas» o «malas». En cambio, la conciencia democra­tiza y eleva el ego hasta un sentido más grande del grupo, del todo, de la comunidad, del bien mayor. Contempla la vida en función del servi­cio y de la contribución, en función de la seguridad y la realización de los demás.

El ego actúa ante las verdaderas crisis pero no tiene criterios para determinar su gravedad o su amenaza. La conciencia tiene unos cri­terios sólidos y detecta el grado de amenaza. Posee un amplio reper­torio de respuestas. Tiene la paciencia y la sabiduría necesarias para decidir qué hacer y cuándo hacerlo. La conciencia ve la vida como un c°ntinuo. Es capaz de una compleja adaptación.

El ego no descansa. Lo controla todo. El ego impide nuestro facui­tamiento. Reduce nuestra capacidad. Descuella en el control. La con-

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ciencia venera profundamente a las personas y ve su potencial de autocontrol. La conciencia nos faculta. Refleja el valor y la valía de to­das las personas y afirma su capacidad y su libertad para elegir. En­tonces surge el autocontrol natural que no está impuesto ni desde arriba ni desde el exterior.

El ego se siente amenazado por el feedback negativo y castiga al mensajero. Interpreta todos los datos en función de su supervivencia. Censura información constantemente. Niega gran parte de la realidad. La conciencia valora la información e intenta distinguir la verdad que pueda contener. No teme la información y puede interpretar lo que ocurre con precisión. No tiene necesidad de censurar la información y está abierta a concebir la realidad desde cualquier dirección.

El ego es miope e interpreta la totalidad de la vida en función de su agenda. La conciencia actúa como un ecólogo social que escucha y siente la totalidad del sistema y del entorno. Llena el cuerpo de luz, es capaz de democratizar el ego para que refleje con más precisión el mundo entero.

MÁS IDEAS SOBRE LA CONCIENCIA

La conciencia es sacrificio, es subordinar el propio yo o el propio ego a un propósito, una causa o un principio superior. En el fondo, sa­crificio significa renunciar a algo bueno por algo mejor. Pero, en la mente de la persona que se sacrifica, en realidad no hay sacrificio: só­lo hay sacrificio a ojos del observador.

Los sacrificios pueden adoptar muchas formas cuando se mani­fiestan en las cuatro dimensiones de nuestra vida: pueden ser sacrifi­cios físicos o económicos (el cuerpo); pueden consistir en cultivar una mente abierta e inquisitiva y eliminar los propios prejuicios (la men­te); pueden ser el mostrar a los demás un respeto y un amor muy pro­fundos (el corazón); pueden ser el subordinar la propia voluntad a una voluntad superior en aras de un bien mayor (el espíritu).

Una nueva filosofía, una nueva manera de vivir, no se conceden a cambio de nada. Se deben pagar caras y sólo se

pueden lograr con mucha paciencia y gran esfuerzo.
. FIODOR DOSTOIEVSKI

La conciencia nos enseña que los fines y los medios son insepara­bles, que, en realidad, los fines preexisten en los medios. Immanuel

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ICant enseñaba que los medios empleados para lograr los fines son tan importantes como los fines mismos. Maquiavelo enseñaba lo contra­rio, que los fines justifican los medios.

Consideremos las siete cosas que, según las enseñanzas de Gan-¿hi, nos acabarán destruyendo. Si las estudiamos despacio y con aten­ción, veremos que cada una de ellas representa de una manera muy poderosa un fin que se alcanza con unos medios carentes de princi­pios o de valor:

  • Riqueza sin trabajo

  • Placer sin conciencia

  • Conocimiento sin carácter

  • Comercio sin moral

  • Ciencia sin humanidad

  • Adoración sin sacrificio

  • Política sin principios

¿No es interesante que cada uno de estos fines admirables se pue­dan alcanzar de forma inadecuada? Pero si alcanzamos un fin admi­rable empleando medios incorrectos, ese fin se acabará convirtiendo

en polvo en nuestras manos.




LOS MANDAMIENTOS PARADÓJICOS

1. La gente es ilógica, poco razonable y egocéntrica. Ámala de todos modos. 2. Si haces el bien, la gente te atribuirá motivos egoístas ocultos. Haz el

bien de todos modos.

3. Si tienes éxito, obtendrás falsos amigos y verdaderos enemigos. Ten éxito de todos tnodos.

  1. El bien que hagas hoy será olvidado mañana. Haz el bien de todos modos.

  2. La honestidad y la franqueza te vuelven vulnerable. Sé honesto y franco

de todos modos.

6. A los hombres y mujeres más grandes con las más grandes ideas pueden
dispararles los hombres y mujeres más pequeños con las mentes más


pequeñas. Aspira a ser grande de todos modos.

7. La gente favorece a los desvalidos pero sigue sólo a los afortunados. Lucha por algunos desvalidos de todos modos.

8. Lo que pases años construyendo puede destruirse de la noche a la

mañana. Construye de todos modos.

9. La gente verdaderamente necesita ayuda pero puede atacarte si la

ayudas. Ayuda a la gente de todos modos.

'0. Da al mundo lo mejor que tienes y recibirás una patada en los dientes. Da al mundo lo mejor que tienes de todos modos.

KEiVT M. KEÍTH
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