A mis padres y mi hermano






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fecha de publicación20.06.2016
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A mis padres y mi hermano.

A todos los personajes de esta

historia que, sin serlo, han sido.

A Lola, quien me encontró.

CUANDO TE ENCUENTRE EN MI


La noche pronosticaba lluvia. La tarde estaba fría y el viento soplaba haciendo un sonido melodioso parecido a un silbido. Lola caminaba a paso acelerado por el andén de la estación de buses apresurándose a llegar a la parada para tomar el articulado que la llevaría a casa. A pesar de estar agotada después de un día que había destrozado parte de su espíritu, caminaba enérgicamente para que la lluvia que estaba por venir no la alcanzase; odiaba mojarse las bastas del pantalón y no quería que su amargo día terminara acentuando el malgenio por la ridícula idea de mojarse de la rodilla para abajo. Sospechosamente, habían muy pocas personas en la estación y el ruido de la ciudad parecía haberse tomado un respiro. Había una recelosa calma y el sonido del vendaval resultaba amenazador. El viento levantaba su cabello largo y negro haciendo que las ondulaciones se enredaran unas con otras. La piel se le erizó y sintió una corriente que le rozaba el cuello como si un par de manos heladas la ahorcaran. Lola siempre había sentido una especie de conexión con el viento y a pesar de que pensar en ello le resultaba un poco cursi, la idea la reconfortaba y emocionaba; sentía que ese lazo tan único y especial la hacía diferente del resto. Cuando una ráfaga de viento tocaba su cara, inevitablemente ella cerraba los ojos por un largo rato, lo respiraba profundamente y lo sentía con cada poro de su piel. Era un impulso incontrolable y el trance en el que entraba, probablemente, se asemejaba a una amenaza de desmayo; por ello, unas cuantas veces algún amable ciudadano le había preguntado preocupado si se encontraba bien.

A medida que se acercaba a la parada, pensó que hubiese sido buena idea salir con una bufanda; estaba demasiado confiada en el tiempo y no se había percatado de que el verano estaba por acabarse. Si bien en las mañanas hacía un calor seco y sofocante, por la noche la temperatura bajaba considerablemente. Pero su obstinación por llegar con la mayor puntualidad posible al trabajo había hecho que en el último momento se olvidara que el clima había comenzado a ponerse frío. Entonces se acordó que por la mañana, antes de salir de casa, había pensado que debía llevar algo que le cubriera el cuello. Desde los días anteriores había venido sintiendo un leve ardor en la garganta y su posible consecuencia sería una gripe que la mandara a la cama. Le quedaba la duda de si, en efecto, habría llevado la bufanda consigo. Tal vez la guardó en el bolso y la había olvidado en la oficina, o quizás la dejó en la mesa de entrada de su casa antes de salir. Lo cierto es que no tenía idea de dónde iría a parar la bufanda, a lo mejor ni siquiera la había sacado del cajón. Sacudió la cabeza de un lado a otro como queriendo despejarse y retomar la concentración en el camino. Los últimos días se había sentido un tanto extraña, la memoria le fallaba, y estaba más abstraída que de costumbre. Esa sensación de estar perdida la ofuscaba ya que era una mujer que siempre estaba atenta a todo; era sumamente observadora y, la verdad, es que este tipo de cosas, como perder una prenda de vestir, jamás le sucedían.

Mientras cavilaba obsesivamente sobre el paradero de la bufanda, una melodía la sacó de su ensimismamiento. Una mujer que se aproximaba a su lado, cantaba con voz entonada y melancólica; una voz ronca, particular, pero muy hermosa. Lo hacía a todo pulmón, como si poco le importase que la mirada de los extrañados transeúntes pudiera posarse en ella. Al pasar cerca de Lola, y muy segura del armonioso sonido que salía de su garganta, la miró directamente a los ojos y con una expresión amable cantó con mayor énfasis una parte de la canción. Lola conocía perfectamente el tema; se trataba de un tango que le gustaba mucho. Recordaba que su abuela lo cantaba siempre con euforia y haciendo ademanes de diva al tratar de imitar a Sara Montiel: Fumar es un placer genial, sensual. Fumando espero al hombre a quien yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales y mientras fumo, mi vida no consumo porque flotando el humo me suelo adormecer… Instintivamente, Lola levantó con ánimo las cejas y tras intercambiar una breve pero sentida sonrisa, la mujer siguió su camino dejando una sombra melódica tras de sí. A Lola no le resultaba muy raro que este tipo de cosas le sucedieran, tal vez por eso le gustaba recorrer en bus el trayecto del trabajo a la casa; sentía que la ciudad tenía elementos sumamente inspiradores para sus cuentos y novelas. Todos los días, saltaban a la vista estos extravagantes personajes que llamaban su atención. Esa noche, la protagonista de aquel teatro imaginado que era el andén, había sido una mujer de pelo rojizo y ojos claros que interpretaba un sentido tango. Si hubiese sido en realidad un teatro, Lola, sin duda, se hubiese levantado del asiento y habría aplaudido con tanta efusividad que, probablemente, los párpados le hubieran temblado dejando ver una que otra lagrimilla.

Recorrió seis paradas de bus a lo largo de la ciudad. Iba apretujada por el gentío que también intentaba llegar a sus destinos. El transporte público en la ciudad no era algo de lo que ningún ciudadano se podía sentir orgulloso; en realidad, era bastante malo. Pero Lola ya estaba acostumbrada, y en vez de amargarse más de la cuenta, había cogido la manía de ver detenidamente a las personas tratando de imaginar cómo serían sus vidas. Esa noche no tuvo ganas de hacerlo. Abstraída, veía por la ventana los charcos de agua que se iban formando cerca de las veredas. La voz de un hombre que hablaba muy alto, casi gritando, la sobresaltó. Se trataba de un hombre ciego que pedía caridad y caminaba a lo largo del bus, o al menos intentaba hacerlo, declamando algo casi inentendible. De lo poco que Lola pudo entender, el hombre había perdido la vista y la mitad del brazo por algún accidente con pólvora y pedía dinero recitando: una colaboración a las personas de buen corazón. Después del agitado recorrido, Lola llegó a casa, abrió la puerta de entrada y Bruno saltó emocionado a su encuentro. Bruno era un Mastín Inglés color gris, de cuatro años de edad, ochenta kilos y casi un metro de altura. Ella lo abrazó, lo acarició y se tomo un largo rato para juguetear con él. Sirvió la cena para los dos y ni cinco minutos después, Bruno ya había devorado las pepitas de su plato; acto seguido, se sentó debajo de la mesa con el rostro apuntando al de Lola para que ella lo pudiera ver, como esperando cordialmente a que Lola terminara de comer.


  • Hoy me enteré que Ignacio se casa- dijo Lola


El perro, con el hocico descansando sobre las patas, la veía con unos ojos casi tristes. A pesar de que los mastines tenían una característica mueca melancólica, Lola sabía que Bruno entendía todo lo que ella le decía y sentía al igual que ella, cierto dolor con la noticia de Ignacio. No por él, obviamente, sino porque aquello ponía en riesgo la estabilidad emocional de Lola. Y si ella no era feliz, él tampoco.

Lola se dio cuenta de que sus manos temblaban y al advertirlo, fue como si saliera del shock momentáneo que, hasta ese momento, no la había permitido sentir nada. Notar la reacción física que su cuerpo producía frente a la idea de que el hombre que una vez pensó, estaría con ella para siempre, le produjo una irremediable sensación de vacío y tristeza. Bruno se acercó y puso su hocico en las piernas de Lola y ella al ver este gesto noble de su fiel y único compañero, se echó a llorar.

Lola recobró la calma después de unos minutos, besó a Bruno y se levantó para hacerse un té. Lo bebió pausadamente en la sala de estar sin pensar mucho. Sabía que debía dejar ir cualquier pensamiento que la hundiera. No quería aceptarlo, pero, evidentemente, la noticia la había golpeado. Ignacio había provocado una cuota de dolor en determinado momento de su vida, pero para ese entonces, ya estaba superado. No se permitiría tener una recaída. Ya ni siquiera lo hacía por Manuela; definitivamente, no lo haría por Ignacio.

Antes de acostarse y después de una no muy meticulosa limpieza facial para removerse el maquillaje, Lola se miró en el espejo por un largo rato. Si bien los años que le habían pasado por encima no eran tantos, esa noche, más que otras, se sentía cansada y sola. Era una mujer guapa; tenía la piel morena y suave, sin una sola imperfección ni una sola mancha, sólo unas pocas pecas en el pecho, cerca del escote, que le gustaban porque la hacían sentirse sexy. Siempre vestía blusas que dejaran al descubierto esa parte; acentuarlas provocaba en ella seguridad. Sus labios gruesos y rosados, siempre humectados, llamaban mucho la atención. Siempre advertía que las personas con las que hablaba de frente, la miraban solamente a ese punto específico de su rostro. A veces pensaba que tenía algún resto de comida entre los dientes pues, los ojos del otro, siempre se concentraban alrededor de la boca; entonces, no sonreía mucho y al terminar cualquier incómoda conversación en la que se sentía particularmente observada, sacaba un espejito del bolso para revisar si todo estaba limpio y en orden. Cuando esto le sucedió ya demasiadas veces, intentó averiguar por qué la gente dirigía siempre la mirada a esa parte de su cara y alguna noche, navegando por el Internet, se topó con un artículo sobre el lenguaje corporal en el que descubrió que cuando la gente mira al otro a los labios, es porque esa persona le resulta atrayente. Pese a que el artículo provenía de una de esas revistas femeninas bastante cursis y de poca credibilidad, esas que se las encuentra en los salones de belleza y que a Lola, por lo general le resultaban estúpidas, decidió creérselo al pie de la letra; aquella teoría la liberaba de la paranoia de sentir todo el tiempo que, tal vez, tendría los dientes sucios o algún resto de chocolate en la comisura de los labios.

Lola tenía los ojos muy brillantes, de color avellana y bastante intensos. Al mirarla, se notaba que era una mujer especial, un tanto enigmática y algo misteriosa; como si su vida fuera un secreto o como si vivir cerca de su poderosa presencia, abriría a cualquiera las puertas a una vida llena de emoción y desconcierto. Pero Lola, en realidad, era una mujer más bien pausada, bastante observadora y sumamente sensible. Se sentía sencilla pero sabía que tenía algo especial, algo que no era del todo normal o que, por lo menos, era bastante diferente que el resto de los mortales. Ella estaba consciente de lo hermosa que era, pero su percepción de ello no dependía de la representación de su imagen frente al espejo. En realidad, nunca se miraba en él para reconocer su belleza; más bien, cuando estaba frente a su imagen era cuando más dudaba de todo, dudaba de ella y de la realidad, término que siempre estaba muy presente en su vida y le resultaba complejo y confuso de entender. Mientras más alejada estuviera de su reflejo, más bella, tranquila y completa se sentía. De todas formas, y a pesar de que mirarse le resultaba angustiante, se pasaba largos ratos frente a su reflejo tratando de reconocer a la extraña mujer que supuestamente debía ser ella. Movía los brazos, se tocaba la cara, pestañaba, movía los pómulos, pero nada. ¿Cómo era posible que no se sintiera la misma persona que su reflejo indicaba de ella? Le quedaba claro que era la misma mujer la que desde el otro lado le hacía muecas, pero aún así, no sentía que fuesen una. Confundida una vez más con su largo ritual nocturno, cerró los ojos y apagó la luz del baño pensando que al día siguiente, tal vez, lo intentaría de nuevo.

Al sacudirse la agobiante idea de ser dos personas, ninguna, o tal vez muchas a la vez, levantó el plumón y cubierta con su camisón de lino recién lavado, se acostó en el lado de la cama que le correspondía. El otro extremo era el puesto del perro. Cuando Ignacio, con el que había compartido la vida durante seis años, la abandonó por otra mujer, Lola decidió que Bruno dormiría junto a ella y que ningún otro hombre le quitaría su lugar. Sólo por esa razón decidió conservar la cama, ya que todo lo demás que le recordase a él lo había donado, botado y en alguna descarga de ira, quemado. El cuerpo corpulento y gigante de Bruno asemejaba la compañía de una pareja a su lado y la experiencia era bastante similar pues, al igual que su antiguo novio, el perro también babeaba y roncaba. Algunas veces, cuando la soledad y la melancolía la visitaba, Lola recurría a él para sentirse menos sola. Aquellas noches, cuando algún recuerdo le dolía en el cuerpo y las punzadas por debajo de la clavícula eran demasiado intensas, Lola se deslizaba cerca de Bruno y sin importar que el perro la llenase de babas, lo abrazaba y lloraba sobre su lomo.

Lola trabajaba en la sección infantil de Mobe, una revista bastante reconocida que se encargaba de la publicación de tomos especializados en distintos temas: infantiles, científicos, sobre historia y arte, sobre ecología y sobre culturas alrededor del mundo. A pesar de haber estudiado artes plásticas, a Lola se le daba bien la narrativa y escribía cuentos para niños. En la sección Mobe Kids publicaban un cuento infantil al mes, y Lola era la encargada de escribirlo. Aparte de pintar, escribir era algo que la apasionaba. Trabajaba de la mano de Nicolás, un ilustrador excelente pero con el que, a veces, chocaba en ciertos aspectos. Nicolás era una de esas personas con un talento infinito, casi un genio, pero pasaba demasiado tiempo metido en su propia cabeza, y por ello, le costaba ser constante en un trabajo que era, sobre todo, exigente con los horarios. De todas formas, se llevaban muy bien y eran realmente buenos amigos. Una de las cosas que a Lola le desesperaba de Nicolás era su inestabilidad a la hora de presentar las ilustraciones, sobretodo porque era ella la que debía pagar los platos rotos con el director de la revista. Lola era una mujer bastante perfeccionista y cumplía a cabalidad con los trabajos que le encargaban; no toleraba mucho la impuntualidad y Nicolás era experto en eso. Los constantes retrasos en las entregas de las ilustraciones habían hecho que, varias veces, hubiera entre los dos roces laborales, pero su relación fuera de Mobe, en realidad, nunca se había visto afectada. Había un enorme cariño mutuo y eso hacía imposible que su enojo durara más allá del momento de estrés que provocaba una fecha límite. A pesar de los retrasos, Nicolás siempre cumplía con el trabajo; tarde, pero lo hacía.

Esa mañana, Lola había tenido una reunión con el director de la revista, precisamente, para tratar el tema de la falta de rigurosidad por parte de Nicolás. Pedro, su jefe, estaba cansado de pedirle una y otra vez, casi como un ruego, que entregara los dibujos a tiempo porque su demora creaba un retraso general en la diagramación e impresión de la revista. Esto producía malestar en los diseñadores y encargados de impresión que siempre terminaban haciendo todo a contra reloj. Si no hubiese sido porque Nicolás era extremadamente bueno en lo que hacía, seguramente, para esas alturas ya lo hubiesen echado del trabajo.

Lola siempre había abogado por él, lo quería mucho y tenía con él una especie de preocupación maternal. Entendía que era una persona con un ritmo diferente, que necesitaba de una profunda interiorización antes de hacer cualquier obra. Era cierto, que en algunos momentos la llegaba a irritar, pero eso no quería decir que quisiera que Nicolás saliese de la revista. Él era su único verdadero amigo en Mobe y siempre hacía que la realidad laboral fuera más fácil de soportar. A pesar de que Lola era rigurosa y cumplía con todo lo que se le asignaba, no le encantaba esa vida rutinaria y ordenada que implicaba pasarse ocho horas diarias en una oficina sentada frente a un computador. Prefería escribir en su casa, o al aire libre; quizás en algún cafecito de la ciudad donde pudiese tomarse los expresos que quisiera y fumar cuantos cigarrillos le apetecieran. Pero la falta de ingresos económicos como artista y escritora independiente la había obligado a aceptar el trabajo y adaptarse a las reglas. La paga era buena y la experiencia de trabajar en una revista tan exitosa y reconocida, incluso internacionalmente, también le resultaba interesante.

Llevaba trabajando ya tres años allí y quien siempre le alegraba el día era, precisamente, Nicolás. Él tenía una forma excéntrica de ver al mundo y estaba metido de manera fanática en la onda del Yoga y la meditación. Tal vez por eso, decía constantemente que el mundo estaba llegando a un punto crítico, al borde del colapso y que lo único que podría producir un cambio importante para que el mundo no se terminase, era el despertar de los humanos por medio de la meditación.


  • La gente está más loca que nunca -decía Nicolás- Todo el mundo vive obnubilado por las marcas, el dinero, el estatus y el poder. Comprar, comprar, comprar; trabajar hasta el cansancio con el fin de producir más dinero, ¿para qué? ¡Para seguir comprando! La gente no se da cuenta de que el capitalismo está a un tris de morir, es un sistema que ya no funciona, está obsoleto. Bien dijeron los Mayas, que en este año, el 2012, van a suceder cambios profundos. ¡Es un año durísimo, Lola! A mí me está afectando de muchas maneras; es muy fuerte. Hay que estarse atento porque las energías de este año tienen mucho poder ¡Muchísimo! Si no tienes conciencia sobre ti mismo pueden destruirte. Lo que las personas necesitan es despertar ¿sabes? Es de vital importancia emprender un viaje de autoconocimiento personal para lograr conectarnos con nosotros mismos, de lo contrario, el mundo sí que se va a acabar. Meditar, Lola, la solución es hacer Yoga y meditar. ¡No hay más!


Lola siempre lo escuchaba con fascinación, y a pesar de que no era una mujer muy espiritual y no conocía mucho sobre el tema de la meditación, le interesaba todo lo que Nicolás le contaba. Le encantaba que se lo dijera de manera tan apasionada, con tanta convicción y claridad, como si esa técnica oriental fuese la responsable de limpiar y ordenar su mente y sus ideales.


  • ¿Te inscribiste ya en el curso de Yoga? -le preguntaba Nicolás todas las mañanas mientras pasaban café.

  • ¡Uy, no! Ayer estaba agotada y me olvidé de pasar por el instituto. Mañana, sin falta. –contestaba Lola.

  • Pues espero que sea cierto, todos los días me dices lo mismo. ¡Hazme caso mujer! Vas a ver lo bien que te sienta. Además siempre es bueno estirar un poco los músculos.

  • Sí, sí, sí. ¡Seguro mañana! –mentía Lola.


Lo cierto era que ella odiaba hacer cualquier tipo de ejercicio y al día siguiente tampoco pasaría por el instituto, ni se inscribiría en las tan nombradas clases de Yoga.

No era raro pasar por el taller de Nicolás y verlo, precisamente, meditando en el suelo. Siempre en la misma postura: los pies descalzos, las piernas cruzadas en posición de loto, los brazos sobre las rodillas y los dedos medio y pulgar formando un círculo. A Lola esa imagen le producía ternura y siempre lo espiaba calladamente sin que él se percatara de su presencia. Ver a Nico tan pacífico, enraizado al suelo como un arbusto, producía en ella también mucha paz. Mientras lo veía, se preguntaba qué era lo que resultaba tan satisfactorio de quedarse inmóvil durante tanto tiempo en una misma posición. De seguro, a ella se le amortiguarían las piernas y le comenzaría a picar cualquier parte del cuerpo haciendo imposible que se mantuviese quieta. Lola había visto que estas técnicas orientales estaban cada vez más de moda, pero le quedaba la duda de si se trataría únicamente de eso, una moda; o si realmente sería tan maravilloso como decían. A lo mejor era cierto que provocaban muchos beneficios y sensaciones placenteras, por algo debía ser que Nicolás parecía levitar cuando meditaba, pero a Lola le daba una pereza infinita comprobarlo.

________________________

Lola conoció a Ignacio más o menos dos años después de que le sucediera lo más feo. Para ese entonces ella estaba en su segundo año de universidad. El profesor de la clase de figura humana les había pedido que realicen una serie de cien desnudos; para ello, cada estudiante debía conseguir una mujer o un hombre que estuviese dispuesto a posar sin ropa. Lola era nueva en el campo del arte y no tenía ningún contacto de algún modelo que cobrara un precio razonable. Después de todo, Lola era una mujer que vivía de manera sencilla y no tenía mucho dinero como para invertir en un profesional. Tras una exhaustiva búsqueda sin éxito, y al ver la desesperación de Lola al no encontrar un modelo, uno de sus compañeros de clase consiguió que un amigo suyo haga el trabajo. El chico podía hacerlo a un precio razonable y sobretodo, era una persona extrovertida y agradable con la que Lola sin duda se sentiría cómoda. Para ella, dibujar a una persona desnuda resultaba todo un reto. No sólo por la dificultad que el mismo dibujo demandaba, sino también porque representaba un arma de doble filo. Lola sentía fascinación por los cuerpos desnudos, expuestos y sin el maquillaje que es la ropa. Así, naturales y hermosos. A decir verdad, le provocaba cierto miedo llegar a enamorarse de aquél cuerpo desconocido. Su absoluta sensibilidad hacía que al ver el más leve signo de belleza, su corazón explotara de amor. Este era un aspecto de sí misma que no le gustaba en lo absoluto; ser demasiado enamoradiza le había causado varios dolores en el pasado y el corazón ya se le había trizado suficientes veces. Decidió tratar con todas sus fuerzas que este trabajo fuera absolutamente profesional y no se permitiría considerar ni un ápice actitudes que involucrara sentimientos.

Ignacio tocó el timbre del taller de Lola a eso de las cinco de la tarde. Era la hora en la que habían quedado para la primera sesión de trabajo. Lola había ordenado el taller de manera que en la mitad del espacio hubiese una especie de escenario donde Ignacio posaría. Colocó una alfombra, un sillón pequeño y algunos cojines en el suelo. Puso también varias lámparas alrededor de la alfombra para que el cuerpo estuviese mejor iluminado y se crearan sombras más contrastantes. Su caballete apuntaba directamente a donde él estaría parado y a su lado, descansaba una mesa con una serie de lápices de varios grosores, un borrador y algunos carboncillos; un juego de acrílicos, un juego de acuarelas, algunos pinceles, un vaso con agua para lavarlos y una toallita para secarlos. Con eso era suficiente para hacer los cien dibujos en distintas técnicas.

Cuando oyó el timbre, inevitablemente, Lola se puso un poco nerviosa. Abrió la puerta y como había sospechado, se encontró con un hombre bastante guapo. Sólo las personas que se sienten guapas y tienen una autoestima alta pueden ser capaces de posar desnudas para un desconocido.

Sintió un nudo en la barriga y lo saludó torpemente con un beso en la mejilla.


  • Hola, gracias por venir. Pasa por favor – dijo Lola tras una sonrisa.

  • Hola Lola, disculpa si me demoré un poco. No me di cuenta de la hora y se me hizo tarde – se disculpó Ignacio.

  • No te preocupes, estaba terminando de arreglar todo. ¿Quieres un café? –preguntó Lola.

  • Bueno, muchas gracias. Me gusta tu taller, es un espacio acogedor -dijo Ignacio mientras echaba un vistazo a su alrededor.

  • Sí, no está mal. Me lo presta mi tío y la verdad es que me resulta sumamente útil. Puedo pasarme aquí días enteros haciendo lo que quiero sin que nadie me moleste. Además no sé qué haría con tanta basura si no la tuviera aquí amontonada - dijo Lola, y sonrió mientras le daba la taza de café a Ignacio.


Bebieron unos cuantos sorbos en silencio y Lola tratando de romper con la incomodidad le pidió que le contara un poco sobre él.


  • Soy músico y toco el piano en un grupo de jazz –dijo Ignacio- Estudié en Londres y volví hace seis meses. La verdad, no me ha ido tan bien aquí con la música, es difícil vivir sólo de eso en esta ciudad. Si no fuera porque llegó un punto en que ya extrañaba demasiado, quizás me hubiese quedado por allá.

Bebió un sorbo de café y continuó.

  • Ahora estoy pasando por un momento económico un poco apretado, por eso cuando Juan me dijo de este trabajo no dudé en aceptarlo. Me viene bien cualquier ingreso por más pequeño que sea y bueno, también me pareció una experiencia de lo más interesante. – sonrió Ignacio coquetamente.


Conversaron durante unos veinte minutos mientras se terminaban el café y Lola le explicó en qué consistía todo el proyecto. Le describió las distintas poses que necesitaba que él realice y acordaron verse dos horas diarias por diez días; así Lola conseguiría hacer los cien bocetos a tiempo. Después de la breve explicación, pasaron cada uno a instalarse en su puesto.

Lola se sentó en el caballete con todos sus materiales listos e Ignacio se paró en la mitad del escenario construido sencillamente.


  • Cuando quieras – dijo Lola amablemente para que Ignacio no se sintiera presionado.


Ignacio poco a poco se fue quitando la ropa. Comenzó con los zapatos y las medias; luego fue el saco y la camiseta; y por último, el pantalón y los calzoncillos. Mientras Ignacio de desvestía, Lola lo miraba atenta y recorría con su mirada cada poro de piel que iba asomando a medida que él deslizaba las prendas por el cuerpo. Le pareció que aquél acto se asemejaba a algún tipo de danza y la belleza de ello, le produjo una sensación de mariposeo en el pecho. Esto la consternó.
<< ¡Me jodí! >>, pensó Lola. << ¡Lo primero que juré no sentir, y como una necia voy y lo hago! >> Lola: respira, mira a otro lado, comienza a dibujar y piensa en otra cosa. Así lo hizo, y tomó uno de los lápices disponiéndose a comenzar.


  • ¿No me vas a decir con cuál pose empezamos? -preguntó Ignacio como sorprendido del silencio.

  • ¡Ah! Sí, disculpa -dijo Lola sonrojándose- Es que estaba pensando en otra cosa… Primero haremos una pose donde estés sentado. Siéntate y pon los codos sobre las rodillas. Las manos haciendo puño debajo del mentón, sosteniendo tu cara.

  • ¿Así? –preguntó Ignacio mientras se acomodaba.

  • Sí, así está perfecto.


Lola quería comenzar con una pose donde el sexo de Ignacio no estuviera tan expuesto. Quería acostumbrarse a la idea de tenerlo que ver todos los días desnudo durante diez días. No podía negar que toda la situación la excitaba, pero una vez que se puso a dibujar se introdujo en ello y dejó de lado cualquier pensamiento libidinoso o romántico que pasara por su cabeza.

La primera sesión pasó bastante rápido. Lola hizo cinco bocetos en carboncillo y le quedaron bastante bien. Aquella primera vez realmente no hablaron mucho. Lola se retraía bastante cuando dibujaba y eso a Ignacio le gustaba; le causaba una sensación de absoluto respeto hacia ella y hacia su momento de introspección. Si la posición en la que estaba era de frente, Ignacio no hacía otra cosa que mirar a Lola. Le hipnotizaba los movimientos de los brazos trazando líneas que él no veía y le gustaba que la mirada de Lola se posara en distintas partes de su cuerpo. Era como si Ignacio reconociera y se acercara a sí mismo a través de la mirada de Lola posándose sobre él. Era extraño, pues nunca nadie lo había visto de manera tan detenida, pero aquello en vez de causarle timidez, le producía una sensación reconfortante. Una calidez en su interior.

A la tercera sesión, y mientras Ignacio posaba de pie frente a Lola, decidió decirle lo hermosa que era. Sus palabras hicieron que a Lola le de un brinco el corazón; no se lo esperaba. Pero fue a partir de ese momento que las miradas que se producían en ese espacio, se volvieron intensas y cargadas de una poderosa atracción. Si bien no hablaban mucho mientras trabajaban, se sentía en el aire esa seducción lejana, como si se comunicaran a través de los ojos y con eso bastara para reconocer su mutuo encanto.

Ante el halago de Ignacio, Lola solo pudo darle las gracias y en la siguiente media hora solo se oían los trazos del lápiz danzando exaltado sobre el papel. Ignacio, sin pensarlo, se acercó a Lola, la levantó del taburete y en absoluto silencio la besó apasionadamente. Lentamente le fue sacando la ropa y a medida que lo hacía, besaba cada parte de su cuerpo. Recorrió delicadamente con la lengua sus pezones endurecidos; acarició su espalda, sus muslos, su nalga y su sexo. Apretó su cuerpo al de ella y olió embriagado su pelo. La tomó de la mano, la llevó a la alfombra donde la recostó con suavidad e hicieron el amor con desenfreno.

La brutal atracción que sentían el uno hacia el otro hizo que la misma escena se repitiera durante los siguientes días. Cada momento que pasaban juntos, se iban conociendo y enamorando un poco más. A pesar del poco tiempo que habían pasado juntos bastó para que al culminar el trabajo conjunto, decidan ser exclusivos el uno para el otro. Fue así como comenzó un noviazgo que duró seis años.

Ignacio y Lola se llevaban muy bien, eran una pareja que disfrutaba mucho de su mutua compañía. Eran sobretodo, grandes amigos; se reían, salían, se divertían, hacían el amor vehementemente y hablaban por horas. Compartían los mismos intereses sobre arte, música, literatura y política. En definitiva, parecían estar hechos el uno para el otro. Fue suficiente un año de relación para que los dos estén de acuerdo en vivir juntos y comprometerse a una vida de convivencia. Su profundo enamoramiento hizo que fueran realmente felices y Lola por primera vez, sintió como todos los penetrantes recuerdos de lo más feo se iban haciendo cada vez más livianos. Se sentía afortunada de tener un hombre como Ignacio a su lado, alguien que la cuidara y amara a pesar de todo. Ignacio conocía todo por lo que Lola había pasado y fue un apoyo para ella en todo momento.

No fue sino hasta el sexto año de relación cuando los problemas entre los dos empezaron. Ignacio comenzó a viajar por las giras que su trabajo le demandaba; con el tiempo había ido creciendo en el ámbito musical y para ese entonces era ya un músico bastante reconocido en la ciudad. Pasaba cada vez menos tiempo con Lola y eso provocó un ineludible alejamiento entre los dos. Ignacio comenzó a portarse distante cuando regresaba de los viajes y Lola se dio cuenta enseguida de que algo malo se avecinaba. Su relación comenzó a desgastarse rápidamente y las peleas por cualquier cosa se hicieron más evidentes.

Una noche, Ignacio llegó a casa después de un viaje de dos días y mientras Lola lavaba los platos, le soltó de sopetón una frase que hizo que a ella le temblaran las piernas:


  • Estoy enamorado de otra mujer y he mantenido con ella una relación por algún tiempo ya.


Lola se sostuvo del lavabo para no caerse. Sintió cómo la sangre de todo el cuerpo se le helaba, de la cabeza hasta los pies, dejándola cada vez más inmóvil. Se quedó mirando por un momento cómo el agua corría por el grifo y trató de respirar pausadamente para recobrar el aliento. Cogió una taza, que era la última que le quedaba por lavar y con un movimiento brusco, se dio la vuelta y se la lanzó. Ignacio logró esquivarla y se oyó el estallido de la taza rompiéndose en mil pedazos contra la pared. Lola fue cayéndose lentamente hasta quedar arrodillada en el suelo. Al ver esto, Ignacio intentó acercarse.


  • ¡Lárgate! -Gritó Lola- ¡Llévate tus porquerías y lárgate! No quiero volver a saber de ti. ¡Hijo de puta!

  • Lola…

  • ¡¿Cómo me pudiste hacer esto?! ¡¿Cómo pudiste?! –gritó Lola descompuesta- ¡Yo te di todo, te amé infinitamente! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!

  • Lola…

  • ¡Lárgate! ¡Hijo de puta, te odio! – volvió a gritar Lola


Ignacio dio media vuelta, entró a la habitación y recogió un poco de ropa.


  • Mañana vengo por lo demás.


Lola intentó recomponerse. Sin llorar y con voz seca dijo:


  • Manda a alguien porque no quiero volverte a ver. Si mañana no pasa alguien por aquí, boto todas tus mierdas.


La voz se le quebró.


  • Perdóname Lola, me siento la peor mierda del mundo. No quise causarte todo este dolor –dijo Ignacio tratando de disculparse.

Lola se acercó agresivamente y puso su rostro muy cerca al de él. En sus ojos se veía una absoluta demencia y su mirada se volvió tan intensa como la de una asesina. Ignacio instintivamente dio un paso hacia atrás.


  • No te atrevas a pedir perdón –le amenazó Lola.


Ignacio salió del departamento y ella comenzó a temblar; todo su cuerpo vibraba angustiosamente. Fue al baño y se tomó dos o tres tranquilizantes, la verdad es que ni siquiera se fijó cuántos eran. Al cabo de un rato, cuando el efecto de las pastillas hizo su parte, el temblor paró y Lola pudo por fin llorar. Lo hizo durante toda la noche. Hubo momentos en los que se calmaba y solamente sollozaba, pero acto seguido, venía algún recuerdo a su mente y perdía la calma; se pellizcaba las piernas y se daba golpes en la cara mientras se retorcía gimiendo, casi gritando. Fue una noche larga y tormentosa. No había tenido un momento tan doloroso en mucho tiempo y, una noche como aquella, no la había vuelto a vivir desde que le había sucedido lo más feo.

A la mañana siguiente llamó al trabajo y dijo que no podría ir porque estaba enferma. En ese entonces, Lola trabajaba en una galería de arte como organizadora de exposiciones; disfrutaba mucho en su trabajo y le gustaba el cargo que tenía. Sin embargo, el golpe que le causó Ignacio hizo que los siguientes tres días tampoco pudiera ir a trabajar. Su jefe le dijo que tendría que despedirla si seguía faltando. <> le había dicho ella. Al perder su puesto se quedó sin ingresos y tuvo que volver a vivir con sus padres. Indudablemente, estaba pasando por un mal momento y la preocupación de su familia por ella era muy grande. No era la primera vez que Lola tenía una depresión severa y que sus padres eran partícipes de ella. Sentían miedo de que Lola recaiga y vuelva a pasar por lo mismo que pasó años atrás.

Lola se sentía a gusto con sus padres y aceptaba con cariño que la cuidasen. Estaba sumamente afectada por la traición de Ignacio y en esos momentos, sentía que la vida había perdido sentido y que ésta solamente le pasaba por encima. Deambulaba por la casa como un zombi, había cobrado un aspecto un poco fantasmagórico y las ojeras le llegaban hasta la mitad del rostro. Cuando habían pasado ya quince días y al no ver por parte de ella una mejoría, sus padres inmediatamente la llevaron de la mano, como a una niña, al médico.

Eran muchas las veces que Lola había ido previamente al psiquiatra. En realidad, cuando le sucedió lo más feo, frecuentaba mucho aquél lúgubre consultorio. Su psiquiatra era un hombre bonachón y dulce. Era un buen médico y ella confiaba ciegamente en él porque, en aquella ocasión, la había ayudado a salir del hueco más profundo, tenebroso y oscuro que ella jamás había sentido. Esta vez no sería diferente.

Como se lo esperaba, el doctor le subió la dosis del antidepresivo, le recetó ansiolíticos para cuando le diera mucha angustia y le dijo que debía hacer psicoterapia dos veces a la semana. Estaba acostumbrada a este tipo de tratamientos; lo llevaba haciendo por años, así que no se hacía mayor problema con eso. Salió de la consulta con una leve esperanza y pensó que con tiempo y paciencia pronto se sentiría mejor y con más fuerzas para seguir con la vida.
Lola no volvió a ver a Ignacio por mucho tiempo pero una vez lo vio de lejos con su nueva novia. Ese día ella iba manejando y vio que a lo lejos una silueta que conocía perfectamente se iba acercando. Aclaró la vista y en efecto, era Ignacio que venía caminando de la mano de una mujer. El encuentro fue muy rápido porque Lola en vez de disminuir la velocidad del auto, la aumentó. A pesar de ello, sus ojos tropezaron con los de Ignacio, directamente, como si el encuentro estuviera predeterminado por alguna fuerza superior que quería que en ese instante preciso ella pasara por ahí y su mirada se encontrara. Pasaron varios años más sin que Lola supiera de él; y lo cierto era que ella evitaba por completo frecuentar sitios en los que podrían encontrarse. Lo hizo durante algún tiempo, hasta que por fin se sintió lo suficientemente fuerte como para demostrarse a sí misma que lo había superado. Siempre que sabía algo de él por algún amigo en común, le golpeaba un poco, pero en realidad con el pasar del tiempo dejó de dolerle. Terminó por entender que romper con él fue, a la larga, algo positivo que la hizo crecer y madurar mucho. Cuando le sucedió lo más feo, ella no sabía cómo manejar el dolor, era frágil y débil; era una niña. De todas formas, lo más feo, también le ayudó a superar la ausencia de Ignacio en su vida. Sabía que ningún dolor duraba para siempre y se daba cuenta de que, eventualmente, pasaría. Separarse de alguien implicaba un evidente luto, porque era precisamente, una pérdida, una ausencia. Pero Lola sabía que ese tiempo de duelo iba a pasar; tenía que pasar.
La noche en que Lola se enteró que Ignacio se casaba fue muchos años después de haberse alejado de él. A pesar de ello, la noticia le dolió. No de la misma manera que le hubiese impactado en las épocas en las que él todavía seguía como un fantasma recurrente en su mente, pero sí lo suficiente como para que le de una pequeña recaída; no muy fuerte pero simbólica. Le dolía más que todo sentir que Ignacio había sido feliz con otra mujer y no con ella; que hubiese sido capaz de casarse con otra y no con ella. Lola se sentía cambiada, reemplazada, sustituida y eso fue algo, particularmente, difícil de superar. Ese sentimiento de no ser suficiente para Ignacio, puso en juego todo el autoestima de Lola y la hizo cuestionarse sobre todo lo que era ella o que creía ser. Afortunadamente, con tiempo y desarrollando un mayor amor propio, Lola logró reconstruirse como la maravillosa mujer que era, que siempre había sido. En ese momento, se prometió a sí misma que nunca más nadie haría que ella dudase de sí misma.

__________________


La mañana siguiente de haber recibido la noticia del matrimonio de Ignacio, Lola se despertó con una sensación de pesadumbre en los ojos que respondía al llanto provocado por la impresión que le causó que Ignacio se fuese a casar. La noche anterior se había dicho que ese sería el único desliz que la noticia le produciría. Lloró un poco, pero con eso bastó para darse cuenta de que no lo volvería a hacer y de que los recuerdos con Ignacio se acababan ahí. Tenía cosas más prioritarias en su vida en las cuales poner toda su energía como para dejarse vencer por algún dolor del pasado. En general, Lola había tenido cierta mala suerte en el amor. Sus relaciones, muchas veces, habían bordeado la catástrofe, pero aún así, seguía en pie y tenía muchas cosas positivas por las que estar agradecida. Tenía el amor de su familia y de sus amigos, lo cual ella consideraba un regalo. Sus padres eran personas asombrosas que siempre habían estado a su lado; generosos de amor hasta el cansancio y sobre todo pacientes con sus locuras, sus depresiones y angustias. La verdad era que ella estaba eternamente agradecida con ellos, porque de su mano, había logrado superar los golpes que la vida le había dado.

Una vez que logró salir de la cama tras el esfuerzo matutino que implica desprenderse del sueño, fue a la cocina y se sirvió una taza de café. Dio el desayuno a Bruno, fue a su estudio y se sentó en el escritorio. Fumó un cigarrillo mientras revisaba los recordatorios del día escritos en papelitos pegados a la pared y se tomó un tiempo para organizar mentalmente el último cuento que estaba escribiendo. Para ese entonces, se dio cuenta que Ignacio había desaparecido de su mente. Quería llegar temprano al trabajo para poder avanzar con algunas cosas pendientes, así que decidió meterse rápido a la ducha. Cuando apagó el cigarrillo y quiso levantarse, sintió un leve mareo al que le siguió una sensación de confusión e inestabilidad. Por un instante, sintió como si se hubiese desconectado de la realidad, como si no estuviese ahí sino en otro lado; en algún lugar semejante a la nada, una especie de limbo, un sitio inconsistente, un lugar donde ella parecía no existir. La cabeza le daba vueltas y tenía una sensación de ausencia y retraimiento. Era como si todo su cuerpo y, sobre todo su mente, pesaran una tonelada y la jalaran a un agujero negro, a una nada blanda y deforme. Un hoyo terrorífico.

Lola se sentó por un momento y sacudió un poco la cabeza de lado a lado tratando de alejar esa sensación tan perturbadora. Al poco rato, la conmoción se fue disipando y una leve claridad fue apareciendo pero, con ella, vino el miedo. Un miedo tan intenso que la inmovilizaba. No podía moverse, no podía pensar, no podía hablar; solamente sentía cómo el corazón le latía con fuerza y rapidez en el pecho, como si fuese él el que quisiera salir corriendo. No era la primera vez que Lola experimentaba este tipo de sentimientos. En realidad, los conocía muy bien, pero a pesar de ello, cada vez que aparecían, la sorprendían indefensa, sin saber qué hacer o cómo actuar. Estos “episodios”, como su psiquiatra los llamaba, al parecer respondían a un ataque de ansiedad y muchas veces se presentaban de forma súbita, sin previo aviso y sin una razón aparente, provocando una serie de síntomas físicos de gran intensidad. Supuestamente, Lola debía ya conocerlos y de alguna manera, poder controlarlos o por lo menos saber manejarlos, pero lo cierto era que cada vez que aparecían, la dejaban paralizada.

Trató de respirar, era lo único que podía hacer. Solo le quedaba esperar a que pasara, a que el pánico decidiera irse y ella pudiera recobrar la calma y la cordura. Al cabo de unos cinco minutos, sintió cómo el terror se iba aligerando y el corazón tranquilizando. Finalmente, la horrible sensación pasó y pudo levantarse del asiento. Caminó hacia el baño y se mojó el cuello con agua fría. Se metió a la ducha con recelo de que le sucediera lo mismo, pero logró bañarse sin que el miedo volviera. Pensó que tal vez no debería ir a la oficina. Cuando tenía un episodio de esos era inevitable quedarse con la sensación de que pronto se repetiría y uno de sus mayores temores era que le ocurra en la calle o en el bus. Se sentó por un momento en la cama y se lo pensó. <> le había dicho su psiquiatra. Así que agarró fuerza y obedeciendo al pie de la letra los consejos de su médico, decidió vestirse y salir.

Cuando a Lola le sucedió lo más feo, los episodios le ocurrían a diario, incluso en más de dos ocasiones al día. Muchas veces, aparecían en mitad de la noche, arrancándola de un profundo sueño. Lola solía despertarse a las tres de la madrugada sintiendo ese agudo, penetrante y despiadado terror. Sudaba frío, tenía temblores súbitos y sentía una terrible opresión en el pecho que le causaba ahogo. Probablemente, lo más angustiante era esa sensación de irrealidad; como ver a través de un velo o como si estuviera separada de sí misma, aislada de la vida. Una sensación de niebla en los sentidos, como si flotara en una realidad onírica inhabitada y muerta. Sentía como si miles de voces furiosas le gritaran desde muy cerca, palabras inentendibles, gritos prolongados y llenos de desesperación. Otras veces, por el contrario, sentía como si todo el mundo se hubiese quedado en silencio, un silencio sordo que lastimaba.

Por lo general, cuando uno de los síntomas aparecía, no esperaba a sentir mucho más e inmediatamente se tomaba un poderoso ansiolítico. Esa maravillosa droga era la única que la traía de vuelta a la realidad y le brindaba sosiego. En aquél entonces pasaba la mayor parte del tiempo dopada y ausente. Lo más feo había provocado en ella, no sólo las crisis de angustia, sino también una depresión tan fuerte que la había obligado a permanecer tumbada en la cama por tres meses. Apenas si se levantaba para bañarse o comer; no recibía visitas, no quería ver a sus amigos ni saber o hablar con nadie. Las únicas personas que estuvieron cerca de Lola durante esos meses fueron sus padres y su hermano. La preocupación por parte de su familia era muy grande, sobretodo porque no sabían lo que en realidad le pasaba. Lola no hablaba, no pronunciaba ni una sola palabra, por lo tanto no les había contado qué era lo que había sucedido. No podía hacerlo por dos razones: porque era demasiado doloroso y porque ella misma no entendía con claridad por qué había pasado lo que pasó. Sin embargo, tratar de contarlo implicaba tenerlo presente, volver a vivirlo y eso era algo que Lola no lograba hacer; cada vez que lo intentaba, sentía que se moría. Lo único que quería era que todo desapareciera, quería olvidar y su manera de hacerlo era guardarlo todo en las profundidades de su inconsciente. Así, su silencio se volvió tan profundo como su dolor.
En el trayecto de la casa a la oficina, seguía con la sensación de mareo e irrealidad. El sol, en todo su esplendor, quemaba sus brazos y su cara. El cielo azul, sin una sola nube, brindaba una claridad que alumbraba toda la ciudad. Las hojas de los árboles se bamboleaban ligeramente y el verde brillaba. Lola amaba los árboles; cada que podía, se acercaba a alguno y lo abrazaba. Tocaba con las yemas de los dedos las texturas de sus troncos y fascinada con lo que percibía, guardaba esa imagen de sí misma en su memoria. En su mente tenía una amplia galería de imágenes con los distintos árboles que había abrazado.

Lola respiró el aire puro de la mañana y con fuerza siguió caminando. A diferencia de otros días, éste decidió tomar un taxi porque la multitud del transporte público seguramente le provocaría otro episodio. Caminó un trecho para lograr recuperarse y concentrarse en sí misma tratando de alejar cualquier sensación pavorosa. Cuando se sintió lista, tomó el taxi y se dirigió a Mobe.

Cuando llegó, Nicolás la esperaba en la cocina, como todos los días, para tomar un café juntos.


  • Hola, buen día- saludó Nicolás.

  • Hola Nico –contestó Lola con esfuerzo.

  • ¿Te sientes bien Lola? Tienes cara de que un tren te ha pasado por encima.

  • La verdad no –contestó Lola- Hoy me volvieron los episodios que alguna vez te contaba. Hace tiempo que no los tenía y realmente no me queda muy claro por qué han vuelto. Ayer me enteré que Ignacio se casa. Supongo que debe ser por eso. Siempre saber de él remueve en mí muchas cosas, recuerdos y dolores del pasado.


Nicolás se acercó a Lola y la abrazó.


  • No te has inscrito en Yoga todavía ¿verdad? –preguntó Nicolás


Lola negó con un movimiento de cabeza.


  • Bueno, estoy absolutamente convencido de que te va a sentar muy bien. Creo que es lo que necesitas; te vas a relajar y te conectarás con tu cuerpo. Si quieres ahora mismo nos escapamos un ratito y vamos a una clase. Solo para que pruebes, y bueno, si no te gusta o te sientes mal o incómoda, no vas más. ¿Qué dices?

  • Bueno, vamos. A pesar de que hoy no me siento yo, acepto cualquier cosa que me anime. No te prometo pasarla excelente, pero haré mi mejor esfuerzo. – dijo Lola.

A decir verdad, Lola se sentía agradecida de que Nicolás se preocupara por ella y le diera soluciones para contrarrestar su malestar. Nicolás no era de los que se sentaba a lado de alguien a consolarlo; era cariñoso, mostraba mucho afecto y preocupación cuando algún amigo pasaba por un momento duro, pero odiaba eso de ser un paño de lágrimas para el otro. Su técnica, por el contrario, era dar consejos a manera de métodos y recomendaciones que implicaran una actividad. <
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