Gramaticalmente se puede conjugar cada verbo en los tiempos fundamentales: pasado, presente, futuro. Yo maté, yo mato, yo mataré. Un sustantivo, en cambio, no






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títuloGramaticalmente se puede conjugar cada verbo en los tiempos fundamentales: pasado, presente, futuro. Yo maté, yo mato, yo mataré. Un sustantivo, en cambio, no
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fecha de publicación02.04.2017
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y al objetivo y subyace a todas las reglas que encontramos para esta transición. Un ser humano reaccionará de distinto modo ante los distintos tipos de motivos y el mismo motivo tendrá distintos efectos sobre distintos seres humanos.

En consecuencia la calidad de la lucha es producto de la naturaleza del motivo y la caracterización del ser humano.

Considérese un bandido de un carácter dado. Reaccionará de distinto modo, es decir, tendrá distintas intenciones si uno lo pisa, le rehúsa alimento, lo amenaza con una pistola o mata a su hija. El mismo hombre con distintas causas para el dolor tendrá distintas intenciones. En el primer caso la intención del bandido puede ser abofetearlo, en el segundo robar la comida, en el tercero eliminar la pistola y en el último una terrible venganza.

Consideremos ahora la reacción de distintas personas con respecto al mismo motivo. Alguien mata a la hija de un bandido, de un simple ciudadano, de un detective, de un fanático religioso. Es probable que el bandido pretenda matar al asesino, que el ciudadano común recurra a la policía, que el detective intente hallar al asesino no para matarlo sino para entregarlo a la justicia y que el fanático religioso maldiga al asesino. Cada ser humano tiene distintas reacciones ante el mismo motivo y distintos métodos para eliminar el dolor según su naturaleza y los medios de que dispone.

Pero el poder de la intención está determinado por la fuerza del dolor que origina el motivo y por la fuerza con que el ser humano es capaz de reaccionar.

De modo que la proporción entre la fuerza del motivo por un lado y la fuerza de la intención por el otro es de importancia vital. En ningún caso un motivo débil puede originar una intención fuerte.

A veces, sin embargo, la fuerza de la causa puede agregarse a la fuerza del ser humano. Un hombre puede crecer por sobre si mismo si la causa lo justifica.

Ahora estamos listos para investigar la transición de la intención al objetivo.

El establecimiento del objetivo surge de la misma necesidad con que la intención resulta del motivo. En cualquiera y en todos los casos el objetivo es la eliminación del motivo. El objetivo es recuperar un estado inalterado. Como tal, el objetivo queda bien deñnido en el motivo. No es posible luchar ciegamente en todas las direcciones. Si es la necesidad de dinero la que nos causa dolor, nuestro objetivo, en tanto es causado por esta alteración específica, no puede ser ir a nadar o a tocar el piano sino adquirir dinero. Tocar el piano, en este caso, sólo podría ser una forma de adquirir dinero, y no un objetivo en sí.

Cada intención tiene obstáculos que superar para lograr el objetivo. La lucha es resultado de la intención y la dificultad.

Debe ser evidente que sin una intención, es decir, sin querer algo, no podemos tener dificultades. Por otra parte, una dificultad no existe de por sí sino sólo debido al deseo de alguien de obtener algo. Una montaña no es en sí un obstáculo pero sí lo es si alguien quiere pasar al otro lado. La narración dramática, de la que la lucha es la parte esencial, no puede existir si intenciones y dificultades.

Hallamos tres tipos de dificultades esenciales: el obstáculo, la complicación y la contraintención.

El obstáculo es una dificultad de naturaleza circunstancial: en física puede ser la ley de la fricción contra la ley del movimiento continuo. Con respecto a la intención humana, puede ser una montaña que se debe escalar, la falta de dinero o la imposibilidad de comprender una lengua extranjera.

La complicación es de naturaleza accidental. Por ejemplo: un avión se ve obligado a aterrizar por el mal tiempo, un mensajero que quiere llevar un informe se fractura una pierna, un ladrón que quiere robar en una casa no lo logra por la llegada accidental de unos borrachos que se acercan por la calle.

La contraintención es la intención definida de otra persona de evitar el cumplimiento de la intención de la primera persona. También se la llama contratrama. La diferencia con respecto a la complicación está en el hecho de que la complicación radica en que la contraintención se dirige hacia el mismo objetivo y requiere por eso la frustración de la primera intención, en tanto que la complicación puede ser el resultado de la llegada accidental de un obstáculo o de la interferencia no intencional con la primera intención, de otra intención que de todos modos se dirige a otro objetivo. Para usar los ejemplos antes mencionados: la tormenta es sólo una alteración meteorológica que no tiene el propósito definido de forzar al avión a aterrizar. Pero si el aeroplano desciende a causa de un ataque enemigo o del trabajo de unos saboteadores, allí sí hay contraintención dirigida al objetivo negativo en tanto la intención busca el objetivo positivo. La pierna rota del mensajero no es una contraintención sino un accidente. La llegada accidental de un borracho que evita que el ladrón entre en la casa no representa una intención para evitar que el ladrón lleve a cabo sus planes. Pero si la policía llega luego de que el ladrón ha activado una alarma contra robos, eso sí representa una contraindicación.

Dado que se dirige al mismo objetivo y representa un deseo consciente de obstruir la primera intención, la contraintención es la dificultad dramática más efectiva. La ventaja radica en que la lucha gana continuamente nuevos aspectos y que las posibilidades de triunfo o derrota cambian con rapidez.

En comparación, la complicación es menos efectiva; debido a su naturaleza accidental, despierta resentimiento en el espectador: no la planea ni la desea nadie, el actor no la podría prever ni evitar, y en consecuencia no es una prueba real del poder del ser humano para ejecutar su voluntad. Además, por ser accidental, no puede persistir; es una dificultad temporaria, ya que la tormenta desaparecerá con el buen tiempo, la pierna va a sanar y el borracho pasará por la calle. Pero la contraintención sólo dejará de existir cuando la primera intención se haya cumplido o frustrado. La desventaja del obstáculo es causada por su tendencia a permanecer estático; su naturaleza circunstancial no puede soportar cambios repentinos. La montaña será una montaña durante todo el relato. De modo que en tanto el obstáculo y la complicación son dificultades temporarias satisfactorias, no se los debe emplear como dificultades principales para un relato entero. Sin embargo, bien pueden ser usados para reforzar la contraintención.

Al igual que la intención, la dificultad se caracteriza por la calidad y la fuerza. No cualquiera o cualquier cosa es una dificultad para cierta intención.

La calidad de la persona o cosa en relación con la calidad de la intención puede causar oposición. Sólo una persona o cosa que se opone al camino de la intención puede ser una dificultad.

Además, vemos que todas las dificultades tienen cierta fuerza. Aparecen como el poder para resistir. De modo que sólo se pueden manifestar mediante el choque con la intención.

Si uno quiere romper una ventana, la dificultad tiene poca fuerza porque el vidrio tiene poco poder para resistir. Si uno quiere romper un cerrojo la dificultad es más fuerte porque el acero ofrece más resistencia. Aunque existe siempre, la fuerza de la dificultad se manifiesta sólo si alguien intenta quebrar la resistencia. Del mismo modo, el poder de la intención permanece latente; es decir que no puede ejercer su fuerza si el objetivo se obtiene con facilidad. Esto no significa que la intención es menos fuerte si no tiene dificultades que superar.

Sólo significa que su poder se puede hacer manifiesto únicamente en virtud del poder de las dificultades que supera o busca superar. Tanto el hombre que vence las grandes dificultades como el que fracasa revelan grandes intenciones. No es el éxito o el fracaso en el deseo de superar las dificultades lo que revela la fuerza de la intención, porque el éxito o el fracaso dependen del hado, la competencia, la buena o mala fortuna. La fuerza de una intención ya se revela por la fuerza de la dificultad que ataca. Si un hombre ama a una mujer, su deseo de estar unido a ella es muy fuerte. Si él vive en el centro de Nueva York y ella en las afueras de la ciudad, las dificultades para ir de un lugar al otro son muy débiles. Pero si el hombre está en China y la mujer en Nueva York, las dificultades son considerables. En ambos casos la intención del hombre de unirse a la mujer es igualmente fuerte. Pero en el primer caso la fuerza de la intención no puede hacerse manifiesta porque las dificultades que tiene que superar son pequeñas, en tanto que en el segundo caso la fuerza de la intención del hombre se hace manifiesta. Si llega o no a Nueva York no tiene nada que ver con la fuerza de la intención, que ya queda revelada por el simple hecho de intentar tamaña tarea.

Por estas razones no es posible "hablar" de la fuerza de las intenciones en el relato dramático; en su lugar, su poder se debe hacer manifiesto mediante el choque con fuertes dificultades. Muchos autores están tan convencidos acerca de la fuerza de las intenciones de su protagonista, en particular si el relato es verídico, que no las hacen manifiestas. Pero el espectador no tiene pruebas de la fuerza de las emociones o de las intenciones; se resiste a creer tanto en las palabras del actor como en las del autor. Sólo le creerá cuando la fuerza se haga evidente por el choque con las dificultades. Aun el teatro permitió al héroe proclamar detalladamente cuánto amaba a la heroína, pero el teatro está limitado en la cantidad y variedad de las intenciones. El cine, con sus posibilidades de mostrar muchas intenciones, tiene el deber de hacerlas manifiestas mediante el choque.

Como tal, la lucha es una pelea entre fuerzas que se oponen, ya sean ataque y resistencia o ataque y contraataque. Cualquier pelea entre fuerzas que se oponen debe terminar en victoria y derrota a menos que se interrumpa o que termine en un empate. Tal interrupción no está permitida en el relato dramático.

La victoria y la derrota son idénticas al cumplimiento y la frustración de la intención, respectivamente. La decisión final se emite en el climax. Después del climax no hay cambio posible. Pero el climax no es igual al objetivo.

El climax decide la derrota de un lado, después de la cual el lado victorioso puede proceder a lograr el objetivo, lo cual sucederá de inmediato o en alguna fecha posterior.

De modo que encontramos una cantidad de factores con relaciones concluyentes y proporciones entre ellas. Encontramos un sistema de leyes entretejido e interconectado que se viola con facilidad. No es fácil reconocer los errores resultantes.

Del motivo podemos deducir una intención, de la intención el objetivo; de modo que también podemos deducir el objetivo a partir del motivo. De la intención sola podemos deducir retrospectivamente un motivo y hacia delante un objetivo. Del objetivo podemos deducir una intención precedente y de allí un motivo. El único factor que queda fuera de este círculo de conclusiones lógicas es el cumplimiento o frustración de la intención.

La dificultad del material a menudo tienta al escritor de guiones a pasar por alto o violar estas relaciones. A veces puede mostrar un motivo sin seguirlo de una intención. A veces puede mostrar intenciones sin motivos. Esto es en especial tentador cuando necesita una intención para el desarrollo de una narración para la que no tiene motivo. Nuevamente, sucede que a través de los desarrollos de su relato se crean motivos que él no desea. A él no le interesan las intenciones que resultan de estas alteraciones y por eso tiene la tentación de no considerarlas. Pero esto no es posible: ya sean indeseadas o pasadas por alto, las violaciones de estas relaciones concluyentes son erróneas. El escritor debe aprender a respetar estas leyes. Para encontrar el motivo puede preguntar: ¿por qué actuaría así un hombre? Para encontrar la intención puede preguntar: ¿cómo actuaría un hombre si le sucediera esto? La no comprensión de los motivos latentes se podría expresar mediante el ejemplo algo exagerado de un hombre que se queda en la cama aunque su habitación está en llamas, lo cual sería suficiente motivo para hacerlo huir.

Otro error frecuente se da cuando el escritor ha presentado, quizás, un motivo, pero quiere que el actor logré un objetivo que es más realizable para los propósitos de un relato. Entonces tiene un motivo sin intención y objetivo resultante y tiene un objetivo al que le falta intención y motivo.

Además las fuerzas del motivo y de la intención se mantienen en proporción.

Deben tener la misma fuerza. A menudo el choque con las dificultades revela una intención más fuerte de lo que el motivo justifica. Consideremos este ejemplo: el jefe de una empresa de ingeniería envía a uno de sus empleados a una fábrica que está perdiendo dinero. El ingeniero va. Su motivo es simple: es su trabajo, le pagan para eso. Al llegar comprueba que incendiarios de una fábrica de la competencia están tratando de arruinar la maquinaria. En el curso del conflicto ambos lados están en gran peligro: arriesgan sus vidas.

Revisemos ahora los motivos: gana trescientos dólares semanales. Por eso tiene que arriesgar su vida. No tiene sentido. Intentemos ahora mejorar la fuerza del motivo para que sea igual a la fuerza de la intención. El ingeniero ha intentado conseguir empleo en todas partes y ha fracasado; está al borde de la desesperación cuando le ofrecen este empleo. Este motivo tiene sentido. Si no acepta el empleo puede morir de hambre. Si lo acepta lo pueden matar. O probemos de otro modo: los saboteadores vienen del espacio exterior. Si el ingeniero arriesga su vida no lo hace por trescientos dólares semanales sino por el planeta Tierra. Eso basta para equipararla a una intención fuerte.

Estos son los peligros que resultan de la interconexión de estas leyes. Pero también hay ventajas.

Si estas relaciones y proporciones son tan firmes y estrictas que podemos deducir una a partir de la otra, podemos dejar de mostrar y exponer cada una y todas ellas; será suficiente exponer una para conocer las demás. Esto es de valor inestimable al hacer el relato de la película.

Por otra parte, si el escritor no tiene en cuenta esta exposición automática de los factores entre sí y espera evitar contradicciones simplemente mostrando uno o dos factores, se lo podría comparar con un avestruz que mete su cabeza en la arena.

Llegamos ahora a un punto muy importante: la única excepción con respecto a estas deducciones automáticas es el cumplimiento o frustración de la intención. Pero en esta posible inseguridad subyacen del mismo modo las reglas firmes. Sabemos que la intención busca alcanzar el objetivo. Deducimos entonces que lo logrará. El único caso en el que tiene efecto la inseguridad es cuando a la intención se le oponen dificultades. Para estar inseguros sobre el cumplimiento o frustración de la intención necesitamos conocer la existencia de dificultades que se le oponen.

Esto ha preparado nuestra comprensión para uno de los hechos más importantes en la escritura de una película. Ahora somos capaces de transformar nuestro conocimiento teórico en reglas para aplicación práctica.

En realidad, la transición de motivo a intención y a objetivo toma tiempo. Si queremos ir caminando de Washington a Nueva York nuestra empresa requerirá un largo tiempo. Si queremos un cigarrillo, el tiempo requerido es breve.

Es nuestro deseo representar aquellas intenciones que requieren un largo tiempo tanto como aquellas que requieren escaso tiempo. Pero la película sólo tiene dos horas a su disposición, en tanto que la intención de caminar de Washington a Nueva York probablemente requiera dos semanas. Pero el cine puede contener acciones que insumen tanto tiempo debido a las interrupciones entre escenas. Recordemos que durante el cambio de una escena a otra transcurre un lapso indefinido. En consecuencia la transición de motivo a intención y a objetivo puede haber tenido lugar en ese lapso.
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