Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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abrazaba.

—Creo que es en Buckinghamshire, o tal vez Berkshire. En cualquier caso a kilómetros de cualquier parte, y Sam va a cerrar esta casa por completo, excepto la consulta, y sólo vendrá a ver a los pacientes más importantes. —Tomó una profunda bocanada de aire, miró a Anna y añadió—: ¿Cómo estás?

—Bien, gracias —contestó Anna confusamente.

Tía Louise, con sus rasgos delicados y sus hermosas ropas, siempre la hacía sentirse incómoda. También fue tía Louise quien, aun con la mejor intención del mundo, había convencido a Miss Metcalfe de que admitiera a Anna en su colegio. Tía Louise sonrió.

—Todavía en la edad del pavo —gritó alegremente a mamá—. No importa, todos salen de ella. ¿Y cómo están tus encantadoras amigas americanas?

Mamá le explicó que los Bartholomew habían regresado a América y que Anna estaba viviendo en el Hotel Continental.

—¡Dios mío, qué difícil te resultará! —exclamó tía Louise, pero no estaba claro si se refería al aspecto económico o sencillamente al hecho de que mamá tuviera que convivir con una persona en la edad del pavo.

—Es todo tan precipitado —gimió—. Sam dice que tenemos que haber salido de Londres dentro de dos días, o que no se hace responsable, con los franceses habiéndose venido abajo de esa forma. Y no hay nadie que te haga la mudanza... Mucha gente ha tenido la misma idea. ¿Creerás que he tenido que llamar a once empresas diferentes para encontrar a alguien que pudiera hacérmela?

Mamá hizo un ruido gutural de comprensión.

—Y estoy segura de que van a romper la vajilla, de lo patanes y brutos que son —prosiguió tía Louise. Inesperadamente, le echó los brazos al cuello a mamá al tiempo que gritaba—: ¡Sé que hago mal en armar tanto lío cuando hay personas como vosotros que se quedan en Londres, y sólo Dios sabe lo que va a pasarnos a todos, pero es que, querida, ya sabes que siempre he sido tonta, desde que tú eras la primera de la clase en Berlín y yo la última!

—Qué bobada —dijo mamá—. Nunca has sido tonta, y en el colegio eras la más guapa, la más elegante...

—Sí, claro que soy tonta —insistió tía Louise—. Sam me lo ha dicho muchas veces, y él lo sabe.

Como para dejar el asunto arreglado de una vez por todas, agitó una campanilla que había a su lado y apareció la doncella casi de inmediato, con una tetera de plata en una bandeja y pequeños emparedados y pasteles. Tía Louise sirvió el té delicadamente.

—He encontrado unas cuantas cosas para ti al hacer el equipaje —dijo—. He pensado que te serán útiles. —Después gritó—: ¡Oh, ha vuelto a olvidar el limón, y no soporto el té sin limón, lo sabe perfectamente! Anna, cielo, ¿te importaría...?

Anna salió obedientemente a buscar el limón. La casa era grande y laberíntica, con fundas de muebles por todas partes que la hacían más complicada, y se perdió varias veces antes de dar con la cocina. Descubrió medio limón en la enorme nevera, y cuando hubo registrado todos los cajones para encontrar un cuchillo y cortar el limón en rodajas que, estaba segura, eran demasiado gruesas, temió que tía Louise hubiera perdido todo interés por el té.

Decidió probar un camino diferente para volver, y tras atravesar un pasillo y meterse en una pequeña antesala, se encontró en el despacho del profesor. Habían bajado las persianas para protegerse del sol, de modo que sólo podían entreverse los libros de medicina alineados en las paredes. Sus pies se hundieron en la gruesa alfombra, y el silencio era casi fantasmal.

De repente oyó la voz de papá.

—¿Cuánto tiempo tarda en surtir efecto? —preguntó, y la voz del profesor Rosenberg contestó: «Sólo unos segundos. Tengo lo mismo para Louise y para mí.»

Anna dio la vuelta a una librería y se topó con papá y el profesor al otro lado. Papá se estaba guardando algo en el bolsillo, y el profesor decía: «Esperemos que ninguno de nosotros llegue a necesitarlo.» En ese momento vio a Anna y dijo:

—Hola. ¡Cómo estás creciendo! ¡Pronto serás tan alta como yo! —Era una broma, porque el profesor era bajo y rechoncho.

Anna sonrió con poco entusiasmo. Se sentía incómoda, en aquella habitación, en la semioscuridad, por haber visto a papá y al profesor muy juntos, hablando... ¿de qué?

El profesor la miró con sus tristes ojos negros, que eran como los de un mono y dijo a papá:

—Si las cosas se ponen feas en Londres, mandadnos a la niña. ¿De acuerdo? —añadió, dirigiéndose a Anna.

—De acuerdo —replicó Anna por cortesía, pero pensaba que incluso si las cosas se ponían feas, preferiría quedarse con mamá y papá.

Después llevó el limón a tía Louise y tomaron el té.

A la hora de marcharse tía Louise dio a mamá un paquete de ropa que le había preparado. (Al ritmo que la gente abandona Londres, pensó Anna, mamá y ella tendrían pronto un amplio guardarropa.) Abrazó a mamá varias veces, e incluso el profesor dio un abrazo a papá y fue hasta la parada del autobús con ellos.

Una vez en el Hotel Continental mamá abrió el paquete y vio que contenía tres vestidos y un sobre. En el sobre había una nota que decía: «Para ayudaros a pasar las próximas semanas difíciles», y veinte libras.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Es como un milagro! ¡Anna, con esto pagaremos tu cuenta del hotel hasta que encuentres trabajo!

Anna pensó que papá iba a decir que no debían aceptar el dinero, o al menos considerarlo un préstamo, pero no dijo nada. Se quedó junto a la ventana, como si no lo hubiera oído. Era muy extraño. Miraba fijamente el cielo crepuscular, y manoseaba sin cesar algo que tenía en el bolsillo.

De repente Anna se asustó mucho.

—¿Qué es? —gritó, aunque lo sabía—. Papá, ¿qué te dio el profesor en su despacho?

Papá apartó bruscamente los ojos del cielo y miró a mamá, que le devolvió la mirada. Al fin dijo lentamente:

—Una cosa que le pedí que me diera... para usarla en caso de emergencia.

Y mamá rodeó a Anna con sus brazos como para no dejarla marchar jamás.

—¡Sólo en caso de emergencia! —gritó—. ¡Cariño, cariño, te lo prometo! ¡Sólo en caso de emergencia!

Tres días después, los franceses firmaron un armisticio con los alemanes; los únicos que quedaban para enfrentarse a Hitler eran los ingleses.

Londres estaba extrañamente vacío. Se habían marchado todos los niños, y otro tanto habían hecho los ancianos. Había alarma aérea casi todos los días. Al principio, todo el mundo corría a buscar refugio en cuanto empezaba a sonar. En la academia de secretariado se resguardaban en el sótano del edificio, que estaba húmedo y olía a ratones. En el Hotel Continental iban a la bodega, que también hacía las veces de cocina, y se colocaban, incómodos, entre las cacerolas y las sartenes. Pero no ocurría nada, no lanzaban bombas, y al cabo de cierto tiempo la gente empezó a no hacer caso de los avisos, y seguían con lo que estuvieran haciendo.

Una vez Anna oyó algo parecido a la caída de un mueble pesado, muy lejos, y al día siguiente todos comentaban que había caído una bomba en Croydon. En otra ocasión, Anna y papá vieron dos aviones en reñido combate justo encima del hotel. Era por la tarde, el cielo estaba rosa y los aviones volaban tan alto que apenas se oían los motores ni el tableteo de las ametralladoras. Daban vueltas y se lanzaban en picado, y se veían humaredas y pequeños destellos naranja al dispararse mutuamente. Era un despliegue hermoso, excitante, y papá y Anna se asomaron a la ventana para admirarlo, hasta que el vigilante de las incursiones aéreas les gritó que estaba cayendo metralla en Bedford Terrace y que se pusieran a cubierto.

Todas los días se preguntaba uno cuándo tendría lugar la invasión. Se publicaron avisos en los periódicos para explicar qué había que hacer en caso de que ocurriera. Tenían que quedarse en sus casas, y no aterrorizarse ni tratar de huir.

—Como en Francia —dijo el francés de Rúan—. La gente escapó de las ciudades y bloqueó las carreteras, de modo que no pudo pasar el ejército. Y los alemanes volaron sobre ellos con sus Stukas y los ametrallaron.

—Qué espanto —dijo mamá. El francés asintió.

—La gente se volvió loca —prosiguió—, estaba asustada. Sabrá usted que después de lo de Holanda llevamos a los residentes alemanes a campos de internamiento, porque no sabíamos si algunos de ellos serían colaboradores. Pero, naturalmente, la mayoría eran judíos, enemigos de Hitler. Y cuando se aproximaban los nazis, esta gente lloraba y rogaba que les liberasen para poder ocultarse al menos. Pero los guardias tenían demasiado miedo. Encerraron a los judíos en los campos y dieron las llaves a los nazis, para que hicieran con ellos lo que quisieran.

Entonces vio la cara de mamá.

Su mujer dijo:

—El hijo de Madame ha sido internado —y el marido se apresuró a añadir:

—Naturalmente, nunca ocurriría una cosa así en Inglaterra.

Después de aquello, mamá estaba más desesperada que nunca por Max. Todos los ruegos que habían hecho en su favor amigos, profesores, incluso importantes catedráticos de Cambridge, no habían servido de nada. Sencillamente, no los contestaban. La gente empezó a pensar poco a poco que era inútil, y se dieron por vencidos.

El único que seguía intentándolo era el antiguo director del colegio de Max. Quería que volviera allí a dar clase.

—No es mucho para un chico de su capacidad —dijo a mamá—, pero es mejor que estar prisionero en el campo de internamiento. —Y siguió bombeando a las autoridades con peticiones de liberación. Pero hasta entonces no había tenido mejor suerte que los demás.

Entretanto llegaban cartas de Max a intervalos regulares, informativas, objetivas y a veces divertidas, pero siempre con la misma nota subyacente de desesperación.

Había llegado al campo el primo Otto, y compartían una habitación. Estaba muy disgustado por su internamiento, y Max intentaba animarlo. A veces la comida era un poco escasa. ¿Podría mandarle mamá chocolate? Uno de los internados se había suicidado, un judío de mediana edad que había estado en un campo de concentración alemán antes de huir a Inglaterra. «No pudo enfrentarse al hecho de volver a estar en otro campo, en cualquier campo. No ha sido culpa de nadie, pero todos estamos muy deprimidos...» El primo Otto estaba muy bajo de ánimo; lo único que le alegraba era leer a P. G. Wodehouse. «Se queda leyendo hasta altas horas de la noche, porque no puede dormir, y yo tampoco me duermo porque se ríe en voz alta con los trozos divertidos. No me atrevo a decirle nada por temor a que vuelva a deprimirse...» Las autoridades estaban enviando barcos llenos de internados a los países de la Commonwealth, y muchos de ellos habían preferido marcharse a soportar un internamiento indefinido en Inglaterra. «Pero yo no. Sigo creyendo que éste es mi país, a pesar de que, en estos momentos, no parecen estar de acuerdo conmigo. Sé que estás probando todas las posibilidades para sacarme, mamá, pero si pudieras hacer algo más...»

El tiempo continuaba caluroso y seco.

—Es el mejor verano que hemos tenido desde hace años —decía el conserje del Hotel Continental—. No es de extrañar que Hitler quiera pasar aquí las vacaciones.

Ahora había batallas diarias en el cielo de Inglaterra, y todas las noches, en las noticias de las nueve, la BBC comunicaba los resultados, como si fueran puntuaciones de partidos de críquet. Tantos aviones alemanes derribados, tantos aviones británicos perdidos, dieciocho a doce, trece a once. Los alemanes siempre perdían más aviones que los británicos, pero podían permitírselo. Para empezar, tenían muchos más.

Cada noche, el conserje enchufaba la vieja radio del salón, y los refugiados de los países ya invadidos por los nazis dejaban de hablar en diversos idiomas y escuchaban. Si no otra cosa, sí entendían los números, y sabían que significaban la diferencia entre la supervivencia y el final de su mundo.

En agosto, los combates en el cielo alcanzaron el punto decisivo. Nadie sabía cuántos aviones británicos quedaban, pero todo el mundo suponía que debían estar casi agotados. La prensa americana anunció que, según fuentes fidedignas, la invasión de Inglaterra tendría lugar en el plazo de tres días. Ya era más difícil ignorar las alarmas aéreas, porque en cada ocasión, uno se preguntaba si las sirenas se habrían puesto en funcionamiento por otro combate aéreo aislado en los alrededores de Londres o si se trataría de algo distinto.

Las ensoñaciones nocturnas de Anna empeoraron. Ya no veía a los nazis lanzándose desde el cielo a Russell Square. Ahora ya habían aterrizado, e Inglaterra estaba ocupada por ellos. Anna estaba sola, ya que cuando los nazis derribaron las puertas del Hotel Continental, mamá y papá habían tomado lo que el profesor le había dado a papá aquel día en la semioscuridad de su despacho, y estaban muertos. Caminaba a trompicones por un vasto paisaje gris, a solas, buscando a Max. Pero había nazis por todas partes, y no se atrevía a hablar con nadie. Aquel paraje era enorme y hostil y desconocido, y ella sabía que nunca le encontraría...

Durante el día se aplicaba con mayor empeño que nunca a la taquigrafía, y le alegró que uno de los alemanes del hotel le pidiera que mecanografiase unas cosas, ya que así aprovecharía incluso el tiempo libre. Aquel señor había escrito un libro sobre la naturaleza del humor, y quería mecanografiar un capítulo para someterlo a la opinión de un editor que —estaba convencido de ello— querría traducirlo al inglés inmediatamente. Era un buen momento para publicar un libro sobre el humor, decía el alemán, ya que a todos les hacía mucha falta, y una vez que hubiera explicado con exactitud en qué consistía, sería asequible a todo el mundo.

Anna pensaba que, seguramente, el alemán pecaba de optimista, ya que el capítulo de muestra se le antojó muy aburrido. La mayor parte eran críticas a diversos autores que creían saber en qué consistía la naturaleza del humor, pero que estaban completamente equivocados. Anna no se imaginaba a la gente haciendo cola para leerlo. Pero le iban a pagar una libra por aquel trabajo, y la directora del hotel le dio permiso para utilizar la máquina de escribir del despacho. De modo que, todos los días, en cuanto volvía de la academia, se ponía a trabajar en un rincón del salón.

Una noche, después de la cena, acababa de ponerse a escribir cuando mamá gritó en inglés:

—¡Anna, tenemos visita!

Levantó la vista y vio a un hombre delgado, de desordenado pelo gris y sonrisa agradable. Era el señor Chetwin, el director del colegio de Max.

—Me temo que no tengo noticias de Max —se apresuró a decir—. Pero pasaba casualmente por el centro y pensé en darme una vuelta por aquí para decirles que no he perdido las esperanzas.

Se sentaron a una mesa, y el señor Chetwin empezó a hablar a mamá y papá sobre los departamentos gubernamentales a los que ya había escrito con el caso de Max y a los que aún tenía que escribir, a pesar de que hasta entonces no había recibido respuesta. De ahí pasó a hablar de Max.

—Es uno de los mejores chicos que he tenido —dijo—, aunque en preparatorio se empeñaba en comer caramelos de menta... Recuerdo que tuve que pegarle por esa causa. Pero era muy buen futbolista. Sabrán ustedes que entró en el equipo del colegio en el primer curso...

Después recordó los múltiples éxitos de Max en el colegio —la beca al cabo de sólo dos cursos, por lo que ya no tuvieron que pagar más matrículas, la beca universitaria para Cambridge—, y mamá recordó un montón de logros menores que el señor Chetwin había olvidado, y papá le agradeció su amabilidad. Al final de la conversación, a pesar de que nada había cambiado, Anna observó que mamá y papá parecían mucho más contentos que antes.

A esa hora había empezado a aglomerarse gente en el salón para oír las noticias de las nueve, y un anciano polaco, tras pedir permiso, se sentó a su mesa. Miró respetuosamente al señor Chetwin.

—¿Usted inglés? —preguntó. Los ingleses eran raros en el Hotel Continental.

El señor Chetwin asintió, y el polaco dijo:

—Yo polaco, pero deseo muy, muy ardientemente que Inglaterra gana esta guerra.

Se oyó un murmullo de aprobación entre los otros polacos y checos que había por allí. El señor Chetwin tenía una expresión satisfecha, y replicó:

—Es usted muy amable. —Después la conversación quedó ahogada por las ensordecedoras campanadas del
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