La acogida de pepíN: todo tiene un porqué






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fecha de publicación30.06.2015
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LA ACOGIDA DE PEPÍN: TODO TIENE UN PORQUÉ

A veces, en la vida, hay momentos en que aún teniéndolo todo: un compañero increíble, unos hijos que son buenos chicos, una situación económica cómoda… sientes que no estás a gusto. Es como si la piel te picara a pesar de llevar puesta una camisa de seda. Así me sentía yo a principios del 2012. Incómoda en mi propia piel e incisiva con mis seres más cercanos. Fue entonces cuando empecé a plantearme la idea de alejarme unos días de mi entorno para ver las cosas con algo de distancia. La ocasión surgió ante la posibilidad de realizar un tramo del camino de Santiago con un amigo, su hermano y otro conocido suyo. Estos dos últimos habían pasado por operaciones complicadas como trasplantes de pulmón y un tumor cerebral.

Durante el Camino, como todos los que en algún momento han sido peregrinos ya saben, conoces a gente maravillosa a la que acabas haciendo un hueco en tu vida.

Como decía Paco, uno de los que ya forma parte de mi mundo, el Camino siempre te habla y a mí, al hacerlo con aquellos dos perfectos desconocidos que habían sobrevivido a pruebas de vida tan duras, me habló alto y claro.

Cada paso que daba junto a estos desconocidos maravillosos compañeros, aprendía algo nuevo: el significado del tesón, el coraje, la pasión… y así empecé a sentir junto a ellos unas tremendas ganas de respirar, a tener consciencia de mis pulmones, de su capacidad. Me detenía cuando ellos lo necesitaban, miraba con sus ojos y sobre todo, sentía una inmensa alegría de estar viva. Nunca me he reído tanto como caminando a su lado.

Al regresar a casa estaba pletórica, eufórica. Yo veía que mis hijos de 20 y 17 años me miraban y pensaban: sólo ha estado 10 días caminando, no es que haya hecho un triatlón ¿Por qué se siente entonces como si hubiera realizado una proeza?.

Ese fue el viaje que emocionalmente me preparó para la gran aventura que tanto a mí, como a mi familia, la vida nos tenía deparada, aunque todavía no lo supiésemos.

Llevaba tan sólo una semana en casa cuando recibí un email de una amiga. En él Caritas solicitaba con cierta urgencia, que una familia de Bilbao se hiciese responsable de la acogida de un niño de Malabo, el cual iba a ser intervenido de corazón. Mi amiga lo único que me pedía era que difundiera el email entre mis conocidos para aumentar así las posibilidades de localizar a dicha familia cuanto antes.

Leí el correo. Volví a leerlo una segunda vez prestándole ya más atención. Me detuve a ver la foto del niño, cogí el teléfono y marqué el número de mi marido. Le leí el correo y le dije: ¿No podríamos ser nosotros esa familia que andan buscando? Y sin más me respondió: Me parece bien, siempre y cuando seas consciente de que va a ser la mayor parte de tu tiempo el que vas a hipotecar, ya que a mí mi trabajo no me deja mucho margen de maniobra y nuestros hijos son dos adolescentes con pocas ganas de aceptar, ahora que llega el verano, responsabilidades.

Por la noche, durante la cena, les comentamos lo que habíamos decidido y lo más increíble fue que no pusieron ni un pero ni se sorprendieron. Fue como si supieran, o dieran por sentado, que algo así tarde o temprano iba a suceder y al parecer había llegado ya el momento.

CUANDO PEPÍN LLEGÓ A NUESTRAS VIDAS

Me desperté nerviosa la mañana del 22 de junio. Llevábamos 6 semanas esperándole. Había hablado una vez con él vía skype gracias a la teresiana que era además su madrina y quien había tramitado todo el papeleo.

Al conectarnos Encarna hizo las presentaciones. La voz de Pepín era grave, ronca, profunda, casi cortante, como de un pequeño soldado. No se correspondía para nada con aquel cuerpo delgado y como desproporcionado, de manos y pies enormes que aparecían en la pantalla del ordenador.

El día de su llegada amaneció precioso, limpio, listo para ser estrenado.

Llegamos al aeropuerto mi marido, mi hijo mayor y yo a las 7.30 horas y sólo media hora más tarde salía él acompañado de la azafata. Venia de Málaga donde había pasado unos días con la teresiana (quien estaba de vacaciones en su tierra) para poder enseñarle las cosas básicas: uso del retrete, ducha, la cama….

Según me vio se lanzó a mis brazos en una escena que nos imaginamos había sido indicada por la teresiana, quien a lo largo de los 12 años de la vida de Pepín ha sido quien ha velado por él.

Su sonrisa era amplia y mostraba una dentadura blanquísima que destacaba sobre su piel oscura, color chocolate.

Se notaba que estaba algo nervioso porque sus movimientos eran rápidos. Sus ojos brillaban con la luz de quien sabe que ante si va a dar comienzo una gran aventura.

Una vez en el coche Antón puso la radio para hacer frente a un posible incómodo silencio. ¡Qué ilusos! Con total naturalidad empezó a bailotear al son de la música a la vez que nos bombardeaba con un montón de preguntas: ¿Esta carretera hasta donde llega? ¿Dónde están las fábricas? ¿De que vivís aquí? ¿Dónde trabaja la gente? ¿Aquí hay mar? ¿Y montañas? Los tres nos miramos totalmente alucinados.

En realidad nosotros esperábamos la llegada de un niño tímido, asustado, introvertido, a quien lo desconocido le aturdiera. Sin embargo ante nosotros estaba ya el Pepín que iba a alegrar con su alborozo nuestras vidas los siguientes meses. El Pepín enclenque, pero seguro de sí mismo y optimista que acababa de “acogernos” de una forma tan rotundamente natural que no pudo por menos que desconcertarnos.

Un niño, que al contrario de lo que la gente de nuestro entorno nos decía, no iba a poner nuestro mundo patas arriba, sino que iba a lograr anclar nuestra familia con más fuerza en los valores que la sustentaban, haciéndonos ver todo aquello que nos rodea con otros ojos, con una mirada nueva cargada de ilusión, sorpresa y pasión. Sin un atisbo de miedo ante lo diferente y desconocido.

Encarna nos había explicado cuáles eran sus condiciones de vida en Malabo: huérfano de madre desde los 9 años, el padre les había abandonado. Tenía otros 4 hermanos y sólo él y el pequeño vivían con la abuela, una mujer problemática. Sufría una cardiopatía congénita y necesitaba ser intervenido de Tetralogía de fallot. Llevaba una vida difícil en un barrio aún más difícil, donde los niños hacen “estajos” (trabajos diversos) para conseguir algo de dinero y así cooperar en su propia subsistencia.

Resultaba complicado creer que ese niño de mirada espabilada, que actuaba mientras desayunábamos como si acabara de llegar de un barrio cualquiera de España, fuera el mismo que apenas unos días atrás había abandonado una chabola de un barrio marginal de Malabo : Campo Yaundé.

Imitaba cada uno de nuestros gestos. La forma de sentarnos a la mesa, de echarnos el azúcar, de usar la servilleta. Estaba claro que era un gran observador y que lo último que deseaba era desentonar. No quería dar pena, tan solo mimetizarse y ser uno más. Así lo entendimos los cuatro y desde ese momento comprendimos que esa sería la pauta que marcaría de entonces en adelante nuestra convivencia. Ahora en casa éramos cinco, y ya está, no había que darle más vueltas.

Cuando terminó de desayunar miró a mis hijos e hizo lo que ellos, dejar todo en el fregadero.

No mostró aquel día ningún interés por los electrodomésticos. Se limitaba a ver qué uso les dábamos sin hacer ninguna pregunta. Tampoco hizo ningún comentario sobre las escaleras mecánicas en el centro comercial al que fuimos por la tarde para comprarle algo de ropa. Su táctica era mirar e imitar.

CUANDO DOS MUNDOS CHOCAN

La alegría y el buen conformar de la primera semana comenzó a tornarse en una leve pero a la vez constante exigencia de Pepín hacia mí. Eran pequeños detalles, el “quiero otro helado”, “llévame tu la mochila”, “no quiero irme a la cama”, “pon la tele que quiero ver ahora dibujos”. Así escritas, quizás no parezcan frases importantes, pero su voz sonaba exigente, casi imperativa, dominante.

Me di cuenta de que lo que él veía cuando me miraba era una mujer dedicada en cuerpo y alma 24 horas al día, durante ya una semana, a cuidarle y que empezaba a considerar que esa era mi obligación: complacerle, mimarle porque, aunque aún no sabía bien el motivo, él era importante para mí y por lo tanto debía aprovecharse de esa situación, dominar e imponerse.

Una mañana, volviendo de la playa, la forma en que me dijo “llévame tú la mochila” no me gustó nada. De haber sido mi hijo, le hubiera castigado pero….no lo era y me sentí desconcertada. Sin embargo algo muy dentro de mi me decía “frénale, frénale o se te escapará la situación de las manos”. Así que le respondí con voz y mirada firme: no, cada uno debe llevar la suya.

En cuanto llegamos a casa le llamé a Encarna y le comenté que estaba empezando a sentirme, ante determinados comportamientos del chaval, confusa y perdida y que necesitaba que ella me diera su opinión al respecto. La respuesta me llegó clara desde el otro lado del teléfono: “Actúa como lo harías si fuera uno de tus hijos. Utiliza el sentido común y no te dejes llevar nunca por un sentimiento de pena mal entendido o jugará contigo. Está tratando de saber dónde están tus límites, hasta dónde puede llegar. Piensa que tu actitud cariñosa y servicial le tiene a él también totalmente descolocado”.

Luego me pidió que se pusiera él al teléfono y oí como le decía cosas muy duras. Le hablaba como si tuviera 18 años. Le recordó de donde venía y el para qué. Cómo lo que estaba en juego era su vida. El esfuerzo que había supuesto hacer todos los trámites. El acto de amor que mi familia estaba haciendo al acogerle en nuestras vidas y cómo su comportamiento no sólo era indigno sino que además podría cerrar las puertas a otros niños en sus mismas circunstancias. Le invitó a que se tomara unas horas y reflexionara sobre lo que habían hablado y que después le escribiera un correo electrónico diciéndole que es lo que quería para su futuro más próximo y consecuentemente cual iba a ser su actitud.

Tras una tarde, en la que el silencio se impuso entre nosotros, justo antes de cenar nos dijo que había escrito una carta y que necesitaba que le ayudáramos a mandarla por el ordenador. Dicha carta decía:” Encarna ya lo he pensado. Quiero quedarme aquí, operarme y curarme. Prometo no volver a comportarme como un abusador y respetar las normas de esta casa”

ESPERANDO A QUE NOS LLAMASEN PARA SER INTERVENIDO SE PASO EL VERANO

El verano fue diferente, en todos los sentidos, a los anteriores. El ritmo de nuestras vidas cambió con Pepín, pues éste requería unas obligaciones que nuestros hijos adolescentes ya no nos imponían. No conocía a nadie. Su mundo empezaba y se acababa con nosotros, así que decidí ampliárselo en la medida en que fuera posible. Para ello le apunté, tan sólo diez días después de su llegada, a una ludoteca de verano donde podría relacionarse con otros niños, a la vez que a mí me daba un respiro.

Desde el primer momento conectó con todo el mundo de maravilla. Todas las mañanas se levantaba ilusionado ante la idea de ir a jugar. Le resultaba increíble que el trabajo de unos adultos consistiera en hacérselo pasar bien a un montón de chavales. Él tan sólo tenía que divertirse y éso le maravillaba.

Las tardes las dedicábamos a ir a la playa, a la piscina o a pasear. Era un tiempo salpicado por constantes y variopintas preguntas: ¿Por qué ahora el agua sube y la playa es más pequeña? ¿Por qué cuando los blancos van a África su piel se oscurece y la mía no se aclara al venir aquí? ¿Quién inventó la lavadora? ¿Qué haces con la comida que metes en el congelador y se hace hielo? ¿Por qué cuando cocinas no sale fuego? ¿Por qué aquí todos los niños tienen bicis y patinetes? ¿Por qué no vemos pobres por las calles, dónde están? ¿Tú has comido perro? No, yo no y ¿tú? Yo tampoco. ¿Y gato, tú has comido gato? No. Pues yo tampoco. ¿Nadie come esos patos que están en el rio? No. ¿Y esas palomas? Tampoco. ¿Por qué, si son comida?

Su forma de hablar (voz gruesa, grave cavernosa) sonaba brusca, tajante, a veces casi como maleducada sin pretenderlo. Nos costó mucho acostumbrarnos a ese modo suyo de hablar tan seco.

¿Por que me mira ese niño? No me gusta que lo haga. Ya, pero eres un niño negro y no está acostumbrado a ver niños negros, le contestábamos. A lo que respondía con un: Yo no soy negro, soy marrón ¿es que no ves la diferencia? Mira, ves, ése que está vendiendo bolsos ése si es negro, fíjate bien, seguro que es de Mali o de Senegal pero yo soy marrón.

El color de su piel le traía a mal traer. No era algo de lo que se sintiera orgulloso. Lo relacionaba con pobreza, incultura, mala vida e incluso estéticamente no le gustaba. Ser blanco facilitaba todo mucho para él.

Un día al volver uno de mis hijos de la playa encantado de lo moreno que ya estaba le preguntó: Álvaro, no entiendo nada, ¿para qué quieres estar moreno? A mí me encantaría ser blanco o al menos mulato y tener el pelo liso como tú y no estos alambres que tengo yo.

El primer día que llegó a casa se me ocurrió que podía ser una buena idea comprar un mapa del mundo y colgarlo en el comedor, para poder así ir comentándole las noticias y ayudarle a que se situara bien. Jamás pensé que sería así, a través de la curiosidad inagotable de un niño Africano de 12 años, como mis hijos por fin acabarían mostrando interés por la geografía física y política. Con Pepín todo había que situarlo en el mapa y por supuesto contextualizarlo.

Si aparecía un oso polar de Alaska, un arrozal vietnamita, el Cañón del Colorado, Afganistán, Venecia……al mapa, inmediatamente iba al mapa. (Entre las cosas que se llevó a su vuelta a Malabo estaba por supuesto el mapa).

Cuando estábamos delante del televisor se sorprendía constantemente de lo grande que era el mundo. Allí, en Malabo, había visto la televisión en casa de un tío suyo, pero normalmente eran películas. Los informativos y documentales verlos con él era toda una proeza. Al principio no conseguía distinguir si lo que veía sobre la guerra de Siria era una película o estaba sucediendo de verdad, lo mismo con los conflictos entre palestinos y judíos, el tsunami que asoló este verano las costas de EEUU etc. Hubo que explicarle que algunas películas eran ficción, que otras estaban basadas en hechos reales y que las imágenes que aparecían en los informativos por desgracia, también lo eran. Lo que ya no le entraba en la cabeza era la ciencia ficción, le parecía una total estupidez.

En seguida pasó de querer ver dibujos animados, cuyo argumento le resultaba fácil de entender, a ver películas de acción como Misión imposible o las del agente 007. Películas cuya grabación había que detener constantemente para explicarle donde ocurrían los hechos. Por ejemplo, si la acción comenzaba a desarrollarse en Arabia Saudí, irremediablemente te pedía que le explicases como vivía la gente allí, si eran pobres o ricos, quien era el que mandaba, que lengua hablaban, que religión profesaban, cuáles eran sus costumbres, como vestían, cuál era el color de su piel, qué comían etc. De ahí el héroe viajaba a Rusia y de nuevo comenzaba el interrogatorio.

Realmente era agotador, pero al mismo tiempo tremendamente estimulante desde el punto de vista pedagógico. Le interesaba el mundo y quienes lo habitaban. Quería entenderlo.

A mis hijos de siempre les ha gustado escuchar música pero a él le rechiflaba. Oírle cantar desafinado bajo la ducha resultaba desternillante. No conseguimos hacerle comprender que Dios no le había dado ese don, el se escuchaba genial y estaba convencido de que el problema lo teníamos nosotros. Otra cosa muy distinta era verle bailar a todas horas por la casa. Su cuerpo se movía en cuanto escuchaba unos acordes. La cara se le iluminaba de satisfacción y la alegría le recorría el cuerpo irradiando pasión por la vida. Derrochaba tanto estilo y desparpajo, que en las fiestas del pueblo fue elegido por unanimidad absoluta Míster.

Al poco de llegar Pepín, mi marido se acordó de que en el camarote teníamos un patinete que había sido de nuestros hijos y cuando se lo bajamos le encantó, porque le permitía desplazarse con rapidez sin apenas suponerle esfuerzo. En cuanto lo controló nos preguntó si era muy difícil aprender a andar en bici. Por lo que aprovechando que nos íbamos a pasar las vacaciones a una casita que tenemos en un pueblo pequeño de Santander, mi hijo el mayor le enseñó a andar. Tardó exactamente poco más de media hora. Su deseo de aprender era tan grande que ese fue el tiempo que le llevó lograr deslizarse sobre dos ruedas, ante el asombro de todos. De hecho, como no dábamos crédito a su hazaña, le preguntamos a la teresiana si no sabría ya de antes, a lo que contestó que era del todo imposible.

Para él, el desplazarse con la bici fue lo más parecido a alcanzar la sensación de libertad. Su enfermedad lógicamente le ponía unos límites. No podía subir cuestas, solamente podía andar sobre llano, pero aquella sensación de velocidad le parecía increíble, alucinante, flipante, muy guay en palabras suyas.

El verano transcurrió entre bicis, piscina, playas, barbacoas y pequeñas excursiones que despertaban en él auténtica expectación.

Una de esas excursiones la realizamos al parque natural de Cabárceno, donde permanecimos 8 horas porque había que ver todos los animales, ya que como él nos dijo, se trataba de una oportunidad única y tenía que aprovecharla. Ver ese parque a través de sus ojos puedo asegurar que no tiene nada que ver con visitarlo con cualquier otro niño, incluidos nuestro hijos. Todo reclamaba su atención. En su mirada la sorpresa y la incredulidad lo llenaban todo.

Justo cuando ya nos íbamos del parque, nos acercamos a un recinto acristalado donde algunos de los gorilas se encuentran descansando. Uno de ellos se acercó a nosotros y se colocó frente a frente de Pepín, quien se encontraba en cuclillas, con esa facilidad que tenia él para adoptar esa postura. Entre ambos solo mediaba el cristal. El gorila cogió una rama y comenzó a limpiarse los dientes con parsimonia y sin dejar de mirarle fijamente a Pepín, quien le sostenía la mirada totalmente absorto. El gorila sacó la lengua y Pepín se la sacó también. Se sostenían la mirada escrutándose el uno al otro con enorme interés y de pronto Pepín nos miró y dijo: ama pues va a ser verdad eso que dicen de que venimos del mono, porque éste se parece un montón a un viejo de mi barrio. La gente, que entorno a nosotros se había detenido a observar la escena, no pudo evitar una carcajada.

A Pepín le maravillaban las grandes construcciones, ya fueran éstas puentes, diques, autopistas o edificios. Sentía un gran respeto y admiración por quienes eran capaces de diseñar y construir semejantes estructuras. Fue ese uno de los motivos por los que decidimos llevarle a ver el Museo Guggenheim. Ante semejante edificio no pudo por menos que abrir sus enormes ojos. Dimos varias vueltas al mismo, despacio, con paciencia, recreándose y, una vez dentro su impresión fue de incredulidad ante aquellos pilares y bóvedas. Nos sentíamos alagados por su interés, el cual desapareció en cuanto empezamos a recorrer las salas y a ver las exposiciones. Entonces nos miró y dijo: No entiendo quien les ha dejado colgar esos cuadros tan mal pintados en las paredes. Algunos además están sin terminar. Son una porquería, no me gustan nada y ¿a vosotros? Tampoco hijo, tampoco.

EL DIA A DIA

A la espera de que nos llamasen para su intervención le escolarizamos en el modelo B (castellano y euskera) puesto que no teníamos otra opción. Yo estaba preocupada porque se aburriera en clase y se desmotivara, sin embargo nunca quiso faltar a clase y siempre me decía que aquello no era duro, que duro era tener que trabajar y estudiar. Sus cuadernos siempre estaban limpios y cumplió con los deberes todos los días, incluidos aquellos en los que estuvo recuperándose en casa tras la operación.

Le gustaba el orden y la limpieza. Doblaba su ropa como si hubiese trabajado en Zara. Le encantaba que las cosas estuvieran en su sitio y era muy cuidadoso. Todos los sábados reordenaba sus cajones y baldas y todo lo tenía guardado en cajas.

No soportaba que tirásemos la comida, aunque se tratase solamente de un cazo de lentejas, así que le engañábamos diciéndole que lo habíamos comido alguno de nosotros. De la pizza se tenía que comer todo. Bordes incluidos. Nunca se servía más de lo que creyera que iba a poder comer y si al final se daba cuenta de que no había calculado bien, hacia lo imposible por terminárselo.

Un plan apetecible podía ser ponerse un delantal y ayudarme a cocinar. Le fascinaba el hecho de abrir el frigorífico y elegir los alimentos, abrir el armario y escoger entre las cazuelas y sartenes las que íbamos a utilizar. Era como estar en un restaurante, había de todo. Mientras cocinábamos me contaba cosas sobre las comidas típicas de Malabo o de Senegal.

Este quehacer, que para mí era y es tedioso, con él se transformaba en un momento de relajo y placer. Me hacía sentir muy consciente de lo lleno que estaba el frigorífico y el despensero, de lo fácil que era abrir el grifo, encender la placa de inducción o el horno. Mil pequeños detalles en los que antes nunca había reparado.

Algo que no le agradaba era estar sólo, de manera que prefería ver en la televisión algo que no le gustara pero acompañado, a elegir su programa y verlo sólo en otra habitación. Para él la televisión y lo que veía en ella tenía sentido si se trataba de una actividad familiar. Hacer preguntas, comentar lo que se veía, reírse junto a otro, opinar, es decir, disfrutar de la compañía. Como solía decir, imitando a mi marido cuando se sentaba en el sofá con una coca cola delante del televisor: “esto es vida y lo demás son tonterías”.

Nunca mostró interés por aprender a jugar a las maquinitas o a la play. Prefería el parchís, el dominó, las cartas, juegos que implicaran a más gente.

La pantalla del cine le atrapaba. Entre las películas que le llevamos a ver estaba la titulada “Lo imposible”. Visionándola se dio cuenta de que la gente lloraba y al no entender el porqué le expliqué que estaba basada en hechos reales. Que todo aquello había sucedido, que había muerto mucha gente, muchos padres habían perdido a sus hijos y al revés. Me miró y me dijo: bueno, pero la vida es así, la gente se muere todos los días, lo que yo no sabía es que la naturaleza es tan fuerte y puede hacer esas cosas.

Sorprendida ante el hecho de que lo que le llamase la atención no fuese el sufrimiento humano, sino lo devastadora que puede llegar a ser la naturaleza, me animé a sacar el tema de la muerte de su madre, la cual había tenido lugar hacia ya tres años. Bueno, le comenté, cuando tu madre se murió tú también llorarías. Sí, me contestó, lloré mucho, pero eso ya pasó y no es bueno pensar en ello porque no sirve de nada.

Esa es su teoría. Esto es lo que hay, estas son las cartas que me han tocado, si me salen buenas las aprovecho y si me salen malas tiro para adelante como pueda y sin quejarme. Vivir es una obligación. La vida es dura por eso los buenos momentos hay que vivirlos con intensidad y estar siempre en el aquí y en el ahora. Esto último sí que me tenía total y absolutamente maravillada. Él lo hacía de forma mecánica. Según mi marido, pura supervivencia. ¡Yo me lo tengo que repetir como un mantra todos los días!

LA OPERACIÓN

Algo que no entendía bien era el funcionamiento de un hospital. Allí le iban a operar, bien y luego ¿Quien le iba a dejar una cama? ¿Teníamos que llevarla nosotros de casa? ¿Y las sábanas y las toallas? ¿Quién le haría la comida, los médicos? ¿Un hospital era también un hotel? ¿Quién pagaba todo eso tan caro? ¿De dónde salía el dinero para cuidar a tanta gente? ¿Me va a doler cuando me operen? ¿Qué es la anestesia? Te duermen para que no te enteres. Ya pero si estoy dormido y me pegas un puñetazo yo si me entero ama. Empezó a llamarme así, ama, en el pueblo de veraneo, al oír al resto de los niños de la urbanización. “Luego viene mi padre”, “mi ama ha hecho macarrones para comer” “mis hermanos se han ido a la playa”, le oía comentar desde el jardín con cierto orgullo él y con una sonrisa en la boca yo.

A partir de octubre empezó a encontrarse mal con más frecuencia. Estaba cansado, fatigado, con dolor de cabeza y ligeros mareos. Tuvimos que acudir en dos ocasiones a urgencias. Para él seguir el ritmo en clase y en el patio le suponía un problema. Ya esperaba y esperábamos con cierta ansiedad que nos llamaran, que llegara nuestro turno en la lista de espera y por fin llegó el día. El 15 de noviembre a las 8.30 entró en el quirófano, no antes sin recordarme que les dijera a los médicos que solo le quitaran la parte de arriba del pijama, porque era del corazón de lo que le iban a operar y no era por tanto necesario quitarle el pantalón, y de ser necesario, yo debía asegurarme de que en ningún momento le quitaran los calzoncillos. No le pareció bien que no nos dejaran entrar en el quirófano siendo nosotros sus padres. Entró con cierto temor en los ojos pero como un campeón.

Fue una mañana eterna. Tantas horas de espera con mi mano en la de Antón y las lágrimas escapándosenos en silencio. Luego cuatro horas más tarde llegó el cirujano intentando explicarnos todo el procedimiento (operación a corazón abierto extracorpórea…….) y nosotros con los cinco sentidos intentando retener toda la información. Otra hora más tarde él saliendo del quirófano, una pequeña cara morena entre las sabanas blancas, rodeado de cinco o seis persona camino de la UCI. Dios mío, que tremendo verle conectado a tanto tubo y tanta máquina. Nos miraba asustado mientras se le escapaban unas lágrimas y gotas de sangre por la nariz. Su mirada nos rompía. Permanecimos dándole la mano.

Luego vino la UCI, la sexta planta, la quinta planta. Ahí estuvimos una semana, solo una semana porque su recuperación fue milagrosamente rápida. Sin embargo en esa semana nos hicimos conscientes de la cantidad de gente que cada día se enfrenta a grandes problemas con una serenidad increíble. No parábamos de encontrarnos con héroes anónimos, niños sin pelo, padres que pese a todo no dejaban de sonreír. Gente de la organización Tierra de hombres que trae niños de África para ser operados. Cuanta fuerza y coraje y cuantas personas que cada día se enfrentan a grandes retos sin desmoralizarse.

PEPIN SE RECUPERA: ALGUNOS CORREOS QUE ENVIE A AMIGOS

  • “Estoy cansada. Pasamos todos los días juntos, parecemos uno la sombra del otro. He organizado las horas del día entre estudio y ocio. He ido a hablar con el colegio. Necesito que no pierda el ritmo. Cuando vuelva a Malabo tendrá que terminar sexto si quiero meterle en un internado y sacarle de ese barrio. La educación es el camino que le llevará lejos de la pobreza, lo tengo claro y a él no dejo de repetírselo.”

  • “Es increíble, no hace diez días que le han operado y ya le pregunta al cardiólogo cuando podrá correr, montar en bici, ir al parque infantil de Navidad. Le dicen pronto, ten paciencia, pero él dice que no tiene tiempo que perder, que pronto se irá y aún tiene muchas cosas que hacer como participar en la actuación de Navidad del cole”

  • “No te lo vas a creer. Estábamos el otro día en la consulta y le dice el cardiólogo: que Pepín ¿no vas tú muy fresco para el frio que hace hoy? A lo que le contesta “no porque yo soy de Bilbao”. El médico se echa a reír y le dice, “aquí pone que eres de Malabo”,” ya pero mi padre dice que los de Bilbao nacemos donde queremos”. ¡Es que tiene unas salidas que son para morirte!”

  • “El 15 de Diciembre -le operaron el 15 de Noviembre- ya corre, juega al futbol, va en bici, monta en las barracas. Está eufórico, no se cansa, juega en el patio del colegio, en la plaza del pueblo, no desaprovecha ni un momento, ni un segundo para VIVIR porque como él dice, ya le tocará luego aguantar cuando vuelva a Malabo esa otra mala vida”.

PEPIN VUELVE A MALABO

  • “Hola Javi, para él las Navidades han sido unos días maravillosos, mágicos. Todo eran luces, parques infantiles, árboles de navidad, Belenes, reuniones familiares, participar en la cabalgata de los Reyes Magos, jugar y divertirse como nunca. Ahora ando preparando su partida. Se va el lunes 14. Lo llevamos a Madrid, donde hemos quedado con una señora que va de voluntaria con las Teresianas y que viajará con él. No solo tengo que preparar sus cosas sino que mentalmente tengo que prepararle a él. Es duro, durísimo hacerlo. NO sé de donde saco las fuerzas, ni las palabras, ni el temple. Lo cierto es que no lo sé, aunque quizás Dios esté detrás de todo esto. Rezo mucho porque sé que me escucha, lo sé, lo siento, y por eso me alegro de que Pepín esté en mi vida, porque con él la Fe me ha llegado renovada, con más fuerzas, sin embargo reza tú también por nosotros, lo necesitamos”.



  • “Hola Paco te va a hacer gracia cuando lo leas. El domingo por la noche Pepín para despedirse nos dio las gracias personalmente. A Álvaro por haber compartido su habitación con él, a Alex por enseñarle a andar en bici y llevarle al futbol y al cine, a Antón por trabajar tan duro para que no nos faltase de nada y a mí por cuidarle y ayudarle en sus estudios. Después brindamos. Estábamos muy emocionados y de repente nos mira y nos dice: ahora os toca decirme a mí algo bonito porque yo también habré hecho cosas. Nos entró la risa, pero vimos que iba en serio, así que Álvaro le dio las gracias por haberle hecho reír tanto, Alex porque siempre le daba abrazos de energía para que tuviera fuerzas y estudiara, Antón por haber sido tan obediente y educado y yo por lo cariñoso y responsable que era. Esto supuso otro brindis. ¿Qué te parece? ¿Es o no es un crack?”



  • “Ayer fuimos a Madrid a dejar a Pepín. Fue durísimo dejarle partir. La vuelta fue muy triste. En el asiento de atrás estaba su anorak rojo y su gorro de lana. Ahora estoy bien porque me llamó Encarna desde Guinea esta mañana y me puso las pilas. Me ha dado 24 horas para llorar y el plazo termina mañana a las 8 de la mañana. No lo puedo cumplir aunque se lo he prometido.

El niño llegó bien, nervioso pero bien. Dice que está muy cambiado no solo físicamente sino personalmente, muy cariñoso y con más aplomo y que eso ha sido trabajo nuestro, no de los médicos.

Me escribió Ana, la que le acompañaba en el viaje para decirme que al irnos se le escaparon unas lágrimas pero que no se derrumbó en ningún momento. Es un bubi y los bubis no lloran, son fuertes y valientes. Yo no soy bubi. La casa está en silencio. El telediario lo oímos como si estuviéramos en misa. No paro de llorar, se que tiene que ser así, que estos días son de recogimiento, pero no te haces ni una idea de lo que me duele el corazón.”


  • “Ya está en su barrio, entre su gente, con los suyos. Hablamos todos los domingos con él. Nos añora pero al mismo tiempo asume que esa es su vida, que el tiempo de la protección se ha acabado. Ahora tiene que volver a ser autónomo, independiente. Volver a cuidar de sí mismo y de su hermano pequeño. Ya no estamos Antón y yo para resolver y solucionar sus problemas. El tiene que ser responsable de sí mismo. Su obligación es vivir esa mala vida que le ha tocado, y llorar no cambiará las cosas como él nos dice. Sabe que la salida es aprobar este curso para entrar en septiembre al internado. Allí estará lejos del polvo y de los mosquitos. Tendrá una cama, comida y posibilidades de formarse. Ahora su destino está en sus manos. Está sano, cuenta con un apoyo económico que le permitirá el acceso a la educación y por lo tanto facilitará su futura incorporación a un mercado laboral cuando sea adulto. El decidirá si aprovecha esta oportunidad o la deja pasar. Nosotros solo podemos semana tras semana recordarle que seguimos queriéndole y que forma parte de nosotros. De ese amor tendrá que sacar la fortaleza para continuar.”

LO QUE HEMOS APRENDIDO CON ÉL

No quiero hablar de cuáles son sus condiciones de vida en Campo Yaundé, porque sólo hay que teclear el nombre de este barrio en Google para obtener información. Pero si quiero recordar una verdad : somos pocos los que tenemos mucho y muchos los que no tienen nada y aún así somos capaces de dormir y de vivir como si ese fuera el orden natural de las cosas y no lo es.

Todos, en una medida u otra, en un momento u otro, tenemos nuestros propios problemas a los que hacer frente. Es cierto. Esto también es una verdad diaria, pero también lo es que en esta aventura hemos ido encontrando mucha gente que en silencio y desde el anonimato nos han ayudado: la dentista que le arregla la boca sin cobrarnos, los conocidos que nos dan ropa, las profesoras que tienen paciencia, los compañeros que le acogen como uno más, las madres que le invitan a comer o a dormir para que nosotros salgamos un rato, la familia y amigos que hicieron turnos en el hospital….

Me tranquiliza mucho saber que pese a las noticias que diariamente nos bombardean, cada día hay gente que se levanta para trabajar discretamente sin hacer ruido por su prójimo. Como esas maravillosas Teresianas, la gente de Caritas, Cruz Roja, Tierra de hombres, las hermanas del Colegio madre del Divino Pastor….personas que nos han hecho comprender que si este mundo no se va por la taza del váter es porque ellos lo impiden.

Cuando la gente nos dice que valoran mucho lo generosos que hemos sido con Pepín, lo cierto es que no sabemos qué contestar. Calibrar nuestra dedicación nos resulta imposible por lo gratificante y vivificador que ha resultado tenerle a nuestro lado. Ha sido una experiencia maravillosa a todos los niveles. Esa es LA GRAN VERDAD.

Por otra parte, el máster que han hecho nuestros hijos en integración y cooperación, no lo ofrece ninguna Universidad. Ahora miran el mundo que les rodea de otra forma, con más interés. Un negro no es un negro, un negro es Pepín. Un anuncio de Unicef no muestra para ellos caras desconocidas, detrás de esos rostros están Pepín y sus hermanos. África es un continente que no les es ajeno. Lo que allí sucede les confiere, les importa y les duele.

Haberles visto jugar, discutir o abrazarse a los tres en total y absoluta hermandad no tiene precio.

Claro que nos acostábamos cansados. Por supuesto que la operación y recuperación fue preocupante y angustiosa, pero curiosamente de aquellas noches en el hospital, lo que mejor recuerdo es como se quedaba dormido con su mano en la mía después de haber hablado hasta la saciedad sobre lo divino y lo humano.

El que mis hijos hayan mostrado una preocupación y afecto tal por Pepín me llena de orgullo, al igual que el hecho de que estando él en la UCI me preguntara por cómo les habían salido a mis hijos los exámenes. ¡Él que estaba lleno de tubos!

Y si un día, a la vuelta del cole, llega sudado porque ha corrido en el patio jugando al futbol y emocionado porque ha metido dos goles, pues la verdad es que el cansancio desaparece y sólo sientes ganas de abrazarlo y comértelo a besos mientras te sientes la mujer más afortunada del mundo.

LECCIONES SENCILLAS Y FÁCILES DE RECORDAR

  • Si tú mismo no te quieres difícilmente conseguirás que los demás te quieran

  • Para ser feliz lo importante es el enfoque que demos a las cosas y no tanto las cosas en sí mismas.

  • No tiene sentido sentir vergüenza ni miedo a hacer el ridículo por cosas tan tontas como disfrazarte, cantar o bailar, si el objetivo es pasártelo bien y que los demás se diviertan.

  • Siempre hay que tener un propósito a corto plazo en esta vida que te ilusione: ver una película, celebrar un cumple, un paseo en bici, un día en la piscina, ir al Telepizza….

  • Todos podemos ser valientes si decidimos que queremos serlo.

  • Tu autoestima debe depender de ti mismo, nunca de la opinión de los demás.

  • La vida está para vivirla y el victimismo no sirve de nada.

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