Afligidos y consolados






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títuloAfligidos y consolados
fecha de publicación12.09.2015
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AFLIGIDOS Y CONSOLADOS

MATIAS MODERKAI, murmuraba sufrimientos mal contenidos... Su rostro tostado llevaba las huellas indiscutibles de la miseria moral, consecuencia inevitable de aquella otra miseria: la económica.
Se había arrojado a la desesperación como frágil pluma azotada por el vendaval. No tenía ningún amparo, ninguna posibilidad de paz. El abismo de la ruina, era el laberinto en el cual se arrojara como victima de muchos verdugos, victima de si mismo, que se había convertido en cruel sicario.
había luchado por sucumbir, entre tanto, muerto por la falta de alegrías, la vida se negaba a retirarse de su organismo desgastado y vencido, vegetando en esa pocilga, entre millares de vagabundos, los Am- Ha- Aretz, la odiada ralea, agitadora de la masa de las pasiones...

Pero, aquella tarde, todo había sido diferente.
Un aire suave, levemente perfumado, transportaba caricias y poesía.

El sol, lejano, doraba la cima del Herman, y “algunas rosas de Sharon” se habrían derramando su color rojo en el fondo de las grutas oscuras donde se erguían vetustos árboles, frondosos y acogedores...
Le parecía escuchar una ignota melodía en el aire: no sabia distinguir si era un sonido onomatopéyico, si un gorjeo de ángel, si una bella balada de flauta, o si era la canción de una citara tocada por los dedos suaves del amor.
Su pecho, henchido de emotividad, rompió los cristales que contenían sus lágrimas reprimidas, y se descubrió llorando. Le temblaban las manos heladas y todo su cuerpo frágil se asemejaba a una caña de bambú que, carcomido por la edad, se hacia un arco de sufrimiento.
Levanto la cabeza para quebrar la magia de ese instante, y clavo sus ojos, empañados en lágrimas, en la figura diáfana y majestuosa del Rabí...
¡Estaba tan próximo, y, sin embargo, tan lejos! Deseo gritar la felicidad de la angustia o la angustia de la felicidad inesperada, pero su voz se estrangulo en su garganta rígida.
Procuro reflexionar. No pudo hacerlo.
Las evocaciones retornaban insistentes; los días felices en Acra en la heredad de sus antecesores; la familia enriquecida por los bienes distribuidos; la lisonja y los honores gozados...
Después, le afluían, a la mente, las sorpresas; intrigas y dificultades, la indigna expropiación y la ruina. El Sanedrín se levantó contra él simulando justicia y, a través de móviles y leyes deplorables, se vio arrastrado, junto con su familia, a la indigencia...
Amigos y parientes le cerraron las puertas.
Los acontecimientos políticos lo condujeron a un amargo caos.
La esposa, falleció de vergüenza y dolor; los hijos, crecidos y educados, lo abandonaron sin ninguna explicación.

¡Solo quedaron con él, el dolor, la ofensa, el descrédito, la amargura y la aflicción!.
Todo, repentinamente.
Los poderosos disfrutaban con regocijo – él también había bebido de la copa embriagadora del éxito, y ahora sorbía el ácido y la hiel, de una cruda aflicción, igual o peor que los demás infelices, porque no estaba acostumbrado a las privaciones de las comodidades.
Se había unido a los parias- hombres probos que habían sido arrojados a la desdicha, victimas de las ambiciones ajenas-; eran la escoria de la sociedad, incrementada por otra escoria moral: ¡las rebeldía!...
Había ido a esa región, porque amaba el campo la tierra virgen.
En todo aquel periodo, no había encontrado la perla de una palabra, ni un rayo de luz por compasión.
La lepra aísla y hace perder la felicidad, pero la fraternidad en el “Valle de los inmundos” ayuda a los unos con los otros –reflexionó.

Entre tanto, en el valle de los hombres afligidos- los que padecen de la lepra económica, social y moral- la rapiña devora las esperanzas, y el despecho mina las posibilidades, arrasando cualquier ilusión...

Estaba cansado de vivir.
Impulsado por la ansiedad, empujado por manos intangibles, había seguido a varios grupos, había escalado la montaña y se había ubicado en un lugar.
Con la mente perturbada, evitaba a los demás. Había sellado sus labios desde aquellos días repugnantes, temiendo y odiando a sus pares, a todos los hombres... y sufría las aflicciones propias de esa actitud.
Aquel hombre, sufrido Rabí, lo había fascinado. Había en Él una inconfundible grandeza, y parecía un hombre común; parecía tener una fuerza oculta, y demostraba fragilidad; tenía desconocido poder, y su voz era un canto.
Le penetraba el cuerpo, aliviaba su alma.
Parecía tenerlo adentro y afuera. No sabía explicar aquello.

¿Por qué no lo había conocido antes, en los días venturosos? Se pregunto así mismo- lo hubiera amado...
no oía bien todas sus palabras que la brisa dispersaba.
Pero aguzo los oídos, y escucho, deslumbrado:
-Bienaventurados los afligidos, por que serán consolados.
Las dos miradas se encontraron: la chispa de sus ojos y el sol de los ojos de Él, incendiaron su corazón.
Todo a su alrededor desapareció ante esa visión de luz, de belleza, de aspiraciones que se renovaban. Y Matías ven Mordekai resolvió avanzar, crecer, como si fuera un dardo arrojase al infinito que quería alcanzar.
Se perdió en el tiempo, se confundió en el espacio...
Cuando el manto de la noche fulguro estrellado y el silencio se esparció en un poema de luna sobre montaña, el afligido volvió en sí.
Descendió cantando la poesía del reino de Dios que ya abundaba en el país de su vida, y se interno, consolado, en las puertas del futuro.
Todos los que aman a Jesús, sienten consuelo en sus aflicciones, pues solo usando el amor como antídoto para sus sufrimientos Él los libera de la debilidad, del miedo, del rencor, que impide afrontar la vida y sus pruebas con serenidad y firmeza

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