Traducción de Ana Belén Costas






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Zagreb, Croacia. 6.30 horas.
Marie y yo estamos delante de una fuente congelada. La pri­mavera de este año ha decidido no aparecer; por lo visto vamos a pasar directamente del invierno al verano. En medio de la fuente, una columna con una estatua encima.

Me he pasado la tarde concediendo entrevistas y ya no so­porto hablar del nuevo libro. Las preguntas de los periodistas son las de siempre: si mi mujer ha leído el libro (respondo que no lo sé); si creo que la crítica es injusta conmigo (¿cómo?); si el hecho de escribir Tiempo de romper, tiempo de coser ha cau­sado algún tipo de impacto en mi público, ya que revelo bastan­te de mi vida íntima (un escritor sólo puede escribir sobre su vida); si el libro será transformado en película (repito por milési­ma vez que la película transcurre en la cabeza del lector, he prohibido la venta de los derechos de todos los títulos); qué pienso del amor; por qué he escrito sobre el amor; qué hacer para ser feliz en el amor, amor, amor...

Terminadas las entrevistas, la cena con los editores; forma parte del ritual. La mesa siempre con personas importantes del lugar, que me interrumpen cada vez que me meto el tenedor en la boca, generalmente para preguntarme lo mismo: «¿De dónde procede su inspiración?» Intento comer, pero tengo que ser sim­pático, charlar, desempeñar mi papel de celebridad, contar algu­nas historias interesantes, dar una buena impresión. Sé que el editor es un héroe, nunca sabe si un libro va a triunfar. Podría estar vendiendo plátanos o jabones; es más seguro, no tienen vanidad, ni egos desarrollados, no se quejan si la promoción está mal hecha o si no tienen el libro en determinada librería.

Después de cenar, la ruta de siempre. Quieren enseñármelo todo: monumentos, lugares históricos, los bares de moda..., siempre con un guía que lo conoce absolutamente todo y llena mi cabeza de información. Tengo que poner cara de estar pres­tando mucha atención, preguntar algo de vez en cuando, para demostrar mi interés. Conozco casi todos los monumentos, mu­seos y lugares de interés de las muchas ciudades que he visitado para promocionar mi trabajo, pero no me acuerdo absolutamen­te de nada. Lo único que queda son las cosas inesperadas, los encuentros con los lectores, los bares, las calles que recorrí por casualidad, doblé la esquina y de repente vi algo maravilloso.
Un día pretendo escribir una guía de viajes sólo con mapas, direcciones de hotel y el resto de las páginas en blanco: así la gente tendrá que hacer su ruta única, descubrir por sí misma los restaurantes, los monumentos y las cosas magníficas que cada ciudad tiene, pero que jamás se comentan porque «la historia que nos han contado» no las incluyó en el apartado de «visitas obligadas».
Ya he estado antes en Zagreb. Y esta fuente –aunque no aparezca en ninguna guía turística local– tiene mucha más im­portancia que cualquiera de las cosas que he visto aquí: porque es bonita, la descubrí por casualidad, y está ligada a una historia de mi vida. Hace muchos años, cuando era un joven que reco­rría el mundo en busca de aventura, me senté en el lugar en el que estoy ahora, con un pintor croata que había viajado conmi­go gran parte del camino. Yo iba a continuar hacia Turquía; él volvía a casa. Nos despedimos en este lugar, bebiendo dos bote­llas de vino, hablando de todo lo que había sucedido mientras estábamos juntos: religión, mujeres, música, precio de los hote­les, drogas... Hablamos de todo menos de amor, porque amába­mos sin necesidad de hablar sobre el tema.

Después de que el pintor volvió a su casa, yo conocí a una chica, estuvimos juntos durante tres días, nos amamos con toda la intensidad posible, ya que tanto ella como yo sabíamos que todo iba a durar muy poco. Ella me hizo entender el alma de este pueblo, y yo jamás lo he olvidado, como jamás he olvidado la fuente y la despedida de mi compañero de viaje.

Por eso, después de las entrevistas, de los autógrafos, de la cena, de la visita a monumentos y lugares históricos, enloquecí a mis editores, pidiéndoles que me llevasen a esa fuente. Me preguntaron dónde era: no lo sabía, como tampoco sabía que Zagreb tenía tantas fuentes. Después de casi una hora de bús­queda, finalmente conseguimos encontrarla. Pedí una botella de vino, nos despedimos de todos, me senté con Marie, y per­manecimos callados, abrazados, bebiendo y esperando la salida del sol.

–Cada día estás más contento –comenta ella, con la cabeza en mi hombro.

–Porque estoy tratando de olvidar quién soy. Mejor dicho, no tengo que cargar con el peso de toda mi historia a cuestas.

Le cuento la conversación de Mikhail con el nómada.

–Con los actores pasa algo parecido –comenta–. En cada nuevo papel, tenemos que dejar de ser quienes somos para vivir el personaje. Pero, al final, acabamos confusos y neuróticos. ¿Realmente crees que es una buena idea dejar de lado tu histo­ria personal?

–¿No dices que estoy mejor?

–Creo que eres menos egoísta. Me ha gustado haber vuelto loco a todo el mundo para que encontrasen esta fuente. Pero eso es contrario a lo que acabas de contarme, forma parte de tu pasado.

–Es un símbolo para mí. Pero yo no cargo con esta fuente, no pienso en ella, no le he sacado fotos para enseñárselas a mis amigos, no siento nostalgia del pintor que se fue ni de la chica de la que me enamoré. Qué bien haber vuelto aquí una segunda vez, pero si no hubiese sucedido, en nada cambiaría lo que viví.

–Entiendo lo que dices.

–Me alegro.

–Me entristece, porque eso me hace pensar que te vas a ir. Lo sabía desde el momento en que nos vimos por primera vez; aun así, es difícil, ya que me he acostumbrado.

–Ése es el problema: acostumbrarse.

–Pero es humano.

–Fue por culpa de eso por lo que la mujer con la que me casé se convirtió en el Zahir. Hasta el día del accidente, me ha­bía convencido de que sólo podría ser feliz con ella, y no por­que la amase más que a todo y a todos en el mundo, sino porque pensaba que sólo ella me entendía, conocía mis gustos, mis ma­nías, mi manera de ver la vida. Le estaba agradecido por lo que había hecho por mí, pensaba que ella debía de estarme agradeci­da por lo que yo había hecho por ella. Estaba acostumbrado a ver el mundo usando sus ojos. ¿Recuerdas la historia de los dos hombres que salen del incendio y uno tiene la cara cubierta de ceniza?

Ella retiró la cabeza de mi hombro; noté que tenía los ojos llenos de lágrimas.

–Pues el mundo era eso para mí –continué–. Un reflejo de la belleza de Esther. ¿Es eso amor? ¿O es una dependencia?

–No lo sé. Creo que el amor y la dependencia van juntos.

–Puede ser. Pero supongamos que, en vez de escribir Tiempo de romper, tiempo de coser, que en verdad es simplemente una carta a la mujer que está lejos, yo hubiese escogido otro argu­mento, como, por ejemplo: «Marido y mujer están juntos desde hace diez años. Hacían el amor todos los días, ahora hacen el amor sólo una vez por semana, pero eso, después de todo, no es tan importante: hay complicidad, apoyo mutuo, compañerismo. Él se pone triste cuando tiene que comer solo porque ella ha de­bido quedarse más tiempo en el trabajo. Ella se lamenta cuando él viaja, pero entiende que eso forma parte de su profesión. Sienten que algo empieza a faltar, pero son adultos, han alcan­zado la madurez, saben lo importante que es mantener una rela­ción estable, aunque sea por los hijos. Se dedican cada vez más al trabajo y a los niños, piensan cada vez menos en el matrimo­nio, que aparentemente va muy bien, no hay ni otro hombre ni otra mujer.

»Notan que algo va mal. No son capaces de localizar el pro­blema. A medida que pasa el tiempo, se van haciendo más de­pendientes el uno del otro, se están haciendo mayores, las opor­tunidades de una nueva vida se están yendo. Intentan ocuparse cada vez más, lectura, bordados, televisión, amigos, pero siem­pre está la conversación durante la cena o la conversación des­pués de cenar. Él se enfada con facilidad, ella está más silencio­sa que de costumbre. Uno sabe que el otro está cada vez más distante y no entiende el porqué. Llegan a la conclusión de que el matrimonio es así, pero se niegan a hablar con los amigos, dan la imagen de una pareja feliz que se apoya mutuamente, que tiene los mismos intereses. Surge un amante aquí, una amante allí, nada serio, claro. Lo importante, lo necesario, lo definitivo es comportarse como si no pasase nada, es demasiado tarde para cambiar.»

–Conozco esa historia, aunque nunca la haya vivido. Y pien­so que nos pasamos la vida siendo entrenados para soportar si­tuaciones como ésa.

Me quito el abrigo y me subo al muro de la fuente. Ella me pregunta qué voy a hacer.

–Andar hasta la columna.

–Es una locura. Ya estamos en primavera, la capa de hielo debe de ser muy fina.

–Tengo que llegar hasta allí.

Pongo el pie, la capa de hielo se mueve entera, pero no se rompe.
Mientras contemplaba la salida del sol, había hecho una es­pecie de juego con Dios: si era capaz de llegar hasta la columna y volver sin que el hielo se rompiera, sería una señal de que es­taba en el camino correcto, de que Su mano me estaba guiando por donde debía andar.

–Te vas a caer al agua.

–¿Y? El mayor riesgo es quedarme congelado, pero el hotel no está lejos y el sufrimiento no va a ser largo.

Pongo el otro pie: ahora ya estoy enteramente en la fuente, el hielo se despega en los bordes, sube un poco de agua a la su­perficie, pero la capa de hielo no se rompe. Camino hacia la co­lumna, no son más que cuatro metros si consideramos la ida y la vuelta, y todo lo que arriesgo es la posibilidad de un baño frío. Sin embargo, nada de pensar en lo que puede suceder: ya he dado el primer paso, tengo que ir hasta el final.

Voy caminando, llego a la columna, la toco con la mano, oigo que todo estalla, pero todavía estoy en la superficie. Mi pri­mer instinto es salir corriendo, sin embargo, algo me dice que, si hago eso, los pasos se harán más firmes, pesados, y caeré al agua. Tengo que volver lentamente, al mismo ritmo.

El sol está naciendo, me ciega un poco, sólo veo la silueta de Marie y los contornos de los edificios y de los árboles. La capa de hielo se mueve cada vez más, el agua sigue brotando en los bordes e inundando la superficie, pero yo sé –tengo la absoluta certeza– que voy a conseguir llegar. Porque estoy en comunión con el día, con mis elecciones, conozco los límites del agua con­gelada, sé cómo lidiar con ella, pedirle que me ayude, que no me deje caer. Empiezo a entrar en una especie de trance, de euforia; soy otra vez un niño, haciendo cosas prohibidas, equivocadas, pero que me dan un inmenso placer. ¡Qué alegría! Pactos aloca­dos con Dios, del tipo «si soy capaz de eso, sucederá aquello»; señales provocadas no por lo que viene del exterior, sino por el instinto, por la capacidad para olvidar las antiguas reglas y crear nuevas situaciones.

Doy gracias por haber encontrado a Mikhail, el epiléptico que cree que oye voces. Fui a su encuentro en busca de mi mu­jer y acabé viendo que me había transformado en un pálido re­flejo de mí mismo. ¿Sigue siendo importante Esther? Pienso que sí, fue su amor el que cambió mi vida una vez y vuelve a trans­formarme ahora. Mi historia era vieja, cada vez más pesada de llevar, cada vez más seria como para que yo me permitiese riesgos como el de andar sobre una fuente, haciendo una apuesta con Dios, forzando una señal. Había olvidado que era preciso rehacer siempre el camino de Santiago, dejar el equipaje innece­sario, quedarse sólo con lo que es imprescindible para vivir cada día. Dejar que la energía del amor circule libremente, de fuera a dentro, de dentro a fuera.

Un nuevo estallido, aparece una grieta. Sin embargo, sé que voy a conseguirlo porque soy ligero, ligerísimo, podría incluso caminar sobre una nube y no me caería a la Tierra. No llevo el peso de la fama, de las historias contadas, de las rutas que hay que seguir. Soy transparente, dejo que los rayos de sol atraviesen mi cuerpo y me iluminen el alma. Me doy cuenta de que todavía hay muchas zonas oscuras en mí, pero se limpiarán poco a poco, con perseverancia y valor.
Otro paso, y el recuerdo de un sobre en mi mesa. Voy a abrirlo pronto, y en vez de caminar sobre el hielo, tomaré el ca­mino que me lleva a Esther. Ya no es porque deseo que esté a mi lado; ella es libre para seguir donde está. Ya no es porque sueño día y noche con el Zahir; la obsesión amorosa, destructora, pa­rece haberse ido. Ya no es porque me he acostumbrado a mi pa­sado y deseo ardientemente volver a él.

Otro paso, otro estallido, pero el borde salvador de la fuente está cerca.

Abriré el sobre e iré a su encuentro, porque –como dice Mikhail, el epiléptico, el vidente, el gurú del restaurante arme­nio– esta historia tiene que acabarse. Entonces, cuando todo haya sido contado y recontado muchas veces, cuando los luga­res por los que he pasado, los momentos que he vivido, los pa­sos que he dado por ella se conviertan en recuerdos lejanos, sólo quedará, simplemente, el amor puro. No sentiré que «debo» algo, no pensaré que la necesito porque sólo ella es ca­paz de entenderme, porque estoy acostumbrado, porque conoce mis vicios, mis virtudes, las tostadas que me gusta comer antes de dormir, la televisión en los telediarios internacionales cuando me despierto, las caminatas obligatorias todas las mañanas, los libros sobre la práctica del tiro con arco, las horas pasadas de­lante de la pantalla del ordenador, la rabia que siento cuando la asistenta llama varias veces diciendo que la comida está en la mesa.

Todo eso se irá. Queda el amor que mueve el cielo, las estre­llas, los hombres, las flores, los insectos, y obliga a todos a cami­nar por la superficie peligrosa del hielo, nos llena de alegría y de miedo, pero le da un sentido a todo.

Toco el muro de piedra. Una mano se tiende, yo la agarro, Marie me ayuda a equilibrarme y a bajar.

–Estoy orgullosa de ti. Yo jamás lo haría.

–Creo que, hace algún tiempo, yo tampoco lo habría hecho. Parece infantil, irresponsable, innecesario, sin ninguna razón práctica. Pero estoy renaciendo, tengo que arriesgarme a hacer cosas nuevas.

–La luz de la mañana te sienta bien: hablas como si fueses un sabio.

–Los sabios no hacen lo que acabo de hacer yo.
Debo escribir un texto importante para una revista que tiene un gran crédito conmigo en el Banco de Favores. Tengo cientos, miles de ideas, pero no sé cuál de ellas merece mi esfuerzo, mi concentración, mi sangre.

No es la primera vez que me pasa, pero pienso que ya he di­cho todo lo importante que tenía que decir, estoy perdiendo la memoria, olvidándome de quién soy.

Voy hasta la ventana, miro la calle, intento convencerme de que soy un hombre profesionalmente realizado, no tengo que demostrar nada más, puedo retirarme a una casa en las montañas, pasar el resto de mi vida leyendo, caminando, ha­blando sobre gastronomía y sobre el tiempo. Digo y repito que ya he conseguido lo que casi ningún escritor ha conseguido: ser publicado en casi todas las lenguas. ¿Por qué molestarme por un simple texto para una revista por más importante que sea?

Por culpa del Banco de Favores. Entonces, realmente tengo que escribirlo, pero ¿qué les voy a decir a esas personas? ¿Que tienen que olvidar las historias que les han contado y arriesgarse un poco más?

Todas responderán: «Yo soy independiente, hago aquello que he escogido.»

¿Que deben dejar circular libremente la energía del amor?

Responderán: «Yo amo. Amo cada vez más», como si pudie­ran medir el amor como medimos la distancia entre los raíles de las vías de tren, la altura de los edificios o la cantidad de levadu­ra necesaria para hacer un bizcocho.
Vuelvo a la mesa. El sobre que Mikhail dejó está abierto; sé dónde se encuentra Esther, necesito saber cómo llegar hasta allí. Lo llamo por teléfono y le cuento la historia de la fuente. Le en­canta. Le pregunto qué va a hacer hoy por la noche, responde que va a salir con Lucrecia, su novia. «¿Puedo invitaros a ce­nar?» Hoy no, la próxima semana, si quiero, saldremos con sus amigos.

Le digo que la semana que viene tengo una conferencia en Estados Unidos. «No hay prisa –responde–, entonces espera­mos dos semanas.»

–Debiste de oír una voz que te hizo caminar por el hielo –dice.

–No oí ninguna voz.

–¿Entonces por qué lo hiciste?

–Porque sentí que tenía que hacerlo.

–Bien, eso es otra manera de oír la voz.

–Hice una apuesta. Si conseguía atravesar el hielo, sería porque estaba preparado. Y pienso que lo estoy.

–Entonces, la voz te ha dado la señal que necesitabas.

–¿Y la voz te ha dicho algo al respecto?

–No. Pero no es necesario: cuando estábamos en la orilla del Sena, cuando te dije que ella nos avisaba de que el momento no había llegado, entendí que ella también te diría la hora pre­cisa.

–Ya te he dicho que no oí ninguna voz.

–Eso es lo que tú crees. Es lo que todos creen. Y, sin embar­go, por lo que la presencia me dice siempre, todos oyen voces todo el tiempo. Son ellas las que nos hacen entender cuándo es­tamos ante una señal, ¿entiendes?

Decido no discutir. Todo lo que necesito son detalles técni­cos: saber dónde alquilar un coche, cuánto tiempo hay de viaje, cómo localizar la casa, porque lo que tengo, además del mapa, son una serie de indicaciones imprecisas: seguir por la orilla de tal río, buscar el rótulo de una empresa, girar a la derecha, etc. Tal vez él conozca a alguien que pueda ayudarme.
Concertamos el siguiente encuentro, Mikhail me pide que vaya vestido de la manera más discreta posible; la «tribu» va a peregrinar por París.

Le pregunto quién es la tribu. «Es la gente que trabaja con­migo en el restaurante», responde, sin entrar en detalles. Le pre­gunto si quiere algo de Norteamérica, me pide que le traiga una medicina para la acidez de estómago. Pienso que hay cosas mu­cho más interesantes, pero anoto su encargo.
¿Y el artículo?

Vuelvo a la mesa, pienso en qué escribir, miro de nuevo el sobre abierto, concluyo que no me ha sorprendido lo que he en­contrado dentro. En el fondo, después de algunos encuentros con Mikhail, incluso ya me lo esperaba.

Esther está en la estepa, en una pequeña aldea de Asia Cen­tral: más concretamente, en una aldea en Kazajstán.

Ya no tengo ninguna prisa: sigo recordando mi historia, que le narro con detalle, compulsivamente, a Marie. Ella ha decidido hacer lo mismo, me sorprendo con las cosas que me cuenta, pero parece que el proceso está dando resultados: está más se­gura, menos ansiosa.
No sé por qué deseo tanto encontrar a Esther, ya que mi amor por ella ha pasado a iluminar mi vida, a enseñarme cosas nuevas, y eso basta. Pero me acuerdo de lo que dijo Mikhail –«hay que terminar la historia»–, y decido seguir adelante. Sé que voy a descubrir el momento en el que el hielo de nuestro matrimonio se rompió, y nosotros seguimos caminando por el agua fría como si nada hubiese pasado. Sé que voy a descubrirlo antes de llegar a esa aldea para cerrar un ciclo, o para hacerlo mayor todavía.

¡El artículo! ¿Es que Esther vuelve a ser el Zahir, y no me deja concentrarme en nada más?

Nada de eso: cuando tengo que hacer algo urgente, que exi­ge energía creativa, es ése mi proceso de trabajo; llegar casi a la histeria, decidir desistir, y entonces, el texto se manifiesta. Ya he intentado comportarme de manera diferente, hacerlo todo con mucha antelación, pero parece que la imaginación sólo me fun­ciona de esta manera, bajo una terrible presión. No puedo fal­tarle al respeto al Banco de Favores, debo enviar tres páginas es­critas sobre –¡imagínate!– los problemas de la relación entre hombre y mujer. ¡Yo! Pero los editores piensan que quien ha es­crito
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