Traducción de Ana Belén Costas






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El hilo de Ariadna
Nazco en una pequeña aldea, a unos kilómetros de distancia de una aldea un poco mayor, pero donde hay un colegio y un mu­seo dedicado a un poeta que vivió allí hace muchos años. Mi pa­dre tiene casi setenta años, mi madre veinticinco. Acababan de conocerse cuando él, venido de Rusia a vender alfombras, deci­dió abandonarlo todo por ella. Podría haber sido su hija, pero en verdad se comporta como su madre, lo ayuda a dormir –cosa que no consigue hacer bien desde los diecisiete años, cuando fue enviado a luchar contra los alemanes en Stalingrado, una de las más largas y sangrientas batallas de la segunda guerra mundial. De su batallón de tres mil hombres, sólo sobreviven tres.

Es curioso que no use el tiempo pasado: «Nací en una pe­queña aldea.» Todo parece estar sucediendo aquí y ahora.

Mi padre en Stalingrado: de regreso de una patrulla de re­conocimiento, él y su mejor amigo, joven como él, son sorpren­didos por un tiroteo. Se meten en un agujero abierto por la ex­plosión de una bomba, y allí pasan dos días sin comer, sin tener cómo calentarse, acostados en el barro y la nieve. Pueden oír a unos rusos hablando en un edificio cercano, saben que tienen que llegar hasta allí, pero los tiros no cesan, el olor a sangre lle­na el aire, los heridos gritan «socorro» noche y día. De repente, todo queda en silencio. El amigo de mi padre, creyendo que los alemanes se habían retirado, se levanta. Mi padre intenta aga­rrarlo por las piernas, grita «¡agáchate!», pero es demasiado tar­de: una bala le ha perforado el cráneo.
»Pasan otros dos días, mi padre está solo con el cadáver de su amigo a su lado. No puede dejar de decir «¡agáchate!». Final­mente es rescatado por alguien y llevado al edificio. No hay co­mida, sólo munición y cigarrillos. Comen las hojas del tabaco. Una semana después, empiezan a comer carne de compañeros muertos y congelados. Llega un tercer batallón, abriéndose ca­mino a balazos. Los supervivientes son rescatados, los heridos tratados, y después vuelven al frente de batalla; Stalingrado no puede caer, es el futuro de Rusia el que está en juego. Después de cuatro meses de furiosos combates, canibalismo y miembros amputados a causa del frío, los alemanes finalmente se rinden: es el comienzo del fin de Hitler y su Tercer Reich. Mi padre vuelve a pie a su aldea, a casi mil kilómetros de distancia de Stalingrado. Descubre que no puede dormir, sueña todas las no­ches con el compañero al que podría haber salvado.
»Dos años después, la guerra acaba. Recibe una medalla, pero no consigue empleo. Participa en conmemoraciones, pero casi no tiene qué comer. Es considerado uno de los héroes de Stalingrado, pero vive de pequeños trabajos por los cuales gana algunas monedas. Finalmente, alguien le ofrece un empleo de vendedor de alfombras. Como tiene problemas para dormir, via­ja siempre de noche, conoce a contrabandistas, logra ganarse su confianza y comienza a ganar dinero.

»Es descubierto por el gobierno comunista, que lo acusa de negociar con criminales, y aun siendo héroe de guerra, pasa diez años en Siberia como «traidor del pueblo». Ya viejo, finalmente lo sueltan, y lo único que conoce bien son las alfombras. Consi­gue restablecer sus antiguos contactos, alguien le da algunas pie­zas para vender, pero a nadie le interesa comprar: los tiempos son difíciles. Decide irse lejos otra vez, pide limosna en el cami­no y acaba en Kazajstán.

»Es viejo, está solo, pero tiene que trabajar para comer. Pasa los días haciendo pequeños trabajos, y las noches durmiendo muy poco y despertándose con los gritos de «¡agáchate!». Curio­samente, a pesar de todo lo que ha pasado, del insomnio, de la alimentación deficiente, de las frustraciones, del desgaste físico, de los cigarrillos que fuma siempre que puede, su salud es de hierro.

»En una pequeña aldea, conoce a una joven. Ella vive con sus padres, lo lleva para su casa; la tradición de la hospitalidad es lo más importante en aquella región. Lo ponen a dormir en la sala, pero todos se despiertan con los gritos de «¡agáchate!». La chica se acerca a él, dice una oración, pasa la mano por su cabe­za, y por primera vez en muchas décadas, puede dormir en paz.
»Al día siguiente, ella le dice que tuvo un sueño cuando era niña: un hombre muy viejo iba a darle un hijo. Esperó durante años, tuvo algunos pretendientes, pero siempre se decepcionaba. Sus padres estaban muy preocupados, no querían ver a su única hija soltera y rechazada por la comunidad.

»Le pregunta si desea casarse con ella. Él se sorprende, tiene edad como para ser su nieta, no responde nada. Cuando el sol se pone, en la pequeña sala de visitas de la familia, ella le pide permiso para pasarle la mano por la cabeza antes de dormir. Él consigue nuevamente pasar otra noche en paz.
»La conversación sobre el matrimonio surge de nuevo a la mañana siguiente, esta vez delante de sus padres, que parecen estar de acuerdo con todo (siempre que su hija consiga un mari­do y de esta manera no se convierta en un motivo de vergüenza para la familia). Difunden la historia de un viejo que vino de le­jos, pero que en verdad es un riquísimo comerciante de alfom­bras, cansado de vivir en el lujo y la comodidad, que lo dejó todo para ir en busca de aventura. La gente se queda impresio­nada, piensan en grandes dotes, inmensas cuentas bancarias, y en la suerte que ha tenido mi madre al encontrar a alguien que finalmente podrá llevársela lejos de aquel fin del mundo. Mi pa­dre escucha aquellas historias con una mezcla de fascinación y sorpresa, entiende que durante tantos años vivió solo, viajó, su­frió, jamás volvió a encontrar a su familia y por primera vez en la vida puede tener un hogar. Acepta la proposición, participa de la mentira sobre su pasado, se casan según las costumbres de la tradición musulmana. Dos meses después, ella está embaraza­da de mí.
«Convivo con mi padre hasta los siete años: dormía bien, trabajaba en el campo, cazaba, hablaba con los otros habitantes de la aldea sobre sus posesiones y sus haciendas, veía a mi ma­dre como si fuese lo único bueno que le había sucedido. Yo pienso que soy hijo de un hombre rico, pero una noche, delante de la chimenea, él me cuenta su pasado, la razón de su matri­monio, y me pide que le guarde el secreto. Dice que va a morir pronto, lo que sucede cuatro meses después. Da su último suspi­ro en brazos de mi madre, sonriendo, como si todas las tragedias de su vida jamás hubiesen ocurrido. Muere feliz.
Mikhail está contando su historia en una noche de primave­ra muy fría, pero con toda seguridad no tan helada como Stalingrado, donde la temperatura podía llegar a –35º”C. Estamos sen­tados con mendigos que se calientan alrededor de una hoguera improvisada. Fui a parar allí después de una segunda llamada suya, cobrando mi parte de la promesa. Durante nuestra conver­sación, no me preguntó nada acerca del sobre que dejó en mi casa, como si supiese –tal vez por la «voz»– que finalmente yo había decidido seguir las señales, dejar que las cosas sucediesen a su debido tiempo para liberarme del poder del Zahir.

Cuando me pidió que nos encontrásemos en uno de los su­burbios más violentos de París, me asusté. Normalmente habría dicho que tenía muchas cosas que hacer o habría intentado con­vencerlo de que era mucho mejor ir a un bar, donde tendríamos la comodidad necesaria para discutir cosas importantes. Claro, siempre estaba mi miedo a que sufriera otro ataque epiléptico delante de los demás, pero ahora ya sabía cómo reaccionar, y prefería eso al riesgo de ser asaltado, llevando un collarín orto­pédico, sin posibilidad alguna de defenderme.

Mikhail insistió: era importante que me encontrase con los mendigos, ellos formaban parte de su vida y de la vida de Esther. En el hospital, yo había llegado a la conclusión de que ha­bía algo equivocado en mi vida y que tenía que cambiarlo con urgencia.

¿Qué debía hacer para cambiar?

Cosas diferentes. Como ir a sitios peligrosos, conocer a gente marginada, por ejemplo.
Cuenta una historia que un héroe griego, Teseo, entra en un laberinto para matar a un monstruo. Su amada, Ariadna, le da el extremo de un hilo para que lo vaya desenrollando poco a poco, y no se pierda en el camino de vuelta. Sentado entre aquella gente, escuchando una historia, me di cuenta de que hacía mu­cho que no experimentaba nada semejante a eso: el gusto de lo desconocido, de la aventura. Quién sabe, puede que el hilo de Ariadna me estuviera esperando justamente en lugares que ja­más visitaría, a no ser que no estuviera absolutamente convenci­do de que tenía que hacer un gran, un enorme esfuerzo por cambiar mi historia y mi vida.

Mikhail prosigue, y veo que todo el grupo está prestando atención a lo que dice: no siempre las mejores reuniones tienen lugar en torno a mesas elegantes en restaurantes con calefacción.
Todos los días tengo que caminar casi una hora para ir a clase. Veo a las mujeres que van a buscar agua, la estepa sin fin, los soldados rusos que pasan en largos convoyes, las montañas nevadas que, según me cuenta alguien, esconden un país gigan­tesco, China. La aldea tiene un museo dedicado a su poeta, una mezquita, el colegio, y tres o cuatro calles. Aprendemos que existe un sueño, un ideal: debemos luchar por la victoria del co­munismo y por la igualdad entre todos los seres humanos. No creo en este sueño, porque incluso en aquel lugar miserable hay grandes diferencias; los representantes del partido comunista es­tán por encima de los demás, de vez en cuando van hasta la gran ciudad, Almaty, y vuelven cargados de paquetes con comi­das exóticas, regalos para sus hijos, ropas caras.
»Una tarde, al volver a casa, siento un viento fuerte, veo lu­ces a mi alrededor, y pierdo la conciencia durantes algunos mo­mentos. Cuando me despierto, estoy sentado en el suelo, y una niña blanca, vestida de blanco, con una cinta azul, flota en el aire. Sonríe, no dice nada, y luego desaparece.

»Salgo corriendo, interrumpo lo que mi madre estaba hacien­do en aquel instante y le cuento la historia. Ella se asusta muchí­simo, me pide que no repita jamás lo que acabo de decirle. Me explica –de la mejor manera que se puede explicar algo compli­cado a un niño de ocho años– que no es más que una alucina­ción. Insisto en que he visto a la niña, soy capaz de describirla con detalles. Añado que no he sentido miedo y que volví de prisa porque quería que ella supiese en seguida lo que había sucedido.

»Al día siguiente, al volver del colegio, busco a la niña, pero no está allí. No sucede nada durante una semana, y empiezo a creer que mi madre tiene razón: debí de quedarme dormido sin querer, y lo soñé.

»Sin embargo, esta vez, yendo hacia el colegio muy tempra­no, veo de nuevo a la niña flotando en el aire, con la luz blanca a su alrededor; no caigo al suelo ni veo luces. Permanecemos al­gún tiempo mirándonos el uno al otro, ella sonríe, yo le devuel­vo la sonrisa, le pregunto su nombre, no obtengo respuesta. Cuando llego al colegio, les pregunto a mis compañeros si han visto alguna vez a una niña flotando en el aire. Todos se ríen.

«Durante la clase me llaman al despacho del director. Éste me dice que debo de tener un problema mental: las visiones no existen; todo en el mundo es simplemente la realidad que ve­mos, y la religión fue inventada para engañar al pueblo. Le pre­gunto sobre la mezquita que hay en la ciudad; dice que los que la frecuentan no son más que unos viejos supersticiosos, gente ignorante, desocupada, sin energía para ayudar a reconstruir el mundo socialista. Y me amenaza: si vuelvo a repetir aquello, me expulsarán. Estoy aterrorizado, le pido que no le diga nada a mi madre; él promete no hacerlo si les digo a mis compañeros que me inventé la historia.
»Él cumple su promesa, yo cumplo la mía. Mis amigos no le dan mucha importancia al hecho, ni siquiera me piden que los lleve a donde está la niña. Pero a partir de ese día, durante un mes entero, ella sigue apareciéndose. A veces me desmayo antes, a veces no sucede nada. No hablamos, simplemente estamos juntos durante el tiempo que ella decide permanecer allí. Mi ma­dre empieza a inquietarse, ya no llego siempre a la misma hora a casa. Una noche, me fuerza a decirle qué hago desde que salgo del colegio hasta que llego a casa: yo repito la historia de la niña.

»Para mi sorpresa, en vez de reñirme una vez más, dice que va a ir hasta ese sitio conmigo. Al día siguiente, nos despertamos temprano, llegamos allí, la niña aparece, pero ella no puede ver­la. Mi madre me pide que le pregunte sobre mi padre. No en­tiendo la pregunta, pero hago lo que ella sugiere, y entonces, por primera vez, oigo la «voz». La niña no mueve los labios, pero sé que está hablando conmigo: dice que mi padre está muy bien, que nos protege, y que el sufrimiento que pasó durante el tiem­po que estuvo en la Tierra ahora está siendo recompensado. Su­giere que le comente a mi madre la historia de la estufa. Repito lo que he oído, ella empieza a llorar, dice que lo que más le gus­taba a mi padre en la vida era tener un estufa a su lado, por el tiempo que había pasado en la guerra. La niña me pide que, la próxima vez que pase por allí, ate a un pequeño arbusto una tira de tela con un deseo.
»Las visiones se suceden durante un año entero. Mi madre lo comenta con algunas amigas de confianza, que lo comentan con otras amigas, y ahora el pequeño arbusto está lleno de tiras de tela atadas. Todo se hace con el mayor secreto: las mujeres preguntan por sus seres queridos desaparecidos, yo escucho las respuestas de la «voz» y transmito los mensajes. La mayoría de las veces, todos están bien; solamente en dos casos la niña le «pide» al grupo que vaya hasta una colina cercana, y en el mo­mento en el que nazca el sol, rece una oración sin palabras por el alma de esas personas. La gente me cuenta que a veces entro en trance, me caigo al suelo, digo cosas sin sentido; yo nunca consigo acordarme. Sólo sé cuando el trance se acerca: noto un viento caliente y veo bolas de luz a mi alrededor.

»Un día, mientras conduzco a un grupo al encuentro de la niña, somos interceptados por una barrera de policías. Las mu­jeres protestan, gritan, pero no conseguimos pasar. Me escoltan hasta el colegio, donde el director me dice que acabo de ser ex­pulsado por provocar rebelión y promover la superstición.

»Al volver, veo el arbusto destruido, las tiras de tela por el suelo. Me siento allí, solo, y lloro, porque aquéllos habían sido los días más felices de mi vida. En ese momento, la niña vuelve a aparecer. Me dice que no me preocupe, que todo estaba pro­gramado, incluso la destrucción del arbusto. Y que a partir de ese momento, ella me acompañará durante el resto de mis días y me dirá siempre qué debo hacer.
–¿Nunca te ha dicho su nombre? –pregunta uno de los mendigos.

–Jamás. No tiene importancia: sé cuándo habla conmigo.

–¿Podríamos saber ahora algo sobre nuestros muertos?

–No. Eso sólo sucedió en aquella época, ahora mi misión es otra. ¿Puedo seguir con la historia?

–Debes seguir –digo yo–. Pero antes quiero que sepas una cosa: en el suroeste de Francia, hay un lugar llamado Lourdes; hace mucho tiempo, una pastora vio a una niña que parece co­rresponderse con tu visión.

–Estás equivocado –comenta un viejo mendigo con una pierna de metal–. Esa pastora, que se llamaba Bernadette, vio a la Virgen María.

–Como he escrito un libro sobre las apariciones, tuve que estudiar cuidadosamente el tema –respondo–. He leído todo lo que se publicó a finales del siglo XIX, he tenido acceso a las mu­chas declaraciones de Bernadette a la policía, a la Iglesia, a los estudiosos. En ningún momento afirma que viese a una mujer: insiste en que era una niña. Repitió la misma historia el resto de su vida, se irritó profundamente con la estatua que se colocó en la gruta; dice que no tiene semejanza alguna con la visión: ella había visto a una niña, no a una mujer. Aun así, la Iglesia se apropió de la historia, de las visiones, del lugar, convirtió la apa­rición en la Madre de Jesús, y la verdad fue olvidada; una menti­ra repetida muchas veces acaba convenciendo a todo el mundo. La única diferencia es que la tal «niña» –como insistía Berna­dette– dijo su nombre.

–¿Y cuál era? –pregunta Mikhail.

–«Yo soy la Inmaculada Concepción.» Que no es un nom­bre como Beatriz, María o Isabel. Ella se describe como un he­cho, como un evento, como un acontecimiento, que podríamos traducir por «yo soy el parto sin sexo». Por favor, sigue con tu historia.

–Antes de que siga con la historia, ¿puedo preguntarte algo? –dice un mendigo que debe de tener aproximadamente mi edad–. Acabas de decir que has escrito un libro: ¿cuál es el título?

–He escrito muchos.

Y digo el título del libro en el que menciono la historia de Bernadette y su visión.

–¿Entonces eres el marido de la periodista?

–¿Eres el marido de Esther? –dice una mendiga, de ropas estrafalarias, sombrero verde, abrigo púrpura y ojos de sorpresa.

No sé qué responder.

–¿Por qué no ha vuelto por aquí? –comenta otro–. ¡Espero que no haya muerto! ¡Siempre vivía en lugares peligrosos, le dije más de una vez que no debía hacerlo! ¡Mira lo que me dio!

Y me enseña el mismo trozo de tela manchado de sangre: parte de la camisa del soldado muerto.

–No ha muerto –respondo–. Pero me sorprende que haya venido por aquí.

–¿Por qué? ¿Porque somos diferentes?

–No me has entendido: no os estoy juzgando. Me sorprende, me alegra saberlo.

Pero el vodka para espantar el frío está haciendo efecto en todos nosotros.

–Estás siendo irónico –dice un hombre fuerte, de pelo largo y barba de muchos días–. Vete de aquí, ya que debes de pensar que estás en pésima compañía.

Sucede que yo también he bebido, y eso me da valor.

–¿Quiénes sois? ¿Qué tipo de vida es ésta que habéis esco­gido? Tenéis salud, podéis trabajar, pero ¡preferís no hacer nada!

–Somos gente que ha elegido quedarse fuera, ¿entiendes? Fuera de ese mundo que se está cayendo a pedazos, de esa gente que vive temerosa de perder algo, de esa gente que pasa por la calle como si todo estuviese bien, ¡cuando todo está mal, muy mal! ¿Tú no mendigas? ¿No le pides limosna a tu jefe, al pro­pietario de tu casa?

–¿No te avergüenza estar desperdiciando tu vida? –pregun­ta la mujer vestida de púrpura.

–¿Quién ha dicho que estoy desperdiciando mi vida? ¡Hago lo que quiero!

El hombre fuerte interviene:

–¿Y qué es lo que quieres? ¿Vivir en la cima del mundo? ¿Quién te garantiza que la montaña es mejor que la planicie? Crees que no sabemos vivir, ¿verdad? ¡Pues tu mujer entendía per–fec–ta–men–te qué queremos de la vida! ¿Sabes qué quere­mos? ¡Paz! ¡Y tiempo libre! ¡Y no vernos obligados a ir a la moda, aquí hacemos nuestros propios diseños! ¡Bebemos cuan­do queremos, dormimos donde creemos mejor! ¡Aquí nadie ha escogido la esclavitud y estamos muy orgullosos de eso, aunque os creáis que somos dignos de compasión!

Las voces empiezan a ser agresivas. Mikhail interrumpe:

–¿Queréis oír el resto de mi historia o deseáis que nos vaya­mos ahora?

–¡Nos está criticando! –comenta el de la pierna de metal–. Ha venido aquí para juzgarnos, ¡como si fuese Dios!

Se oyen algunos refunfuños, alguien me da en el hombro, le ofrezco un cigarrillo, la botella de vodka pasa otra vez por mi mano. Los ánimos se van serenando poco a poco, yo sigo sor­prendido y extrañado por el hecho de que esa gente conozca a Esther (por lo visto, la conocen mejor que yo mismo, se han ga­nado un trozo de ropa manchada de sangre). Mikhail sigue con la historia:
Como no tengo dónde estudiar, y todavía soy un niño para cuidar caballos, el orgullo de nuestra región y de nuestro país, me pongo a trabajar como pastor. En la primera semana, una de las ovejas muere, y corre el rumor de que soy un niño maldito, hijo de un hombre venido de lejos, que le había prometido ri­quezas a mi madre, pero que finalmente nos había dejado sin nada. A pesar de que los comunistas aseguraban que la religión era simplemente una manera de dar falsas esperanzas a los de­sesperados, aunque allí todos se hubieran educado con la seguri­dad de que sólo existe la realidad y que todo lo que nuestros ojos no pueden ver no es más que el fruto de la imaginación hu­mana, las antiguas tradiciones de la estepa siguen intactas, pa­san de boca en boca a través de las generaciones.

»Desde la destrucción del arbusto, ya no puedo ver a la niña, sin embargo, sigo oyendo su voz. Le pido que me ayude a cuidar de los rebaños, me dice que tenga paciencia. Iban a llegar tiem­pos difíciles, pero antes de cumplir veintidós años vendrá una mujer de lejos y me llevará a conocer el mundo. Me dice tam­bién que tengo una misión que cumplir, y esa misión es ayudar a extender la verdadera energía del amor por la faz de la Tierra.

»El dueño de las ovejas se impresiona con los rumores que circulan cada vez con más intensidad, y quienes se los cuentan, quienes intentan destruir mi vida son justamente las personas a las que la niña había ayudado durante un año. Un día decide ir hasta la sede del partido comunista de la aldea de al lado y des­cubre que tanto yo como mi madre somos considerados enemi­gos del pueblo. Me despide inmediatamente. Pero eso no afecta mucho a nuestra vida, ya que mi madre trabaja como bordadora para una empresa en la mayor ciudad de la región, allí nadie sabe que somos enemigos del pueblo y de la clase obrera; todo lo que los directores de la fábrica desean es que siga producien­do sus bordados desde el alba hasta el anochecer.

»Como tengo todo el tiempo libre del mundo, ando por la estepa, acompaño a los cazadores, que también conocen mi his­toria, pero que me atribuyen poderes mágicos, pues siempre en­cuentran zorros cuando estoy cerca. Paso días enteros en el mu­seo del poeta, viendo sus cosas, leyendo sus libros, escuchando a personas que van allí a repetir sus versos. De vez en cuando siento el viento, veo las luces, me caigo al suelo, y en esos mo­mentos la voz siempre me dice cosas bastante concretas, como los períodos de sequía, las pestes de los animales, la llegada de los comerciantes. Yo no se lo cuento a nadie, excepto a mi ma­dre, que cada vez está más afligida y preocupada por mí.

»En una de estas ocasiones, un médico pasa por la región y ella me lleva a una consulta; después de oír atentamente mi his­toria, de tomar notas, de ver dentro de mis ojos con un aparato, de auscultar mi corazón, de martillarme la rodilla, diagnostica un tipo de epilepsia. Dice que no es contagioso, los ataques dis­minuirán con la edad.

»Yo sé que no se trata de una enfermedad, pero finjo creerlo para que mi madre esté tranquila. El director del museo, que nota mi esfuerzo desesperado por aprender algo, siente pena y empieza a sustituir a los profesores del colegio. Aprendo geogra­fía, literatura; aprendo lo que va a ser lo más importante para mí en el futuro: a hablar inglés. Una tarde, la voz me pide que le diga al director que dentro de poco tiempo ocupará un cargo importante. Cuando se lo comento, todo lo que oigo es una risa tímida y una respuesta directa: no hay la menor posibilidad por­que jamás se ha alistado en el partido comunista; es musulmán convicto.
«Tengo quince años. Dos meses después de nuestra conver­sación, siento que algo diferente está sucediendo en la región: los antiguos funcionarios públicos, siempre tan arrogantes, son más amables que nunca y me preguntan si quiero volver a estu­diar. Grandes trenes de militares rusos parten rumbo hacia la frontera. Una tarde, mientras estudio en el escritorio que había pertenecido al poeta, el director entra corriendo, me mira con espanto y una cierta incomodidad: dice que lo último que podía suceder en el mundo (el colapso del régimen comunista) está ocurriendo con una rapidez increíble. Las antiguas repúblicas soviéticas ahora se están convirtiendo en Estados independien­tes, las noticias que llegan de Almaty hablan de la formación de un nuevo gobierno, y ¡él ha sido señalado para gobernar en la provincia!

»En vez de abrazarme y alegrarse, me pregunta cómo sabía que eso iba a suceder: ¿había oído a alguien comentar algo? ¿Había sido contratado por el servicio secreto para espiarlo, ya que él no pertenecía al partido? O, lo que era lo peor de todo, ¿en algún momento de mi vida había hecho un pacto con el diablo?

»Respondo que conoce mi historia: las apariciones de la niña. La voz, los ataques que me permiten oír cosas que otras personas no saben. Él dice que todo eso no es más que una en­fermedad; sólo hay un profeta, Mahoma, y todo lo que tenía que ser dicho ya ha sido revelado. Pero, a pesar de eso, continúa, el demonio permanece en este mundo, usando todo tipo de arti­mañas (incluso la supuesta capacidad de ver el futuro) para en­gañar a los débiles y apartar a la gente de la verdadera fe. Me había dado un empleo porque el Islam exige que los hombres practiquen la caridad, pero ahora estaba profundamente arre­pentido: o yo era un instrumento del servicio secreto, o era un enviado del demonio.

»Me despide en ese mismo momento.
»Los tiempos, que ya antes no eran fáciles, pasan a ser más difíciles aún. La fábrica de tejidos para la que trabaja mi madre, y que antes pertenecía al gobierno, pasa a manos de particula­res; los nuevos dueños tienen otras ideas, reestructuran el proyecto y acaban despidiéndola. Dos meses después ya no tene­mos con qué sustentarnos, lo único que nos queda es dejar la al­dea donde he pasado toda mi vida e ir en busca de un trabajo.

»Mis abuelos se niegan a marcharse; prefieren morir de hambre antes que dejar la tierra donde han nacido y pasado sus vidas. Mi madre y yo nos vamos a Almaty, y conozco la primera ciudad grande: me impresionan los coches, los gigantescos edifi­cios, los anuncios luminosos, las escaleras automáticas y, sobre todo, los ascensores. Mamá consigue trabajo en una tienda, y yo me pongo a trabajar como ayudante de mecánico en una gasoli­nera. Gran parte de nuestro dinero se lo enviamos a mis abue­los, pero sobra lo suficiente para comer y ver cosas que jamás he visto: cine, parque de atracciones, partidos de fútbol.

»Con el cambio de ciudad, los ataques cesan, pero la voz y la presencia de la niña también desaparecen. Creo que es mejor así, no echo de menos a la amiga invisible que me acompañaba desde los ocho años de edad; me fascina Almaty, y estoy ocupa­do en ganarme la vida. Aprendo que, con un poco de inteligen­cia, finalmente podré llegar a ser alguien importante. Hasta que una noche de domingo estoy sentado junto a la única ventana de nuestro pequeño apartamento, mirando al pequeño callejón sin asfalto donde vivo, muy nervioso porque el día anterior ha­bía abollado un coche al maniobrar dentro del garaje; tengo miedo de ser despedido, tanto miedo que no he sido capaz de comer durante todo el día.

»De repente siento de nuevo el viento, veo las luces. Por lo que me contó mi madre después, caí al suelo, hablé en una len­gua extraña, y el trance pareció durar más de lo normal; recuer­do que fue en ese momento cuando la voz me recordó que tenía una misión. Cuando me despierto, vuelvo a sentir la presencia, y aunque no vea nada, puedo hablar con ella.

»Sin embargo, eso ya no me interesa: al cambiar de aldea, también cambié de mundo. Aun así, indago sobre cuál es mi mi­sión: la voz me responde que es la misión de todos los seres hu­manos, impregnar el mundo de la energía del amor total. Le pregunto lo único que realmente me interesa en ese momento: el coche abollado y la reacción del dueño. Ella dice que no me preocupe, que diga la verdad, y que él sabrá comprenderlo.
«Trabajo durante cinco años en la gasolinera. Acabo hacien­do amigos, tengo mis primeras novias, descubro el sexo, partici­po en peleas en la calle; en fin, vivo mi juventud de la manera más normal posible. Tengo algunos ataques: al principio mis amigos se sorprenden, pero después de inventarme que aquello es el resultado de «poderes superiores», empiezan a respetarme. Me piden ayuda, me confiesan sus problemas amorosos, las difí­ciles relaciones con la familia, pero yo no le pregunto nada a la voz (la experiencia en el arbusto me había traumatizado mucho, me había hecho creer que, cuando ayudamos a alguien, todo lo que obtenemos a cambio es ingratitud).

»Si los amigos insisten, me invento que pertenezco a una «sociedad secreta» (a esas alturas, después de décadas de repre­sión religiosa, el misticismo y el esoterismo se están poniendo muy de moda en Almaty. Se publican varios libros sobre esos «poderes superiores», aparecen gurús y maestros de la India y de China, hay una gran variedad de cursos de perfeccionamien­to personal. Frecuento uno y otro, me doy cuenta de que no aprendo nada; en lo único en lo que realmente confío es en la voz, pero estoy demasiado ocupado como para prestar atención a lo que dice.
»Un día, una mujer con una camioneta con tracción a las cuatro ruedas para en el garaje en el que trabajo y me pide que le llene el depósito. Habla conmigo en ruso con mucho acento y mucha dificultad, y yo le respondo en inglés. Ella parece alivia­da, y me pregunta si conozco a algún intérprete, ya que necesita viajar al interior.

»En el momento en el que dice eso, la presencia de la niña ocupa todo el lugar, y me doy cuenta de que es la persona que he esperado durante toda mi vida. Allí está mi salida, no puedo perder la oportunidad: le digo que puedo hacerlo, si ella me lo permite. La mujer responde que tengo un trabajo, y que ella necesita a alguien mayor, con más experiencia y libre para viajar. Le digo que conozco todos los caminos de la estepa, de las mon­tañas, le miento diciendo que el empleo es temporal. Le imploro que me dé una oportunidad; reacia, ella concierta una entrevista en el hotel más lujoso de la ciudad.
»Nos encontramos en el salón; ella comprueba mis conoci­mientos de lengua, me hace una serie de preguntas sobre la geo­grafía de Asia Central, quiere saber quién soy y de dónde vengo. Desconfía, no dice exactamente qué hace, ni adonde quiere ir. Yo procuro desempeñar mi papel de la mejor manera posible, pero veo que ella no está convencida.

»Y me sorprendo al notar que, sin ninguna explicación, es­toy enamorado de ella, de alguien a quien conozco desde hace sólo algunas horas. Controlo mi ansiedad y vuelvo a confiar en la voz. Imploro la ayuda de la niña invisible, le pido que me ilu­mine, prometo que cumpliré la misión que me fue confiada si consigo el trabajo: un día me dijo que una mujer vendría y me llevaría lejos de allí, la presencia estuvo a mi lado cuando ella se detuvo a llenar el depósito, necesito una respuesta positiva.

»Después del intenso cuestionario, pienso que empiezo a ga­narme su confianza: ella me advierte que lo que pretende es completamente ilegal. Me explica que es periodista, que desea hacer un reportaje sobre las bases norteamericanas que se están construyendo en el país vecino para servir de apoyo a una gue­rra que está punto de empezar. Como le han negado el visado, tendremos que cruzar la frontera a pie, por lugares no vigilados; sus contactos le habían dado un mapa y le habían dicho por dónde debíamos pasar, pero dice que no va a revelar nada de eso hasta que no estemos lejos de Almaty. Si aún estoy dispuesto a acompañarla, debo estar en el hotel dos días después, a las once de la mañana. No me promete nada aparte de una semana de salario, sin saber que yo tengo un empleo fijo, que gano lo suficiente para ayudar a mi madre y a mis abuelos, que mi jefe confía en mí a pesar de haber presenciado tres o cuatro convul­siones, o «ataques epilépticos», como dice él para referirse a los momentos en los que estoy en contacto con un mundo descono­cido.

»Antes de despedirse, la mujer me dice su nombre (Esther) y me previene de que, si decido ir a la policía a denunciarla, la de­tendrán y la deportarán. También dice que hay momentos en la vida en los que tenemos que confiar ciegamente en la intuición, y que ahora lo está haciendo. Le pido que no se preocupe, me siento tentado a hablarle de la voz y de la presencia, pero prefie­ro permanecer callado. Vuelvo a casa, hablo con mi madre, afir­mo que he encontrado otro empleo como intérprete y que ga­naré más dinero, aunque tenga que ausentarme durante algún tiempo. Ella parece no preocuparse; todo a mi alrededor sucede como si estuviese planeado desde hace mucho tiempo, y todos nosotros simplemente esperásemos el momento justo.
«Duermo mal, al día siguiente voy más temprano que de costumbre a la gasolinera. Pido disculpas, repito que he encon­trado un nuevo empleo. Mi jefe dice que tarde o temprano des­cubrirán que soy una persona enferma; es muy arriesgado dejar lo seguro por lo dudoso. Pero de la misma manera que ocurrió con mi madre, acaba estando de acuerdo sin mayores proble­mas, como si la voz estuviese interfiriendo en la voluntad de las personas con las que tengo que hablar ese día, facilitando mi vida, ayudándome a dar el primer paso.

«Cuando nos encontramos en el hotel, le explico: «Si nos cogen, todo lo que puede sucederle a usted es que la deporten a su país, pero yo acabaré preso tal vez durante muchos años. Así que –me estoy arriesgando más– debe tener confianza en mí.» Ella parece entender lo que digo; andamos durante dos días, un grupo de hombres la está esperando al otro lado de la frontera. Ella desaparece y vuelve poco después, frustrada, irritada. La guerra está a punto de estallar, todos los caminos están vigila­dos, es imposible seguir adelante sin que la detengan por espía.

»Empezamos el camino de vuelta. Esther, antes con tanta confianza en sí misma, ahora parece triste y confusa. Para dis­traerla, comienzo a recitar los versos del poeta que vivía cerca de mi aldea, al mismo tiempo que pienso que dentro de cuaren­ta y ocho horas todo habrá acabado. Pero tengo que confiar en la voz, debo hacer cualquier cosa para que ella no se vaya tan súbitamente como vino; tal vez deba demostrarle que siempre la he esperado, que ella es importante para mí.
«Aquella noche, después de extender nuestros sacos cerca de unas rocas, intento coger su mano. Ella la aparta cariñosa­mente, me dice que está casada. Sé que he dado un paso equivo­cado, he reaccionado sin pensar. Como ya no tengo nada que perder, le hablo de las visiones de mi infancia, de la misión de expandir el amor, del diagnóstico del médico que decía que era epilepsia.

«Para mi sorpresa, ella entiende perfectamente lo que digo. Me cuenta un poco su vida, dice que ama a su marido, que él también la ama, pero que, al pasar el tiempo, algo importante se ha perdido; prefiere estar lejos antes que ver su matrimonio des­haciéndose poco a poco. Lo tenía todo en la vida, pero era infe­liz; aunque pudiese fingir el resto de sus días que esa infelicidad no existía, se muere de miedo de caer en una depresión y de no ser capaz de salir de ella jamás.

«Así que decidió dejarlo todo e ir en busca de aventura, de cosas que no la dejasen pensar en el amor que se desmoronaba; cuanto más se buscaba, más se perdía y más sola se sentía. Pien­sa que ha perdido para siempre su rumbo, y la experiencia que acabamos de vivir le demuestra que debe de estar equivocada, que es mejor volver a su rutina diaria.

»Le digo que podemos intentar otro camino menos vigilado, conozco a contrabandistas en Almaty que pueden ayudarnos, pero ella parece no tener energía ni ganas de seguir adelante.

«En ese momento la voz me pide que la consagre a la Tierra. Sin saber exactamente qué hago, me levanto, abro la mochila, mojo los dedos en el pequeño recipiente de aceite que habíamos llevado para cocinar, pongo la mano en su frente, rezo en silen­cio y finalmente le pido que siga su búsqueda, porque es impor­tante para todos nosotros. La voz me lo dice, y yo se lo repito a ella, que el cambio de una sola persona significa el cambio de toda la raza humana. Ella me abraza, siento que la Tierra la ben­dice, permanecemos así, juntos, durante horas.
«Al final, le pregunto si cree en lo que le he contado sobre la voz que oigo. Ella dice que sí y que no. Cree que todos nosotros tenemos un poder que jamás utilizamos, y al mismo tiempo piensa que yo he entrado en contacto con ese poder a causa de mis ataques epilépticos. Pero que podemos verificarlo juntos; pensaba entrevistar a un nómada que vive al norte de Almaty y del que todos decían que tenía poderes mágicos; si quiero acom­pañarla, seré bienvenido. Cuando me dice su nombre, me doy cuenta de que conozco a su nieto, y pienso que eso lo va a faci­litar todo.

«Cruzamos Almaty, sólo paramos para llenar el depósito de gasolina y para comprar algunas provisiones; seguimos en direc­ción a una pequeña aldea cerca de un lago artificial construido por el régimen soviético. Voy hasta donde vive el nómada, y a pesar de decirle a uno de sus asistentes que conozco a su nieto, tenemos que esperar muchas horas, hay una multitud aguardan­do su turno para oír los consejos de aquel al que consideran santo.

«Finalmente, nos atiende: al traducir la entrevista, y al leer muchas veces el reportaje que se publicó, aprendo varias cosas que deseaba saber.

«Esther le pregunta por qué la gente está tan triste.

»–Es simple –responde el viejo–. Está atada a su historia personal. Todo el mundo cree que el objetivo de esta vida es se­guir un plan. Nadie se pregunta si ese plan es suyo o si se creó para otra persona. Acumulan experiencias, recuerdos, cosas, ideas de los demás, que es más de lo que pueden cargar. Y así, olvidan sus sueños.

«Esther comenta que mucha gente le dice: «Tienes suerte, sabes qué quieres de la vida, pues yo no sé qué quiero hacer.»

«–Claro que lo saben –responde el nómada–. Cuánta gente conoce usted que vive diciendo: «No he hecho nada de lo que deseaba, pero ésa es la realidad.» Si dicen que no han hecho lo que deseaban, entonces sabían qué era lo que querían. En cuanto a la realidad, es simplemente la historia que los demás contaron respecto al mundo y de cómo debíamos comportar­nos en él.

»–Y cuántas dicen algo peor: «Estoy contenta porque sacri­fico mi vida por las personas que amo.»

»–¿Cree usted que las personas que nos aman desean ver­nos sufrir por ellas? ¿Cree usted que el amor es fuente de sufri­miento?

»–Para ser sincera, creo que sí.

»–Pues no debería serlo.

»–Si olvido la historia que me han contado, también olvida­ré cosas muy importantes que la vida me ha enseñado. ¿Por qué me esforcé en aprender tanto? ¿Por qué me esforcé para tener experiencia y así poder bregar con mi carrera, con mi marido, con mis crisis?

»–El conocimiento acumulado sirve para cocinar, para no gastar más de lo que gana, para abrigarse en invierno, para res­petar algunos límites, para saber hacia dónde van algunas líneas de autobús y de tren. Sin embargo, ¿cree que sus amores pasa­dos le han enseñado a amar mejor?

»–Me enseñaron a saber qué es lo que quiero.

»–No le he preguntado eso. ¿Sus amores pasados le han en­señado a amar mejor a su marido?

»–Al contrario. Para poder entregarme completamente a él, tuve que olvidar las cicatrices que otros hombres me habían de­jado. ¿Es de eso de lo que está usted hablando?

»–Para que la verdadera energía del amor pueda atravesar su alma, tiene que encontrarla como si acabase de nacer. ¿Por qué la gente es infeliz? Porque quiere aprisionar esa energía, lo cual es imposible. Olvidar la historia personal es mantener ese canal limpio, dejar que todos los días esa energía se manifieste como desea, permitirse ser guiada por ella.

»–Muy romántico, pero muy difícil. Porque esa energía está siempre sujeta a muchas cosas: compromisos, hijos, situación social...

»–... y después de algún tiempo, desesperación, miedo, sole­dad, intento de controlar lo incontrolable. Según la tradición de las estepas, llamada «tengri», para vivir en plenitud era preciso estar en constante movimiento, y sólo así cada día era diferente del anterior. Cuando pasaban por las ciudades, los nómadas pensaban: «Pobres, las personas que viven aquí; para ellas todo es igual.» Posiblemente las personas de la ciudad veían a los nó­madas y pensaban: «Pobres, no tienen un lugar para vivir.» Los nómadas no tenían pasado, sólo presente, y por eso siempre eran felices, hasta que los gobernantes comunistas los obligaron a dejar de viajar y los metieron en haciendas colectivas. A partir de ahí, poco a poco, empezaron a creer en la historia que la so­ciedad les decía que era cierta. Hoy han perdido su fuerza.

»–Nadie, hoy en día, puede pasarse la vida viajando.

»–No pueden viajar físicamente, pero pueden hacerlo en el plano espiritual. Ir cada vez más lejos, distanciarse de la historia personal, de aquello que nos han forzado a ser.

»–¿Qué hacer para olvidar esa historia que nos han contado?

«–Repetirla en voz alta con todos sus detalles. Y a medida que la contamos, nos despedimos de lo que ya fuimos y (verá us­ted, si decide intentarlo) abrimos espacio para un mundo nuevo, desconocido. Repetiremos esa historia antigua muchas veces, hasta que ya no sea importante para nosotros.

»–¿Sólo eso?

»–Falta un detalle: a medida que los espacios se van vacian­do, para evitar que nos causen un sentimiento de vacío, es preci­so rellenarlos rápidamente, aunque sea de manera provisional.

»–¿Cómo?

»–Con historias diferentes, experiencias que no solemos te­ner. Así cambiamos. Así crece el amor. Y cuando el amor crece, crecemos con él.

»–Eso también significa que podemos perder cosas que son importantes.

»–Jamás. Las cosas importantes siempre quedan; lo que se va son las cosas que juzgábamos importantes, pero que son inú­tiles, como el falso poder de controlar la energía del amor.
»El viejo dice que ya ha acabado su tiempo y que tiene que atender a otras personas. Por más que yo insista, se muestra in­flexible, pero sugiere que Esther vuelva algún día y le enseñará más.

«Esther se queda en Almaty una semana más y promete vol­ver. Durante ese tiempo, le cuento mi historia muchas veces y ella me cuenta muchas veces su vida, y nos percatamos de que el anciano tenía razón: algo está saliendo de nosotros, somos más ligeros, aunque no podamos decir que somos más felices.

»Pero el anciano dio un consejo: rellenar rápidamente el es­pacio vacío. Antes de partir, me pregunta si no quiero viajar a Francia para que podamos continuar el proceso de olvido. No tiene con quién compartirlo, no puede hablar con su marido, no confía en las personas con las que trabaja; necesita a alguien de fuera, de lejos, que nunca haya participado de su historia perso­nal hasta aquella fecha.

»Le digo que sí, y sólo entonces menciono la profecía de la voz. También le digo que no sé hablar la lengua, y que mi expe­riencia se reduce a cuidar ovejas y gasolineras.
»En el aeropuerto, me pide que haga un curso intensivo de francés. Le pregunto por qué me ha invitado. Ella repite lo que ya me había dicho, confiesa que tiene miedo del espacio que se está abriendo a medida que olvida su historia personal, teme que todo vuelva con más intensidad que antes, y entonces ya no será capaz de liberarse de su pasado jamás. Me pide que no me preocupe de pasajes ni de visados; ella se encargará de todo. Antes de pasar por el control de pasaporte, me mira sonriendo y dice que también me estaba esperando, aunque no lo supiese: aquellos días habían sido los más alegres de los últimos tres años.
«Empiezo a trabajar de noche, como guardaespaldas en un club de striptease, y durante el día me dedico a aprender francés. Curiosamente, los ataques disminuyen, pero la presencia también se aparta. Comento con mi madre que me han invitado a viajar. Ella dice que soy muy ingenuo, esa mujer jamás volverá a dar señales de vida.

»Un año después, Esther aparece en Almaty: la guerra espe­rada ya ha sucedido, alguien ya había publicado un artículo so­bre las bases secretas norteamericanas, pero la entrevista con el anciano había tenido mucho éxito, y ahora querían un gran reportaje sobre la desaparición de los nómadas. «Aparte de eso –dice ella–, hace tiempo que no le cuento historias a nadie, es­toy cayendo de nuevo en la depresión.»

»Yo la ayudo a entrar en contacto con las pocas tribus que todavía viajan, con la tradición tengri y con los hechiceros loca­les. Hablo francés con fluidez: durante una cena, ella me da los papeles del consulado para cubrir, consigue el visado, compra el pasaje y me vengo a París. Tanto ella como yo notamos que a medida que vaciamos nuestras cabezas de historias ya viejas y vividas, se abre un espacio nuevo, entra una misteriosa alegría, la intuición se desarrolla, somos más valientes, nos arriesgamos más, hacemos cosas que creemos equivocadas o ciertas, pero las hacemos. Los días son más intensos, tardan más en pasar.

»Al llegar aquí, le pregunto dónde voy a trabajar, pero ella ya tiene sus planes: ha convencido al dueño de un bar para que me deje presentarme una vez por semana allí; le ha dicho que en mi país hay una especie de espectáculo exótico en el que la gente habla de su vida y vacía su cabeza.

»Al principio, es muy difícil hacer que los pocos feligreses participen del juego, pero los más borrachos se entusiasman, la historia corre por el barrio. «Venga a contar su vieja historia y a descubrir una nueva», dice el pequeño cartel escrito a mano en el escaparate, y la gente, sedienta de novedades, empieza a venir.
»Una noche experimento algo extraño: no soy yo el que está en el pequeño escenario improvisado en la esquina del bar, es la presencia. Y en vez de contar las leyendas de mi país para después sugerir que cuenten sus historias, yo transmito lo que me pide la voz. Al final, uno de los espectadores está llorando y co­menta detalles íntimos de su matrimonio con los extraños allí presentes.

»Se repite lo mismo a la semana siguiente. La voz habla por mí, pide que la gente sólo cuente historias de desamor, y la ener­gía en el aire es tan diferente que los franceses, aun siendo dis­cretos, empiezan a discutir en público sus asuntos personales. También es en ese momento de mi vida cuando consigo contro­lar mejor los ataques: cuando veo luces y siento el viento, pero estoy en el escenario, entro en trance, pierdo la conciencia sin que nadie se dé cuenta. Sólo tengo las «crisis de epilepsia» en momentos de gran tensión nerviosa.

»Otra gente se une al grupo: tres jóvenes de mi edad, que nada tenían que hacer, aparte de viajar por el mundo (eran los nómadas del mundo occidental). Una pareja de músicos de Kazajstán, que ha oído el «éxito» que estaba teniendo un chico de su tierra, pide participar en el espectáculo, ya que no consiguen ningún empleo. Incluimos instrumentos de percusión en la reu­nión. El bar se queda pequeño, conseguimos un espacio en el restaurante donde nos reunimos ahora, pero que también se está quedando pequeño, porque cuando la gente cuenta sus historias, sienten más coraje. Son tocadas por la energía mientras danzan, empiezan a cambiar radicalmente, la tristeza va desapareciendo de sus vidas, las aventuras recomienzan, el amor (que teórica­mente se vería amenazado por tantos cambios) se hace más sóli­do, recomiendan nuestra reunión a sus amigos.
»Esther sigue viajando para hacer sus artículos, pero asiste al espectáculo siempre que está en París. Una noche, me dice que el trabajo del restaurante no basta; sólo llega a personas que tienen dinero para frecuentarlo. Tenemos que trabajar con jóve­nes. «¿Dónde están los jóvenes?», pregunto. «Caminando, via­jando, lo han dejado todo, se visten como mendigos o como personajes de película de ciencia ficción.»

«También dice que los mendigos no tienen historia personal, ¿por qué no nos reunimos con ellos a ver qué aprendemos? Y así fue cómo os encontré.

»Ésas son las cosas que he vivido. Nunca me habéis pregun­tado quién soy ni qué hago porque no os interesa. Pero hoy, a causa del escritor famoso que nos acompaña, he decidido con­tarla.
–Pero hablas de tu pasado –dice la mujer con abrigo y som­brero que no combinan–. Aunque el viejo nómada...

–¿Qué es nómada? –interrumpe alguien.

–Gente como nosotros –responde ella, orgullosa de saber el significado de la palabra–. Gente libre, que es capaz de vivir sólo con lo que es capaz de cargar.

–No es así exactamente –corrijo–: no son pobres.

–¿Qué sabes tú de la pobreza? –Otra vez el hombre alto, agresivo, y esta vez con más vodka en la sangre, me mira direc­tamente a los ojos–. ¿Crees que la pobreza es no tener dinero? ¿Crees que somos miserables sólo porque pedimos limosna a gente como escritores ricos, parejas que se sienten culpables, tu­ristas que creen que París es una ciudad sucia o jóvenes idealis­tas que piensan que pueden salvar el mundo? Tú eres pobre: no controlas tu tiempo, no tienes derecho a hacer lo que quieres, estás obligado a seguir reglas que no has inventado y que no comprendes...

De nuevo Mikhail interrumpe la conversación:

–¿Qué querías saber exactamente?

–Quería saber por qué has contado tu historia, si el viejo nó­mada te dijo que la olvidaras.

–Ya no es mi historia: cada vez que hablo de las cosas que he pasado, me siento como si estuviese relatando algo completa­mente ajeno a mí. Todo lo que permanece en el presente es la voz, la presencia, la importancia de cumplir la misión. No sufro por las dificultades vividas; creo que han sido ellas las que me han ayudado a ser quien soy ahora. Me siento como debe de sentirse un guerrero después de haber pasado por años de entre­namiento: no recuerda los detalles de todo lo que ha aprendido, pero sabe dar el golpe en el momento justo.

–¿Y por qué tú y la periodista veníais siempre a visitarnos?

–Para alimentarnos. Como dijo el viejo nómada de la estepa, es simplemente una historia que nos han contado, pero ésa no es la verdadera historia. La otra historia incluye los dones, los poderes, la capacidad de ir mucho más allá de aquello que co­nocemos. Aunque yo conviva con una presencia desde niño, y en algún momento de mi vida incluso haya sido capaz de verla, Esther me enseñó que no estaba solo. Me presentó a gente con dones especiales, como el de doblar tenedores con la fuerza del pensamiento o hacer cirugía con bisturís oxidados, sin anestesia, de la que el paciente es capaz de salir andando inmediatamente después de la operación.

»Yo todavía estoy aprendiendo a desarrollar mi potencial desconocido, pero necesito aliados, gente que tampoco tenga una historia, como vosotros.
Es mi turno de sentir ganas de contarles mi historia a estos desconocidos, de empezar a liberarme de mi pasado, pero ya es tarde, tengo que levantarme temprano porque el médico va a re­tirarme el collarín ortopédico mañana.

Le pregunto a Mikhail si quiere que lo lleve, me dice que no, que necesita caminar un poco, porque esta noche siente mucha nostalgia de Esther. Dejamos al grupo y nos dirigimos hasta una avenida en la que puede que encuentre un taxi.

–Creo que esa mujer tiene razón –comento–. Si cuentas una historia, ¿no te liberas de ella?

–Yo soy libré. Pero al hacerlo, tú también entiendes –ahí está el secreto– que algunas historias fueron interrumpidas en el medio. Esas historias se hacen más presentes, y mientras no ce­rramos un capítulo, no podemos pasar al siguiente.

Recuerdo que leí un texto al respecto en internet, que se me atribuía a mí (aunque yo jamás lo había escrito):
Por eso es tan importante dejar que ciertas cosas se vayan. Soltar. Desprenderse. La gente tiene que entender que nadie está jugando con cartas marcadas, a veces ganamos y a veces perde­mos. No esperes que te devuelvan algo, no esperes que reconoz­can tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor. Cerrando ciclos. No por orgullo, por incapacidad o por soberbia, sino porque simplemente aquello ya no encaja en tu vida. Cie­rra la puerta, cambia él disco, limpia la casa, sacude el polvo. Deja de ser quien eras y transfórmate en quien eres.
Pero es mejor confirmar lo que está diciendo Mikhail:

–¿Qué son «historias interrumpidas»?

–Esther no está aquí. En un determinado momento, no fue capaz de seguir adelante su proceso de vaciamiento de la infeli­cidad y permitir el regreso de la alegría. ¿Por qué? Porque su historia, como la de millones de personas, está sujeta a la ener­gía del amor. No puede evolucionar sola: o deja de amar, o espe­ra que su amado la alcance.

»En los matrimonios fracasados, cuando uno de los dos deja de caminar, el otro se ve forzado a hacer lo mismo. Y mientras espera, aparecen amantes, asociaciones benéficas, exceso de cui­dado con los hijos, trabajo excesivo, etc. Sería mucho más fá­cil hablar abiertamente sobre el tema, insistir, gritar «sigamos adelante, nos estamos muriendo de tedio, de preocupación, de miedo».

–Acabas de decirme que Esther no es capaz de llevar ade­lante su proceso de liberación de la tristeza por mi culpa.

–No he dicho eso: no creo que una persona pueda culpar a la otra, bajo ninguna circunstancia. He dicho que tiene la elec­ción de dejar de amarte o de hacer que vayas a su encuentro.

–Eso es lo que está haciendo.

–Ya lo sé. Pero, si depende de mí, sólo iremos a su encuen­tro cuando la voz lo permita.
–Ya está, el collarín ortopédico está saliendo de su vida, y espe­ro que no vuelva nunca más. Por favor, intente evitar excesos de movimiento, porque los músculos tienen que acostumbrarse otra vez a responder. Por cierto, ¿y la chica de las premoni­ciones?

–¿Qué chica? ¿Qué premoniciones?

–¿No me comentó en el hospital que alguien le había dicho que había oído una voz que decía que le iba a suceder algo?

–No es una chica. ¿Y no comentó usted también en el hos­pital que iba a informarse con respecto a la epilepsia?

–Me he puesto en contacto con un especialista. Le pregunté si conocía casos semejantes. Su repuesta me sorprendió un poco, pero déjeme recordarle otra vez que la medicina tiene sus misterios. ¿Recuerda la historia del niño que sale de casa con cinco manzanas y vuelve con dos?

–Sí: puede que las haya perdido, que las haya regalado, que le hayan costado más caras, etc. No se preocupe, sé que para nada existe una verdad absoluta. Antes de empezar, ¿Juana de Arco tenía epilepsia?

–Mi amigo la mencionó en nuestra conversación. Juana de Arco empezó a oír voces a la edad de trece años. Sus declara­ciones dicen que veía luces, lo cual es un síntoma de ataque. Se­gún una neuróloga, la Dra. Lydia Bayne, esas experiencias extá­ticas de la santa guerrera eran provocadas por lo que llamamos epilepsia musicogénica, causada por un sonido determinado: en el caso de Juana, era el de las campanas. ¿El chico ha tenido al­gún ataque estando con usted?

–Sí.

–¿Había música sonando?

–No lo recuerdo. Y aunque la hubiera habido, el ruido de los tenedores y de la conversación no nos habría dejado oír nada.

–¿Parecía tenso?

–Muy tenso.

–Ésa es otra de las razones de las crisis. El tema es más anti­guo de lo que parece: ya en Mesopotamia hay textos tremenda­mente precisos sobre lo que llamaban «la enfermedad de la caí­da», seguida de convulsiones. Nuestros ancestros pensaban que estaba provocada por la presencia de demonios que invadían el cuerpo de alguien; no fue hasta mucho más tarde que el griego Hipócrates relacionó las convulsiones con una disfunción cere­bral. Aun así, hasta hoy, las personas epilépticas todavía son víc­timas de prejuicios.

–Sin duda, cuando sucedió, me quedé horrorizado.

–Cuando me habló de la profecía, le pedí a mi amigo que centrara la búsqueda en esta área. Según él, la mayoría de los científicos están de acuerdo en que, aunque hay mucha gente conocida que ha sufrido este mal, no confiere mayores o meno­res poderes a nadie. Aun así, los famosos epilépticos acabaron haciendo que la gente viese una «aura mística» en torno a los ataques.

–Famosos epilépticos como por ejemplo...

–Napoleón, o Alejandro Magno, o Dante. He tenido que li­mitar la relación de nombres, ya que lo que le intrigaba era la profecía del chico. ¿Cómo se llama, por cierto?

–No lo conoce, y como siempre que viene a verme, en segui­da tiene otra consulta, ¿qué tal si sigue con la explicación?

–Científicos que estudian la Biblia garantizan que el apóstol Pablo era epiléptico. Se basan en que, en el camino de Damas­co, vio una luz brillante a su lado que lo tiró al suelo, lo cegó, y lo dejó incapaz de comer y de beber durante algunos días. En literatura médica, eso se considera «epilepsia del lóbulo tem­poral».

–No creo que la Iglesia esté de acuerdo.

–Creo que ni yo mismo estoy de acuerdo, pero es lo que dice la literatura médica. También hay epilépticos que desarrollan su lado autodestructivo, como fue el caso de Van Gogh: él descri­bía sus convulsiones como «tempestades interiores». En Saint–Remy, donde fue internado, uno de los enfermeros presenció un ataque.

–Por lo menos, consiguió transformar, a través de sus cua­dros, su autodestrucción en una reconstrucción del mundo.

–Hay sospechas de que Lewis Carroll escribió Alicia en el País de las Maravillas para describir sus propias experiencias con la enfermedad. El relato al principio del libro, cuando Alicia entra en un agujero negro, les resulta familiar a la mayoría de los epilépticos. En su recorrido a través del País de las Maravi­llas, Alicia ve a menudo cosas volando y siente su cuerpo muy ligero; otra descripción muy precisa de los efectos del ataque.

–Entonces, parece que los epilépticos tienen propensión al arte.

–De ninguna manera; lo que sucede es que, como los artis­tas generalmente se hacen famosos, estos temas acaban asocián­dose el uno al otro. La literatura está llena de ejemplos de escri­tores sospechosos o con diagnóstico confirmado de epilepsia: Moliere, Edgar Allan Poe, Flaubert. Dostoievski tuvo su primer ataque con nueve años, y decía que eso lo llevaba a momentos de gran paz con la vida y a momentos de gran depresión. Por fa­vor, no se impresione y no empiece a pensar que usted también puede ser víctima de eso después del accidente. No recuerdo ningún caso de epilepsia provocado por una motocicleta.

–Ya le he dicho que se trata de alguien que conozco.

–¿Realmente existe ese chico de las premoniciones o se ha inventado todo esto simplemente porque cree que se desmayó cuando se bajó de la acera?

–Al contrario: detesto saber los síntomas de las enfermeda­des. Cada vez que leo un libro de medicina, empiezo a sentir todo lo que está allí descrito.

–Le diré una cosa, pero, por favor, no me malinterprete: creo que este accidente le ha supuesto un enorme beneficio. Pa­rece más calmado, menos obsesivo. Claro, estar cerca de la muerte siempre nos ayuda a vivir mejor: fue eso lo que su mujer me dijo, cuando me dio un trozo de tela manchada de sangre que siempre llevo conmigo, aunque, como médico, esté cerca de la muerte todos los días.

–¿Le dijo ella por qué le dio esa tela?

–Utilizó palabras generosas para describir mi profesión. Me dijo que yo era capaz de combinar la técnica con la intuición, la disciplina con el amor. Me contó que un soldado, antes de mo­rir, le pidió que cogiese su camisa, la cortase en pedazos y los repartiese con las personas que intentan sinceramente mostrar el mundo tal como es. Imagino que usted, con sus libros, tam­bién tiene un trozo de esta tela.

–No.

–¿Y sabe por qué?

–Sí. O mejor dicho, lo estoy descubriendo ahora.

–Y ya que, además de su médico, también soy su amigo, ¿me permite que le dé un consejo? Si ese chico epiléptico dice que puede adivinar el futuro, es que no entiende nada de me­dicina.

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