Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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cabeza.

—Esta noche no, señor Cotmore. No puedo con los pies —se quejó.

Se había quitado la bata rosa, y se había quedado completamente desnuda, con la estufa eléctrica proyectando un destello rojo sobre su estómago protuberante.

A Anna le ponía un poco nerviosa pensar en ese momento. Se preguntaba qué se sentiría al estar en una habitación llena de gente mirando a alguien desnudo. Pero todos lo tomaban con tal naturalidad, que al cabo de unos minutos le pareció de lo más normal.

—He estado haciendo cola para comprar pescado durante una hora —dijo la modelo y, efectivamente, a pesar de no llevar ropa, era muy fácil imaginarla con una bolsa de la compra en la mano.

—Entonces pose sentada —dijo el hombre llamado Cotmore, y cubrió una silla que había en la tarima con algo que parecía ser una cortina vieja para que la modelo se sentara. Cuando la hubo colocado a su gusto, añadió—: Manténgase en esta posición toda la tarde.

Se oyó un murmullo de periódicos al doblarse, la mujer del calcetín enrolló fastidiada la lana, y todos se pusieron a dibujar.

Anna miró a la modelo y a la hoja de papel en blanco, sin saber por dónde empezar. Nunca había pasado más que unos cuantos minutos dibujando a alguien, y ahora disponía de dos horas y media. ¿Cómo podía llenarse todo ese tiempo? Miró a una chica que tenía delante de ella, que al parecer estaba cubriendo el papel con trazos de lápiz. Claro, pensó, si se hace el dibujo más grande, tenía que llevar más tiempo, y más detalles. Cogió el lápiz y empezó.

Al cabo de una hora había dibujado a la modelo desde la cabeza hasta la cintura. Los hombros no acababan de salirle bien, pero le gustaba cómo le habían quedado los múltiples rizos del pelo de la modelo, y estaba a punto de empezar con las manos, que estaban entrelazadas a un lado del estómago, cuando el hombre llamado Cotmore dijo:

—¡Descanso!

La modelo se estiró, se levantó y se envolvió en la bata, mientras todos los alumnos dejaban los lápices. Qué lata, pensó Anna, ahora que le estaba cogiendo el tranquillo.

En la clase se elevó un murmullo de conversaciones, se desdoblaron periódicos, y la mujer que había a su lado siguió haciendo punto. Anna descubrió que, a pesar de haberse quedado con el abrigo puesto, tenía las manos y los pies helados.

—Qué noche tan fría —dijo un hombre con bufanda, y le ofreció un caramelo que sacó de una bolsa de papel.

La modelo descendió de su pedestal y paseó lentamente por entre los tableros de dibujo, examinando las diferentes versiones de sí misma.

—¿Le hemos hecho justicia? —gritó el señor Cotmore.

Estaba rodeado por un grupito de alumnos, entre ellos el chico gales, charlando y riendo.

La modelo negó con la cabeza.

—Todos me han puesto gorda —dijo, y regresó rápidamente a su silla.

Al volver a ver el dibujo al final del descanso, a Anna no le pareció tan bueno como antes. Decididamente, los hombros estaban mal. Comprendió que el problema consistía en que había dibujado el hombro derecho más alto que el izquierdo, cuando en realidad la modelo estaba sentada al revés. ¿Cómo no lo había visto antes? Pero era demasiado tarde para cambiarlo, de modo que se concentró en las manos. Estaban unidas de una forma complicada, con los dedos entrelazados, y al intentar dibujar las articulaciones, los nudillos y las uñas, se sentía cada vez más confusa. Además, no dejó de observar que, como consecuencia del error de los hombros, le había salido un brazo más largo que el otro. Lo estaba contemplando, sin saber qué hacer, cuando una voz a su espalda dijo:

—¿Me permites? Era el señor Cotmore.

Le indicó que se levantara y se sentó en su sitio.

—No lo dibujes a trozos —dijo, y empezó otro dibujo en un lateral.

Anna le observaba, y al principio no entendía qué estaba dibujando. Líneas rectas como andamios, en todas direcciones; a continuación una silueta redonda que resultó ser la cabeza de la modelo, y por último, de forma gradual, fue apareciendo el resto entre los andamios, apoyado en las líneas rectas que indicaban, según comprendió Anna, el ángulo de los hombros, las caderas, las manos en relación con los brazos. Quedó terminado en pocos minutos, y aunque carecía de detalles (ni rizos ni uñas) se parecía mucho más a la modelo que el dibujo de Anna.

—¿Lo entiendes? —dijo el señor Cotmore, al tiempo que se levantaba y se alejaba.

Anna se quedó mirando el dibujo. Claro, era más fácil hacerlo en pequeño, pensó. Y no estaba segura de que poner tantas líneas de orientación no fuese una tomadura de pelo. Sin embargo...

Después de aquello, difícilmente podía mirar el suyo. Estaba desparramado por todo el papel, con aquellos hombros raros, un brazo corto y otro largo, y los dedos como salchichas. Le dieron ganas de arrugarlo y tirarlo; pero acababa de llegar a la conclusión de que hacerlo llamaría mucho la atención cuando se dio cuenta de que el chico gales lo estaba mirando.

—No está mal —dijo.

Su corazón latió con fuerza unos momentos. ¿Y si después de todo...?

—Es uno de los mejores de Cotmore —añadió el chico—. Esta noche está en forma. Debió notar la decepción de Anna, porque preguntó—: ¿Es la primera vez?

Anna asintió.

—Sí, claro... —El chico gales desvió los ojos del dibujo, buscando una frase amable—. A veces es difícil empezar —dijo.

Al volver a casa, mamá la estaba esperando para que le contase cómo le había ido.

—¡Yo creo que es muy bueno —dijo—, teniendo en cuenta que nunca habías hecho una cosa así!

Papá mostró más interés por la versión de Cotmore.

—John Cotmore —dijo—. He leído algo sobre él últimamente. Creo que ha hecho una exposición..., que ha sido muy bien acogida.

—¿De veras? —preguntó mamá—. Entonces debe ser bueno.

—Sí, sí —replicó papá—, es bastante famoso.

Estaban sentados en las camas de la habitación que compartían mamá y Anna, y mamá estaba recalentando la cena, ya que Anna no había llegado a tiempo para tomarla en el comedor. Había encendido el hornillo de gas que Frau Gruber había puesto en cada dormitorio, y removía un trozo de carne inidentificable, patatas hervidas y nabos en una sartén que había comprado en Woolworth's.

—Está un poco quemado —dijo—. No sé..., a lo mejor la próxima vez deberías comerlo frío.

Anna no dijo nada.

Eran casi las diez y estaba cansada. Su espantoso dibujo estaba tirado en el suelo, a su lado. ¿La próxima vez?, pensó. No parecía tener mucho sentido.

No obstante, a la semana siguiente estaba deseando hacer otra intentona. Seguro que esta vez le salía mejor, pensó.

La modelo resultó ser la misma, pero aquel día el señor Cotmore la había convencido para que posara de pie. Despojada de la bata rosa, se inclinó sobre la silla, con una mano en el respaldo para mantenerse firme, mientras se contemplaba los pies melancólicamente.

Anna, recordando la lección de la semana anterior, atacó el papel de inmediato con líneas en forma de andamio, en todas direcciones. Intentó no dejarse distraer por los detalles, pero la habilidad recientemente adquirida la abandonó al llegar a las piernas y a los pies.

No podía poner el dibujo derecho. Los pies estaban en la parte inferior, pero la figura parecía estar colgada o flotando en el aire, sin peso ni nada en que apoyarse. Lo borró una y otra vez, y volvió a dibujarlo, pero todo fue inútil, hasta que, al final de la clase, se acercó el señor Cotmore. Se sentó sin decir palabra y dibujó un pie en un lado del papel. Estaba orientado hacia delante, como el de la modelo, pero en lugar de dibujar una línea a su alrededor, como había querido hacer Anna, lo construyó sección a sección, desde los dedos en escorzo, pasando por el empeine, hasta el talón, cada trozo sólidamente encajado tras el otro, hasta que en el papel apareció un pie robusto, sólidamente apoyado en un suelo invisible.

—¿Lo ves? —preguntó.

—Sí —respondió Anna. Debe tener unos cuarenta años, pensó, con ojos inteligentes y una extraña boca grande.

—Es difícil esto de los pies —dijo, y se alejó.

Después de aquello Anna iba a la academia de dibujo todos los martes por la noche. Estaba obsesionada con aprender a dibujar. Si pudiera hacer un solo dibujo que se pareciera a lo que ella quería, pensaba, pero cada vez que resolvía una dificultad, se percataba de otras dos o tres cuya existencia ni siquiera había sospechado. A veces le ayudaba el señor Cotmore, pero otras veces se pasaba toda la tarde luchando ella sola.

—Vas mejorando —dijo el chico gales. Se apellidaba Ward, pero todos le llamaban William el gales—. ¿Te acuerdas del primer dibujo que hiciste? Era espantoso.

—Cuando tú empezabas ¿te salían mal todos los dibujos? —preguntó Anna.

William el gales negó con la cabeza.

—Siempre me ha resultado sencillo, tal vez demasiado. John Cotmore dice que tengo facilidad.

Anna suspiró al ver el dibujo hermoso y fluido que había hecho, al parecer sin ningún esfuerzo.

—Ojalá la tuviera yo —dijo Anna.

Su dibujo estaba negro de tanto repasarlo, y casi lleno de agujeros de tanto borrar.

A veces, al volver a casa en el metro medio vacío después de la clase, se desesperaba por su falta de talento. Pero a la semana siguiente volvía con un lápiz nuevo y otra hoja de papel, pensando: «Tal vez hoy...»

Regresaba a casa tan pálida que mamá empezó a preocuparse por ella.

—No puede sentarte bien estar allí sentada durante horas, con el frío que hace —dijo; porque había escasez de combustible, y a veces la academia se quedaba sin calefacción. Pero Anna replicó con impaciencia—: Estoy bien. Me quedo con el abrigo puesto.

Nevó copiosamente en febrero, y también en marzo. Todo el mundo estaba deprimido porque Singapur había caído en manos de los japoneses, y el ejército alemán, lejos de sucumbir ante los rusos, estaba a punto de entrar en Moscú. En la oficina, Mrs. Hammond cogió la gripe y no apareció por allí durante tres semanas, por lo que las ancianitas se sumieron en una melancolía aún más profunda. Miss Clinton-Brown ya no daba gracias a Dios por dejarle cortar los pijamas; en lugar de eso había formado una nueva alianza con Miss Potter en contra de Mrs. Riley, que las asustaba a todas con sus historias sobre las atrocidades de los japoneses.

Conocía una cantidad sorprendente de historias de esas, y las contaba rodeándolas de tragedias tremendas. Apoyada en la mesa con una mano, se asomaba a su taza de Bovril con los ojos entrecerrados, imitando a un comandante japonés de inenarrable crueldad, y los abría de par en par para encarnar a sus prisioneros ingleses, nobles, de respuestas cultas, que estaban invariablemente sentenciados. Miss Potter se angustiaba mucho con aquellas representaciones, y una vez tuvo que irse a casa, con una chaqueta a medio hacer, a ver si su periquito estaba bien, según dijo aturdida.

Cuando Mrs. Hammond se recuperó de la gripe ordenó seriamente a Mrs. Riley que dejase de repetir aquellos rumores infundados sobre el destino de los prisioneros británicos. Mrs. Riley estuvo enfurruñada durante dos días, y Miss Clinton-Brow dio gracias a Dios porque aun quedaban personas sensatas en el mundo sin miedo a decir las cosas claras.

Hubiera sido divertido, pensó Anna, de no tener la sospecha de que la mayoría de las historias de Mrs. Riley eran, probablemente, ciertas.

Después de todo aquello, ir a la academia de dibujo suponía un alivio. Anna había descubierto que había otra clase con modelo los jueves, a la que tenía derecho a asistir por tres chelines y seis peniques de matrícula, de modo que ahora iba dos veces a la semana. Todas las clases habían disminuido en cuanto a número de alumnos, ya que el intenso frío desanimaba a las tejedoras de calcetines y a los lectores de periódicos, y el señor Cotmore tenía más tiempo para enseñar a los que quedaban. Corregía la mayor parte de sus dibujos todas las noches, y durante el descanso se sentaba a hablar en un rincón de la clase con sus predilectos. Anna los observaba de lejos. Al parecer, se divertían discutiendo y riendo, y pensaba que sería estupendo pertenecer a aquel círculo íntimo. Pero era demasiado tímida para acercarse siquiera a ellos, y después de la academia se iban rápidamente en pandilla.

Una noche, estaba recogiendo sus cosas al final de la clase. Había estado trabajando toda la tarde con una especie de desesperación, y había logrado hacer un dibujo que guardaba un ligero parecido con lo que tenía en mente. En el esfuerzo, gran parte del carbón del lápiz había pasado a sus manos, y de allí a la cara.

William el gales la miró con interés.

—¿Has llegado a manchar el papel? —preguntó.

—Claro —replicó Anna, al tiempo que se lo enseñaba.

Se quedó impresionado.

—Tiene mucha fuerza —dijo—. A lo mejor resulta que sacamos algo de ti. ¿Por qué no te lavas la cara y te vienes a tomar un café?

Se restregó la cara en el lavabo, y fueron a un café varias casas más allá. Al abrir la puerta se oyeron gritos de bienvenida. Anna parpadeó a la luz repentina, y vio al señor Cotmore y a la panda de alumnos de siempre que la miraban. Estaban sentados en dos mesas que habían juntado, tomando tazas de café, y ocupaban la mayor parte de la estrecha habitación.

—Es la chiquita que se pone perdida de carboncillo —gritó uno de ellos, un hombrecillo de aproximadamente la misma edad que Cotmore.

—Pero con buenos resultados —intervino el señor Cotmore antes de que a Anna le diera tiempo a sonrojarse—. Te llamas Anna, ¿no?

Anna asintió y les hicieron sitio a ella y a William el gales. Se encontró con una taza de café delante, y entre emocionada y temerosa, escondió la cara en ella, para que nadie le hiciese preguntas. La conversación fue reanudándose poco a poco.

—Te equivocas con Cezanne, John —dijo el hombrecillo, y John Cotmore se volvió contra él, diciendo—: ¡Qué tontería, Harry! Lo que pasa es que quieres provocar.

Al otro extremo de la mesa se rieron dos chicas, pero evidentemente, eso era lo que pretendía Harry, porque al poco, todos discutían sobre los impresionistas franceses, los primitivos italianos, Giotto, Mark Gertler, Matisse, Samuel Palmer... ¿Quiénes serán ésos?, pensó Anna, escuchando en silencio por miedo a revelar su ignorancia. A un lado Harry agitaba los brazos con acaloramiento; al otro, William el gales dibujaba distraídamente en el margen de un periódico. Un hombre pálido de pálida corbata hablaba en un susurro nervioso sobre la forma y el contenido. Una de las chicas pidió una ración de patatas fritas y las pasó de mano en mano, todos bebieron más café, y John Cotmore, con su voz profunda y cálida, mantenía vivos el grupo y la discusión. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, todos los demás se callaban para escuchar.

Una vez se dirigió directamente a Anna.

—¿Qué opinas tú? —preguntó.

Habían estado hablando sobre estilos pictóricos; algunos alumnos ensalzando la delicadeza de líneas de alguien de quien Anna nunca había oído hablar, y otros defendiendo a un pintor de actitud más dura.

Anna se quedó mirándole horrorizada.

—No lo sé —tartamudeó—. Yo sólo quiero dibujar las cosas como las veo. Pero me resulta muy difícil.

Qué respuesta tan estúpida, pensó, pero el señor Cotmore replicó con seriedad:

—No es mal comienzo —y Anna observó que los demás la miraban con respeto.

Más adelante, mientras todos los demás charlaban, se armó de valor para preguntarle una cosa que le preocupaba desde hacía semanas.

—Si una persona fuera a ser buena dibujante —dijo—, no tendría que resultarle tan difícil...

—No tiene nada que ver —replicó el señor Cotmore—. Eso puede significar que tiene miras muy elevadas. En tu caso —prosiguió, sonriendo levemente—, yo diría que la situación es muy prometedora.

Muy prometedora, pensó Anna, y mientras el señor Cotmore se unía de nuevo a la conversación general, dio vueltas mentalmente a su respuesta, de sacar significados alternativos. Pero no los había. Debía referirse realmente a que su trabajo era muy prometedor. Era increíble, y se quedó acariciando aquella idea hasta que llegó la hora de irse a casa.

Calcularon cuántos cafés había tomado cada uno, y después se quedaron un momento a la puerta del establecimiento, en la fría noche.

—Hasta el jueves, Anna —dijo William el gales, y otras voces le hicieron eco: «Hasta el jueves.» En la oscuridad, sonaron extrañamente incorpóreas. Buenas noches, Harry. Buenas noches, Doreen. Después, el ruido de pisadas de figuras inidentificables confundiéndose con el oscurecimiento.

Anna se abrochó el abrigo hasta arriba para protegerse del viento, y en ese momento, una voz más profunda que las demás gritó:

—¡Buenas noches, Anna!

—¡Buenas noches..., John! —respondió tras un momento de vacilación, y con una alegría súbita, se separó del grupo para internarse en la calle invisible.

John Cotmore le había dado las buenas noches. Y su trabajo era muy prometedor. La acera repiqueteaba bajo sus pies, y la oscuridad brillaba a su alrededor, como algo que se pudiera casi tocar. Le sorprendió comprobar que la estación del metro de Holborn estaba como siempre.

Experimentó la sensación de que algo formidable había pasado en su vida.

Al llegar un día a la oficina, varias semanas después, encontró allí a Mrs. Hammond. Le dio vergüenza, porque, como de costumbre, llegaba tarde (no tenía mucho sentido ir pronto, ya que había muy poco que hacer), pero, por suerte, Mrs. Hammond no se había dado cuenta. Estaba en la sala del hospital abandonado, examinando estanterías y armarios polvorientos, y en cuanto vio a Anna le dijo:

—Tengo un trabajo para ti.

—¿Qué es? —preguntó Anna. Mrs. Hammond parecía más enérgica que nunca desde la muerte de Dickie.

—En realidad, es un trabajo triste —añadió—, pero muy útil. Ropa de oficiales. —Ante la expresión de perplejidad de Anna, exclamó con brusquedad—: ¡Cosas de muertos! Pero no se puede decir así. A la gente le da pena, pero de eso se trata. De dar los uniformes, y toda clase de ropa de los muchachos que han muerto a los que siguen vivos.

Anna observó que en un rincón de la sala, sobre una manta, había un montón de prendas. Eran trajes, camisas, corbatas, elementos del uniforme de la Fuerza Aérea. Un macuto usado tenía rotulado «P/O Richard Hammond» en grandes letras blancas. Mrs. Hammond siguió la mirada de Anna.

—Es una tontería quedarse con eso —dijo—, habiendo otros chicos que se alegrarían de tenerlo. —Añadió—: Al fin y al cabo, no ha sido el único.

Resultó que tenía una compañera para esta nueva tarea, una tal Mrs. James, que había perdido a sus dos hijos, uno en el ejército, en el desierto africano, y el otro, en la Fuerza Aérea, volando sobre Alemania. Anna tuvo un breve encuentro con ella más tarde, aquel mismo día: una mujer flaca, mayor, con enormes ojos trágicos y una voz casi inaudible.

Había llevado a un hombrecillo chato de gran ímpetu, que procedió inmediatamente a convertir la sala vacía en almacén para la ropa que esperaban recibir. Limpió y clavó y movió muebles, y al final de la semana estaba todo listo, con un pequeño despacho en un rincón para Mrs. James.

El despacho en cuestión consistía únicamente en una silla y una mesa entre dos biombos, y no había calefacción en aquel lugar gélido, salvo una estufa eléctrica de un solo tubo dirigida hacia sus pies. Pero no parecía que Mrs. James le diera importancia. Se limitaba a quedarse sentada, mirando al vacío, como si se tratase de un sitio tan agradable como cualquier otro.

Mrs. Hammond siguió en su despacho junto al cuarto de costura, pero pasaba mucho tiempo corriendo de un lado a otro para ver cómo iba todo. Fue ella quien confeccionó el anuncio para
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