Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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Segunda parte



En comparación con el verano, el invierno fue casi cómodo. Para empezar, los ataques aéreos disminuyeron. Hubo varias noches de diciembre en que sonaron las sirenas, pero cuando llegaban los alemanes, raramente caían bombas en Putney. Como consecuencia, se podía dormir en la cama todas las noches y, aunque algunas eran más ruidosas que otras, el cansancio desesperante que había formado parte de la vida diaria fue reduciéndose poco a poco.

La casa de Putney era más acogedora que el Hotel Continental, y tener jardín parecía un gran lujo.

—En el verano compraremos unas tumbonas —decía Frau Gruber; pero incluso en invierno, el Palomo Torcaz y los demás polacos, checos y alemanes paseaban admirados entre las hojas muertas, por el césped descuidado.

Lo único que no le gustaba a Anna era tener que compartir la habitación con mamá. Casi no había habitaciones individuales y comprendía que papá, que se quedaba en casa todo el día, necesitaba un sitio para escribir; aun así, detestaba el hecho de no estar nunca sola. Pero como no se podía hacer nada, intentaba pensarlo lo menos posible.

La mayor parte del tiempo tenía la cabeza ocupada con su trabajo. No era difícil, pero al principio se sentía nerviosa. El primer día fue angustioso; no sólo porque temiera cometer un error, sino porque dos días antes descubrió que había cogido piojos en el metro. No era raro (había epidemia de piojos entre las personas que utilizaban los refugios, y era muy fácil contagiarse), pero ¡precisamente antes de empezar un trabajo!

Mamá fue corriendo a la farmacia a comprar un líquido pardo apestoso, y Anna había pasado todo el fin de semana intentando quitarse los piojos en el hotel bombardeado. Al final el pelo parecía limpio, pero a pesar de ello, el primer día que desempeñó sus funciones de secretaria estuvo obsesionada por la posibilidad de que se le escapara un piojo (uno solo) y que saliera del pelo y se pusiera a pasearse por la oreja o por el cuello mientras la miraba Mrs. Hammond. Tanto le preocupaba que iba constantemente al lavabo a examinarse el pelo en el espejo, hasta que una de las viejecitas de las máquinas de coser le preguntó con amabilidad si tenía mal la tripa. Por suerte, la honorable Mrs. Hammond lo atribuyó al hecho de haber sufrido un bombardeo recientemente y, una vez convencida de que había exterminado los piojos, Anna pudo concentrarse en el trabajo y hacerlo bien.

No era gran cosa. Por la mañana, y en primer lugar, revisaba el correo, desempaquetaba las prendas que hubieran recibido y enviaba más lana a las tejedoras. A continuación sacaba los pijamas y las vendas a medio hacer para las ancianitas, que llegaban a las diez, y las máquinas de coser empezaban a rugir.

Tenía que andarse con cuidado al repartir las tareas, porque las ancianas se ofendían rápidamente. Venían señoras distintas en días diferentes, pero las más asiduas eran Miss Clinton-Brown, alta y religiosa, la pequeña Miss Potter, que sólo hablaba de su periquito, y Mrs. Riley, que decía ser una actriz retirada, pero que en realidad había trabajado en teatros de revistas. Llevaba un delirante chal de flecos y olía mal, lo que hacía que las otras damas, más gentiles, arrugasen la nariz.

Siempre estaban intentando convencer a Mrs. Hammond de que se deshiciera de ella, pero era muy buena trabajadora.

—Un poco apestosa, vale —decía Mrs. Hammond—, pero a los chavales del hospital no les importará. Además, lavan los pijamas antes de dárselos.

La llegada de Mrs. Hammond, alrededor de las once, era el punto culminante de la mañana. En cuanto oían acercarse el taxi, las viejecitas se ponían a gorjear y a arreglarse, y al entrar ella en la sala de costura, inclinaban la cabeza sobre su trabajo, y las máquinas corrían al doble de la velocidad normal.

—...días, señoras! —gritaba; y ésta era la señal para que Anna echase agua hirviendo en el Bovril y lo sirviese. Mrs. Hammond se llevaba la taza a su despacho pero, para alegría de las viejecitas, a veces volvía al cuarto de costura y se ponía a charlar con ellas mientras lo tomaba. Vivía en el Hotel Claridge durante la semana (los fines de semana se marchaba a su finca del campo), y se reunía con personas famosas de todas clases, y cuando mencionaba despreocupadamente sus nombres, las ancianitas casi se mareaban de la emoción.

—Anoche conocí a la reina Guillermina —decía—. Pobrecilla... está chiflada. —O—: He oído hablar a Mr. Churchill en una cena...; es un hombre maravilloso, pero créanme, no más alto que yo —y las señoras se repetían la información unas a otras, haciéndola rodar por sus lenguas, encantadas con la chifladura de la reina holandesa y con la pequeña estatura de Mr. Churchill durante el resto de la semana.

Después del Bovril, Mrs. Hammond llamaba a Anna a su despacho para dictarle cartas hasta la hora de comer, y Anna pasaba la tarde mecanografiándolas. La mayor parte de las cartas iban dirigidas a jefes de alta graduación del ejército, a quienes, según parecía, Mrs. Hammond debía conocer desde la infancia, que querían que les enviase prendas de lana para los hombres a su mando. Casi siempre lograba proporcionarles lo que necesitaban.

Una o dos veces escribió una nota a su hijo, Dickie, que estaba en la Fuerza Aérea, tratando de hacerse piloto con grandes dificultades.

—El pobre ya tiene suficiente con calcular sumas para encima descifrar mis garabatos —decía, y dictaba una carta breve y cariñosa, dándole ánimos, acompañada de algún regalito, tal como un par de guantes o calcetines azules de la Fuerza Aérea.

En una ocasión, su hijo vino a la oficina, y Mrs. Hammond se lo presentó a Anna: era un chico rechoncho, de expresión abierta, y unos diecinueve años de edad, que tartamudeaba. Iba a examinarse al día siguiente, y estaba preocupado.

—¡Aprobarás! —gritó Mrs. Hammond—. ¡Al final siempre lo sacas! —Y él la sonrió tristemente—. El pro-problema es —dijo—, que ten-tengo que trabajar el doble que los demás.

Mrs. Hammond le dio unas palmaditas cariñosas en la espalda.

—¡Pobre chaval! —vociferó—. No tiene cabeza para los estudios, pero, te lo aseguro: ¡no hay nadie mejor que Dickie para atender a una vaca enferma! —explicó a Anna.

Al final de la semana Anna recibía su sueldo y pagaba a Frau Gruber dos libras y cinco chelines por su habitación. Se le iban quince chelines en transportes, almuerzos y necesidades tales como pasta de dientes y reparación de calzado, cinco chelines en pagar a Madame Laroche la máquina de estenografía, que no estaba incluida en el precio de la matrícula, y los cinco chelines restantes los ahorraba. Calculaba que para mayo habría satisfecho la deuda con Madame Laroche y podría ahorrar diez chelines a la semana. Se le antojaban unos ingresos prodigiosos.

Mrs. Hammond era amable con ella de una forma muy curiosa. A veces le preguntaba si se encontraba bien, si le gustaba la nueva vivienda de Putney, si papá tenía trabajo. Pero se empeñaba en mantener en secreto su origen alemán, especialmente con las viejecitas.

—Ellas no lo entenderían —decía—. A lo mejor sospecharían que ibas a sabotear los pasamontañas.

Una vez en que Max estaba en Londres pasando las vacaciones de Pascua, los llevó a los dos al cine.

Después Max dijo:

—Me cae bien tu Mrs. Hammond. ¿Pero no te aburres nunca?

Había tenido que esperar a Anna en la oficina, y la había visto mecanografiar cartas y empaquetar lana.

Anna le miró sin comprender.

—No —respondió.

Llevaba un jersey verde nuevo, comprado con su dinero, ya casi había devuelto el dinero de la máquina de estenografía, y aquella mañana, la señora Hammond la había presentado a un coronel que había ido a visitarla como «mi joven ayudante. Prácticamente lo lleva todo ella sola». ¿Cómo iba a aburrirse?

A medida que el tiempo se iba haciendo más caluroso, volvió a aumentar el temor a la invasión, hasta que un día de junio, poco después del decimoséptimo cumpleaños de Anna, se oyó una noticia por la radio que dejó asombrados a todos. Los alemanes habían invadido Rusia.

—¡Pero si yo creía que los rusos y los alemanes eran aliados! —exclamó Anna.

Papá levantó una ceja.

—También lo creían los rusos —dijo.

Era evidente que si los alemanes habían abierto un frente ruso, no podían invadir Inglaterra al mismo tiempo, y en la oficina hubo un gran regocijo. La sesión de Bovril se dilató hasta casi una hora, mientras Mrs. Hammond hablaba de un general que le había dicho que los alemanes no durarían ni un mes luchando contra Stalin. Miss Clinton-Brown dio gracias a Dios, Miss Potter comentó que había enseñado a su periquito a decir: «Muera Stalin», y que le preocupaba que ahora se interpretase mal, y Mrs. Riley se levantó repentinamente de la silla, cogió la vara que se utilizaba para subir la cortina de oscurecimiento e hizo una demostración de cómo había posado en el papel de Britanniá en el Oíd Bedford Music Hall en 1918.

Después Mrs. Hammond y Anna se retiraron al despacho, pero apenas habían hecho media docena de cartas cuando volvieron a interrumpirlas. En esta ocasión era Dickie, de permiso inesperado, con un flamante uniforme de oficial.

—He apro-aprobado todos los exámenes, mamá —dijo—. El segundo de la co-cola, pe-pero he aprobado. ¡Se pre-presenta el oficial Hammond!

Mrs. Hammond estaba tan encantada que renunció a seguir trabajando e invitó a Anna a comer con ellos.

—Iremos a casa —dijo, lo que equivalía a decir al Claridge.

Anna solamente había estado allí una vez, para entregar unas cartas que Mrs. Hammond había olvidado en la oficina, y nada más había llegado hasta la conserjería. Ahora fue precipitadamente a la zaga de Mrs. Hammond, atravesando el vestíbulo de gruesa alfombra; cruzó las puertas giratorias y entró finalmente en el comedor de columnas, donde les recibió el maitre. («Buenos días, señora Hammond, buenos días, señoríto Richard»), que los escoltó hasta su mesa. A su alrededor había personas con uniforme, la mayoría muy importantes, comiendo, hablando y bebiendo, y el murmullo de la conversación llenaba la estancia.

—¡Unas cepitas! —bramó Mrs. Hammond, y ante ella se materializó un vaso de algo que Anna decidió debía ser ginebra. No le gustaba mucho, pero lo bebió. Después el camarero trajo la comida, y mientras Anna se las entendía con un gran trozo de pollo, empezó a sentirse muy contenía. No hacía falta que dijera nada, porque Mrs. Hammond y Dickie hablaban de la finca, y especialmente de un perro de Dickie. («¿Estás segura», preguntaba éste, «de que Wil-Wilson le ha qui-quitado las lombrices?»), de modo que se puso a mirar a su alrededor, y fue la primera en advertir que un hombre delgado con uniforme de la Fuerza Aérea se acercaba majestuosamente hacia ellos. Llevaba muchos galones dorados, y en cuanto lo vio, Dickie saltó de la silla y saludó. El hombre hizo una inclinación de cabeza y sonrió levemente, pero su atención estaba centrada en Mrs. Hammond.

—¡Botas! —gritó, y ella contestó encantada—: ¡Jack! ¡Qué bien! ¡Siéntate!

Lo presentó a Dickie y a Anna como mariscal de la Fuerza Aérea, de quien incluso Anna había oído hablar; pidió otra ronda de ginebra, y a continuación el mariscal pidió una tercera, para celebrar las noticias de Rusia.

—Es lo mejor que ha pasado en la guerra —dijo—, desde que derrotamos a esos hijos de puta en septiembre —y se sumergió en una larga conversación con Mrs. Hammond sobre las consecuencias de este nuevo suceso.

La sensación de felicidad de Anna había aumentado con cada ginebra, hasta que llegó a ser como una enorme sonrisa en que se encontraba completamente envuelta, pero como Dickie la estaba mirando, pensó que debía decir algo.

—Siento que tu perro no esté bien —soltó al fin, un tanto confusamente, y de inmediato descubrió que la invadía una oleada de lástima por el pobre animal al que tal vez no hubieran quitado las lombrices a su debido tiempo.

Dickie la miró agradecido.

—Es-estoy un poco preocupado —admitió, y se puso a hablar de la falta de apetito del perro, del estado de las lanas (¿por qué tiene lana?, pensó Anna, hasta que recordó que debía referirse al pelo), y de su falta de confianza en el juicio de Wilson. Después la emprendió con los caballos, y también con las vacas. Hoy en día, era difícil encontrar tipos que los cuidaran como es debido. Sentado allí, con su uniforme de oficial, compungido, Anna le escuchaba y asentía, pensando que Dickie era muy simpático y que era bonito almorzar en Claridge con un mariscal del Aire, y que qué bien que los alemanes hubieran atacado Rusia y no fueran a invadir Inglaterra.

Y cuando el mariscal del Aire, al despedirse, felicitó a Dickie por su atractiva novia, también le pareció bonito y divertido, pero ocurrió una cosa aún más divertida cuando se hubo marchado.

—Mamá —dijo Dickie en tono de reproche—, ese hombre ti-tiene a su cargo un ter-tercio de las Fu-Fuerzas Armadas. ¿Por qué te llama Botas?

Mrs. Hammond respondió con tono de sorpresa:

—Siempre me ha llamado así, desde que íbamos juntos a clase de baile cuando teníamos cinco años, y yo le pisaba.

Anna se rió tanto que le resultó difícil parar, y Mrs. Hammond exclamó:

—¡Cielo Santo! ¡Hemos emborrachado a la pobre criatura!

Le dio una taza de café solo y después la llevó a la estación de metro de Bond Street, y le dijo que se tomara la tarde libre.

—Pide perdón de mi parte a tu mamá —dijo—. Pero es que, entre el frente ruso y el despacho de oficial de Dickie...

Al parecer, se le había olvidado el resto de la frase, y Anna advirtió que también el habla de Mrs. Hammond era menos precisa de lo normal.

—¡De todas formas —gritó mientras retrocedía un tanto tambaleante hacia el coche—, ha sido una fiesta puñeteramente bonita!

Incluso una vez desaparecidos los efectos de la ginebra, Anna seguía pensando que la historia del mariscal del Aire era muy divertida, y se la contó a Max en la siguiente ocasión en que le vio. Ya era julio, y Max estaba sumido en una profunda depresión. El trimestre de verano había acabado y no quería embarcarse en un segundo año de enseñanza, pero todos sus esfuerzos para ingresar en el ejército sólo habían dado resultados desalentadores.

La Marina y el Ejército de Tierra tenían normas estrictas que prohibían el ingreso de extranjeros. La Fuerza Aérea, al ser una rama más joven, no tenía tales normas, pero tampoco los aceptaba. Max había perdido prácticamente las esperanzas, pero al oír el nombre del mariscal del Aire aguzó los oídos.

—Si pudiera hablar con él... —dijo—. ¿Crees que Mrs. Hammond me recomendaría?

—Pues podría preguntárselo —respondió Anna, dubitativa; pero en realidad Mrs. Hammond hizo mucho más.

El lunes siguiente, cuando Anna le hubo explicado la situación, llamó al mariscal del Aire, rompiendo la barrera de secretarios, adjuntos y ayudantes, del mismo modo que un barco se abre paso entre las olas.

—Jack —dijo—, quiero que conozcas a un joven bastante especial. ¿Puedes comer conmigo un día? —Después, en respuesta a una pregunta formulada al otro extremo del cable—: Yo diría que muy brillante. —Siguieron charlando sobre la guerra, con una referencia a Dickie, a quien acababan de enviar a su primer escuadrón de maniobras, hasta que la conversación acabó con una carcajada y el inexplicable grito de: «¡Tally ho!» *.

—Bueno, ya está arreglado —dijo la señora Hammond—. Max y yo vamos a comer con Jack.

La cita era para casi dos semanas más tarde, y Max se puso muy nervioso. Entretanto, decidió aprender lo más posible sobre aviones, y ponía interminables redacciones a sus alumnos en clase, mientras estudiaba las características de todos, desde los Tiger Moths a los Messerschmitts **, y por añadidura, un libro de teoría de vuelo.

Papá le animaba:

—Un mariscal del Aire de ese calibre —decía— esperará que estés bien informado. —Pero mamá se negaba siquiera a pensar que pudiera haber alguna dificultad.

—Pues claro que el mariscal del Aire hará una excepción contigo —dijo, provocando la ira de Max.

—¡Pero cómo puedes saberlo! —gritó—. ¡Y si no ocurre así, no sé qué haré!

Anna tocaba madera. Sabía que si Max no ingresaba en la Fuerza Aérea se sentiría como si hubiera llegado el fin del mundo.

Unos días antes de la cita de Max, Anna estaba desembalando unas prendas de lana en la oficina. Una de ellas era un jersey de la Fuerza Aérea, y lo tenía en alto, preguntándose si Max llevaría uno igual pronto, cuando entró Mrs. Riley con la cara desencajada por la pena.

—Hay unas noticias terribles —dijo.

—¿Sobre qué? —preguntó Anna. No había oído nada especial en la radio.

Mrs. Riley hizo un gesto trágico con la mano.

—Pobre mujer —dijo—. Pobre, pobre Mrs. Hammond. Y ayer mismo estaba más contenta que unas pascuas.

Como Mrs. Riley siempre hacía un drama de cualquier cosa, Anna preguntó con irritación:

—¿Qué le ha pasado? —sin esperar oír nada importante.

Se quedó helada cuando Mrs. Riley contestó:

—Su hijo ha muerto pilotando su avión.

Dickie, pensó Anna, no demasiado brillante, con su cara simpática, y sus preocupaciones por las vacas y los caballos. Ni siquiera había sido un vuelo de operaciones, sino de prácticas. El motor del avión se había parado y se había estrellado, y toda la tripulación había muerto. Mr. Hammond había traído la noticia a última hora de la tarde anterior —Anna se había marchado ya a echar al correo unos paquetes—, y

se había llevado a Mrs. Hammond a casa.

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