Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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Bonjour, papá —dijo, porque a papá le encantaba hablar en francés.

Parecía cansado, pero la expresión de sus ojos inteligentes, irónicamente sonrientes, era la misma de siempre. Anna pensó: «A papá es como si siempre le interesara cualquier cosa que ocurra», a pesar de que hoy en día, evidentemente, no esperaba que fuese nada bueno.

Le tendió los narcisos.

—Mira lo que he comprado —dijo—. Hace siete años que salimos de Alemania, y he pensado que a lo mejor nos traía buena suerte a todos.

Se marchitaban a ojos vistas, pero papá las cogió y dijo:

—Huelen a primavera. Llenó de agua el vaso del cepillo de dientes y Anna le ayudó a colocar las flores. Se desmoronaron inmediatamente sobre el borde del vaso, hasta que las corolas se posaron sobre la mesa.

—Me temo que se han fatigado en exceso —dijo papá, y todos rieron. Bueno, al menos le habían animado—. De todos modos —continuó papá—, estamos los cuatro juntos. Después de siete años de emigración, tal vez no pueda pedirse mejor suerte.

—¡Claro que sí se puede! —exclamó mamá. Max hizo una mueca:

—Probablemente, siete años es más que suficiente. —Se volvió hacia papá—. ¿Qué crees que va a pasar con la guerra? ¿Piensas que va a ocurrir algo?

—Cuando Hitler esté preparado —contestó papá—. El problema es si también lo estarán los británicos.

Era la conversación habitual y, como de costumbre, la mente de Anna fue apartándose del tema. Se sentó en la cama, junto a Max, y apoyó los pies.

Le gustaba la habitación de papá. En todos los lugares en que habían vivido, ya fuera Suiza, París, o Londres, la habitación de papá siempre era igual. Siempre había una mesa con la máquina de escribir, que ahora ya estaba achacosa; sus libros, el trozo de pared en que pegaba con chinchetas fotografías, postales, cualquier cosa que le interesara, todo tan junto que incluso el empapelado más chillón quedaba derrotado por el tamaño del conjunto de chismes; la fotografía de sus padres, remotos en el entorno Victoriano; una pipa de espuma de mar en la que nunca fumaba, pero cuya forma le gustaba, y uno o dos artilugios caseros de cuya utilidad estaba firmemente convencido. En esos momentos, le había dado por las cajas de cartón, y había inventado una ratonera con una tapadera colocada al revés, apoyada sobre un lápiz, con un trozo de queso en la base. Al ir a comer el queso, la tapa caería sobre el ratón, y papá lo sacaría para concederle la libertad en Russell Square. Hasta entonces había tenido poco éxito.

—¿Cómo sigue tu ratón? —preguntó Anna.

—Todavía libre —respondió papá—. Lo vi anoche. Tiene una cara muy inglesa.

Max se removió inquieto a su lado, en la cama.

—En Cambridge nadie se preocupa por la guerra —decía a mamá—. El otro día fui al centro de reclutamiento y me dijeron con toda seriedad que no debía presentarme voluntario, sino acabar la carrera primero.

—¡Por la beca! —gritó mamá con orgullo.

—No, mamá —replicó Max—. Pasa igual con todos mis amigos. A todos les han dicho que esperen un par de años. Tal vez entonces papá ya se habrá naturalizado.

Tras cuatro años de instituto y casi dos cursos en Cambridge, Max parecía, se sentía y hablaba como un inglés. Le enloquecía no serlo también legalmente.

—Si hacen esa excepción con él —dijo mamá.

Anna miró a papá, tratando de imaginárselo inglés. Era muy difícil. De todos modos exclamó:

—¡Pues deberían hacerlo! No es un cualquiera. ¡Es un escritor famoso!

Papá lanzó una ojeada a la pobre habitación.

—No es que sea muy famoso en Inglaterra —dijo.

Hubo una pausa, y Max se levantó para marcharse. Abrazó a papá y a mamá y le hizo una mueca a Anna:

—Ven conmigo hasta el metro —dijo—. Casi no he tenido tiempo de verte.

Bajaron las múltiples escaleras en silencio y, como de costumbre, los que estaban reunidos en el salón miraron admirados a Max cuando Anna y él lo atravesaron. Siempre había sido guapo, con su pelo rubio y sus ojos azules; no como yo, pensó Anna. Era agradable estar con él, pero le hubiera gustado haberse quedado sentada un poco más antes de salir otra vez a la calle.

En cuanto salieron del hotel, Max le preguntó en inglés:

—¿Cómo van las cosas?

—Bien —respondió Anna. Max caminaba deprisa, y a ella le dolían los pies—. Papá está deprimido porque se ofreció a la BBC para difundir propaganda a Alemania, y no le han aceptado.

—¿Por qué demonios?

—Al parecer, es demasiado famoso. Los alemanes saben que es furiosamente antinazi, así que no tomarían en cuenta lo que dijese. Al menos, esa es la teoría.

Max meneó la cabeza:

—Le he encontrado viejo y cansado. —Esperó a que Anna le diera alcance para preguntar—: Y tú, ¿qué tal?

—¿Yo? No lo sé. —De repente, Anna no podía pensar en otra cosa que en sus pies—. Supongo que estoy bien —dijo evasivamente.

Max parecía preocupado.

—Pero, ¿te gusta el curso de arte? —preguntó—. ¿Lo pasas bien?

Anna se olvidó momentáneamente de sus pies.

—Sí —contestó—. Pero es tan inútil..., ¿no crees?, cuando nadie tiene dinero. O sea, leo cosas sobre pintores que abandonan su casa para ir a vivir a un cuartucho, ¡pero si resulta que tu familia ya vive en un cuartucho...! He pensando que debería buscar trabajo.

—Aún no has cumplido los dieciséis —objetó Max, y añadió casi con cólera—: Al parecer, toda la suerte me ha tocado a mí.

—No seas tonto —dijo Anna—. Una beca en Cambridge no es cuestión de suerte.

Habían llegado a la estación de metro de Russell Square, y uno de los ascensores estaba a punto de cerrar las puertas, listo para bajar.

—Bueno —dijo Anna, pero Max vacilaba.

—Oye —gritó Max—. ¿Por qué no vienes a Cambridge un fin de semana? —Y al ver la expresión grave de Anna, añadió—: Yo me ocuparé del dinero. Te presentaré a algunos amigos míos, y te llevaré a ver sitios. ¡Será divertido! —Las puertas del ascensor chirriaron y Max se precipitó hacia él—. Te escribiré con los detalles —gritó al tiempo que él y el ascensor desaparecían.

Anna regresó lentamente al hotel. Mamá y papá la estaban esperando sentados a una de las mesas del salón, y había una descolorida señora alemana con ellos.

—... la ópera de Berlín —decía la señora alemana a papá—. Usted estaba en la tercera fila de butacas. Recuerdo que mi marido le señaló. Yo me emocioné mucho, y usted escribió un artículo maravilloso en el periódico de la mañana siguiente.

Papá sonreía cortésmente.

—Creo que era Lohengrin —dijo la señora alemana—. A menos que fuera La flauta mágica, o Aída. En cualquier caso, fue muy hermoso. Todo era hermoso en aquellos días.

En ese momento, papá vio a Anna.

—Perdone —dijo. Inclinó la cabeza ante la señora alemana, y él, mamá y Anna entraron en el comedor a almorzar.

—¿Quién es? —preguntó Anna.

—La mujer de un editor alemán —respondió papá—. Ella escapó, pero los nazis mataron a su marido.

Mamá añadió:

—Dios sabe de qué vivirá.

Fue el almuerzo normal de los domingos, servido por una chica suiza que estaba intentando aprender inglés, pero en este lugar tiene más probabilidades de aprender polaco, pensaba Anna. Hubo ciruelas de postre y ciertas dificultades a la hora de pagar la comida de Anna. La camarera suiza dijo que lo apuntaría en la cuenta, pero mamá insistió en que no era un extraordinario, ya que ella no había cenado el martes anterior por no sentirse bien. La camarera respondió que no estaba segura de si podían transferirse las comidas de una persona a otra. Mamá se puso nerviosa y papá, con expresión triste dijo:

—Por favor, no hagas una escena. —Finalmente hubo que consultar con la directora del hotel, quien decidió que valía por aquella vez, pero que no debía considerarse como un precedente. Para entonces, se había desvanecido gran parte de la alegría del día.

—¿Nos sentamos aquí o vamos arriba? —preguntó mamá al volver al salón, pero como la señora alemana estaba al acecho y a Anna no le apetecía hablar de la ópera de Berlín, subieron. Papá se encaramó a una silla y Anna y mamá se sentaron en la cama.

—No debo olvidar darte el dinero para el autobús de la próxima semana —dijo mamá al tiempo que abría el bolso.

Anna la miró.

—Mamá —dijo—, creo que debería buscar trabajo.

Anna y mamá estaban sentadas en la sala de espera de la Organización de Socorro para los Refugiados judío-alemanes.

—Si nos ayudaran a pagar la matrícula del curso de secretariado —dijo mamá por sexta vez— siempre podrías ganarte la vida.

Anna asintió.

En la habitación había otros refugiados alemanes, sentados en sillas, como mamá y ella, esperando a que les entrevistaran. Algunos hablaban con voces nerviosas, agudas. Otros leían periódicos. Anna contó uno inglés, otro francés, dos suizos y otro yiddish. Una pareja de ancianos estaba comiendo bollos que sacaban de una bolsa de papel, y un hombre delgado estaba a solas en un rincón, con los hombros encorvados, mirando al vacío. Cada poco rato entraba la recepcionista, gritaba un nombre, y el propietario de aquel nombre salía detrás de ella.

—Contarás con algo sobre lo que construir tu vida —dijo mamá—, cosa que yo nunca tuve, y siempre serás independiente.

Al principio, a mamá le había cogido de improviso la propuesta de Anna de buscar trabajo, pero después se lanzó a la búsqueda de unos estudios adecuados con sus energías habituales. Se había mostrado inexorable con el hecho de que Anna debía recibir alguna clase de preparación, pero era difícil decidir en qué podía consistir. Un curso de secretariado era la elección más evidente, pero la completa incapacidad de Anna para aprender taquigrafía había sido uno de los múltiples fracasos en el colegio de Miss Metcalfe.

«¡No es porque sea difícil, es que es aburrido!», exclamaba Anna, y Miss Metcalfe sonreía compasiva, como de costumbre, y señalaba que la altanería nunca había servido de ayuda a nadie.

Mamá había entendido lo de la taquigrafía, y a fuerza de pedir consejo a todo el mundo, descubrió una academia de secretariado en la que enseñaban un método diferente. No se escribía a mano, sino en una maquinita parecida a una máquina de escribir, y además tenía la ventaja de que se aprendía rápidamente y se adaptaba fácilmente a otros idiomas. El único problema consistía en que el curso completo costaba veinticinco libras.

«¡Mr. y Mrs. Zuckerman!»

La recepcionista había vuelto a entrar, sorprendiendo a la pareja de ancianos con los bollos a medio comer. Metieron los restos en la bolsa de papel a toda prisa, y salieron tras ella.

—Creo que nos ayudarán —dijo mamá—. Nunca hemos pedido nada.

No habría querido acudir a la Organización de Refugiados ni siquiera en esta ocasión; y fue únicamente el temor de que Anna, como ella misma, tuviera que trabajar sin haberse especializado en nada, lo que finalmente la había convencido. Mamá pasaba cinco días y medio a la semana metida en la oficina, en un sótano, mecanografiando y archivando cartas, y detestaba aquel trabajo.

«¡Mr. Rubinstein! ¡Mr. y Mrs. Berg!»

Una mujer sentada frente a mamá se removió inquieta.

—¡Cuánto te hacen esperar! —se quejó—. ¡Creo que no voy a aguantar aquí mucho más tiempo, de verdad!

Su marido frunció el ceño.

—Vamos. Bertha —dijo—. Es mejor que hacer cola en la frontera. —Se volvió hacia mamá y Anna—. Mi mujer está un poco nerviosa. Lo pasamos muy mal en Alemania, pero logramos salir antes de que empezara la guerra.

—¡Ah, fue espantoso! —gritó la mujer—. Los nazis nos chillaban y nos amenazaban todo el tiempo. Había un pobre viejo que creía tener todos los papeles en regla, pero le dieron puñetazos y patadas y no le dejaron marchar. Y después nos gritaron: «¡Por esta vez os podéis ir, pero al final os cogeremos!»

—Bertha... —dijo su marido.

—¡Eso dijeron! —chilló la mujer—. Dijeron: «¡Os cogeremos allá donde vayáis, porque vamos a conquistar el mundo!»

El hombre le dio unas palmaditas en el brazo y sonrió avergonzado a mamá.

—¿Cuándo salieron ustedes de Alemania? —preguntó.

—En marzo de 1933 —respondió mamá.

Entre los refugiados, cuanto antes se hubiera huido más importante se era. Haber salido en 1933 era como haber llegado a América en el Mayflower *, y mamá nunca podía resistir la tentación de decirle a la gente el mes exacto.

—¿De veras? —dijo el hombre, pero su mujer no parecía muy impresionada. Miró a Anna con sus ojos asustados.

—Tú no sabes lo que es —dijo. Anna bloqueó su mente de forma automática. Nunca pensaba en lo que ocurría en Alemania.
* Nombre del barco en el que, en 1620, llegaron a lo que hoy es Nueva Inglaterra, en Estados Unidos, un grupo de ingleses (los «padres peregrinos») que huían de la persecución religiosa. Fundaron una colonia y se dieron una Constitución, de principios puritanos. Ser descendiente de ellos equivale a pertenecer a la más distinguida aristocracia, y cualquier americano se siente orgulloso de ello. (N. del E.)

«¡Miss Goldstein!»

La siguiente persona a la que llamaron era una mujer con un raído abrigo de piel, que sujetaba con firmeza un maletín. A continuación un hombre de gafas, en quien mamá reconoció a un violinista de segunda fila, y después les llegó el turno a Anna y a mamá. La recepcionista les dijo: «Pasen ustedes a la sección de estudiantes», y las llevó a una habitación en la que una dama de pelo gris esperaba sentada tras una mesa. Estaba examinando la solicitud que Anna había rellenado antes de concertar la cita, y parecía una directora de colegio, aunque más agradable que Miss Metcalfe.

—¿Cómo están ustedes? —preguntó, indicándoles dos sillas. A continuación se volvió hacia Anna y añadió—: ¿De modo que quieres ser secretaria?

—Sí —respondió Anna. La señora del pelo gris lanzó una ojeada a su solicitud.

—Sacaste muy buenas notas en el certificado escolar —dijo—. ¿No quieres seguir en el colegio?

—No —replicó Anna.

—Y, ¿por qué?

—No me gustaba —dijo—. Y casi nadie se quedaba después del certificado escolar. —Vaciló—. No nos enseñaban mucho.

La señora volvió a consultar la solicitud.

—Colegio Femenino Lilian Metcalfe —dijo—. Lo conozco. Es más pretencioso que académico. Qué lástima.

Y habiéndolo despachado de este modo, procedió a resolver los problemas del curso de secretariado de Anna. ¿Había hecho ya alguna prueba? ¿Cuánto tiempo tardaría? ¿Y qué clase de trabajo pensaba hacer Anna? Animada por la demolición de Miss Metcalfe, Anna contestó ampliamente, con menos timidez de la habitual, y al cabo de un rato sorprendentemente breve, la señora dijo:

—Bueno, me parece todo muy satisfactorio.

Por un momento, Anna pensó que todo había acabado, pero la señora le dijo a mamá, algo contrariada:

—Perdóneme, pero hay tanta gente que necesita ayuda, que tengo que formularle también a usted algunas preguntas. ¿Cuánto tiempo lleva en este país?

—Desde 1935 —respondió mamá—, pero salimos de Alemania en 1933...

Anna había oído la explicación tantas veces que casi se la sabía de memoria. Seis meses en Suiza..., dos años en Francia..., la depresión..., el guión de cine que les había ayudado a venir a Inglaterra... No, nunca llegó a hacerse la película. No, no importó que papá no supiera inglés, porque lo habían traducido, pero claro, ahora... Un escritor sin idioma...

—Perdone —insistió la señora—, me doy cuenta de que su marido es un hombre muy famoso, pero, mientras se encuentren en estas circunstancias, ¿no podría hacer algo más práctico, aunque sólo fuera por una temporada?

Papá, pensó Anna, que no sabía clavar un clavo a derechas, que no sabía freír un huevo, que no sabía hacer otra cosa más que juntar palabras de una forma tan bella.

—Mi marido —respondió mamá— no es un hombre práctico. Además, es mucho mayor que yo. —Se había sonrojado un poco, y la señora se apresuró a decir:

—Claro, claro, discúlpeme.

Era curioso, pensó Ana, que le impresionara mucho más la edad de papá, algo que cualquiera que le conociese no notaría inmediatamente, que su falta de sentido práctico, que se notaba a primera vista. Una vez, en París, papá había gastado casi todo el dinero que tenían en una máquina de coser que no funcionaba. Anna recordaba haber ido con él a intentar devolverla a la tienda de segunda mano que le había timado. En París tampoco tenían dinero, pero no les había importado. Ella se sentía como si fuera de allí, no como una refugiada.

—Durante una temporada trabajé de secretaria particular —dijo mamá—. Para Lady Parker..., tal vez haya oído hablar de ella. Pero su marido murió, y ella se trasladó al campo. De modo que ahora ayudo a arreglar los papeles de su hacienda.

La señora parecía avergonzada.

—Y, ejem, ¿cuánto...? Mamá le dijo cuánto ganaba.

—No tengo ningún título, ¿comprende? —añadió—. Estudié música cuando era pequeña. Pero con esto ayudo a pagar la cuenta del Hotel Continental.

Anna pensó: tal vez hubiera sido distinto en París porque mamá no tenía que trabajar, o porque vivían en un piso en lugar de un hotel..., o tal vez fuera que, sencillamente, Inglaterra no le sentaba bien. No conocía a muchos ingleses, desde luego, solamente a los del colegio de Miss Metcalfe. Pero lo cierto era que al poco tiempo de su llegada le habían salido mal muchas cosas. Para empezar, había engordado mucho, le habían salido protuberancias en sitios insospechados, de modo que toda la ropa le sentaba fatal. Mamá decía que era grasa superfina y que la perdería y, de hecho, ya había desaparecido gran parte de ella, pero Anna aún sospechaba que, en cierto modo, Inglaterra era la culpable. Después de todo, nunca había estado gorda.

Las otras chicas del internado también eran gordas. Anna recordaba grandes muslos rojizos en el vestuario y pesadas figuras amontonadas en la hierba helada del campo de lacrosse. Pero, al menos, no eran tímidas. Su timidez era lo peor que le había ocurrido a Anna en Inglaterra. Le había sobrevenido poco después de haber engordado y de forma inesperada, porque siempre se había llevado bien con la gente. La paralizaba, de modo que cuando las inglesas se burlaban de ella por jugar mal al lacrosse y por hablar con acento raro, no era
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