Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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azúcar de Bill les pareció tan extraordinaria que George, Bill y Max necesitaron otro buñuelo para digerirla.

Anna los observaba con admiración. Qué ingeniosos son, pensó, y qué guapos y qué ingleses..., y qué raro comprobar que Max era prácticamente indistinguible de los otros dos.

—Es realmente curioso —dijo George—, eso de «¿Es que no sabe que hay guerra?». No parece que la haya, ¿verdad?

—No —replicó Max—. No sé cómo pensaba que sería una guerra, pero uno se imagina algo más... acuciante.

Bill asintió:

—Cuando uno piensa en la última, con la cantidad de gente que murió...

Se hizo una pausa.

Anna tomó una profunda bocanada de aire y decidió intervenir en la conversación.

—Cuando era pequeña —dijo— estaba contenta de ser chica.

Se la quedaron mirando. Max frunció ligeramente el ceño. Como de costumbre, Anna se estaba haciendo un lío.

—Por las guerras —aclaró—. Porque a las chicas no las mandan a las trincheras.

—Ah, claro —dijo George. Parecía que esperasen algo más, de modo que siguió hablando atropelladamente.

—Pero más adelante mi madre me dijo que no habría otra guerra. Sólo que para entonces ya me había hecho a la idea, o sea, de alegrarme de ser chica. Así que supongo que era buena cosa, porque —añadió con un grado de estupidez que incluso a ella misma la dejó asombrada—, soy una chica.

Se hizo el silencio, hasta que, por suerte, Bill se rió.

—¡Y eso está muy bien! —exclamó.

Nunca más, pensó Anna. Nunca más volveré a decir nada a nadie.

Pero George asintió como si hubiera dicho algo sensato.

—A mi madre le pasaba lo mismo. Siempre nos decía que no habría otra guerra. Se disgustó mucho cuando empezó ésta. —Su mirada habitual de asombro se había intensificado, y se le había pegado el azúcar del buñuelo alrededor de la boca, de modo que parecía muy joven—. Pero supongo que cuando alguien actúa como Hitler, al final lo único que se puede hacer es luchar contra él.

—¡Luchar hasta la muerte! —Bill entrecerró los ojos—. ¡Dios mío, Carruthers, hay un nido de ametralladoras en aquella colina!

George levantó la barbilla.

—Iré yo solo, señor. —Su voz temblaba de emoción—. Pero si no vuelvo...

—Sí, diga, Carruthers.

—Dígales que ha sido... por Inglaterra. —George contempló la lejanía con expresión valiente. Después añadió con voz normal—: O sea, ¿no es una bobada?

Acabaron los buñuelos, pensando que, efectivamente, era una bobada. Después Bill dijo:

—Tengo que irme volando.

—¿Literalmente? —preguntó Max.

—Literalmente —respondió Bill. Formaba parte del Escuadrón Aéreo de la Universidad, que practicaba todos los sábados por la tarde.

George sacó sus largas piernas de debajo de la mesa con grandes esfuerzos.

—¿Hay peli esta noche? —preguntó.

—Claro —Bill hizo un gesto con la mano, que podía incluir a Anna o no, pensó ella—. Hasta luego. —Y salió a la calle dando grandes zancadas.

Esperaron hasta que George se hubo enrollado una bufanda en su largo cuello.

—Supongo —dijo—, que para ti debe ser incluso más raro, quiero decir, la guerra. —Miró a Max con expresión reflexiva—. Siempre se me olvida que no naciste aquí. Nunca se le ocurre a nadie, ¿sabes? —explicó a Anna—. Estoy seguro de que Bill cree que es británico hasta la médula.

—A veces yo mismo me olvido —dijo Max con tal ligereza que sólo Anna adivinó cuánto significaba para él.

Volvieron caminando a la habitación que compartían Max y George. La casera había encendido el fuego en el pequeño salón, y Max se sentó a su lado con un montón de libros y papeles, dispuesto a escribir una composición sobre algunos aspectos del Derecho Romano. George desapareció con intención de bañarse, y se le oyó discutir con la casera en la habitación de al lado sobre las posibilidades que había de que el agua se calentase lo suficiente para que le diese tiempo a sacarle provecho antes de que volviera a enfriarse.

—Max —dijo Anna—. Lo siento... Sé que no sirvo para tratar con la gente.

Max levantó la vista de su trabajo.

—No digas tonterías. Estás muy bien.

—Pero digo muchas estupideces. No es a propósito, pero me salen... Supongo que es porque me pongo nerviosa.

—Bueno, eso le pasa a todo el mundo. Deberías haber visto a George y a Bill antes de que llegaras. No conocen a muchas chicas. Yo soy el único que sí.

Anna le miró con admiración.

—El problema es —dijo— que yo no soy como tú. —En una explosión de confianza añadió—: A veces me pregunto si realmente tengo algo que hacer en este país.

—¡Claro que sí! —Max parecía escandalizado—. Tanto como yo. La única diferencia es que tú fuiste a un colegio asqueroso, y eso te desanimó.

—¿De verdad lo crees?

—Lo sé —respondió Max.

Era una idea alentadora. Como parecía que Max estaba a punto de volver a sus libros, Anna dijo rápidamente:

—Hay algo más.

—¿Qué? —preguntó Max.

—Pues —dijo Anna—, ¿no tienes a veces la sensación de que tenemos mala suerte?

—¿Mala suerte? ¿Quieres decir por ser refugiados?

—No, me refiero a los países en que vivimos —como Max mostraba expresión de desconcierto, Anna añadió—: Fíjate en lo que le ha pasado a Alemania. Y en Francia, apenas llevábamos un año cuando vino la depresión. Y con respecto a Inglaterra..., recuerda lo sólida que parecía cuando llegamos, y ahora hay guerra, y racionamientos...

—¡Pero no es culpa nuestra! —exclamó Max. Anna meneó la cabeza con pesimismo.

—A veces —dijo—, me siento como el judío errante.

—No te pareces al judío errante. Llevaba patillas. Además, que yo sepa, no se le consideraba portador de mala suerte.

—No —dijo Anna—. Pero no creo que a nadie le gustara mucho verle.

Max se quedó mirándola unos momentos y estalló en carcajadas.

—Estás chiflada —dijo con cariño—. Completamente chiflada. Y ahora, tengo que trabajar un poco.

Volvió a sus libros, y Anna le observó. La habitación estaba en silencio, salvo por el crepitar del fuego. Qué maravilla vivir así, pensó Anna. Por un momento trató de imaginarse en la universidad. Naturalmente, a ella no le concederían una beca como la de Max. Pero, ¿qué estudiaría? ¿Derecho, como Max, o Inglés, como George, o Ingeniería, como Bill? No; lo único que realmente le gustaba era dibujar, y eso no servía para nada.

—A propósito —dijo Max telepáticamente—, ¿qué es todo eso del curso de secretariado que me contabas en tu carta?

Anna respondió:

—Empiezo la semana próxima.

Max se quedó reflexionando, ya con la expresión del abogado que sopesa un tema complicado ante los jueces, según pensó Anna. Finalmente dijo:

—Bueno, supongo que es lo que debes hacer en estos momentos. Pero no será lo mejor para ti. A la larga. —Después se le ocurrió una idea. Pasó las páginas de un libro con impaciencia, encontró lo que buscaba y empezó a escribir.

Anna regresó a su habitación, se peinó y se puso el otro vestido que tenía. Era el antiguo uniforme del colegio, de pana gris, y cuando lo llevaba los domingos en el colegio de Miss Metcalfe, pensaba que era horroroso. Pero mamá había encontrado un cuello de encaje antiguo en el fondo de uno de los baúles que habían traído de Berlín, y con eso, ahora que Anna había perdido la mayor parte de la grasa tenía un aspecto elegante.

Al volver, encontró a Max recogiendo sus papeles, y a George supervisando la merienda-cena que la casera había preparado frente al fuego. El baño de George no había sido un éxito. Con el temor de que si tardaba mucho no podría bañarse, se había metido cuando el agua estaba todavía tibia, y se había quedado sentado en la bañera, enfriándose poco a poco, incapaz de enfrentarse con el aire aún más frío del cuarto de baño. Pero finalmente todo se había resuelto, y el problema de lavarse no volvería a presentarse hasta la semana siguiente, según le dijo a Anna con satisfacción.

—Lo que me da pie a observar —añadió— que tú pareces sumamente limpia y sana. ¿Es la última moda?

Anna le explicó que era lo que llevaba los domingos en el colegio.

—¿De veras? —dijo Bill—. Es extraordinario. Mi hermana lleva una especie de saco marrón.

De eso pasaron a hablar sobre el colegio de la hermana de Bill, en el que tenían que hacer una reverencia a la directora cada vez que la veían, y que no parecía mucho mejor que el de Miss Metcalfe, y a continuación sobre los colegios en general. Tal vez Max tenga razón, pensó Anna. Tal vez Anna pusiera tan nervioso a George como George a ella, y con esta idea, empezó a relajarse un poco. Estaba contándole una notable ceremonia celebrada en el colegio de Miss Metcalfe, en la que habían privado de su rango a una jefa de conejillos de Indias, cuando se hizo la hora de ir al cine.

Se abrieron camino por las calles oscurecidas y frías para ver una película de misterio en compañía de Bill y una chica de pelo ensortijado a quien, para sorpresa de Anna, Max parecía admirar. Se llamaba Hope y debía tener al menos tres años más que Max, pero cuando éste le preguntó en un susurro:

—¿No te parece atractiva? —Anna no quiso responder—: No.

La película era muy mala, y el público, formado en gran parte por estudiantes, demostró un ruidoso interés por ella. Se oían silbidos dirigidos al villano y vivas irónicos a la heroína, que intentaba defenderse de él, y gritos de: «¡Vamos, Clarence!» siempre que aparecía persiguiéndola el héroe acechante. Al final el villano amenazaba con lanzar a la heroína a un cocodrilo de aspecto famélico que, según comentó el público, necesitaba comida desesperadamente, y al ser rescatada en el momento crítico, el resto del diálogo quedó ahogado entre gritos de: «¡Qué lástima!» y «¡R.S.P.C.A.!» *. Anna pensó que era todo muy divertido, y estuvo radiante el resto de la tarde, que pasaron comiendo buñuelos en un café. Finalmente George y Max le dieron las buenas noches a la puerta de su alojamiento y Anna, andando a tientas por la casa a oscuras, llegó hasta su cama helada, donde se abrazó a la bolsa de agua caliente, y tras pensar maravillada en aquel mundo extraordinario del que su hermano formaba parte, se quedó dormida.

—Bueno, ¿te ha gustado Cambridge? —preguntó Max la tarde siguiente. Estaban en la estación, esperando el tren, y Anna no sentía el menor deseo de marcharse. Habían pasado parte del día paseando en batea por el río (había hecho más calor), con Max y Hope discutiendo en una barca que manejaba George, mientras Anna y Bill iban en otra. George y Bill habían intentado chocar entre sí, y finalmente Bill se había caído al agua y les había invitado a un jerez en su habitación mientras se cambiaba de ropa. Vivía en un college de trescientos años de antigüedad y, bajo la achispante influencia del jerez, George y Bill le habían pedido que volviera pronto a Cambridge.

Anna miró gravemente a Max en el andén que iba oscureciéndose.

—Creo que es maravilloso —dijo—. Absolutamente maravilloso. Max insistió.

—Me alegro de que lo hayas conocido. —Anna veía la felicidad reflejada en la cara de su hermano a pesar de la oscuridad. De repente, Max sonrió—. Y hay algo más —añadió—. No se lo digas a mamá, pero creo que voy a sacar matrícula.

Llegó el tren rugiente, asombrosamente lleno de soldados y marineros. Anna tuvo que escurrirse entre un montón de macutos para entrar, y en el momento en que había logrado bajar la ventanilla, el tren ya había arrancado. Gritó:

—¡Gracias, Max! ¡Gracias por este maravilloso fin de semana! —Pero había mucho ruido y no estaba segura de que la hubiera oído. Un marinero le ofreció un trozo de macuto, y allí fue sentada durante todo el trayecto hasta Londres. Fue un viaje largo, cansado, mucho más lento que el del día anterior. La luz de la bombilla pintada de azul del pasillo era demasiado débil para leer, y cada vez que se paraba el tren, entraban más soldados, a pesar de que apenas había sitio para ellos.


* Son las iniciales de la Royal Society for the Protection and Care of Animáis, la Sociedad Protectora de Animales. (N. del E.)

Liverpool Street estaba atestada de tropas, y mientras Anna se abría paso a la moteada media luz de la estación, se preguntaba adonde irían. Su mirada se posó sobre un anuncio de prensa. Decía: «¡Hitler invade Noruega y Dinamarca!»

Al principio, al enterarse de la noticia del ataque de Hitler a Escandinavia, Anna se asustó mucho. Volvió a oír mentalmente la voz de la mujer de la Organización de Socorro hablando sobre los nazis. «Nos dijeron: '¡Os cogeremos allá donde vayáis, porque vamos a conquistar el mundo!'». Pero después no ocurrió nada, y al parecer, la vida seguía como siempre. Enviaron tropas a Noruega —los daneses se habían rendido sin oponer resistencia—, y hubo una batalla naval, pero era difícil saber quién había vencido. Y al fin y al cabo, Escandinavia estaba muy lejos.

Empezó el curso de secretariado, y Judy y Jinny vinieron a casa a pasar las vacaciones. El Ministerio de Información pidió a papá que confeccionara el texto de unas octavillas que habrían de lanzar sobre Alemania —el primer trabajo que tenía papá desde hacía meses—, y Max y George hicieron una excursión a pie y le enviaron una postal desde un hostal juvenil.

Su único e irresistible deseo era aprender taquigrafía lo más rápidamente posible para tener trabajo y ganar dinero. Iba todos los días a la academia de secretariado en Tottenham Court Road a escribir al dictado en la maquinita que habían puesto a su disposición. Era divertido. En lugar de pulsar las teclas una a una como en la mecanografía, se pulsaban como los acordes de un piano, y de cada vez la máquina imprimía una sílaba con letras corrientes en una cinta de papel. Reproducía más el sonido de la sílaba que la ortografía, de modo que, por ejemplo,

«situación general» se convertía en «si-tua-zión-je-ne-ral», pero era fácil leerlo, a diferencia de los rompecabezas taquigráficos que anteriormente habían podido con ella.

A Judy y a Jinny les impresionaba su nuevo estatus de persona adulta, y a Anna no le importaba dejarlas cada mañana holgazaneando al sol primaveral mientras ella iba a practicar taquigrafía.

En la academia había una o dos refugiadas como ella, y la directora, Madame Laroche, que era belga, decía que con los idiomas que sabían todas ellas podrían acceder a buenos puestos. Decía que Anna era una de sus mejores alumnas, y a veces la enviaba a demostrar el método a clientes potenciales.

La semana anterior al domingo de Pentecostés hizo un tiempo cálido y soleado, y el viernes Anna estaba deseando que llegara aquel largo fin de semana: la academia cerraba a la hora de comer, y el lunes también sería fiesta. Iba a pasar la tarde con mamá y papá, y Otto, el primo de mamá, iba a venir a verles. Por una vez estaba aburrida de tanto ejercicio, y se alegró de que, a media mañana, Madame Laroche mandara a buscarla para hacer una demostración de taquigrafía a una pareja de mediana edad y a su ratonil hija. No parecían unos clientes muy prometedores, ya que el padre no paraba de decir que era una tontería desperdiciar el dinero en métodos de nuevo cuño, y la hija parecía asustada.

—¡Ah, aquí viene una de nuestras alumnas! —exclamó Madame Laroche al entrar Anna, o al menos eso es lo que ella pensó que debía haber dicho. Madame Laroche tenía un impenetrable acento belga muy difícil de entender. Señaló a Anna una silla y cogió un libro de una estantería. Anna miró a su alrededor, en busca de la ayudante inglesa que normalmente le dictaba, pero no había ni rastro de ella—. Te dictaré yo misma —dijo Madame Laroche excitadamente, o unas palabras similares.

Era evidente que el padre la había picado para demostrar las excelencias de su método, y estaba dispuesta a hacerlo a cualquier precio. Abrió el libro y dijo: «Lo gue me lo du-gláx.»

—¿Cómo? —preguntó Anna sorprendida.

—«Lo gue me lo du-gláx.»

—Perdone —dijo Anna, empezando a sonrojarse—, pero no he entendido bien...

—¡Lo gue me lo du-gláx, lo gue me lo du-gláx! —gritó Madame Laroche con impaciencia , y dio un golpe con el dedo en la máquina de Anna y chilló: «¡Escribe!»

No había más remedio que tomar nota. Anna escribió «Lo gue me lo du-glax», con la esperanza de que el siguiente trozo fuera más fácil, pero no ocurrió así. Resultó tan incomprensible como el principio, y lo mismo ocurrió con el trozo siguiente, y con el siguiente. De cuando en cuando Anna reconocía una palabra de verdad, pero después el dictado volvía a ser un galimatías. Sonrojada y deprimida, lo escribió todo. Estaba deseando que se acabara, pero sabía que después tendría que leerlo en voz alta, que sería peor.

Acabó.

Y en el momento en que se preguntaba cómo podría sobrevivir a los próximos minutos, se le ocurrió una idea. Tal vez el dictado no tuviera sentido. A lo mejor Madame Laroche le había dictado aquel galimatías a propósito, para demostrar que el método podía registrar sonidos sin significado. De pronto se puso más contenta y empezó a leer confiada lo que había escrito.

—Lo gue me lo du-gláx —leyó, pronunciándolo cuidadosamente, como lo había hecho Madame Laroche, y continuó.

Pero algo andaba mal. ¿Por qué estaba el padre medio ahogado por la risa? ¿Por qué reían disimuladamente la madre, e incluso su ratonil hija?

¿Por qué se había puesto roja de cólera la cara de Madame Laroche y por qué le gritaba a Anna, y le amontonaba libro, máquina y papel en los brazos y la echaba de la habitación? La puerta se cerró tras ella de un golpe, y Anna se quedó en el pasillo, pasmada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó una de las profesoras inglesas que salía de otra habitación. Debía haber oído el ruido. Anna meneó la cabeza.

—No lo sé—dijo.

La profesora cogió de encima de la máquina el libro, que seguía abierto.

—¿Es esto lo que te ha dictado? ¿Los gemelos Douglas?

—No —respondió Anna. Lo que le había dictado madame Laroche empezaba con «lo gue me lo du-gláx». Era imposible confundir «los gemelos Douglas» con «lo gue me lo du-gláx».

¡Pero con Madame Laroche sí era posible!

—¡Oh! —exclamó—. Deben haber pensado que... —Miró a la profesora—. ¿Qué puedo hacer? ¡Deben haber pensado que me burlaba de su acento! ¿Cree que debería dar una explicación?

—Ahora no —contestó la profesora.

—¡Pero tengo que hacer algo!

En el despacho se oyó ruido de sillas al correrse, al que se superpusieron unas carcajadas masculinas y una frase incomprensible pero claramente poco amistosa de Madame Laroche.

—Vamos —dijo la profesora con firmeza, y empujó a Anna por el pasillo y la hizo entrar en una de las aulas—. Continúa con tu trabajo y quítate de la cabeza este pequeño malentendido. Estoy segura de que el martes ya estará olvidado.

Anna se sentó en un pupitre vacío y se puso a escribir automáticamente el dictado que leía con lentitud una alumna mayor. Pero, ¿cómo podía olvidarlo?, pensó. Había sido una mala pasada. Madame Laroche no tenía derecho a gritarle, ya que siempre había hecho un buen trabajo. Nadie en la academia entendía su acento belga; tenía que saberlo. Y con respecto a pensar que Anna se había burlado de ella... ¡Voy a decírselo!, pensó. ¡Voy a decirle que no puede tratarme así! Después pensó: ¿Y si no me creyera? ¿Podían expulsar de una academia de secretariado?

Al final de la mañana se encontraba en tal estado de confusión que no podía decidirse entre ir a casa o enfrentarse con Madame Laroche. Fue al guardarropa, donde se quedó mirando su reflejo en el espejo y dudando entre inventar frases grandiosas con que justificarse o seguir el consejo de la profesora de olvidarse de todo. Finalmente llegó la señora de la limpieza a cerrar, y tuvo que marcharse.

Al salir al pasillo observó que todas se habían ido. Probablemente, también Madame Laroche, pensó casi con alivio. Pero entonces, la preocupación le estropearía el fin de semana. ¡Maldita sea!, pensó, pero al pasar junto al despacho de Madame Laroche, oyó hablar a alguien dentro. Rápidamente, sin pararse a reflexionar, llamó a la puerta y entró. Esperaba ver a una de las profesoras, pero Madame Laroche estaba sola. La voz no era suya, sino de la radio.

—Madame Laroche —dijo Anna—, sólo quería explicarle... —Tenía intención de haberse puesto furiosa, pero descubrió con fastidio que sus palabras solamente sonaban a disculpa—. ... Lo de esta mañana —empezó a decir de nuevo.

Madame Laroche la miró sin comprender y le hizo un gesto con la mano para que saliera.

—¡Pero quiero decírselo! —exclamó Anna—. ¡No es lo que usted cree!

La radio se había parado de repente y su voz adquirió un tono absurdamente alto en el silencio.

Madame Laroche se levantó y se acercó a ella; Anna vio con horror que tenía lágrimas en los ojos.

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