Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






descargar 0.88 Mb.
títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
página20/20
fecha de publicación02.04.2017
tamaño0.88 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Economía > Documentos
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20
azúcar de verdad que le había mandado Otto de América,

—Ahora está en Estados Unidos —dijo con orgullo—. Su trabajo es tan importante que incluso lo sabe el presidente Roosevelt.

En el suelo había varias alfombras hechas a mano (la tapicería era la ocupación más reciente de tía Dainty) y dos señoras que resultaron ser compañeras de la clase nocturna las examinaban con interés. El resto de los allí reunidos eran huéspedes o vecinos, y estaban sentados en los cojines caseros de tía Dainty, tomando chocolate y admirando el mobiliario. Tía Dainty trajinaba con las tazas y parecía muy emocionada por tener tanta gente con quien hablar. Presentó a Anna a uno de los huéspedes, un hombrecillo viejo de ojos brillantes que alzó las manos al enterarse de quién era Anna.

—¡Pero si yo conozco a tu padre! —gritó—. ¡Le conocí en Berlín! Una vez pasamos una tarde maravillosa juntos.

—¿De veras? —dijo Anna. A su lado, tía Dainty hablaba con alguien sobre Otto.

—Incluso con Einstein —decía—. Otto discute cosas con él constantemente.

—Fue una tarde inolvidable —dijo el anciano—. Le conocí en casa de un amigo, el poeta Meyer, en la Trompetenstrasse... ¿lo recuerdas?

Anna negó con la cabeza.

—Yo era muy pequeña.

El anciano asintió con pesar.

—Tu padre había leído un libro escrito por mí; por cierto, que lo alabó bastante. Recuerdo que era una hermosa tarde de verano, y tu padre, que teóricamente tenía que ir al teatro y después a una fiesta, algo muy importante, ¿sabes lo que dijo de repente?

—¿Qué? —preguntó Anna.

—Pues dijo: «Vamos a coger el vapor de la Pfaueninsel.» Conocerás la Pfaueninsel —dijo el anciano con ansiedad—. Era una isla en un lago cerca de Berlín, con pavos reales...

Anna recordó confusamente una excursión del colegio. ¿Era aquello la Pfaueninsel?

Tía Dainty decía:

—Y le han dado una casa y un coche... Como el anciano esperaba su respuesta, Anna asintió. Pareció aliviado.

—También hay un restaurante muy bueno —añadió con satisfacción—. Así que allí nos fuimos, tu padre, otros dos y yo. Comimos, bebimos un vino estupendo y charlamos, y tu padre, ¡ah, que divertido y ocurrente estuvo! Al salir vimos los pavos reales durmiendo todos juntos en las ramas de un árbol muy alto. Tu padre no sabía que lo hacían, y le sorprendió mucho. Y después cogimos el vapor de vuelta a Berlín a la luz de la luna. Algo precioso —concluyó el anciano—. ¡Precioso!

Anna sonrió. Todo lo que recordaba de Berlín eran la casa, el jardín y el colegio.

—Debió ser muy bonito —dijo.

Las admiradoras de alfombras ya las habían contemplado a su sabor y se preparaban para marcharse, sin muchas ganas.

—Ha sido una reunión muy agradable —dijo una de ellas, olvidando momentáneamente la situación; y la otra corrigió—: Dadas las circunstancias.

Una vecina dijo que tenía que volver con su niño y también Anna se excusó. Al ponerse el abrigo pensó que, al fin y al cabo, había sido inútil venir. No había sentido nada, ni aprendido nada, no había recibido ni consuelo ni comprensión.

Tía Dainty la acompañó hasta la puerta.

—Dale recuerdos a tus padres —dijo.

Era la primera vez que Anna estaba a solas con ella, y de pronto cayó en la cuenta de que no le había dado el pésame.

—Siento mucho lo de tío Víctor —dijo torpemente.

Tía Dainty le cogió la mano.

—No tienes por qué sentirlo —replicó con su voz cálida, pastosa—. Puedes sentirlo por mí, porque le quería. Pero por él... —Meneó la cabeza sobre sus grandes hombros, como para espantar algo—. Por él, ojalá hubiera ocurrido hace años.

Le dio un beso y Anna salió a la calle glacial.

Tía Dainty tiene razón, pensó encogiendo los hombros para protegerse del viento. Para tío Víctor habría sido mejor morir antes. Los últimos años en Inglaterra habían sido inútiles. Caminaba con dificultad por la acera helada, y se le ocurrió que esta idea era aún más deprimente que el hecho de su muerte. Tener que seguir viviendo cuando ya no se desea, cuando ya no tiene sentido...

Como yo, pensó abrumada por la autocompasión, y su propia falta de valor la dejó asombrada. Tonterías, pensó, no tiene ningún parecido conmigo. Pero, ¿y con papá? Le vio mentalmente en su cuartucho, con la máquina de escribir que nunca funcionaba bien y sus escritos, que nadie quería publicar, en un país cuyo idioma no hablaba. ¿Cómo se sentiría uno en la piel de papá?

Empezaban a caer unos copos de nieve, salpicando de blanco las aceras y los arbustos.

La vida de papá, ¿aún tendría sentido para él? Cuando recordaba Berlín, ¿seguía teniendo valor esta existencia entre extraños? ¿O preferiría que no hubiese ocurrido? La muerte, ¿llegaría como un alivio? Trató de consolarse con aquella idea, pero la deprimió más. No queda nada, pensó, mientras a su alrededor se agitaba y arremolinaba la nieve. Nada...

Tuvo que esperar el metro largo rato y cuando llegó a casa el frío se le había metido en los huesos. Subió directamente a ver a papá, pero no respondió nadie a su llamada. Descubrió que se había quedado dormido en la silla.

El gas de la estufa estaba en las últimas (había que meter otro chelín en el contador) y de la mesa se habían caído unos papeles de papá. La habitación estaba fría y lóbrega.

La contempló desapasionadamente a la luz mortecina. ¿Por qué iba a querer nadie vivir allí? Especialmente alguien como papá, que había viajado y que había sido aclamado, y cuya vida, hasta que Hitler la desbarató, había consistido en una serie de elecciones entre distintas clases de satisfacción.

Debió hacer un movimiento inadvertidamente, porque papá se despertó.

—¡Anna! —exclamó, y a continuación—: ¿Qué tal ha sido?

—Espantoso —respondió Anna—. Casi nos cayó una bomba-abeja encima, y tía Dainty se puso a gritarle.

—Pareces helada —dijo papá. Cogió un chelín de una caja de lata que tenía el letrero «Chelines», y al cabo de un momento la estufa soltó una llamarada amarilla, y la parte de la habitación más cercana a ella se caldeó un poco—. ¿Quieres comer algo?

Anna negó con la cabeza.

—Entonces, ven a calentarte. Le dio una manta doblada para que se sentara (sólo había una silla) y Anna se acurrucó a sus pies, junto a la estufa. A pesar del chelín, no parecía dar mucho calor.

—He tenido carta de mamá —dijo papá—. Casi se ha recuperado de la gripe, y dice que volverá a casa el fin de semana. —Miró a Anna, angustiado—. Espero que no vayas a cogerla tú ahora.

—No —replicó Anna, aunque era extraño cómo persistía el frío en los huesos.

Le miró a la cara. ¿Qué estaba pensando? ¿Cómo podía saberse cómo se sentía realmente una persona?

—Papá —dijo—, ¿te pesa a veces...?

—¿Qué? —preguntó papá. Anna hizo un gesto vago, que abarcaba la habitación.

—Estos últimos años que hemos pasado aquí y en el Hotel Continental. O sea... después de como vivías en Berlín...

Papá la miró con atención.

—Si te refieres a si habría preferido seguir viviendo como antes, naturalmente que sí. Había tantas oportunidades... tanto donde escoger. Además —añadió con sencillez—, me habría gustado serviros más de ayuda a mamá, a Max y a ti.

Pero eso no era lo que Anna quería saber.

—A lo que me refiero —dijo—, es a si has sentido alguna vez..., o sea, a veces te tienes que haber preguntado ... si tenía sentido.

—¿Los últimos años?

Anna asintió. Le palpitaba la cabeza y tenía la curiosa convicción de que si papá la tranquilizaba con su respuesta se le pasaría el frío.

—Pues claro que sí.

Papá se había levantado de la silla y la estaba mirando, sorprendido.

—¡Pero debe haber sido terrible! —gritó Anna—. Perder tu nacionalidad, y no tener nunca dinero, y mamá siempre tan desgraciada, y tu obra, ¡toda tu obra...!

Descubrió con horror que estaba llorando. Menuda ayuda soy para él, pensó, y papá se agachó a tocarle la cara.

—Estás muy caliente —dijo—. Seguro que no estás bien.

—¡Pero quiero saberlo! —gritó Anna.

Papá buscó entre sus cosas y sacó el termómetro de una caja que llevaba el rótulo de «Termómetro».

—Espera un momento —dijo. Cuando Anna se hubo colocado el termómetro bajo el brazo, papá volvió a sentarse en la silla.

—Lo principal durante estos últimos años que, hay que admitirlo, han sido lamentables —dijo—, es que es infinitamente mejor estar vivo que muerto. Otro punto importante es que si no lo hubiera vivido, nunca habría conocido lo que se experimenta.

—¿Lo que se experimenta? Papá asintió.

—Ser pobre, incluso estar desesperado, en un país frío y brumoso en que los nativos, aunque hospitalarios, chapurrean una especie de dialecto anglosajón. ..

Anna rió insegura.

—Soy escritor —dijo—. Un escritor tiene que saber. ¿No crees?

—Yo no soy escritora —dijo Anna.

—Tal vez lo seas algún día. Pero incluso un aprendiz de pintor... —Vaciló sólo un momento—. Hay un trozo de mí —dijo con cautela—, que está separado del resto, como un hombrecito sentado en la frente. Y ocurra lo que ocurra, él se limita a observar, incluso si es algo terrible. Se da cuenta de lo que siento, de lo que digo, de si quiero gritar, de si mis manos tiemblan, y dice: «¡Qué interesante! Que interesante saber lo que se experimenta.»

—Sí —dijo Anna. Sabía que ella también tenía un hombrecito como el de papá, pero la cabeza le daba vueltas, y lo imaginó girando y girando.

—Es una gran defensa contra la desesperación —continuó papá. Le quitó el termómetro de debajo del brazo y lo miró—. Tienes fiebre —dijo—. Acuéstate.

Fue hasta su habitación, atravesando el pasillo helado, y se metió entre las frías sábanas, pero al momento llegó papá portando desmañadamente una bolsa de agua caliente.

—¿Te parece bien? —preguntó, y Anna se abrazó a ella agradecida.

Papá encendió el gas y corrió las cortinas de oscurecimiento. Después se quedó indeciso a los pies de la cama.

—¿Seguro que no quieres comer nada? —preguntó—. Hay pan y pasta de pescado.

—¡No! —exclamó Anna.

Papá insistió, ligeramente herido. «Tienes que mantener las fuerzas», y la idea de mantener las fuerzas con pasta de pescado cuando la habitación giraba a su alrededor y la cabeza le iba a estallar le resultó tan graciosa que se echó a reír.

—¡Papá! —gritó.

—¿Qué? —preguntó él, sentándose al borde de la cama.

—Que te quiero mucho.

—Y yo a ti. —Le cogió la mano y dijo—: No todos los años pasados han sido tan malos. Max y tú nos habéis dado grandes alegrías. Y siempre he tenido a mamá. —Hubo pausa, y añadió—: He estado escribiendo sobre estos años, una especie de diario. Cuando lo leas, espero que pienses, como yo, que es lo mejor que he hecho. Y tal vez un día se reediten mis obras, y esto estará entre ellas.

—¿En Alemania? Asintió.

—Mamá se ocupará de ello. Le acarició la cara ardiente.

—Así que, mientras pueda pensar y escribir, estaré agradecido al viejo rabino de ahí arriba por cada día que me deje seguir en este planeta extraordinario.

Anna se sentía mejor, pero aún había algo que no funcionaba bien. Trataba de escapársele, pero estaba allí... una especie de horror, que imaginó acurrucado al pie de la cama. Tenía algo que ver con tío Víctor y era tremendamente importante.

—Papá.

—Dime.

No podía pensar. Pensar y escribir; papá había dicho pensar y escribir. Pero tío Víctor no había podido pensar y escribir, sino simplemente estar en la cama. «El cerebro ha sufrido daños», había dicho tía Dainty, «no recuerda nada, ojalá hubiera muerto hace años». Pero, ¿acaso no tenía el mismo efecto un ataque de apoplejía?... ¿No le sucedería a papá...?

Al tratar de enfocarla, la cara de papá se hizo borrosa, pero su voz era clara y tranquila.

—Entonces, claro que no querría seguir viviendo. Mamá y yo ya hemos hablado de eso.

—Pero, ¿cómo? —gritó Anna—. ¿Cómo... podrías...?

Con un gran esfuerzo, la cara de papá volvió a su sitio, de modo que vio sus ojos y la extraordinaria sonrisa, llena de confianza.

—Mamá pensará algo —concluyó.

Cuando mamá volvió del campo había acabado la racha de mal tiempo. Anna se recuperó de la gripe con el sol y, de pronto, el mundo se presentó más esperanzador. El profesor anunció que la salud de papá había mejorado. Tenía la tensión más baja, y casi habían desaparecido los efectos del ataque.

—Ya te lo decía yo. El viejo rabino de ahí arriba está de mi parte.

La guerra empezó a decrecer.

Aún lanzaban bombas-abejas, de modo que todavía podían matarte, pero cada vez eran menos. Las noticias de la radio siempre eran buenas y por primera vez desde 1939 en las calles permitieron pequeños destellos de luz por la noche.

Un día apareció Max, para comunicarles que estaban deshaciendo su escuadrón.

—Se acabó el volar —dijo apesadumbrado, con gran enfado de mamá—. Supongo que todo acabará muy pronto.

A medida que avanzaban los ejércitos, aparecían fotografías en los periódicos y en los noticiarios del cine de ciudades alemanas devastadas: Hamburgo, Essen, Colonia... No eran lugares que Anna hubiera visto, y para ella no significaban nada. Sólo en una ocasión, al oír en el noticiario que había ardido el Grunewald, algo se conmovió en su interior.

El Grunewald era un bosque que estaba cerca de su casa. Hacía tiempo, en aquel pasado en el que nunca pensaba, cuando Max y ella eran pequeños, habían montado en trineo por allí en el invierno. Las cuchillas dejaban huellas en la nieve, y olía a aire frío y a agujas de pino. En verano jugaban a la luz moteada, bajo los árboles, los pies hundidos en la arena de la orilla del lago... ¿Y no habían merendado una vez al aire libre? No se acordaba.

Pero todo aquello había ocurrido hacía mucho tiempo.

El Grunewald que se había quemado no era en el que ella había jugado. Era un lugar en que no dejaban entrar a los niños judíos, en que los nazis chocaban los tacones y saludaban y probablemente se escondían detrás de los árboles dispuestos a aporrear a la gente. Llevaban pistolas y perros fieros y esvásticas, y si alguien se interponía en su camino, le golpeaban y le soltaban los perros, y le enviaban a campos de concentración, donde le hacían pasar hambre y torturas y le mataban.

Pero eso no tiene nada que ver conmigo, pensaba Anna. Yo soy de aquí, de Inglaterra.

Cuando Max le dijo más tarde: «¿Te has enterado del incendio del Grunewald?», ella asintió y contestó inexpresiva: «Me alegro de que nos marcháramos.»

Al llegar la primavera, y con ella el calor, se puso a dibujar otra vez. Empezó un día a la hora de comer. Paseaba sin rumbo por unas callecitas a espaldas de Vauxhall Bridge Road, cuando vio a un niño. Era el cuarto que veía desde que había salido, y pensó, ¡debe estar acabando la guerra si vuelven los niños! Este debía tener unos diez años, y estaba sentado en un montón de escombros, mirando al cielo con expresión satisfecha. Supongo que estará contento de haber vuelto a casa, pensó Anna.

Había algo muy expresivo en él: la forma de agarrarse las flacas rodillas, la forma como le colgaba el jersey, demasiado grande, de los hombros, la forma de bizquear con la luz. De repente, Anna sintió un gran deseo de dibujarlo. No llevaba cuaderno, pero encontró una carta vieja en el bolso. Febril, empezó a dibujar en la parte de atrás. Tenía tal ansia por plasmar al chico en el papel antes de que se moviera o se levantara y se marchara, que no le dio tiempo a preocuparse por cómo debía hacerlo. Solamente pensaba, esto es así y esto asá, y tiene luz en la cara y en las rodillas y una mancha oscura bajo la barbilla... ¡y de repente, allí estaba el dibujo, lo había hecho y estaba bien!

Regresó aturdida a la oficina. Ha vuelto, pensó. ¡Puedo hacerlo otra vez!

Aquella noche, en la academia, hizo dos buenos dibujos y, por primera vez desde hacía meses, en el viaje de regreso a casa decidió no leer; en su lugar, dibujó a un anciano dormido en su asiento. También le salió bien.

De repente no podía parar. Se compró un cuaderno de dibujo, que llenó en pocos días. Los fines de semana, en la habitación del garaje, trabajaba en un cuadro que representaba a un grupo de personas en un refugio antiaéreo. Esta vez lo planeó con más minuciosidad y consiguió conferirle al menos una parte del sentimiento que quería. También pintó un retrato de mamá. Posó para ella, acurrucada ante la estufa del estudio de Anna, con su expresión habitual de tensión y exaltación, y papá dijo que era una de las mejores cosas que había hecho Anna.

Finalmente, reunió todos los trabajos en un cartapacio y se los presentó a John Cotmore.

—Me dijiste algo sobre una beca. John Cotmore parecía contento.

—Esperaba que lo hicieras —replicó. Anna miró de soslayo al señor de las patillas, que no estaba lejos.

—¿Crees que le gustaría ver mis dibujos? —No quería que le concedieran la beca sólo por recomendación de John Cotmore.

—De acuerdo —respondió él al cabo de un momento.

El señor de las patillas se acercó, y John Cot-more y él examinaron juntos el cartapacio. John Cotmore dijo: «Bien» y «Este me gusta» varias ve-ves, pero el señor de las patillas no abrió la boca.

Maldición, pensó Anna, con repentino deseo de pasar tres años en la Escuela de Bellas Artes más que nada en el mundo; ¿por qué no me habré callado?

John Cotmore había terminado.

—Bueno —dijo—, ¿qué te parece?

El señor de las patillas no le hizo caso. Aún le quedaban por ver dos dibujos, y los miró uno a uno, lenta y metódicamente. Era del norte y no le gustaba que le metieran prisas. Finalmente se volvió hacia Anna, y ésta vio consternada que tenía una expresión de enfado.

—No seas tonta, chica —dijo—. Deberías saber que aquí tienes suficiente para lograr todo lo que quieras.

Cuando se hubo marchado, John Cotmore sonrió a Anna.

—Bueno —dijo—, pues ya está. Ahora tienes el mundo a tus pies.

Ella le devolvió la sonrisa con prudencia.

—Te darán la beca —dijo—, y habrá paz y volverán todos los jóvenes.

Anna se encogió de hombros.

—¡Bah! —exclamó—, los jóvenes...

—Que son mucho mejor para ti que yo. Excepto para dibujar.

Anna estaba metiendo los dibujos en el cartapacio cuando se fijó en uno. Era bueno.

Dijo impulsivamente:

—Gracias por haberme enseñado a dibujar. Notó lo satisfecho que se ponía John Cotmore. El aire que les rodeaba se llenó de satisfacción.

—Siempre has sido mi alumna favorita —replicó, y casi distraídamente, dejó su mano posada en el hombro de Anna. Ella experimentó una repentina tibieza, una extraña sensación aleteante («¡extraordinaria!», apuntó el hombrecito de la frente), y Bárbara apareció ante ellos. Su boca plácida formaba una línea firme, y llevaba la cartera y la trenca de John—. Venga, John —dijo—. Vamos a comer el conejo.

El retiró la mano rápidamente.

—Lleva horas cocinándose —continuó—. Y después tienes que seleccionar los dibujos para tu exposición.

John suspiró y se puso en pie.

—Ya ves, Anna —dijo—, tú tienes el mundo a tus pies, mientras que los de mediana edad como nosotros tenemos que ir a casa a comer conejo.

—Lo dirás por ti —terció Bárbara. Echó una ojeada a los dibujos que Anna estaba guardando—. ¿Vas a intentar lo de la beca?

Anna asintió.

—Me parece muy bien —dijo Bárbara.

En abril, los ejércitos americano y británico entraron en los primeros campos de concentración, y en la prensa y en la radio aparecieron las primeras horripilantes descripciones. Anna se quedó perpleja ante la reacción de la gente. ¿Por qué se sorprendían tanto? Ella tenía conocimiento de los campos de concentración desde los nueve años. Al menos, ahora los ingleses comprenderían cómo era, pensó.

Veía las noticias, con repugnancia pero sin horror. Las cámaras de gas, los montones de cadáveres, los supervivientes lastimosos, como esqueletos; era terrible, pensó, terrible. Pero no más terrible que lo que había tratado de no imaginar durante años. Mientras se daban a conocer las historias aterradoras, mientras la indignación estallaba por doquier, solamente podía pensar una cosa: que al fin había acabado. Al fin había acabado.

Berlín cayó a principios de mayo. ¿Habrían combatido junto a su casa, en el jardín? Desechó la idea. No importaba. Se ha terminado, pensó. Nunca tendré que volver a pensar en eso.

Durante unos días se oyeron rumores e informaciones sin confirmar: Hitler había muerto, le habían capturado, seguía resistiendo, se había rendido... y al fin la confirmación oficial. La guerra había terminado en Europa.

El día señalado para el regocijo oficial, mamá, papá y Anna fueron a comer con los Rosenberg. Volvían a habitar el piso de Harley Street y tía Louise ya se estaba preocupando por la paz.

—¡Por lo que más quieras! —le dijo a mamá—. ¡No le digas a Fraulein Pimke que se ha acabado la guerra!

—¿Por qué? —preguntó mamá con sorpresa.

—Porque utilizaría toda la comida del racionamiento de una vez, y no nos quedaría nada. Cree que habrá alimentos en abundancia en cuanto termine la guerra.

—Pero, mujer... —empezó a decir mamá. Tía Louise la hizo callar con un gesto de la mano.

—Al fin y al cabo, para ella no tiene importancia —dijo—. Es vieja y está medio sorda, y no habla ni palabra de inglés, así que no podría enterarse por otra persona. ¡De hecho, si tenemos cuidado —tía Louise se puso muy contenta—, no hay razón alguna para que averigüe nunca que hay paz!

Max llegó a tiempo para almorzar, y el profesor propuso un brindis.

—¡Por nosotros! —gritó—. ¿Quién habría pensado, hace cinco años, que sobreviviríamos a Adolfo Hitler?

—Y por los ingleses —añadió papá—. Ellos han ganado la guerra.

Tía Louise hizo levantar a todos para beber a la salud de los ingleses, preocupada porque no sabía si había que tirar las copas al suelo a continuación. («Lo que pasa es que nos quedan tan pocas...» dijo), hasta que Max la tranquilizó.

—Un vino excelente —dijo papá. El profesor le enseñó la botella.

Johannisberg-Schloss —dijo—, del Rheingau. Lo había guardado especialmente para esta ocasión.

Se miraron.

—Tal vez un día...

—Tal vez —replicó papá. Fraulein Pimke, aun sin saber qué se celebraba, había preparado una comida deliciosa.

—Bueno, y ahora, ¿qué? —preguntó tía Louise—. ¿Vas a volver a Cambridge, Max?

—Cuando me desmovilicen —contestó—. Espero que el curso próximo.

—Y entonces serás abogado —dijo el profesor—. Tal vez te hagas juez, con una peluca de caniche y toga con piel. Nunca habrías podido hacer eso de no ser por Hitler.

Max hizo una mueca.

—Tengo mucho que agradecerle.

—A Anna le han dado una beca en su academia de dibujo —dijo papá, y Anna se animó por el orgullo que denotaba su voz—. También ella empieza el próximo curso.

—¿De veras? —dijo el profesor.

Anna le miró. Estaba sentado de espaldas a la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho. Los colores de su rostro, de la ropa y la silla, brillaban oscuros e intensos en las sombras de la habitación. Formaba una silueta extraña y complicada, recortada contra el rectángulo de luz que había detrás de él.

Me gustaría pintarlo, pensaba mientras la conversación fluía a su alrededor, y empezó a calcular cómo lo haría.

—¿...no es cierto? —preguntó Max.

—¿Qué? —replicó Anna, sobresaltada, y Max rió.

—Estaba explicando —dijo—, que tú eres la única de nosotros para quien no ha supuesto ningún cambio la emigración. O sea, si Hitler no hubiera existido, no habrías aprendido tres idiomas y podrías haberte evitado ciertas preocupaciones, pero habrías acabado exactamente igual que ahora, deambulando por ahí con cara de despiste y buscando cosas que dibujar. No importaría que estuvieses en Alemania, en Francia o en Inglaterra.

—Supongo que no —dijo Anna.

Pensó en la beca, y en John Cotmore y en Mrs. Hammond con sus viejecitas y en un policía que una vez le había prestado un chelín, y en la vigilancia de incendios en Putney y en Trafalgar Square en el crepúsculo y en el panorama del río desde el autobús 93.

—Pero me gusta estar aquí —añadió.

Al poco rato, Max se levantó para marcharse.

—Ven conmigo hasta el metro, Anna —dijo. Papá también se levantó y le abrazó.

—Adiós, hijo mío —dijo—. Que tengas tanto éxito en la paz como el que has tenido en la guerra.

—Y llama en cuanto sepas algo de Cambridge y de la desmovilización —añadió mamá—. Y no te olvides de contarles lo de la beca.

Anna y Max bajaron silenciosamente en el ascensor. El conserje les abrió la puerta, y oyeron cantar en la calle. El conserje miró el uniforme de Max.

—Es un gran día —dijo—. Los jóvenes ingleses como usted tienen derecho a sentirse orgullosos de sí mismos.

Se sonrieron mutuamente.

La calle estaba llena de banderas del Reino Unido. Unas chicas con sombreros de papel bailaban con la música de un acordeón, y un soldado estaba sentado en la acera, con una botella al lado. Se abrieron paso entre ellos.

—Bueno, ¿y cómo va todo? —preguntó Max, como tantas otras veces.

—Bien —respondió Anna—. Papá tiene buen aspecto, ¿no?, y los dos están muy contentos por lo de mi beca. Pero mamá se va a quedar sin trabajo otra vez.

—¿Por qué? —preguntó Max.

—Al parecer, su jefe se lo ha prometido a su sobrina cuando salga del Ejército de Tierra Femenino. A mamá no le importa mucho de momento; dice que es sólo un parche, y que, además, prefiere trabajar para ingleses. Pero no sé... cuando todo el mundo abandone el ejército, le resultará incluso más difícil que antes encontrar trabajo.

Max asintió.

—No parece que la paz les vaya a servir de ayuda.

Habían llegado a Oxford Circus, pero Max no daba señales de ir a coger el metro, y siguieron andando por Regent Street.

—Tal vez un día —dijo Anna—, vuelvan a editarse en Alemania las obras de papá.

—Tendrá que pasar mucho tiempo —replicó Max.

—Y supongo que ahora que ha acabado la guerra, nos naturalizaremos todos.

Ambos sonrieron al pensar en papá convertido en inglés.

—Mamá está muerta de impaciencia —dijo Anna—. Va a beber té con leche y le encantarán los animales e irá a partidos de cricket. Va a hacer un sinfín de cosas.

Max rió.

—Pero no servirá de nada.

—¿No?

Max movió la cabeza.

—Tú y yo estamos bien, pero ellos nunca se sentirán a gusto. Aquí no. —Hizo una mueca—. Supongo que en ninguna parte.

La multitud había aumentado, y se pararon para dejar pasar a un señor con un niño en los hombros. Alguien saludó militarmente a Max y él tuvo que devolverle el saludo.

—¿Te acuerdas —dijo— de lo que decías en París? ¿Que mientras estuvieras con mamá y papá no te sentirías como una refugiada?

Anna asintió.

—Pues supongo que ahora es al revés.

—¿Cómo que al revés? Max suspiró.

—Hoy —dijo—, creo que las únicas ocasiones en que ellos no se sienten refugiados es cuando están con nosotros.

Anna se quedó mirando la escena que la rodeaba (las banderas, el ruido, las caras relajadas, satisfechas) y pensó en mamá y papá, yendo en metro hasta Putney.

—Tendremos que poner todo lo que podamos de nuestra parte —dijo.

Max la dejó al llegar a Piccadilly Circus, y ella se metió entre la multitud. La plaza era un hervidero de gente, viejas personas uniformadas, parejas cogidas de la mano, mujeres con niños. Algunos bailaban o cantaban, otros bebían, pero la mayoría, como ella misma, simplemente paseaban.

Nada de procesiones, pensó. Nada de estandartes. Un marinero había escalado una farola. Un niñito gritó: «Zuum...», y después hizo un ruido crujiente, como una explosión. «No», dijo la señora que estaba con él, «ya no hay bombas».

Al llegar al centro de la plaza salió el sol y todo se inundó de color. El agua destellaba en la fuente. Un aviador, con su uniforme transformado de gris en azul, salpicó un poco a una chica con vestido rosa que se reía. Una botella refulgió un momento, pasó de mano en mano. Parecieron florecer dos mujeres que cantaban «Que corra el barril» con blusas estampadas. Revoloteaban las palomas. El cielo brillaba.

Al pie de la fuente había un soldado profundamente dormido. Estaba medio sentado medio tumbado, la cabeza apoyada en una piedra. El sol le iluminaba la parte superior de la cara. Una mano agarraba con fuerza un macuto, la otra yacía abierta en la acera. Las piernas, extendidas, agotadas. No había nada triunfal en su sueño. Que no se despierte, pensó Anna.

Sacó el cuaderno y empezó a dibujar.
FIN
Biblioteca Juvenil



Momo. Michael Ende.

El paquete parlante. Gerald Durrell.

El mago de Oz. L. Frank Baum.

Jockla, la pequeña chimpancé. Marielis Brommund.

La historia interminable. Michael Ende.

Cuando Hitler robó el Conejo Rosa. Judith Kerr.

El nuevo Noé. Gerald Durrell.

El hombre pequeñito. Erich Kästner.

En la batalla de Inglaterra. Judith Kerr.

Una historia familiar. Chrisüne Nóstlinger

1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20

similar:

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen de la primera parte. (Primera parte de Guzmán de Alfarache)

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPara z porque la extraño y la portada, que es suya, no podía faltar...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconDr. James Iffland (Boston University)
«El Quijote desde América (Segunda Parte)» es un simposio internacional en celebración del IV centenario de la publicación de la...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconSíntesis. Para esta primera parte leer: Roberto Amigo

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte






© 2015
contactos
l.exam-10.com