Para mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte






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títuloPara mi hermano Michael Índice primera parte 4 Segunda parte 68 Primera parte
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maharajah, como alguien había dicho? Se sentía incómoda, consciente de sus pantalones y su viejo jersey, pero una señora pelirroja de vestido negro le dijo amablemente que estaba muy guapa, e incluso pidió la corroboración de su marido, quien le dijo algo sobre el frente de batalla y le preguntó cómo era Londres en medio de los combates aéreos.

Resultó que, en esa casa, nadie había pasado una noche en Londres desde el comienzo de los bombardeos, y le formularon interminables preguntas, corno si fuera un ser extraño, de otro mundo. El maharajah, si es que lo era, no dejaba de repetir: «Terrible, terrible» y «¿Cómo podrá sobrevivir la gente?», cosa bastante estúpida, pensó Anna, porque, ¿qué se podía hacer, si no quedaba otra alternativa?, y una anciana con trompetilla intervino:

—Dime, nena, ¿es cierto que hacen mucho ruido?

La cena, servida por las enfurruñadas Inge y Lotte, fue increíblemente buena, y con el estómago deliciosamente lleno, Anna casi se quedó dormida durante las rituales noticias de las nueve.

El profesor le puso una venda como es debido en la cortadura de la mano, a la que todos se empeñaban en referirse como «la herida», y para entonces, aquella especie de sueño en que se había convertido la noche se había apoderado de ella de tal modo que no le sorprendió lo más mínimo que apareciese Fraulein Pimke en bata, zapatillas y redecilla del pelo a dar a todos un beso y desearles buenas noches.

—¿Ha estado bien la cena? —susurraba a cada invitado, e incluso el maharajah dijo: «Sí», y le permitió que le besara la mano.

Anna casi se caía cuando al fin tía Louise la llevó a su habitación. Era bonita y limpia, con sábanas nuevas en la cama. Al otro lado de la ventana había árboles y un gran cielo tranquilo. Ni bombas, ni aviones, ni ruidos. Mamá y papá..., pensó al tiempo que hundía la cabeza entre las almohadas, pero estaba tan cansada y la cama era tan blanda que no pudo terminar de pensarlo, y se quedó dormida.

Al despertarse era pleno día. Durante unos minutos miró atónita las paredes blancas y las cortinas de flores. Volvió a estirarse en la cama con una maravillosa sensación de bienestar. Se sentía como si acabase de recuperarse de una enfermedad grave. Debe ser por haber dormido toda la noche sin interrupciones, pensó. Al mirar el reloj descubrió que era casi mediodía.

Se levantó rápidamente; se puso la falda en lugar de los pantalones (pero como en Londres era difícil lavar cualquier cosa, no mejoró mucho su aspecto), y bajó.

El salón estaba vacío, salvo por la anciana de la trompetilla. Al ver a Anna sonrió y gritó:

—Mucho ruido, ¿eh?

—Sí, pero aquí no —chilló Anna.

Por las puertas-ventanas vio nubes grises desplazándose por el cielo. Con suerte, mamá y papá habrán pasado una noche bastante tranquila. Como no tenía hambre y además era ya demasiado tarde para desayunar, salió.

El viento era fuerte, pero no frío, y en la terraza le pasaron rozando remolinos de hojas. Al final de la terraza se extendía lo que antes había sido césped, pero ahora, la hierba húmeda se enroscaba en sus pantorrillas e incluso en las rodillas al andar. Era muy extenso, y al llegar a la mitad, se detuvo un momento, con el viento soplándole en la cara y la hierba meciéndose. Era como estar en el mar, y tal vez debido a que no había desayunado, el balanceo casi llegó a marearla.

Ante ella, la hierba descendía hacia una hilera de árboles, y al llegar allí descubrió un riachuelo que discurría entre ellos. Se agachó para verlo, y en ese mismo momento salió el sol y el agua, que hasta entonces era del color del barro, se tornó de un azul verdoso brillante. Apareció un pececito, moviéndose apenas sobre el fondo arenoso, nítido a la luz repentina. Vio cada escama destellante, insertada en el cuerpo rechoncho, los ojos redondos, atónitos, la forma de las delicadas aletas y de la cola. Parado entre las corrientes, a veces parecía verde y a veces plateado, y su boca en forma de pala se estiraba y se encogía al abrirse y cerrarse. Anna se quedó mirándolo, sentada, casi sintiéndolo con los ojos, pero debió hacer algún movimiento, porque el pez salió disparado como una flecha y al momento siguiente desapareció el sol y el riachuelo se tornó de nuevo pardo y sombrío.

En el agua flotaban hojas de los árboles que había sobre ella; al poco rato Anna se levantó y regresó a la casa. Aún veía el pez mentalmente. Si se pudiera pintar eso, pensó. El viento soplaba por entre su pelo y entre la hierba y, repentinamente borracha pensó: ¡y jirafas y tigres, y árboles y personas y toda la belleza del mundo!

Encontró a la mayoría de los invitados reunidos en el salón, y todos le preguntaron si se sentía mejor, excepto la anciana de la trompetilla, que estaba demasiado ocupada asomándose al comedor para comprobar si el almuerzo estaba ya listo. Tía Louise, agotada por las tragedias domésticas de la noche anterior, estaba descansando en su habitación, y al maharajah no se le veía por ninguna parte.

El profesor estaba hablando sobre los viejos tiempos en Berlín.

—El cumpleaños de la abuela —dijo—. ¿Recuerdas que venían todos los niños? Su hermana asintió:

—Ees daba regalos a todos.

—Gracias a Dios que no ha vivido lo suficiente para ver en qué ha acabado todo —sentenció el profesor.

Se abrió la puerta y apareció el maharajah, para alivio de Anna, que casi había llegado a creer que lo había soñado. Aún llevaba el turbante, pero el traje era oscuro, corriente, y todos se pusieron a hablar en inglés inmediatamente, por cortesía hacia él. Solamente la anciana de la trompetilla dijo muy alto, en alemán:

—Servía el mejor pescado gefilte de toda Prusia.

Anna se preguntaba si las criadas que se habían despedido servirían el almuerzo, pero para su sorpresa, ambas estaban en el comedor, todo sonrisas y atenciones. (Después descubrió que tía Eouise les había subido el sueldo.) Se sentó junto al maharajah, que volvió a formularle preguntas sobre los ataques aéreos y le contó que le había asustado tanto el primero que se puso enfermo, y que el profesor le había traído al campo para que se quedase allí hasta que tuviera un pasaje para la India.

—Es usted mi benefactor —dijo al profesor, apretándole la mano.

—Y de todos los que estamos en esta casa —añadió la señora pelirroja, cosa que al parecer agradó al profesor, aunque tenía una expresión preocupada, y poco después comentó que era espantoso lo que había subido el precio de la comida desde la guerra.

Anna preguntó por los dos chicos, y la hermana del profesor le dijo que iban al instituto de la ciudad vecina, pero que no estaban aprendiendo nada, porque habían llamado a filas a los mejores profesores.

—Eso son tonterías. Te preocupas demasiado —dijo la señora pelirroja, lo que irritó mucho a la hermana del profesor, y en cuestión de minutos para sorpresa de Anna, todos se habían enzarzado en una violenta discusión. Sólo el maharajah se conformaba con repetir—: La educación es la mejor joya en la corona de un joven —con lo que nadie podía disentir, y la anciana pidió a Anna que le pasara la salsa y devoró en silencio todo lo que tenía delante.

Fue un alivio que acabara el almuerzo y la mayoría de los invitados anunciaran que se retiraban a sus habitaciones para descansar. ¿De qué?, pensó Anna.

Había empezado a lloviznar y no le apetecía volver a salir, de modo que escribió una nota a mamá y se lavó la ropa en el lavadero que descubrió detrás de la cocina.

Al volver al salón eran solamente las tres y media, y no había nadie, a excepción de la anciana, que se había dormido en su sillón con la boca abierta.

Había una revista sobre la mesa, y Anna la hojeó, pero era sobre caballos y al final se quedó sentada sin hacer nada. La anciana emitía débiles ronquidos. Tenía una pelusilla en el vestido, muy cerca de la boca, y cada vez que respiraba se movía muy ligeramente. Anna lo observó un rato, con la esperanza de que ocurriese algo, la anciana podía tragársela o estornudar o algo, pero no pasó nada.

La habitación se oscurecía lentamente. La anciana roncaba, la pelusilla se movía al ritmo de su respiración, y Anna empezaba a tener la sensación de haber estado allí siempre cuando se produjo una repentina agitación.

Primero entró Lotte con el carrito del té. La anciana, que debía haberlo olido en sueños, se despertó inmediatamente. Tía Louise, seguida por el resto de los invitados, apareció con su vestido largo de terciopelo, corrió las cortinas y encendió las lámparas y después, los chicos, que venían del colegio, entraron como una exhalación. Su madre se puso a interrogarles de inmediato. ¿Habían aprendido algo? ¿Y los deberes? ¿Podría ayudarles Anna? Pero ellos no le hicieron caso, y tras echar una rápida ojeada de desagrado a Anna, pusieron la radio a todo volumen.

Tía Louise se tapó sus delicados oídos con las manos.

—¿Es necesario ese estruendo espantoso?

—gritó.

Uno de los chicos chilló:

—¡Quiero oír «Los favoritos de las Fuerzas Armadas!»

Su madre, cambiando súbitamente de opinión, dijo:

—¿Es que no pueden divertirse un poco?

—y todos se enzarzaron en una nueva discusión que continuó hasta mucho después de que los chicos se hubieran escapado de la habitación para oír el programa en la cocina. Tía Louise dijo que estaban muy mimados. Su madre dijo que tía Louise, al no tener hijos, no sabía nada sobre el asunto. La señora pelirroja señaló que había una atmósfera horrible en la casa —no se podía respirar—, y la anciana soltó un largo discurso que nadie entendió, pero que, al parecer, acusaba a una persona no especificada de haber hurgado en su ración de azúcar.

Como Anna no sabía qué hacer, fue hasta la ventana y se asomó al atardecer. El sol aún no se había ocultado por completo, y vio que el cielo seguía cubierto. Si estaba así en Londres, pensó, no lo pasarían demasiado mal. Pensó en mamá y papá preparándose para la noche. Estarían decidiendo entre pasarla en el sótano o arriesgarse a dormir en sus camas.

A su espalda una voz exclamó:

—¡Y lo mismo ocurrió la semana pasada con las botas de goma! —y de repente se preguntó qué demonios hacía en aquella casa, a esta hora, y entre aquellas personas.

Todos los días en casa del profesor eran muy parecidos al primero, según descubrió Anna. Había largos períodos de aburrimiento que ella ocupaba lo mejor que podía con paseos e intentos de dibujar, entremezclados con violentas broncas. Menos el profesor, ninguno de los invitados tenía nada que hacer, salvo esperar la siguiente comida, las noticias y el final de los combates aéreos y, como únicamente los chicos salían de casa, todos estaban muy nerviosos.

Era extraordinario, pensaba Anna, las nimiedades que podían provocar una discusión; por ejemplo, la historia del «Dios salve al rey». Se producía cada vez que se enchufaba la radio, y parecía prácticamente insoluble.

Empezó una noche en que tía Louise se puso en pie de un brinco y se quedó en posición de firmes mientras sonaba «Dios salve al rey» después de las noticias. Acto seguido dijo a todos los que habían seguido sentados que habían cometido una grosería y una falta de gratitud contra el país que les había acogido. La hermana del profesor dijo que sus hijos le habían informado, y ellos eran fuentes fidedignas, de que a ningún inglés se le ocurriría levantarse al oír «Dios salve al rey» en su propia casa y, como siempre, hubo bronca y todos tomaron partido.

Anna intentaba evitarlas ingeniándoselas para no estar en el salón después de las noticias, que era cuando más probabilidades había de que sonara «Dios salve al rey», pero la situación se complicó por el hecho de que tía Louise era sorda como una tapia. Nunca estaba segura de si una melodía emocionante que estuviera oyendo era realmente «Dios salve al rey» o no, y en una ocasión, intentó poner de pie a todo el mundo con «Rule Britannia», y dos veces con «Tierra de esperanza y gloria».

Después sobrevino el gran misterio de la ración de azúcar. No hace falta decir que esto empezó por la anciana dama, que llevaba algún tiempo quejándose de que alguien había enredado con su ración; pero nadie le había dado importancia, hasta que una mañana, a la hora del desayuno, gritó triunfalmente que tenía pruebas.

Para evitar discusiones, las raciones de azúcar, al igual que las de mantequilla y margarina, se pesaban cuidadosamente una vez a la semana y se colocaban en diferentes platitos, cada uno rotulado con el nombre de su dueño, y Lotte los sacaba a la mesa del desayuno, para que la gente los estirase día tras día o los devorase de una vez en un festín de glotonería. La anciana había señalado astutamente el nivel de su azúcar con lápiz a un lado del plato, y hetenos aquí que apareció ocho milímetros más abajo. Suscitadas sus sospechas, los otros también los marcaron y, al día siguiente, la hermana del profesor y el marido de la señora pelirroja habían perdido un poco, aunque el de los demás seguía intacto.

La bronca subsiguiente fue más encarnizada que ninguna de las que Anna hubiera presenciado. La señora pelirroja acusó a los dos chicos, la hermana del profesor gritó:

—¿Acaso sugieres que le roban a su propia madre? —cosa que, en opinión de Anna, demostraba una actitud extraña. Y tía Louise se empeñó en que el profesor interrogase a las criadas, como resultado de lo cual Lotte e Inge volvieron a despedirse.

El misterio se aclaró finalmente. Fraulein Pimke, en el transcurso de la preparación de budines dulces para la cena, se había servido de los platos que le quedaban más a mano. Pero se habían dicho tantas cosas imperdonables, que casi nadie se habló con los demás durante dos días. Al maharajah, que era el único que se había mantenido al margen de la batalla, le resultaba muy deprimente. El y Anna paseaban taciturnos por el parque, bajo los árboles goteantes, y Anna escuchaba mientras él hablaba melancólicamente de la India, hasta que el aire frío del otoño les hacía volver a casa.

Fue después de la bronca del azúcar cuando Anna decidió regresar a Londres. Se lo expuso con el mayor tacto posible a tía Louise.

—Mamá me necesita —dijo, a pesar de que mamá no había dicho eso realmente.

Aun así, tía Louise se disgustó mucho. No quería que Anna volviese a los ataques aéreos, y además pensaba que podría entristecer a Fraulein Pimke, que se había acostumbrado a verla por la casa. ¿Y qué iba a pasar con las criadas? Sí se marchaban, necesitaría toda la ayuda de que pudiera disponer. Pero, típico en ella, en el momento en que Anna empezaba a enfadarse, le echó los brazos al cuello, gritando:

—¡Soy tonta, no me hagas caso! —y se empeñó en darle una libra para el viaje.

El profesor no iba a Londres aquella semana, de modo que Anna cogió el tren, que tardó cuatro horas y media en lugar de los cincuenta minutos establecidos. Deliberadamente no le había dicho a mamá que iba, porque tanto ella como papá la instaban en sus cartas a quedarse en el campo el mayor tiempo posible y no quería darles ocasión de discutir.

A medida que el tren se acercaba a Londres iba viendo huecos en casi todas las calles, allí donde habían caído bombas. No quedaban ventanas en ninguna de las casas que daban a las vías del tren.

La estación de Paddington había perdido todo el cristal mugriento del tejado, y era extraño ver el cielo y las nubes encima de las vigas ennegrecidas. Por entre ellas entraban y salían unos gorriones que descendían súbitamente hasta el suelo en busca de migajas.

Las calles estaban vacías —eran las primeras horas de la tarde y todo el mundo estaba trabajando— y desde el autobús que se arrastraba lentamente por Euston Road Anna observó que habían empezado a crecer hierbajos en algunos solares provocados por las bombas, lo que les daba la apariencia de llevar años allí. La ciudad tenía un aspecto herido, pero no trágico, como si se hubiera acostumbrado a ser bombardeada.

En Bedford Terrace casi la mitad de las casas estaban tapiadas y abandonadas, pero el Hotel Continental no parecía haber sufrido más daños, e incluso habían reparado algunas ventanas. Encontró a papá en su habitación —mamá estaba aún en la oficina— escribiendo con su destartalada máquina.

—¿Por qué no te has quedado en el campo? —gritó; pero ya que Anna estaba allí y no podía hacer nada, se alegró de verla. La reacción de mamá, una o dos horas más tarde, fue muy semejante. Tampoco se sorprendieron ninguno de los dos. Claro, pensó Anna; conocían a los Rosenberg mucho mejor que ella.

En el hotel había menos gente que nunca. Mamá le contó que la señora alemana no había podido dejar de llorar desde aquella noche espantosa del sótano y, al final, un médico la había enviado a una institución de caridad en el campo, donde la cuidarían hasta que se recuperase de los nervios. También el conserje se había marchado a Leicester, con su hermano, y lo mismo habían hecho muchos huéspedes y miembros del personal. Los que quedaban tenían un tinte gris en el rostro y la expresión preocupada, a pesar de que mamá y papá aseguraban que desde que había llegado el cambiante otoño, estaban durmiendo mucho.

La cena fue casi familiar. El Palomo Torcaz dio un discurso de bienvenida a Anna.

—Aunque eres una chica tonta —dijo— por no quedar en los maravillosos campos con las ovejas y las hierbas.

—En serio, señor Palomo Torcaz —dijo Frau Gruber, que, igual que las demás, no sabía pronunciar su nombre—. Cada día habla usted peor el inglés.

La alarma aérea no sonó hasta poco después del anochecer y mamá hizo un gesto de desprecio con la mano.

—Esta noche no vendrán —dijo—. Hay demasiadas nubes.

—No entiendo cómo puedes estar tan segura —dijo papá, pero al parecer, todos estaban dispuestos a tomar a mamá como experta, y decidieron no dormir en el sótano.

Anna vio que le habían dado una habitación en el primer piso, al lado de la de mamá. (—No tiene sentido dormir debajo del tejado, estando todo el hotel vacío —dijo Frau Gruber.) Le preocupaba volver a tener miedo por la noche, pero el descanso en el campo debía haberle sentado bien, porque los pocos topetazos que la despertaron no la inquietaron, e incluso la noche siguiente, que hubieron de pasar en el sótano, no fue demasiado mala.

Al volver a la academia de secretariado se encontró con que había adquirido un aire nuevo, resuelto y activo. Madame Laroche, más delgada e irritable que nunca, había vuelto a tomar las riendas, y en todas las aulas se oía su incomprensible acento belga. Ya había papel para las máquinas (alguien había desenterrado una provisión inglesa), e incluso había nuevas alumnas.

Nadie hablaba de los ataques aéreos. Habían pasado a formar parte de la vida cotidiana y ya no eran interesantes. En su lugar, todas las conversaciones giraban en torno a los trabajos. Se había producido una demanda repentina de estenografístas desde que Londres se había acostumbrado a los bombardeos, y Madame Laroche había colocado una lista de puestos vacantes en el tablón de anuncios del pasillo.

—¿Cuánto tiempo cree que tardaré en conseguir trabajo? —le preguntó Anna; y para su alegría, Madame Laroche replicó algo parecido a «vuelve a practicar» seguido por «unas semanas».

De hecho, Anna recuperó su destreza con mucha rapidez y una mañana, unos diez días después de su regreso, le dijo orgullosa a mamá:

—Hoy voy a llamar a un trabajo desde el colegio, así que a lo mejor vuelvo tarde, si me piden que vaya a una entrevista. —Se sintió muy importante al decirlo, y en cuanto acabó la primera clase, se dirigió al teléfono de la academia con una copia de la lista de Madame Laroche y un chelín en monedas de a penique.

Los mejores trabajos eran en el Departamento de Guerra. Acababan de admitir a una chica que Anna conocía con un sueldo de tres libras y diez chelines a la semana, y sólo sabía francés medianamente. Según eso, ¿qué no le pagarían a alguien como ella, que sabía a la perfección francés y alemán? Y efectivamente, cuando llamó y explicó sus conocimientos, la voz al otro extremo del hilo parecía entusiasmada.

—Fantástico —gritó en tono militar—. ¿Puede presentarse a las cero ciento once horas?

—Sí —respondió Anna, y mientras una parte de su persona seguía tratando de calcular qué demonios querría decir las cero ciento once horas, y la otra parte anunciaba a mamá que tenía trabajo, de cuatro libras diez a la semana, la voz dijo como si se lo hubiera pensado mejor—: Supongo que será usted británica de nacimiento...

—No —contestó Anna—. Nací en Alemania, pero mi padre...

—Lo siento —replicó la voz, varios grados más fría—. Sólo podemos tomar en consideración a las aspirantes británicas de nacimiento.

—¡Pero si somos antinazis! —gritó Anna—. ¡Desde hace más tiempo que nadie!

—Lo siento —repitió la voz—. Son las normas; yo no puedo hacer nada. —Y colgó.

Qué idiota, pensó Anna. Estaba tan decepcionada que tardó un rato en animarse a llamar al Ministerio de Información, que era su segunda opción, pero allí obtuvo la misma respuesta. No podían considerar a nadie que no fuese británico de nacimiento.

No puede regirse todo por la misma norma, pensó con una sensación de opresión en el estómago, pero, al parecer, así era. Había seis grandes organizaciones en la lista de Madame Laroche, todas ellas con demandas de secretarias, pero ninguna le ofreció tan siquiera una entrevista. Después de que la hubieran rechazado en la última, se quedó un momento junto al teléfono, completamente aturdida. Después fue a ver a Madame Laroche.

—Madame —empezó—, usted me dijo que tendría trabajo al final del curso, pero nadie de la lista quiere ni siquiera verme porque no soy británica.

La respuesta de Madame Laroche, como siempre, fue difícil de entender. Las normas acerca de la nacionalidad británica eran nuevas, o tal vez no, pero Madame Laroche tenía la esperanza de que las hubiesen cambiado. Pero en cualquier caso, lo único que Anna sacó en claro es que era inútil seguir insistiendo.

—Pero, Madame —dijo Anna—, necesito trabajar. Ese fue el único motivo de que viniera aquí. Usted me dijo que encontraría trabajo, y esta mañana le he dicho a mi madre... —Se calló, porque lo que le hubiera dicho a mamá no tenía nada que ver, pero aun así se vio en grandes dificultades para guardar la compostura.

—Bueno, de momento no puedo hacer nada —replicó Madame Laroche en francés, sin muchos deseos de ayudarla, ante lo cual Anna, con gran sorpresa, se oyó gritando—: ¡Pero tiene que hacerlo!

Comment? —replicó Madame Laroche, mirándola con desagrado.

Anna le devolvió la mirada.

Madame Laroche musitó algo para sus adentros y se puso a revolver los papeles de su mesa. Finalmente sacó uno y murmuró algo sobre una cruz y un coronel rojos.

—¿No pondrá objeciones por mi nacionalidad? —preguntó Anna, pero Madame Laroche le puso el papel en la mano y gritó—: ¡Vete! ¡Vete! ¡Llama inmediatamente!

Al llegar al teléfono Anna miró el papel. Decía: «Honorable Señora Hammond, Coronel de Asociación Británica de la Cruz Roja», con una dirección cerca de Vauxhall Bridge Road. Pidió prestados dos peniques y marcó el número. La voz que contestó era bronca y enérgica, pero no le preguntó que si era británica de nacimiento; le propuso que fuera a verla aquella misma tarde.

Anna pasó el resto del día en un estado de nerviosa anticipación. No sabía si llamar a mamá para contarle que iban a entrevistarla, pero decidió no hacerlo por si no salía nada. A la hora del almuerzo no pudo hacerse a la idea de tomar el bollo y la taza de té de costumbre en Lyons, y deambuló por las calles, mirando su reflejo en los pocos escaparates que quedaban, con la preocupación de si daría el tipo de secretaria. Llegó mucho antes de tiempo, y tuvo que pasearse por Vauxhall Bridge Road durante casi media hora.

No era una zona muy agradable. En un extremo había una fábrica de cerveza y el olor acre del lúpulo invadía todo el barrio. Los tranvías chirriaban y traqueteaban por mitad de la carretera. Todas las tiendas estaban valladas y abandonadas.

La oficina de Mrs. Hammond resultó estar un poco apartada de todo aquello, en un hospital dañado por las bombas que daba a una plaza grande y, tras el ruido de la calle principal, a Anna le pareció muy tranquila al tocar el timbre. Le abrió una mujer vestida con mono de faena, que la llevó por un lugar amplio y oscuro que debía haber sido una de las salas del hospital, atravesando una habitación más pequeña brillantemente iluminada, donde media docena de ancianas cosían ruidosamente a máquina, para entrar finalmente en un despacho diminuto donde estaba sólidamente sentada la Honorable Señora Hammond, tras una mesa, rodeada de madejas de lana. Su pelo gris estaba cubierto de pelusa y la lana parecía haber saltado sobre ella, y colgaba de la silla y de su regazo uniformado de azul formando espirales en el suelo.

—¡Malditos chismes! —exclamó al entrar Anna—. Ya he vuelto a perder la cuenta. ¿Se te dan bien las matemáticas?

Anna respondió que creía que sí, y la señora Hammond añadió:

—Estupendo. ¿Qué más sabes hacer? —lo que obligó a Anna a hacer un repaso de sus habilidades, desde las notas del certificado de estudios hasta la capacidad de escribir en taquigrafía en tres idiomas. Mientras las enumeraba, la expresión de Mrs. Hammond se tornó sombría.

—¡No vas servir! —exclamó—. ¡Vas a detestar esto, te morirás de aburrimiento!

—No veo por qué —replicó Anna, pero Mrs. Hammond negó con la cabeza.

—¡Idiomas! —gritó—. Aquí no sirven para nada. Tú necesitas algo como el Departamento de Guerra. Allí andan como locos buscando chicas como tú... francés, alemán, indostaní... todas esas cosas.

—Ya lo he intentado en el Departamento de Guerra —dijo Anna—, pero no me admiten.

Mrs. Hammond trataba distraídamente de deshacer un nudo de lana que se había enroscado en un botón de su chaqueta.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué te pasa? Anna tomó una profunda bocanada de aire.

—No soy inglesa —respondió.

—¡Ya! ¡Irlandesa! —exclamó Mrs. Hammond, y añadió en tono de reproche—: Tienes los ojos verdes.

—No —dijo Anna—. Soy alemana.

—¿Alemana?

—Judía-alemana. Mi padre es un escritor antinazi. Salimos de Alemania en 1933... —De repente se sintió harta de explicaciones, de tener que justificarse—. El nombre de mi padre figuraba en la primera lista negra publicada por los nazis. —Y añadió en voz bien alta—: Después de escapar de Alemania, ofrecieron una recompensa por su captura, vivo o muerto. Por tanto, es poco probable que yo vaya a sabotear las acciones bélicas británicas. Pero es extraordinariamente difícil convencer a nadie de esto.

Hizo una pausa. Mrs. Hammond preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis —contestó Anna.

—Ya —replicó Mrs. Hammond. Se levantó, desparramando lana en todas direcciones, como un perro sacudiéndose el agua—. Bueno —añadió—, ¿qué te parece si echamos una ojeada para ver en qué consiste el trabajo?

Llevó a Anna hasta unos estantes que llegaban hasta el techo, llenos de abultados paquetes.

—Lana —dijo.

Señaló un fichero y abrió un cajón con fichas.

—Las mujercitas —dijo; y como Anna pareciera confundida, añadió—: Hacen punto en todo el país.

—Comprendo —replicó Anna.

—Enviamos lana a las mujercitas. Las mujercitas tejen jerseys, calcetines, pasamontañas, lo que quieras. Nos los devuelven, y nosotros se lo mandamos a los chavales del ejército que lo necesitan. Eso es todo.

—Comprendo —repitió Anna.

—Como ves, no es muy difícil —dijo Mrs. Hammond—. No hacen falta idiomas, a menos que mandemos algo a los franceses de la resistencia, pero nunca he oído decir que les faltaran prendas de lana. —Señaló con un gesto la habitación de las máquinas de coser—. Y esas viejecitas de ahí tienen un poco más de responsabilidad.

—¿Qué hacen? —preguntó Anna.

—Pijamas, vendas y todas esas cosas para los hospitales. Viven cerca de aquí. Son todas voluntarias, claro. Hay que darles un caldo Bovril por la mañana y té con galletas por la tarde.

Anna asintió.

—De hecho —prosiguió Mrs. Hammond—, es realmente útil. Lo descubrí por mi propio hijo, que está en la Fuerza Aérea. Nunca tiene prendas de lana y siempre anda helado. Y yo necesito ayuda. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Creo que sí —respondió Anna. No era exactamente lo que ella esperaba, pero le caía bien Mrs. Hammond, y era un trabajo al fin y al cabo—. ¿Cuánto... —tartamudeó— ...o sea, ¿cuánto...?

Mrs. Mammond se dio una palmada en la frente.

—¡Es lo más importante! —exclamó—. Iba a pagar tres libras, pero comprendo que tú podrías ganar más sabiendo tantos idiomas. Digamos que tres libras diez a la semana... ¿Qué te parece?

—¡Muy bien! —exclamó Anna—. De acuerdo.

—Entonces, empezarás el lunes —dijo Mrs. Hammond, y añadió mientras la acompañaba hasta la puerta—: Espero verte pronto.

Anna bajó triunfalmente por Vauxhall Bridge Road en un tranvía traqueteante. Empezaba a oscurecer, y cuando llegó a Hyde Park Corner, las escaleras del metro estaban abarrotadas de gente en busca de refugio para la noche. Unas cuantas personas ya habían extendido mantas en el andén, y había que mirar por dónde se pisaba.

En Holborn había gente sentada en camastros apoyados contra las paredes, así como en el suelo, y una mujer con uniforme verde vendía tazas de té en un carrito. En un extremo se había reunido un puñado de personas en torno a un hombre con una armónica para cantar «Que corra el barril», y un viejo con gorra de visera gritó al pasar Anna:

—¡Buenas noches, guapa!

Las sirenas empezaron a sonar en el momento en que doblaba la esquina de Bedford Terrace, y echó a correr hasta la puerta del Hotel Continental, entró en el salón y, subiendo apresuradamente las escaleras, llegó sin aliento a la habitación de mamá. Se oyó un zumbido, anunciador de la proximidad de los bombarderos.

—¡Mamá! —gritó al tiempo que explotaba la primera bomba, a cierta distancia—. ¡Mamá, tengo trabajo!

Anna estuvo a punto de no empezar a trabajar el lunes siguiente, porque ocurrió una cosa.

Fue el viernes. Max había venido en una de sus raras visitas, e iba a quedarse a pasar la noche; y aunque la cena no fue abundante (el racionamiento de alimentos era cada vez más estricto) se quedaron un largo rato de sobremesa, Max hablando de su vida de maestro, que le gustaba bastante, y Anna de su trabajo.

—La señora se llama Honorable Hammond —dijo con orgullo—. Debe ser familiar de algún lord. ¡Y va a pagarme tres libras diez a la semana!

Mamá asintió.

—Por primera vez podemos pensar en el futuro.

Su cara estaba más sonrosada y tranquila de lo que Anna la había visto desde hacía tiempo. En parte se debía a que Max estaba allí, pero también a que por fin habían llegado las nieblas de noviembre, y habían podido dormir en sus camas dos noches seguidas. También esta noche el cielo estaba cubierto de espesas nubes, y a Max, que no estaba acostumbrado a Londres, le había impresionado vivamente que mamá no hiciera caso de la alarma aérea.

Cuando fueron a acostarse era bastante tarde y Anna se quedó dormida casi de inmediato.

Soñó con la Honorable Mrs. Hammond, cuya oficina se había llenado inexplicablemente de lana, que Anna y ella trataban de desenredar. Anna tenía sujeto un cabo e intentaba ver hasta dónde llegaba, en tanto que Mrs. Hammond decía: «Tienes que guiarte por el sonido», y entonces Anna notó que la lana emitía un extraño zumbido, como un enjambre de mosquitos o un avión. Tiró suavemente del trozo que tenía en la mano y el zumbido se convirtió inmediatamente en un violento chirrido.

«Lo siento, no quería...», empezó a decir, pero el chirrido aumentó y se acercó cada vez más, envolviéndola dentro de él, y la señora Hammond y ella echaron a volar por el aire, hasta que oyó un golpe demoledor y se encontró en el suelo, en la esquina de su habitación del Hotel Continental.

A su alrededor había fragmentos de vidrio de la ventana destrozada —la tercera ventana rota, pensó—, y el suelo estaba gris por el cemento del techo. Esta vez no debo cortarme, pensó, y palpó con cuidado, buscando los zapatos para poder llegar hasta la puerta, sorteando los cristales rotos. Al ponérselos, sus manos temblaban; pero no es más que la sorpresa, pensó. No le había dado tiempo a asustarse.

El rellano era una pura confusión, con una lámpara colgando del enchufe y cemento por el suelo. Mamá y Max salieron casi inmediatamente.

Max estaba furioso.

—¡Dijiste que los alemanes no vendrían esta noche! —le gritó a mamá.

—¡Y no han venido! —chilló mamá—. ¡Sólo ése!

—¡Por lo que más quieras! —siguió gritando Max, al tiempo que señalaba el revoltijo que había a su alrededor—. ¡Mira lo que ha hecho!

—¿Y cómo iba a saber yo —exclamó mamá— que el único avión alemán que volaba sobre Londres esta noche iba a tirar una bomba justo encima de nosotros? ¡Yo no puedo responsabilizarme de todos los locos que se lanzan al aire en medio de la niebla! Para ti es fácil criticar...

—¡Por lo que más quieras! —repitió Max—. ¡Podríamos haber muerto todos! —y al decirlo, los tres cayeron en la cuenta al unísono.

—¡Papá! —exclamó Anna, precipitándose hacia su habitación.

La puerta estaba atascada, pero se oía rascar dentro, y al cabo de unos momentos, se abrió con una sacudida y apareció papá. Estaba negro de polvo, y tenía el pelo y el pijama cubiertos de cemento, pero estaba ileso. Anna vio por detrás de él que se había desmoronado la mayor parte del techo, y que sólo la presencia del pesado armario había impedido que se desplomara sobre la cama.

—¿Te has hecho algo? —preguntó mamá, acercándose a él.

—No —respondió papá, y todos se quedaron mirando el desastre que antes fuera su habitación. Papá meneó la cabeza tristemente.

—¡Y pensar —dijo— que acababa de ordenar la mesa!

Milagrosamente, nadie había resultado herido, salvo algunas cortaduras y cardenales, pero el hotel era un caos completo. Se habían desplomado techos por todas partes, el viento soplaba por los huecos que habían dejado las jambas de las puertas y las marcos de las ventanas que ya no encajaban en la pared. La bomba había caído en la casa contigua, que por suerte estaba vacía y, también por suerte, había sido una bomba muy pequeña. (—¿Lo ves? —gritó mamá, aún dolida por las críticas de Max—; ya te decía yo que no había sido una bomba de verdad!) Pero los daños no parecían tener arreglo.

Los expertos del ayuntamiento que vinieron más tarde también lo creyeron así.

—No serviría de nada intentar acondicionarlo —le dijeron a Frau Gruber—. Para empezar, no sería seguro. Lo mejor es que busque otro sitio. —Y Frau Gruber asintió, razonablemente, como si fuera la cosa más normal del mundo; había que mirarla muy de cerca para notar la crispación de un músculo junto a la boca al decir:

—Era mi medio de vida, ¿entiende?

—Le darán una indemnización —dijo el funcionario del ayuntamiento—. Lo mejor sería que buscase otra casa.

—En otro caso, todos nos quedaremos sin un techo encima de la cabeza —dijo el Palomo Torcaz con tristeza, y los demás huéspedes miraron esperanzados a Frau Gruber, como si ella pudiera sacárselo de la manga.

Qué curioso, pensó Anna. Desde el comienzo de los ataques aéreos todos sabían que esto podía ocurrir, pero ahora que había llegado el momento, nadie sabía qué hacer. ¿Cómo encontrar un nuevo hogar en una ciudad destrozada por las bombas?

En mitad de todo aquello llamó tía Louise. Iba a pasar el día en Londres y quería que mamá comiese con ella. Al explicarle mamá lo que había pasado, exclamó:

—¡Dios mío, tenéis que comprar la casa del maharajá!

Mamá replicó con cierta aspereza que Frau Gruber estaba buscando una casa en Londres, no un palacio en la India, pero tía Louise no hizo caso.

—Tengo entendido —dijo—, que está en Putney —y anunció que como el maharajah estaba con ella, lo llevaría inmediatamente.

—Pero mujer —dijo papá cuando se lo contó mamá—, ¿no podías haberlo evitado?

El y Max habían trasladado sus cosas de la habitación en ruinas a otra que había sufrido menos daños. El hotel estaba muy frío, y nadie había podido dormir desde que cayó la bomba. La perspectiva de tener que aguantar a tía Louise como colofón de todo lo demás parecía excesiva.

—Ya sabes cómo es Louise —dijo mamá, y fue a avisar a Frau Gruber.

Cuando llegaron, el maharajah con su turbante y tía Louise con un precioso abrigo negro de piel, parecían seres de otro mundo, pero Frau Gruber los recibió sin dar muestras de asombro. Quizá pensara que, después de la bomba, podía ocurrir cualquier cosa.

—Es usted el primer maharajah que conozco —dijo con flema, y le llevó a lo que quedaba de su despacho.

—En serio, Louise —dijo mamá en el salón helado—, esta idea tuya es una locura. Frau Gruber no podrá pagar la cantidad de dinero que él pide.

—¿De verdad lo crees, cielo? —gritó tía Louise—. Y yo que pensaba que sería una gran ayuda... Es que quiere vender la casa, porque por fin va a volver a la India. Y además —añadió—, es un maharajah «pequeño», así que a lo mejor no es tan caro.

Continuó instando a todos, y especialmente a Anna, a que fueran a descansar al campo, pero Anna le explicó lo de su trabajo, y mamá le dijo compungida que, en primer lugar, tenían que encontrar otra casa, ya que, a todas luces, era imposible seguir en el hotel más de unos cuantos días.

—Ahora que Anna se había colocado —dijo—. ¿Por qué tendrá siempre que ir algo mal?

Tía Louise le dio una palmadita en la mano y replicó:

—No te preocupes.

En ese momento, Frau Gruber y el maharajah volvieron sonrientes al salón.

—Bueno —dijo el maharajah—, ¿quieren que vayamos a ver la casa?

—¿Qué te decía yo? —gritó tía Louise, y se apresuró a añadir—: Primero hay que comer.

Almorzaron en un restaurante que conocía tía Louise, e incluso tomaron una botella de vino, cosa que animó a todos (de hecho, Frau Gruber se puso bastante alegre), y el maharajah pagó la cuenta. Después Max tenía que volver al colegio, pero los demás fueron a ver la casa en el coche de tía Louise.

A Anna le sorprendió lo lejos que estaba. Pasaron junto a hileras interminables de casitas, todas muy semejantes, hasta que cruzaron el Támesis y llegaron a una calle estrecha flanqueada de tiendas.

El maharajah señaló algo con cariño.

—Putney Bridge High Street —dijo.

Era una tarde oscura, a pesar de que la puesta de sol no estaba próxima, y las tiendas estaban iluminadas, lo que confería a la calle un aire casi de tiempos de paz. A Anna le llegó una vaharada de fritura al pasar por una tienda de patatas; había un Woolworth's y un Marks and Spencer's, y gente por todas partes, haciendo las compras para el fin de semana. La zona había sufrido muchos menos daños como consecuencia de las bombas que el centro de Londres, y al dejar la calle principal y ascender una cuesta rodeada de grandes casas con jardín, empezó a oler casi como en el campo.

La casa del maharajah estaba en una calle con hileras de árboles; era espaciosa, con unos doce dormitorios y un jardín descuidado. Para una sola persona debía haber sido enorme, pero para un hotel o casa de huéspedes, Anna supuso que sería un tanto modesta. Estaba vacía, a excepción de las cortinas y algunos objetos olvidados (un alto jarrón de latón, un taburete tallado y, para asombro de todos, una bandada de patos de escayola cuidadosamente suspendidos sobre la repisa de una chimenea).

Recorrieron lentamente las habitaciones, a la luz mortecina, y el maharajah explicó el funcionamiento de la electricidad, de los medios para lograr el oscurecimiento, del calentador de agua, y de cuando en cuando, Frau Gruber preguntaba algo, y volvían a examinarlo una vez más.

—He de decir que me parece muy ventajoso —dijo Frau Gruber varias veces, ante lo que el maharajah exclamaba—: ¡Espere a ver la cocina! (o el lavadero, o el otro cuarto de baño).

Desde todas las habitaciones del piso bajo se dominaba el jardín, al que se accedía por las puertaventanas, y cuando Frau Gruber dijo por tercera vez:

—Quiero ver el fogón de nuevo —papá y Anna dejaron a los demás ocupados en esa actividad y salieron a la humedad glacial.

La niebla colgaba de los árboles como una sábana, y había hojas caídas por todas partes. A Anna se le pegaban a los zapatos al seguir a papá por el sendero que les llevó hasta un banco de madera, en la linde de lo que había sido un cuadrado de césped. Papá secó el banco con el pañuelo y se sentaron.

—Qué jardín tan grande —observó Anna, y papá asintió.

La niebla se arrastraba por la hierba crecida y los arbustos, haciéndolo todo confuso, de modo que parecía que no tuviera fin. Anna experimentó de repente una sensación de irrealidad.

—Y pensar... —dijo.

—¿Qué? —preguntó papá.

A Anna se le había pegado un puñado de hojas en un zapato, y las quitó cuidadosamente con el otro antes de contestar:

—Que anoche estuvimos más cerca que nunca de la muerte.

—Sí —replicó papá—. Si ese aviador alemán hubiera lanzado la bomba una fracción de segundo antes o después... no estaríamos sentados en este jardín.

Era extraño, pensó Anna. El jardín seguiría allí, en la niebla, pero ella no lo sabría.

—Es difícil imaginar —dijo— que todo seguirá cuando uno ya no esté. Papá asintió.

—Pero así es. Si hubiéramos muerto la gente seguiría desayunando y subiéndose al autobús, y habría pájaros y árboles y niños que irían al colegio, y jardines brumosos como éste. Es una especie de consuelo.

—Pero lo echaríamos mucho de menos —replicó Anna.

Papá la miró con cariño.

—Tú no existirías.

—Ya lo sé —dijo Anna—. Pero no puedo imaginármelo. No me imagino estar tan muerta que no pueda pensar en ello... en el olor y en las sensaciones, y echarlo de menos terriblemente.

Quedaron en silencio, y Anna vio caer de un árbol una hoja, lenta, muy lentamente, hasta que se posó en la hierba, entre las demás.

—El verano pasado, durante mucho tiempo, pensé que no llegaríamos vivos hasta hoy. ¿Y tú?

—No —respondió papá.

—No entendía cómo íbamos a poder. Y me parecía espantoso morir antes de haber tenido siquiera tiempo de descubrir lo que podía hacer..., antes de tener tiempo de probarlo. Pero ahora...

—Ahora es noviembre —dijo papá—, y aún no se ha producido la invasión. —Le puso la mano sobre las suyas—. Ahora —prosiguió—, creo que hay una posibilidad.

La grava crujió a sus espaldas y apareció mamá entre la niebla.

—¡Ah, estáis ahí! —exclamó—. Louise quiere marcharse, para salir de la ciudad antes del anochecer. Pero el maharajah volverá mañana para arreglar los últimos detalles con Frau Gruber. Va a comprar la casa. ¿No os parece un bonito sitio?

Anna se levantó del banco, y papá la siguió.

—Precisamente estábamos admirándolo —dijo papá.

En el trayecto de vuelta parecía haber menos sitio en el coche. Anna iba apretujada entre papá y el conductor; hacía calor y el aire estaba cargado. Detrás de ella, el maharajah y Frau Gruber hablaban de la casa, con mamá y tía Louise metiendo baza de vez en cuando. Mientras el coche se arrastraba por los barrios atardecidos, los nombres de las calles se mezclaban con retazos de conversación, en una composición hipnótica que casi la hizo dormirse. Walham Crescent.. .St. Anne's Villas... Parsons Green Road... «es un fregadero francamente útil», decía Frau Gruber, y mamá añadía: «... y el jardín en verano...»

Unas gotas de lluvia salpicaron el parabrisas. Anna apoyó la cabeza en el hombro de papá y la carretera gris y las casas grises pasaron a toda velocidad.

Todo va a ser distinto, pensó. Voy a tener un trabajo, y viviremos en una casa en Putney, y tendremos suficiente dinero para pagar la cuenta, y tal vez sobrevivamos a la guerra, y me haré mayor, y después...

Pero era demasiado difícil imaginar lo que pasaría después, y tal vez también muy triste, con el siguiente ataque aéreo tan cercano. Y agotada por la tensión de la noche anterior, se quedó dormida.

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