Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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capaz de responder. Nunca había tenido ese problema con Judy y Jinny, que eran americanas.

—Bien, Anna —dijo la señora del pelo gris, como si hubiera escuchado los pensamientos de Anna—; espero que te guste más el curso de secretariado que el colegio de Miss Metcalfe.

Anna volvió a la tierra. Entonces, ¿estaba todo arreglado?

—Mañana hablaré con el comité —dijo la señora—, pero estoy casi segura de que no habrá ninguna dificultad. —Y al expresar Anna su agradecimiento entre tartamudeos, añadió—: ¡Bobadas! Creo que vas a ser una buena inversión.

Había salido el sol y hacía calor cuando Anna y mamá regresaban al hotel.

—¿Cuánto crees que llegaré a ganar? —preguntó Anna.

—No lo sé —contestó mamá—, pero hablando idiomas es posible que saques al menos tres libras.

—¡Todas las semanas! —exclamó Anna. Le parecía una cantidad enorme.

Papá la felicitó con cierta tristeza.

—Tengo que admitir que nunca te he imaginado de secretaria —dijo, y Anna desechó inmediatamente la idea de que ella tampoco.

—¡Papá! —gritó—. ¡Han dicho que era una buena inversión!

—En eso estoy de acuerdo con ellos —dijo papá. Se había puesto su mejor traje, o el que él consideraba como menos usado, y estaba a punto de salir—. Voy a una reunión del Club Internacional de Escritores —explicó—. ¿Quieres venir? No es que vaya a ser una fiesta, pero habrá merienda.

El Club de Escritores no era algo muy fascinante, pero, ahora que tenía el futuro resuelto, Anna se sentía inquieta. Caminó rápidamente hasta la parada del autobús con papá, tratando de no pensar en el hecho de que a partir de entonces tendría sus días ocupados con la mecanografía en lugar de con el dibujo.

—Hoy se reúne la sección alemana —dijo papá, que era su presidente—. Pero el té —sonrió para sí al explicar en qué iba a consistir el convite— será auténticamente inglés.

Cuando llegaron al edificio del club, cerca de Hyde Park Corner, ya se habían congregado la mayoría de los escritores: una colección de las habituales caras inteligentes de refugiados, con los desgastados cuellos y puños de camisa igualmente habituales. Varias personas acudieron a la puerta a saludar a papá, fueron presentadas a Anna y dijeron cuánto se parecía a él. Esto ocurría con frecuencia, y siempre la animaba. Pensaba que nadie que se pareciese tanto a papá podía ser totalmente inútil.

—¿Va a seguir sus pasos? —preguntó un hombrecillo con lentes de concha.

—Eso creía yo —respondió papá—. Pero ahora le interesa más el dibujo. En estos momentos —levantó una mano con pesar—, tiene la intención de ser secretaria.

El hombre de las lentes de concha levantó ambas manos, a modo de eco apesadumbrado.

—¿Qué le vamos a hacer? —dijo—. ¡Hay que vivir!

El y papá fueron a sentarse en una pequeña tarima, en tanto que Anna encontró un asiento entre los escritores. El tema de la reunión era «Alemania», y se fueron levantando a hablar cierto número de asistentes. Cuántos hay, pensó Anna. No era de extrañar que no hubiera trabajo para todos.

El primero habló sobre el surgimiento de los nazis y de cómo podía haberse evitado. Todos menos Anna demostraron mucho interés, y aquel discurso desencadenó una serie de debates y discusiones más breves. «Si...», clamaban los escritores. Si la República de Weimar... los socialdemócratas... los franceses de la Rhineland...

Por fin acabó, y se levantó un hombre triste con jersey para leer extractos de un diario que se había pasado secretamente de Suiza, escrito por un escritor judío que seguía libre en Alemania. Anna sabía cómo vivían aquellas personas, claro, pero aun así resultaba horripilante enterarse de los detalles: las penurias, las persecuciones por cosas mínimas, la continua amenaza del campo de concentración. Cuando hubo terminado, los demás escritores quedaron en silencio y miraron con gratitud el techo de molduras y las grandes ventanas que daban a Hyde Park. Al menos, ellos habían escapado a tiempo.

Siguió una disertación absolutamente aburrida sobre las diferencias regionales entre Francfort y Munich, y después se levantó papá.

—Berlín —dijo, y empezó a hablar.

Cuando, a la edad de ocho o nueve años, Anna comprendió que papá era un escritor famoso, le pidió que le dejara ver algo que hubiera escrito y él, finalmente, le dio una pieza corta que a su juicio, podría entender. Anna aún recordaba su azoramiento después de leerlo. ¿Por qué, pensó avergonzada, no podía escribir papá como los demás? En el colegio, ella atravesaba una época de escritura de frases largas, llenas de circunloquios y expresiones ampulosas. Imaginaba que la escritura de papá sería así, sólo que más grandiosa. En su lugar, las frases de papá eran muy cortas. Utilizaba palabras corrientes que todos conocían, pero las unía de formas inesperadas, de modo que te dejaban sorprendida. Es cierto que una vez superada la sorpresa se veía exactamente lo que quería decir, pero aun así... ¿Por qué, pensaba Anna, no podía escribir como otras personas?

«Creo que es demasiado pronto», había dicho papá, y durante años a Anna le había dado miedo intentarlo otra vez.

Papá leía algo que debía haber mecanografiado recientemente en la máquina destartalada de su habitación. Era sobre Berlín. Anna reconoció las calles, los bosques de los alrededores; incluso había un trozo que hablaba de su casa. Así era exactamente, pensó.

A continuación, papá había escrito sobre la gente: los vecinos, los tenderos, el hombre que cuidaba el jardín (Anna casi lo había olvidado), la secretaria de ojos de búho que mecanografiaba las cosas de papá. Aquel trozo era muy divertido, y todos los escritores que había entre el público se rieron. Pero, ¿dónde estaban ahora todas aquellas personas?, preguntó papá. La secretaria, de ojos de búho, ¿levantaría la mano en el saludo hitleriano? ¿Se habría alistado el tendero en las S. A. * o le habrían metido en un campo de concentración? ¿Qué habría sido de ellos después de que los nazis les hubieran arrebatado su país? (Al llegar aquí papá empleó una palabra muy grosera, que hizo que los escritores sofocaran un grito y rieran después con disimulo, aliviados.) «No lo sabemos», dijo papá. «Hitler se los ha tragado. Y tal vez, si uno volviera allí, todo seguiría igual que siempre. Las calles, los bosques de los alrededores, la casa...» Terminó con las palabras con que había empezado: «Una vez yo viví en Berlín.»

Hubo un momento de silencio, y a continuación los escritores se levantaron como un solo hombre y aplaudieron con fuerza. Al bajar de la tarima, se formó una pequeña multitud a su alrededor para felicitarle y estrecharle la mano. Anna se quedó a un lado, pero papá se reunió con ella en la puerta, y le preguntó: «¿Te ha gustado?» Ella asintió, pero antes de poder decir nada, se vieron arrastrados hasta la habitación de atrás, en que estaba preparada la merienda. Era todo un despliegue de abundancia, y en tanto que algunos escritores trataban de no parecer demasiado ansiosos, otros no podían resistir abalanzarse sobre la comida. La merienda era obsequio de la sección principal, la inglesa, y junto con ella apareció un puñado de escritores ingleses. Mientras Anna comía un eclair de chocolate e intentaba decirle a papá lo mucho que le había gustado su escrito sobre Berlín, uno de ellos se acercó a hablarles.

—He oído los aplausos —le dijo a papá—. ¿De qué ha hablado?

Papá no le entendió, como de costumbre, de modo que Anna se lo tradujo.

—¡Ah, sí! —respondió papá, y compuso la expresión de la cara para hablar inglés—. Hablado he —dijo, poniendo detrás el verbo haber, como siempre— sobre Alemania.

—Debe haber sido muy emocionante —replicó el inglés—. Ojalá hubiera podido entenderlo.

Cuando Anna volvió a casa de los Bartholomew, mucho más tarde, se encontró con una carta de Max, en la que la invitaba a pasar el fin de semana en Cambridge. Todo está ocurriendo al mismo tiempo, pensó. Olvidó su timidez al contarle a Mrs. Bartholomew lo de la invitación, lo de la lectura de papá en el club y lo de su nueva carrera.

—Y cuando haya acabado el curso —concluyó triunfalmente—, ¡podré ganar tres libras a la semana!

Como papá, Mrs. Bartholomew parecía un poco pesarosa.

—Son unas noticias muy buenas —dijo al cabo de un momento—, pero sabes que puedes vivir en esta casa todo el tiempo que quieras, ¿no? De modo que si cambias de opinión...

Después fue a buscar un abrigo de Jinny para que Anna se lo llevase para su fin de semana con Max.

Durante todo el trayecto en tren hasta Cambridge, Anna fue pensando sobre lo que ocurriría. ¿Qué harían? ¿Cómo serían los amigos de Max? ¿Esperarían de ella que hablase y, de ser así, qué demonios iba a decir?

* Abreviatura de Sturm Abteilung, tropas de asalto del ejército alemán que se reclutaron al principio entre miembros y simpatizantes del Partido Nacionalsocialista (nazis). (N. del E.)

El tiempo había vuelto a enfriarse, y poco después de que el tren saliera de Londres empezó a lloviznar. Anna miraba los campos empapados y el ganado que se resguardaba bajo los árboles goteantes, y casi llegó a desear no haber ido. ¿Y si no le caía bien a nadie? Efectivamente, ¿por qué habría de gustarles? No le ocurría con nadie, pensó taciturna, al menos con las personas de su edad. Las chicas del colegio de Miss Metcalfe no le habían hecho mucho caso. Nunca la habían elegido tutora, ni capitana de dormitorio, ni siquiera jefa de mesa del comedor. Durante una corta temporada se habló de nombrarla ayudante de conejillo de Indias, pero ni siquiera aquello cuajó. Y los amigos de Max eran chicos. ¿Cómo se hablaba con los chicos?

—No es un día muy agradable —dijo una voz como un eco de sus palabras. Pertenecía a una señora vestida con traje de mezclilla que estaba en el asiento de enfrente. Anna admitió que no, y la mujer sonrió. Llevaba sombrero y unos zapatos caros y muy adecuados para las circunstancias, como las madres el Día de los Padres en el colegio de Miss Metcalfe.

—Qué, ¿a pasar el fin de semana a Cambridge? —preguntó la señora. Anna contestó: «Sí», y la mujer se lanzó de inmediato a la descripción de las delicias sociales de lo que ella llamaba la «Uní». Sus tres hermanos habían ido allí hacía años, y dos primos, y la invitaban a pasar los fines de semana. ¡Cómo se divertía allí una chavalita! «¡Fiestas teatrales!» gritó la señora con traje de mezclilla, y bailes de mayo y meriendas en Grantchester y ¡a cualquier sitio que fueras, muchos, muchísimos jóvenes encantadores!

A Anna se le cayó aún más el alma a los pies ante este relato, pero se consoló pensando que difícilmente podría haber bailes de mayo en marzo y que, sin duda, Max la hubiera avisado de haber tenido grandes planes.

—¿De dónde eres, cielo? —preguntó la señora con traje de mezclilla, cuando hubo agotado sus recuerdos.

Normalmente, cuando alguien le preguntaba que de dónde era, Anna respondía: «De Londres», pero esta vez, por alguna razón inexplicable, se sorprendió contestando:

—De Berlín —e inmediatamente se arrepintió.

La mujer se había quedado de piedra.

—¿De Berlín? —gritó—. ¡Pero si eres inglesa!

—No .—replicó Anna, con la misma sensación que mamá en la Organización de Socorro a los Refugiados—. Mi padre es un escritor antinazi. Salimos de Alemania en 1933.

La señora del traje de mezclilla intentaba localizarla.

—Antinazi —dijo—. Eso significa que estáis contra Hitler.

Anna asintió.

—Nunca lo hubiera pensado —añadió—. No tienes ni rastro de acento. Hubiera jurado que eras una chavalita inglesa normal y corriente.

Era un halago, ante el que Anna sonrió debidamente, pero a la mujer se le ocurrió de repente otra idea.

—¿Y la guerra? —gritó—. ¡Estás en país enemigo!

Maldita sea, pensó Anna, ¿por qué me habré metido en esto?

Intentó explicarlo con la mayor paciencia posible.

—Estamos en contra de Alemania —dijo—. Queremos que ganen los ingleses.

—¿Contra vuestro propio país? —preguntó la señora.

—Ya no nos sentimos de ese país —empezó a decir Anna, pero a la señora del traje de mezclilla le había ofendido la conversación.

—Hubiera jurado que eras inglesa —dijo en tono de reproche, y se enfrascó en la lectura de un Country Life.

Anna contempló el paisaje gris que rodaba por la ventana salpicada. Era ridículo, pero se sentía molesta. ¿Por qué no había dicho que era de Londres, como siempre? Max nunca hubiera cometido un error así. Este viaje va a ser un desastre, pensó.

Cuando al fin llegó el tren a la estación de Cambridge, sus peores sospechas parecieron confirmarse. Se quedó en el andén azotado por un viento helado, sin ver a Max por ninguna parte. Pero apareció detrás de una esquina, sin aliento y con la toga flotando a su espalda.

—Perdona —dijo—. Tenía una conferencia. —Miró el abrigo escarlata que le había dejado Mrs. Bartholomew—. Muy aparente —añadió—. ¿Es de Jinny o de Judy?

—De Jinny —respondió Anna, y se sintió más animada.

Max cogió su maleta y sacó a Anna apresuradamente de la estación.

—Espero que también hayas traído un camisón de lana gruesa —dijo—. Tu habitación es un poco fresca.

Resultó que su alojamiento no tenía calefacción: era una amplia cueva heladora, pero no estaba lejos de la de Max, y la casera prometió ponerle por la noche una bolsa de agua caliente en la cama.

Mientras se arreglaba un poco, Anna trató de imaginarse a la señora del traje de mezclilla pasando una noche allí, y llegó a la conclusión de que sus fines de semana en Cambridge debían haber sido muy diferentes. Max pagó la habitación (cama y desayuno costaban diez peniques), y después salieron a pasear por la ciudad.

Para entonces ya había dejado de llover, pero aún había charcos por todas partes. El cielo por encima de los tejados era húmedo y gris, con nubes errabundas que de vez en cuando aclaraban al resplandor tenue de la débil luz del sol. Atravesaron el mercado, abriéndose paso entre compradores y toldos goteantes, y de sopetón se vieron envueltos en un tropel de estudiantes. La Calle Mayor estaba llena. Iban salpicando por los charcos con las bicicletas y empujando por las aceras, en grupos ruidosos. Por todas partes se veían togas negras, y largas bufandas de rayas, y parecía que todo el mundo estuviera hablando o saludando a gritos a los amigos al otro lado de la calzada. Varias personas saludaron a Max, que estaba como pez en el agua entre ellos, y Anna pensó en lo divertido que debía ser vivir allí.

De cuando en cuando, entre saludo y saludo, Max señalaba un punto destacado en medio de la barahunda: un edificio, un trozo de muro antiguo, el corredor de un claustro por el que, siglos atrás, había paseado alguien, el asiento en que otro había escrito un poema. La piedra con que estaban construidos era del mismo color que el cielo, y parecía haber estado siempre allí.

En la entrada de un salón de té, Max fue abordado por dos figuras togadas.

—¡Al fin te descubrimos! —gritó una—. ¡Y con una mujer desconocida!

—Una desconocida de escarlata —añadió el otro, señalando el abrigo de Anna.

—No seas idiota —dijo Max—. Es mi hermana Anna. Te presento a George y a Bill, que van a comer con nosotros.

Anna recordó que había oído hablar de George, compañero de colegio de Max. Le sacaba tranquilamente treinta centímetros a Anna, de modo que ésta habría tenido que echar la cabeza hacia atrás para ver qué aspecto tenía. La cara de Bill quedaba más a su alcance, y era agradable y corriente. Se abrieron camino por el salón abarrotado hasta una mesa en un rincón. Al sentarse, la cara de George descendió hasta quedar al alcance de la vista, y resultó ser alegre, con una mirada encantadora de asombro permanente.

—¿Eres de verdad su hermana? —preguntó—. Quiero decir, si tienes que ser hermana de alguien, seguro que podrías haber encontrado a alguien mejor que aquí el amigo Max.

—Con sus modales lascivos...

—Y sus robustos zapatos...

—Y sus ojos que giran a uno y otro lado...

—¡Y sus orejas, tiesas como las de un chivo...! —concluyó George, triunfal.

Anna se quedó mirándoles, confusa. ¿Acabarían de inventárselo? ¿O sería un poema inglés famoso que todos menos ella conocían?

George estaba inclinado hacia ella.

—En serio, Anna —supongo que puedo llamarte Anna—, de verdad que podrías haber encontrado a alguien mejor.

Anna tenía que decir algo.

—Yo pienso —empezó, pero, ¿qué pensaba?

Al fin soltó—: Creo que Max es muy simpático.

—Se estaba sonrojando, como de costumbre.

—Qué lealtad —dijo George.

—Y gentileza —añadió Bill—. ¿No dirías tú que es gentil, George?

—Decididamente gentil —repitió George.

Salieron de nuevo y Anna descubrió que todo lo que se le pedía era que se riera, cosa que resultaba fácil. Comieron judías con pan tostado, y a continuación buñuelos y té fuerte. Bill intentó engatusar a la camarera para que le diera otra cucharada de azúcar, pero ella se negó.

—¿Es que no sabe que hay guerra? —dijo, y Bill, simulando sorpresa, exclamó:

—¡Nadie me lo había dicho! ¡Qué espanto!

—y armó tal alboroto que la camarera le dio el azúcar para que se callara.

—Ustedes los caballeros jóvenes son muy frescos —dijo, arrebatándole el azucarero, y añadió, como si se lo hubiera pensado mejor—: No sé que diría el gobierno de esto.

La idea de que el gobierno se preocupase por la cucharada de
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