Biografía y Entrevista a Andre Gorz






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títuloBiografía y Entrevista a Andre Gorz
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fecha de publicación10.07.2015
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Cuando usted pide formas sociales de control de los mercados ¿quiere decir que ha abandonado la idea de un sector público planificado, que propuso en el pasado, al menos para la producción de bienes de consumo necesario?
En la década de los sesenta la moda era planear. En la actualidad todas las formas de planificación y propiedad pública están condenadas, tanto en Oriente como en Occidente. Actualmente el "mercado" está de moda y se supone que proporcione las regulaciones y ajustes necesarios en una forma ideal. Esto no necesariamente se cumple. Una economía completa no puede prescindir de ciertas formas de planeación. Y ésta no es incompatible con - la existencia de mercados o con las formas más variadas de propiedad, ya sean públicas, privadas, cooperativas o municipales. Si usted depende tan sólo de la iniciativa privada en el mercado se verá en callejones sin salida, pues ninguna empresa puede darse el lujo de no planificar su amortización, inversiones, necesidades laborales, adquisiciones de materias primas y componentes por un plazo de varios años en el futuro, y coordinar sus planes con industrias que se encuentren más arriba de la línea y con las autoridades públicas. Y es obvio que lo mismo sucede con los servicios públicos. A esto se le denomina organización del mercado, y en realidad, es un ejemplo de autoorganización corporativista. De lo que estoy hablando es de un "plan de mercado". En realidad, el asunto no es si debe haber o no planificación, sino quién la efectúa y por el interés de quiénes. La falla económica de los países de Europa Central y Oriental se debió no al principio de planificación sino a las condiciones y los métodos utilizados. Éstos impidieron a las empresas no sólo competir sino incluso saber cuáles eran sus costos, y por lo tanto fueron un obstáculo para la adopción de un comportamiento económicamente racional. Además, en vez de controlar la operación de la economía para hacer que fuera útil a la sociedad, forzaron a ésta para que sirviera en la formación de un aparato económico. El resultado fue una no sociedad y una no economía, lo opuesto por completo al socialismo. Sin embargo, lo importante es que resulta bastante posible planear y controlar socialmente el ajuste de la oferta y la demanda sin suprimir la competencia entre empresas ni el conocimiento de los costos.
El énfasis que pone en la reducción de las horas de trabajo puede resultar sorprendente cuando vemos más de cerca las transformaciones que han traído los cambios tecnológicos en las condiciones y relaciones laborales. ¿La reacción alérgica al trabajo y la negativa a trabajar, que se difundieron mucho a principios de la década de los setenta, no se debieron al carácter repetitivo de los trabajos tipo Taylor? ¿La producción capital no está utilizando cada vez más lo que Sabel y Piore denominan "especialización flexible" en unidades de producción altamente computarizadas en las cuales los antiguos trabajadores semicalificados han dejado su lugar a equipos de operadores de habilidades múltiples que tienen alto entrenamiento, disfrutan de un elevado grado de autonomía y son más semejantes a trabajadores artesanales que los trabajadores semicalificados del estilo antiguo? ¿Usted no subestima la recapacitación de trabajadores, el renacimiento del genuino trabajo artesanal como un resultado de la computarización?
Siempre ha habido dos tendencias dentro del movimiento laboral: la glorificación del trabajo y la aspiración a trabajar menos. Quiénes ensalzaban el trabajo eran, en su mayor parte, trabajadores calificados que tenían gran poder técnico dentro de las fábricas. A ellos les parecía que debería ser posible transformarlo en poder político: pensaban que los trabajadores colectivamente deberían adueñarse de los medios de producción, volverse la clase dominante y hacer que la economía funcionara para beneficio de todos. Por tanto, la glorificación del trabajo también fue una forma de resaltar la fuerza de la clase trabajadora. Mientras más trabajadores se identificaron con su papel en la producción, más empezaron a dudar sobre la solidez y legitimidad del poder de la burguesía. Pero todo esto ha cambiado por completo. En primer lugar debemos situar a los nuevos trabajadores profesionales de habilidades múltiples, que son autónomas en su trabajo, en su contexto: la mano de obra ya no es más la principal fuerza productiva ni la duración del tiempo de trabajo la medida del poder económico. Las empresas están sustituyendo el trabajo humano por sistemas automáticos integrados por computadora, que producen más, mejor y de manera más flexible con una fracción cada vez menor de la fuerza de trabajo que antes se necesitaba. Los trabajadores semicalificados están siendo eliminados cada vez más de la industria, pero igual sucede con los trabajadores artesanales en las metaleras, como quiénes forman herramientas, maquinan y ajustan. Las máquinas - herramientas controladas por microprocesadores y flexibles sistemas de manufactura ya no requieren esas habilidades. La industria necesita personas que sean capaces de trabajo independiente en equipo y de coordinar sus iniciativas y habilidades sin tener alguien que las supervise o les dé órdenes. Tienen que tomar la responsabilidad de un complejo sistema de máquinas y robots -que, sobre todo, requieren mantenimiento y reparaciones inmediatas siempre que surja la menor descompostura-, y ser capaces de adaptarse a nuevas técnicas y adquirir nuevas habilidades, tanto manuales como intelectuales.
Está tendencia algunas veces se considera como un signo de la renovación de los intentos de la clase trabajadora para lograr la liberación o al menos obtener control sobre la producción.
Esto es ridículo porque el punto básico es éste: ¿qué fracción de la clase trabajadora adquiere estás habilidades y nivel? Hoy en día, menos del 1 %. Mañana, ese estrato de "trabajadores expertos modernos", como los denominan Kern y Shumann, llegarán a representar el 25% de los obreros de una empresa, y tal vez hasta el 40% en las industrias metalúrgicas, según nos han dicho. Pero, ¿qué sucederá con el otro 75 ó 60%? Ya sabemos la respuesta: o se volverán "trabajadores periféricos" condenados, como en épocas pasadas, a efectuar las ingratas tareas no calificadas, sin posibilidadde avance, o se convertirán en trabajadores temporales, con una condición precaria, qué pueden contratarse y despedirse de acuerdo con las necesidades del momento. Los trabajadores periféricos y los nuevos trabajadores privilegiados y calificados constituyen una fuerza laboral qué está en disminución constante. A largo plazo, la industria tiende a emplear cada vez menos personas. Por tanto, la pregunta no es tan sólo qué fracción de la clase trabajadora representan los nuevos trabajadores calificados y privilegiados sino, además, ¿qué fracción de la población trabajadora representa la clase trabajadora? ¿Qué hacen los otros, aquéllos eliminados (qué agradable sería poder decir liberados) del trabajo industrial? ¿Cómo viven? ¿Cuánto ganan? Es difícil sentirse a gusto con las mejoras de un grupo de trabajadores de un sector de la industria, a menos qué se desee ver a la nueva élite laboral volverse un estrato corporativista y conservador, qué se ocupe sólo de la defensa de sus privilegios. Es imposible tomar la existencia de está élite como un pretexto para glorificar el trabajo, todo el trabajo, ya qué es precisamente el trabajo de este estrato el qué explica por qué ya no hay empleos disponibles, de tiempo completo y permanentes, para los desempleados y los trabajadores con empleo precario.
En general, lo qué dice es qué los cambios técnicos están destruyendo la clase trabajadora. Es ésta la qué sí está desintegrando, no el capitalismo. Entonces, ¿ya no cree en la posible unidad de la clase trabajadora y su importancia central para cualquier estrategia de transformación de la sociedad?
Eso no es lo qué digo. El frente laboral (de lucha sindical) sigue siendo crucial, pero ya no es más el central, éste se localiza en un nivel mucho más profundo qué las disputas laborales. La élite trabajadora en realidad es un participante. Por ningún medio estoy afirmando qué se trata de un estrato corporativista y conservador. Sólo digo qué estamos empujando en esa dirección cuando constantemente invocamos la ética del trabajo y la ideología de productivismo en una forma qué redunda en su crédito. Está es lo qué hizo durante 10 años la señora Thatcher con resultados reveladores. La tarea del movimiento y la política sindicales es abrir una ruta diferente y otros horizontes para esa élite. Para los nuevos trabajadores industriales calificados, identificarse con su ocupación no puede significar hacerlo con su trabajo dentro de un sistema flexible de manufactura, y al mismo tiempo permanecer sordos y ciegos a todo lo demás. Identificarse con su ocupación significa comprenderla como una habilidad social qué debe ejercerse de manera responsable. Implica considerar la redistribución del trabajo y la reducción de las horas laborales como asuntos prioritarios. Por tanto, es ver el trabajo en la perspectiva adecuada, no en identificarse con él, qué puede ser la base para el poder y la unidad de los sindicatos.

Hace 10 años llamó a aquéllos qué no se identificaban con su trabajo la "no clase de no trabajadores". Les asignó un papel crucial en el reto al capitalismo, y se le criticó severamente por eso. En realidad, ¿como puede llegar a transformarse alguna vez en un movimiento social coordinado capaz de acción sostenida para transformar la sociedad? Además, ¿el desempleo creciente no ha provocado qué la alergia al trabajo asalariado, la no identificación con éste, desaparezcan y se vean sustituidas por una frenética búsquedade trabajos pagados de cualquier tipo?
A lo qué llamé "no clase de no trabajadores" no fue un estrato identificable y organizable, sino la apariencia de un cambio cultural muy amplio, qué ha continuado ganando terreno desde entonces: los individuos ya no se identifican con su trabajo, aunque éste sea interesante y calificado, porqué por lo general les parece una especialización funcional en el servicio de una megamáquina en la cual no tienen control. El orden social se ha desintegrado; ni en su papel ocupacional ni en estructuras familiares ni en la organización espacial de lo qué les rodea pueden los individuos encontrar lo qué los sociologistas solían denominar una "identidad" determinada, una imagen social reaseguradora de lo qué son. Están abandonados a sí mismos y tienen qué buscar y desarrollar por sí formas qué no se les dan de antemano. El trabajo pagado es, en el mejor de los casos, una dimensión entre otras de esa búsqueda; rara vez la más importante. Como ciudadanos, residentes de un área especifica, usuarios de un servicio público, miembros de una asociación de padres, ven su trabajo pagado en un contexto más amplio y llegan a la conclusión de qué sus habilidades podrían emplearse de mejor forma, qué la industria podría utilizar tecnologías menos contaminantes y qué consuman menor energía, qué su calidad de vida podría mejorarse si los requerimientos de la racionalidad económica se subordinaran a los de la ecología, si las decisiones de producción no se tomaran para lograr la mejor ganancia posible sobre la mayor cantidad posible de capital.
Entonces, se tiene un movimiento social multidimensional que ya no puede seguirse definiendo en términos de antagonismos de clase y en el cual el objetivo de la gente es reapropiarse de un medio ambiente que las megaherramientas han alienado de ellos. En esencia es una lucha por los derechos colectivos e individuales de autodeterminación, integridad, soberanía individual, que concierne a los diferentes estratos de quiénes ganan salarios.
Entonces, resumiendo, aboga por coaliciones políticas, nuevas solidaridades y alianzas entre quiénes ganan salarios en empleo estable y los desempleados y con empleos precarios; entre movimientos y partidos, ¿pero cree que los intentos para forjar estas solidaridades y alianzas pueden tener éxito?
No es cuestión de construir coaliciones o alianzas entre intereses específicos o sectoriales, sino de ganar nuevas libertades, nuevos derechos, que por naturaleza son universales; luchar por el bien común, y es esto lo que da al movimiento su unidad. La batalla por una reducción de horas de trabajo puede comprenderse como una lucha para obtener un conjunto de derechos y libertades, que quizás asuman formas altamente diferenciadas, pero cuyos contenidos son los mismos para todos: el derecho a aprender, a estudiar en cualquier edad (no simplemente de "entrenamiento"), criar a los propios hijos, involucrarse en actividades políticas o públicas, permanecer en casa con un familiar o amigo enfermo, etcétera. Estos derechos, a los que Marx denomina "el libre desarrollo de la individualidad", presuponen no sólo tener el tiempo disponible sino también el derecho al automanejo del tiempo dentro de límites relativamente flexibles. Por tanto, no se plantean dificultades insuperables debido a la idea de conjuntar todos los distintos estratos de quiénes ganan salarios en solidaridad, siempre y cuando la campaña para reducir las horas de trabajo tome en cuenta la diversidad de situaciones involucradas. Esa reducción puede resultar más adecuada para aquéllos con empleo estable, ya que sus trabajos requieren presencia regular y continua en el sitio de trabajo. Sin embargo, para un gran número de personal calificado, una reducción lineal del día y la semana laborales no es una posibilidad, en particular en el caso de los programadores de computadoras, diseñadores, etcétera. Una reducción de las horas anuales de trabajo en la forma de semanas o meses de vacaciones extra, junto con el derecho a años sabáticos, sería más adecuada para aquéllos cuyas ocupaciones requieren imaginación, ideas y la renovación del conocimiento multidisciplinario, más fácil de adquirir en el alejamiento de las tareas del momento y en la variación de las actividades e intereses personales. La idea de que el especialista sólo puede mantenerse al día gracias a una devoción total sólo sirve a los intereses de un sistema de dominación que busca aprisionar a las personas en sus campos de especialidad para impedirles cuestionar, como ciudadanos, los fines a los que, quiénes toman las decisiones, les hacen servir.
Por último, existe ese 40 a 50% de la población laboral para quiénes la economía ofrece sólo empleo temporal. La reducción del volumen de trabajo necesitado por la economía, que podría ser una fuente de libertad si se distribuyera entre todos, se impone como una depravación a esta fracción de la población laboral. Estas personas, que pueden ser contratadas y despedidas a voluntad, reciben un pago sólo por el trabajo que realizan, no por su disponibilidad y capacidad de trabajar durante los periodos de desempleo forzado; son víctimas de una discriminación cuya racionalización es en esencia ideológica. Se emplean como ejemplo para mostrar que sólo el tiempo en realidad trabajado da derecho a una remuneración y, por lo tanto, que el tiempo de trabajo debe seguir siendo la medida de la riqueza y la utilidad social. Ahora bien, estos principios básicos de la ideología capitalista en realidad se cubren en lo que - se refiere a la mayoría de los trabajadores con empleo estable. Los técnicos de mantenimiento, los operadores y controladores de plantas automatizadas, el personal médico y los trabajadores de servicios de emergencia reciben un pago por su disponibilidad y capacidad para intervenir, no por el trabajo en realidad efectuado. La ideología de máxima eficiencia y de basar el pago en la medición de los resultados resulta obsoleta debido al desarrollo tecnológico. Hasta la década del diez era anormal que un trabajador (en particular un buen artesano) tuviera un empleo estable durante todo el año. Para ellos, los cambios frecuentes, el desempleo, los viajes y el trabajo casual eran formas de preservar su independencia, tanto del patrón como del trabajo asalariado. Ese gusto por el cambio, la independencia y la autonomía reapareció durante cierto tiempo entre una gran proporción de la fuerza laboral. Estos trabajadores, la mayoría de ellos jóvenes, prefieren el trabajo temporal al estable de tiempo completo, ya que esto les deja la libertad para involucrarse en actividades más satisfactorias.
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