Y competencia 169






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84 EL 8° HÁBITO

La mayoría de las diferencias en las palabras que usamos para describir a las personas que admiramos —sea en casa, en la comuni­dad, en una empresa o en el gobierno— son simplemente una cues­tión de semántica. Véanse en la figura 5.3 muchas de estas cualidades detalladas en la masa sumergida de los icebergs etiquetados con las palabras visión, disciplina, pasión y conciencia.

Los mejores líderes actúan en cuatro dimensiones: visión,

realidad, ética y coraje. Éstas son las cuatro inteligencias, las

cuatro formas de percibir, los lenguajes para comunicar que son

necesarios para lograr resultados importantes y sostenidos.

El líder visionario es ambicioso, innovador, planificador y, lo

más importante, está en contacto con la profunda estructura de

la conciencia y el potencial creador del ser humano.

Debemos obtener el control de las pautas que gobiernan nuestra

mente: nuestra visión del mundo, nuestras creencias sobre lo

que merecemos y sobre lo que es posible. Esta es la zona del

cambio, la fuerza y la energía fundamentales, y el verdadero

significado del coraje?

PETER KOESTENBAUM, FILOSOFO DE LA GESTIÓN

La visión, la disciplina y la pasión gobiernan el mundo

Cualquier persona que haya ejercido una profunda influencia en otras personas, en instituciones o en la sociedad, cualquier padre que haya tenido una influencia intergeneracional, quienquiera que verda­deramente haya hecho un cambio para bien o para mal: todos han te­nido en común tres atributos: visión, disciplina y pasión. Yo diría que estos tres atributos han gobernado el mundo desde el principio. Re­presentan el liderazgo eficaz.

Consideremos cómo han influido en algunos líderes destacados de la historia moderna:

George Washington tuvo la visión de crear una nueva nación, uni­da y libre de injerencias extranjeras. Se disciplinó a sí mismo con el fin de reclutar hombres para el Ejército Revolucionario e impedir que desertaran. Enfurecido por la discriminación contra los oficiales mi­litares coloniales, por las políticas territoriales de los británicos y por los límites a la expansión estadounidense, Washington sentía una pro­funda pasión por la causa de la libertad.
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Florence Nightingale, fundadora de la moderna enfermería, dedicó toda su vida como adulta a mejorar la calidad de la enfermería en los hospitales militares. Su visión y su pasión vencieron sus resistencias personales.

Mohandas K. Gandhi jugó un papel decisivo en el establecimien­to de la India como estado independiente aunque nunca fue elegido ni designado para ocupar ningún cargo. No ocupaba una posición formal desde la que conducir a la gente. La autoridad moral de Gan­dhi creó unas normas sociales y culturales tan sólidas que acabaron conformando la voluntad política. Su vida estaba gobernada por la visión de una conciencia universal que residía en el interior de las personas, de la comunidad internacional y hasta de los propios in­gleses.

Margaret Thatcher fue la primera mujer que dirigió uno de los grandes países industrializados. Fue elegida tres veces seguidas para el cargo de primera ministra del Reino Unido, el período de tiempo más prolongado en este cargo de todo el siglo xx. Sus críticos no son pocos, pero le apasionaba impulsar la libre empresa en su país e ins­tar a la gente a que asumiera la disciplina de la responsabilidad per­sonal y desarrollara su independencia. Mientras llevó las riendas de la política británica, ayudó a que el Reino Unido saliera de la recesión económica.

Tener poder es como ser una dama; si

tienes que decirle a la gente que lo eres, es

que no lo eres.

MARGARET THATCHER

Nelson Mándela, ex presidente de Sudáfríca, se pasó casi veinti­siete años encarcelado por su lucha contra el régimen del apartheid. Mándela estaba más impulsado por su imaginación que por sus re­cuerdos. Podía imaginar un mundo mucho más allá de los confines de sus recuerdos y de su experiencia, que incluía encarcelamientos, ajusticias, guerras tribales y desunión. En lo más profundo de su al-ma resonaba la creencia en el valor de todos los ciudadanos sudafri­canos.

La Madre Teresa de Calcuta se dedicó plenamente, con toda liber­tad y sin reservas al servicio de los pobres. Legó a su organización el Mantenimiento altamente disciplinado de los votos de pobreza, pure-Za y obediencia, un legado que ha crecido y se ha reforzado aun des-Pués de su muerte.

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El fruto del silencio es la ORACIÓN. El fruto de la oración es la FE. El fruto de la fe

es el AMOR. El fruto del amor es el SERVICIO. El fruto del servicio es la PAZ.*

MADRE TERESA DE CALCUTA

El lector recordará que he mencionado que quienquiera que ver­daderamente haya hecho un cambio en el mundo para bien o para mal posee tres atributos: visión, disciplina y pasión. Consideremos ahora otro líder que poseía los tres, pero que produjo unos resultados terriblemente diferentes. Adolf Hitler comunicó apasionadamente su visión de una hegemonía de mil años del Tercer Reich y de una raza aria superior. Erigió uno de los aparatos militares-industriales más disciplinados que haya visto el mundo. Y dio muestras de una brillan­te inteligencia emocional en su apasionada oratoria, inspirando en las masas una entrega y un temor casi fanáticos que canalizó hacia el odio y la destrucción.

Pero entre el liderazgo que funciona y el liderazgo que perdura existe una diferencia enorme; salvo el último, cada uno de los líderes antes mencionados estableció unas bases y ofreció unas contribucio­nes que han perdurado.

En cuanto llegue al poder, mi primera y importante tarea será aniquilar a los judíos

ADOLF HITLER

Cuando la conciencia gobierna la visión, la disciplina y la pasión, el liderazgo perdura y cambia el mundo para bien. En otras palabras, la autoridad moral hace que la autoridad formal surta efecto. Si la con­ciencia no gobierna la visión, la disciplina y la pasión, el liderazgo no perdura y tampoco perduran las instituciones creadas por él. En otras palabras, la autoridad formal no surte efecto sin la autoridad moral.

Las palabras «para bien» se refieren a algo que «eleva» y que «per­dura». Hitler tenía visión, disciplina y pasión pero estaba gobernado por el ego. La falta de conciencia supuso su caída. La visión, la disci­plina y la pasión de Gandhi estaban gobernadas por su conciencia, que las puso al servicio de la causa y de la gente. De nuevo destaco que ca­recía de autoridad formal y sólo tenía autoridad moral, pero fue el pa­dre y fundador del segundo país más grande del mundo.

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Cuando la visión, la disciplina y la pasión están gobernadas por una autoridad formal sin conciencia ni autoridad moral, también cambian el mundo, pero no para bien, sino para mal. En lugar de ele­var, destruyen; en lugar de perdurar, se acaban extinguiendo.

Examinemos más detalladamente cada uno de estos cuatro atri­butos: visión, disciplina, pasión y conciencia.

Visión

Visión es ver un estado futuro con el ojo de la mente. La visión es imaginación aplicada. Todas las cosas se crean dos veces: primero, una creación mental; segundo, una creación física. La primera crea­ción, la visión, es el principio del proceso de reinventarse uno mismo o de que una organización se reinvente a sí misma. Representa de­seos, sueños, esperanzas, metas y planes. Pero estos sueños o visiones no son meras fantasías. Son realidad aún no llevada a la esfera física, como el plano de una casa antes de que se construya o las notas mu­sicales de una partitura que esperan a ser tocadas.

La mayoría de nosotros no imaginamos ni realizamos nuestro propio potencial. William James dijo: «La mayoría de la gente vive en un círculo muy limitado de su ser potencial. Todos tenemos unas re­servas de energía y de genio a las que podemos recurrir que ni siquie­ra imaginamos».

Todos tenemos un poder y una capacidad inconmensurables para reinventar nuestra vida. En el siguiente relato veremos que una mujer desconsolada fue capaz de crear una nueva visión de su vida:

Yo tenía cuarenta y seis años de edad cuando a mi marido, Gordon, le diagnosticaron un cáncer. Sin dudarlo, me jubilé anticipadamente para estar junto a él. Aunque su muerte dieciocho meses después estaba anun­ciada, la pena me consumía. Lloraba por nuestros sueños sin cumplir. Yo sólo tenía cuarenta y ocho años y ninguna razón para vivir.

La gran pregunta que llenaba mi dolor era: ¿Por qué Dios se ha lle­vado a Gordon y no a mí? Creía que Gordon tenía muchas más cosas que ofrecer al mundo que yo. Con mi cuerpo, mi mente y mi espíritu to­talmente agotados, me sentí motivada para hallar un nuevo sentido a mi vida.

Me aferré a la idea de que todas las cosas se crean dos veces, prime-ro mentalmente y luego físicamente. Tenía que preguntarme cuáles eran mis aptitudes. Un test de evaluación me aclaró cuáles eran mis aptitu-des más destacadas. Para crear una sensación de equilibrio en mi vida,

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me centré en las cuatro partes de mi naturaleza. En el plano intelectual, me di cuenta de que me encantaba enseñar; desde el punto de vista espi­ritual y social, deseaba seguir apoyando la armonía racial que nos ha­bíamos esforzado por crear en nuestro matrimonio birracial; desde el punto de vista emocional, sabía que tenía que dar amor. Cuando mi ma­dre aún vivía solía acunar a los niños pequeños gravemente enfermos del hospital. Quería dar consuelo como había hecho ella y continuar su legado de amor incondicional.

Tenía miedo de fracasar, pero me dije a mí misma que estaría bien probar cosas diferentes, como quien se prueba sombreros. Si después de un trimestre veía que no me gustaba enseñar, no tenía por qué volver. Empecé siguiendo unos cursos de posgrado para poder enseñar en la universidad. Los estudios en sí ya eran difíciles, ¡pero aún lo eran más con cuarenta y ocho años de edad! Estaba tan acostumbrada a pasar documentos a mi secretaria para que los mecanografiara que tardé casi un semestre en aprender a mecanografiarlos yo misma. Apagar el televi­sor y devolver el descodificador de la televisión por cable fueron actos que me exigieron mucha fuerza de voluntad.

Acabé los estudios de posgrado y empecé a enseñar en una universi­dad con un alumnado tradicionalmente negro de Little Rock, Arkansas. El rector me asignó a la Martin Luther King Commission para mejorar las relaciones raciales. Acuno a bebés víctimas del crack y del SIDA co­nectados a respiradores artificiales por muy poco que sea el tiempo de vi­da que les pueda quedar. Sé que les doy consuelo y eso me produce una sensación de paz-

Ahora mi vida está bien. Puedo sentir que Gordon me sonríe. Antes de morir me decía una y otra vez que quería que mi vida estuviera llena de risas, de buenos recuerdos y de cosas buenas. ¿Cómo podía malgastar mi vida con aquella directriz en mi conciencia? No creo que hubiera po­dido. Tengo la obligación de vivir mi vida lo mejor que pueda por la gen­te que más quiero, tanto si están aquí como si están en el más allá.

Albert Einstein dijo: «La imaginación es más importante que el conocimiento». El recuerdo es pasado. Es finito. La visión es futuro. Es infinita. La visión es más grande que la historia, más grande que nuestro bagaje, más grande que las cicatrices emocionales del pasado.

Cuando alguien preguntó a Einstein qué pregunta le haría a Dios si le pudiera hacer una, respondió: «¿Cómo empezó el universo? Por­que todo lo que vino después es matemática». Sin embargo, tras pen­sárselo un poco, cambió de opinión. Dijo: «En lugar de eso pregunta­ría «¿Por qué fue creado el universo?», porque entonces conocería el sentido de mi propia vida».

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Quizá la visión más importante de todas sea desarrollar un senti­do del yo, un sentido de nuestro propio destino, un sentido de nuestra misión y de nuestro papel singular en la vida, un sentido de propósito y de significado. Al evaluar nuestra propia visión personal, pregunté-monos primero: ¿aprovecha esta visión mi voz, mi energía mi talento singular? ¿Me ofrece una sensación de «vocación», de una causa dig­na de mi compromiso? Obtener este significado exige una profunda reflexión personal, plantearse preguntas profundas e imaginar.

Sir Laurens van der Post, creador, cineasta y escritor de fama mun­dial, dijo: «Sin una visión todos sufrimos de una insuficiencia de datos. Miramos la vida con miopía, es decir, a través de nuestra propia lente, de nuestro propio mundo. La visión nos permite trascender nuestra autobiografía, nuestro pasado, para alzarnos por encima de nuestro re­cuerdo. Esto es especialmente práctico en las relaciones humanas y crea un espíritu magnánimo hacia los demás».

Cuando hablamos de visión, es importante no tener sólo en cuen­ta la visión de lo que es posible «ahí fuera», sino también la visión de lo que vemos en otras personas, de su potencial oculto. La visión se re­fiere a algo más que simplemente hacer cosas, realizar alguna tarea, lograr algo; se refiere a descubrir y ampliar nuestra visión de los de­más afirmándolos, creyendo en ellos, ayudándoles a descubrir y a rea­lizar el potencial que hay en su interior: ayudándoles a encontrar su propia voz.

En muchas culturas orientales la gente se saluda colocando los brazos en forma de V invertida a la altura del pecho y haciendo una reverencia. Con ello están diciendo: «Saludo la grandeza que hay en ti», o «Saludo la divinidad que hay en tu interior». Conozco a una per­sona que, cuando se encuentra con otra, dice de forma audible o bien en su corazón: «Te amo. ¿Cómo te llamas?». Ver a la gente a través de la lente de su potencial y de sus mejores actos en lugar de verla a tra­vés de la lente de su conducta o de su debilidad actual genera energía positiva que se extiende y abraza a los demás. Esta acción afirmadora también es una de las claves para reconstruir relaciones rotas. Tam­bién es la clave para tener éxito como padres.

Me alzáis a mí y yo os alzaré y juntos ascenderemos.

PROVERBIO CUÁQUERO

Existe un gran poder en ver a las personas separadas de su con­ducta porque, al hacerlo, afirmamos su valor fundamental e incondi-

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cional. Cuando vemos y reconocemos el potencial de los demás es co­mo si alzáramos ante ellos un espejo que reflejara lo mejor de su inte­rior. Esta visión afirmadora no sólo los libera a ellos para que se con­viertan en lo mejor de sí mismos: también nos libera a nosotros de reaccionar a la conducta no deseada. Cuando la gente se comporta muy por debajo de su potencial, nuestra actitud y nuestras palabras afirmadoras se convierten en «Eso no es propio de ti».

Recuerdo que, hace años, mientras realizaba un viaje internacio­nal, me presentaron a un joven de unos 18 años. Había pasado por al­gunos problemas graves durante su juventud, incluido el abuso de al­cohol y de otras drogas. Aunque estaba dando un nuevo rumbo a su vida, mientras los dos conversábamos en privado pude ver que se es­forzaba por hallar una sensación de dirección y que dudaba de sí mis­mo. También pude ver que era un joven muy especial, lleno de gran­deza y de verdadero potencial. Irradiaba de su semblante y de su espíritu. Antes de despedirnos, le miré a la cara y le dije que creía que sería una persona de gran influencia en el mundo durante toda su vi­da y que poseía unos dones y un potencial fuera de lo común.

Casi veinte años después se ha convertido en uno de los hombres más prometedores y capaces que conozco. Tiene una familia maravi­llosa y es un profesional de gran éxito. Un amigo mío conversó con él hace poco. Durante su conversación, el joven le contó espontánea­mente la experiencia que he descrito antes. De ella dijo: «No sabe us­ted el impacto que aquellos momentos tuvieron en mi vida. Alguien me dijo que yo tenía un potencial que superaba en mucho lo que nun­ca había imaginado. Aquel pensamiento prendió en mi interior. Y ha tenido la mayor importancia del mundo».

Cultivar el hábito de afirmar a la gente, de darles a conocer con frecuencia y con sinceridad que creemos en ellos —sobre todo si son adolescentes que están pasando por su segunda crisis de identidad— es sumamente importante. Es una inversión relativamente pequeña que produce unos resultados incalculables e increíbles. Recordemos de nuevo el increíble efecto que tiene el hecho de que alguien nos di­ga que cree en nosotros (nuestro potencial) cuando no creemos en no­sotros mismos (nuestra historia).
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