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Unidad 3, lectura 2

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Entre corchetes [...] se indica el número de página del párrafo precedente, en el original.
Fuente: Hinkelammert, F., Las armas ideológicas de la muerte: las raíces económicas de la idolatría: DEI, San José de Costa Rica 1977, pp.129-159.



LA METAFÍSICA DEL EMPRESARIO

Franz Hinkelammert



A primera vista seguramente sorprende que se hable de una metafísica empresarial. Aunque esta metafísica existe y es divulga­da en todas partes de nuestro mundo burgués, muy raras veces es percibida como tal. Aparece muchas veces como simple descripción [129] de la realidad, o tiene toda la apariencia de un conjunto de alegorías. Sin embargo es omnipresente y abundan en ella las imá­genes religiosas, especialmente las de la tradición cristiana. El empresario capitalista es un devoto de esta metafísica y la trata co­mo el esqueleto de su religiosidad, y si él presume no tener religiosi­dad alguna, esta metafísica si la sigue teniendo.

La metafísica empresarial es una metafísica de la mercancía, del dinero, del mercado y del capital. Ya con los inicios del mundo burgués el pensamiento burgués tiene una percepción metafísica de estos fenómenos y nunca la ha perdido hasta hoy. Ella está presente en toda la ética y moral del empresario capitalista y representa el meollo de la legitimidad del poder del capital. Se expresa en toda la publicidad de la sociedad burguesa, en los diarios, las revistas, los discursos de sus políticos y, sobre todo, en todo lo que proclaman nuestros empresarios. Y paralelamente hay un esfuerzo publicitario gigantesco con el fin de transformar constantemente esta metafísica empresarial en el sentir común de la población entera.

Pero esta metafísica empresarial no aparece solamente en la publicidad de la sociedad burguesa. Igualmente aparece en sus grandes teóricos. Todos ellos presentan y viven el mundo de las mercancías, del dinero, del mercado y del capital como un gran ob­jeto de devoción, un mundo pseudodivino, que está por encima de los hombres y les dicta sus leyes.

El primer teórico en esta línea surge con los inicios de la so­ciedad burguesa. Se trata de Thomas Hobbes, que percibe este sobremundo -la verdadera naturaleza- como a la vez promete­dor y amenazante y lo llama Leviathan. El Leviathan es la sociedad burguesa misma y Hobbes lo llama a la vez el Dios mortal que vive debajo del Dios eterno y que expresa su legitimidad y su derecho absoluto a la represión de los hombres en la figura del soberano.

Ya Hobbes constata, que el dinero es la sangre de este Gran Leviathan. Desde Hobbes en adelante el engranaje de la sociedad burguesa sigue siendo el gran objeto de devoción de la ciencia social burguesa. Locke todavía piensa en términos del Leviathan. Hegel empieza a hablar de la Idea. Adam Smith introduce una transformación importante: el objeto de devoción surge como la «mano in­visible» del engranaje social. En el pensamiento actual, sin embar­go, ocurre un nuevo cambio importante. Max Weber complementa la «mano invisible» por su racionalidad formal, que es la «raciona­lidad del Occidente». Se trata de una eterna lucha, que es «destino». La Comisión Trilateral lo llama la «interdependencia».

Trátese del Leviathan, de la Idea, de la «mano invisible», del «destino» o de la «interdependencia» siempre aparece en el pensa­miento burgués un objeto central de devoción, que se identifica con el engranaje: mercancía, dinero, mercado y capital. Cambian las formas de expresión y las palabras, pero jamás cambia su conteni­do. [130]

De este objeto de devoción el pensamiento burgués deriva su ética y su moral. Los valores y pautas del mercado, por tanto, apa­recen -legitimados por el objeto de devoción- como caminos de la virtud o, en caso de su ausencia, como caminos del pecado. Hay pues virtudes del mercado, como hay pecados contra el mercado. También existe una virtud que es absolutamente central: la humil­dad. Someterse a este gran objeto de devoción y no rebelarse ja­más, es exigencia de esta humildad.

No existe por tanto teórico burgués de las ciencias sociales que no predique esta virtud central de la humildad. Hayek es solamente una muestra cuando dice: «La orientación básica del individualis­mo verdadero consiste en una humildad frente a los procedimien­tos...» (del mercado) (Individualismus und wirtschaftliche Ord­nung, Zurich 1952, p. 115). Este pensamiento de devoción es sufi­cientemente burdo, para unir estas sus virtudes con la gran idea de la recompensa. Conoce arrepentimientos, rectificaciones y por fin la gran recompensa. En el mundo pseudomístico en el cual se mueve, la máxima expresión de esta recompensa es el «milagro económico». Este es considerado como resultado de esta humildad central que da acceso a la libertad.

La libertad del pensamiento burgués es la contrapartida de esta humildad que acepta el dominio de los mercados por encima de to­do y que, por eso, es considerado primariamente como una libertad de los precios. Los hombres actúan libremente -en la sombra de su humildad- en la medida en que liberan a los precios, las empresas y los mercados y se someten a sus indicadores.

La virtud del mercado en el pensamiento burgués de hecho no es otra cosa que el sometimiento a los indicadores del mercado, y por eso puede estar tan estrechamente vinculado con la humildad. El pensamiento burgués percibe esta forma de actuación como lo «natural» o, desde Max Weber, como lo «racional». El hombre es libre en cuanto el dólar sea libre. Esta es la «naturaleza» burguesa.

El enemigo del burgués es tan metafísico como el burgués mis­mo. En el pensamiento burgués se construye la imagen de este ene­migo por simple inversión de lo que él percibe como lo natural. Pri­mero, el enemigo del burgués aparece como el gran rebelde frente a Dios, siendo Dios nada más que otra palabra para el objeto central de devoción que la ideología burguesa se crea. Por eso, el que se le­vanta en contra de la sociedad burguesa, se levanta -según-ellos en contra de Dios. Al mismo tiempo se levanta también en contra de la «naturaleza», que es creación de Dios.

Si bien estos términos directamente religiosos no se emplean siempre, sí se usa siempre una derivación de ellos. Se trata de la ne­gación de la humildad, como el pensamiento burgués la entiende. Negarse al sometimiento al mercado y sus indicadores es, por tan­to, el pecado central en contra del mercado y la negación abierta de [131] la humildad. Surge así una imagen del enemigo de la sociedad bur­guesa, que lo identifica en cualquier intento de oposición al valor central humano tal como el burgués lo conoce. Por tanto su característica central será la hibris, la soberbia y el orgullo.

Mientras el burgués sigue humildemente las virtudes del mer­cado, dando gracias a su gran objeto de devoción, el enemigo de la sociedad burguesa sigue soberbiamente el camino de los pecados contra el mercado. No conoce ni arrepentimientos ni rectificaciones. Lógicamente, al burgués le llega la recompensa en forma de «milagro económico», mientras su enemigo no produce más que el caos. El enemigo de la sociedad burguesa actúa a la sombra del Se­ñor del caos. Y ya que el Señor del caos se llama Lucifer, el enemi­go de la sociedad burguesa se llama utopista. Lleva al «camino de la esclavitud», porque niega la libertad de los precios. Es una per­versión de la naturaleza según la entiende el burgués.

Esta doble metafísica -la del orden burgués y la del caos de cualquier alternativa al orden burgués- está a la raíz del carácter sumamente violento del pensamiento burgués. Abierta o solapada­mente, el pensamiento burgués conlleva una justificación ilimitada de la violencia y de la violación de los derechos humanos frente a cual­quier grupo capaz de sustituir la sociedad burguesa. No hay barbaridad que no se pueda cometer en nombre de esta metafísica empresarial. Bas­ta fijarse en los tipos de tratamiento que Locke recomienda para los opo­sitores a la sociedad burguesa. En especial son tres: la tortura, la esclavitud y la muerte. Esto explica por qué en la historia huma­na no existió una legitimación tan descarada de la esclavitud como la del pensamiento liberal de John Locke, ni una afirmación tan grosera de la violación de los derechos humanos en todos sus ámbi­tos como precisamente en este autor. Considera a los opositores co­mo «fieras», «bestias», «animales salvajes», y recomienda constantemente tratarlos como tales.

A partir de la imagen metafísica de la propia sociedad bur­guesa, y por ende de los opositores a ella, lo constante en la acción y la ideología burguesas es ante todo la afirmación de la violación de los derechos humanos para estos opositores; lo constante jamás fue la defensa de estos derechos humanos. La proclamación de los derechos humanos es más bien la excepción. Por esto, el tratamien­to que hoy en muchas partes se da a los opositores de la sociedad burguesa no es ninguna novedad. Es el tratamiento que desde Loc­ke en adelante se practicó y recomendó y del cual existen muy con­tadas excepciones.

En las páginas que siguen trataremos de demostrar en qué for­ma esta metafísica empresarial está presente en la publicidad corriente de hoy. Es evidentemente imposible que este análisis sea completo. Ni pretende reivindicar representatividad en su sentido estrictamente metodológico. Tampoco creemos que esta represen­tatividad [132] sea necesaria en la medida en que los conceptos que va­mos a referir, son prácticamente omnipresentes. Nos vamos a basar en especial en comentarios de diarios y revistas, y en discursos sea de políticos sea, en especial, de empresarios.
a) La empresa capitalista en el mundo mercantil.

Visto desde la perspectiva empresarial, el mundo económico es extremadamente curioso. Todas las mercancías parecen ser pe­queños diablillos, que se mueven y que tienen toda especie de rela­ciones entre sí. Parecen tener comportamientos humanos de todo tipo. El lugar de sus movimientos es el mercado, en especial la bol­sa. Allí las mercancías suben y bajan, ganan terreno y pierden terre­no, tienen triunfos y sufren, bailan, caen. Entre ellos aparecen ene­mistades y amistades, se casan, hacen compromisos. Pero de mane­ra muy especial surgen entre ellas gran cantidad de conflictos. «El dólar sufrió ayer una leve baja... perdió terreno en otros merca­dos». «¿Dónde terminará el viaje cuesta abajo del dólar»? «El dó­lar está en un vuelo a pique». «Con la debilidad del dólar america­no, el mercado del marco europeo está floreciendo...»

Lo que se dice del dólar, se dice de toda mercancía. El café baila en la bolsa, mientras ocurre una helada en Brasil. El petróleo vence al carbón, el salitre sintético al salitre natural. Los productos electrónicos japoneses invaden al mercado norteamericano, los vi­nos franceses dominan el mercado europeo del vino. El petróleo venció al carbón, pero provocó una crisis energética. La energía atómica viene a salvamos de ella.

El mundo económico empresarial no está poblado por hombres sino por mercancías. Las mercancías actúan y los hombres corren detrás. El sujeto básico de este mundo es una mercancía que se mueve y que desarrolla acciones sociales. Siguiendo a las mercancías, aparecen las empresas. También las empresas en este mundo empresarial ejercen acciones, que tampoco conviene con­fundir con acciones humanas. Todas las relaciones sociales que el empresario descubre entre las mercancías, él las vuelve a descubrir entre las empresas. El empresario tampoco se ve a sí mismo como actuante responsable. El actuante en su visión, es la empresa, y él no es más que el primer servidor de esta empresa.

Sin embargo, en la relación social entre empresas el empresario ve muy explícitamente la guerra entre ellas, y a sí mismo como sol­dado de esta guerra. Dice el Presidente de Kaiser Ressources Ltd.: «Los manufactureros norteamericanos de carbón son viejas compa­ñías que no han hecho nada nuevo en 50 años. Las estamos matando» (Business Week, 5.12.77, p.131). Business Week describe eso como «marketing superagresivo». En otra referencia dice: «Betamax tuvo demasiado éxito. De un golpe introdujo los cañones de grueso calibre [133] en el negocio». (BW, 13.3.78, p.32). Sobre otro tipo de competencia dice: «Estas son tácticas terroristas de las corporaciones, una decla­ración de guerra» (BW, 13.3.78 p.30). «En los duramente combati­dos mercados de acero... no se pueden imponer precios más altos... La competencia es demasiado dura... Los japoneses entran en la are­na con subvenciones a la exportación...» (Die Zeit, 23.12.77). «La VEBA lucha en dos frentes por su futuro... Sin embargo, un conve­nio... recibió el lunes la bendición del consejo de administración de VEBA».

Pero no se crea que todo sea lucha. Las empresas también se ca­san, hacen compromisos, y a veces también se divorcian. De un fra­caso de casamiento se dice: «...no se logró efectuar el matrimonio entre las dos empresas, que fue planificado y siempre de nuevo pos­tergado hace 7 años. Al final incluso se decidió disolver el compro­miso, aquella Corona-Holding que está por encima de los socios»(Die Zeit, 23.12.17).

Al igual que la mercancía también la empresa se transforma así en un ente con personalidad propia, que funciona independiente de la vida concreta de personas concretas. Así como la mercancía se transforma en sujeto actuante, también la empresa se vuelve sujeto activo. Se transforma en el niño preferido del empresario. Un astró­logo afirma sobre su relación-con empresarios:

(La astrología) tiene mucha salida y un amplio campo de trabajo ya que los conocimientos del astrólogo pueden ser útiles a la Medicina, Sociología, Sicología, a las empresas, etc. Son muchas las empresas que solicitan nuestra colaboración cuando su situación es crítica. Nosotros estudiamos su acta nota­rial tomando en cuenta el día, lugar y hora en que fue firmada. Una vez realiza­do el examen de estos datos, aconsejamos lo que debe hacer o no esa empresa para obtener unos resultados positivos. (La Crónica, San Salvador, 22.7.78, p.6. Subrayado nuestro).

La empresa se transforma en personalidad que incluso es jurídica y pide ahora ser atendida. No sorprende por tanto, que las empresas tengan también una moral. A menudo se habla de «la mo­ral de las corporaciones», de «las empresas de reconocida solvencia ética» (La Nación 25.5.78, San José). No se trata de la moral o ética de los empresarios, sino del comportamiento ético de sus empresas. Las reglas de buena conducta, que algunos quieren imponer a las corporaciones multinacionales, son de esta misma índole. No se po­ne en duda la conducta moral de ningún empresario sino la de las empresas.

La relación social más frecuente entre las mercancías y las empresas los empresarios la describen y perciben como una guerra. Según ellos es una guerra sana y saludable. Pero, entre ellos, no es un catch as catch can. Es una guerra con fines y con normas. A las empresas, que no los respetan, se acusa por eso de ser terroristas: [134] «tácticas terroristas de las corporaciones», dice Business Week. La guerra se hace entre señores, entre verdaderos caballeros.

Los empresarios perciben, pues, en el comportamiento de sus empresas unas metas y unas normas. La percepción de las metas es una especie de exigencia, que podemos analizar muy bien en un dis­curso del presidente del Banco de Nicaragua, publicado en La Pren­sa de Managua. Se trata de un documento formidable en lo que se refiere a la percepción empresarial del surgimiento de las me­tas del proceso económico. Habla de la historia económica de Nica­ragua posterior a la segunda guerra mundial:

Dichosamente surgieron hombres arrojados, sin prejuicio, vigorosos y capa­ces que surcaron la tierra inculta y como grandes capitanes dirigieron un inu­sitado movimiento de transformación nacional. Sin el dinamismo del algo­dón que al fin de cada calendario blanquea nuestros campos feraces, no hu­biéramos logrado el cambio de mentalidad que se necesitó para sacudir la abulia de nuestra tranquila vida pastoral. Y es que el cultivo de algodón es un reto que obliga al productor a emplear las técnicas más avanzadas a combatir las plagas, que pueden destruir totalmente las cosechas y a buscar los máxi­mos rendimientos para obtener ganancias. El algodonero no puede ser hombre de términos medios. Tiene que se resuelto y audaz y por ello constitu­yó la base de una mística productiva que dio optimismo y fe en el futuro (La Prensa, Managua, 30.4.78., subrayado nuestro).

Se trata de un autorretrato perfecto del empresario capitalista. El actor verdadero no es el empresario, sino la mercancía que él produce. Lo solicita la mercancía con su «dinamismo del algodón». Este dinamismo del algodón es un «reto que obliga al productor» y que produce el «cambio de mentalidad» necesario. Aceptando este reto que obliga, los algodoneros se convierten en «grandes capita­nes» que son la «base de una mística productiva que dio optimismo y fe en el futuro».

El empresario -gran capitán e incluso general- sigue al dina­mismo de las mercancías y sabe aceptar su reto. De esta manera puede ser más que de término medio: resuelto y audaz. La empresa es el ámbito en el cual da su respuesta al reto, conduciéndola. Actuando resuelta y audazmente, da optimismo y fe en el futuro. Por esta razón, el empresario se siente siempre el primer servidor de su empresa, entendiendo su empresa como ámbito de la aceptación de los retos que vienen del dinamismo de las mercancías. Jamás se siente como clase dominante o como señor. Como gran capitán conduce un barco, que es a su vez conducido por una fuerza mucho mayor que él, y que es el mercado como gran objeto de devoción.

El empresario obedece a esta fuerza mayor, y solamente esta obediencia lo transforma en un gran empresario. De ahí la convic­ción de todos los empresarios de nuestro mundo, de que ellos son seres humildes por excelencia y verdaderamente ejemplares; la [135] propia maximización de las ganancias les aparece como un acto en este servicio, y les da la recompensa correspondiente a su devoción. Aunque no vaya a la iglesia, el empresario es un ser profundamente religioso, que predica a todo el mundo su buena nueva del someti­miento al engranaje anónimo de los mercados, desde donde un Ser Supremo los interpela.

De estas grandes metas a las cuales el empresario se dedica al servicio de su empresa, se derivan sus normas de comportamiento. Surge de este modo la gran ascesis del capital que impregna todo el comportamiento empresarial. Esta ascesis no es de ninguna manera una prerrogativa limitada al «empresario X puritano», a la Schum­peter o Max Weber. El empresario puritano es solamente un caso especial de esta ascesis. Se trata de transformar al empresario mis­mo y a la sociedad entera de una manera tal, que pueda aceptar efi­cientemente los retos que provienen del dinamismo de las mercancías. «El mundo de los negocios implanta sus normas» (La Nación, San José, 1.6.78). Su norma básica es colocar en el centro de la vida del empresario esta «mística productiva» que no es más que una expresión fantasmagórica de la búsqueda incesante de la ganancia. Consuma mucho o consuma poco, las normas que el mundo de los negocios implanta, exigen que haga todo en función de un mejor servicio a su empresa.

Por tanto, esta ascesis es dura. Implica un «empobrecimiento total» del empresario como hombre concreto, para poder enri­quecerse como empresario. Es un tormento que él impone a sí mis­mo -como a la sociedad entera-, en pos del enriquecimiento de la empresa, en cuyos rendimientos el empresario participa. Un ban­quero alemán describe esta ascesis del capital en términos perfectos -y por eso mismo ridículos-:

Un hombre de negocios, y sobre todo un banquero, no debería tratar de tener actividades artísticas. No debería ni hacer música, ni composiciones, no debería pintar jamás, y menos ser un poeta. Porque de lo contrario él echa a perder su buena fama y hace daño a sí mismo y a su empresa (Die Zeit, 6.1.78).

Es la máxima expresión de estos tormentos que se imponen a sí mismos en pos de la respuesta al reto que ejerce sobre su empresa el dinamismo de las mercancías.

Este tipo de personalidad de hecho es mucho más antiguo que la propia sociedad burguesa. Ya San Pablo la menciona: «En reali­dad, la raíz de todos los males es el amor al dinero. Por entregarse a él, algunos se han extraviado de la fe y se han torturado a sí mismos con un sinnúmero de tormentos» (1 Tim. 6,9-10). Lo nuevo de la sociedad burguesa es que ha transformado este tipo de comporta­miento en la raíz misma de la sociedad. Surgió así una nueva metafísica alrededor de la cual gira la sociedad burguesa entera. [136]

Al conjunto de las normas según las cuales este empresario burgués forma su propia personalidad y la sociedad entera, él lo lla­ma la libertad. Y como todas estas normas se derivan del reto que ejerce el dinamismo de las mercancías, al cual el empresario con la sociedad entera quiere responder, también la libertad burguesa se deriva de este hecho básico.

Para que la mercancía pueda ejercer su dinamismo, la mercancía tiene que ser libre. Para que sea libre la mercancía, su precio tiene que ser libre. Estando así libres, las mercancías, pueden ejercer su reto.

En consecuencia para que el empresario pueda responder al re­to de las mercancías libres, la empresa tiene que ser libre. Y la empresa es libre cuando los precios de las mercancías que ella pro­duce son libres.

Siendo libres las mercancías y todas las empresas, el empresa­rio puede responder al dinamismo de las mercancías, que constitu­ye un reto para su empresa. Por tanto el empresario es libre.

Siendo libres todas las mercancías y todas las empresas, a tra­vés de la libertad de ellas, también todos los empresarios son libres y la sociedad también es libre.

Con todo, como ya vimos, esta libertad no es libertinaje. El mundo de negocios implanta sus normas. Son leyes, cuyo acata­miento hace libre. Son leyes de la libertad misma, que transforman tanto al empresario como a la sociedad de una manera tal, que pueden responder al reto que emana del dinamismo de las mercancías. Cuando en Costa Rica se anularon los controles de los precios de los bienes de consumo básico, hubo el siguiente comen­tario: «El Ministro de Economía anunció que un grupo de artículos se dejarían libres, a fin de que las leyes del mercado hicieran lo suyo en lugar de los eno­josos controles estatales» (La Nación, San José, 24.5.78).

Para la metafísica empresarial, esta libertad es la básica y al fi­nal de cuentas la única. Los derechos humanos, en cambio, son pu­ramente accidentales. Estando libres las mercancías, están libres las empresas; por tanto, libres los empresarios y libre la sociedad ente­ra. Desde la óptica de la metafísica empresarial -y esto vale desde John Locke, que además de filósofo fue también empresario, ha­biendo invertido su capital en el comercio de esclavos-, la tiranía más absoluta puede ser el lugar de la libertad, porque, de acuerdo a esa metafísica, el hombre es libre en el grado en el cual las mercancías son libres.
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