Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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National Gallery presentó una exposición de cuadros de impresionistas franceses. Era un gran acontecimiento, porque todos los cuadros de valor se habían escondido desde el comienzo de la guerra para protegerlos de los bombardeos. Pero últimamente sólo se habían dado unos cuantos ataques aéreos en Londres (la Luftwaffe debía estar demasiado ocupada luchando en Rusia) y consideraron que merecía la pena correr el riesgo de volver a exhibirlos.

Anna nunca los había visto. Había un libro sobre el tema en la biblioteca, pero solamente tenía reproducciones en blanco y negro, por lo que no podía verse realmente cómo eran los cuadros. De modo que fue a verlos el primer domingo después de la inauguración.

Era un día luminoso y frío, y se sentía contenta porque era fin de semana, y porque había hecho dos buenos dibujos en los últimos días, y porque al fin mamá tenía trabajo; no muy bueno, pero tras la preocupación de las últimas semanas, suponía un alivio para ella contar con algo.

Al cruzar Trafalgar Square, los leones proyectaban sombras de duros contornos sobre la acera, y había más gente que de costumbre apiñada junto a la estatua de Nelson en el aire cortante. Las fuentes no funcionaban desde el principio de la guerra, pero al pasar entre ellas, se deshizo a sus pies una bandada de palomas y vio las salpicaduras de sus alas tornarse negras al elevarse hacia el cielo brillante. De repente la invadió una oleada de alegría, como si estuviera volando con ellas. Va a pasar algo maravilloso, pensó; pero, ¿qué?

La National Gallery estaba abarrotada, y tuvo que abrirse camino a empujones por la escalera para entrar en una de las salas principales. También estaba llena de gente, por lo que al principio sólo pudo ver trozos de cuadros entre cabezas que se agitaban. En seguida supo que le gustaban. Se parecían a la plaza, brillantes de luz y de una especie de promesa gozosa.

Estaban colgados sin ningún orden preciso, y la dejó aturdida ir de una sala a otra viendo tal cantidad de ellos. No sabía qué ver primero, ya que todo le era desconocido y se quedaba mirando paisajes, figuras e interiores indiscriminadamente, entre los cuerpos móviles de la multitud. Cuando llegó al final volvió a empezar, y en esta ocasión, le llamaron poderosamente la atención algunas cosas: una masa de nenúfares verdes en un estanque verde, una mujer en un jardín, una bailarina de dibujo milagroso probándose una zapatilla.

Pero a la tercera vuelta ya había cambiado de opinión. Los nenúfares que tanto la habían deslumbrado ahora le parecieron menos notables y, en su lugar, se quedó fascinada por unos bañistas pintados enteramente con diminutas manchas de color brillante. Miró una y otra vez, y finalmente, cuando ya no podía ver más, se abrió paso hasta un mostrador al lado de la puerta de salida con la esperanza de comprar una reproducción en tarjeta postal para contemplarla en casa, pero la galería estaba a punto de cerrar y no quedaba ninguna. Debía haber estado viendo los cuadros casi tres horas, pensó con sorpresa.

Se detuvo un momento al salir a la escalera que daba a Trafalgar Square, ahora de color púrpura en el crepúsculo. No le apetecía el fastidio de autobuses y metros y cenas en casa. Se quedó mirando el otro lado de la plaza atardecida, con una vaga sensación de estar flotando.

Una voz a su espalda dijo «Hola» y al volverse vio a John Cotmore con su vieja trenca.

—¿Qué te parecen los impresionistas? —le preguntó, poniéndose a su lado, junto a la barandilla.

—Me han encantado —contestó Anna. El sonrió.

—¿Es la primera vez que los ves? Anna asintió.

—La primera vez que yo los vi fue hace veinte años —dijo—. En París. Entonces yo era un joven bastante aparente.

A Anna no se le ocurría ninguna réplica. Finalmente dijo:

—Yo antes vivía en París. Fui allí al colegio.

—¿Qué, a un internado? —preguntó John Cotmore, y Anna se rió.

—No, a la école communale, a la escuela primaria.

Se produjo un éxodo repentino en la galería, y pasó una riada de gente junto a ellos, cercándolos.

—Soy refugiada alemana —dijo, e inmediatamente se preguntó por qué demonios lo había hecho. Pero como el señor Cotmore parecía interesado y no demasiado sorprendido, siguió habiéndole de Max y de mamá y papá y de su vida desde que abandonaran Berlín.

—Normalmente no se lo cuento a la gente —concluyó.

Eso sí le sorprendió.

—¿Por qué? —preguntó.

—Pues... —Para Anna era evidente—. Piensan que es raro.

John Cotmore frunció el ceño.

—Yo no creo que sea raro. Tal vez no lo sea, pensó Anna, mientras la oscuridad se cerraba sobre ellos y se oía el repiquetear de las últimas pisadas. De repente hacía frío, pero John Cotmore no parecía tener prisa por marcharse.

—No puedes ir por ahí fingiendo ser algo que no eres —dijo—. El país en que has nacido forma parte de ti, igual que tu talento para dibujar.

Anna sonrió, oyendo sólo la palabra «talento».

—Así que nada de fingimientos. —La cogió del brazo—. Vamos, te acompañaré hasta el metro.

Caminaron por las estrechas aceras de una calle lateral, y al llegar al Embankment, Anna volvió a sentirse llena de la alegría que había experimentado aquella tarde. Pero esta vez, en lugar de carecer de forma, parecía englobar los cuadros que había visto y el hecho de estar paseando al atardecer con John Cotmore, así como una enorme y misteriosa sensación de expectación.

La sensación era tan fuerte que sonrió involuntariamente, y él preguntó, con expresión de enfado:

—¿De qué te ríes?

Mientras hablaba, Anna apenas le había escuchado. Era algo sobre vivir solo, sobre hacerse él mismo la cena. ¿Es que su mujer se había marchado?

Se apresuró a decir:

—Lo siento, no me río de nada. Es que... Vaciló, porque le parecía una estupidez.

—He estado muy contenta todo el día —soltó al fin.

—¡Ah! —John Cotmore asintió—. Supongo que a tu edad... Pero, ¿cuántos años tienes?

—Dieciocho —respondió Anna.

—¿De veras? —dijo, con gran fastidio de Anna—. Pareces mucho más joven.

Habían llegado a la estación del metro, y se quedaron juntos un momento antes de que Anna comprase el billete. Después, al entrar Anna en el ascensor, él gritó:

—¡Hasta el martes!

—¡Hasta el martes! —gritó ella a su vez, y en su interior volvió a brotar la alegría, que le duró todo el trayecto hasta Putney.

Persistía el tiempo frío y soleado, y también la alegría de Anna. Tenía una conciencia casi dolo-rosa de todos los sonidos, formas y colores que la rodeaban, y quería dibujar todo lo que se presentaba ante sus ojos. Dibujaba en el metro y a la hora de comer, y al llegar a casa por la tarde. Llenaba un cuaderno tras otro con dibujos de personas agarradas a la barra del metro, sentadas, comiendo y hablando, y cuando no estaba dibujando, reflexionaba sobre el dibujo.

Todo le gustaba. Se sentía como si hubiera estado dormida durante años y acabara de despertarse. Por la mañana, al coger el autobús en Putney Hill hasta la estación del metro, se quedaba en la parte de atrás, para no perderse ni un momento el panorama que se veía al cruzar el río con las primeras luces. Pasaba horas hojeando un libro sobre los impresionistas franceses que le había prestado John Cotmore, y algunas reproducciones le fascinaban tanto que era casi como si pudiera palparlas con los ojos. Cuando había música en la radio del salón, le parecía intolerablemente bella y, en el trabajo, la vista de la ropa de los hombres muertos le ponía terriblemente triste. (Pero incluso esto, por extraño que parezca, era agradable.) Se unió al grupo de observadores de incendios, lo que significaba quedarse en vela siempre que sonaba la alarma aérea, hora tras hora en la oscuridad, admirando las formas confusas del paisaje suburbano a la luz de las estrellas.

Una noche estaba de guardia con el señor Cuddeford, que era el jefe del grupo. Habían caído unas cuantas bombas, pero ninguna de ellas cerca, y desde Putney Hill habían disparado las ametralladoras antiaéreas. Ninguna de las bombas era incendiaria, que es lo que esperaban el señor Cuddeford y Anna. Hacía mucho frío y el final de la alarma tardaba en sonar. El señor Cuddeford se puso a hablar de sus experiencias en la anterior guerra mundial.

Había estado en las trincheras, donde todos habían sufrido mucho, especialmente el señor Cuddeford, que padecía de varices. A algunos hombres los habían herido y a otros se les habían hinchado los pies, pero el señor Cuddeford tenía varices. Por si Anna no sabía lo que eran las varices se lo explicó y también lo que sentía exactamente y la opinión del médico sobre las suyas en concreto.

Como todo lo demás durante las últimas semanas, las varices del señor Cuddeford se presentaron vividamente ante la imaginación de Anna y mientras proseguía con su descripción descubrió que estaba un poco mareada. Qué bobada, pensó, pero la sensación aumentó de forma alarmante, hasta que, de repente, al decir el señor Cuddeford: «De modo que el médico me dijo: 'Tendremos que sajar'», le invadieron unas náuseas sofocantes.

Anna murmuró:

—Perdone, me siento mal —y, en ese momento sorprendentemente, el cielo se movió hacia un lado y el suelo se tambaleó, y se encontró tumbada sobre unas hojas húmedas, mientras el señor Cuddeford tocaba el silbato—. Estoy bien —dijo, pero él le ordenó que se quedara quieta, y casi al instante aparecieron las botas de otro observador de incendios a su lado.

—Se ha desmayado —dijo el señor Cuddeford con cierta satisfacción—. Debe haber sido por el frío.

—No, de verdad —dijo Anna, pero ya habían llevado una camilla y la estaban colocando en ella.

—¡Aupa! —exclamó el señor Cuddeford. La levantaron y la camilla empezó a moverse por la oscuridad. Árboles y nubes pasaban irregularmente por encima de su cabeza y durante unos momentos lo contempló con gusto, pero al llegar al hotel cayó en la cuenta de lo que creerían mamá y papá.

—De verdad —insistió—, ya puedo andar.

Pero los observadores de incendios no habían tenido acción desde hacía meses y no hubo forma de pararlos. La metieron por la puerta principal y mamá, que debía haberlos visto desde la ventana, bajó precipitadamente la escalera en bata.

—¡Anna! —gritó tan fuerte que se abrieron varias puertas, y detrás de ella apareció el Palomo Torcaz, seguido por las dos señoras checas y los Poznanski.

—¿Qué se ha hecho? —preguntó el Palomo Torcaz.

—Sí, ¿qué ha pasado? —gritó mamá, y Mr. Poznanski que, curiosamente, llevaba una redecilla del pelo, voceó desde la parte superior de la escalera—: ¡Un médico cogeré!

—¡No! —exclamó Anna, y el señor Cuddeford al fin la dejó bajar de la camilla para que pudiese demostrar a todos que estaba perfectamente.

—Ha sido por las varices del señor Cuddeford —explicó una vez que se hubieron marchado sus salvadores, y a ella misma le pareció ridículo.

Cuando mamá se recuperó del susto, admitió que el incidente era bastante divertido, pero dijo:

—Antes no te alterabas tan fácilmente. Es cierto, pensó Anna, y se maravilló del cambio que había experimentado.

Las clases nocturnas eran el punto focal de su mundo. Ahora iba tres veces a la semana, y John Cotmore no sólo la ayudaba en los dibujos con modelo, sino que se interesaba por los bocetos que hacía fuera de la academia.

—Son muy buenos —le dijo en una ocasión, tras examinar una serie de dibujos de unos trabajadores limpiando de escombros un solar arrasado por las bombas, y se sintió como si de repente le hubieran salido alas.

Era desolador y a la vez excitante estar absorta en algo de lo que mamá y papá sabían tan poco. Ninguno de los dos había sentido jamás el menor deseo de dibujar. Una vez, mientras John Cotmore hablaba en el café, Anna comprendió de repente la pintura abstracta, que en casa siempre habían considerado como una especie de broma, y a la sensación de júbilo le siguió una especie de punzada de arrepentimiento.

Cuanto me estoy alejando de ellos, pensó, y mamá también debe haberlo notado, porque aunque admiraba los dibujos de Anna, cada día le irritaban más las clases nocturnas.

—¡Siempre con esa pesadez de academia! —decía. «¡No tendrás que ir otra vez!» Y preguntaba a Anna qué clase de personas conocía allí y qué demonios tenían que hablar todo el tiempo.

A veces, Anna intentaba explicarlo y mamá escuchaba, con sus ojos azules brillando de concentración mientras Anna exponía una idea suya sobre el dibujo.

—Sí, lo entiendo. Es sencillo —decía mamá al final, y volvía a exponerlo ella para demostrar que, efectivamente, lo había comprendido.

Pero a Anna siempre le quedaba la sospecha de que, durante la explicación, había omitido algún elemento esencial, de modo que mamá no sólo no lo había comprendido, sino que la propia idea había mermado en el proceso, y había vuelto a ella más pobre y magra que antes.

Hablar con papá era más satisfactorio. Había que superar una dificultad inicial, por el hecho de que Anna no conocía las palabras para decir lo que quería en alemán, y papá no las conocía en inglés. Tenía que hablar sucesivamente en ambos idiomas, y añadir un poco de francés hasta desentrañar el significado, a veces, según pensaba, más por telepatía que por otra cosa. Pero entonces papá lo comprendía perfectamente.

«Es muy interesante que pienses así», decía papá, y hablaba sobre algún aspecto comparable de la literatura, o le preguntaba su opinión sobre un pintor que Anna no había mencionado.

Tanto él como mamá sentían curiosidad por John Cotmore y los alumnos con los que Anna pasaba tanto tiempo.

—¿Qué clase de personas son? —preguntó papá, y mamá añadió—: ¿Cómo son sus familias?

—Supongo que serán familias de todas clases —respondió Anna—. Algunos tienen acento cockney *. Creo que Harry es de clase muy alta. Me caen bien porque todos dibujan.

—Ese John Cotmore —dijo mamá—, ¿cuántos años tiene?

(Por qué tendrá que llamarle «ese» John Cotmore?)

—No lo sé —respondió Anna—. Es mayor..., unos cuarenta. —Después añadió hipócritamente—: Es una lástima que no puedas conocerlos —sabiendo muy bien que había pocas posibilidades de que mamá los conociera.

Pero la siguiente vez que Max fue a casa de permiso, propuso a Anna ir con ella al café después de la clase. Probablemente es idea de mamá, pensó Anna, pero no le importó; de todas formas, quería que Max fuera.

La situación fue difícil al principio. Max, sentado entre las tazas desportilladas, con su amplia sonrisa y su uniforme, parecía un anuncio de la RAF, mientras el joven pálido y Harry discutían sobre la influencia del cubismo y las chicas lanzaban a Max mudas miradas de admiración. Pero entonces llegó Bárbara. Era una nueva adquisición del grupo: una chica alta y rubia, de casi treinta años, con una cara agradable y plácida. Se acomodó junto a Max, y le hizo unas preguntas tan inteligentes sobre la Fuerza Aérea que Max quedó encantado. Después añadió: «Todos tenemos puestas grandes esperanzas en tu hermana, ¿sabes?», lo que era una exageración, pero hizo a Anna sonrojarse de satisfacción.

—¿No es así, John? —preguntó Bárbara, y dirigiéndose a Max, añadió—: John piensa que tiene un talento prodigioso.

John Cotmore aseguró que consideraba a Anna muy prometedora, y Anna, entre ambos, se sentía satisfecha pero estúpida, exactamente igual que cuando mamá fue a hablar al final del primer curso a la escuela primaria.

Max debía experimentar algo parecido, por que adoptó un aire de persona mayor mientras intercambiaban frases tales como «un curso de pintura de jornada completa» y «beca del ayuntamiento» y solamente cuando el joven pálido le preguntó si no era muy peligroso volar y Bárbara le ofreció patatas fritas volvió a su ser normal.

—Me gustan tus amigos —le dijo a Anna después—. Especialmente esa chica, Bárbara. Y al parecer, John Cotmore piensa que sabes dibujar.

Bajaban al metro por la escalera mecánica, y Anna iba rebosante de secreta alegría mientras su hermano hacía un repaso de la tarde.

—¿Todos conocen tus orígenes? —preguntó Max.

Harry se había referido tangencialmente a Alemania.

—Sí. Primero se lo conté a John Cotmore —respondió Anna con vehemencia—. Y él me dijo que era una equivocación fingir ser algo que no se es. Dijo que las personas que importaban me aceptarían de todos modos, así que no era necesario.

—Buen tipo —dijo Max.

—¿A que sí? —exclamó Anna—. ¿A que sí? Max rió.

—Me imagino que quieres que tranquilice a mamá. No te preocupes, le contaré todo lo que quiere oír.

Habían llegado al final de la escalera mecánica y bajaban unos escalones hacia el andén. Anna le cogió del brazo.

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