Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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Big Ben, ya que el conserje, como de costumbre, había puesto la radio demasiado alta.

Una voz familiar dijo: «Aquí el Servicio Nacional de la BBC. Les habla Bruce Belfrage, para darles las noticias de última hora.»

La voz no tenía el mismo tono de siempre, y Anna pensó: «¿Qué le pasará?» Era como un sofoco, un deseo apenas perceptible de apresurarse que nunca había demostrado. Anna escuchaba con tal atención la entonación de cada palabra que apenas captaba el sentido. Combates aéreos sobre la mayor parte de Inglaterra... Gran concentración de bombarderos... Un comunicado oficial del Ministerio del Aire... Y entonces saltó. La voz se quebró débilmente, lo que la privó por completo de su habitual indiferencia; hizo una pausa de una fracción de segundo y a continuación dijo con lentitud y claridad: «Ciento ochenta y dos aeronaves enemigas derribadas.»

La gente reunida en el salón emitió un leve grito, seguido por preguntas y respuestas en un murmullo, ya que los que no sabían mucho inglés preguntaban qué había dicho el locutor, y los otros confirmaban entre sí lo que habían entendido. Y el anciano polaco saltó de la silla y estrechó la mano del señor Chetwin.

—¡Es un éxito! —gritó—. ¡Ustedes ingleses muestran a Hitler que ganar no puede siempre! ¡Sus aviones le muestran! —los demás polacos y checos se arremolinaron en torno suyo, palmeándole la espalda al señor Chetwin, dándole la mano y felicitándole.

Su pelo gris se desordenó aún más, y parecía aturdido pero contento.

—Son ustedes muy amables —decía una y otra vez—, pero no he sido yo.

Sin embargo, ellos insistían en tratarle como si hubiera estado allí personalmente y hubiera derribado un montón de bombarderos alemanes, y cuando al fin se marchó para coger el tren, uno de ellos gritó triunfalmente:

—¡Ahora Hitler pensar tiene de otra cosa!

El problema estaba, reflexionaba Anna unos días después, en lo que Hitler estuviera pensando. Al fin se había acabado el buen tiempo, densas nubes habían puesto fin a las actividades aéreas, y nadie sabía qué ocurriría a continuación.

Anna había llegado al final del capítulo sobre la naturaleza del humor, y le habían pagado la libra prometida, que tenía intención de gastar en un par de pantalones —que eran la nueva moda femenina—, y mamá y ella se pusieron a recorrer Oxford Street en busca de unos de precio asequible.

A pesar de las nubes seguía haciendo calor, y cada tienda que visitaban parecía más pegajosa y peor ventilada que las anteriores. Todos los pantalones en oferta eran demasiado caros, y hasta unos momentos antes de la hora de cerrar no encontraron unos que le sirvieran. Eran azul marino, de una materia inidentificable que, según dijo mamá, probablemente se desharía con el ruido de una alarma aérea, pero como eran de su talla y sólo costaban diecinueve chelines, once peniques y tres farthings *, los compraron; Anna con expresión de triunfo y mamá de cansancio.

Mamá estaba deprimida. Aquella mañana había recibido una carta del señor Chetwin, llena de amabilidad y preocupación por Max, en la que no le comunicaba ningún progreso, y empezaba a pensar que también su última esperanza iba a fracasar como todas las demás.

Tuvieron que hacer cola durante largo rato para coger el autobús, y cuando al fin llegó, mamá se dejó caer en un asiento y, en lugar de admirar los pantalones de Anna, cogió un periódico que alguien había dejado abandonado y se puso a leer. El autobús avanzaba con lentitud para ahorrar gasolina, y le dio tiempo a leerlo de cabo a rabo.

De repente exclamó:

—¡Mira!

Anna lanzó una ojeada por encima del hombro de mamá, sin comprender por qué le había provocado tal agitación la crítica de una película.

—¡Léelo! —gritó mamá.

Era una reseña muy humanitaria de una película sobre las dificultades y desgracias que aquejaban a una familia antinazi al intentar escapar de Alemania. No estaba escrita por un crítico de cine, sino por un político.

—¿Lo ves? —gritó mamá—. Pueden ser humanitarios cuando la gente está atrapada en Alemania, pero, ¿qué ocurre cuando llegan a Inglaterra? Que los encierran en campos de internamiento.

* Moneda actualmente fuera de uso que valía un cuarto de penique. Todas las indicaciones monetarias se refieren al sistema tradicional inglés (antes de que se implantara el decimal), según el cual una libra constaba de veinte chelines, y un chelín, de doce peniques. Se mencionaban también antiguas monedas, como la guinea (que equivalía a una libra y un chelín), la corona (cinco chelines) y la media corona (dos chelines y seis peniques). (N. del E.)

Dobló apresuradamente el periódico y lo embutió en su bolso.

—Voy a escribir a este señor —dijo.

En cuanto llegaron al hotel, enseñó el artículo a papá. Al principio no estaba seguro de que fuera correcto escribir al periódico.

—Somos huéspedes de este país, y uno no debe criticar a su anfitrión.

Pero mamá se excitó mucho y gritó que no era una cuestión de etiqueta, sino que estaba en juego la vida de Max, y al final redactaron una carta entre los dos.

Explicaban la prolongada lucha de papá contra Hitler y las becas de Max, y mencionaban al señor Chetwin, que quería que Max diera clase en su colegio. A continuación daban una lista de todas las personas de Cambridge que habían protestado por el internamiento de Max, y acababan preguntando si no era una situación absurda. Después fueron juntos a Russell Square a echar la carta al correo.

La respuesta llegó dos días después.

Anna había estado despierta la mitad de la noche debido a las múltiples alarmas aéreas, y por primera vez las bombas habían caído no sólo en los barrios extremos, sino peligrosamente cerca, en mitad de Londres. Se sentía cansada y deprimida y miró la carta con recelo, pensando que no era la clase de día en que se reciben buenas noticias.

También mamá parecía un poco atemorizada de abrirla, pero al final la rasgó con tal torpeza que se rompió una esquina de la carta junto con el sobre. Al leerla, se echó a llorar.

Papá la cogió y Anna y él la leyeron juntos.

Era del editor del periódico. Decía que su publicación había protestado hacía ya tiempo por la política del gobierno, que había provocado el internamiento de algunos de los antinazis más fervientes y brillantes. Le había conmovido la carta de mamá y papá y se la había entregado al secretario del Interior, quien había prometido investigar personalmente el caso de Max de inmediato.

—¿Eso quiere decir que le van a soltar? —preguntó Anna.

—Sí —contestó papá—. Sí, eso es.

Se quedaron en el estrecho comedor, mirándose. De repente, todo era diferente. Había habido bombardeos la noche anterior, acababa de sonar una nueva alarma aérea, los titulares de los periódicos de la mañana decían: «Lanchas de desembarco concentradas en los puertos del Canal», pero nada de eso importaba, porque iban a soltar a Max. Al fin papá dijo lentamente:

—Los ingleses son realmente extraordinarios. Ahí los tienes, con una amenaza de invasión en cualquier momento, y sin embargo, al Secretario del Interior le queda tiempo para remediar una injusticia cometida contra un chico desconocido que ni siquiera ha nacido aquí.

Mamá se sonó la nariz.

—Pero es que —dijo— ¡Max es un chico muy notable!

Max llegó a casa como una semana después, sin avisar, en mitad de un ataque aéreo. Eran las últimas horas de la tarde. Mamá aún no había vuelto del trabajo; papá había ido a buscarla a Russell Square, y Anna acababa de lavarse el pelo en el cuarto de baño que había en un extremo del pasillo. Regresaba a su habitación con una toalla enrollada en la cabeza, y allí estaba él, en el pasillo.

—¡Max! —gritó, y estuvo a punto de echarle los brazos al cuello, pero se contuvo, por si no le gustaba, por si le parecía demasiado brusco.

—Hola, hombrecito —dijo Max. Era un apodo que le había puesto cuando eran muy pequeños—. Me alegro de ver que sigues tan limpia.

—¡Oh, Max! —exclamó Anna, echándole los brazos al cuello, a pesar de todo—. ¡No has cambiado!

—Pues, ¿qué te creías? —dijo Max—. ¿Que iba a volver endurecido y amargado? ¿Que no volvería a sonreír? Yo no cambio. —La siguió hasta su habitación—. Pero aprendo de la experiencia —añadió—, y voy a asegurarme de que no me ocurra otra vez nada parecido a lo de estos últimos cuatro meses.

—¿Y cómo vas a hacerlo? —preguntó Anna. Max retiró la ropa de la única silla que había y se sentó.

—Voy a dar clase durante un año —dijo—. El viejo Chetwin quiere que lo haga, y se lo debo, después de todos sus esfuerzos. Después me alistaré en el ejército.

—Pero Max —dijo Anna—, ¿admiten alemanes en el ejército británico?

La boca de Max se endureció.

—Ya lo veremos.

Se abrió la puerta violentamente y apareció mamá, y papá detrás de ella.

—¡Max! —gritó, al tiempo que se oía un golpe sordo y un retumbar, y Max, sobresaltado, preguntó—: ¿Ha sido una bomba?

—Sí —contestó Anna, como excusándose—, pero ha caído muy lejos.

—¡Cielo Santo! —exclamó Max, y al precipitarse mamá a abrazarlo, añadió a modo de reproche—: ¡Pero mamá! ¿Para esto me habéis hecho volver?

En la cena bebieron una botella de vino que alguien había regalado a papá meses antes y que había guardado para una ocasión especial. No sabía muy bien; el fondo del armario de la ropa tal vez no fuera el sitio más adecuado, dijo papá, pero lo bebieron a la salud de Max, del señor Chetwin y del Secretario del Interior, y al final Anna se sintió placenteramente mareada. Mamá sólo tenía ojos para Max. Le llenó el plato de comida y bebía cada palabra suya, pero Max no habló mucho. Su mayor preocupación era Otto que, según dijo, se sentiría perdido sin él, y que pensaba irse en un barco de carga a Canadá.

—Su profesor se va —dijo—, pero, ¿qué va a hacer él en Canadá? Y además, el último barco que iba hacia allí lo hundió un submarino alemán.

Había sonado el todo despejado poco después de la llegada de Max, pero se produjo otra alarma aérea un poco más tarde, y durante toda la noche continuó oyéndose el ruido de aviones y bombas lejanos. Después de anochecido la situación más que mejorar fue a peor, y mamá le dijo a Max muy enfadada: «No sé qué se proponen», como una anfitriona cuyos preparativos para la noche se hubieran venido abajo.

—¿Se ve algo? —preguntó Max—. Voy a echar una ojeada.

Y a pesar de las advertencias de mamá y papá sobre la metralla, Anna y él retiraron el pesado cortinaje de oscurecimiento que cubría la puerta y salieron a la calle.

Afuera no estaba oscuro, y el cielo era de un rosa brillante, por lo que, durante unos momentos, Anna creyó estúpidamente que se había equivocado con la hora. Entonces se oyó un sonido silbante, como de algo al rasgarse, y un ruido estrepitoso al caer una bomba no demasiado lejos; un hombre con casco de metal les gritó: «¡Métanse en casa!»

—¿Dónde es el incendio? —preguntó Max.

Claro, pensó Anna; debe ser un incendio, y por eso está tan brillante el cielo.

El hombre retrocedió hacia una pared al caer otra bomba, pero esta vez fue más lejos.

—En el puerto —respondió—. Los alemanes están tirando la casa por la ventana. ¡Dejen de hacer el tonto y entren!

Los empujó hacia el hotel.

Max parecía aturdido.

—¿Es siempre así? —preguntó.

—No —respondió Anna—. Este es el peor que hemos tenido. —Pensó en el cielo rosa y añadió—: Debe ser un incendio grande.

Al llegar la hora de acostarse no había indicios de que el ataque aéreo fuera a suavizarse, y Frau Gruber, la directora del hotel, dijo que quien lo deseara podía dormir en el salón. Trajinaba de acá para allá con las mantas, y todos la ayudaron a mover las mesas para dejar más espacio, con lo que al poco tiempo el salón parecía un campamento. Algunos se ovillaron en los sillones marrones de imitación de cuero, con sus almohadas, y otros se tendieron sobre mantas, en el suelo. Unos se habían puesto pijama, pero otros seguían con la ropa corriente, cubiertos con los abrigos, por si se daba el caso de que cayera una bomba y tuvieran que salir precipitadamente a la calle. El autor del libro sobre la naturaleza del humor llevaba un pijama de rayas, una chaqueta de mezclilla y el sombrero.

Cuando todos estuvieron más o menos acomodados, apareció Frau Gruber en bata, portando una bandeja con tazas y una jarra de cacao, como para celebrar una fiesta de alcoba. Finalmente, se apagaron todas las luces, excepto una pequeña en un rincón, y Frau Gruber, que se había animado de una forma asombrosa como resultado de tanta actividad, dijo: «Espero que pasen todos ustedes una buena noche», cosa que a Anna le pareció curiosa, dadas las circunstancias.

Estaba tumbada en el suelo, con la cabeza debajo de una mesa, al lado de Max —mamá y papá se habían colocado en dos sillones al otro extremo del salón—, y en cuanto la habitación quedó a oscuras se hizo imposible ignorar los golpes sordos y las explosiones. Oía el ruido de los aviones, un zumbido tembloroso que era como un mosquito rondando, sólo que en un tono muchas octavas más bajo, y de cuando en cuando, el golpe sordo de una bomba. En su mayoría caían a cierta distancia, pero aun así las explosiones eran audibles. Anna sabía que muchas personas podían distinguir los aviones alemanes de los británicos, pero a ella le sonaban igual. Todos parecían alemanes.

A su alrededor sentía a la gente moverse y susurrar; a nadie le era fácil dormir.

—Max —dijo quedamente. Max se volvió hacia ella, completamente despierto.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió Anna en un susurro—. ¿Y tú?

Max asintió.

De pronto Anna se acordó de que, cuando era muy pequeña y le asustaban las tormentas, Max la distraía contándole que era Dios que tenía indigestión.

—¿Te acuerdas...? —preguntó, y Max respondió:

—Sí, precisamente lo estaba pensando. Dios con indigestión. Esta vez se ha puesto muy malo.

Anna rió, y ambos dejaron de hablar para escuchar el zumbido de un avión, que parecía estar justo encima de ellos.

—Y pensar que podría estar tranquilamente en la isla de Man, en la cama, con Otto al lado leyendo a Wodehouse —dijo Max.

El ruido del avión se debilitó; después aumentó («debe estar volando en círculo», pensó Anna), y finalmente se perdió en la distancia.

—Max —dijo—, ¿lo pasaste muy mal en el campo de internamiento?

—No —respondió—. Una vez aclimatado, no. O sea, no nos trataban con brutalidad ni nada parecido. Lo que a mí me afectaba era sencillamente el hecho de tener que estar allí. No era mi sitio.

Anna se preguntó cuál sería su sitio. ¿El hotel, con los otros refugiados? Probablemente tanto como cualquier otro lugar, pensó.

—Verás —dijo Max—, comprendo que pueda parecer presuntuoso, pero sé que mi lugar está en este país. Lo sé desde el primer año de colegio; es la sensación de que de repente todo está bien. Y no era cosa mía. También lo pensaban otras personas, como George y Bill.

—Sí —dijo Anna.

—Lo único que quiero —continuó Max— es que me dejen hacer las mismas cosas que a los demás. Fíjate, algunos internados pensaban que tenían suerte de estar allí, porque se encontraban a salvo. Yo no soy persona especialmente inclinada a la guerra y Dios sabe que no quiero que me maten, pero preferiría mil veces estar en el ejército con George o en la Fuerza Aérea con Bill. ¡Estoy harto de tener que ser siempre diferente!

Se oyó un estallido más cercano que los anteriores que hizo temblar el edificio, y al sentir moverse el suelo bajo su cuerpo, a Anna se le vino a la cabeza la palabra «bombardeo». Estoy en un bombardeo, pensó. Estoy en el suelo del Hotel Continental, en pijama, en mitad de un bombardeo.

—Max —dijo—, ¿tienes miedo?

—No mucho —contestó Max.

—Yo tampoco.

—¡Supongo —dijo Max— que es un alivio tener las mismas preocupaciones que los demás, por una vez!

El ataque aéreo duró toda la noche. Anna dormía a intervalos, arrullada por el ronroneo de los aviones, y se despertaba sobresaltada por los golpes y los estallidos lejanos, hasta que el final de la alarma sonó a las cinco y media de la mañana, y Frau Gruber, que al parecer consideraba esta nueva ofensiva del arte militar de Hitler como un reto personal, apareció con tazas de té. Había corrido las cortinas de oscurecimiento y Anna vio con cierta sorpresa que Bedford Terrace seguía como siempre. La calle estaba vacía, y las casas desastradas se erguían silenciosas bajo el cielo pálido, como si hubiera sido una noche como otra cualquiera. Mientras lo observaba, se abrió una puerta frente a ella y apareció una mujer vestida con pantalones y chaqueta de pijama. Miró inquisitivamente al cielo, como lo había hecho Anna antes. Bostezó, se desperezó y volvió a entrar, a seguir durmiendo o a preparar el desayuno.

Max estaba deseando empezar su trabajo lo más pronto posible. Tras ciertas dificultades, había logrado comunicarse por teléfono con la estación de Euston, donde le habían dicho que, debido a acciones enemigas, se producirían retrasos en todas las líneas. Anna y mamá se despidieron de él mientras hacía la maleta, con papá sentado en la cama para hacerle compañía, y se fueron a trabajar como de costumbre.

Era una mañana hermosa y clara, y al dirigirse hacia Tottenham Court Road por unas calles laterales a Anna volvió a sorprenderle lo normal que parecía todo. La única diferencia era que había más coches y taxis de lo corriente, muchos de ellos con las bacas atestadas de equipaje: más gente que abandonaba Londres.

Mientras esperaba a cruzar la calle, el frutero que abría su tienda en ese momento la sonrió y gritó:

—¡Vaya ruido que hubo anoche!

—Sí —respondió ella, y le devolvió la sonrisa.

Pasó apresuradamente por detrás del Museo Británico, que era la parte más aburrida de su trayecto diario, y se internó en una calle más interesante, con tiendas. Ante ella vio unos cristales en la acera. Debe haberse roto una ventana, pensó. Y al levantar los ojos, vio el resto de la calle.

Había cristales por todas partes, puertas colgando de sus goznes, cascotes en la cuneta. Y en el terraplén de enfrente, donde hubiera debido estar una casa, había un hueco. El piso superior había desaparecido por completo, así como la mayor parte de la fachada. Se habían reducido a un montón de ladrillos y piedras que llenaban la carretera, y unos hombres vestidos con mono los estaban cargando en un camión.

Se veía lo que quedaba dentro de la casa. El papel de la pared era verde, y el cuarto de baño estaba pintado de amarillo. Se sabía que era el cuarto de baño porque, a pesar de que había desaparecido la mayor parte del suelo, la zona en que se apoyaba la bañera parecía suspendida en el espacio. Justo encima había una argolla con una toalla colgada, y un vaso para cepillos de dientes en forma de Mickey Mouse.

—Es horrible, ¿verdad? —dijo un hombre a su lado—. Ha sido una suerte que no hubiera nadie. Se había llevado a los niños a casa de su hermana. ¡Ya me gustaría decirle cuatro cosas a ese Hitler!

Después siguió barriendo los cristales que había a la puerta de su tienda.

Anna bajó lentamente por la calle. La parte más cercana a la casa bombardeada había sido acordonada, por si seguía desmoronándose, y en un lateral, un hombre y una mujer clavaban cartones para cubrir las ventanas rotas. Anna se alegró de que no hubiera habido nadie en la casa al caer la bomba. Uno de los hombres que recogían los escombros le gritó que se apartase, y Anna torció por una bocacalle.

Allí había pocos daños —ventanas rotas y polvo y cemento desprendido—, y al abrirse paso entre los fragmentos de cristal desparramados por el suelo, observó el reflejo del sol sobre ellos. Una brisilla arremolinó el polvo alrededor de su pies. Tenía las piernas morenas debido al inacabable buen tiempo, y de repente sintió deseos de correr y saltar. Es espantoso sentirse así, pensó, después de un ataque aéreo y con tantas personas muertas, pero a otra parte de su ser no le importaba. El cielo era azul y el sol calentaba sus brazos desnudos, y los gorriones brincaban en la carretera y los coches daban bocinazos y la gente paseaba y hablaba. De pronto, ya no sentía más que una enorme alegría por seguir viva. Pobre gente que había perdido su casa, pensó, pero la idea apenas tuvo tiempo de formarse antes de que su propia felicidad se la tragara.

Tomó una profunda bocanada de aire —olía a polvo de ladrillos y cemento— y echó a correr hasta el final de la calle, se internó en Tottenham Court Road y llegó a la academia de secretariado.

Después de aquello hubo ataques aéreos todas las noche. Las sirenas empezaban a sonar al atardecer, seguidas unos minutos más tarde por el zumbido de los bombarderos alemanes, y el final de la alarma no llegaba hasta las primeras luces. Eran tan regulares que casi podían ponerse los relojes en hora siguiéndolos.

—Mamá —decía Anna—, ¿puedo ir a comprar caramelos para el ataque aéreo? Mamá respondía:

—Vale, pero date prisa. Llegarán dentro de diez minutos.

Y Anna corría por las calles cálidas, anochecidas, hasta la confitería de al lado de la estación del metro, a comprar dos onzas de pastillas de café que la vendedora pesaba a toda prisa, con un ojo en el reloj, y volvía a la carrera al hotel, llegando al mismo tiempo que el primer gemido de las sirenas.

Cada noche, mamá, papá y ella dormían en el salón. Había suficiente sitio, ya que se había marchado mucha gente después del primer gran ataque aéreo, y cada día se iba alguien más. Era enervante estar tumbado en la oscuridad, esperando a que los alemanes dejasen caer sus bombas. Al parecer no había nada que pudiera detenerlos. Pero al cabo de unas cuantas noches, el estruendo de los combates aumentó repentinamente con una serie de detonaciones, como un enorme tambor lleno de aire que explotase, y Frau Gruber, que se había hecho una experta de la noche a la mañana, lo identificó de inmediato como fuego antiaéreo. Dormir era más difícil que antes, pero a pesar de ello todo el mundo se alegró.

Es raro, pensaba Anna, la rapidez con que uno se acostumbra a dormir en el suelo. Era bastante cómodo. Había muchas mantas, y las pesadas contraventanas de madera del salón no sólo atenuaban el ruido, sino que proporcionaban una sensación de seguridad. Nunca dormía lo suficiente, pero a todo el mundo le ocurría lo mismo, y ésta era otra cosa a la que uno se acostumbraba. A cualquier sitio que se fuera durante el día, se veía gente dando cabezadas para recuperar el sueño: en los parques, en los autobuses y en el metro, en los rincones de los salones de té. Una chica de la academia llegó a quedarse dormida sobre la máquina de estenografía. Mientras hablaban, bostezaban aparatosamente en medio de una frase y seguían con lo que estaban diciendo sin molestarse en pedir perdón.

En la tercera semana de ataques aéreos cayó una bomba en Russell Square: hizo un cráter en la blanda tierra y rompió la mayor parte de las ventanas de Bedford Terrace. Anna estaba dormida en aquella ocasión, y por suerte la explosión sacó todo a la calle, de modo que los cristales y las contraventanas (que después de todo no habían resultado ser tan seguras) aterrizaron en la acera en lugar de hacerlo sobre las personas acostadas en el salón.

Se levantó de un salto, aún dormida e incapaz de comprender qué había ocurrido. Una cortina ondeaba en torno a su cara, y podía ver la calle, donde un vigilante de ataques aéreos hacía sonar el silbato. A su alrededor la gente daba traspiés en la oscuridad, preguntando qué había pasado, y por encima de todo el ruido oyó la voz de mamá que gritaba:

—¡Anna! ¿Estás bien?

Anna respondió:

—¡Sí! —Y Frau Gruber llegó con una linterna.

A continuación descubrió con sorpresa que estaba temblando.

Después de aquello nadie volvió a dormir en el salón. El inspector del ayuntamiento que fue a cubrir con cartón los huecos que antes habían sido las ventanas le dijo a Frau Gruber que no ofrecía seguridad, y que en adelante sería mejor utilizar el sótano.

En la academia, Anna fanfarroneó un poco sobre cómo había escapado, pero a nadie le impresionó mucho. Para entonces, la mayoría de las personas que quedaban en Londres podían contar alguna historia de bombas. Si no habían perdido ventanas, se habían librado por los pelos o por alguna coincidencia extraordinaria de estar en un edificio que había recibido un golpe directo. Madame Laroche, al volver de un refugio público al amanecer se había encontrado con que por su tejado había entrado una mina, que no había explotado, y que ahora colgaba con su paracaídas en la parte superior de la escalera, dispuesta a caer al menor movimiento. Esto le había desatado los nervios de tal forma, además de la preocupación por su familia de Bélgica, que el médico le había ordenado que descansara en el campo.

La academia no la echaba en falta. Además, casi se había paralizado. Apenas quedaban una docena de estudiantes, y era imposible escribir al dictado, ya que el papel especial de las máquinas procedía de Bélgica, y ya no iban a recibir más. De modo que las alumnas practicaban moviendo los dedos sobre los teclados vacíos, mientras la profesora que quedaba les leía novelas entretenidas. Era perfectamente lógico, pero a veces, al escuchar otro capítulo de Dorothy Sayers o Agatha Christie, después de caminar por las calles destruidas, a Anna se le ocurría que era una forma extraña de pasar los que podrían ser los últimos días de su vida.

Por la noche dormían todos en el sótano. El suelo de piedra era duro y frío, de modo que si se quería estar un poco cómodo, había que bajar el colchón de la habitación. Pero era el colmo de los colmos, después de una noche de insomnio, tener que subirlo a rastras al amanecer, cuando sonaba el
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