Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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ustez muy mayor. Anna sorteó el tema hábilmente.

—Naturalmente, les dejaría ver los bocetos —dijo—. Primero lo dibujaría todo en papel, para ver qué les parecía.

—Bocetos —repitió la mujer—. Eso estaría bien. ¿No, Albert?

Albert parecía dudar, y a Anna le dieron ganas de asesinarle. Buscó mentalmente alguna objeción, y al fin espetó:

—¿Y qué pasa con mis espejos? No pienso quitar ni uno.

—La señorita pintaría alrededor, ¿verdá ustez? —dijo la mujer, confiada.

Anna no tenía semejante intención.

—Pues... —murmuró.

—No puede quitarlos —dijo la mujer—. O sea, que Albert pagó su buen dinerito por esos espejos, verdá Albert? No va a tirarlos asín como asín.

Nueve paredes, pensó Anna. ¿Qué importancia tenían unos espejos?

—De acuerdo —dijo, y añadió para salvar su dignidad—: Los incorporaré al diseño.

—Muy bien —replicó la mujer—. ¿Eh, Albert?

Ambos se quedaron mirando a Anna en silencio.

¿Todo arreglado? Anna llegó a la conclusión de que así era.

—Bueno —dijo con la mayor indiferencia que pudo— vendré mañana a esta hora a medir las paredes.

Nadie se opuso.

—Hasta mañana entonces —dijo, y logró salir del restaurante como si no hubiera ocurrido nada especial.

—¡Voy a decorar un restaurante! —gritó triunfal en cuanto vio a John Cotmore, quien le dio varios consejos que acabaron en un beso detrás del armario de las pinturas.

Hasta llegar a casa no se dio cuenta de que había olvidado por completo mencionar el dinero que iba a recibir por su trabajo.

Pasó las tres semanas siguientes haciendo bocetos. Sacó toda la información que necesitaba sobre ropa victoriana de un libro de la biblioteca. Trabajaba todos los fines de semana, y a veces por las tardes, aun a costa de renunciar a algunas clases de modelo, con tal de hacer los dibujos.

Los espejos no resultaron ser ni la mitad de molestos que Anna esperaba. Todos eran de diferentes tamaños y formas, y comprobó que podían representar un objeto grande que después rodearía de gente. Uno vertical formaba el cuerpo principal de un teatro de marionetas, con los polichinelas pintados en la parte superior, y niños mirando desde ambos lados. Otro, alargado y estrecho, con juncos alrededor, representaba un lago. Al terminar el diseño de cada pared, lo colgaba en su estudio encima del garaje, y mamá y papá iban a contemplarlo.

Finalmente los enrolló y los sometió al juicio de sus patrones extendiéndolos sobre la mitad de las mesas del café. Ellos lo contemplaron en silencio. Al fin dijo la mujer: «Están bonitos, ¿eh, Albert?»

Albert miró los dibujos y sus paredes de un puro color crema con pesadumbre.

—¿Y eso qué es? —preguntó, señalando el teatro de marionetas.

—El espejo —respondió Anna—. Voy a pintar esto alrededor.

Albert lo comprobó en la pared.

—Pues sí —dijo.

—Es el centro del diseño —explicó Anna. Albert parecía satisfecho.

—Pues sí —repitió—. ¿Que no?

—A mí me parece muy bonito —dijo su mujer, entusiasmada.

Albert se decidió.

—Sí —dijo—. De acuerdo. Puede ustez hacerlo.

Anna se preguntaba cómo acometer el asunto del dinero, pero Albert se le adelantó.

—¿Cuánto tenía pensado de cobrar? —preguntó, ante lo que Anna, horrorizada, soltó la primera cantidad que se le ocurrió.

—Quince libras —respondió e inmediatamente se maldijo por haberlo estropeado todo con unas pretensiones excesivas, pero Albert se lo tomó con calma.

—Pues vale —dijo.

Después de aquello Anna se lanzó a una actividad frenética. El café cerraba los sábados después de comer para el fin de semana, y allí estaba ella a las dos, esperando a que se marchase el último cliente. Albert le proporcionó una escalera de mano, y empleó los dos primeros fines de semana en dibujar los diseños con tiza en todas las paredes.

No había calefacción, y como la primavera se hacía esperar, se ponía dos pares de calcetines y varios jerseys, que poco a poco fueron cubriéndose de polvo de tiza, al dibujar, bajar de la escalera para ver el resultado y volver a subir para cambiarlo.

Se le hacía raro pasar tantas horas sola, con sus ideas materializándose poco a poco a su alrededor, y al final del segundo domingo casi habían llegado a marearla.

Había dibujado la última línea y se sentía satisfecha. Se sentó en el suelo. Por todas partes había contornos blancos de figuras, apiñadas en torno al teatro de marionetas, observando los patos del lago y moviéndose por la habitación en alegre procesión de damas con sombrilla, caballeros con sombreros de paja y niños con aros y peonzas. Algunas se multiplicaban por dos, al reflejarse en los espejos de paredes opuestas, y el efecto era como de sueño. Ha quedado como yo esperaba, pensó, y en su interior brotó una gran alegría, ahogada rápidamente para mirar con severidad las paredes una a una, tratando de descubrir algún error de composición o de proporciones.

Estaba tan absorta que no oyó el ruido de la puerta hasta que se hizo tan insistente que cayó en la cuenta, horrorizada, de que estaban llamando.

Con tal de que no sea Albert que ha cambiado de opinión, pensó, y fue a abrir. Pero no era Albert, sino Max, con su uniforme de la RAF, irradiando calor y fuerza.

—¡Vaya! —exclamó al ver la habitación—. Parece que has encontrado tu entorno.

—¿Qué es entorno? —preguntó Anna, y Max sonrió con una mueca.

—Lo que has encontrado.

Anna le enseñó el restaurante. El miraba las paredes y los bocetos, lleno de entusiasmo y comprensión. Pero las partes que más le gustaban no siempre eran las mejores, y a Anna le alivió comprobar que al menos en ese tema, su juicio era más fiable que el de Max.

—No sabía que fueras a venir —dijo—. ¿Has estado en casa? Max asintió.

—Tengo cinco días de permiso. He terminado el curso.

Eso significaba que le destinarían a un escuadrón de operaciones bélicas.

—¿Ya? —dijo con el mayor desenfado que pudo.

—Sí —replicó Max—, y también mamá y papá dijeron «¿ya?» con la misma expresión de «Dios nos asista» que tú. Sólo estoy haciendo lo que hacen otros miles de personas.

—Ya lo sé —repuso Anna.

—Voy a seguir toda la vida en este país —prosiguió Max—. Tengo que correr los mismos riesgos que los demás.

—No todos hacen operaciones de vuelo —replicó Anna.

Max seguía impertérrito.

—Las personas como yo, sí —dijo. Anna empezó a recoger; enrolló los dibujos y colocó en su sitio las mesas y las sillas.

—¿Cómo has encontrado a mamá y a papá? —preguntó.

Max tardó un poco en contestar.

—No están muy bien, ¿verdad? Anna movió la cabeza.

—Viéndolos todos los días..., una acaba por acostumbrarse.

Max sacó una de las sillas que Anna acababa de retirar y se sentó.

—Lo que me preocupa —dijo—, es que no se me ocurre nada para ayudarlos, incluso si yo pudiera hacer algo. Quiero decir, el dinero serviría, naturalmente, pero no sé cómo van a vivir el resto de su vida.

—Yo nunca he pensado en nada más allá del dinero —replicó Anna.

Había una mancha de tiza en un lateral del teatro de marionetas que la molestaba; la quitó con la manga.

—Quizá después de la guerra... —dijo vagamente.

—Después de la guerra —intervino Max—, si queda algo en Alemania con lo que imprimir libros, y si queda gente que quiera leerlos, probablemente reeditarán las obras de papá... con el tiempo. Pero aun así, él no querría vivir allí.

—No —dijo Anna.

Sería imposible, después de lo que había ocurrido. Tuvo una visión de mamá y papá flotando en una especie de limbo.

—Es curioso —prosiguió Anna—. Cuando era pequeña, me sentía muy segura con ellos. Recuerdo que pensaba que mientras estuviera a su lado, nunca me sentiría como una refugiada. ¿Te acuerdas de mamá en París? Era maravillosa.

—Y sigue siéndolo —replicó Max—. Lo hace todo, mantiene todo en marcha, pero la tensión que sufre hace difícil la convivencia con ella. —Miró las figuras de tiza que paseaban por las paredes—. Me alegro de todo esto —dijo—, y de lo de la academia de pintura. Ahora eres de este país, como yo. Pero mamá y papá...

Anna le vio hacer el gesto entre sonriente y pesaroso que siempre hacía ante las cosas difíciles, y de repente recordó las incontables veces que habían hablado así, compartiendo las preocupaciones de su infancia desbaratada en cuatro países distintos.

—¡Max! —exclamó, rodeándole con sus brazos—. ¡Por lo que más quieras, ten cuidado!

—Vamos, vamos —dijo él, dándole palmaditas en la espalda, con precaución, por temor a la tiza que cubría la ropa de su hermana—. No me va a pasar nada. —Y como Anna siguiera aferrada a él, añadió—: ¡Después de todo, si me pasara algo, mamá no me lo perdonaría nunca!

Anna tardó cinco fines de semana más en acabar de pintar los murales. Por consejo de Bárbara, usaba pintura al temple blanca, que mezclaba con pinturas en polvo para obtener los colores deseados. Los removía en una serie siempre creciente de tarros y latas viejos, y era un trabajo agotador y helador, pero le encantaba. Los murales seguían dando el mismo resultado que ella esperaba, y al ir acabando una a una las paredes, se quedaba mirándolas, ahora cubierta de pintura además de tiza de los pies a la cabeza, con la misma alegría que había experimentado el día en que empezó a trabajar. A veces, cuando pensaba en ellos estando en casa, imaginaba que había pasado por alto algún defecto tremendo, y tenía que ir rápidamente al café a primeras horas de la mañana siguiente a mirar por la ventana para asegurarse. Pero siempre estaban bien, y tanto los clientes como Albert y su mujer parecían satisfechos.

A Max le enviaron a su destino, y al cabo de cierto tiempo escribió contando que había realizado varias maniobras de vuelo y que no había sufrido ningún percance. «Y a la vuelta», decía, «siempre nos dan huevos con tocino, de modo que es una gran mejora en todos los sentidos».

Nadie sabía si había que creérselo o no, pero mamá no soportaba la idea de que pudiera ser de otra forma, y hacía todo lo posible por creer que era cierto.

Anna terminó al fin los murales en mayo. Albert le pagó las quince libras, y como tenía más dinero que jamás había tenido en su vida, decidió invitar a comer en el café primero a mamá y papá, y después a sus amigos de la academia.

Mamá y papá estaban admirados, y Anna se sintió feliz entre ambos, con su jersey nuevo, contemplando su obra con los ojos entrecerrados; sólo de vez en cuando le asaltaba la duda de si no podría haber dibujado mejor una mano o si una figura concreta no habría quedado mejor en otra pared.

—¡Pero es muy profesional! —dijo mamá, y papá añadió—: ¡Es maravilloso!

Le produjo gran placer ver el asombro con que la miraban, y también poder pagar la cuenta al final.

Pero lo que realmente importaba era la gente de la academia —apenas había ido mientras estuvo pintando los murales, ya que no tenía tiempo—, pero estaba nerviosa ante la perspectiva de volver a ver a John Cotmore. Me habrá echado de menos, pensaba. Se le antojaba que el único objetivo de haber decorado el café era enseñárselo a él, y cuando lo hubiera visto y hubiera pasado toda la tarde con ella, algo tenía que cambiar, tenía que ocurrir algo extraordinario y sin precedentes entre ellos. Comprenderá que he madurado, pensaba, que soy más su igual, y entonces él... No estaba segura de lo que haría John Cotmore. Pero habría algún indicio, se comprometería de alguna forma, le demostraría que de ahora en adelante las cosas serían totalmente diferentes entre ellos.

Cuando llegó John, Anna se encontraba en un estado de excitación febril. Oculta tras la carta, en un rincón, le vio parado un momento en la entrada, y la repentina concentración de su rostro al ver los murales. Examinó las paredes una a una, caminando lentamente, y después volvió dos veces sobre sus pasos. Finalmente la vio, a su lado.

—¡Vaya! ¡Has madurado! Si Anna hubiera elegido las palabras, no le habrían salido mejor.

—Confiaba en que te gustaría —dijo, y se quedó escuchando, aturdida y feliz, las alabanzas a la composición, el dibujo y la sutileza de los colores.

—Me esperaba algo bueno —dijo John Cotmore—, pero esto es una sorpresa.

Anna no podía hacer más que sonreír y observarle mientras él volvía a mirar su obra y después la miraba a ella de nuevo.

—¡De modo que esto es lo que has estado haciendo en lugar de ir a clase! —gritó.

Todo ocurría según las previsiones de Anna. Asintió, sonrió, y vio que sus ojos se posaban una vez más sobre ella con una seriedad desconocida. Y de repente aparecieron los demás.

—¡Encantador! —gritó Harry desde la puerta—. ¿No crees que es encantador, John?

Le seguía William el gales, que se acomodó junto a Anna.

—Temía que fueran señoras con miriñaque —dijo—, como en las cajas de bombones de antes, llenas de señoras sin pies. ¿Cómo podré comer, me preguntaba, si lo van a pagar unas señoras con miriñaque y sin pies? Pero ahora —hizo un gesto de respeto hacia la pared—, tengo la conciencia tranquila.

—Un Winterhalter sacado de Berthe Morrisot —dijo Bárbara con decisión, y Anna se sonrojó de satisfacción.

Se le antojó la tarde más agradable de su vida. Incluso la comida (tortilla, buñuelos, empanada de verduras) le pareció deliciosa. Escuchaba extasiada las alabanzas de sus amigos y las novedades: Bárbara tenía un trabajo nuevo, y William el gales había vendido un dibujo, pero pronto le llamarían a filas. Pidió el menú y comió mientras lanzaba ojeadas disimuladas a los murales y observaba el rostro de John Cotmore, y su emoción crecía más y más porque sabía que iba a ocurrir algo más, que aún estaba por llegar lo mejor de la tarde.

Finalmente, cuando acabaron de comer y de tomar el café, Albert le presentó la cuenta y ella la pagó con ademán triunfal. Después se quedaron a la puerta del café, a las primeras luces del atardecer.

—Bueno... —dijo John Cotmore. Anna esperó.

—Gracias; ha sido una velada estupenda —continuó—. Y gracias por haber pintado unos murales tan buenos. —Le cogió la mano y se volvió bruscamente hacia Harry—. Supongo que le estará permitido a uno besar a una alumna favorita, ¿no? —Y sin darle tiempo a pensar, la besó ceremoniosamente en la mejilla—. Felicidades —añadió—. Que pintes muchos más murales como éstos.

A continuación se dio la vuelta, gritó algo que podía ser «Buenas noches» o «Adiós», y se alejó hacia Westminster, con Harry y Bárbara a la zaga.

Anna no podía creer que hubiera ocurrido. Se quedó parada, con la sonrisa helada en los labios, la mano aún lista para coger el brazo de John, y el polvo de Victoria St. arremolinándose a sus pies.

—Un poco cortante, ¿no? —dijo William el gales, y los dos observaron cómo disminuía rápidamente la figura al bajar como un rayo por la calle.

—Bueno —dijo al fin William el gales—, ¿vienes?

Anna se recobró y, aún aturdida, fue con él hasta el metro. William fue hablando todo el rato, pero Anna no oyó ni una palabra. Sólo podía pensar en John Cotmore. ¿Qué demonios había ocurrido? ¿Por qué la había besado así y se había marchado a toda velocidad? ¿Y se había despedido con un «buenas noches» o un «adiós»?

Durante las semanas siguientes, el estado de ánimo de Anna osciló entre la felicidad y la depresión profunda, y la guerra parecía un eco de su humor.

En junio, al fin se convirtió en realidad el segundo frente. Se trataba del desembarco de tropas británicas y americanas en el norte de Francia, primer paso para liberar los países ocupados por los nazis cuatro años antes. Para Anna, al recordar el terrible verano de 1940, esto era mucho más emocionante que todas las victorias en África o Rusia, y una vez aclarado que los aliados estaban firmemente establecidos, empezó a pensar, con cautela y asombro, que tal vez estuviera a la vista el fin de la guerra.

Pero apenas se habían renovado las esperanzas de todos, cuando la llegada de las bombas voladoras * volvió a derrumbarlas. Eran la nueva arma secreta de Hitler: una especie de aviones sin piloto que cruzaban el Canal con una carga explosiva. Cuando se les acababa el combustible, caían a tierra, haciendo estallar todo lo que hubiera por los alrededores. La mayoría estaban preparadas para caer en Londres.

La primera vez que Anna vio una, ni a ella ni al señor Cuddeford se les ocurrió qué podría ser. Oyeron un ruido sordo y vieron moverse lentamente por el cielo un objeto oscuro, redondeado, que arrojaba llamas por la cola. Desapareció bruscamente, cesó el ruido sordo, y al momento siguiente se oyó una fuerte explosión.

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