Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






descargar 0.88 Mb.
títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
página16/20
fecha de publicación02.04.2017
tamaño0.88 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Economía > Documentos
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20
* Cockney: Habitante y dialecto de ciertos barrios bajos de Londres. (N. de la T.)

—¿De verdad que te ha caído bien? —preguntó.

—Sí —contestó Max—. Sí, mucho. —Después añadió—. Está divorciado o algo así, ¿no?

En primavera se reanudaron los ataques aéreos. La gente los llamaba incursiones de «gato escaldado», porque los aviones llegaban volando bajo, soltaban las bombas y huían a toda velocidad. No eran peligrosos, sino aburridos. Anna tenía que montar guardia con los observadores de incendios del barrio cada vez que sonaba la alarma aérea. Aún tenía los sabañones del invierno, y era un tormento meter los pies en los zapatos después de que la tibieza de la cama les hubiera producido hinchazón y picor.

Una noche, mientras vigilaba con el señor Cuddeford, éste le dijo:

—He oído decir que tienes buena disposición para la pintura.

Anna admitió que así era, y el señor Cuddeford puso una expresión satisfecha y le comunicó que su tía acababa de morir. Al principio, no estaba muy claro en qué podía afectar a Anna este hecho, pero después se enteró de que también la tía tenía algo de artista (una gran artista, según el señor Cuddeford) y que había dejado gran cantidad de material con el que nadie sabía qué hacer.

—Si quieres algo, puedes llevártelo —le dijo, así que el fin de semana siguiente Anna fue a verlo.

El material era en su mayor parte de la época victoriana, ya que la tía, que había vivido hasta la edad de noventa y tres años, lo había adquirido en su adolescencia. Había dos caballetes, varias paletas y un montón de lienzos, todo ello enormemente pesado y sólido. Anna quedó alucinada al verlo. John Cotmore llevaba algún tiempo animándola a pintar al óleo, y allí estaba casi todo lo que iba a necesitar.

—Creo que me servirá todo —dijo—, si puede desprenderse de ello.

El señor Cuddeford estaba sencillamente encantado de deshacerse de aquello, e incluso le prestó una carretilla para llevar las cosas a casa.

El problema consistía en dónde ponerlo. De ninguna forma podía colocarse en la habitación compartida por mamá y Anna.

—A lo mejor podría usar el garaje —dijo Anna.

Era un edificio aparte en el jardín, ocupado de momento por el viejo cortacésped y otros trastos.

—Pero no puedes subir el caballete aquí cada vez que quieras pintar, con lo que pesa —dijo mamá—. Y además, ¿dónde ibas a colocarlo? No puedes usar los óleos en el salón.

Frau Gruber tuvo una idea. Encima del garaje había una habitación pequeña en la que debía haber dormido el chofer en la época del maharajah. Estaba llena de polvo, pero vacía, e incluso había un lavabo en un rincón.

—No la usa nadie —dijo Frau Gruber—. Podría ser tu estudio.

Anna estaba encantada. Trasladó allí todo el material, quitando antes el polvo por encima, ya que no le molestaba, y miró inquisitivamente a su alrededor. Ahora, todo lo que necesitaba era calefacción, colores y pinceles. Arregló lo de la calefacción comprando una estufa de parafina de segunda mano, pero después de aquello, se quedó sin un céntimo. Era difícil ahorrar en esos días, porque los precios habían subido pero no su sueldo.

—Max —le dijo en la siguiente ocasión en que le vio—, ¿podrías prestarme ocho chelines y nueve peniques?

—¿Para qué? —preguntó él, y Arma se lo explicó.

Max sacó un billete de diez chelines del bolsillo y se lo dio.

—Es un regalo —dijo—, no un préstamo —y al darle Anna las gracias, añadió—: Siempre he querido ser protector de las artes.

Estaban sentados en la cafetería de la estación de Paddington, esperando el tren que llevaría a Max a su destino en la RAF. Últimamente, viajaba mucho a Londres y con frecuencia hacía sólo breves visitas a papá y mamá. Siempre parecía distraído. Anna observó que desmigajaba nerviosamente un brillante objeto amarillo denominado bollo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó—. ¿Por qué tienes tantos permisos para venir a Londres? ¿Tienes algún proyecto?

—No, claro que no —se apresuró a responder—. Vengo a verte a ti, y a Sally, a Prue, a Clarissa, a Peggy...

Tenía un montón de amigas, pero Anna no creyó que fuera ése el motivo.

—De acuerdo —admitió al fin—, pero no se lo cuentes a nadie. Estoy intentando meterme en operaciones.

—¿Quieres decir que vas a volar en acciones de guerra?

Max asintió.

—Como hasta ahora he pasado media docena de entrevistas sin haber llegado a ninguna parte, no tenía mucho sentido hablar del tema.

—Es un riesgo tremendo, ¿no? —dijo Anna. Max se encogió de hombros.

—No mayor que el que corro ahora.

—¡Pero, Max! —exclamó Anna. Le parecía una locura.

—Escucha —dijo Max—, ya he sido instructor durante suficiente tiempo. Estoy aburrido, y cuando me aburro, soy descuidado. La otra noche...

—Se calló.

—¿Qué? —preguntó Anna.

—Pues supongo que estuve a punto de matarme. Y a mi alumno. —De repente cayó en la cuenta de que tenía el bollo en la mano y lo soltó en el plato con asco—. Fue un error estúpido..., una cosa de navegación. Creía que me aproximaba a Manchester... En cualquier caso, casi me estrellé contra una montaña de Gales.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Anna. Max hizo una mueca.

—Girar a la izquierda, con mucha rapidez —respondió. Al ver su expresión, añadió—: No te preocupes. Desde entonces tengo siempre mucho cuidado. Y no se lo cuentes a mamá.

Anna compró las pinturas y los pinceles al día siguiente, a la hora de comer. Por la tarde, en la academia, le pidió consejo a John Cotmore sobre su uso. El le explicó cómo tenía que colocar los colores en la paleta, cómo diluirlos cuando fuera necesario y cómo limpiar los pinceles. Al llegar el fin de semana, se sentía preparada para empezar a pintar.

Había decidido, ya que su primer cuadro seguramente no sería muy bueno (aunque nunca se sabe), no desperdiciar el único lienzo en blanco de que disponía. John Cotmore también le había explicado que se podía pintar sobre un lienzo usado, y Anna había elegido uno no demasiado grande. Debía ser una de las últimas tentativas de la tía del señor Cuddeford, pensó, porque estaba a medio acabar. Mostraba un ciervo de expresión compungida asomándose a un arbusto y, evidentemente, se adivinaba su intención de poner muchos más ciervos brincando al fondo, pero, o bien la tía del señor Cuddeford se había desanimado, o bien la edad había hecho presa en ella; pero en cualquier caso, esta zona del cuadro estaba apenas esbozada.

Anna cogió una barra de carboncillo y, haciendo caso omiso del ojo acusador del ciervo, empezó a ordenar su bosquejo. Se proponía pintar un grupo de personas en un refugio. Desde los últimos ataques aéreos muchas habían vuelto al metro con sus bártulos y sus mantas y el cuadro iba a reflejar no sólo cómo eran sino cómo se sentían. Iba a ser muy sombrío y conmovedor. Dibujó rápidamente las siluetas de tres mujeres, dos sentadas y una tumbada en un camastro, de modo que casi llenó el lienzo. Estrujó los tubos y colocó colores en la paleta, y en ese momento se detuvo.

¿Cómo había que diluir los colores: con aceite de trementina o de linaza? Estaba segura de que John Cotmore le había dicho que de trementina, pero de pronto pensó que sería agradable hablar con él antes de ponerse a pintar. Fue volando hasta el teléfono de fichas, buscó su número en la guía, marcó, y al contestar John Cotmore, Anna descubrió que se había quedado casi sin voz por el nerviosismo.

—¿Sí? —respondió Cotmore. Parecía medio dormido.

—Soy Anna —y John Cotmore se despertó inmediatamente.

—Ah, hola. ¿Qué querías?

—Voy a empezar a pintar. —Parecía tener menos aire en los pulmones que de costumbre, por lo que añadió con toda la rapidez posible—: Para diluir, ¿hay que usar aceite de trementina o de linaza?

—De trementina. El de linaza lo dejaría pegajoso. —Hizo una pausa y añadió—: ¿Eso es todo lo que querías saber?

—Sí —respondió Anna, y a continuación, para alargar la conversación—: Pensaba que había dicho de trementina, pero no estaba segura.

—Sí, desde luego. De trementina.

Se hizo otra pausa, y John Cotmore dijo:

—Bueno, encantado de oír tu voz.

—Y yo también —replicó Anna con infinito atrevimiento.

—¿De verdad? —Rió—. Pues que tengas buena suerte con el cuadro.

Después ya no se le ocurrió nada que decir y tuvo que colgar.

Atravesó el jardín, y pasó mucho tiempo hasta que pudo tranquilizarse lo suficiente para empezar a trabajar.

Pasó ¡a mayor parte del día cubriendo el ciervo. Era imposible ver su composición como era debido mientras el animal siguiera mirando fijamente desde el centro del cuadro, y con las prisas por deshacerse de él, pintó rápidamente los rasgos principales de la mejor forma que pudo. A la mañana siguiente se dedicó a mejorarlo, y hasta la tarde no empezó a tener dudas. Para entonces había pintado todo menos el banco, que sería algo tedioso, pero el cuadro aún no estaba bien. Voy a dejarlo, pensó. Volveré a mirarlo el próximo fin de semana, cuando esté más tranquila.

—¿Qué tal va el cuadro? —preguntó John Cotmore a la semana siguiente en la academia.

Era la primera vez que iba en su busca para hablar con ella a solas.

—No estoy segura —replicó Anna.

Se quedó horrorizada al verlo el sábado siguiente. Una vez seca la pintura, no solamente eran desagradables los colores, sino que el conjunto había quedado plano. Y además, debido a un proceso químico, había reaparecido el ojo del ciervo, que destellaba ligeramente bajo la cara de una de las mujeres.

Bueno, al menos sé lo que he hecho mal, pensó. No tiene luz. Cubrió con pintura el ojo del ciervo y pasó el resto del fin de semana cambiando los colores y poniendo pinceladas de luz en varios sitios. Era difícil, ya que, como fue comprendiendo poco a poco, no estaba segura de dónde debía ir la luz. Al final, el cuadro estaba diferente, pero no mucho mejor (un efecto moteado en lugar de plano) y se sintió muy deprimida.

—Tengo dificultades con el cuadro —le dijo a John Cotmore—. ¿Puedo enseñárselo algún día?

—Naturalmente —replicó. Después añadió distraídamente—: Aquí no se puede hablar como es debido. ¿Por qué no lo llevas a mi casa? Ven a tomar el té el sábado.

Anna se sumió en un mar de confusiones.

Las chicas no iban solas a casa de un hombre... ¿O sí? Por otra parte, ¿por qué no? Le miró, encaramado en uno de los taburetes de la clase. Parecía no darle importancia, como si hubiera propuesto algo muy normal.

—De acuerdo —replicó Anna con una extraña sensación de excitación, y John Cotmore escribió la dirección en un trozo de papel. Después anotó el número de teléfono—. Por si cambias de opinión.

¿Por si cambiaba de opinión? ¿Significaba entonces que no era una cosa tan corriente? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado siempre en el mismo país, y así mamá podría decirme qué tenía que hacer y qué no hacer, para que yo lo supiera!

Estuvo preocupada durante el resto de la semana. Jugaba con la idea de pedirle consejo a mamá, de llamar a última hora diciendo que no, pero sabía todo el tiempo, con emoción creciente, que iría, que no se lo contaría a mamá, y mientras una parte de su mente seguía inventando excusas para acabar con el asunto de una vez, otra parte ya había decidido la ropa que se iba a poner.

Al llegar el sábado, le dijo a mamá, tal y como en el fondo había sabido haría, que iba a ver a una amiga de la academia de dibujo, y se marchó.

John Cotmore vivía en una calle tranquila de Hamsptead. Era el primer día cálido del año y, mientras Anna caminaba lentamente desde la estación del metro, pasó junto a árboles en flor, gente que arreglaba los jardines y ventanas abiertas. Llegaba pronto, así que tuvo tiempo de dar varios paseos antes de detenerse ante su puerta. Un cartel encima del timbre decía «No funciona» y, tras un momento de vacilación, cogió el llamador. No ocurrió nada y el pánico se apoderó de ella al pensar que tal vez la hubiera olvidado y hubiera salido, sensación que fue reemplazada por otra de alivio y una clase diferente de pánico cuando se abrió la puerta y apareció John Cotmore en el umbral.

—Hola —dijo. Llevaba un jersey azul que nunca le había visto y una cuchara en la mano—. Estaba preparando el té.

Anna enarboló el cuadro envuelto en papel marrón, como si se tratara de un pasaporte, y entró en la casa detrás de él.

Era luminosa y semivacía; las motas de polvo bailaban en la luz del gran salón desordenado.

—Siéntate —dijo él, y Anna se sentó en una silla, con el cuadro a su lado.

Por la puerta del extremo del salón vio su estudio, donde había dibujos por todas partes.

—Estoy preparando otra exposición —dijo John Cotmore—. Estos son algunos de los que he hecho últimamente.

—¡Ah! —exclamó Anna, y se levantó para verlos.

La mayoría eran figuras, y unos cuantos paisajes a plumilla y aguada, todos ellos dibujados con su precisión y sensibilidad habituales. Le daba vergüenza estarlos mirando mientras él la observaba, pero le gustaban de verdad, por lo que se le ocurrieron varios comentarios. Había uno en especial, un dibujo a la aguada de árboles y una amplia extensión de cielo, que daba tal sensación de humedad y primavera, que se olvidó de sus rebuscadas frases para exclamar: «¡Es precioso!»

El lo contemplaba con expresión crítica, por encima del hombro de Anna.

—¿Crees que debo incluirlo?

—¡Claro que sí! —gritó—. ¡Es maravilloso!

John Cotmore estaba muy cerca de ella, y durante unos momentos, Anna sintió la mano de él sobre su brazo.

—Eres encantadora —dijo, y añadió—: Tengo que poner el agua a calentar —y desapareció, dejándola a solas y ligeramente aturdida.

Le oyó trastear en la cocina cercana (debía haber encontrado algo más que hacer que calentar el agua) y al cabo de un rato se puso a mirar otro montón de dibujos que había sobre el sofá. La mayoría parecían ser bocetos sin acabar o desechados, pero había uno diferente a los demás. Mostraba a un hombre haciendo funcionar una máquina. El hombre era muy fuerte, y cada trozo de la máquina, hasta el tornillo más diminuto, estaba cuidadosamente dibujado y sombreado. Lo estaba mirando, sorprendida, cuando oyó su voz detrás de ella.

—Ese no es mío —dijo—. Es de mi mujer. Parecía enfadado, y Anna lo soltó como si estuviera al rojo vivo.

—No entendía por qué era tan distinto —se apresuró a decir, al tiempo que veía, con alivio, que John Cotmore sonreía.

—Sí, es asombroso..., tantos tornillos y tuercas. —Devolvió el dibujo a su sitio y puso algunos encima—. Pero es muy preciso. A ella le importa mucho la significación social, mientras que a mí...

—Hizo un gesto abarcando su obra y Anna asintió, comprensiva.

Debe ser espantoso para un hombre de su sensibilidad estar atado a alguien tan aficionado a las tuercas y los tornillos.

—Es más sencillo desde que vivimos separados —dijo—. Cada uno por su lado... Una solución amistosa.

Anna no sabía qué responder, y él añadió:

—A tu edad, es probable que no sepas nada de estas cosas, pero las personas cometen errores, y los matrimonios se deshacen. No sirve de nada echarle la culpa a nadie.

Anna asintió otra vez, conmovida por su generosidad.

—Bueno —dijo John Cotmore—, vamos a tomar el té.

La cocina estaba aún más desordenada que el salón, pero había hecho sitio para colocar una bandeja dispuesta para dos. Le ayudó a llevarla al salón, que ahora parecía menos luminoso, porque el sol se había escondido tras una esquina. El encendió la estufa de gas y acercó dos sillas. Anna le observó servir el té en dos tazas de formas diferentes, y después se sentaron juntos al pálido destello de la estufa.

—He estado trabajando a tope —dijo John Cotmore, y le habló de su trabajo, del enmarcador, y de la dificultad de encontrar la clase adecuada de papel durante la guerra.

La habitación se fue caldeando poco a poco. Anna observó las arrugas que formaba el jersey en los codos de él, sus dedos huesudos que rodeaban la taza. La invadió un gran contento. La voz del hombre zumbaba agradablemente, y hacía tiempo que había dejado de escuchar sus palabras, cuando se calló bruscamente.

—¿Qué? —preguntó Anna. Tenía la sensación de que le había formulado una pregunta.

—¿Y tu cuadro? —dijo John Cotmore.

—¡El cuadro!

Anna se levantó de un salto, confusa, para ir a buscarlo.

Al sacarlo de la envoltura, tenía peor aspecto que nunca, y la expresión de John Cotmore al verlo fue inconfundible.

—Es espantoso —dijo Anna—. Sé que es espantoso, pero he pensado que usted podría ayudarme.

El se quedó mirándolo en silencio. Señaló una forma brumosa que había aparecido en el centro, y preguntó:

—¿Qué es eso?

—Un ciervo —respondió Anna.

—¿Un ciervo? —repitió asombrado.

De repente Anna se llenó de rabia y vergüenza por haber estropeado la tarde con aquella monstruosidad.

—¡Sí! —gritó—. ¡Un puñetero ciervo que estaba debajo y que reaparece continuamente, y yo no sé cómo se las arregla la gente con estos cuadros absurdos, y creo que lo único que puedo hacer es darme por vencida!

Le miró con furia, retándole a que se riera. El le rodeó los hombros con el brazo.

—Vamos —dijo—. No es para tanto. Lo que intentabas hacer no está mal. Lo que ocurre es que te queda mucho que aprender.

Anna no dijo nada.

John Cotmore puso el cuadro en una silla, pero dejó el brazo donde estaba.

—Verás —dijo—; me han ofrecido otra clase nocturna. He pensado que podía ser de pintura en lugar de dibujo. ¿Qué te parece?

Por la mente de Arma cruzó la idea de que si iba a haber una clase de pintura podría habérselo enseñado en la academia en lugar de venir a su casa, pero no le hizo caso.

—Sería estupendo —respondió débilmente. La cara del hombre estaba muy cerca de la suya.

—Sólo quería saber —murmuró— lo que tú opinabas.

Y entonces, tal y como Anna siempre supo que ocurriría, la rodeó con el otro brazo y la besó delicada, lenta y amorosamente en los labios.

¡Me están besando!, pensó, y se quedó horrorizada al sorprenderse mirando por encima del hombro de John Cotmore el espejo que había sobre la chimenea para ver qué impresión daba. Tenía las manos apretadas tras el cuello de él; las separó precipitadamente y las colocó sobre los hombros. Pero al mismo tiempo, en su interior se agitó algo que nunca había experimentado, y la felicidad que sentía desde hacía tiempo alcanzó el punto culminante. Esto es, pensó. En esto consistía. Esta es la cosa maravillosa que siempre supo que iba a suceder.

La soltó al cabo de un largo rato.

—Perdona —dijo—. No tenía intención de hacerlo.

Anna se encontró sentada, sin comprender cómo.

—No te preocupes —dijo. Pensó en añadir: «No me importa», pero no le pareció apropiado.

El se sentó en la otra silla, a su lado, y durante un largo rato, desapareció todo, salvo la habitación y la estufa y su felicidad abrumadora.

—Tengo que hablar contigo muy seriamente —dijo al fin John Cotmore. Anna le miró.

—No, en serio —insistió él—. Eres muy joven.

Tengo dieciocho años —dijo Anna. Por alguna razón, no podía dejar de sonreír.

—Dieciocho —repitió él—. Y eres feliz, ¿no?

—Pues sí —respondió Anna—. Claro.

—Bueno..., no sé cómo explicártelo... No quisiera molestarte.

¿Por qué tenía que hablar tanto? Ella se conformaría con quedarse como estaba, simplemente sentada. ¿Ya qué se refería con lo de molestarla? Si fuera inglesa, pensó, sabría a qué se refiere.

—¿Molestarme? —dijo.

—Si te hiciese el amor ahora... —Esperó—. Te molestaría, ¿verdad?

Pero a ella no le molestaría que la volviera a besar, o que la tomara de la mano. ¿Qué quería decir lo de hacerle el amor?

Para disimular su confusión, respondió, como sin darle importancia:

—No necesariamente.

—¿No te molestaría que te hiciese el amor? —Parecía muy sorprendido.

Una chica inglesa sabría qué hacer, pensó desesperada, sabría exactamente qué hacer. ¿Por qué no se habría educado en un solo país, como todo el mundo?

John Cotmore esperaba su respuesta, y al fin Anna se encogió de hombros.

—Bueno —dijo en el tono más mundano que pudo adoptar—, ¡hace un momento no me molestó! El se reclinó en su silla.

—¿Quieres más té? —preguntó al cabo de un momento.

—No.

Pero él se sirvió una taza y lo bebió lentamente. Después se levantó y la cogió de la mano.

—Venga —dijo—. Vas a marcharte a casa.

—¿Ahora?

—Ahora.

Antes de que pudiera recobrarse de la sorpresa, John Cotmore había cogido su abrigo y se lo había puesto, como si fuera una niña. Le dio el cuadro, envuelto en su bolsa de papel..

—Eso es. Vete a casa antes del oscurecimiento.

Habían llegado a la puerta, y a Anna se le olvidaron todas las palabras cuando él volvió a besarla.

—¿Lo comprendes, verdad? —murmuró—. Es que no quiero molestarte.

Ella asintió, conmovida por el tono cálido de su voz. Parecía esperar algo más, de modo que le dijo:

—Gracias.

Durante el trayecto en metro hasta casa pensó en lo maravilloso que era. Porque debía referirse a... Pero la quería demasiado, la respetaba demasiado. ¡A aprovecharse de mí!, pensó, y la frase se le antojó deliciosamente divertida. Rememoró lentamente la tarde, mirada a mirada, palabra a palabra, gesto a gesto. ¡Me quiere!, pensó incrédula. ¡John Cotmore me quiere! Tuvo la sensación de que debía notársele en algo, que debía tener una expresión diferente. Contempló su imagen reflejada en la ventanilla, precipitándose obscuramente por los túneles, y se sorprendió al comprobar que era igual que siempre. Me quiere, pensó otra vez, yo estoy aquí, en la línea de Bakerloo, y él me quiere.

Después pensó: no debo olvidar este momento. Porque si no vuelve a ocurrirme nada bueno, habría merecido la pena vivir para sentir lo que siento ahora.

Fue un verano malo, pero Anna casi no lo notó. Sólo pensaba en John Cotmore y en aprender a pintar. Habían puesto las clases de pintura los viernes, de modo que le veía cuatro tardes a la semana. En la academia, e incluso en el café, la trataba como a los demás. Es natural, pensaba Anna; tenía que hacerlo así. Pero cuando se encontraban a solas en el pasillo o cuando iban en el metro, él la besaba como lo había hecho en su estudio, despejando cualquier duda que Anna albergase sobre sus sentimientos hacia ella. Después, John Cotmore siempre se reprochaba su propia debilidad, cosa que demostraba, a juicio de Anna, que era una persona maravillosa y la hacía admirarle aún más. Vivía en medio de una felicidad deslumbrante de lunes a viernes (con un pequeño bajón los miércoles, día en que no había clase) y atravesaba como podía el árido desierto de los fines de semana hasta que volvía a aproximarse el lunes.

Estoy enamorada, pensaba. Muchas veces se había preguntado si le ocurriría alguna vez, y le satisfacía que así hubiera sido. Si la gente lo supiera, pensaba mientras empaquetaba lana y confeccionaba listas de elementos de uniformes. ¡Si de repente les dijera: estoy enamorada de mi profesor de dibujo! Después reflexionaba: qué cursilada; las chicas victorianas siempre se enamoraban de su profesor de dibujo. Pero demostraba gran lucidez al darse cuenta de que era una cursilada. ¡Y, sin embargo, qué extraño que el hecho de saber que lo era no cambiase en nada sus sentimientos! Mimaba secretamente todas aquellas complicadas emociones nuevas mientras seguía enviando lana azul marino a ancianitas desvalidas que habían pedido especialmente sólo lana azul de la Fuerza Aérea, y desviaba sus reflexiones por otro camino: ¡estoy enamorada de un hombre casado!

Por suerte, estas emociones no afectaban a su trabajo en la academia de pintura. Por el contrario, era como si hubiera adquirido un sentido de la percepción más amplio, y sus dibujos y la técnica pictórica recientemente aprendida mejoraban a ojos vistas de una semana a otra.

«Parece que estás en una buena racha», dijo William el gales, y Anna sonrió por lo adecuado de la frase.

Incluso la guerra mejoraba. El ejército británico había ganado la batalla del Norte de África, y en agosto, los rusos empezaron a hacer retroceder a los alemanes hacia sus propias fronteras. Mucha gente pensaba que la guerra acabaría al cabo de un año.

Solamente en casa habían empeorado las cosas. Frau Gruber, que siempre había intentado cobrarles poco, tuvo que subir los precios del alojamiento y la comida en cinco chelines a la semana. Anna podía pagarlo a duras penas, pero mamá y papá quedaban prácticamente insolventes.

Desesperada, mamá le pidió a su nuevo jefe un aumento de sueldo. Era un refugiado fabricante de vestidos, con un modesto taller a espaldas de Oxford Circus. Hablaba mal el inglés, y mamá no sólo mecanografiaba las cartas, sino que las corregía. Pero el negocio producía muy pocos beneficios, y cuando mamá le habló del dinero, extendió los brazos y dijo: «¡Lo siento, querida, pero más no puedo yo!»

Al principio mamá se consoló riéndose con Anna de aquella extraña fraseología, pero ambas sabían que era un desastre. Significaba, una vez más, que cada tubo de pasta de dientes, cada reparación de calzado, equivalía a una crisis monumental y que, por mucho que rebañara y ahorrara, no podría pagar la cuenta al final de la semana.

—¿No crees que Max...? —sugirió Anna, pero mamá exclamó—: ¡No!

Max había logrado al fin que le trasladasen a las operaciones de vuelo, y mamá estaba terriblemente preocupada por él. Había convencido a la Comandancia Costera de que le admitiesen, alegando que, aunque las normas de la RAF le prohibieran volar sobre territorio enemigo, nada podía impedir que volara sobre el mar. Aún estaba en período de instrucción, pero pronto arriesgaría la vida tres, cuatro, cinco veces a la semana.

—No —repitió mamá—. No voy a pedirle dinero a Max.

Al final, y como siempre, tía Louise acudió en su ayuda. Le dio a mamá veinte libras, y como el déficit semanal era solamente una cuestión de chelines, durarían muchos meses.

—Es una verdadera amiga —dijo mamá. Le parecía conmovedor que tía Louise le hubiera preguntado con mucha timidez si, a cambio, a papá le importaría echar un vistazo a una cosa que había escrito el profesor.

—Para él significaría mucho contar con la opinión de un gran escritor —había dicho.

Papá suspiró y dijo que no se imaginaba al profesor escribiendo nada que no fuera un libro de medicina.

—¡Que Dios nos proteja si es poesía! —dijo, y mamá le espetó—: ¡Sea lo que sea, tendrás que ser amable!

Resultó que el profesor no estaba escribiendo ni poemas ni libros de medicina, sino sus memorias. Se las dictaba a su secretaria, en el campo, y hasta entonces habían producido dos capítulos entre ambos.

—¿Qué tal son? —preguntó Anna a papá. Se encogió de hombros.

—No sabe escribir —respondió—, pero hay cosas interesantes. Por ejemplo, yo no sabía que el ministro de Justicia de la República de Weimar tuviese úlcera de estómago.

Ni siquiera aquello le parecía interesante a Anna.

—¿Qué vas a hacer? Papá torció el gesto.

—Supongo que tendré que hablar con él sobre el asunto.

Al profesor le animaron mucho los comentarios de papá, a pesar de ser tan cautelosos. Escuchó distraído el consejo de papá de construir frases cortas y limitar al mínimo los adjetivos.

—¡Espera a ver los dos capítulos siguientes! —gritó—. Tratan de mi vida social. —Muchos de sus pacientes de Berlín eran famosos, y él había asistido a todas sus fiestas.

—Me temo que va a escribir un montón de sandeces —dijo papá al volver de su casa, pero mamá intervino—: ¿Y qué tiene de malo revisárselo?

El profesor debió tardar más tiempo en escribir los dos capítulos siguientes, porque a papá no le llegó ningún manuscrito durante una temporada.

Anna iba a la oficina y a las clases nocturnas, y soñaba con John Cotmore. Le resultaba difícil interesarse por su trabajo de secretaria, y una vez creó el caos en la sala de costura al colocar distraídamente las piezas cortadas en el sitio de Miss Potter en vez de en el de Miss Clinton-Brown. Miss Potter cortó tres pares de pijamas antes de que pudieran detenerla, con un total de seis patas de la derecha y ninguna de la izquierda. Cuando Mrs. Riley la echó en cara su error, se echó a llorar y tuvo que irse a casa con su periquito, y Miss Clinton-Brown se escandalizó de tal modo que tuvo que pedir a Dios paciencia, con escasos resultados.

No había mucho que hacer en el departamento de ropa de oficiales. Se hundían menos barcos y los marineros que antes necesitaban con tanta frecuencia que les reequipasen por completo, ahora apenas venían.

De hecho, no había suficientes jóvenes para mantener ocupadas
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20

similar:

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen de la primera parte. (Primera parte de Guzmán de Alfarache)

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPara z porque la extraño y la portada, que es suya, no podía faltar...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconDr. James Iffland (Boston University)
«El Quijote desde América (Segunda Parte)» es un simposio internacional en celebración del IV centenario de la publicación de la...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconSíntesis. Para esta primera parte leer: Roberto Amigo

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte






© 2015
contactos
l.exam-10.com