Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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Mon enfant —dijo Madame Laroche en un francés claro—, los alemanes han invadido Bélgica y Holanda.

—¿Qué va a hacer mi pueblo? —preguntó Madame Laroche, como si Anna pudiera responderle. Repitió: «¿Qué van a hacer?»

Anna quería decir algo que demostrase su simpatía, pero no se le ocurría nada. «Lo siento», tartamudeó. Con sentimiento de culpa, se dio cuenta de que aún seguía apurada por el malentendido de los gemelos Douglas. Pero como, al parecer, Madame Laroche lo había olvidado, debía ser que se había resuelto.

Mon Dieu! —exclamó Madame Laroche—. ¿No entiendes lo que significa? ¿Te gustaría que los alemanes vinieran aquí, a Inglaterra? —Y como Anna siguiera irremediablemente muda, gritó—: ¡No te quedes ahí! ¡Vete a casa, por lo que más quieras! ¡Vete a casa con tus padres!

Anna abandonó el despacho, atravesó el edificio y salió al sol. La calle estaba como siempre. Aun así, echó a correr, esquivando a los transeúntes. Cuando se quedó sin aliento, anduvo lo más rápidamente que pudo, y después volvió a correr hasta el Hotel Continental.

Encontró a mamá y a papá en el salón, con el primo Otto, rodeados de alemanes, checos, y polacos nerviosos. Los ojos del primo Otto destellaban sobre su gran nariz judía, y el pelo le caía desordenadamente sobre la cara. Todos hablaban, e incluso el portero tras el mostrador, ofrecía su punto de vista a cualquiera que quisiera oírlo.

—¡Los harán pedazos! —decía el primo Otto en tono triunfal—. Es precisamente lo que estaban esperando los ingleses. Irán allí y harán añicos a los alemanes. Naturalmente, les ayudarán los franceses —añadió, como si se le acabase de ocurrir.

El primo Otto sentía una admiración infinita por Inglaterra. Para él, ser inglés equivalía a ser perfecto, y se disgustó mucho cuando papá le rebatió su argumento.

—No confío en Chamberlain —dijo papá—. No creo que los ingleses estén preparados para dar la batalla.

—¡Aja! —exclamó el primo Otto—. Pero es que tú no los entiendes. Sólo porque parezca que un nombre como Chamberlain no está haciendo nada, no significa que no lo esté organizando en secreto. Así es la discreción británica. Sin tragedias ni aspavientos... pero va a engañar totalmente a los alemanes.

—Al parecer, también ha engañado al parlamento británico —objetó papá—. Tengo entendido que en este preciso instante están intentando librarse de él.

—¡Vaya un momento que han elegido! —se lamentó una anciana checa, sorprendentemente vestida con un abrigo de mezclilla y un sombrero de flores, como si estuviera preparada para huir de los alemanes al menor indicio.

El primo Otto parecía preocupado.

—Procedimientos parlamentarios —dijo, consolándose con lo inglés de la frase.

Qué conmovedor, pensó Anna, que sea tan proinglés, aunque hasta la fecha no le hubiera ido muy bien en su país de adopción. A pesar de sus dos títulos en física, sólo había logrado encontrar trabajo en una fábrica de zapatos.

—Lo que quiero saber —dijo la anciana checa, clavando un dedo huesudo en el pecho del primo Otto— es: ¿quién dirige el cotarro?

—¿Qué os parece si nos vamos arriba? —sugirió mamá.

El Hotel Continental no servía almuerzos los días laborables, y normalmente llenaban el vacío entre el desayuno y la cena con un tentempié en la habitación de papá.

El primo Otto aceptó la invitación agradecido.

—Me muero por una taza de té —confesó mientras mamá trajinaba con la tetera, las tazas y unos bollos que había guardado en su habitación, que estaba al lado. El primo Otto se sentó en la cama de papá, bebiendo té con leche como los ingleses, y preguntó a Anna si quería algún recado para su hermano, ya que salía para Cambridge aquella tarde con la esperanza de que le dieran trabajo.

—¿Qué clase de trabajo? —se interesó mamá. El primo Otto se puso a tocar todas las cosas de madera a su alcance.

—¡Toca madera! —gritó—. Está en mi campo. Un profesor de física de allí (yo fui alumno suyo en Berlín) me ha invitado a verle.

—¡Otto, sería maravilloso! —dijo mamá.

—¡Toca madera, toca madera! —repitió el primo Otto, y volvió a manosear todos los objetos de madera. Resultaba difícil recordar que, con sus modales de solterona, apenas tenía treinta años.

—Dale muchos recuerdos a Max y dile que escriba —dijo mamá.

—Y deséale suerte en los exámenes —añadió papá.

—¡Ah, se me había olvidado! —exclamó mamá—. Deben ser muy pronto. Dile que no escriba; estará demasiado ocupado.

Papá dijo:

—¿Quieres darle un recado a Max de mi parte?

—Claro —replicó el primo Otto.

—Dile que... —Papá vaciló. Después prosiguió—. Creo que ahora que los alemanes han atacado, es posible que Max quiera alistarse en una de las fuerzas de combate. Y naturalmente, debe hacer lo que crea más oportuno. Pero, ¿quieres pedirle, por favor, que lo discuta primero con las autoridades universitarias, antes de tomar una decisión?

—¡Pero si sólo tiene dieciocho años! —clamó mamá.

—No es demasiado pronto —dijo el primo Otto. Hizo un gesto de asentimiento a papá—. Te prometo que se lo diré, y cuando vuelva a Londres os llamaré para contaros cómo está.

—Te lo agradecería —dijo papá.

El primo Otto se quedó un rato más, charlando y bebiendo té, y después le llegó la hora de coger el tren. Al poco rato Anna volvió a casa de los Bartholomew. Había organizado el fin de semana con Judy y Jinny. Apenas las había visto desde que habían vuelto del colegio, y se divertían tanto jugando al tenis y tomando el sol en el jardín que habían decidido pasar el domingo de la misma forma.

La mayoría de los periódicos dominicales traían fotografías de Winston Churchill, que había sustituido a Chamberlain como Primer Ministro, y varios testimonios de testigos de la invasión alemana de Holanda. Había descendido una cantidad enorme de paracaidistas nazis disfrazados de soldados holandeses y británicos. Para aumentar la confusión, los alemanes que llevaban años viviendo en Holanda, de los que nadie sospechaba que fueran nazis, habían corrido en su ayuda. Los holandeses habían presentado batalla, y los franceses y británicos estaban en camino, pero los alemanes poseían un claro asidero. Había un mapa de Holanda con gruesas flechas que se clavaban en él, partiendo de Alemania, y un artículo titulado: «Si los alemanes capturasen las costas holandesas y belgas», pero, según dijo Jinny, los periódicos dominicales siempre exageraban y no servía de nada hacerles caso.

El lunes amaneció más soleado y cálido que nunca, y cuando Anna llegó al Hotel Continental para pasar el día con mamá y papá, daba lástima desperdiciar un día tan bonito quedándose en casa.

—¿No podríamos ir al zoológico? —preguntó Anna, movida por repentina inspiración.

—¿Por qué no? —respondió papá. Estaba animado porque habían nombrado Primer Ministro a Winston Churchill, el único hombre que comprendía la situación, según decía papá.

A mamá le preocupaba el dinero, pero tampoco podía resistirse al sol, y decidieron ir, permitiéndose una cana al aire.

Fue un día extraordinario. Anna no había estado en el zoológico desde hacía años, y paseó por todas partes aturdida, mirando. Los tigres de color naranja y arena con sus rayas negras, como si se las hubieran derramado encima, pavos reales de colas increíblemente adornadas, monos de elegante pelo color crema y ojos trágicos...; era como si no los hubiera visto nunca. ¿Cómo podría habérsele ocurrido a alguien inventar las jirafas?

Miraba y miraba sin parar y, durante todo el tiempo, otra parte de su mente ponía cuidado en no pensar en el mapa de los periódicos dominicales y en el terror nazi que rezumaba de Alemania hacia otros países de Europa que, hasta entonces, habían estado a salvo.

Estuvieron allí hasta últimas horas de la tarde y para entonces Anna estaba tan llena de todo lo que había visto que ya no tenía que hacer esfuerzos para olvidarse de la guerra. Era como si aquellas largas horas al sol hubieran cambiado algo, como si todo fuera de repente más esperanzados También papá y mamá estaban más alegres. Papá había descubierto un bicho en el pabellón de los felinos pequeños que, según dijo, se parecía a Goebbels, y durante el trayecto de autobús hasta casa, se lo imaginó echando discursos en alemán a otros felinos y examinándolos para encontrar huellas de judaísmo. Hizo reír a mamá y a Anna, y llegaron al Hotel Continental cansados y relajados, como si hubieran estado de vacaciones. Tras la calle iluminada, el salón estaba oscuro, y Anna tardó unos momentos en distinguir la figura del conserje, que levantó la vista del mostrador al entrar ellos.

—Han llamado de Cambridge —dijo, y Anna se preguntó por qué telefonearía Max en lugar de escribir.

Papá remoloneó unos momentos, lanzando una ojeada a un periódico que alguien había dejado en una mesa, mientras el conserje le observaba.

—Ahí no hay nada —dijo—. Pero la cosa va mal. He oído la radio.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó papá.

El conserje se encogió de hombros. Era un hombrecito abatido, con unos cuantos cabellos cuidadosamente repartidos en líneas que cruzaban su cabeza calva.

—Lo normal —respondió—. Se ha armado en Holanda. Los nazis están por todas partes, y la familia real holandesa ha huido a Inglaterra.

—¡Tan rápido! —exclamó papá, y la sensación de haber estado de vacaciones se desvaneció, como si nunca hubiera existido.

En ese momento sonó el teléfono. El conserje contestó y dijo a Anna:

—Es para usted, de Cambridge. Anna se precipitó hacia la cabina y cogió el receptor.

—¿Max? —dijo, pero no era Max, sino George.

—Verás, ha ocurrido algo extraño —dijo—. No sé cómo explicártelo, pero es que Max..., le han detenido.

—¿Que le han detenido? —¿Qué habría hecho? Anna pensó en peleas de estudiantes, en que le hubiera quitado el casco a un policía estando borracho, pero seguro que Max nunca... Hizo una pregunta estúpida—. ¿Quieres decir la policía?

—Sí —respondió George, y añadió—: Por extranjero enemigo.

—¡Pero a la gente no la detienen por ser extranjeros enemigos! —gritó Anna—. Y además, él no lo es. Perdimos la nacionalidad alemana hace años. Está a la espera de naturalizarse británico.

—Lo sé, lo sé —dijo George—. Les contamos todo eso, pero no sirvió de nada. Dijeron que estaban internando a todos los extranjeros enemigos varones de Cambridge, y que su nombre figuraba en la lista.

—¿Que los están internando?

—Sí —replicó George—, en una especie de campos.

Anna se sintió vacía de repente, como si ni siquiera tuviera sentido seguir hablando.

—¿Sigues ahí? —preguntó George angustiado—. Escucha, todo el mundo ha metido mucha bulla. Yo, su tutor, el college, todos. Bill se puso tan furioso en la comisaría que le echaron. Pero no podemos convencerlos. Es una orden gubernativa. En mi opinión, se han echado a temblar después de lo ocurrido en Holanda.

—Sí —dijo Anna, porque debía ser lo que se esperaba de ella.

—Max tiene la esperanza, aunque yo no sé si servirá de nada, de que tus padres puedan hacer algo. Los exámenes empiezan dentro de dos semanas, y ha pensado que si conocieran a alguien que se lo explicara a la policía... Sólo se ha llevado los libros de Derecho, y casi nada de ropa.

—Sí —repitió Anna.

—En fin, le prometí comunicártelo inmediatamente. —La voz de George denotaba una repentina depresión, como si de algún modo hubiera sido culpa suya—. Es un lío tremendo —dijo—. Volveré a llamarte en cuanto me entere de algo.

Anna se recobró.

—Claro —dijo—. Muchas gracias, George. Y gracias por todo lo que has hecho. Se lo contaré a mis padres en seguida.

Eso iba a ser casi lo peor.

Explicar a mamá y a papá lo de Max fue todo lo espantoso que Anna se temía. Papá apenas dijo nada, como si el internamiento de Max fuera sólo una parte de la enorme catástrofe que veía cernirse sobre ellos, sobre Inglaterra, tal vez sobre el mundo entero, y que él se encontraba impotente para evitar. Mamá gritó y se puso nerviosa, y no hubo forma de calmarla. ¿Por qué no les había explicado quién era papá a la policía?, preguntaba una y otra vez. ¿Por qué no habían hecho algo el college? ¿Y sus amigos? Cuando Anna le dijo que sí lo habían hecho, meneó la cabeza con incredulidad y gritó: «¡Si yo hubiera estado allí, no les habría dejado que se llevaran a Max!»

El noticiario de las nueve difundió el anuncio de que habían sido detenidos todos los extranjeros enemigos de las zonas costeras del sur y el este, y que iban a ser enviados a campos de internamiento. («¡Si Max hubiera venido a pasar a Londres el domingo de Pentecostés!», se quejó mamá).

Anna no había caído en la cuenta de que Cambridge estaba en la zona costera; debía estar justo en el límite. Presumiblemente, esas eran las regiones de Inglaterra más vulnerables al ataque. El locutor siguió diciendo que el gobierno comprendía las penalidades que podían sufrir personas inocentes como consecuencia de esa acción, pero que esperaban mitigarlas más adelante. Era un triste consuelo, y el resto de las noticias no resultaron más alentadoras. Al final entrevistaron a la familia real holandesa, que había escapado de los nazis por los pelos, y citaron una frase del primer discurso de Churchill como Primer Ministro: «No puedo ofrecerles nada», dijo a la Cámara de los Comunes, «salvo sangre, sudor y lágrimas».

Al día siguiente se vino abajo el ejército holandés.

Anna oyó las noticias por la noche en casa de los Bartholomew.

—¡Es horrible! —exclamó Jinny—. ¡Estoy segura de que ahora todos volverán a preocuparse por las incursiones aéreas y no dejarán que el colegio vuelva a Londres!

Judy asintió.

—No creo que pueda soportar volver a ese sitio, tan lejos de todo.

—Bueno, a lo mejor no tienes que... —empezó a decir Mr. Bartholomew, pero al mirar a Anna se calló bruscamente.

—¡Papá! —gritó Judy—. ¿Quieres decir que volveríamos a Estados Unidos?

—¿Cómo podemos saber lo que va a ocurrir? —dijo Mrs. Bartholomew—. El negocio de vuestro padre está aquí, y es evidente que sólo nos marcharíamos si las cosas se pusieran realmente feas, o sea que más vale no hablar de ello. —Se volvió hacia Anna y le preguntó—: ¿Has sabido hoy algo de tu madre? ¿Ha tenido más noticias de Max?

Anna negó con la cabeza.

—Ni siquiera sabemos dónde está —replicó—. Mamá llamó a la policía de Cambridge, pero no están autorizados a decírnoslo.

La llamada costaba más de dos chelines, y mamá tenía la esperanza de poder hablar con Max, pero la policía solamente dijo que Max ya no estaba a su cargo y que, en cualquier caso, no se le permitía enviar o recibir recados.

—Lo siento mucho —dijo Mrs. Bartholomew.

—Tiene los exámenes muy pronto —continuó Anna.

Pensaba constantemente en los libros de Derecho que se había llevado Max en lugar de la ropa.

—Tengo entendido que incluso han detenido a algunos profesores —dijo Mr. Bartholomew, y añadió—: Es un caos.

El tiempo continuó muy caluroso, por lo que todo el mundo estaba irritable. Cuando Anna fue al Hotel Continental el miércoles, después de las clases de secretariado, encontró a papá deprimido y a mamá en un terrible estado de nervios. Mamá había intentado contactar con alguien que pudiera ayudar en el caso de Max, o al menos que les aconsejara sobre el rumbo a tomar, pero sus amistades eran escasas y al parecer, nadie sabía qué hacer.

—¡Tiene que haber algo que podamos hacer! —gritó mamá, y enumeró una vez más sus posibilidades desesperadas. Que escribieran al college, a la universidad, que George volviera a preguntar en la comisaría de policía... Hablaba sin parar con su voz nerviosa, dolorida, y sólo se calló al oír sonar el teléfono de la conserjería. Se quedó con las manos en el regazo, sentada, con el deseo de que el conserje le dijera que era para ella, que había noticias de Max. Pero la única llamada que recibió fue de la madre de Otto, para decir que a él también le habían internado, así como al profesor de Física que le había invitado a Cambridge.

—¿Lo ves? Es igual para todos, es una emergencia nacional —dijo papá, pero mamá no quiso escucharle.

Había pasado un mal día en la oficina. En lugar de clasificar los innumerables recibos y facturas de Lord Parker, había estado intentando telefonear a personas que apenas conocía, por lo de Max, sin el menor resultado. Al final el jefe se opuso y se peleó con él.

—¡Lo que importará ahora Lord Parker! —exclamó—. Al fin y al cabo, está muerto. ¡Lo único que importa es hacer algo por Max!

Papá trató de razonar con ella, pero mamá gritó:

—¡No! ¡No me importaba nada, pero esto es demasiado! —Miró acusadoramente a una inocente señora polaca que casualmente estaba en la mesa de al lado—. ¿Es que no es suficiente —dijo— que hayamos perdido todo en Alemania? ¿No es suficiente tener que reconstruir nuestras vidas una y otra vez?

—Naturalmente —empezó a decir papá, pero mamá no le hizo caso,

—¡Llevamos años luchando contra Hitler! —gritó—. Durante todo el tiempo en que los ingleses seguían diciendo que era un gran caballero. Y ahora que la suerte está echada —concluyó, bañada en lágrimas—, ¡lo único que se les ocurre es internar a Max!

Papá le ofreció su pañuelo, y se sonó la nariz. Anna la observaba impotente. La señora polaca se levantó para saludar a un señor que acababa de entrar, y se pusieron a hablar en polaco. Anna entendió la palabra «Rótterdam», y varios polacos más se reunieron con ellos y todos se agitaron mucho.

Finalmente uno de ellos se volvió hacia papá y dijo titubeante en inglés:

—Los alemanes han bombardeado Rótterdam.

—Se cree —añadió otro— que han muerto diez mil personas.

Anna trató de imaginárselo. Nunca había visto un muerto. ¿Cómo podían imaginarse diez mil?

—Pobre gente —dijo papá. ¿Se refería a los muertos o a los que seguían vivos?

La señora polaca se sentó en una silla y dijo:

—Es como en Varsovia.

Otro polaco que había visto Varsovia después de que la hubieran bombardeado los alemanes, intentó describir cómo era.

—Todo desaparecido —dijo—. Casa desaparecida. Calle desaparecida. No puedes encontrar... —Extendió las manos en un vano intento de mostrar todas las cosas que no podían encontrarse—. Sólo personas muertas —concluyó.

La señora polaca asintió.

—Yo me escondo en sótano —recordó—. Pero vienen los nazis a buscar judíos...

Hacía mucho calor en el salón, y a Anna le costaba trabajo respirar.

—Estoy un poco mareada —dijo, sorprendiéndose del hilo de voz con que había hablado.

Mamá se acercó en seguida a ella, y papá y uno de los polacos abrieron con dificultad una ventana. Entró una corriente de aire fresco procedente del patio trasero del hotel, y a los pocos momentos Anna se sentía mejor.

—Eso es —dijo papá—. Ya has recuperado el color.

—Estás agotada por el calor —dijo mamá,

Uno de los polacos le llevó un vaso de agua, y mamá le aconsejó que volviera a casa de los Bartholomew y se metiera en la cama a descansar. Anna asintió y se marchó.

—¡Te llamaré si sabemos algo de Max! —gritó mamá cuando ya había empezado a andar por la calle.

Le pareció espantoso, pero al llegar a la esquina de Russell Square, ya fuera del alcance de la voz de mamá, de la voz de todos, experimentó una sensación de alivio.

El viernes cayó Bruselas, y los alemanes penetraron en Francia. Un general francés había dado la orden de «¡Conquistar o morir!», pero no sirvió de nada: el ejército alemán arrasó Francia como había arrasado Holanda.

Madame Laroche estaba demasiado disgustada para acudir a la academia, y algunas alumnas, especialmente las refugiadas, pasaban el tiempo escuchando la radio y saliendo a comprar periódicos. Pero Anna no.

Por raro que
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