Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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The Times en que se pedía ropa a las mujeres y a los padres de los jóvenes que hubieran muerto. Anna lo mecanografió, y a la semana siguiente empezó a llegarles ropa.

Abarcaban desde prendas aisladas, conmovedoras, hasta auténticos baúles, y había que hacer el acuse de recibo y la clasificación. Era un trabajo extrañamente angustioso. Algunos baúles, que llegaban directamente desde los puestos militares, parecían contener casi todas las pertenencias de los difuntos: palos de golf, libros de bolsillo, carteras, cosas con las que nadie sabía qué hacer. Una vez que Anna estaba sacando una guerrera de la RAF * de una maleta, salió disparada una pelota de ping-pong que rebotó en el suelo de la sala vacía. Por alguna razón, aquello la apenó más que nada.

Al mismo tiempo, las ancianitas seguían necesitando que se les prestase atención (más que antes, porque tenían celos de la nueva ocupación de Mrs. Hammond) y había que seguir mandando la lana a las tejedoras, por lo que de repente Anna se encontró con que tenía mucho trabajo. Ya no llegaba con retraso por las mañanas, y apenas le daba tiempo a comer. A veces, cuando terminaba a las seis, pensaba si no estaría demasiado cansada para ir a clase de dibujo, pero al final siempre iba.

Entretanto, Mrs. Hammond había informado a todos los generales, almirantes y mariscales que conocía, de su nuevo método para ayudar a los soldados, y al cabo de menos de tres semanas llegó el primer joven a que le equiparan. Era un teniente de la Marina que había perdido todas sus cosas cuando su barco fue hundido por un submarino alemán, y Mrs. Hammond y Mrs. James rivalizaron por darle todo lo que necesitaba.

Mrs. Hammond era pura actividad desde que se había iniciado el nuevo proyecto, de modo que no era sorprendente verla revolver un montón de ropa para encontrar unos pantalones del largo exacto o una gorra con la insignia adecuada. Pero sí era asombroso, según pensaba Anna, ver el cambio operado en Mrs. James. Por primera vez sus enormes ojos dejaron de mirar al vacío, y al interrogar al joven, con dulzura y sensatez, sobre sus necesidades, fue como si le suministrase cierta vitamina de la que carecía. Sonrió y habló, e incluso hizo algún chiste, hasta que Mrs. Hammond se lo llevó a probarse unos zapatos, momento en que recayó en la apatía, como un juguete mecánico al que se le hubiera acabado la cuerda.

Después de aquello se produjo una continua afluencia de jóvenes necesitados, y un suministro igualmente continuo de ropas de jóvenes muertos en acción de guerra que enviaban los familiares. Anna se preguntaba a veces qué se sentiría al llevar aquellas prendas, pero los jóvenes parecían considerarlo desde un punto de vista puramente práctico. Debido a que el verano anterior había empezado el racionamiento, era difícil obtener ropa de todas clases, y no convenía ser demasiado sensible.

Los soldados que acudían allí eran por lo general alegres y, a veces, eufóricos por el dinero que habían ahorrado, invitaban a Anna a salir por la noche. La llevaban a cines y teatros y restaurantes del West End, y era divertido acicalarse con las ropas más elegantes de desecho de Jinny y Judy, para ir a aquellos sitios importantes, como si fuera la simpática chica inglesa por quien la tomaban. Después, generalmente querían

* Iniciales de la Royal Air Forcé, la aviación británica. (N. del E.)

besarla, y también eso era emocionante. Debo ser bastante atractiva, pensaba maravillada, pero no encontraba a ninguno de ellos más interesante que a los demás, y nunca salía con ellos después de la clase nocturna de dibujo.

—¿Por qué no? —preguntaba mamá—. ¡Más te valdría, en vez de esas aburridas clases! Anna meneaba la cabeza.

—Es una terrible pérdida de tiempo —decía, en ese tono de saber muy bien lo que se quiere que había adquirido últimamente—. Mamá, de verdad, ¡parecen tan jóvenes!

—He oído decir que tienes una agitada vida social —dijo Max—. Bueno, como la guerra lleva camino de durar siempre, más vale que le saques provecho.

Estaba otra vez deprimido porque, aunque era el número uno de su curso, y ahora oficial de vuelo, la Fuerza Aérea había decidido que no podía pilotar ni bombarderos ni cazas.

—Simplemente por mi origen alemán —dijo—. Temen que si me derriban y los nazis averiguan quién soy, no me tratarán como a un prisionero de guerra. Así que tengo que ser instructor de vuelo.

—Pero eso también será importante —dijo papá, pero Max estaba demasiado disgustado para prestarle atención.

—Tú no lo comprendes —replicó—. Casi todos los demás van en operaciones de vuelo. Es la vieja historia; siempre tengo que ser diferente.

Al oírlo, mamá, normalmente tan comprensiva con sus deseos de igualdad, estalló.

—Por el amor de Dios, ¿es que estás decidido a que te maten? —gritó, y añadió incongruentemente—: ¡Como si no tuviéramos suficientes preocupaciones!

—No tienes por qué ponerte así —repuso Max—, especialmente porque no puedo elegir.

Últimamente, mamá estaba cada vez más nerviosa, y al cabo de unos días, Anna descubrió el motivo. Fue al volver del trabajo. En la última temporada no había pasado muchas tardes en casa, y había planeado aquella con todo detalle. En primer lugar, pensaba arreglar las grietas de los zapatos con un tinte marrón que había comprado a la hora de la comida. Después, si había agua caliente, se lavaría el pelo y, tras la cena, se zurciría los dos pares de medias que le quedaban, para poderlas llevar al día siguiente.

Al pasar junto a la habitación de papá oyó voces y entró. Mamá estaba en la cama medio sentada medio tumbada, y papá le tenía cogida la mano. Sus ojos azules estaban empapados, la boca con las comisuras hacia abajo y el rostro bañado en lágrimas.

—¿Qué ha pasado? —gritó Anna, pero papá meneó la cabeza.

—No te preocupes —dijo—. Nada terrible. Mamá ya no tiene trabajo.

Mamá se incorporó de un brinco.

—¿Cómo que nada terrible? —gimió—. ¿Cómo vamos a vivir?

—Ya nos las arreglaremos —replicó papá, y Anna fue descubriendo poco a poco lo que había ocurrido. No era que la hubieran despedido, sino que el trabajo se había acabado.

—¡De todas formas, lo detestaba! —gritó mamá entre lágrimas—. Después de la muerte de lord Parker, siempre pensé que no era más que un parche.

Anna recordó que una vez había ido a ver a mamá cuando aún era secretaria personal de lady Parker. Mamá estaba en una habitación bonita, pintada de blanco, con chimenea, y un mayordomo que le había traído té y galletas volvió con otra taza para Anna. Mamá no tenía mucho que hacer, salvo contestar el teléfono y enviar invitaciones y por las tardes ella y Anna hablaban maravilladas de cómo vivía lady Parker.

—Sus medias cuestan una guinea cada par —le había contado mamá— y son tan finas que solamente puede ponérselas una vez.

Desde la muerte de lord Parker, mamá trabajaba en un sótano lleno de papeles; tales montones que hasta hacía poco tiempo no se le había ocurrido que la tarea de ordenarlos pudiera tener fin.

—¿Qué voy a hacer? —gimió—. ¡Tengo que encontrar trabajo como sea!

—A lo mejor encuentras algo más interesante —dijo Anna.

—Sí —replicó mamá—, supongo que sí, ya que han llamado a filas a tanta gente. Y como tú te has pagado tu manutención, he ahorrado un poco, de modo que podremos sobrevivir algún tiempo. Tendré la oportunidad de elegir. —Pero volvió a invadirla la desesperación—. ¡Dios mío! —exclamó—. ¡Estoy harta de tener que volver a empezar siempre! —Miró a papá, que seguía sujetándole la mano—. Todo sería mucho más fácil si la BBC utilizara algún trabajo tuyo para emitirlo a Alemania.

La expresión de papá se endureció. No había podido vender nada más a la BBC, aparte de aquella primera pieza, y aunque escribía todos los días, casi no ganaba dinero.

—Volveré a llamarlos —dijo, pero sabía que era inútil.

El fin de semana siguiente al último día de oficina, mamá estaba bastante animada. Hacía tiempo de verano, y todo el mundo se sentó en el jardín. El Palomo Torcaz había arreglado el césped con un viejo cortacésped que había descubierto en un cobertizo, y las dos señoras checas se habían puesto sendos triángulos de papel en la nariz para protegerse de las quemadura del sol.

Mamá estaba sentada en una tumbona con un montón de periódicos al lado. Examinaba las columnas de «ofertas», y escribía solicitudes a cualquiera que le pareciese accesible. Cada vez que terminaba una preguntaba:

—¿Creéis que está bien? —y se la enseñaba a Anna y a papá. Todos los anuncios eran para secretarias, y mientras Anna y papá los repasaban, mamá decía—: No menciono el hecho de no saber taquigrafía, porque estoy segura de que si me dan el trabajo, ya me las arreglaré. —O—: Ya sé que dicen que hay que ser británico de nacimiento, pero pienso que cuando me vean.

Parecía tan decidida, sentada al sol, con sus ojos azules mirando con fijeza el papel al atacarlo con la pluma, que resultaba fácil imaginarla convenciendo a cualquiera de que le diese el trabajo que quería.

No obstante, al jueves siguiente sólo había recibido una carta solicitando una entrevista. Resultó ser con un hombrecillo de negocios que le dijo que en realidad buscaban a alguien más joven (vamos, una chica) y mamá volvió a casa profundamente deprimida.

Envió otro montón de cartas y esperó las respuestas, pero no ocurrió nada. Como seguía haciendo un tiempo espléndido y caluroso, se sentaba en el jardín a escribir más cartas y a leer libros de la biblioteca. Al fin y al cabo, decía, se tenía bien merecidas unas vacaciones.

Cuando cambió el tiempo, y empezó a hacer frío en el jardín, mamá vació el monedero. Bajaba hasta Putney High Street con papá a gastar el chelín que destinaban al almuerzo, y lo comían juntos en la habitación de papá. Por la tarde jugaba al bridge con el Palomo Torcaz y los Poznanski y, en ocasiones especiales, con Miss Thwaites, la nueva adquisición del hotel. En realidad, Miss Thwaites no jugaba muy bien, pero como era inglesa (no medio inglesa, ni nacionalizada, ni inglesa por matrimonio, sino auténtica, inglesa por nacimiento y educación) era la persona más solicitada. Era una solterona marchita, de pelo gris cortado a tazón, que trabajaba en el banco del barrio, y aceptaba el respeto que le tributaban como algo merecido.

Pero cuando pasaron cuatro semanas sin encontrar trabajo, mamá empezó a asustarse de verdad. Calculó que en todo aquel tiempo sólo había recibido cuatro respuestas a sus solicitudes, y sólo había mantenido dos entrevistas, y al comprobar los ahorros que le quedaban se encontró con que, como siempre, estaban menguando con más rapidez de lo que esperaba. Empezó a obsesionarse con las llamadas de teléfono y a merodear por el vestíbulo, pendiente del cartero. Cuando Anna volvía por las tardes, decía con los labios apretados: «Aún no sé nada», antes de que a Anna le diera tiempo a preguntarle, y por la noche daba vueltas en la cama, incapaz de dormir.

—¿Qué vamos a hacer? —gimió un domingo en que estaban los tres sentados en la habitación de papá, después de comer. Papá les había leído un poema que había escrito el día anterior. Estaba dedicado a su hermana, que ahora vivía en algún lugar de Palestina, y en él recordaba la niñez de ambos en Silesia y se preguntaba si volverían a encontrarse, salvo quizá en el paraíso. Si tal lugar existía, pensaba papá, probablemente se parecería a los bosques y los prados entre los que habían crecido. Era un poema muy bello.

Cuando mamá le preguntó qué iban a hacer, él la miró, lleno de cariño y confianza.

—Ya se te ocurrirá algo —dijo. Mamá, que estaba manoseando nerviosamente un periódico, lo tiró bruscamente al suelo.

—¡Pero no quiero que se me ocurra nada!

—gritó—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo? ¿Por qué no puedes tú pensar algo, para variar?

Papá, aún con el poema en la mano, parecía reflexionar y por unos momentos Anna creyó que iba a proponer una solución al problema. Colocó la otra mano sobre la de mamá.

—Pero es que tú lo haces mucho mejor que yo —dijo.

—Estoy segura de que podría daros cinco chelines a la semana, o incluso siete y seis peniques.

—Pero mamá gritó—: ¡No es suficiente! —Se sonó la nariz y añadió—: Voy a intentar hablar con Louise.

—¿Con Louise? —preguntó papá, e hizo una mueca, pero al ver la expresión de mamá, dijo—: Bueno, habla con Louise.

Tía Louise le dio de buena gana a mamá quince libras para ayudar a estirar sus ahorros.

—Siento no poder darte más —dijo—, pero es que no quiero pedirle a Sam de momento.

El profesor había empezado a preocuparse por el dinero desde que su hermana volvió inesperadamente con él, acompañada por sus dos hijos. Las horas de las comidas se le iban en ver cómo desaparecían los alimentos más caros por las bocas de sus múltiples familiares indigentes.

—Y se angustia —dijo tía Louise— por lo que va a ser de todos nosotros.

Anna insistió en contribuir con cinco chelines a la semana, y Max envió un cheque de diez libras de su sueldo de la RAF, de modo que, al menos durante algún tiempo, estarían a cubierto. Pero la ansiedad de mamá continuó. Era difícil estar con ella, porque, sentada con las manos retorcidas en el regazo, con sus ojos azules fijos en un punto, la tensión era como una presencia física en la habitación que nada podía aliviar.

—¿De verdad lo crees? —decía cuando Anna comentaba que un trabajo concreto tenía visos de ser esperanzador; y a los cinco minutos insistía—: ¿De verdad crees que me darán ese trabajo?

Lo único que la distraía de sus preocupaciones era jugar al bridge por las tardes. Entonces su furiosa concentración pasaba a las cartas, y al discutir sobre Culberston *, bazas de más y grandes slam desperdiciados, disminuía la angustia por el trabajo.

A veces arrastraba a Anna hasta la mesa de juego (papá no distinguía un trébol de un diamante) pero solamente si no había nadie más, porque a Anna le aburría tanto que fastidiaba a los demás jugadores.
* Ely Culberston (1891-1955) fue un importante teórico del bridge y llegó a ser capitán del equipo americano. Publicó varios libros sobre este juego y, sobre todo, una importante revista, The Bridge World, que fue la más leída, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. (N. del E.)

Se limitaba a sentarse en su sitio; se ponía a dibujar en su hoja de puntuaciones y cometía un error tras otro, escapando agradecida al final, sin importarle si había perdido o ganado. Le daba pena mamá y quería ayudarla, pero también le creaba tensión compartir un dormitorio pequeño con ella y se sentía culpable y aliviada a un tiempo cuando tenía algún motivo para llegar tarde.

Una mañana, en el momento en que Anna iba a salir para dirigirse al trabajo, mamá la pilló en la puerta.

—Miss Thwaites quiere jugar al bridge esta noche —dijo—. El Palomo Torcaz está libre, pero necesitamos una cuarta persona.

—Yo no puedo —replicó Anna—. Tengo clase.

Mamá había dormido mal, y el correo de la mañana, una vez más, no le había traído el trabajo que esperaba.

—Venga —dijo—, no importará que faltes un día.

—Pero es que no quiero faltar —respondió Anna—. ¿No pueden jugar los Poznanski?

Mamá dijo que no, y Anna vio que la tensión iba creciendo como leche a punto de ebullición. Dijo:

—Mira, lo siento, mamá, pero no quiero perderme la clase. Estoy segura de que encontraréis a alguien.

Se dirigió nerviosamente hacia la puerta, pero antes de que llegara, mamá estalló.

—¡Digo yo que podrías hacer por mí una cosa tan sencilla! —gritó—. ¡Sabe Dios si no dejarías rápidamente la clase si te invitara a salir uno de tus amigos!

—¡No es verdad! —chilló Anna.

Siempre había rechazado las invitaciones las noches en que tenía clase. Pero mamá estaba hecha una furia.

—¡Es mi único placer en la vida! —vociferó-—. Lo único que me distrae de las múltiples preocupaciones por el dinero. Y es que en esta familia nadie se preocupa de cómo vamos a vivir. Tú te vas a tu trabajito todas las mañanas y papá se mete en su habitación a escribir poemas, y todo me queda a mí... ¡todo!

—Mamá —empezó a decir Anna, pero mamá la interrumpió.

—¿Quién fue a pedirle dinero a Louise? —gritó—. ¿Tú? ¿Papá? No, como siempre, tuve que ser yo. ¿Es que crees que me gustó? ¿Y quién se ocupó de que aprendieses estenografía y encontró el medio de pagar la matrícula? ¿Y quién sacó a Max del campo de internamiento? No fuisteis ni papá ni tú. ¿No crees que, dadas las circunstancias, podrías renunciar a una tarde, una sola tarde, para hacerme la vida más agradable?

Anna miró el rostro desesperado de mamá, del color de la grana, y experimentó la sensación extraña y aterrorizadora de que la estaba absorbiendo. Retrocedió, pálida, helada.

—Lo siento, mamá —dijo—, pero tengo que ir a clase.

Mamá la miró encolerizada.

—¡Después de todo, no es más que una partida de bridge! —gritó Anna.

—¡Y supongo que tú —vociferó mamá—, vas a hacer una obra maestra!

Anna se fue hacia la puerta.

—¡Si así fuera —se oyó chillar—, tú ni siquiera te darías cuenta!

Se escapó temblando, hacia el pasillo.

En la oficina estuvo preocupada todo el día. Pensó en llamar a mamá, pero siempre había alguien al teléfono y, además, no habría sabido qué decir.

A las seis aún no había decidido si ir a casa o a la academia de dibujo. Optó por dejarlo al azar. Si pasaba un tranvía antes de llegar a Victoria, iría a casa; si no pasaba, no.

El tranvía llegó casi inmediatamente, pero no hizo caso. Cogió el autobús hasta Holborn, y llegó justo unos minutos antes de que empezara la clase.

Y, ¿por qué no? Después de todo, tampoco había salido mucho últimamente. A dos de los chicos que la invitaban a salir con más frecuencia los habían destinado fuera de Londres, de modo que casi no hacía vida social. Tengo toda la razón del mundo, pensó, pero no le sirvió de nada, porque no pudo concentrarse, e hizo un dibujo tan flojo que lo arrugó y lo tiró. Al final de la clase, en lugar de ir al café, se dirigió directamente al metro. Si llego pronto a casa, pensó, a lo mejor queda tiempo para una o dos partidas de bridge.

Ya en el metro, tuvo una visión de mamá llorando en la cama cuando se quedó sin trabajo. ¿Cómo he podido hacerle esto?, pensó, abrumada por la pena y la culpa. Al bajar apresuradamente la calle pensó en mamá en París, mamá ayudándola a comprarse sus primeros pantalones, mamá sacándola al cumplir los dieciséis años.

—¡Mamá! —gritó al entrar precipitadamente en el salón..., y allí estaba mamá, jugando al bridge con Miss Thwaites, contra el Palomo Torcaz y Mrs. Poznanski.

—Llegas pronto —dijo mamá, y Miss Thwaites añadió—: Resulta que Mrs. Poznanski no ha tenido que salir.

—¡Pero mamá...! —exclamó Anna. La ira se apoderó de ella; giró sobre sus talones y salió de la habitación.

—No pude evitarlo —explicó después a papá—. Tengo derecho a mi propia vida. No puedo dejarlo todo por jugar al bridge siempre que mamá quiera.

—No, claro que no —dijo papá. Parecía cansado, y Anna comprendió que tampoco debía haber sido un día agradable para él.

—Mamá lo está pasando mal —añadió al cabo de un momento—. Ojalá pudiéramos vivir de una forma distinta. Ojalá yo pudiera ayudar más.

Había un montón de páginas apretadamente escritas en su mesa, y Anna preguntó:

—¿Qué estás escribiendo?

—Es una cosa sobre nosotros, una especie de diario. Llevo trabajando en él mucho tiempo. —Movió la cabeza al ver la mirada de esperanza de Anna—. No —dijo—, no creo que nadie quiera comprarlo.

Le quedaba un poco de pan del almuerzo, y como a Anna no le apetecía la cena fría, le hizo unas tostadas. Suspendió una rebanada de pan de un sujetapapeles y Anna le observó mientras lo colocaba sobre el hornillo de gas, cogido al extremo de un palo del jardín.

—Es muy difícil compartir una habitación —dijo.

Papá parecía preocupado.

—Ojalá yo pudiera...

—No —replicó Anna—. Sé que necesitas la tuya para escribir.

Afuera, en el pasillo, una puerta se cerró de golpe y se oyeron voces y pisadas en la escalera. La partida de bridge debía haberse acabado.

De repente papá dijo:

—Sé amable con ella. Sé muy, muy amable. Es tu madre, y tiene mucha razón en lo que dice: la vida no le es fácil.

—Lo soy —respondió Anna—. Siempre he sido amable.

Al levantarse para salir, papá dijo:

—Intenta olvidarte de todo lo que ha pasado hoy.

Pero no podía olvidarlo, y sospechaba que mamá tampoco. Se trataban con una solicitud que antes no existía. Una parte de Anna se entristeció; pero otra parte secreta, dura, cuya presencia nunca había imaginado, casi lo recibió con alegría, por la mayor intimidad que suponía. Y todo porque quería ir a la academia precisamente esta noche, pensó. Cómo se complica la vida si hay algo que de verdad deseas hacer.

A la semana siguiente, le preguntó a John Cotmore en el café:

—¿Cree que el arte, si se toma en serio, es malo para las relaciones personales?

Nunca había utilizado tantas abstracciones en una sola frase, y la boca del señor Cotmore se torció al mirar a Anna.

—Pues —respondió al fin—, pienso que es probable que las haga más difíciles.

Anna asintió, y se sonrojó, llena de vergüenza. Acababa de recordar algo que le habían dicho: que el señor Cotmore no se llevaba bien con su mujer.

En otoño, la
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