Capítulo 1






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Jo Beverly

Serie Company of Rogues, Nº 6

Juego Peligroso
Dedico este libro a la memoria de la autora de novelas históricas, Dorothy Dunnett, que murió el 9 de noviembre de 2001, cuando yo estaba revisando el original de ésta.

Además de sus otros grandes talentos, Dorothy Dunnet fue la autora de quince cautivadoras novelas históricas ambientadas en su amada Escocia y un buen número de novelas de misterio. Sus fans se reparten por todo el mundo. Yo descubrí su serie Crawford de Lymond a los 24 años y sus obras me cautivaron y embelesaron.

Después, cuando empecé a intentar transmitir mis mundos imaginarios, ella fue una inspiración, aun cuando sólo pensar en su primera novela Game of Kings bastaba para acobardar a cualquier escritor. Mis novelas difieren en estilo, en tipo y en alcance, pero sé que algunas partes, tal vez las mejores, se deben a que soy lectora de Dunnett.

Gracias, Dorothy, por el tesoro que me has dado como lectora, y por las semillas que plantaste en mi mente de escritora.


ÍNDICE


Capítulo 1 4

Capítulo 2 10

Capítulo 3 18

Capítulo 4 26

Capítulo 5 33

Capítulo 6 42

Capítulo 7 50

Capítulo 8 58

Capítulo 9 64

Capítulo 10 75

Capítulo 11 82

Capítulo 12 89

Capítulo 13 97

Capítulo 14 101

Capítulo 15 108

Capítulo 16 116

Capítulo 17 121

Capítulo 18 129

Capítulo 19 138

Capítulo 20 148

Capítulo 21 155

Capítulo 22 161

Capítulo 23 167

Capítulo 24 173

Capítulo 25 180

Capítulo 26 185

Capítulo 27 189

Capítulo 28 194

Capítulo 29 200

Capítulo 30 208

Capítulo 31 217

Capítulo 32 226

Capítulo 33 232

Capítulo 34 239

Capítulo 35 246

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 255


Capítulo 1


—¡Uy, el sapo! —exclamó Frances—. ¡El sapo viscoso y verrugoso!

Lady Anne Peckworth levantó la cabeza y miró sorprendida a su hermana, que estaba leyendo las cartas recibidas ese día; no cabía la menor duda de que el peor insulto aceptable en la familia estaba motivado por lo que decía una de esas cartas.

Antes de que tuviera tiempo para preguntar, Frances la miró y a ella se le hizo un nudo en el estómago.

No.

Era como un rayo.

Un rayo no golpea a la misma persona dos veces.

Frances tenía los labios fruncidos, como si quisiera retener las palabras, pero al final dijo:

—Según Cynthia Throgmorton, Wyvern se ha casado, ¡y con una pelandusca! Con la hija bastarda de una dama de Devon, y que trabajaba, ¿te lo puedes creer?, como su ama de llaves. Lo supo por Louisa Morton, que es vecina de Crag Wyvern, y que es absolutamente fiable, dice. Claro que ni Louisa ni Cynthia tienen la menor idea de que esta noticia sea de particular importancia. —La expresión de furia de su cara pasó a una de compasión—. ¡Oh, Anne!

¿Qué podía decir?

Lo mismo que la vez anterior, supuso.

—Espero que sean muy felices.

—¡Anne! ¡Ese hombre prácticamente te ha plantado! Y después de Middlethorpe, además. Padre debe llevarlo a los tribunales por eso es de justicia.

—¡Santo cielo, no! —exclamó Anne, levantándose de un salto—. No podría soportar ser un objeto de curiosidad y lástima de esa manera. —Se mordió los labios y se serenó—. El conde de Wyvern no estaba comprometido conmigo, Frances. Nunca habló de matrimonio, ni siquiera una vez.

—¡Pero sus atenciones para contigo daban a entender que tenía esa intención!

Puesto que Frances estaba muy avanzada en su embarazo y los cinco últimos meses no se había movido de su casa en Herefordshire, que supiera eso quería decir que las cartas de la familia debieron ir y venir volando. Eso no sorprendía a Anne. Su familia estaba inquieta por ella, de forma colectiva.

La pobre Anne inválida.

La pobre Anne plantada.

La pobre Anne destinada a ser una solterona.

A finales del año anterior la había cortejado un vecino, el vizconde Middlethorpe. Todos daban por sentado que el noble no tardaría en pedirle que se casara con él y que ella aceptaría. Entonces a él lo llamaron de su propiedad a causa de cierto problema.

La siguiente vez que lo vio, él llevaba del brazo a su esposa. Esta no era un ama de llaves sino la viuda de un hombre al que apodaban Riverton el Rijoso, lo cual no era mucho mejor.

—Me gustaría saber si la mujer del vizconde está embarazada.

—¿Qué? —preguntó Frances.

—¿No te lo han dicho tus informantes? Lady Middlethorpe espera un hijo para este verano.

—¿Qué? —repitió Frances, con la cara ya de un color subido—. Eso significaría que el sinvergüenza la dejó embarazada mientras…

—Mientras me cortejaba a mí. Como ves, no fue una gran pérdida.

En el momento no lo sintió así, pero lo simuló. ¿De qué otra manera podía salvar su orgullo?

Frances volvió a mirar la carta de apretadas líneas.

—Cynthia no dice nada del estado de la dama. Claro que eso podría ser la explicación.

Anne se echó a reír, francamente divertida por la absurda situación.

—Lo dudo. Él ha estado sólo diez días en Devon. Diez días —repitió—. Es como un rayo, ¿no?

—Uy, Anne.

Frances comenzó a incorporarse para bajarse del diván en que estaba reclinada, así que Anne fue cojeando hasta ella para volverla a recostar.

—No te aflijas. Eso no es bueno para el bebé. En realidad, no es una tragedia. Me estoy dando cuenta de que si siento algo es alivio.

Había empezado a hablar con la idea de tranquilizar a su hermana, pero al terminar la frase cayó en la cuenta de que eso era cierto.

Se sentó en el sillón situado a un lado del diván.

—De verdad, Frances, nunca tuve la seguridad de que deseara casarme con el conde.

Por la expresión de Frances, vio que esta no le creía. Intentó explicarlo.

—Él necesitaba una esposa y a mí me gustó aquello de ser necesitada. Después de tantos años de guerra, y la muerte de su padre y su hermano, él estaba triste, sombrío. Si yo podía aliviarle esa tristeza, sería una tarea digna. Pero estaba indecisa. No era mucho lo que teníamos en común. En realidad —añadió, mirando hacia la ventana tristemente empañada por los chorros de lluvia— nunca supe por qué me cortejaba. Pensé que después llegaría el amor, para él y para mí.

Frances le cogió la mano.

—No teníamos idea. Todos suponíamos que tú sentías afecto por él.

Anne arrugó la nariz.

—No sé si entiendo esas emociones. Pero sí sé una cosa. No tengo ni una mínima grieta en el corazón por Wyvern. —Decidió airear una cosa más—. Lo celebraría, creo, si no fuera por la familia.

Frances volvió a ruborizarse, aunque esta vez de azoramiento.

—Sólo deseamos que seas feliz, cariño.

—Pero no si yo deseo ser feliz viviendo como solterona en Lea Park.

—Eso no nos parece una vida digna de ti, cariño. Además, cuando Uffham herede y su esposa gobierne el gallinero, ¿quién sabe cómo será?

Anne sintió bajar un escalofrío por la espalda.

—Buen Dios, nunca se me había ocurrido pensar en eso. Y, triste es decirlo, no podemos fiarnos de que Uffham elija bien.

—Exactamente. No te convendría ser otra tía Sarah.

La tía Sarah, hermana de su padre, vivía prácticamente olvidada en unas habitaciones del ala norte, en compañía de varias criadas y un montón de perros pequeños. Por lo general todos en la familia la llamaban «querida tía Sarah», pero en realidad eso quería decir «pobre tía Sarah».

Si no se casaba, ¿sería eternamente la «pobre Anne»? La pobre tía Anne; la pobre tía abuela Anne.

Para escapar de la perspicaz mirada de su hermana, volvió al sofá.

—Tienes razón —dijo—. Debo pensar en eso.

Para disimular, volvió a coger la labor que había interrumpido antes.

Las instrucciones estaban en la revista que tenía abierta a un lado, Pasatiempos para Damas: Tesoro de labores manuales para el esclarecimiento, educación y recreación del bello sexo de nuestro país. Ella lo interpretaba como «del bello sexo aburrido del país». Sólo un aburrimiento extremo podía haberla llevado a intentar hacer «un encantador cestito de paja para bombones».

Miró nuevamente hacia las ventanas empañadas que vibraban con las ocasionales ráfagas de viento; sólo se veía el cielo gris y el agua de la torrencial lluvia. Era mayo, al fin y al cabo, el mes de las flores, de los corderitos y los cantos de los pájaros en celo, la estación en que el mundo está en orden.

En un verdadero mayo ella podría salir de la casa; podría cabalgar, y cuando montaba a caballo su pie torcido no le molestaba. Con la velocidad y el aire fresco sería capaz de llevar mejor ese asunto. Pero estaba atrapada en la casa, prácticamente prisionera en esa sala, puesto que era la única en que estaba encendido el fuego del hogar.

Atrapada en Benning Hall por la lluvia.

Atrapada en un cuerpo lisiado de nacimiento.

Atrapada desde su nacimiento por ser hija de duque, de la que se esperaba que se casara bien, y se comportara bien, incluso cuando la plantaban.

Atrapada por la maldita preocupación de su amorosa familia, por su necesidad de que la «pobre Anne» fuera feliz.

Apretó fuertemente las manos sobre el cesto de paja entretejida y las relajó.

Era ese mal tiempo tan impropio de la estación el que la tenía triste y deprimida. No era Middlethorpe. Ni tampoco Wyvern.

Centró la atención en las instrucciones de la revista. Había terminado por fin el tedioso tejido y trenzado. Pero el resultado era una especie de globo mal formado.

«Darle la forma apretando», decía la inútil instrucción. Lo apretó por un lado y el otro quedó inflado. Hundió esa parte y la forma volvió a cambiar.

—¿Tienes idea de cómo se le da forma de corazón a esto?

—No —contestó Frances, como si le hubiera preguntado cómo se limpia la rejilla del fogón de la cocina.

—He seguido las instrucciones al pie de la letra, he hecho todo lo que debía. Tal vez hay que aplanar la base.

Le dio la vuelta al cestito y lo presionó, temiendo estropearlo.

—Tíralo al fuego, querida. Es una cosa muy tonta.

—Esta cosa tonta me ha ocupado dos días de mi tiempo. ¡No voy a renunciar ahora!

—Si pusieras el mismo esfuerzo y resolución en encontrar un marido…

—¿Qué?

Frances tenía la cara roja otra vez, pero su expresión era resuelta.

—Necesitas alternar más en sociedad para conocer a todos los hombres disponibles, Anne, en lugar de estar sentada en Lea Park esperando que vaya a ti un ocasional pretendiente.

—Tenemos fiestas magníficas en Lea Park.

—Siempre con las mismas personas, y generalmente con invitados casados.

—Voy a Londres a pasar unas cuantas semanas cada año.

—Y sólo vas a exposiciones y al teatro.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? ¿Andar cojeando en las fiestas o reuniones y pasar el tiempo sentada con las viudas en los bailes? No me gusta caminar, y no puedo bailar.

Le dio un fuerte pellizco y un tirón al maldito cesto, y al instante éste adquirió la forma de corazón perfecto de la ilustración. Se echó a reír.

—Ay, Dios, tal vez lo que pasa es que no me hace ningún bien ser tan buena y amable.

—¿Qué? ¿Anne?

Anne agitó la mano instando a su hermana a tenderse nuevamente en el diván.

—Estoy bien. Creo que tal vez sí necesito hacer algunos cambios.

—Estupendo.

Anne puso el cestito en forma de corazón sobre la mesa.

—El problema es que no sé qué deseo. De verdad soy feliz en Lea Park, entre personas a las que conozco muy bien. No me gusta conocer gente, alternar con desconocidos.

—Las personas de tu nueva casa serán desconocidas sólo un tiempo corto.

—Pero para eso, antes tengo que andar cojeando por Londres. —Exhaló un suspiro—. ¿Tú no sentiste una punzada de pena cuando te marchaste de casa?

—No, ninguna. Me encantó venirme a vivir a mi propia casa y estar fuera de la vista de mi madre. —La duquesa de Arran era una madre estricta—. Y, claro, estaría feliz en cualquier parte con mi queridísimo Benning.

Anne encontraba aburrido a Benning. Sí, el amor era un asunto raro.

—Sí que soy rara, ¿no?

—Será diferente cuando te enamores, cariño. Entonces estarás encantada de irte a la casa de tu marido.

—Eso supongo —repuso Anne—. Así es como funciona el mundo después de todo.

Había algo que la hacía sentirse especialmente vinculada a su casa, algo de lo que no hablaba con nadie: su trabajo en los archivos con papeles de las mujeres Peckworth. Sabía que su familia consideraba eso un pasatiempo tan raro como tejer corazones de paja, y como algo que olvidaría cuando llevara una vida plena.

Tal vez tenían razón. Pero en ese tiempo le absorbía la atención; en realidad deseaba estar en casa en esos momentos. Los días lluviosos eran una excusa perfecta para pasar horas leyendo los olvidados diarios, cartas y otros diversos documentos de sus antepasadas.

Era una idiotez quedarse solterona sólo por eso. Eso no era para la pobre Anne, para la Anne loca.

Oyó un suave ruido metálico.

—¿Qué fue eso? ¿El timbre de la puerta?

Frances se sentó, colocándose la mano en el vientre, protectoramente.

—¿Quién podría venir de visita en un día como este? Es de esperar que no sea una mala noticia.

—Seguro que no. Probablemente es una vecina que se siente tan deprimida por el mal tiempo como nosotras y busca compañía. —Fue a asomarse a la empañada ventana—. Se llevan al establo a dos caballos empapados. Visitas, seguro.

Cojeó hasta la puerta y al oír unos pasos rápidos se detuvo. Sólo había alcanzado a retroceder un paso cuando se abrió la puerta.

—¡Hola, Frannie y Annie!

—¡Uffham! Has asustado casi de muerte a Frances apareciendo aquí con este tiempo…

No pudo decir más porque él ya la tenía abrazada, mojado como estaba. Después fue a saludar a Frances, pero tuvo más cuidado.

—¿Cómo está? —preguntó, sin especificar quién.

—Activo —contestó Frances, mirándolo—. Sí que me has dado un susto casi de muerte, pero es maravilloso tener una visita. Siéntate y cuéntanos las noticias de la ciudad. Vienes de Londres, ¿verdad?

—Sí —contestó él, y miró a Anne nervioso.

Así que el asunto ya era público, pensó ella.

—Sé lo de Wyvern, Stuff.*

Nadie en el mundo, aparte de sus hermanas, saldría impune por llamar «Stuff» a lord Uffham. Era un joven alto, guapo, de pelo castaño, que llevaba peinado a la moda, y al que le gustaba el pugilismo, las carreras de caballos con obstáculos y otros tipos de entretenimientos más temerarios.

—¿Cómo? —preguntó él, visiblemente irritado—. Sólo apareció en el diario de esta mañana.

—Por una carta de una de las amigas de Frances. Y te agradezco que hayas querido venir para darme la noticia.

—Tenía medio pensado ir a Devon a retar a duelo al canalla.

—¡No! No había nada establecido entre nosotros.

—Llama, Anne —interrumpió Frances antes que ella pudiera decir más—. Stuff debe de estar helado y muerto de hambre.

—Ah, pues sí que es cierto eso. Pero he traído conmigo a un invitado, Frannie, si no te importa.

—¿Un invitado? —Frances miró hacia la ventana, como si creyera que el tiempo podría haber cambiado y hubiera salido el sol—. ¿Con este tiempo?

—Es un hombre del ejército. Fuerte como una oveja de las Highlands. Se llama Racecombe de Vere, de una familia de Derbyshire.

—¿Fuerte como un carnero de Derbyshire? —preguntó Anne.

En su imaginación apareció un animal peludo y mojado de enormes proporciones. La imagen era alarmante porque sospechaba que su hermano había reaccionado a la noticia del diario llegando ahí con un pretendiente de recambio.

—Vamos, Annie, no lo vayas a ahuyentar. —Tras confirmar las sospechas de ella, Uffham se volvió hacia Frances—. Puedes alojar a un huésped extra una o dos noches, ¿verdad?

—Por supuesto, estoy para llorar de aburrimiento, y Anne se ha visto reducida a hacer cositas de paja. Anne, llama para que traigan refrigerios. Stuff, ve a buscar a tu amigo. Mi vientre hinchado es mi excusa para no salir de esta acogedora salita.

Él salió a toda prisa. Anne fue a cerrar la puerta, que él había dejado despreocupadamente abierta y luego fue a tirar del cordón.

—Ha traído a este carnero de Derbyshire para mí. Qué ridículo.

—Ha sido una amabilidad.

—Por lo menos le da tiempo para enfriarse. No debe retar a duelo a Wyvern. No hay ningún motivo. No creo que nadie supiera siquiera que yo me hacía la ilusión…

Rogó que eso fuera cierto. Lástima, más lástima, era lo único que no podría soportar. Había nacido con un pie torcido y vivido con la lástima toda su vida.

Contempló un momento un adorno de porcelana sobre la repisa del hogar: un pastor y una pastora que formaban muy buena pareja y se veían felices. Con qué naturalidad y facilidad se presentaba eso de enamorarse y casarse. ¿Por qué era tan complicado en el caso de ella?

Se giró a mirar a su hermana.

—Creo que Stuff trajo a Wyvern para que lo conociera con el fin de sanar mi orgullo herido por lo de Middlethorpe, y ya ves lo desastroso que fue eso. ¿Qué puedo hacer con éste?

—Disfrutar de su compañía.

—¿Un hombre que se hace llamar De Vere? La familia De Vere se extinguió hace más de un siglo. Éste tiene que ser una especie de impostor.

A Frances se le iluminaron los ojos.

—¿Sí? Qué interesante. Siempre he deseado conocer a un aventurero. No te lo tomes todo muy en serio, cariño. Coquetea un poco. Necesitas la práctica.

—¿Con un carnero peludo de Derbyshire?

Frances se rió y en ese preciso instante entró Uffham de vuelta.

Anne se ruborizó, avergonzada. ¿Habría oído esas últimas palabras su acompañante?

Y el carnero de Derbyshire…, no lo era.

—El señor De Vere, señoras. De Vere, mis hermanas, lady Benning y lady Anne.

El esbelto joven, rubio, de finas facciones y risueños ojos azules, se inclinó en una reverencia perfecta, con elegancia algo excesiva.

—Para servirlas, señoras. En especial, dado que me ofrecen techo, este maravilloso calor y, según me han dado a entender, alimento.

Frances se ruborizó, y daba la impresión de que no sabía si mostrarse extasiada o reírse. Mientras tanto Anne se preguntaba qué se habría apoderado de Uffham. Tratándose de matrimonio, de confiar su vida a un hombre, ella exigía un mejor partido.

Entró la criada y salió con la orden de traer té y comida en abundancia. Uffham fue a sentarse en un sillón junto al hogar, y estiró las piernas, acercando tanto las botas al fuego que estas comenzaron a echar vapor.

—Uffham, tus botas —dijo Anne—. Has dejado perdida de barro toda la alfombra.

Se giró para mirar a De Vere con el fin de impedirle hacer lo mismo, pero vio que él se había quedado cerca de la puerta, sin avanzar más allá de la parte de madera del suelo.

—No te preocupes por menudencias, Anne —dijo Frances—. Esto se limpia con mucha facilidad. Entre, señor De Vere.

—Me pregunto si me permitirían cambiarme la ropa mojada antes de comer, lady Benning.

—¡Por supuesto! Anne, lleva al señor De Vere al dormitorio este. No está lejos.

Quería decir no está lejos para tu pie malo, comprendió Anne. Eso le hacía imposible negarse.

—Cómo no, pero Uffham podría llevarlo.

—Acabo de ponerme cómodo —protestó Uffham— y el daño ya está hecho. Lo empeoraría si volviera a pasar por ahí. No puedo quitarme estas botas sin un sacabotas. Sé buena chica, llama a alguien que me ayude a quitármelas.

Anne puso en blanco los ojos, pero cedió. Volvió a tirar del cordón. Después cogió el sencillo chal de punto que tenía a mano, se lo puso y se dirigió a la puerta. De Vere se la abrió y cuando salieron la cerró.

Por lo menos tenía buenos modales; eso era algo. Tenía sus buenas dudas acerca del nuevo amiguete de Uffham. Lo encontraba demasiado… «leve»; leve en su constitución y en sus modales; de poca sustancia también.

Frances tenía razón. Era un aventurero. Uffham había vuelto a caer en mala compañía. ¿Y creía que ella podía casarse con un hombre de semejante calaña?


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