Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve período como marino en un petrolero, vivió tres años en






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PAUL AUSTER




La música del azar

Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve período como marino en un petrolero, vivió tres años en Francia, donde trabajó como traduc­tor, “negro” literario y cuidador de una finca; des­de 1974 reside en Nueva York. Ha publicado la llamada “Trilogía de Nueva York” (que comprende las novelas Ciudad de cris­tal, Fantasmas y La habitación cerrada), El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, El Palacio de la Luna y La música del azar. También es autor del libro de poemas Disappearances y del libro ensayístico The Art of Hunger.

El Palacio de la Luna, publicada en esta colec­ción, le valió la consagración internacional. Así, en la revista Lire, fue elegido como el mejor libro editado en Francia en 1990, calificándose a su autor de “mitad Chandler, mitad Beckett”. La crítica española la saludó también de forma entu­siasta: “Magnífico retrato del alma secreta del hombre urbano” (El País); “Una de las novelas más complejas, ele­gantes, refinadas e inteligentes de los últimos años” (Sergio Villa-San-Juan, La Vanguardia); “Tiene la magia exacta de los mitos que nos valen para vivir... Pertenece al club de las novelas que desearíamos no terminar de leer nunca” (Justo Navarro).

Cuando Jim Nashe es abandonado por su mujer, se lanza a la vida errante. Antes ha recibido una inesperada herencia de un padre que nunca conoció y que le permitirá vagabundear por América en un Saab rojo, el mejor coche que nunca tuvo. Nashe va de motel en motel, goza de la velocidad, vive en una soledad casi completa y, como otros personajes caros a Auster, experimenta la gozosa y desgarradora seducción del desarraigo absoluto.

Tras un año de esta vida, y cuando apenas le quedan diez mil dólares de los doscientos mil que heredara, conoce a Jack Pozzi, un jovencísimo jugador profesional de póquer. Los dos hombres entablan una peculiar relación y Jim Nashe se constituye en el socio capitalista de Pozzi. Una sola sesión de póquer podría hacerles ricos. Sus contrincantes serán Flower y Stone, dos curiosos millonarios que han ganado una fabulosa fortuna jugando a la lotería y viven juntos como dos modernos Buvard y Pecuchet.

A partir de aquí, de la mano de los dos excéntricos, amables en un principio y progresivamente ominosos después, la novela abandona en un sutil giro el territorio de la “novela de la carretera” americana, del pastiche chandleriano, y se interna en el dominio de la literatura gótica europea. Un gótico moderno, entre Kafka y Beckett. Nashe y Pozzi penetran en un ámbito sutilmente terrorífico, y la morada de los millonarios, a la cual llegaron como hombres libres y sin ataduras, se convertirá en una peculiar prisión, en un mundo dentro del mundo, cuyos ilusorios límites y leyes no menos ilusorias deberán descubrir.

“Este es un escritor en cuya obra resplandecen la inteligencia y la originalidad. Paul Auster construye maravillosos misterios sobre la identidad y la desaparición” (Don Delillo).

“Auster puede escribir con la velocidad y la maestría de un experto jugador de billar, y en sus novelas los más extraños acontecimientos colisionan limpia e inesperadamente contra otros no menos extraños” (Michiko Kakutani, New York Times).

“La originalidad de Auster es el resultado de su magistral utilización de las técnicas de la literatura de vanguardia europea -Perec, Calvino y Roussel, por ejemplo- aplicadas a la mitología americana. Auster es una de esas rara avis, un escritor experimental que es, a la vez, de lectura compulsiva. Sus mejores novelas, El Palacio de la Luna y La música del azar, operan en una multiplicidad de niveles, pero ambas son imposibles de abandonar a media lectura” (MarkFord, The Times Literary Supplement).

“Auster trabaja su escritura con los ojos de un poeta y las manos de un narrador, y produce páginas prodigiosas. La música del azar es otra rara muestra de la más exaltante literatura contemporánea” (Guy Mannes-Abbott, New Statement and Society).

Traducción de Maribel De Juan

EDITORIAL ANAGRAMA

BARCELONA

Título de la edición original:

The Music of Chance

Viking Penguin

Nueva York, 1990

© Paul Auster, 1990

© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1991

Pedró de la Creu, 58

08034 Barcelona
ISBN: 84-339-1151-1

Depósito Legal: B. 28448-1991
Printed in Spain
Libergraf, S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelona

1
Durante todo un año no hizo otra cosa que conducir, viajar de acá para allá por los Estados Unidos mientras esperaba a que se le acabara el dinero. No había previsto que durara tanto, pero una cosa iba llevando a la otra, y cuando Nashe comprendió lo que le estaba ocurriendo, había dejado de desear que aquello terminara. El tercer día del decimotercer mes conoció al muchacho que se hacía llamar Jackpot.1 Fue uno de esos encuentros casua­les que parecen surgir de la nada: una ramita que el viento rompe y que de repente aterriza a tus pies. Si hubiera sucedido en cualquier otro momento, puede que Nashe no hubiese abierto la boca. Pero como ya había renunciado, como pensaba que ya no tenía nada que perder, vio en el desconocido un indulto, una última oportunidad de hacer algo por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde. Y así, sin más, se decidió y lo hizo. Sin el menor atisbo de miedo, Nashe cerró los ojos y saltó.

Todo se reducía a una cuestión de secuencia, de orden de los sucesos. Si el abogado no hubiese tardado seis meses en encontrarle, él no habría estado en la carretera el día que conoció a Jack Pozzi, y por lo tanto ninguna de las cosas que siguieron a ese encuentro habría ocurrido nunca. A Nashe le resultaba perturbador pensar en su vida en esos términos, pero lo cierto era que su padre había muerto un mes antes de que Thérèse le abandona­ra, y si él hubiese tenido idea de la cantidad de dinero que estaba a punto de heredar, probablemente habría podido convencerla de que se quedara. Aun suponiendo que no se hubiese quedado, no habría sido necesario llevarse a Juliette a Minnesota a vivir con su hermana, y eso habría sido suficiente para que no hiciera lo que hizo. Pero por entonces él trabajaba todavía en el cuerpo de bomberos, y ¿cómo iba a ocuparse de una niña de dos años cuando su trabajo le obligaba a estar fuera de casa a todas horas del día y de la noche? Si hubiese tenido dinero, habría contratado a una mujer para que viviese con ellos y cuidase a Juliette, pero claro, si hubiese tenido dinero, no habrían estado viviendo de alquiler en el piso bajo de una horrenda casa de dos plantas en Somerville y tal vez Thérèse no se habría marchado. Su sueldo no era tan malo, pero la apoplejía que su madre sufrió cuatro años antes le había arruinado y todavía seguía mandando pa­gos mensuales al sanatorio de Florida donde ella falleció. Teniendo en cuenta todo eso, la casa de su hermana le había parecido la única solución. Por lo menos Juliette tendría la oportunidad de vivir con una verdadera familia, de estar rodeada de otros niños y de respirar aire puro, y eso era mucho mejor que todo lo que él podía ofrecerle. Entonces, de pronto, el abogado le encontró y el dinero cayó sobre su regazo. Era una suma colosal -cerca de doscientos mil dólares, una suma casi inimagi­nable para Nashe-, pero ya era demasiado tarde. Se habían desencadenado demasiadas cosas durante los últimos cinco meses y ni siquiera el dinero podía detenerlas ya.

Hacía más de treinta años que no veía a su padre. La última vez había sido cuando él tenía dos años, y desde entonces no había habido ningún contacto entre ellos, ni una carta, ni una llamada telefónica, nada. Según el abo­gado que llevó la testamentaría, el padre de Nashe pasó los últimos veintiséis años de su vida en una pequeña ciudad del desierto de California no lejos de Palm Springs. Era propietario de una ferretería, jugaba a la bolsa en sus ratos libres y no se había vuelto a casar. No hablaba de su pasado, dijo el abogado, y sólo el día en que entró en su despacho para hacer testamento le mencionó que tenía hijos.

-Se estaba muriendo de cáncer -continuó la voz en el teléfono- y no sabía a quién dejarle su dinero. Pensó que lo mejor sería repartirlo entre sus dos hijos: la mitad para usted y la mitad para Donna.

-Una extraña manera de enmendarlo -dijo Nashe.

-Bueno, era un hombre extraño, su padre, de eso no hay duda. Nunca olvidaré lo que dijo cuando le pregunté por usted y su hermana. “Probablemente me odian a muerte”, dijo, “pero es demasiado tarde para llorar por eso. Lo único que desearía es poder estar allí después de que la palme, sólo para ver la cara que ponen cuando reciban el dinero.”

-Me sorprende que supiera dónde encontrarnos.

-No lo sabía -dijo el abogado-. Y créame, a mí me ha costado una barbaridad. He tardado seis meses en conse­guirlo.

-Para mí habría sido mucho mejor si me hubiera hecho esta llamada el día del entierro.

-A veces hay suerte y a veces no. Hace seis meses yo ni siquiera sabía si usted estaba vivo o muerto.

No era posible sentir dolor, pero Nashe supuso que sentiría alguna otra cosa, algo semejante a la tristeza, quizá, una oleada de enojo y pesar de último minuto. Aquel hombre era su padre, después de todo, y eso debe­ría haber justificado unos cuantos pensamientos som­bríos acerca de los misterios de la vida. Pero resultó que Nashe no sintió apenas nada que no fuera alegría. El dinero era algo tan extraordinario para él, tan monumen­tal en sus consecuencias, que borraba todo lo demás. Sin detenerse a considerar el asunto con mucho cuidado, saldó su deuda de treinta y dos mil dólares con el Sanato­rio Pleasant Acres, salió a comprarse un coche nuevo (un Saab 900 rojo de dos puertas, el primer coche no usado que tenía en su vida) y pidió todo el tiempo de vacaciones que había acumulado durante los últimos cuatro años. La noche antes de marcharse de Boston dio una espléndida fiesta en su propio honor, estuvo de juerga con sus amigos hasta las tres de la madrugada y luego, sin tomarse la molestia de acostarse, se metió en el coche nuevo y se dirigió a Minnesota.

Allí fue donde el mundo empezó a venírsele encima. A pesar de las celebraciones y los recuerdos de aquellos días, Nashe fue comprendiendo gradualmente que la situación no tenía arreglo. Llevaba demasiado tiempo sepa­rado de Juliette y ahora que había vuelto a recogerla era como si ella se hubiese olvidado de quién era él. Había creído que las llamadas telefónicas bastarían, que hablar con ella dos veces a la semana serviría para que él siguie­ra existiendo para ella. Pero ¿qué sabía una niña de dos años de conversaciones a larga distancia? Durante seis meses no había sido para ella más que una voz, una vaporosa colección de sonidos, y poco a poco se había convertido en un fantasma. Aunque Nashe llevaba ya dos o tres días en la casa, Juliette continuaba mostrándose tímida e insegura con él y se apartaba cuando trataba de abrazarla como si ya no creyera plenamente en su exis­tencia. Se había convertido en parte de su nueva familia y él era poco más que un intruso, un alienígena caído de otro planeta. Se maldijo por haberla dejado allí, por ha­berlo organizado todo tan bien. Juliette era ahora la adorada princesita de la casa. Tenía tres primos mayores con quienes jugar, un perro perdiguero, un gato, el columpio del jardín trasero, tenía todo lo que podía desear. Le mortificaba pensar que su cuñado le había usurpado su puesto, y a medida que pasaban los días tenía que esfor­zarse para no mostrar su resentimiento. Antiguo jugador de fútbol americano convertido luego en entrenador y profesor de matemáticas en un instituto, Ray Schweikert siempre le había parecido a Nashe un poco cabeza de alcornoque, pero no había duda de que tenía buena mano con los niños. Era el señor Bueno, el papá norteamerica­no de gran corazón, y estando Donna allí para llevar las riendas, la familia era sólida como una roca. Ahora Nashe tenía dinero, pero ¿cambiaba eso algo realmente? Trató de imaginar en qué podría mejorar la vida de Juliette si volvía a Boston con él, pero no logró encontrar un solo argumento en su favor. Deseaba ser egoísta, defender sus derechos, pero le faltaba el valor y al fin acabó rindiéndo­se a la verdad evidente. Arrancar a Juliette de todo aquello le haría más daño que bien.

Cuando le dijo a Donna lo que pensaba, ella intentó disuadirle utilizando muchos de los mismos argumentos que había esgrimido doce años antes cuando él le comu­nicó que tenía intención de dejar la universidad: No te precipites, tómate un poco más de tiempo, no quemes los puentes detrás de ti. Tenía esa expresión de hermana mayor preocupada que le había visto durante toda su infancia, e incluso ahora, tres o cuatro vidas más tarde, supo que ella era la única persona en el mundo en quien podía confiar. Terminaron hablando hasta tarde, sentados en la cocina, mucho tiempo después de que Ray y los niños se hubiesen acostado, pero, a pesar de la pasión y el buen sentido de Donna, la conversación acabó igual que doce años antes: Nashe la agotó hasta que ella se echó a llorar, y él se salió con la suya.

La única concesión que hizo fue la de aceptar estable­cer un fideicomiso para Juliette. Donna intuía que él estaba a punto de hacer una locura (así se lo dijo aquella noche) y, antes de que se gastara toda la herencia, quería que pusiese una parte en un lugar donde no pudiera tocarla. La mañana siguiente Nashe pasó dos horas con el director del Banco Northfield e hizo los trámites necesarios. Holgazaneó durante el resto del día y parte del siguiente; luego recogió sus cosas y las metió en el male­tero de su coche. Era una tarde calurosa de finales de julio y toda la familia salió al jardín para despedirle. Uno tras otro, abrazó y besó a los niños, y cuando al final le llegó el turno a Juliette, le ocultó sus ojos cogiéndola en brazos y aplastando su cara en el cuello de la niña. Sé buena, le dijo. Y no olvides nunca que papá te quiere mucho.

Les había dicho que pensaba regresar a Massachusetts, pero pronto se encontró viajando en dirección contraria. Eso ocurrió porque no vio la rampa que llevaba a la autopista -un error bastante frecuente-, pero en lugar de hacer los treinta kilómetros más que le habrían devuelto a la ruta correcta, impulsivamente subió la siguiente ram­pa, sabiendo perfectamente que tomaba la carretera equi­vocada. Fue una decisión repentina y no premeditada, pero en el breve lapso que transcurrió entre las dos rampas, Nashe comprendió que no había diferencia, que en última instancia las dos rampas eran la misma. Había dicho Boston, pero sólo porque tenía que decirles algo y Boston fue la primera palabra que le vino a la cabeza. La verdad era que nadie le esperaba allí hasta dos semanas después, y teniendo tanto tiempo a su disposición, ¿por qué molestarse en volver? Era una perspectiva que daba vértigo, imaginar toda esa libertad, comprender lo poco que importaba la elección que hiciera. Podía ir a cualquier sitio que se le antojara, podía hacer cual­quier cosa que le apeteciera y a nadie en el mundo le importaría. Mientras no regresase, era igual que si fuera invisible.

Condujo durante siete horas seguidas, se detuvo un momento para llenar el depósito de gasolina y luego continuó seis horas más hasta que finalmente le venció el agotamiento. Estaba ya en la región central del norte de Wyoming y la aurora comenzaba a levantarse en el hori­zonte. Se registró en un motel, durmió profundamente durante ocho o nueve horas y luego se fue al restaurante de al lado y se comió un filete y unos huevos del menú de desayunos que servían las veinticuatro horas. A media tarde estaba de nuevo en el coche y una vez más condujo durante toda la noche y no se detuvo hasta haber dejado atrás la mitad de Nuevo México. Después de esa segunda noche Nashe comprendió que ya no era dueño de sí, que había caído en las garras de una fuerza desconcertante y arrolladora. Era como un animal enloquecido, corriendo ciegamente de ninguna parte a ninguna parte, pero por muchos propósitos de parar que se hiciera, no era capaz de cumplirlos. Cada mañana se iba a dormir diciéndose que ya había sido suficiente, que no lo haría más, y cada tarde se despertaba con el mismo deseo, la misma irresis­tible urgencia de volver a meterse en el coche. Necesita­ba nuevamente aquella soledad, aquella carrera nocturna por el vacío, aquella vibración de la carretera en su piel. Continuó haciéndolo durante las dos semanas completas y cada día se forzaba un poco más, cada día trataba de aguantar al volante un poco más que el día anterior. Cubrió toda la parte occidental del país, yendo y viniendo en zigzag de Oregón a Texas, recorriendo las enormes y desiertas autopistas que cruzaban Arizona, Montana y Utah, pero no miraba nada ni le importaba dónde se encontraba, y aparte de alguna que otra frase que se veía obligado a decir cuando echaba gasolina o pedía la comi­da, no pronunciaba palabra. Cuando al fin regresó a Bos­ton, Nashe se dijo que estaba al borde de una crisis nerviosa, pero eso era solamente porque no se le ocurría ninguna otra explicación para lo que había hecho. Según acabó por descubrir, la verdad era mucho menos dramá­tica. Sencillamente se avergonzaba de haberlo disfrutado tanto.

Nashe supuso que la cosa quedaría ahí, que había conseguido librarse del extraño virus que se había apode­rado de su organismo y ahora reanudaría su antigua vida. Al principio todo parecía ir bien. El día de su regreso los compañeros se metieron con él porque no estaba bron­ceado (“¿Qué has hecho, Nashe, pasarte las vacaciones en una cueva?”), y a media mañana estaba riéndose de las habituales bromas y chistes verdes. Aquella noche hubo un gran incendio en Roxbury y cuando sonó la alarma pidiendo un par de coches de refuerzo, Nashe incluso le comentó a alguien que se alegraba de estar de vuelta, que había echado de menos encontrarse en el lugar de la acción. Pero esos sentimientos no duraron, y al final de la semana descubrió que estaba inquieto, que no podía ce­rrar los ojos sin acordarse del coche. En su día libre hizo un viaje de ida y vuelta a Maine, pero eso sólo pareció empeorar las cosas, porque le dejó insatisfecho, deseoso de estar más tiempo al volante. Luchó por adaptarse de nuevo, pero su mente no cesaba de volver a la carretera, al gozo que había sentido durante aquellas dos semanas, y poco a poco empezó a darse por perdido. No era que quisiera dejar su trabajo, pero, puesto que no tenía más tiempo de vacaciones, ¿qué otra cosa podía hacer? Nashe llevaba siete años en el cuerpo de bomberos y le parecía una perversión considerar siquiera la posibilidad de abandonarlo por un impulso, por una agitación sin nom­bre. Era el único trabajo que había significado algo para él, y siempre había pensado que fue una suerte haberlo encontrado por casualidad. Después de dejar la universi­dad había ido dando tumbos de empleo en empleo duran­te unos años -vendedor de libros, mozo de mudanzas, camarero, taxista-, y se había presentado al examen de ingreso en el cuerpo de bomberos sólo por capricho, porque una noche llevó en el taxi a alguien que estaba a punto de hacerlo y que le convenció para que lo intenta­ra. A aquel hombre le suspendieron, pero Nashe acabó sacando la nota más alta concedida aquel año y se encon­tró de pronto con que le daban un empleo en el que había pensado por última vez cuando tenía cuatro años. Donna se rió cuando la llamó para contarle la noticia, pero él siguió adelante e hizo un cursillo de preparación. No había duda de que era una elección curiosa, pero el trabajo le absorbía y continuaba haciéndole feliz, y nunca había sentido la necesidad de justificarse por conservarlo. Sólo unos meses atrás, le hubiera sido imposible imagi­nar que dejaría el cuerpo, pero eso era antes de que su vida se convirtiera en un serial, antes de que la tierra se abriera a su alrededor y se lo tragase. Tal vez había llegado la hora de cambiar. Todavía tenía sesenta mil dólares en el banco y quizá debería usarlos para escapar cuando aún estaba a tiempo.

Le dijo al capitán que se trasladaba a Minnesota. Parecía una historia verosímil y Nashe hizo cuanto pudo para que sonara convincente, extendiéndose bastante acerca de la oferta que había recibido para entrar en un negocio con un amigo de su cuñado (una sociedad para montar una ferretería, precisamente) y por qué pensaba que sería un buen lugar para criar a su hija. El capitán se lo creyó, pero eso no le impidió llamar gilipollas a Nashe.

-Es por esa mujercita suya -le dijo-. Desde que se llevó su coño de la ciudad, usted ha estado jodido, Nashe. No hay nada más patético que eso. Ver a un buen tipo hundirse por problemas de faldas. Domínese, hombre. Olvídese de esos estúpidos planes y haga su trabajo.

-Lo siento, capitán -dijo Nashe-, pero ya lo tengo bien pensado.

-¿Pensado? Me parece a mí que usted ya no es capaz de pensar.

-Tiene usted envidia, eso es todo. Daría su brazo derecho por estar en mi lugar.

-¿Y trasladarme a Minnesota? Olvídelo, hombre. Se me ocurren diez mil cosas que me apetecerían más que vivir bajo un montón de nieve nueve meses al año.

-Bueno, si alguna vez pasa por allí, no deje de pararse para saludarme. Le venderé un destornillador o lo que quiera.

-Que sea un martillo, Nashe. Tal vez pueda usarlo para meterle algo de sensatez en la cabeza.

Una vez dado el primer paso, no le resultó difícil llegar hasta el final. Durante los cinco días siguientes se ocupó de cuestiones prácticas. Llamó a su casero para decirle que buscara un nuevo inquilino, donó muebles al Ejérci­to de Salvación, se dio de baja del gas y la electricidad y desconectó el teléfono. Había una temeridad y una vio­lencia en aquellos gestos que le satisfacía profundamente, pero nada podía igualar al simple placer de tirar cosas. La primera noche pasó varias horas reuniendo las pertenen­cias de Thérèse y metiéndolas en bolsas de basura, librán­dose finalmente de ella por medio de una purga sistemáti­ca, un entierro en masa de todos y cada uno de los objetos en los que hubiera la más ligera huella de su presencia. Se lanzó sobre su armario y tiró sus abrigos, sus jerséis y sus vestidos; vació sus cajones de ropa interior, medias y bisutería; quitó todas sus fotos del álbum; tiró sus cosmé­ticos y sus revistas de moda; se deshizo de sus libros, sus discos, su despertador, sus bañadores y sus cartas. Eso rompió el hielo, por así decirlo, y cuando empezó a pensar en sus propias pertenencias la tarde siguiente, Nashe actuó con el mismo rigor brutal, tratando su pasa­do como si no fuera más que basura de la que había que deshacerse. Todo el contenido de la cocina fue a parar a un refugio para personas sin hogar de la zona sur de Boston. Los libros se los dio a la estudiante de instituto del piso de arriba; el guante de béisbol lo regaló al chico de la casa de enfrente; la colección de discos la vendió a una tienda de segunda mano de Cambridge. Estas transacciones le producían cierto dolor, pero Nashe casi em­pezó a recibir ese dolor con alegría, a sentirse ennobleci­do por él, como si cuanto más se alejase de la persona que había sido, mejor fuese a encontrarse en el futuro. Se sentía como un hombre que finalmente ha reunido el valor necesario para meterse una bala en la cabeza, sólo que en este caso la bala no significaba la muerte, sino la vida, era la explosión que desencadena el nacimiento de nuevos mundos.

Sabía que también tendría que desprenderse del pia­no, pero lo dejó para el final, pues no quería renunciar a él hasta el último momento. Era un Baldwin vertical que su madre le había regalado el día que cumplió trece años y él siempre le había estado agradecido por ello, pues sabía que conseguir el dinero había supuesto para ella un enorme esfuerzo. Nashe no se hacía ilusiones respecto a su manera de tocar, pero generalmente lograba dedicar unas cuantas horas a la semana al instrumento, ante el cual se sentaba para interpretar torpemente algunas de las viejas piezas que aprendió de niño. Siempre tenía un efecto calmante sobre él, como si la música le ayudara a ver el mundo más claramente, a comprender cuál era su lugar en el orden invisible de las cosas. Ahora que la casa estaba vacía y él estaba listo para irse, se quedó un día más para dar un largo recital de despedida a las paredes desnudas. Una por una, tocó un montón de sus piezas preferidas, comenzando por
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