Biografía y Entrevista a Andre Gorz






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títuloBiografía y Entrevista a Andre Gorz
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fecha de publicación10.07.2015
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-Se le podría objetar que para que eso funcione hay que partir de la base de que la gente tiene la formación necesaria para poder hacerse cargo de sí misma. -Tiene muchísimos ejemplos en los informes de la PNUD, el programa de Naciones Unidas para el desarrollo. Cooperativas informales de autoproducción, en China, Japón, y sobre todo en los estados más pobres de India. Allí, se basan en la asociación cooperativa de habitantes de pueblos, contra el terrateniente y el usurero. La misma gente construye para sí misma: cañerías de agua, trabajos sanitarios, digestor de desechos para hacer metano. El futuro de esas cooperativas es brillante, sobre todo porque la informatización permite conseguir a bajo precio talleres flexibles, máquinas-herramienta programables, que fabrican lo que usted les pide que fabriquen, sin demasiados esfuerzos humanos. Simplemente con materia gris. Es la idea que desarrolla Frithjof Bergamnn bajo el nombre de "High-tech self-providing", autoproducción con apoyo en las tecnologías avanzadas. Según él, se puede cubrir 70 u 80% de las necesidades de una población local con dos días de trabajo por semana, gracias al material disponible actualmente. El material que estará disponible en diez años tendrá un rendimiento aún mejor.

-¿Cómo se concilian la economía basada en grupos y la superestructura de un Estado? -Es el problema esencial de la democracia, un arbitraje entre las autonomías de base y un poder heterónomo, el poder con reglas propias, que son reglas del conjunto, que no son las de determinadas personas en particular. Por eso el Estado es universal y al mismo tiempo es abstracto. No podemos prescindir de él. La política es la perpetua dialéctica conflictiva entre la aspiración de la base a la autonomía y la aspiración de la cúpula a la universalidad.

-Entonces, esa riqueza de lo posible, ¿es algo inmediato? -No. Hay cosas que son posibles de inmediato. Sobre todo lo que yo llamo el éxodo, o sea, ser conscientes del hecho de que empieza a ser posible una sociedad al lado, por debajo, por encima de la que deja de existir. No es que deje de existir, pero ya nadie encuentra el camino en ella. Ya nadie tiene su lugar. Para tener un lugar, hoy, hay que ubicarse afuera.

Clarín y Michel Zlotowski, 1999. Traducción de Cristina Sardoy.

3) Cambios sociales en la era posindustrial http://www.iztapalapa.uam.mx/iztapala.www/topodrilo/23/td23_11.html
Entrevista a André Gorz por John Keane
Usted ha argumentado durante 10 años o más que el pleno empleo es cosa del pasado, pues se ha vuelto económicamente imposible como resultado de un conjunto de transformaciones técnicas, que también se conocen como la "revolución microelectrónica". Desde su punto de vista, Keynes ha muerto: el pleno empleo no se restablecerá al estimular el crecimiento económico. ¿Los desarrollos recientes tanto en Estados Unidos como en Europa no muestran que este argumento está mal fundamentado?
Todo depende de lo que usted quiera decir con "pleno empleo". En el pasado, el termino se refería a que cualquiera podía conseguir un trabajo de tiempo completo, que durara todo el año, desde el momento en que abandonaba los estudios hasta que se jubilaba. Nunca veremos ésto otra vez. En todos los países industrialmente desarrollados, entre 40 y 50 % de la población activa se encuentra en lo que se denomina "empleo atípico": trabajos precarios, de tiempo parcial, temporales o de corto plazo, con periodos intermedios de desempleo. La "muerte de Keynes" se anunció desde hace mucho tiempo, a principios de la década de los setenta, en un estudio del sindicato metalúrgico alemán en Frankfurt, en el cual se mostró que la robotización no sólo reduce la cantidad de mano de obra requerida sino que también ahorra capital. La "productividad del capital" aumenta junto con la de la mano de obra. El caso más notable de todos, en 1987, fue el de la empresa japonesa Fanuc, donde la misma manufactura de robots se ha robotizado. En una de sus plantas, totalmente automatizada, "70 trabajadores y 130 robots producen 18 mil motores al mes. La planta costó 32 millones de dólares que es aproximadamente un décimo de lo que habría costado una fábrica convencional, y requiere sólo un décimo del número de trabajadores".
Muchos economistas argumentarían que usted exagera la importancia de las ganancias de la productividad. Afirman que éstas se están sucediendo con más lentitud que en la década de los sesenta, pero el problema es que son insuficientes.
Desde el punto de vista estadístico ésto es correcto. Pero es necesario ver la razón. Hablando de forma no muy precisa, en las economías modernas se tienen dos sectores. En el primero de éstos, la revolución microelectrónica está trayendo ganancias de productividad muy rápidamente, distintivamente más que en el pasado, en el orden de 12% anual en la industria automotriz, por ejemplo. En el segundo sector, que abarca servicios que no pueden industrializarse (personales, enseñanza, publicidad, decoración, etcétera), la productividad está progresando de manera lenta o nula. Ahora, como resultado directo del incremento en la productividad, el número de trabajadores en el primer sector está descendiendo constantemente, mientras que en el segundo aumenta, debido a que es el único donde es posible crear empleos extras. Hace 20 años, los trabajadores en la industria representaban aproximadamente el 40 % de la fuerza laboral en Alemania Occidental, Italia y Gran Bretaña. Cuando la productividad de la mano de obra aumento en 7% en la industria y en 2% en otras actividades, creció en 4% dentro de la economía en su totalidad. Actualmente, los trabajadores en la industria representan apenas el 30% de la población laboral. Ahora, incluso si su productividad aumentara aproximadamente en 10%, el incremento del 4% en la productividad general anual sólo se alcanzaría si la de los servicios también creciera, por su parte, en 1.5 a 2%. Pero ese incremento está totalmente fuera de la realidad, debido a que la principal función de la muy alta, y en constante crecimiento, proporción de servicios es para crear trabajos para personas que en otro caso estarían desempleadas, aun si éstos son totalmente irracionales desde el punto de vista económico. Esto es a lo que he denominado la "antieconomía terciaria", ya que su objetivo es asegurar que una cantidad máxima de mano de obra pagada se consuma, mientras que la economía moderna tiene la intención contraria, pues busca reducir la cantidad de mano de obra requerida por unidad de producción.
Por ejemplo, si usted considera los trabajos creados en los últimos lo años en Estados Unidos descubrirá que la mayoría tienen la función que sigue: las dos horas que usted acostumbraba dedicar a cortar el césped, pasear al perro, ir a comprar los diarios, realizar el trabajo doméstico o cuidar a los niños se transfieren a alguien que proporciona estos servicios a cambio de un pago. Esa persona no hace cosa alguna que usted no pudiera hacer por si mismo. Esta clase de transferencia es la característica esencial del trabajo de los sirvientes, y aun los padres fundadores de la economía política insistieron en que este tipo de trabajo es económicamente improductivo. Además, sólo se desarrolla en situaciones de desigualdad extrema. Los nuevos sirvientes ofrecen sus servicios a particulares debido a que no pueden encontrar trabajo dentro del proceso social de producción. La "sociedad de servicios", basada en el desarrollo de servicios personales, es necesariamente "dual".
Sin embargo, los neoliberales sugieren que la revolución tecnológica tendrá efectos benéficos universales si se le permite proceder sin obstáculos. Defienden las políticas diseñadas para liberar las rigideces del mercado y abolir las regulaciones estatales sobre empleados e inversionistas. "Ser flexible o perecer" es el nuevo lema, y ahora estamos viendo un culto sin precedentes a la empresa privada que pelea con bravura por su participación en el mercado.
Pero la revolución microelectrónica no fue iniciada por la empresa privada. Sus orígenes se encuentran en los miles de millones de dólares de fondos públicos invertidos por el gobierno estadounidense en su programa militar y espacial. En Japón, donde se desarrolló con más rapidez, esa revolución tecnológica la promovió en forma voluntaria el Ministry of International Trade and Industry, trabajando junto con la industria y los grandes bancos. Los microprocesadores, las biotecnologías y la energía nuclear y fotovoltaica se basaron inicialmente en investigaciones y desarrollos financiados por el Estado. En Europa, aun gigantes industriales como Phillips y Siemens acordaron participar en el desarrollo conjunto de un chip de cuatro megabytes sólo a condición de recibir fondos públicos para ello. Los neoliberales siempre ponen trabas, como si el capital se invirtiera espontáneamente en donde son mayores las necesidades insatisfechas. El capital se invierte donde existe la seguridad de obtenerlos mayores beneficios. Producir para cubrir las necesidades más urgentes de los sectores más necesitados de la población nunca es la mejor forma de ganar más dinero. La manera de hacerlo consiste en producir bienes o servicios con posibilidades de resultar atractivos para los estratos más prósperos. Es por esto que la liberalización de la economía siempre empieza por empobrecer a los pobres y enriquecer a los ricos. Esto resultó obvio en el siglo pasado y lo es de nuevo hoy en día, no sólo en los Estados Unidos de Bush o en la Inglaterra de Thatcher, también en el resto de Europa. Entonces, el libre juego de los mecanismos de mercado lleva a la declinación social, y contrario a lo que argumentan muchos neoliberales, ésta no va acompañada por una mejora económica. Los tres países europeos que tienen las economías más eficientes y los estándares técnicos más elevados (Suecia, Suiza y Alemania Occidental) son precisamente aquéllos donde el poder de los fuertes sindicatos hace más rígido el mercado laboral, obstaculizan la competencia de precios y mantienen mayores salarios y mejores condiciones de trabajo que en cualquier otra parte.
En Europa prácticamente todo el mundo está en favor del libre juego de los mecanismos de mercado. Sin embargo, usted se inclina hacia una mayor restricción de la esfera del intercambio de mercancías. Es uno de los pocos que todavía apoyan un papel central para la planeación y control público de las decisiones macroeconómicas. Pero, ¿no son los mecanismos de mercado, en contra del pensamiento de Marx, algo más que características de la sociedad "burguesa"? ¿No son necesarios, aunque sólo sea para impedir escasez y cuellos de botella? ¿Y la idea de abolir las relaciones de bienes para dejar espacio a la autogestión de la producción y el intercambio no llevan la huella de las utopías igualitarias del siglo pasado, que simplemente no pueden traducirse en realidad?
Tiene mucha razón en que no puede haber una sociedad compleja sin relaciones de bienes o mercados. Su abolición total presupondría también la de la división social y la especialización de la mano de obra, y por tanto implicaría el regreso a las comunidades autárquicas o a una sociedad de kibbutzin. Pero, en primer lugar, tenemos que ser claros acerca de lo que implican los términos relaciones de bienes, competencia libre y economía de mercado. Relaciones de bienes significa intercambios basados en la compra y venta, en los cuales lo que se está enajenando toma la forma de un bien. He demostrado que está relación sólo es racional y funcional cuando el producto del objeto o servicio que se está vendiendo es mesurable y donde, por tanto, se presta a evaluación cuantitativa. Si incluye implicaciones personales, "un regalo de uno mismo", se empobrece y despersonaliza el tejido de la vida emocional y de las relaciones humanas. Mientras más ampliamos la esfera de actividades en la cual podemos decir "ésto no se vende" son más ricas nuestras vidas individuales y sociales. Sin embargo, la existencia de las relaciones de bienes no necesariamente implica la de un mercado real. Los bienes pueden adquirirse y venderse por precios fijados por convención, de acuerdo con tradiciones centenarias, o por el Estado. Asimismo, puede haber relaciones de bienes y competencia en mercados sin que exista una verdadera economía de mercado. En ésta los precios se establecen en forma libre, en cada sector, y en un nivel donde la oferta y la demanda alcanzan el equilibrio, sin intervención o manipulación de ningún tipo. ¿Conoce usted algún país en el cual la economía se regule de está forma?
Desde luego que la respuesta es no, excepto en el país del capitalismo puro que existe en el cerebro de algunos neoliberales.
Si el precio de los productos agrícolas o el nivel de los salarios se determinaran por medio de las leyes de la oferta y la demanda, desde hace bastante tiempo muchos de nosotros habríamos muerto de hambre. En todas las naciones industrializadas, los precios relativos de bienes y servicios están regulados por el Estado; si no fuera así, la sociedad no sería viable. Todo lo que es vital está subsidiado. Y al resto se le aplican impuestos en grados variables por medio de un sistema de VAT o impuestos específicos. El hecho es que el mercado, por definición, es el resultado de las actividades de los individuos, donde cada uno persigue sus propios intereses inmediatos. De está forma una autoridad superior, el Estado, es necesaria para que se haga responsable de la defensa del interés general, que incluye la existencia de un sistema de mercado.
Esto nos trae a la cuestión fundamental: ¿hasta qué punto debe permitirse el libre juego de los mecanismos de mercado?
Está pregunta ha estado en el corazón del conflicto político durante 200 años. Las relaciones de bienes, con lo cual quiero decir la libertad de cada individuo para perseguir sus propios intereses inmediatos, tienden a destruir tanto la sociedad civil como las condiciones generales que la hacen posible. Por tanto, la naturaleza y extensión de las ventajas a las que tiene derecho un individuo para proveerse a si mismo debe estar restringida por ley. La historia del capitalismo es la de una extensión continua de estás restricciones legales: la abolición de la esclavitud; la legislación en contra de los monopolios; la prohibición de la venta de niños y mujeres y del trabajo infantil; el domingo como día de descanso; la jornada laboral de 10 horas y después de ocho; el salario mínimo; los estándares legales de calidad, seguridad, higiene y contaminación; el seguro universal de salud; las pensiones de jubilación, y así sucesivamente.
El problema básico es que está forma de limitar y corregir los mecanismos del mercado no impiden la destrucción de la sociedad civil. El Estado benefactor limita, hasta cierto punto, el alcance de esa destrucción, pero en general funciona como un sustituto para una sociedad civil que se encuentra en proceso de consumirse. En algunos aspectos incluso acelera incluso la decadencia. Así, no puede haber socialismo sin democracia ni democracia sin una sociedad civil mucho más sustancial que abarque un conjunto de actividades públicas propias reconocidas y protegidas por el Estado. El socialismo surgió de un conflicto entre la sociedad civil y el mercado, y demandó que las fuerzas de mercado estuvieran constreñidas, subyugadas y controladas por la sociedad, mientras que el capitalismo presentó la opción opuesta. Sin embargo, para que la sociedad controle las fuerzas de mercado y ponga la racionalidad económica al servicio de los fines sociales y culturales, en primer lugar es necesario que la sociedad tenga una existencia autónoma, y en segundo, que el mercado exista o haya existido y los agentes económicos hayan sido coercionados por ese mercado a un comportamiento racional desde el punto de vista económico, esto es, hacia la consecución de la eficiencia máxima en la puesta en marcha de los factores de la producción. Para nosotros, en los países capitalistas, el primer punto es el más importante. Implica que las políticas de un socialismo pueden contentarse tan sólo con corregir y regular la operación del mercado a través de controles estatales y servicios financiados por el Estado. Debe promover el desarrollo de una esfera de socialidad vívida (lo que los alemanes denominan soziale kbenswuelt) constituida por formas de cooperación autoorganizada y voluntaria y por intercambios no de bienes ni monetarios. Debe promover el control social de los mercados por ciudadanos que trabajen en conjunto, y no tan sólo por las autoridades públicas. El asunto de lo que debe producirse y cómo, la pregunta sobre las prioridades sociales, modelos de consumo, estilos de vida, todo esto lo deciden actualmente tecnócratas, hombres de negocios y banqueros. El socialismo habría tenido que significar la democratización de estás decisiones, su análisis público al nivel de asociaciones, sindicatos, movimientos, audiencias públicas y asambleas electas, y también implicaría tomar en cuenta aquellos criterios de los que tecnócratas y directores de compañías normalmente no se ocupan.
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