Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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parezca, ya no le preocupaba el avance alemán. Sencillamente, no pensaba en él. Pensaba mucho en Max, allí donde lo hubieran llevado, con el deseo desesperado de que se encontrase bien, y todas las mañanas se precipitaba al buzón de la casa de los Bartholomew con la esperanza de que, al menos, hubiera podido escribir. Pero no pensaba en lo que estaba ocurriendo en la guerra. Ella no podía hacer nada. No leía los periódicos ni escuchaba la radio cuando daban las noticias. Iba todos los días a la academia y hacía ejercicios de taquigrafía. Si lograba adquirir suficiente habilidad, le darían un trabajo y ganaría dinero. Para eso era para lo que la Organización de Refugiados había pagado su matrícula, y eso era lo que iba a hacer. Y cuanto más pensara en la taquigrafía, menos tiempo le quedaría para pensar en otras cosas.

Al regresar a casa una tarde la estaba esperando Mrs. Bartholomew. Anna se había quedado en la academia después de sus clases para escribir a máquina, y llegó tarde.

—Anna, querida —dijo Mrs. Bartholomew—, tengo que hablar contigo.

Anna ke-ri-da, pensó Anna poniendo automáticamente los dedos en posición sobre un tablero imaginario, ten-go-ke a-blar-kon-ti-go. Últimamente había cogido la costumbre de escribir mentalmente a taquigrafía todo lo que oía. Había ganado velocidad, y le servía para no dar significado a lo que no quería oír.

Mrs. Bartholomew la llevó al cuarto de estar.

—La Embajada americana nos ha aconsejado que volvamos inmediatamente a Estados Unidos —dijo.

La em-ba-ja-da-a-me-ri-ka-na-nos-a-a-kon-se-ja-do-ke-vol-va-mos-in-me-dia-ta-men-te-a-es-ta-dos-u-ni-dos, tecleaban los dedos de Anna pero algo en la voz de Mrs. Bartholomew hizo mella en su indiferencia.

—Lo siento muchísimo —se lamentó Mrs. Bartholomew—, pero tendremos que dejar esta casa.

Anna la miró a la cara, y sus dedos dejaron de moverse en el regazo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mrs. Bartholomew.

Qué amable, pensó Anna, disgustarse tanto por esto.

—Ya me las arreglaré —contestó—. Me iré a vivir con mis padres.

—Pero, ¿podrán tenerte con ellos? —insistió Mrs. Bartholomew.

—Oh, sí —replicó Anna confiadamente—. Y además, es probable que tenga trabajo pronto.

—Dios mío —dijo Mrs. Bartholomew—. Es horrible tener que hacer esto.

A continuación cogió el teléfono para explicárselo a mamá.

Mamá siempre gritaba cuando se excitaba, y Anna cayó en la cuenta de que, lógicamente, estaría esperando una llamada con noticias de Max. Pero deseó que su reacción ante las noticias de Mrs. Bartholomew no hubiera sido tan estentórea y acusadora.

—¿Eso significa —gritó mamá y su voz distorsionada salió del teléfono, atravesando la habitación hasta donde estaba Anna— que Anna ya no podrá quedarse en su casa?

Anna sabía tan bien como mamá que no había dinero para pagarle la estancia en el Hotel Continental, pero, ¿de qué servía chillarle a Mrs. Bartholomew? No podía hacer nada. Al menos podía haberle deseado buen viaje, pensó, y sus dedos tamborilearon en su regazo, po-dí-a...

Los Bartholomew empezaron a hacer el equipaje, fueron apartando un montón cada vez más grande de ropa para Anna, ya que Jinny y Judy no iban a necesitarla en América. Anna la llevaba al Hotel Continental con su ropa, un poco de cada vez, para ahorrar para el taxi de la mudanza. Mamá había contado todo el dinero que tenían; había añadido lo que quedaba de los ingresos de papá por las octavillas a las escasas libras que había reunido ahorrando de su magro sueldo semanal, y había calculado que tenían suficiente para pagar la cuenta del hotel de Anna durante tres semanas. Después, ya se vería. No tenía sentido pensar en el futuro. Entretanto, no gastaban ni medio penique que no fuera absolutamente imprescindible, y Anna esperaba que a los Bartholomew no les importase que se quedara en su casa hasta el último momento.

—Pues claro que no nos importa —le tranquilizó Mrs. Bartholomew—. Queremos que te quedes aquí todo el tiempo que puedas.

Sin embargo, a medida que iban avanzando los preparativos e iban desapareciendo más y más objetos familiares en los baúles, Anna empezó a experimentar una sensación extraña. Judy y Jinny seguían jugando al tenis y sentándose a charlar al sol, pero estaban muy nerviosas ante la perspectiva de volver a América, y a veces era como si ya se hubieran marchado. Al llegar el día de la partida, no sabían qué decirse. Estaban a la puerta de la casa, en Campden Hill Square, mirándose unas a otras.

—Promete que escribirás —dijo Jinny.

—Y no consientas que te caiga una bomba encima —dijo Judy.

Mr. Bartholomew dijo:

—Te veremos... —y añadió, confuso—: ¡Buena suerte!

Mrs. Bartholomew abrazó a Anna y murmuró:

—Cuídate —y a continuación subió rápidamente al taxi, dándose golpecitos en la cara con el pañuelo.

El taxi se alejó y Anna estuvo agitando la mano hasta que dobló la esquina. Cuando hubo desaparecido echó a andar, lentamente, hacia la estación del metro.

La plaza estaba verde y frondosa, y el castaño del fondo florecido. Recordó que, en la primera primavera que pasó en Inglaterra Jinny se lo había señalado, y le había enseñado las «velas». «¿Velas?», dijo Anna. «Las veías sólo están en los árboles de navidad», y que todos se habían reído. Oía el golpeteo de las pelotas en las canchas de tenis en que habían jugado sólo unos días antes. Al llegar a la tienda de Holland Park Avenue en que siempre compraban caramelos, se detuvo un momento a mirar el escaparate. Tuvo la tentación de comprar una chocolatina como recuerdo. Pero lo más probable era que se la comiera sin más y fuese un dinero malgastado, de modo que no lo hizo. A la puerta de la estación del metro, un anuncio decía: «Los alemanes llegan a Calais.»

Era el veintiséis de marzo, exactamente dos semanas después de Pentecostés, el día en que Max debería haber empezado sus exámenes.

A Anna le adjudicaron una pequeña habitación cerca de las de mamá y papá, en el piso superior del Hotel Continental.

Al llegar a Inglaterra, cuando aún tenían dinero, habían vivido abajo, en los pisos en que las habitaciones eran más grandes y más caras, pero Anna prefería ésta. Desde su ventana veía todos los tejados, con sólo el cielo por encima, o el minúsculo patio, cuatro plantas más abajo, en el que los gatos se peleaban entre basuras y hierbajos. El reloj de una iglesia cercana repicaba cada cuarto de hora, y los gorriones brincaban y aleteaban sobre las tejas negras de hollín. Estaba tan ocupada adaptándose a su nuevo entorno que casi no se enteró de lo de Dunquerque.

En un sentido, era fácil pasarlo por alto, incluso si se leían los periódicos, cosa que Anna no hacía, porque nadie habló mucho sobre el asunto hasta que ocurrió. Dunquerque es un lugar de Francia, en la costa normanda, y a finales de mayo el ejército británico, en retirada, quedó atrapado allí por los alemanes. Pero los periódicos, para mantener la moral, nunca lo explicaron con estas palabras. No obstante, tras luchar contra los alemanes, y con la ayuda de la Marina y de la Fuerza Aérea, casi todos los soldados lograron volver a Inglaterra, y a principios de junio, los periódicos aparecieron con titulares triunfales: «¡Fantástico, maravilloso!», cosa que sorprendió tanto a Anna que se puso a leerlo. Averiguó que, aparte de la Marina, miles de personas normales y corrientes habían cruzado el Canal en barquitas, una y otra vez, para ayudar a rescatar a los soldados de las playas en plena batalla. Resultaba decepcionante que lo que parecía una gran victoria fuese sólo una ingeniosa huida de la derrota. Pero los ingleses son asombrosos, pensó. No se imaginaba a los alemanes haciendo una cosa así.

El Hotel Continental estaba abarrotado. Además de los refugiados alemanes, checos y polacos, ahora había holandeses, belgas, noruegos y franceses. Nunca se sabía qué idioma se iba a oír en los estrechos pasillos y en las escaleras. La camarera suiza que había venido a Londres a aprender inglés se quejaba continuamente, y después de la cena, el salón era como la torre de Babel.

También la calles eran un tumulto. Todos los días se veían largas filas de niños con máscaras antigás sobre los hombros, cada uno con un cartel pegado a alguna parte de su persona, caminando penosamente a la zaga de adultos que los llevaban a las estaciones de ferrocarril para enviarlos fuera de Londres, a la seguridad del campo.

Todo el mundo hablaba de la invasión de Inglaterra, porque ahora que Hitler estaba al otro lado del Canal, sin duda querría atravesarlo. Para confundir a los alemanes se quitaron los nombres de las esquinas de las calles y de las estaciones de metro, e incluso los autobuses perdieron los carteles que indicaban los trayectos, de modo que la única forma de averiguar adonde iban era preguntar al conductor.

Una mañana, camino de la academia, Anna descubrió un coche herrumbroso sin ruedas y dos armazones de cama rotos amontonados en medio de Russell Square. Al principio pensó que se trataba de una broma, pero más tarde el conserje le explicó que era para impedir aterrizar a los paracaidistas alemanes.

—¿De verdad que pueden aterrizar en Russell Square? No hay mucho sitio —dijo Anna con sorpresa.

—No hay forma de saber lo que pueden hacer —replicó el conserje.

Los paracaidistas eran fuente inagotable de especulaciones. Se oían innumerables historias de personas que aseguraban haberlos visto, disfrazados de soldados británicos, de agricultores o, con mayor frecuencia, de monjas, en cuyo caso, y según estas personas, siempre se delataban por el descuido de llevar botas militares bajo el hábito.

Como siempre Anna trataba de no pensar en ellos, pero a veces, cuando estaba en la cama por la noche, aflojaba sus defensas y los veía caer en silencio por entre los árboles de Russell Square. No iban disfrazados, sino con el uniforme completo, cubiertos de cuero negro y esvásticas, claramente visibles a pesar de la oscuridad. Se susurraban órdenes unos a otros y después bajaban por Bedford Terrace hacia el Hotel Continental en busca de judíos.

Una mañana, tras un largo rato de insomnio debido a sus ensoñaciones, bajó tarde a desayunar, y encontró a un extraño sentado con mamá y papá. Al mirar con mayor atención, vio que era George.

Mamá, en un estado de confusión, vacilaba entre la alegría y la angustia y en cuanto vio a Anna saltó de la silla.

—¡Hay cartas de Max! —gritó. George agitó un sobre.

—Me llegó una esta mañana, así que la he traído —dijo—. Pero ya veo que ustedes han recibido las suyas. Ha debido echarlas al correo al mismo tiempo.

—Max está bien —dijo papá.

Anna se puso a leerlas rápidamente.

Había cuatro cartas, todas ellas a nombre de papá y mamá. Max las había escrito a intervalos de una semana, más o menos, y el tono variaba gradualmente de sorpresa indignada por verse internado, hasta una especie de resignación desesperada. Lo había pasado mal, trasladado de un campo a otro, a menudo sin tener cubiertas las necesidades más elementales. Ahora había llegado a su destino definitivo, que estaba mejor organizado, pero no le permitían decir dónde estaba. (—¡En la isla de Man!

—dijo George con impaciencia—. Todo el mundo sabe que es ahí donde los han llevado. ¿Por qué no les permiten decirlo?) El campo estaba lleno de estudiantes y profesores de Cambridge, tantos que tal vez pudiera seguir estudiando algunas asignaturas. «De modo que no está demasiado mal», escribía Max. Pero era evidente que lo detestaba. Odiaba ser prisionero y odiaba que le tratasen como a un enemigo, y lo que más odiaba era que le obligaban a aceptar una especie de identidad alemana a la que había renunciado tiempo atrás. Si papá y mamá pudieran hacer algo...

—¡Tenemos que hacerlo! —exclamó mamá—. ¡Hay que pensar algo!

—Naturalmente, yo haré cualquier cosa que sirva de ayuda —dijo George, y se levantó, dispuesto a marcharse.

Papá también se levantó.

—¿Va usted hacia atrás para Cambridge?

—preguntó cortésmente. Hablaba un francés perfecto, pero nunca acababa de salirle bien el inglés. George no sonrió.

—Ya no estoy en Cambridge —respondió—. Me he hartado de tontear con Chaucer mientras arde Roma, por así decirlo. —Después añadió, casi como disculpándose—: Me he alistado en el ejército.

—Tropezó con la mirada de Anna y prosiguió—: Es ridículo, ¿no? La juventud inglesa lucha contra las hordas nazis. ¿Crees que seré tremendamente valiente?

Pocos días después era el cumpleaños de Anna.

—¿Qué te gustaría hacer? —le preguntó mamá.

Anna pensó. Ya llevaba dos semanas enteras en el Hotel Continental, y no veía cómo iban a permitirse ningún lujo, pero como mamá la seguía mirando, respondió:

—¿Podemos ir a ver una película?

Había un cine en Tottenham Court Road en el que las entradas costaban la mitad antes de la una. Se apresuró a añadir, por si era demasiado caro:

—O a tomar un knickerbocker glorioso en Lyons.

Mamá calculó. El cine costaría un chelín y tres peniques, y los knickerbockers un chelín. Estaba mirando el monedero, pero lo tiró bruscamente y exclamó:

—¡No me importa! Vas a cumplir dieciséis años, y pasarás un día como es debido, incluso aunque no tengamos un céntimo. Haremos las dos cosas.

—¿Estás segura? —preguntó Anna.

—Sí —respondió mamá con cierta furia—. Es tu cumpleaños y vas a pasar un día bonito. —Después añadió—: Dios sabe qué nos habrá ocurrido a todos el año que viene.

Papá dijo que no quería ir. Debía haberlo arreglado de antemano con mamá, porque ni en un acceso de locura como aquel podrían haber comprado entradas y knickerbockers para tres. De modo que Anna y mamá fueron a ver una película titulada Mr. Deeds va a la ciudad. Era sobre un joven millonario que quería entregar su dinero a los pobres.

(«¡Ojala nos diera un poco a nosotros!», susurró mamá.) Pero otros millonarios malos querían evitarlo, e intentaron que le declarasen loco. Al final le salva una periodista que le quería, y todo acaba felizmente.

El papel principal lo desempeñaba un joven actor llamado Gary Cooper, y tanto Anna como mamá opinaron que la película era muy buena.

Después fueron a Lyons y tomaron un knickerbocker lentamente, para que durase más. Era una importación reciente de Estados Unidos que consistía en varias capas de helado de fresa y vainilla entremezcladas con varias capas de crema, fresas y nueces, y servido en una copa alta, con una cuchara larga especial. Anna sólo había tomado uno anteriormente, y al saber lo caro que era, estaba un poco nerviosa por si no era tan bueno como lo recordaba; pero a la primera cucharada, se convenció.

Mientras comían estuvieron charlando: de la película, de las clases de estenografía de Anna y del dinero que ganaría cuando acabase.

—Entonces podremos ir al cine todos los días —dijo mamá—, y tomar knickerbockers en el desayuno.

—Y en la comida y en la merienda —añadió Anna.

Al llegar al fondo de la copa la rebañó tan escrupulosamente con la cuchara que la camarera le preguntó si quería otro. Esto les hizo reír a ella y a mamá, y volvieron paseando, contentas, al Hotel Continental.

En el camino se encontraron con papá, que venía de tomar el sol en un banco de Russell Square.

—¿Qué tal la película? —preguntó.

—Maravillosa.

—Y lo otro... ¿el esplendoroso knickerbocker, o como se llame?

—También maravilloso —dijo Anna, y a papá pareció encantarle.

Fue una pena que las noticias de la caída de París tuvieran que llegar aquella noche. Naturalmente, todo se lo esperaban, pero Anna había estado deseando, contra toda esperanza que los franceses lograran mantenerse hasta el día siguiente. De no haber ocurrido el día de su cumpleaños, no hubiera sido tan terrible. Así las cosas, en cierto modo parecía que fuera ella la culpable. Pensó en la familia francesa que los había acogido cuando Max, mamá, papá y ella fueron a vivir a París al abandonar Alemania, en la profesora que la había enseñado francés, en el Arco de Triunfo y en los Campos Elíseos, por los que pasaba todos los días al ir al colegio, en los castaños y la gente que bebía en los cafés, y en el Prisunic y en el metro. Ahora, los alemanes habían tomado posesión de todo aquello y Francia, al igual que Alemania, se había convertido en un agujero negro en el mapa, en un lugar en el que ya no se podía pensar.

Se sentó al lado de papá en el salón, e hizo esfuerzos por no llorar, porque, al fin y al cabo, era peor para los franceses.

En el hotel se alojaba una pareja de Rúan de mediana edad, y ambos lloraron al oír la noticia. Después el marido le dijo a papá: «Es el fin», y papá no supo qué responder.

Un poco más tarde, papá se levantó y fue hasta el teléfono, al volver le dijo a mamá:

—He hablado con Sam, y lo voy a ver mañana. Louise ha dicho que vayáis también Anna y tú.

—¿Estás enfermo, papá? —preguntó Anna.

El profesor Rosenberg era médico, y aunque Louise, su mujer, había ido al colegio con mamá en Alemania, y Anna no recordaba una época en que no se conocieran, nunca los veían si no era por alguna razón concreta.

—No, no estoy enfermo —respondió papá—. Es que quiero hablar de una cosa con él.

Los Rosenberg vivían en un piso enorme en Harley Street, con portero y ascensor y una placa de bronce en la puerta. Cuando Anna llamó al timbre les abrió una doncella que llevó a papá a la sala de espera y guió a mamá y a Anna por un pasillo lleno de baúles hasta el dormitorio de tía Louise.

También aquella habitación era un desbarajuste. Algunas sillas de terciopelo tenían fundas, en una esquina reposaba una maleta abierta, y habían descolgado un espejo dorado, que estaba apoyado contra la pared, medio cubierto por su funda. En medio de todo aquello estaba sentada tía Louise, con su vestido de seda y sus perlas y el pelo hermosamente rizado, con expresión turbada.

—¡Ay, Dios mío, es espantoso! —gritó en alemán en cuanto entraron—. Tenemos que hacer el equipaje... Sam ha alquilado una casa en el campo; dice que allí estaremos más seguros.

—¿En qué parte? —preguntó mamá, al tiempo que la
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