Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






descargar 0.88 Mb.
títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
página12/20
fecha de publicación02.04.2017
tamaño0.88 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Economía > Documentos
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   20
* Tally ho: grito del cazador al avistar al zorro. (N. del E.)

** Se trata de los tipos de avión de guerra empleados por los ingleses y los alemanes, respectivamente, durante la Segunda Guerra Mundial. (N. del E.)

—Su único hijo —dijo Miss Clinton-Brown, que había llegado justo después que Mrs. Riley.

—Fue por el honor de su escuadrón —dijo Mrs. Riley, adoptando una pose. Pero era precisamente eso lo que no había sido, con lo que la cosa pareció aún peor.

No se podía hacer más que continuar con el trabajo habitual. Las ancianitas apenas hablaban mientras deslizaban las máquinas a toda velocidad por las costuras, como si un lote mayor de pijamas pudiera compensar a Mrs. Hammond de su pérdida. Anna decidió ordenar el almacén de lana para tejer, y hasta la mitad de la mañana no se acordó de Max. ¿Qué pasaría ahora?

Al no recibir noticias de Mrs. Hammond, salvo el recado que trajo el chofer de que siguieran trabajando en su ausencia, al final de la mañana decidió llamar a Max.

—No creo que quiera ir a la cita —dijo, y sintió la depresión de Max filtrándose como un miasma por el teléfono—. ¡Y me parece muy bien! —gritó al recordar vividamente a Dickie sonriendo y hablando de su perro hacía tan poco tiempo.

Max dijo sin comprender:

—Si hablas con Mrs. Hammond, dile, por favor, que lo siento mucho. Pero si no me llamas, iré de todas formas, por si acaso.

Los siguientes días fueron lúgubres en la oficina. Las sesiones de Bovril eran lo peor. Las señoras tomaban la bebida caliente en silencio y volvían a su trabajo lo antes posible. Sólo una vez la pequeña Miss Potter hizo una pausa mientras le devolvía a Anna su taza vacía:

—¿Por qué precisamente él? —preguntó, y añadió, inconsciente de su falta de relación—. Siempre me preguntaba por mi periquito.

No hubo noticias de Mrs. Hammond, y el día de la cita de Max, Anna se sentía cada vez más deprimida al pensar que iba a venir desde el campo para nada. Iba a llegar a las doce, y un poco antes de esa hora, se puso a esperarle en la sala del hospital en desuso, para que no tuvieran que hablar en el cuarto de costura.

—¿Alguna novedad? —preguntó Max inmediatamente, y Anna negó con la cabeza, observando sus zapatos relucientes y el traje cepillado con esmero.

—En realidad, no pensaba que fuera a haberla. —De repente pareció desplomarse—. Pobre mujer —dijo, y añadió en tono de disculpa—: Es que sé que ésta es mi única oportunidad .

Se quedaron en la semioscuridad, sin saber qué hacer. Más valdría que se fueran a comer en cuanto se marcharan las señoras, pensó Anna. Tal vez pudiera meterles prisa.

—Voy al cuarto de costura —dijo, y en ese momento se oyó la portezuela de un coche. Se miraron.

—¿Crees que...? —preguntó Max.

Se oyeron pisadas afuera (no como las de Mrs. Hammond, pensó Anna; eran más lentas y apagadas), y al poco tiempo se abrió la puerta y ella misma entró en la habitación. Parpadeó al verlos inesperadamente en aquel lugar sombrío, pero por lo demás tenía el mismo aspecto de siempre, sin un solo pelo fuera de su sitio y cuidadosamente maquillada. Solamente los ojos eran diferentes, y la voz, ronca, como si tuviera que hacer un esfuerzo para hablar.

Al tartamudear ellos unas palabras de pésame, Mrs. Hammond meneó la cabeza.

—Está bien —dijo—. Lo sé.

Su mirada se clavó en Max unos momentos como si tratara de recrear a través suyo al pobre Dickie, que podía haber estado en el mismo sitio una o dos semanas antes. Después dijo:

—No puedo enfrentarme con las señoras. Mejor será que nos vayamos.

Se dirigió hacia la puerta, seguida por Max, pero se detuvo antes de llegar a ella.

—Max —dijo con su voz ronca, extraña—, sabes que no tienes que hacerlo. ¿Estás seguro de que es lo que realmente quieres?

Max asintió, y ella se le quedó mirando con una expresión casi de desprecio.

—¡Como una oveja al matadero! —gritó. Meneó la cabeza y le dijo que no le hiciera caso.

—Adelante —añadió—. Vamos a ver a Jack.

Dos semanas después Max fue admitido en la Fuerza Aérea.

Mamá comentó: «Ya te lo decía yo», y le enviaron a un campamento de entrenamiento en las Midlands, con condiciones de gran dureza. Pasaba la mayor parte del tiempo haciendo instrucción y desfilando, pero cuando vino a casa de permiso, con su uniforme, parecía más contento de lo que había estado en mucho tiempo.

En la primera ocasión que tuvo de pasar un día en Londres fue a la oficina a dar las gracias a Mrs. Hammond, pero ella no estaba. Desde la muerte de Dickie, iba cada vez menos, y Anna se encontró con que tenía que llevarlo todo ella sola. No era difícil, pero sí aburrido. No se había dado cuenta de lo mucho que su interés dependía de la presencia de Mrs. Hammond, y las ancianitas la echaban en falta incluso más que Anna.

Miraban melancólicas a Anna cuando les servía el Bovril, como si no mereciese la pena tomarlo si no estaba Mrs. Hammond para hablarles de Mr. Churchill y de la reina Guillermina, y se peleaban mucho más entre ellas. A Miss Clinton-Brown se le había adjudicado la tarea de cortar pijamas (tarea antes supervisada por Mrs. Hammond), y daba gracias a Dios constantemente por haberla hecho la clase de persona en que pueden confiar los demás, en tanto que Miss Potter y Mrs. Riley se sentaban juntas a decir groserías de ella, protegidas por el zumbido de las máquinas de coser.

Había menos cartas para mecanografiar, y Anna pasaba mucho tiempo comprobando datos en el fichero y manteniendo la paz. A veces, cuando no se le ocurría otra cosa, dibujaba a las ancianitas en un cuaderno, ocultándolo debajo de la mesa. Algunos le salieron bastante bien, pero siempre se sentía culpable, porque no le pagaban por hacer eso.

El invierno llegó pronto, y casi en seguida empezó a hacer frío. Anna lo notó por primera vez mientras esperaba el autobús una mañana. De repente, el abrigo parecía demasiado ligero para protegerla del viento, y cuando llegaba a la oficina tenía que poner los pies encima de la estufa de gas para descongelarlos. Los domingos, cuando hacía bueno, paseaba por el parque de Putney con mamá y papá. La hierba crujía bajo sus pies a causa de la escarcha, el estanque de Wimbledon se había helado, y los patos estaban parados y tristes en el hielo.

A veces, si se sentían espléndidos, entraban en el Telegraph Inn, y papá tomaba una cerveza, en tanto que Anna y mamá bebían sidra, antes de regresar al hotel a comer. Intentaban retrasarlo hasta el último momento, porque una vez allí, no tenían nada que hacer.

Después de la comida se sentaban todos en el salón, amueblado con las mesas y los sillones de imitación de cuero que Frau Gruber había traído del Hotel Continental, porque era la única habitación con calefacción. Tenía chimenea, y en los días del maharajah, cuando había todo el carbón que se quisiera, debía encenderse un gran fuego que calentaría todos los rincones. Pero ahora, con dificultades para obtener combustible, nunca alcanzaba la temperatura que a uno le hubiera gustado.

No era muy fascinante sentarse en la habitación tibia, sin nada que hacer salvo esperar la hora de la cena, pero la gente se entretenía en lo que podía. Leían, las dos señoras checas tejían interminables bufandas, y durante algún tiempo el Palomo Torcaz intentó enseñarle polaco a Anna. Tenía un libro que Anna se esforzaba en leer, pero un día en que se sentía deprimido se lo quitó en mitad de una frase.

—¿Para qué? Ninguno de nosotros volverá jamás a Polonia.

Todos sabían que, fueran los rusos o los alemanes quienes ganaran la guerra, ninguno devolvería a Polonia su independencia.

A veces una pareja llamada Poznanski organizaba discusiones de grupo sobre el tema. Nunca llegaban a ninguna conclusión, pero al parecer, el simple hecho de hablar de Polonia les animaba. A Anna le gustaba, porque los Poznanski repartían papel y lápices, por si alguien quería tomar notas, y en lugar de escuchar dibujaba disimuladamente a los otros.

En una ocasión hizo un dibujo muy gracioso de las dos señoras checas, tejiendo al unísono. Lo llevó al comedor cuando sonó el gong de la cena, y mamá lo cogió mientras esperaban a que les llegasen las bandejas de carne picada y repollo.

—Mira —dijo, y se lo enseñó a papá. Papá lo miró con atención.

—Es muy bueno —dijo finalmente—; como un Daumier de la primera época. Deberías dibujar mucho más.

—Debería ir a clase —dijo mamá con voz preocupada.

—Pero, mamá —replicó Anna—, tengo que trabajar.

—Bueno, por las tardes, o en los fines de semana —replicó mamá—. Si tuviéramos dinero...

Sería agradable, pensó Anna, tener algo que hacer por las tardes con lo aburridas que eran. Mamá y ella ya habían leído la mitad de los libros de la biblioteca pública, y la única distracción que quedaba era el bridge, que a Anna no le gustaba. Por tanto, se alegró cuando mamá anunció que los habían invitado a pasar la tarde con Dainty, la tía de mamá.

Tía Dainty era la madre del primo Otto, y la invitación era para celebrar el regreso de Otto de Canadá, donde le habían internado al principio, pero después le habían soltado y enviado a casa con un objetivo especial, sobre el que tía Dainty se mostraba evasiva.

—¿Vas a venir, papá? —preguntó Anna.

Pero papá había convencido por fin a la BBC para que emitiese uno de sus programas para Alemania, y estaba atareado escribiendo otro, en la esperanza de que también lo aceptasen, de modo que mamá y Anna fueron solas.

Mientras el autobús atravesaba el oscurecimiento hacia Golders Green, Anna preguntó:

—¿Por qué la llaman tía Dainty? *

—Le pusieron ese mote cuando era pequeña —respondió mamá—, y por alguna razón se quedó con él, aunque ahora no le pega nada. —Añadió—: Lo ha pasado muy mal. Su marido estuvo en un campo de concentración. Lo sacaron antes de la guerra, pero ya no ha vuelto a ser el mismo.

Les resultó difícil dar con la dirección (un sótano en una larga calle donde todas las casas parecían iguales), pero en cuanto mamá apretó el timbre, abrió la puerta una de las mujeres más corpulentas y ordinarias que Anna había visto en su vida. Iba embutida en una falda negra que le llegaba casi hasta los pies, y llevaba varios jerseys, rebecas y chales encima.

—¡Ah, hola, pasad! —gritó en alemán, mostrando una dentadura irregular; pero los ojos, medio enterrados en la gruesa cara, eran amigables y cálidos, y abrazó a mamá con entusiasmo.

—Hola, Dainty —dijo mamá—. Me alegro de verte.

Tía Dainty las hizo bajar unos escalones, y entraron en una habitación amplia, que debía haber sido antes una bodega, pero había adquirido cierto esplendor a fuerza de cortinas y adornos.
* Dainty: Melindroso. (N. del E.)

—Sentaos, sentaos —gritó, indicándoles un sofá atestado de cojines, y añadió—: Dios mío, Anna, cómo has crecido... Eres igual que tu padre.

—¿Sí? —repuso Anna complacida, y mientras se calentaba las manos en la estufa que caldeaba toda la habitación, mamá y tía Dainty se enredaron en la conversación acostumbrada de «cuántos años hace» y «¿no te acuerdas de aquel día en Lyons, de Oxford Street» y «ah, no tal vez estuviera en el colegio, pero estoy segura de que tienes que haberla visto», hasta que llegó Otto.

Llevaba el mejor traje que Anna le hubiera visto nunca, y tía Dainty le rodeó los hombros con el brazo, como si todavía no se hubiera acostumbrado a tenerlo en casa.

—Se vuelve a marchar muy pronto —dijo—. A Canadá.

—¿A Canadá? —repitió mamá—. Pero si acaba de venir de allí.

—He venido a entrevistarme con algunas personas y a arreglar ciertas cosas... papeleos y demás —dijo Otto—. Después volveré a Canadá para hacer un trabajo de investigación. Toco madera —añadió, precavido.

—De un lado a otro del Atlántico, como un péndulo —gimió tía Dainty—. Y con submarinos alemanes por todas partes, esperando para hundirle.

Pronunciaba la palabra submarinos subrayando mucho la u, con lo que parecía que tuvieran las bocas abiertas para devorarlo.

—¿Qué tipo de investigación? —preguntó mamá, a quien se le daba bien la física en el colegio—. ¿Algo interesante? Otto asintió.

—Me temo que es muy secreto —respondió—. ¿Te acuerdas del profesor de Cambridge, al que internaron conmigo? Pues también está metido en esto, con algunas personas más. Podría ser muy importante.

—Pero fíjate —exclamó tía Dainty—, al llegar a casa su padre no le reconoció. Yo le hablé, le dije: «Víctor, es tu hijo, ¿no lo recuerdas?» Pero no estamos seguros de que, ni siquiera ahora, se haya dado cuenta.

—Perdona —dijo mamá—. ¿Qué tal está Víctor?

Tía Dainty suspiró.

—No muy bien —contestó—. Se pasa la mayor parte del tiempo en la cama. La sopa... ¡hay que comer! —y salió disparada de la habitación.

Otto colocó unas sillas alrededor de la mesa que había en un rincón y ayudó a su madre a traer la comida. Había pan moreno y sopa con empanadas especiales.

¡Knoedel! —exclamó mamá, mordiendo una—. ¡Siempre has sido una cocinera fantástica, Dainty!

—Es que siempre me ha gustado —replicó tía Dainty—. Incluso cuando teníamos cocinera y seis criados, en Alemania. Pero ahora he aprendido algo nuevo. ¿Qué te parecen mis cortinas?

—¡Dainty! —gritó mamá—. ¡No las habrás hecho tú!

Tía Dainty asintió.

—Y los cojines del sofá, y esta falda, y un montón de cosas para los huéspedes.

—Ahorró dinero del alquiler para comprar una máquina de coser —dijo Otto—. Tuvo que alquilar las habitaciones de arriba mientras yo estaba internado..., por el estado en que se encuentra padre. Y ahora —concluyó con cariño—, está convirtiendo la casa en un palacio.

—¡Ay, Otto, en un palacio! —dijo tía Dainty, y, con lo grandullona que era, su expresión resultó infantil.

Mamá, que apenas sabía coser un botón, no podía creérselo.

—Pero, ¿cómo lo has hecho? —preguntó—. ¿Quién te ha enseñado?

—He ido a clases nocturnas —replicó tía Dainty—, del ayuntamiento del Condado de Londres. Son prácticamente gratis... Deberías intentarlo.

Mientras hablaba había despejado la mesa, y trajo una tarta de manzana. Cortó un trozo para que Otto lo llevara a su padre, y repartió el resto.

—¿Crees que le gustaría a Víctor que entrase a verle? —preguntó mamá. Pero tía Dainty negó con la cabeza.

—No serviría de nada —respondió—. No sabría quién eres.

Después de la cena volvieron junto a la estufa, y Otto se puso a hablar de Canadá. Lo había pasado mal en el viaje, encerrado en la bodega atestada de un barco, pero eso no había quebrantado su fe en los ingleses.

—No era culpa suya —dijo—. Tuvieron que encerrarnos. Podríamos haber sido nazis. La mayoría de los soldados ingleses eran buenas personas.

También los canadienses eran buenas personas, aunque no tanto como los ingleses, según dio a entender, y estaba especialmente satisfecho de que su nuevo trabajo fuera una empresa financiada por los ingleses.

—Pero me pagarán en dólares canadienses —dijo—, y podré mandar algo a casa.

Mamá volvió a interrogarle sobre su trabajo, pero Otto se limitó a sonreír y a decir que se trataba de algo muy pequeño.

—¡Con lo torpe que es Otto con las manos! —exclamó tía Dainty—. Igual que su primo Bonzo.

—¿Qué ha sido de él? —preguntó mamá, e inmediatamente se enredaron en la clase de conversación que Anna llevaba oyendo en todas las reuniones de adultos desde que saliera de Berlín a los nueve años. Era una interminable lista de familiares, amigos y conocidos que habían formado parte de la vida en Alemania, y que ahora estaban desperdigados por todo el mundo. Algunos habían tenido suerte, a otros los habían cogido los nazis, y la mayoría luchaban por sobrevivir.

Anna, o no los conocía, o había olvidado a casi todas aquellas personas, por lo que la conversación tenía poco interés para ella. Sus ojos pasearon por la habitación, desde las cortinas de tía Dainty, pasando por los libros de Otto, amontonados en una estantería, hasta la mesa con su brillante tapete, y la puerta.

La puerta estaba entreabierta, y de pronto se dio cuenta de que había alguien fuera, mirando. Fue tan inesperado que Anna se asustó y dirigió una rápida mirada a tía Dainty, pero ésta estaba sirviendo el café, en tanto que mamá y Otto miraban hacia el otro lado.

La figura de la puerta era vieja y casi calva, y tenía la cabeza, en uno de cuyos lados se veía una cicatriz, extrañamente deformada. Llevaba una especie de camisa y, cuando Anna lo miró, movió una mano en un vago gesto de silencio o de despedida. Es como un fantasma, pensó Anna, pero los ojos que le devolvieron la mirada eran humanos. Se apretó la camisa en torno al cuerpo y, al momento siguiente, había desaparecido. No debía llevar zapatos, pensó Anna, porque no se había oído ningún ruido.

—¿Solo o con leche? —preguntó tía Dainty.

—Con leche, por favor —respondió Anna, y al acercar la taza a tía Dainty, oyó como se cerraba la puerta de la casa.

Tía Dainty se sobresaltó.

—Perdonadme —dijo, y salió a toda prisa de la habitación.

Volvió casi en seguida, angustiada.

—¡Otto! —gritó—. Es tu padre. ¡Corre!

Otto se levantó de un brinco del sofá y se precipitó hacia la puerta, mientras tía Dainty se quedaba con las tazas en la mano, sin saber qué hacer.

—Se escapa constantemente —explicó—. Una vez llegó hasta el final de la calle... en camisón. Por suerte, lo vio un vecino que lo trajo a casa.

—¿Por qué lo hace? —preguntó mamá. Tía Dainty trató de dar a su voz un tono despreocupado.

—Pues —dijo—, al salir del campo de concentración ocurría todo el tiempo. No conseguíamos que comprendiese que ya no estaba allí, y supongo que tenía la idea de fugarse. Después mejoró, pero últimamente... —Miró a mamá con tristeza—. Verás, el cerebro ha sufrido daños, y a medida que la gente envejece, estas cosas empeoran.

Al otro lado de la puerta se oyeron dos voces, y tía Dainty dijo:

—Otto lo ha encontrado. Se oía la voz de Otto, aplacadora, y un leve gemido.

—¡Dios mío! —exclamó tía Dainty. Miró consternada a Anna—. No te disgustes por esto. —De repente se puso a hablar muy rápido—. Cuando se pone así no nos reconoce, especialmente a Otto, porque no le ve desde hace mucho tiempo. Cree que sigue en el campo de concentración, ¿entiendes?, y piensa que nosotros somos... Dios sabe lo que piensa que somos. Al pobre Otto le da mucha pena.

La puerta de la casa se cerró de golpe y Anna les oyó en la escalera; Otto hablaba, y el anciano suplicaba débilmente. Se oyó un topetazo al pie de la escalera (alguien debía haber tropezado), y a continuación apareció Otto en el umbral, rodeando con los brazos a su padre, tratando de guiarle hasta su habitación; pero el anciano se zafó y se dirigió tambaleante hacia mamá, que retrocedió involuntariamente.

—¡Dejadme ir! —gritó con su tenue voz—. ¡Dejadme ir! ¡Por favor, por el amor de Dios, dejadme ir!

Otto y tía Dainty se miraron.

—¿Había llegado muy lejos? —preguntó tía Dainty, y Otto movió la cabeza.

—Sólo dos casas más allá.

El anciano había encontrado un trozo de tarta de manzana en la mesa y estaba comiéndolo distraídamente.

—Padre... —dijo Otto.

—Cariño, es inútil —dijo tía Dainty, pero Otto no la hizo caso. Se acercó unos pasos a su padre, con cuidado, para no asustarle.

—Padre —repitió—, soy yo..., Otto. El anciano siguió comiendo.

—Ya no estás en el campo de concentración —dijo—. Te sacamos... ¿no te acuerdas? Estás a salvo, en Inglaterra. Estás en casa.

Su padre volvió la cara hacia él. Aún tenía el pastel en la mano, y llevaba enganchado el camisón alrededor de uno de sus tobillos desnudos. Miró intensamente a Otto, con sus ojos de anciano. Después soltó un chillido.

—Llama al médico —ordenó tía Dainty.

—Padre... —insistió Otto, sin ningún resultado.

Tía Dainty se aproximó al anciano, y le cogió por los hombros. El trató de resistirse, pero no podía competir con tía Dainty, quien le llevó a la cama mientras Otto iba a llamar por teléfono al médico. Arma le vio la cara al pasar junto a ella. Tenía una expresión como de muerto.

Mamá y ella permanecieron en silencio hasta que regresó tía Dainty.

—Lo siento —dijo—. Ojalá no hubiera ocurrido mientras estabais aquí.

Mamá le rodeó los anchos hombros con sus brazos.

—¡Mi querida Dainty! —exclamó—. ¡No sabía nada!

—No te preocupes —replicó tía Dainty—. Ya me he acostumbrado..., en la medida en que se puede una acostumbrar. —De repente, las lágrimas rodaron por su cara—. Es por Otto —gimió—. No puedo soportar verle. Siempre ha querido mucho a su padre. Recuerdo que cuando era pequeño no paraba de hablar de él. —Miró hacia el dormitorio, donde el anciano sacudía desmayadamente la puerta—. ¿Cómo puede hacer la gente cosas así? —preguntó—. ¿Cómo pueden hacerlo?

Una vez sentadas en el autobús, en el largo trayecto hasta casa, Anna preguntó:

—¿Cómo sacaron a tío Víctor del campo de concentración?

—Fue una especie de rescate —explicó mamá—. Dainty vendió todos sus bienes (era muy rica) y dio el dinero a los nazis. Otto ya había llegado a Inglaterra. Habló con alguien del Departamento del Interior y logró que permitieran la entrada de Víctor aquí. De otro modo los nazis nunca le hubieran dejado salir.

—Por eso dice Otto que los ingleses son maravillosos —replicó Anna.

Se preguntó cómo se sentiría uno en la piel de Otto. En el caso de que fuera papá el que hubiera estado en el campo de concentración... La sola idea era insoportable. Se alegraba de que, al menos, Otto tuviera ese trabajo. Se lo imaginaba en Canadá, metido de lleno en sus asuntos, sin pensar en otra cosa, para borrar lo que habían hecho a su padre, para ayudar a los maravillosos ingleses a ganar su guerra. Cualquiera que fuese la investigación que habían encargado a Otto estaba segura de que la haría extraordinariamente bien.

—Mamá —dijo—, ¿qué significa muy pequeña en física?

Mamá sentía frío y estaba cansada.

—Pues tú tienes que saberlo —respondió—. Moléculas, átomos..., cosas así.

Átomos, pensó Anna. Qué lástima. No parecía que la investigación de Otto tuviera mucha importancia.

Unos días después Otto fue a despedirse. Dijo que su padre se encontraba mejor. El médico le había recetado unos calmantes nuevos y dormía la mayor parte del tiempo.

—Cuida a mi madre —rogó a mamá, que prometió hacerlo.

Antes de marcharse le dio un folleto.

—Mi madre me ha pedido que te lo diera —dijo un poco avergonzado—. Piensa que a lo mejor te interesa... Es lo de las clases nocturnas.

Anna lo hojeó cuando Otto se hubo marchado. Era extraordinario lo que se podía aprender por una matrícula modesta: desde contabilidad hasta tapicería, pasando por griego antiguo.

—Mira, mamá. Incluso hay clases de dibujo.

—Sí que las hay.

Incrédulas, comprobaron el precio. Ocho chelines y seis peniques al año.

—Llamaremos a primera hora mañana por la mañana —dijo mamá.

Pasaron las navidades en el campo, con los Rosenberg. La hermana del profesor y sus dos hijos se habían ido a vivir con otro familiar a Manchester, donde había mejores colegios, y la atmósfera era mucho más tranquila que cuando estuvo Anna. Todos estaban contentos porque los americanos por fin habían decidido intervenir en la guerra, y el profesor llegó a decir que tal vez ésta acabara a finales de 1942.

Tía Louise había puesto un árbol de Navidad que ocupaba un rincón del comedor, y el día de Navidad, Max se las arregló para ir a comer, a fuerza de hacer autostop en el camino de ida y en el de vuelta. Estaba aprendiendo a volar, y casi había terminado su preparación como piloto. Como siempre, había sacado el número uno en todos los exámenes, y ya le habían recomendado para recibir el despacho de oficial.

Anna le contó que iba a empezar a dar clases de dibujo después de las vacaciones.

—A dibujar con modelo —dijo—, en una academia de verdad.

—Será un buen espectáculo —dijo Max, porque eso era lo que se decía en la Fuerza Aérea, pero tía Louise no salía de su asombro.

—¡Con modelo! —exclamó—. ¡Dios mío! ¡Te encontrarás con gente de todas clases!

Era imposible saber si la perspectiva se le antojaba peligrosa o tentadora, pero evidentemente lo consideraba algo desbordante de emoción. Así que Anna quedó un poco decepcionada cuando, al cabo de una o dos semanas, fue a la primera clase nocturna de la academia de dibujo «Holborn».

La enviaron a una habitación grande y desnuda con una tarima de madera y un biombo en un extremo. Había unas cuantas personas sentadas, algunas con tableros de dibujo apoyados sobre las rodillas, otras leyendo el periódico. Casi todas tenían el abrigo puesto, ya que hacía mucho frío.

Nada más entrar apareció una mujer de baja estatura con una bolsa de la compra y se metió rápidamente tras el biombo. Se oyó un golpetazo al dejar caer la bolsa al suelo, y salió una patata rodando de debajo del biombo, pero la mujer la recuperó inmediatamente y apareció unos instantes después con una bata rosa.

—Caramba, hace un frío que pela —comentó; encendió una estufa eléctrica enfocada hacia la tarima y se acurrucó frente a ella.

Anna ya había cogido papel de dibujo de un montón que tenía el letrero de «Un penique la hoja», y lo había sujetado con chinchetas en uno de los tableros que, al parecer, eran de uso común. Sacó el lápiz y la goma y se sentó a horcajadas en uno de los bancos de madera que había, apoyando el tablero sobre la parte delantera en forma de caballete, como los demás alumnos. Estaba lista para aprender a dibujar, pero no ocurrió nada. A un lado una señora mayor tejía un calcetín y al otro un joven de unos dieciséis años terminaba de comer un bocadillo.

Al fin volvió a abrirse la puerta y apareció un señor con trenca.

—¡Otra vez tarde, John! —vociferó el joven que había junto a Anna, con fuerte acento Gales.

El hombre miró la habitación con sus ojos azules y ausentes, hasta que logró concentrar su atención.

—No seas caradura, William —replicó—. ¡Y más te vale que hoy me hagas un buen dibujo, o le diré a tu padre lo que pienso de ti!

El chico Gales sonrió y repuso «Sí, señor», con respeto burlón, en tanto que el hombre se quitaba la trenca e iba a hablar con la modelo.

Anna le oyó decir algo sobre posar de pie, pero la modelo negó con la
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   20

similar:

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen de la primera parte. (Primera parte de Guzmán de Alfarache)

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPara z porque la extraño y la portada, que es suya, no podía faltar...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconDr. James Iffland (Boston University)
«El Quijote desde América (Segunda Parte)» es un simposio internacional en celebración del IV centenario de la publicación de la...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconResumen Este artículo tiene una introducción y dos partes. La primera...

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconSíntesis. Para esta primera parte leer: Roberto Amigo

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte

Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte iconPrimera parte






© 2015
contactos
l.exam-10.com