Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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todo despejado.

El sótano en que dormían había sido despensa, y a Anna le resultaba odioso. Para llegar hasta allí había que bajar un estrecho tramo de escalones de piedra, desde el comedor hasta la cocina, y unos cuantos escalones más. Tenía poco más de metro y medio de altura, y estaba húmedo y mal ventilado. Una vez instalados cada uno en su colchón, oyendo el ataque aéreo y mirando el bajo techo, era fácil imaginar que todo iba a desmoronarse, y Anna sentía un deseo irrazonable, aun cuando no hubieran caído bombas por allí cerca, de comprobar continuamente que la escalera seguía en su sitio.

A veces, cuando ya no aguantaba más, susurraba a mamá: «Voy al servicio», y a pesar de las protestas de los otros durmientes, se abría paso entre ellos y subía hasta la parte principal del hotel, desierta. Ascendía los cuatro tramos de escalera que la separaban de su habitación y se quedaba allí, con el ruido de las bombas y las ametralladoras, hasta que se sentía preparada para enfrentarse una vez más con el sótano.

Una noche, al entrar en su habitación, se sobresaltó al ver una figura recortada contra la ventana que, por una rareza de las explosiones, seguía intacta.

—¿Quién hay ahí? —gritó.

La figura se volvió y reconoció a papá.

—Mira —dijo, y Anna se reunió con él en la oscuridad.

La noche era brillante. El cielo estaba rojo, reflejando los incendios del suelo, y de él colgaban racimos de llamaradas naranja que lo iluminaban todo en millas a la redonda. Parecían adornos de Navidad gigantescos que atravesaran flotando lentamente, muy lentamente, el aire nocturno, y aunque Anna sabía que estaban allí para ayudar a los alemanes a dar en el blanco con sus bombas, la visión la llenó de admiración. Estaba tan brillante que veía el reloj de la iglesia (que se había parado hacía tiempo), y un trozo del tejado de enfrente, del que una explosión había arrancado varias tejas. A lo lejos, unos golpes sofocados siguieron a unos destellos amarillos como relámpagos; las ametralladoras antiaéreas de Hyde Park.

De repente, un reflector barrió el cielo. A él se unieron otro y otro, entrecruzándose una y otra vez, y después un gran destello naranja borró todo lo demás. Una bomba o un avión —Anna no sabía qué—, explotando en el aire, pero el estrépito que lo acompañó los arrojó de la ventana. Cuando acabó volvieron a mirar la noche iluminada. A las llamaradas naranja se habían unido unas de color rosa, y descendían lentamente juntas.

—Tal vez sea el fin del mundo civilizado —dijo papá—, pero no cabe duda de que es muy hermoso.

A medida que se acortaban los días, se hacían más largos los ataques aéreos. A mediados de octubre el todo despejado no sonaba hasta las seis y media de la mañana, y después casi no merecía la pena dormirse.

—¡Si dejara de hacer tan buen tiempo! —se lamentaba mamá, ya que cuando hacía mal tiempo no venían los bombarderos, y disfrutaban de la experiencia maravillosa e increíble de dormir toda la noche en sus camas. Pero se sucedían los días soleados, y aunque estimulaba salir cada mañana al vigorizante aire otoñal y descubrir que aún se estaba vivo, los bombarderos volvían cada noche, y con ellos la estrechez y el temor del sótano.

Una noche, las sirenas sonaron antes de lo habitual, mientras todos estaban cenando. Casi inmediatamente se oyó el zumbido de los aviones y una sucesión de explosiones, al caer unas bombas no muy lejos.

Uno de los polacos se quedó parado con un trozo de empanada a punto de metérselo en la boca.

—¡Bang, bang! —dijo—. No agradable cuando la gente está comiendo.

Era un hombre grandullón, de mediana edad, con un nombre impronunciable, a quien todos llamaban el Palomo Torcaz debido a su manía de imitar a una pareja de pájaros escuálidos que rondaban el patio trasero del hotel.

—Van a por la estación otra vez —dijo Frau Gruber.

—¡Seguro que no! —gritó la señora alemana a cuyo marido habían matado los nazis—. Ayer atacaron las estaciones.

El Hotel Continental estaba a mitad de camino entre las estaciones de Euston y de St. Paneras, y cuando los alemanes querían bombardear las estaciones, eso significaba que pasarían una mala noche.

—Pero no acertaron las —dijo el Palomo Torcaz, y todos se quedaron helados al oír un ruido desgarrador, silbante, seguido por una explosión que sacudió la habitación. Se cayó un vaso de una de las mesas, y se rompió contra el suelo.

—Qué cerca —dijo mamá.

Frau Gruber empezó a recoger flemáticamente los platos.

—Tenemos natillas y ciruelas de postre —dijo—, pero creo que será mejor dejarlo e ir al refugio.

Mientras Anna iba a buscar el colchón a su habitación, se oyó otro estallido, y el edificio entero —paredes, suelos, techo—, se tambaleó perceptiblemente. Cogió el colchón rápidamente y se precipitó escaleras abajo, con el colchón dando tumbos tras ella. Por una vez se alegró de llegar al sótano; al menos eso no se movía.

Frau Gruber había colgado una manta en medio de la despensa, de modo que los hombres durmieran a un lado y las mujeres al otro. Anna empujó su colchón hasta un espacio vacío, y se encontró al lado de la señora alemana a cuyo marido habían matado los nazis. Mamá estaba detrás de ella, en alguna parte. Antes de que le diera tiempo a acostarse se oyó otro estruendo y Frau Gruber, que había estado trajinando en la cocina con las natillas y las ciruelas, las dejó abandonadas y se dirigió a la despensa.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la señora alemana—. Espero que no vaya a ser una de esas noches espantosas.

A aquel ruido le siguió otro más fuerte, y después un tercero, por suerte más lejano.

—Todo va bien —dijo Anna—. Ha pasado de largo.

Los alemanes siempre lanzaban series de seis o más bombas. Mientras las explosiones se acercaban a uno, era aterrorizador, pero una vez que se habían alejado, sabías que estabas a salvo.

—¡Gracias a Dios! —dijo la señora alemana, pero Anna ya oía el zumbido de otro avión.

—Vienen por diferentes rutas —dijo Frau Gruber. Mamá añadió—: Justo encima. —Y a continuación empezó a caer el siguiente lote de bombas.

Se quedaron escuchando, mientras caían aullando desde el cielo. Una... dos... tres... cuatro muy cercanas; cinco y seis, gracias a Dios, en retroceso. Después otro avión, y otro... No pueden seguir así, pensó Anna, pero sí que siguieron.

A su lado, la señora alemana estaba tumbada con los ojos cerrados y las manos apretadas sobre el pecho, y al otro lado de la manta se oía murmurar al Palomo Torcaz:

—¿Por qué no dais a la estación y a casa vais? Alemanes bobos, ¿por qué darle no podéis?

Finalmente, al cabo de lo que pareció una eternidad, se hizo una pausa. La última bomba no fue seguida inmediatamente por el zumbido del próximo avión.

Se hizo el silencio.

Durante unos momentos, todos se quedaron a la expectativa, y al ver que no ocurría nada, empezaron a relajarse. Anna miró el reloj. Todavía eran las diez.

—Es el peor que hemos pasado —dijo mamá. Papá levantó una esquina de la manta y se asomó.

—¿Estáis bien? —preguntó, y Anna asintió.

Por extraño que parezca, no sentía la necesidad de siempre de comprobar que las escaleras seguían allí. Qué bobada, pensó. Si se vinieran abajo se oiría.

—Bueno, podríamos intentar dormir —dijo Frau Gruber, y en ese mismo momento se oyó un golpe seco y se apagó la luz.

—Han dado a un cable —dijo Frau Gruber, encendiendo la linterna con un chasquido.

—Los amables alemanes nos han apagado la luz —dijo el Palomo Torcaz, y todos se rieron.

—No voy a gastar las pilas —dijo Frau Gruber, y el sótano se sumió en la oscuridad.

Anna cerró los ojos para no verla. Cuando era pequeña le daba miedo la oscuridad, y aún seguía asustándola. Todo estaba en silencio, salvo por unas sacudidas lejanas. No había nada que ver, nada que oír, y el sueño se apoderó de ella.

De repente todo pareció estallar. El sótano tembló y antes de que pudiera recobrarse en la oscuridad, otra bomba bajó aullando, con el ruido más fuerte que hubiera oído hasta entonces, explotó con una enorme reverberación rugiente, casi demasiado fuerte para ser audible y algo se le cayó encima y la cubrió. No podía ver ni respirar; ero lo que siempre había temido...

Y al moverse descubrió que lo que le había caído encima era solamente la manta, y aparecieron las caras blancas de papá y el Palomo Torcaz al sonar el ¡click! de la linterna de Frau Gruber.

—¿Estás bien? —preguntó papá. Anna respondió:

—Sí —y se quedó tendida donde estaba, sin moverse, aún aterrorizada. A su lado la señora alemana lloraba.

Mamá empezó a decir algo, pero se calló porque se oía otro avión volando sobre ellos, y las bombas cayeron desgarrando el aire una vez más.

—Voy a echar una ojeada —dijo Frau Gruber cuando hubo caído la última, y el sótano brincó y se oscureció al alejarse con la linterna.

—Todo bien. Aún seguimos en pie.

Anna estaba muy quieta.

No debo asustarme, pensó. Pero deseaba que la señora alemana dejase de llorar al estremecerse el sótano con una nueva explosión.

Al ritmo que nos están bombardeando, pensó, nos alcanzarán tarde o temprano.

La sacudió una oleada de terror, pero logró contenerla. Si pudiera hacerme a la idea, pensó. Si lograra mantener la calma cuando ocurra. Porque siempre venían a rescatarte, y si no te asustabas y no utilizabas demasiado oxígeno, durabas hasta que llegasen.

Mamá se inclinó sobre ella en la oscuridad.

—¿Quieres ponerte a mi lado? —preguntó.

—Estoy bien aquí —respondió Anna.

Mamá no podía ayudarla.

Llegó otro avión y cayeron más bombas.

Si lo pienso ahora, reflexionó Anna, si me lo imagino, cuando ocurra, cuando esté atrapada en un agujero con toneladas de cascote sobre mi cabeza...

El terror volvió a apoderarse de ella.

Trató de dominarlo. No debo luchar ni escarbar para salir, pensó. Tengo que quedarme quieta. Tal vez no haya mucho sitio, ni mucho aire...

De repente casi pudo sentir el hueco estrecho y negro en que estaba encerrada, y era tan horripilante que se sentó de un brinco como si la hubieran pinchado, para asegurarse de que no había ocurrido. Boqueó buscando aire, y mamá volvió a decir:

—¿Anna?

—Estoy bien —contestó.

La señora alemana gemía, y detrás de ella dos voces checas murmuraban una oración.

¡Tengo que acostumbrarme!, pensó, ¡tengo que hacerlo! Pero antes de que la idea se hubiera formado en su cabeza, quedó sumergida en un terror tal que casi soltó un grito. No servía de nada. No podía. Se quedó con las manos retorcidas, los dientes apretados, esperando a calmarse.

Tal vez no sea tan terrible cuando suceda, pensó. Tal vez sea peor pensarlo. Pero sabía que no era así.

Seguían llegando aviones y seguían estallando bombas, en tanto que la señora alemana lloraba junto a ella. Una vez mamá le gritó que se controlase, y en cierto momento de la noche papá llevó su colchón junto al de mamá para poder estar juntos, pero todo siguió igual.

Anna yacía sola en la oscuridad, tratando de borrar una imagen espantosa de sí misma chillando sordamente en un agujero negro.

Al final se quedó tan agotada que la invadió una especie de calma. Me he acostumbrado, pensó, pero sabía que no era cierto. Y cuando dejaron de oírse aquellos estruendos y se filtró un poquito de luz en el sótano con el sonido del fin de la alarma, pensó, bueno, después de todo, no ha sido tan espantoso. Pero sabía que también esto era falso.

Al inspeccionar los daños descubrieron que habían desaparecido las pocas ventanas que quedaban. Se había desmoronado la parte superior de la torre de la iglesia que Anna veía desde su habitación, y había un boquete de bordes desiguales en el tejado de la iglesia. Y al otro lado de Bedford Terrace, a sólo unos metros, donde debiera haber habido una casa, no quedaba más que un montón de escombros, del que nada ni nadie podía haberse salvado.

—Un golpe directo —dijo el conserje.

—¿Quién vivía ahí? —preguntó Anna.

Estaba en la puerta, con sus pantalones y su viejo jersey, en la fría mañana. El viento se colaba entre sus ropas y se había anudado un pañuelo en la mano, ya que se había cortado con un trozo de cristal roto.

—Unos refugiados de Malta —contestó el conserje—. Pero siempre iban al refugio público.

Anna los recordó: unas personas frágiles, de piel oscura, con ropas demasiado ligeras para el otoño inglés. En cuanto sonaba la alarma aérea salían atropelladamente de la casa, emitiendo un extraño ruido gorjeante, y se precipitaban calle abajo, asustados.

—¿Todos? —preguntó—. ¿Iban todos al refugio público?

—Casi todos —respondió el conserje.

En ese momento un coche grande de color azul dobló precipitadamente la esquina, sorteó unos cascotes que había en la cuneta y se detuvo inexplicablemente a la puerta del hotel. El conductor abrió la puerta y salió un hombrecillo rechoncho. Era el profesor Rosenberg.

—Me he enterado de que habéis pasado una mala noche. ¿Estáis todos bien?

Anna asintió, y el profesor la empujó hasta el salón, donde mamá y papá estaban tomando el té que había preparado Frau Gruber.

—Creo que la niña debía dejar esto durante una temporada —dijo—. Vuelvo esta tarde al campo. Pasaré a recogerla y me la llevaré.

Anna no quería.

—Estoy bien —dijo, pero las lágrimas afluían constantemente a sus ojos, sin ninguna razón especial, y tanto mamá como papá expresaron su deseo de que se marchase.

Al final, lo decidió mamá gritando:

—¡No soportaré otra noche como ésta contigo aquí...! ¡No me importaría si supiera que estabas a salvo!

Y papá añadió:

—¡Vete por favor!

De modo que mamá le ayudó a preparar el equipaje y, alrededor de las cinco, Anna subió al asiento trasero del gran coche del profesor.

Se asomó a la ventanilla, agitando frenéticamente la mano hasta que el coche dobló la esquina. Durante todo el viaje llevó en su mente la imagen de mamá y papá despidiéndola con la mano, de pie entre los escombros de la calle destrozada.

Cuando llegaron era de noche. Mientras el coche salía de Londres, sorteando en zigzag carreteras bloqueadas y bombas sin explotar, empezó a caer la tarde, y el profesor metía prisa al conductor para alejarse de la ciudad antes de que llegaran los bombarderos.

Anna se internó en la oscuridad del campo, sintiendo más que viendo los árboles tupidos que rodeaban la enorme casa, y percibió el olor a bellotas y hojas otoñales antes de que el profesor la hiciera entrar por la puerta. Cuando aún se estaba adaptando a la brillantez del recibidor, sonó un gong en las profundidades de la casa.

El profesor dijo:

—Ve a buscar a tu tía Louise —y desapareció escaleras arriba.

Anna se preguntó dónde estaría tía Louise, y al no ocurrírsele nada mejor, decidió seguir el sonido del gong. Atravesó un gran salón amueblado con sillas mullidas, sofás y lámparas de aparatosas pantallas, y entró en un comedor igualmente grande en el que había una mesa cubierta de encaje preparada para unas doce personas. Allí encontró otra puerta, tapizada de gamuza verde, y acababa de decidirse a abrirla cuando cesó el sonido del gong y entró tía Louise como una exhalación, con un vestido de terciopelo negro y la baqueta aún en la mano.

—¡No vamos a poder cenar...! —gritó.

Entonces vio a Anna y le echó los brazos al cuello, golpeándola accidentalmente con el extremo almohadillado de la baqueta.

—¡Ay! —exclamó—. ¿Te encuentras bien? Le dije a Sam que te trajera. ¿Tus padres están bien?

—Estamos todos bien —respondió Anna.

—¡Gracias a Dios! —gritó tía Louise—. Nos enteramos de que la noche pasada fue horrible. Oh, debe ser espantoso estar en Londres, aunque aquí también hay problemas. La cena... —hizo entrar a Anna por la puerta de gamuza verde—. ¡Ven! —gritó—. ¡Tú puedes ayudarme!

En el estrecho pasillo se encontraron con dos criadas vestidas de riguroso uniforme.

—¡Vamos, Lotte, Inge! —exclamó tía Louise—. ¡Tenéis que entrar en razón! —Pero ellas la miraron hurañas, y la llamada Inge sollozó.

—Lo que está dicho no se puede borrar —murmuró; y la llamada Lotte añadió—: Yo estoy de acuerdo con ella.

—¡Pero bueno! —gimió tía Louise—. ¡Quién iba a pensarlo, tanto lío por unos arenques ahumados!

Pasaron junto a la cocina; en el fogón bullían seis cacerolas.

—¡Míralo! —gritó tía Louise—. ¡Se va a estropear todo! —y casi echó a correr hasta la habitación de atrás—. ¡Fraulein Pimke! —chilló, al tiempo que intentaba abrir la puerta. Pero estaba cerrada con llave, y Anna oyó a alguien que lloraba ruidosamente dentro—. ¡Fraulein Pimke! —repitió tía Louise, agitando el abridor de la puerta—. ¡Escúcheme! Yo nunca me he metido con sus guisos.

En el interior de la habitación se oyeron unos ruidos ininteligibles.

—¡Sí, ya lo sé! —exclamó tía Louise—. Sé que fue usted cocinera del Kaiser y de los personajes más importantes del país. Y a mí no se me ocurriría criticarla, pero, ¿cómo iba yo a saber que las criadas no quieren comer arenques ahumados? Y además, la ración de mantequilla... ¡Fraulein Pimke, salga, por favor!

Se oyó un ruido de arrastrar de pies, seguido por un «click». Se abrió una rendija en la puerta, y asomó un rostro de anciana, cubierto de lágrimas.

—... nunca me habían rechazado una comida —dijo con voz trémula—. Y que me griten, encima de que tengo ochenta y dos años... y todavía intento hacerlo lo mejor posible...

Descendieron las comisuras de sus labios y por las mejillas arrugadas corrieron más lágrimas.

—Vamos, Fraulein Pimke —dijo tía Louise, al tiempo que insertaba astutamente un brazo en la abertura y se deslizaba por la puerta (es como sacar un caracol de su concha, pensó Anna)—, ¿qué diría el Kaiser si la viera llorar así?

Fraulein Pimke, despojada del refugio de su habitación, parpadeó con expresión aturdida, en tanto que tía Louise aprovechaba para colarse dentro.

—No tenía intención de gritarle —dijo—. Es que me cogió por sorpresa. Al descubrir que la ración de mantequilla se había gastado en los arenques, y después, cuando se despidieron las criadas... ¡Fraulein Pimke, usted es la única persona en la que puedo confiar!

Fraulein Pimke, algo más calmada, guiñó los ojos al ver a Anna.

—¿Quién es? —preguntó. Tía Louise vio su oportunidad y la cogió al vuelo.

—¡Una víctima de las bombas! —gritó—. ¡Una pequeña víctima de los bombardeos de Londres! —Sus ojos cayeron sobre el pañuelo que Anna llevaba en la mano, y lo señaló con gesto dramático—. ¡La han herido! —exclamó—. ¡Fraulein Pimke, no irá a dejar a esta niña sin cenar!

Para entonces ya se las había ingeniado para dirigir al grupo hasta la puerta de la cocina, y Fraulein Pimke entró como un corderito.

—¡Gracias, gracias! —dijo tía Louise—. Sabía que podía contar con usted. El profesor se pondrá muy contento.

Después llevó a Anna al salón, que ahora estaba lleno de gente vestida de etiqueta. El no dormir empezaba a afectar a Anna, y tras los horrores de la noche anterior todo empezaba a ser como un sueño. La presentaron a varias personas, la mayoría de las cuales debían ser familiares del profesor, pero resultaba difícil recordar quiénes eran.

Había una mujercita de expresión malhumorada que era la hermana del profesor, y dos chicos más pequeños que Anna, que podrían ser o no sus hijos. Pero, ¿qué pintaba allí un hombre vestido con un traje de seda y un turbante? ¿Era realmente un
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