Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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* Se refiere a las famosas V1 y V2, que tantos estragos causaron en Londres.
—Debía ser un avión —dijo Anna, pero el señor Cuddeford negó con la cabeza.

—Nunca he visto un avión así —replicó.

Al día siguiente, tras una alarma aérea que duró hasta el amanecer, apareció la explicación en todos los periódicos.

Al principio sólo cayeron unas cuantas bombas voladoras, y la gente se reía de ellas, por el aspecto tan ridículo que tenían, zumbando por el aire, e inventaban nombres graciosos, como bombas-abeja o chinches. Pero pronto empezaron a llegar en grandes cantidades, de día y de noche. Ponía nervioso a cualquiera oír el ruido de aquellos trastos, que podían pararse en cualquier momento, mientras cada cual seguía con sus asuntos. Uno rezaba porque las bombas-abeja pasaran de largo, pero se sentía culpable al mismo tiempo, al saber que caerían sobre otra persona. Y ante el hecho de que la guerra pudiese acabar pronto, todo el mundo deseaba desesperadamente sobrevivir.

La gente empezó a abandonar Londres otra vez. Reaparecieron las consabidas filas de niños con rótulos en las estaciones de ferrocarril y todos los días las bombas causaban nuevos daños entre los mayores. Como caían a todas horas era inútil meterse en los refugios, por lo que las gentes que quedaban en Londres se escondían en la puerta más cercana o bajo el mueble que tuvieran más a mano al oír que una bomba voladora se paraba sobre sus cabezas (esa era la impresión que daba). A Anna le asombraba constantemente la agilidad de las ancianitas. En un momento dado estaban sentadas, cosiendo a máquina como locas, y al momento siguiente estaban todas debajo de la mesa, de la que sólo sobresalía, por un extremo, el trasero púdicamente cubierto con el mono de faena de Miss Potter y el enorme de Miss Clinton-Brown por el otro. Mrs. Riley, tal vez como consecuencia de su preparación de saltimbanqui, siempre lograba meter todo el cuerpo debajo de la mesa.

Anna no tenía tanto miedo como durante los bombardeos aéreos, y a veces, incluso recibía con agrado la tragedia de las bombas voladoras, como distracción de sus otras preocupaciones. John Cot-more se había alejado inexplicablemente de ella desde la cena en el restaurante y se sentía como si se le hubiera desplomado el mundo. Después pensaba en Max, realizando operaciones de vuelo no sabía cuántas veces a la semana, y se le antojaba que, al encontrarse ella en peligro, debía estar desviando parte del que le amenazase a él.

Mamá era aún más supersticiosa. Hacía todo con la mayor meticulosidad, como para satisfacer a un ser superior que estuviera vigilándola y una vez Anna la sorprendió, tras tantos años de pagar el billete del autobús solamente cuando se lo exigían, metiendo prácticamente el dinero en la mano de la cobradora. Al encontrarse con la mirada de Anna, dijo: «No se deben correr riesgos», y añadió, desafiante: «¡Con Max volando y todo eso!»

Al mismo tiempo, y por extraño que parezca, mamá se negaba a admitir que Max estuviera en peligro, y se ponía furiosa con papá cuando él le decía que sí lo estaba.

«¡Pero si le disparan!», decía papá, y mamá gritaba: «¡No especialmente a él! ¡Y además, nunca alcanzarán a Max!»

Las clases nocturnas continuaban a pesar de las bombas voladoras, y Anna seguía viviendo para ellas, pero por lo general la dejaban deprimida y aturdida. Ya nada era igual. Solamente hablaba con John Cotmore cuando éste hacía algún comentario formal sobre su trabajo. Debido a las bombas, todo el mundo se marchaba a casa inmediatamente, y sólo una vez fueron al café. Fue con ocasión del llamamiento a filas de William el gales. Acudió a lucir su uniforme de soldado y todos le machacaron a preguntas y café, como en los viejos tiempos, pero parecía desamparado y demasiado joven para ir a la guerra y, en general, todos se sintieron aliviados cuando acabó la noche.

¿Qué había ocurrido?, se preguntaba Anna. Hacía poco tiempo todo parecía tan prometedor: la guerra casi acababa, su trabajo y..., y todo, pensaba, sin deseos de dar una forma siquiera vaga a lo que había esperado de John Cotmore. Y ahora era como haber vuelto a la época de los bombardeos aéreos, y la vida parecía vacía. Cuando la academia cerró por las vacaciones de verano, a finales de julio, se le antojó que era el final de una época.

Mrs. Hammond le dio una semana de permiso, que pasó en el campo con los Rosenberg. El profesor había abandonado sus memorias en el sexto capítulo (tanto lío para nada, pensó Anna), y ahora se dedicaba por completo a cultivar verduras para la comida. Tía Louise seguía con su acostumbrada batalla con las criadas y Anna pasó la mayor parte del tiempo pintando un retrato de Fraulein Pimke en un rincón de la cocina. Cuando no pintaba ayudaba en la huerta, y notaba que se iba poniendo morena y saludable.

Solamente por la noche no había nada que hacer, y entonces pensaba en John Cotmore. Revivía las escenas en su casa y las ocasiones en que la había besado o le había dicho algo cariñoso. Incluso contaba las veces que la había besado. Eran once, sin incluir el besito en la mejilla después de la cena en el restaurante. No se besa a una persona once veces, argüía esperanzada, a menos que se haga en serio.

Pero, ¿y su extraño comportamiento de las últimas semanas? Eso debe ser que le remuerde la conciencia por su mujer, concluía.

Mientras se quedaba dormida imaginaba las situaciones más inverosímiles, en las que John Cotmore se veía obligado a declararle su amor. A veces ocurría al hacer un buen dibujo en clase. Otras veces él la encontraba atrapada entre los escombros producidos por la explosión de una bomba voladora, dolorida pero valiente y, claro está, sin heridas. Otras veces era ella quien le salvaba con valor y arrojo, cuando estaban enterrados juntos bajo las ruinas de la academia. Una parte de sí misma se despreciaba por estas fantasías, pero otra parte hallaba gran consuelo en ellas.

Al volver a Londres encontró un recado de Bárbara proponiéndole que se vieran, y Anna se agarró a la oportunidad de, al menos, hablar de él. Comieron modestamente en Lyons Corner House, Anna disertando largamente sobre las virtudes y el talento de John, mientras Bárbara asentía con su sonrisa agradable, plácida. A Anna le sentó bien, y se vieron dos veces más, una para ir al cine y otra a un concierto. Pero después Bárbara tuvo mucho trabajo y Anna se quedó más sola que nunca.

Un día, estando aburrida ante la máquina de escribir, llamó Harry. Le habían dado un montón de entradas para un concierto. «Una cosa muy tradicional», dijo, «Beethoven y Mozart», y le preguntó si quería ir.

—Lleva a alguien —dijo—. Se las he ofrecido a todos los que se me han ocurrido, y aún me quedan muchas entradas.

Entre las personas que se le podían ocurrir a Harry tiene que estar incluido John Cotmore, pensó Anna, y se desprendió de su letargo como de una piel vieja.

—¡Me encantaría ir! —exclamó, sorprendiendo a Harry con su vehemencia, e inmediatamente empezó a hacer planes sobre la ropa que iba a llevar, sobre qué actitud tomaría y lo que diría.

—Voy a salir mañana por la noche —anunció a mamá y papá durante la cena—. Voy a un concierto.

—¿Con quién? —preguntó mamá. Anna frunció el ceño ante la curiosidad de mamá.

—Con nadie especial —respondió—. Son unos compañeros de la academia de dibujo. Hay un montón de entradas, pero como la mayor parte es de Beethoven y muchos piensan que es anticuado, tal vez no vaya mucha gente.

Frau Gruber fue a quitar los platos.

—¿No tienes apetito? —preguntó a papá, que se había dejado casi toda la empanada de verduras. Papá sonrió y negó con la cabeza.

—Beethoven —dijo, y Anna observó que estaba pálido—. ¿Qué van a tocar?

Anna se lo contó: la Séptima Sinfonía, y algo más que no recordaba, y papá asintió.

—Me gustaría ir contigo —dijo.

—¿Al concierto? —gritó Anna. Era imposible.

—No son asientos como es debido —se apresuró a decir—. No son como a los que tú tenías en Berlín. Son los de gallinero, y en realidad, son escalones. .. Sólo van estudiantes.

Papá asintió.

—De todas formas —insistió—, me gustaría mucho ir.

Anna se le quedó mirando, horrorizada.

—¿De verdad quieres ir? —preguntó mamá—. Suena un tanto espartano.

Anna esperó su respuesta, expectante, pero papá movió la cabeza.

—Los asientos no me importan —dijo—. Lo que quiero es oír la música.

No había réplica posible.

Tras intentar en vano oponerse, Anna murmuró algo a modo de asentimiento, y pasó el resto de la comida sumida en la más profunda depresión. ¡La primera vez desde hacía semanas que podía ver a John Cotmore, y papá se le iba a pegar!

Aquel día ocioso en la oficina había fantaseado, casi preparado un plan para estar con él a solas, tal vez preguntarle qué pasaba, y él a lo mejor lo explicaba y decía... Pero ahora papá lo había estropeado todo.

Contra todas sus experiencias anteriores, trataba de convencerse de que papá iba a cambiar de opinión, pero al llegar al teatro a la noche siguiente papá ya estaba allí. Estaba mirando un cartel en el vestíbulo, y su abrigo desastrado, de aspecto extranjero, le daba un aire triste que despertó en Anna una mezcla de cariño e irritación.

—Hola —dijo, y antes de que pudiera añadir nada más, el corazón le dio un vuelco al ver a John Cotmore, que se dirigía a toda prisa hacia la escalera del gallinero. ¡Así que había venido!

Presentó rápidamente a papá y a Harry, que era quien tenía las entradas, conteniendo a duras penas su impaciencia mientras Harry manifestaba su alegría por conocer a papá y papá replicaba en su inglés titubeante.

Cuando llegaron a la entrada del gallinero, John Cotmore había desaparecido hacía tiempo. Papá inició animoso la larga ascensión, pero era lento, y varios estudiantes de la academia los adelantaron. Todos se sentarán con John, pensó Anna, porque los asientos de gallinero no estaban numerados y cada uno podía elegir el sitio que quisiera.

Naturalmente, cuando acabaron de subir las escaleras y entraron en el espacio inclinado bajo el tejado del teatro, descubrió a John Cotmore rodeado de gente. A un lado estaba un señor con patillas, en quien reconoció a otro profesor de la academia, Bárbara al otro lado y alrededor varios estudiantes. Se quedó mirándolos sombríamente, mientras papá aspiraba el aire, sentado junto a ella.

—¡Maravilloso! —exclamó—. ¡Qué olor! Hacía años que no iba a un teatro, pero nunca cambia.

Se precipitó bruscamente hacia adelante.

—¿Nos sentamos aquí? —preguntó, señalando un sitio vacío cerca del pasillo—. ¿O prefieres sentarte con tus amigos? —añadió.

Anna miró melancólica a la pandilla que rodeaba a John Cotmore.

—Aquí estaremos estupendamente —respondió.

Oyó muy poco del concierto.

Empezó con una pieza excesivamente simétrica de un Mozart joven, que dejó su mente libre de cualquier otro pensamiento. Tal vez hable con él en el descanso, pensó. Pero cuando se encendieron las luces, John Cotmore no se movió de su sitio, y la pandilla de estudiantes no se deshizo. Sólo se acercó Bárbara a saludarla y a que le presentara a papá. Mantuvieron una larga conversación, y Anna se sintió mejor cuando Bárbara, con su voz cálida de siempre, le dijo:

—Anna, me encanta tu padre. Espero que me dejes verle otra vez.

Tal vez se lo dijera a John Cotmore, y también él querría conocer a papá..., cuando acabase el concierto.

—Encantadora —dijo papá viendo alejarse a Bárbara—; absolutamente encantadora.

Al ver su rostro inteligente, sensible, Anna sintió una repentina vergüenza por haber pensado en él en términos de utilidad. Se acercó más a él en el duro asiento.

De todos modos, ¿por qué no iba a presentárselo a John Cotmore? Era una cosa razonable, y a papá seguramente le gustaría. Podía buscarle después del concierto.

La orquesta atacaba al fin la Séptima Sinfonía de Beethoven, y durante un rato se dejó arrastrar por la grandiosidad del sonido. ¡Maravilloso!, pensó mientras el movimiento, lento de la marcha fúnebre retumbaba como un trueno. Pero el siguiente movimiento era menos vigoroso, y poco a poco fue perdiendo interés.

Tendría que atajar a John Cotmore antes de que abandonase la tribuna, pensó, ya que, en otro caso, podría marcharse antes de que papá y ella bajasen la escalera. Le diría: «John, quiero presentarte a mi padre.» Pero tendría que actuar con mucha rapidez, para cogerle antes de que se les adelantara en el pasillo. Se movió instintivamente en el asiento y en el mismo momento se fijó en papá.

Estaba inmóvil, la cabeza ligeramente alzada, las manos cruzadas sobre el abrigo. Tenía los ojos entrecerrados, y Anna vio que estaban llenos de lágrimas y que por sus mejillas se deslizaba un llanto silencioso.

—¡Papá! —exclamó, y olvidó de golpe todo lo demás.

El intentó hablar, pero no pudo; meneó la cabeza para tranquilizarla y finalmente susurró algo sobre «la música».

Anna colocó angustiada su mano sobre la de papá, y se acercó más a él, en tanto que la música atronaba el teatro, hasta que por fin terminó. La gente aplaudía a su alrededor, levantándose, y empezaban a ponerse los abrigos.

—¿Te encuentras bien? —susurró Anna. Papá asintió.

—Espera un momento. Se quedaron sentados mientras se vaciaba la tribuna.

—Perdona por haberte asustado —dijo—. Es que... —extendió las manos—, no lo oía desde hace años.

Se puso en pie y salieron lentamente, a la zaga de los demás. Una vez al aire fresco pareció sentirse mejor. Casi había oscurecido. Mientras se abrían paso entre la multitud, papá se volvió a mirar el teatro en sombras y exclamó:

—¡Qué hermoso!

Anna vio a John Cotmore por el rabillo del ojo, con Bárbara y Harry, y durante unos momentos se preguntó si...; pero era inútil. Cogió del brazo a papá, y se dirigieron hacia el metro. Estaban comprando los billetes cuando papá se paró en seco.

—¡Con tantas emociones, se me ha olvidado el sombrero! —gritó, lo que hizo reír a Anna.

—¡Voy a por él!

Corrió hasta el teatro en la oscuridad, e inmediatamente renació en ella la loca esperanza de volver a encontrarse con John Cotmore, de que la noche resultara al fin completamente distinta.

La entrada de la tribuna estaba cerrada, y al rodear el edificio para ir al vestíbulo, le vio. Estaba solamente a unos metros de distancia, una silueta confusa en una puerta, de espaldas a ella. Había alguien con él, tan cerca que John casi lo tapaba. Estaban abrazados, e incluso antes de oírles hablar, Anna supo quién era.

—¿Qué hacemos? —preguntó John Cotmore, y la voz de Bárbara respondió en la oscuridad—: Vamos a casa.

Anna nunca entendió como llegó hasta casa. Pasó junto a las dos siluetas, recuperó el sombrero de papá y fue con él hasta casa en el metro. El hecho de que la necesitara suponía una ayuda, y al ver su cara, que aún no había recuperado su serenidad irónica, sus tumultuosos sentimientos disminuyeron hasta alcanzar cierta proporción.

¡Pero Bárbara!, pensó. Lo habría comprendido si hubiera sido su mujer. ¿Desde cuándo estaban juntos? ¿Desde las vacaciones? ¿Y sabría Bárbara lo suyo? ¿Habrían hablado de ella, y se habrían reído de ella y de su estúpida adoración por John? Enseñarle todos sus dibujos, comprarle sacarina a la hora de la comida... Cada recuerdo era más dolorosa que el anterior, y una parte de su ser sólo deseaba echarse a llorar y soltárselo todo a papá, mientras la otra parte sabía que no podría soportar hablar sobre el tema.

—¿Te encuentras bien? —preguntó papá—. Estás pálida.

Anna asintió.

—¿Y tú?

Papá iba sentado junto a ella, en el metro, acariciándose nerviosamente una mano con la otra.

—Tengo hormiguillo —contestó, y tras tantas emociones, la respuesta de papá fue tan decepcionante que Anna se rió, al tiempo que le asomaban lágrimas a los ojos y se apoyaba en él, exclamando: «¡Papá! ¡Papá querido!»

—Vamos —dijo él, rodeándole los hombros con el brazo—. Siento haberte asustado.

Anna negó con la cabeza.

—No es eso.

Durante unos momentos temió que le preguntara qué le ocurría, pero papá se limitó a repetir con mucha ternura:

—Vamos. Sea lo que sea, pasará.

El día siguiente fue espantoso. En la oficina no había nada que hacer. No fue Mrs. Hammond, e incluso Miss Clinton-Brown y Miss Potter estaban de vacaciones. Anna pasó la mañana sola, pensando en John Cotmore, mientras trataba de entretenerse con el fichero y las madejas de lana.

Ya no me queda nada, pensó. No quiero hacer nada, no quiero ver a nadie. Buscó mentalmente frases de consuelo. ¿Calabazas? ¿Abandono? ¿Desgraciada en amores? Eran cursis, pero no le hicieron reír. No podía desechar los recuerdos humillantes de cómo le había sonreído, pendiente de sus labios, de aquella tarde en el restaurante, dispuesta a cogerle del brazo..., y todo el tiempo él y Bárbara... él y Bárbara.

Después del almuerzo llegó Mrs. Riley con un álbum de gran tamaño.

—Mi vida en los escenarios —dijo—. Lo he traído para enseñártelo.

Como no tenía nada mejor que hacer, Anna paso la tarde con Mrs. Riley a su lado y el hedor de Mrs. Riley flotando sobre ella. Vio Mrs. Riley con lentejuelas en 1891, a Mrs. Riley con medias de malla en 1902, a Mrs. Riley con un cayado de pastor y una oveja disecada, a Mrs. Riley en albornoz. Y todo el tiempo, en su interior algo clamaba por John Cotmore, porque no hubiese pasado la noche anterior, porque todo fuese como antes.

Volvió tarde, porque tan poco sentido tenía ir a casa como a cualquier otro sitio, y no estaba preparada para el recibimiento que le dispensó la figura que se precipitó hacia ella al verla.

—¡Anna! —gritó mamá, retorciéndose las manos y hecha un mar de lágrimas—. ¡Ay, Anna!

—¡Dios mío! —exclamó Anna, pues al parecer tenía que ocurrir lo peor—. ¿Max?

No se trataba de Max. Era papá.

Mamá le hizo entrar en casa; se paró y la agarró del brazo en el vestíbulo.

—Le encontré al volver a casa —explicó—. Estaba en el suelo de su habitación. Llevaba horas allí. Tiene la voz muy rara y le pasa algo en la mano.

Se miraron.

—Va a venir a verle Sam... Gracias a Dios, estaba en la ciudad. —Mamá soltó la mano de Anna—. El sabrá lo que hay que hacer.

—¿Puedo subir a verle?

Fueron juntas a su habitación.

Papá estaba en la cama. Frau Gruber había ayudado a mamá a levantarlo. Tenía la cara como hinchada, y parecía estar medio dormido, pero al ver a Anna, movió los labios, como si quisiera sonreír.

—¡Papá!

Sus labios volvieron a moverse.

—Lo sien...to. —Tenía la voz pastosa, y no encontraba las palabras que quería. Hizo un movimiento de impotencia con una mano, mientras la otra yacía inerte sobre la colcha.

—Papá —repitió Anna, y se sentó en el borde de la cama. Puso su mano sobre la mano inmóvil de él y sonrió. No dijo nada, para que no tuviera que contestar.

—Sam llegará pronto —dijo mamá, que estaba a los pies de la cama.

Papá pareció asentir y cerró los ojos. Al cabo de un rato, mamá hizo una seña a Anna y salió.

Anna se quedó donde estaba, mirándole. ¿Dormía? Los ojos seguían cerrados, y su rostro estaba tranquilo. El pelo rizado y gris de los lados (Anna no recordaba que lo hubiera tenido nunca en la parte superior de la cabeza) le caía desordenadamente sobre la almohada. De pronto se acordó de que, cuando era muy pequeña, en Berlín, jugaba a una especie de «Familia Feliz» con Max. Casi siempre perdía, porque sacrificaba todo a una carta especial, la del panadero, que tenía la cara delgada y era calvo. «Es tan bonito», explicaba a Max. «Se parece a papá.»

Ahora papá estaba en la cama, con el cuello de la camisa desabrochado, respirando lentamente. Era bastante mayor, desde luego. ¿Setenta y un años? ¿Setenta y dos? Anna siempre había sido consciente de este hecho, pero no significaba nada para ella. Era diferente a otros padres, pero no por su edad, sino por la clase de persona que era. Mientras le miraba, él abrió los ojos bruscamente y le devolvió la mirada.

—An...na —dijo con mucha lentitud. Ella le apretó la mano y replicó:

—No hables —pero papá quería decir algo.

—An...na —repitió, y añadió con gran dificultad—: El con...cierto...

Anna sonrió y asintió, y a pesar de los tremendos obstáculos la cara de papá se movió, se distendieron los labios, y también sonrió.

—Fue... —se le escapó la palabra deseada, pero se esforzó por encontrarla.

—¡Ma...ravi...lloso! —exclamó triunfalmente.

El profesor confirmó lo que ya sospechaban mamá y Anna. Un ataque de apoplejía.

—¿Es grave? —preguntó mamá. El profesor se encogió de hombros.

—Lo sabremos dentro de unos días. Como no se podía dejar solo a papá, mamá estaba siempre con él, y dormía en una cama improvisada en su habitación. Anna la relevaba durante unas horas al volver del trabajo. Era evidente que papá sabía lo que le estaba ocurriendo, pero no tenía miedo. Al tercer día, cuando pudo hablar con mayor facilidad dijo:

—Es extraño.

—¿Qué? —preguntó Anna. Papá hizo un gesto que abarcaba a sí mismo, la cama, la desastrada habitación.

—Esto —contestó. Y añadió casi con admiración—: ¡Es una experiencia asombrosa!

Cuando el profesor volvió a verle, le satisfizo la mejoría de papá.

—Esta vez hemos tenido suerte —le dijo a mamá—. Se recuperará rápidamente.

—¿Por completo? El profesor asintió.

—Gracias a Dios.

—¿Pero cómo se le ocurrió hacer una cosa así? —dijo el profesor—. Un hombre en sus condiciones, y se pone a subir hasta la tribuna de un teatro.

Mamá rió con alivio.

—Ya sabes cómo es —dijo—. Y naturalmente, no lo sabía, no tenía ni idea... De repente se le ocurrió algo.

—¿Lo sabía? —preguntó.

El profesor la miró con sus tristes ojos negros.

—Desde hace tres semanas —respondió—. Vino a verme con todos los síntomas típicos: dolores de cabeza, hormigueo, tensión muy alta. Le advertí que debía tener cuidado. ¿Y qué es lo primero que hace? ¡Subir mil escalones para oír a Beethoven!

Mamá se le quedó mirando fijamente.

—Lo sabía —dijo.

Anna recordó a papá durante la Séptima Sinfonía.

—Supongo que habrá sido por eso —dijo. Estaban sentados en el jardín. Por una vez,

la noche era cálida. El Palomo Torcaz estaba cortando el césped, los Poznanski discutían en polaco, y Frau Gruber pelaba guisantes en un tazón.

—Antes dijiste —recordó mamá— «esta vez hemos tenido suerte». ¿A qué te referías?

—Pues a eso, a que hemos tenido suerte —respondió el profesor.

—Pero... ¿esta vez?

El profesor parecía enfadado.

—Escucha —dijo—, tu marido ha sufrido un ataque que podría haber sido fatal. En su lugar, creo que se va a recobrar por completo, ¡o sea que da gracias!

—Ya lo hago —replicó mamá—, pero, ¿a qué te referías?

—Por el amor de Dios —el profesor miró inquieto a Anna—, tienes que saber cómo son estas cosas. Cuando hay un ataque de apoplejía, puede producirse otro. A lo mejor tarda años, pero tu marido no es joven. Y la próxima vez... —Extendió las manos—. La próxima vez —repitió con tristeza—, talvez no tengamos tanta suerte.

Papá se recuperó con rapidez. Al cabo de una semana su habla era normal. Aún le molestaba la mano, pero cuando Max vino de permiso ya estaba levantado y a Max le sorprendió ver tan pocas señales de la reciente enfermedad.

—Sólo parece un poco cansado —dijo.

Pero todos sabían que a partir de entonces papá vivía con tiempo prestado.

A Anna le resultaba imposible hacerse a la idea.

—No te preocupes —dijo papá mirando al techo-—. El viejo rabino de ahí arriba está de mi parte.

Anna le observó desde el otro extremo de la mesa del desayuno, aquellos ojos que examinaban el periódico, las manos (una de ellas aún un poco torpe) que manejaban el cuchillo y el tenedor en el plato desportillado, e intentó imaginar que un día papá ya no estaría allí. Parecía imposible.

Pasaba todo el tiempo que podía con él, obsesionada por la idea de que iba a dejar de existir. Cuando veía su escritura picuda, que proliferaba sobre su mesa, en su habitación, en todos los sitios en que habían vivido, pensaba que de repente, un día cualquiera, ya no la vería más. Incluso se le ocurrió la idea disparatada de pedirle que escribiera algo, mucho, para que no importase tanto cuando dejara de hacerlo.

Trató de pintar su retrato. Papá posó pacientemente para ella, en la habitación de encima del garaje, pero fue inútil. ¡Eran tantas las cosas que quería reflejar! Cada vez que pintaba algo, quería borrarlo y empezar de nuevo.

Y todo el tiempo seguían llegando buenas noticias de la guerra, como una película desenrollándose sin ruido detrás de todo lo demás. París fue liberado, y a continuación la mayor parte de Francia. Llegaron cartas de amigos franceses que habían sobrevivido milagrosamente (así se le antojaba a Anna) a la ocupación alemana.

Con tal de que papá no sufra otro ataque, con tal de que no maten a Max, con tal de que no le caiga a uno una bomba-abeja encima...

Un día papá le preguntó:

—¿Por qué no vas a la academia de pintura?

—Bah —respondió Anna. Todo aquello parecía muy lejano—. Me peleé con mi profesor.

—¿Eso es todo?

—No. —Estaban en la habitación de papá, después de la cena. Mamá estaba jugando al bridge—. Tal vez lo único que me interesaba era él. Ya no puedo dibujar, ni siquiera quiero hacerlo.

—Es una etapa —dijo papá. Anna negó con la cabeza.

—¿Ha empezado el curso? Anna sonrió por su despiste.

—Hace unas seis semanas.

—Pues debes volver. No puedes renunciar a tu trabajo simplemente por haber tenido un disgustillo con alguien.

—¡No fue un disgustillo! —gritó Anna, pero papá levantó la mano.

—Por favor —dijo—. Quiero que vuelvas. Ve mañana, por favor.

Anna encontró la academia muy cambiada. La clase había aumentado, y el señor de las patillas que estaba en el concierto junto a John Cotmore compartía la enseñanza con él. John y Bárbara se querían abiertamente y entre los alumnos se sabía que ella se había trasladado a su casa y que había tardado tres días en arreglar la cocina.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó John a Anna, a lo que ella contestó con cautela—: Mi padre ha estado enfermo.

No dibujaba prácticamente nada desde hacía semanas, y esperaba con nerviosismo el comienzo de la clase. Tal vez al ver a la modelo, algo reviviría en su interior.

La modelo era gorda, y se arrellanó en la silla, con una mano en la rodilla. No era mala pose, pero al mirarla, Anna no encontró ningún motivo para dibujarla. Se sentía muerta. ¿Qué estoy haciendo aquí?, pensó. ¿Cómo voy a aguantar toda la tarde?

Al final, antes de quedarse allí sin hacer nada, trazó algunos rasgos a lápiz que recordaban vagamente a lo que tenía ante ella, pero carecían de intención, y la aburrieron. Al acercarse John Cotmore a verla, dio la vuelta al tablero de dibujo para esconderlo, pero al parecer él no se dio cuenta.

—Me alegro de que hayas vuelto —dijo—. Quería hablar contigo.

Anna se animó inmediatamente. Iba a darle una explicación. ¡En realidad Bárbara era su hermana. .. su prima... su tía!

—¿Qué te parecería —preguntó John Cotmore— si te concedieran una beca?

—¿Una beca? —Estaba confusa.

—Sí. Tres cursos completos de Bellas Artes, sin pagar matrícula, y con una asignación para vivir. Anna se quedó mirándole.

—¿Cómo? ¿Cuándo?

—Enseñando tu obra al comité de selección, por recomendación de tu profesor. Con suerte, empezarías en septiembre próximo.

Anna no sabía qué responder.

—No saldría hasta la primavera —continuó John—. Pero la guerra tiene trazas de acabar pronto, y la gente empieza a pensar en la paz. Sólo va a haber unas cuantas becas, y a mí me gustaría recomendarte.

—Pero... —Anna seguía sin comprender—. No puedo dibujar —concluyó.

—¿Qué quieres decir? —John empezaba a irritarse por su falta de entusiasmo.

—Pues eso. No he hecho un dibujo decente desde hace meses.

—Ah, bueno —rió—. Una mala racha. Eso le pasa a cualquiera.

—Lo dudo.

—¡Por el amor de Dios! No piensas en otra cosa desde hace años. ¿Qué te ocurre?

Anna miró la habitación para orientarse —a la modelo, a los alumnos inclinados sobre su trabajo, a Bárbara, que fruncía el ceño ante un carboncillo.

En ese momento Bárbara levantó los ojos y se encontró con su mirada. El ceño desapareció, y sonrió. Anna le devolvió una sonrisa incierta. Bárbara asintió, con una mirada de soslayo a John Cotmore, y levantó los pulgares de ambas manos.

¿A qué se refería? ¿Sabía de lo que estaban hablando? De repente lo entendió. Claro, ella y John lo habían discutido. Estaba todo preparado: un premio de consolación. Pobrecita Anna, estará tan disgustada. .., vamos a darle una beca.

Se volvió hacia John Cotmore.

—No la quiero —dijo.

—¿Que no quieres una beca?

—¡Oh, déjame en paz! —gritó—. ¡No sé lo que quiero!

Siguió yendo a clase, en parte por complacer a papá, pero sin muchos resultados. Algunos dibujos le salían mejor que otros, pero en todos dominaba un tono pedestre que la deprimía infinitamente.

Detestaba el viaje en metro, sin nada en que pensar salvo los fracasos de la tarde, y se llevaba un libro a todos los sitios. Mientras leía no podía pensar. No le importaba lo que fuese: Tolstoi, Jack London, Agatha Christie, con tal de que fuera letra impresa. Si terminaba un libro o lo dejaba olvidado, la invadía un terror pánico que sólo aliviaba comprando un periódico. Se ponía su ropa más vieja y no se acordaba de lavarse el pelo, porque ya no importaba nada ni había ningún motivo para seguir existiendo.

Y entonces, para colmo, mamá cogió la gripe. Un día, al volver a casa, Anna la encontró con fiebre y la cara enrojecida, con papá sentado al borde de la cama. Mamá tenía el enorme termómetro que habían traído de París en la axila, y mantenían una ridícula discusión sobre la obra de papá. El decía que su prosa era lo mejor que había escrito, pero mamá se empeñaba en que los poemas eran mejores.

—¡Bah! —dijo papá—. Poemas líricos. Eso es fácil.

—¡Qué bobada! —exclamó mamá, haciendo oscilar el termómetro.

Papá movió la cabeza.

—La prosa será más duradera. Después de todo, la he escrito yo y tengo que saberlo.

—¡Pero no es cierto! —Mamá se incorporó en la cama—. Simplemente porque los poemas te resultan fáciles los subestimas. Nadie escribe poemas como tú.

Papá se enfadó.

—Prefiero la prosa —dijo—. Si se presenta la oportunidad de reeditar algo, preferiría que fuera la prosa más que la poesía. Yo ya no estaré aquí, o sea que tendrás que ocuparte tú.

Era como una puerta que se cerrase.

Hacía un frío espantoso, y el combustible escaseaba. Para encender un fuego mínimo en el salón por las tardes, Frau Gruber y el Palomo Torcaz tenían que ir todos los días a un centro de distribución a recoger carbón en una carretilla improvisada. Fue al volver de una de estas expediciones cuando los encontró tía Louise. Había venido a condolerse con mamá, que ya estaba sentada en la cama, en bata, y se quedó horrorizada por el frío que hacía en el hotel.

—Tienes que salir de aquí —dijo—. Nunca te curarás en esta nevera.

Mamá se negó, pero tía Louise no la hizo caso, y al día siguiente apareció en su coche. Envolvió a mamá en una manta y se la llevó al campo.

—Anna puede cuidar de su padre, ¿verdad, cielo? —dijo.

—En realidad, no hay mucho que hacer —replicó Anna con cierta grosería, y papá y ella las despidieron con la mano desde el salón helado hasta que el coche se alejó.

—Hace un frío horrible —dijo papá a la semana siguiente—. ¿De verdad crees que debes ir a Golders Green con este tiempo?

—Creo que será mejor que vaya —respondió Anna.

Tía Dainty había llamado dos días antes para comunicarles que Víctor, que había ido empeorando desde hacía unos meses, había muerto. Como mamá estaba fuera, Anna prometió ir al entierro.

—Casi no conocías a tu tío-abuelo —dijo papá—. Estoy seguro de que tía Dainty lo entendería.

—No importa. Iré —dijo Anna.

No era sólo que le diera pena tía Dainty; también tenía la esperanza de ... ¿qué? Podía ocurrir algo que la hiciese entender, pensó, luchar contra la horrible visión de vacío del mundo sin papá.

—Volveré en seguida —prometió, y se aseguró de que papá se instalaba junto a la estufa de gas antes de salir.

Se había puesto la ropa de más abrigo que tenía, pero aun así, al salir del metro en Golders Green, el viento era cortante. Era como si el tiempo, sabiendo que la guerra tocaba a su fin, estuviera decidido a portarse lo peor posible.

Había calculado mal el tiempo que tardaría en llegar allí, y al entrar en el cementerio ya había empezado el servicio. Los vio desde la verja: unas cuantas personas desaliñadas y de aspecto desamparado en medio del frío. Tía Dainty llevaba un gran chal tejido a mano, y estaba pálida pero serena. Al ver a Anna movió la cabeza en señal de asentimiento, y Anna se situó junto a una señora con sombrero de plumas, sin saber qué hacer.

El ataúd de tío Víctor ya estaba en la tumba (¿estaba realmente allí?, se preguntó Anna horrorizada) y un señor con un libro en la mano estaba dando un discurso, pero el viento arrastraba las palabras, y Anna no las entendía. Observó los rostros helados de los asistentes, tratando de no ponerse a pegar saltos para quitarse el frío de los pies congelados, sin pensar en nada. La zumbaban los oídos, tenía las manos frías, y se preguntó si sería una falta de respeto metérselas en los bolsillos. De pronto, cayó en la cuenta de que el zumbido había aumentado y que no estaba sólo en su oídos. La señora del sombrero también lo había notado, y su mirada se encontró con la de Anna, avergonzada y asustada.

Al hacerse más fuerte el ruido, resultó imposible no mirar hacia arriba, e incluso el señor del discurso desvió los ojos del libro para ver la bomba-abeja que volaba por el cielo. Parecía que fuera a caer sobre ellos y Anna, calculando que no había un refugio al que pudiese llegar a tiempo, decidió quedarse donde estaba. Los demás debieron llegar a la misma conclusión, porque nadie se movió. Sólo el torrente inaudible de palabras del predicador aumentó de velocidad. Se hicieron más rápidos los movimientos de la boca, sus brazos se agitaron sobre la tumba, se oyó una especie de bendición, y finalmente se calló.

En el mismo momento, también cesó el zumbido y la bomba cayó rasgando el aire. Durante una fracción de segundo, Anna pensó en ocultarse en la tumba con el ataúd, pero no lo hizo; todos se agacharon o se tiraron al suelo y la bomba explotó... a cierta distancia.

Se hizo el silencio mientras los asistentes se levantaban, mirándose unos a otros, y tía Dainty levantó el puño amenazadoramente hacia el cielo.

—¡Hasta en su entierro! —gritó—. ¡No pueden dejarle en paz ni en su entierro!

La recepción en el sótano de tía Dainty tuvo casi un aire de fiesta. Las estufas de petróleo habían caldeado la casa, y tía Dainty sirvió chocolate caliente con
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