Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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a Mrs. Hammond y a Mrs. James, y antes de avergonzarles con sus excesivas atenciones al unísono, llegaron al acuerdo tácito de atenderles por turno. Esto significaba que ambas disponían de más tiempo libre. Mrs. Hammond lo empleaba en dictar cartas a Anna o en charlar con las señoras en el cuarto de costura, pero Mrs. James pareció desanimarse. Se sentaba en su despacho improvisado, mirando los montones de ropa de los difuntos con sus enormes ojos vacíos, y a veces ni siquiera se enteraba cuando Anna entraba allí con un recado o una taza de té.

—Me tiene preocupada —decía Mrs. Hammond, pero en cuanto aparecía un joven necesitado, Mrs. James volvía a la vida.

Un día, Anna estaba tomando unas notas en el despacho de Mrs. Hammond. Esta acababa de atender a un teniente de la Fuerza Aérea que había perdido todas sus cosas en un ataque aéreo. El hombre se había mostrado especialmente agradecido, y Mrs. Hammond quería escribir a su comandante para ofrecer ayuda a cualquiera que lo necesitase. Pues bien, apenas había empezado a dictar la carta cuando se abrió la puerta y entró Mrs. James. Estaba más gris y demacrada que nunca y, sin hacer caso de Anna, se dirigió directamente hacia Mrs. Hammond.

—No quiero montar un número —dijo—, pero me tocaba a mí atender a ese joven.

—Pero si se ocupó esta mañana del oficial de Aviación —replicó Mrs. Hammond, sorprendida.

Mrs. James se quedó inmóvil, mirándola con sus grandes ojos, y Mrs. Hammond hizo una seña a Anna para que volviera al cuarto de costura. Al salir ella, Mrs. James volvió a hablar.

—El oficial de Aviación sólo quería una gorra. Eso no cuenta.

Las ancianas habían dejado de coser al aparecer Mrs. James.

—Pasó al lado de estos pijamas como si fuera Lady Macbeth —manifestó Mrs. Riley.

—La pobre, qué mal aspecto tiene —dijo Miss Potter, y Miss Clinton-Brown murmuró:

—Qué forma tan rara de actuar.

Todas aguzaron los oídos para captar los ruidos del despacho, pero solamente se oía un rumor apagado de voces.

Anna acababa de decidir poner agua a hervir para el té, cuando una de las voces se elevó a un tono más agudo.

—¡No es justo! —gimió Mrs. James—. ¡No puedo trabajar con una persona injusta!

La puerta se abrió bruscamente, y Mrs. James salió corriendo.

—¡Además, la idea fue mía! —gritó, y se dirigió al almacén, con Mrs. Hammond a la zaga. Esta intentó cerrar la puerta, pero no lo logró, y Anna vio a Mrs. James pararse en seco a la vista de los uniformes y empezar a manosearlos en la semioscuridad.

—Tiene usted que saber —dijo en un tono de voz a la vez razonable y alarmante— que han muerto muchos más jóvenes que los que siguen vivos. Por eso tenemos toda esta ropa que nadie necesita.

Mrs. Hammond replicó algo así como «no», o «qué tontería», pero Mrs. James no le hizo el menor caso.

—Y como quedan tan pocos jóvenes —prosiguió con la misma voz rara—, hay que repartírselos equitativamente. Y la única forma equitativa es que yo atienda al doble que usted.

Mrs. 'Hammond había estado emitiendo vagos sonidos para tranquilizarla, pero aquella última frase la dejó tan atónita que gritó:

—Por lo que más quiera, ¿puede saberse por qué?

Mrs. James se volvió, y Anna entrevió en su cara una expresión de locura.

—Pues es evidente, ¿no? —contestó—. Después de todo, usted sólo ha perdido un hijo, pero yo dos.

Al mirarla fijamente Mrs. Hammond, añadió:

—Sabía que no iba a entenderlo. No tiene sentido que sigamos juntas.

Más tarde, Mrs. Hammond dijo a Anna que la señora James sufría una depresión nerviosa, y que esperaba arreglar las cosas con ella cuando estuviese más tranquila. Pero Mrs. James no volvió a la oficina. Al cabo de unos días se presentó el hombre chato con una carta que explicaba que de allí en adelante Mrs. James realizaría el proyecto de la ropa para oficiales ella sola, en otro local.

Como había sido idea suya, nadie podía hacer nada. Cargó en un coche los uniformes, los zapatos, pañuelos y camisas, los libros, los palos de golf y las carteras con las que nadie sabía qué hacer y se marchó, dejando a Mrs. Hammond a solas en el almacén vacío.

Varias semanas después se enteró de que Mrs. James estaba demasiado enferma para trabajar y que una organización de caridad se había hecho cargo del proyecto. •

—¿Por qué se derrumbaría de repente, después de tanto tiempo? —preguntó Anna.

—Por los cuatro años de guerra —respondió Mrs. Hammond—. Y porque las noticias son mejores.

Al mirarla Anna sin comprender, añadió impaciente:

—Pensar en la paz... cuando ya no tiene sentido.

Sin el proyecto de la ropa para oficiales, la oficina estaba muy tranquila. Mrs. Hammond siguió yendo durante una temporada, como para demostrar que no tenía importancia, pero en realidad no había mucho que hacer, y poco a poco dejó de acudir una vez, dos veces, y finalmente, tres veces por semana. Los días se hacían largos y aburridos, y a Anna le resultaba difícil soportarlos.

Solamente las nueve, pensaba al llegar por la mañana. ¿Cómo desgranar tantas horas interminables, inútiles, que se extendían ante ella hasta que pudiera ir a la clase de pintura? La hora de la comida era el único rayo de luz, y esperaba impaciente a que las ancianas recogieran su trabajo y se marcharan para salir ella también de aquel lugar.

Cuando hacía mal tiempo se sentaba en el salón de té Lyons, y dibujaba a cuantas personas veía, pero cuando hacía bueno, comía a toda prisa y se iba a deambular por las calles. Descubrió unos establos en la parte trasera de los almacenes del Ejército y la Marina, en los que se cobijaban las muías que llevaban los carros de reparto en época de guerra, y pasó varias semanas tratando de dibujar sus caras melancólicas, extrañamente proporcionadas. Una vez vio a unas chicas vestidas con uniforme de la Fuerza Aérea luchando contra una barrera de globos en Vincent Square, y también las dibujó. A veces no encontraba nada, o no le salían los dibujos como ella quería. Entonces volvía a su máquina de escribir, sintiéndose culpable y deprimida, y la tarde se le hacía más larga que nunca.

Los miércoles eran los peores días, porque no había clase, y esos días sobrevivía haciendo pequeñas compras: un lápiz con una capa de pintura amarilla de antes de la guerra en un almacén secreto que había descubierto en una tienda de Victoria Street, una onza de polvo de sorbete sin racionar que tomaba a escondidas por la tarde, un paquete de sacarina para John Cotmore, a quien le gustaba el té muy dulce, y no la encontraba con facilidad. Por el simple hecho de llevarlo en el bolsillo se sentía más animada, ya que era una prueba de que iba a verle pronto.

Un miércoles, al volver a casa, se encontró con tía Louise en la puerta. Se estaba despidiendo de mamá y papá, y parecía muy contenta.

—Estoy segura —decía— de que a todos nos resultará útil este proyecto.

En ese momento vio a Anna, que llevaba el viejo abrigo del colegio y una falda y un jersey antiquísimos, ya que los miércoles eran unos días tan espantosos que no merecía la pena ponerse nada mejor.

—Ah, hola —dijo tía Louise, al tiempo que sus cejas se alzaban ante aquella visión. Se volvió hacia mamá—. También le vendrá bien a Anna —añadió.

—¿Qué proyecto es ése? —preguntó Anna cuando tía Louise subió a su gran coche azul y se marchó.

—Louise me ha pedido que revise las memorias de Sam —dijo papá.

—Quieren darnos otras veinte libras —añadió mamá.

Anna miró a uno y a otra.

—¿Vas a hacerlo? —preguntó. Papá respondió con cautela:

—Le he dicho que las miraré.

Esa noche, papá estuvo muy callado durante la cena. Para pasar el rato, entre el plato fuerte (empanada de nabos) y el budín, mamá intentaba resolver el crucigrama de The Times. Miss Thwaites la había iniciado en esta actividad, y mamá no sólo se había convertido en una experta, sino que aquello la hacía sentirse muy inglesa. Leía las preguntas en voz alta, anunciaba las soluciones triunfalmente, y de vez en cuando pedía consejo, que Anna le daba, hasta que se dio cuenta de lo aislado que se quedaba papá.

—¿Qué tal son las memorias del profesor? —preguntó en alemán.

Papá levantó los ojos hacia el cielo.

—Increíbles.

Mamá dejó inmediatamente el crucigrama.

—¡Pero las revisarás! —le espetó. En ese momento llegó la camarera con el budín, y papá dijo:

—Ya lo discutiremos arriba. Después, en su habitación, hojeó la última producción del profesor.

—Es increíblemente malo —dijo—. Escucha: «Tenía unos ojos penetrantes, en un rostro enmarcado por abundante barba gris.» Se refiere a Hauptmann, el dramaturgo.

—Pues no está tan mal —replicó mamá.

—¡Espera! —gritó papá—. Esta es Marlene Dietrich. —Volvió una página y leyó—: «Tenía unos ojos penetrantes, en un rostro enmarcado por rizos de color maíz», y una vez más... —Hizo callar a mamá con un gesto de la mano—. «Me sorprendieron los ojos penetrantes en un rostro enmarcado por un pequeño bigote.» Este último es Einstein, y entiendo que a Sam le sorprendiera. Yo diría que también le sorprendería a Einstein ver en qué ha quedado su bigote.

—Hombre, pero él no está acostumbrado a...

—empezó a decir mamá, pero Anna la interrumpió.

—¿Por qué quiere el profesor que revises eso? ¡Tiene que saber que nadie va a publicarlo!

—Tú no sabes nada del asunto —dijo mamá con ira—. Uno de sus pacientes es editor y Louise dice que le interesa mucho. Incluso ha propuesto que lo traduzcan.

Anna recordó lo que había leído papá en el Club Internacional de Escritores hacía tiempo, aquella pieza en que cada palabra era exactamente la adecuada y la emoción que había sentido y cuánto habían aplaudido todos.

—¡Pienso que no debes mezclarte en esto!

—gritó—. Es repugnante... Alguien que escribe como tú metiéndose en una porquería así. ¡Creo que, sencillamente, deberías negarte!

—¡Eso es! —exclamó mamá—. ¿Y qué se te ocurre que le diga a Louise? ¿Que les estamos muy agradecidos por todo lo que nos han ayudado, que sin duda volveremos a necesitarlos, pero que papá se niega a hacer la única cosa que nos han pedido a cambio?

—¡Claro que no! —gritó Anna—. ¡Pero tiene que haber otra forma!

—Me gustaría saber cuál. Anna trató de pensar algo.

—Bueno, tiene que haber algo que puedas hacer —dijo finalmente y añadió—: Es sólo cuestión de tacto.

Mamá estalló, y pasó algún tiempo hasta que papá logró interponerse en el torrente de palabras violentas para decir que aquello no afectaba a Anna, y que más valdría que lo discutieran mamá y él a solas.

Anna salió como una exhalación y se encerró en el cuarto de baño. Por una vez había agua caliente, y se sumergió en la bañera, llena hasta los topes, mirando desafiante la línea de nueve centímetros del fondo que señalaba el máximo volumen permitido en tiempos de guerra. No me importa, pensó; pero no por eso se sintió mejor.

Más tarde, en la habitación compartida, mamá le explicó con cautela que papá y ella habían llegado a un acuerdo. Corregiría los peores excesos del profesor, pero los cambios posteriores correrían por cuenta del editor, cuando se tradujeran al inglés, si es que esto llegaba a ocurrir.

—Entiendo —replicó Anna con igual cautela, y fingió quedarse dormida de inmediato.

Despierta en la habitación cerrada y oscura, oyó llorar quedamente o mamá a unos metros.

—Mamá... —murmuró, abrumada por la pena.

Pero mamá no la oyó, y a Anna le invadió un fuerte deseo de no escuchar los ruidos de la otra cama, de no comprometerse, de estar en otra parte.

John, pensó. La tarde anterior, en la academia, John había enseñado a Bárbara el cuaderno de dibujo de Anna. «Una chiquita con talento, eh?», y después, mientras se dirigían hacia el metro, la había besado a escondidas detrás de una columna. Deseó estar con él ahora, estar con él siempre.

Si me entregase a él, pensó. Una parte de su ser se sentía llena de amor y atrevimiento, en tanto que la otra se reía por lo novelero de la frase. Pero, ¿cómo se acometía aquello? Se imaginó diciendo algo como: «Soy tuya.» Pero, ¿y después? ¿Y si a John le daba vergüenza o simplemente no le apetecía mucho? E incluso si respondía lo que debía, algo así como «Cariño» o «Te quiero», ¿qué pasaba con lo demás? ¿Y dónde lo harían?, pensó asustada. No había visto su dormitorio, pero si se parecía a la cocina...

Habían cesado los ruidos de la otra cama. Mamá debía estar dormida.

Mañana haré las paces con ella, pensó Anna. Y al tiempo que se deslizaba en el sueño, deseó que papá ganase de repente una enorme cantidad de dinero, que no tuvieran que estar agradecidos a los Rosenberg, y que todo fuese completamente distinto.

—Creo que ya es hora de que hagas algo —dijo John Cotmore a Anna unas semanas después, en la academia—. O sea, algo más que dibujar a la modelo o llenar cuadernos de bocetos.

Estaba sentado en el borde de la tarima de la modelo, con William el gales y Bárbara, que asintieron.

—¿Qué podría hacer?

John Cotmore hizo un gesto vago.

—Algo tuyo. Ilustrar un libro, pintar un mural, cualquier cosa.

—¡Un mural!

La idea le resultó atractiva de inmediato. Pero, ¿dónde encontrar una pared?

—Una vez hice un mural en el colegio —dijo Bárbara—. Fue muy divertido. Lo único que necesitas es temple mezclado con aceite y unos pinceles grandes.

—No es que queden muchas paredes —observó William el gales.

1944 había comenzado amenazador, con los peores ataques aéreos desde hacía años.

John Cotmore le hizo callar con un movimiento de la mano.

—Razón de más para pintarlas —replicó.

La idea de pintar un mural se le quedó grabada a Anna, y se sorprendía examinando cualquier superficie vertical con vistas a decorarla. Consideró durante algún tiempo la sala abandonada en que se había almacenado la ropa de los oficiales, pero desechó la idea. Era oscura, y nadie lo vería; no tenía sentido.

Tampoco había nada en el hotel, pero un día encontró el sitio idóneo. Llovía a mares y, en lugar de empaparse caminando hasta el salón de té Lyons, que estaba un poco lejos, decidió comer en un café de Victoria Street. Las mesas estaban abarrotadas de cuerpos humeantes. Pidió un filete ruso (carne picada patrióticamente rebautizada: lo que había sido el filete de Viena de la preguerra), con una agradable sensación de excentricidad.

Al mirar a su alrededor mientras esperaba a que se lo sirvieran, comprendió que aquel café era exactamente lo que buscaba. Consistía en varias habitaciones transformadas en una sola; el resultado era un espacio de formas irregulares limitado por múltiples paredes que formaban ángulos diversos. Todas estaban pintadas de color crema claro, y no tenían nada, salvo unos cuantos espejos. Las contó disimuladamente. Nueve. ¡Nueve paredes que pedían a gritos que las pintaran! Las miró con codicia mientras comía el filete ruso y el bizcocho borracho sin huevo y sin azúcar. Aquí sí que podría hacer algo.

Comió en el café al día siguiente, cosa que la dejó arruinada para el resto de la semana, y estuvo reflexionando varios días antes de reunir valor suficiente para decidirse. Finalmente, al terminar de trabajar una tarde, pasó junto a la puerta dos veces, se asomó a la ventana, y por último entró.

—Está cerrado —dijo un hombre rechoncho que estaba repartiendo tenedores y cuchillos en las mesas.

—No venía a comer —replicó Anna.

—Entonces, ¿a qué?

Anna soltó el discurso que llevaba ensayando desde hacía tres días.

—Soy pintora —dijo—, especializada en murales. He pensado si usted querría que le decorase el restaurante.

Antes de que el hombre rechoncho pudiera contestar, se oyó una voz en el sótano.

—Albert —gritó—. ¿Con quién estás hablando?

—Con una muchacha —voceó Albert—. Quiere pintar.

—¿Lo qué? —gritó la voz.

—Eso, ¿lo qué? —repitió Albert.

—Adornos —respondió Anna en el tono más ampuloso de que fue capaz—. Dibujos en las paredes.

—Dibujos —gritó Albert, al tiempo que la poseedora de aquella voz salía del sótano, diciendo: «Ya lo he oído».

Era una mujer grandona, con la cara pálida y los ojos pequeños y oscuros como los de un erizo, y llevaba una bandeja llena de vasos. Dejó la bandeja en una mesa y miró alternativamente a Anna y a las paredes.

—¿Y de qué son las pinturas? —preguntó. Anna estaba preparada para la pregunta.

—He pensado que como el restaurante se llama Victoria —respondió—, sería bonito poner escenas victorianas. Señores con sombrero de copa, niños jugando con aros..., cosas así.

—Algo pomposo, ¿o no? —dijo Albert.

—Yo qué sé, a lo mejor lo alegraba un poco —replicó la mujerona—, si está bien hecho. —Miró a Anna—. No es que parezca
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