Entrevista a la periodista Maria Eugènia Ibáñez






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títuloEntrevista a la periodista Maria Eugènia Ibáñez
fecha de publicación16.06.2016
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Entrevista a la periodista Maria Eugènia Ibáñez

La otra mujer

De Manuel Vicent lee El azar de la mujer rubia (Alfaguara, 2013). Rubia es, quizá por el desconsuelo de las malogradas ocasiones en las que pudo haber escrito más de lo que dijo, y por lo cual acabó penando hasta el cabello. Mujer es, sólo hay que escuchar cómo cose su boca. Detesta la inoperancia, aparta de sí los excesos (los breves largos y los reportajes cortos) y la mendacidad le pone de mala leche.

El azar de la mujer rubia lee la periodista Maria Eugènia Ibáñez (Barcelona,1946), Mei, veterana cronista de la comunidad urbana, en esta Barcelona en la que los hoteles de lujo se superponen en torres de cristal laminado. Redactora, entre otros, de Mundo Femenino (no tuvo cargos), Hoja del Lunes (no tuvo cargos), Mundo Diario (subdirectora) y El Periódico de Catalunya (jefa de sección), acabó dimitiendo de sus agobiantes responsabilidades administrativo-periodísticas: “Estaba harta de leer los textos de los demás. Yo quería hacer lo que llamo ‘periodismo de esquinas’, salir a la calle. Además, cuando la tensión me puede, no se me da muy bien mandar”. Desde que se jubiló (desde que dejó de cotizar en la Seguridad Social, porque la vejez y ella son incompatibles) ha decidido escribir por gusto. Por ello, carga en la recámara balas críticas, mensajes con los que apunta directamente a las fallebas de las ventanas de la alcaldía, a la mala gestión municipal: “He decidido escribir sin remuneración, porque quien te paga siempre exige una cierta fidelidad. El salario te da de comer, pero no te da libertad. Ahora no tengo esa premura, ni me machacan con las prisas ni con los temas de turno que tocan, por eso he ganado, y hago lo que me da la gana”.

Va por la página 24 de El azar de la mujer rubia:

“Alta, esbelta, rubia, transparente, con los ojos plateados llenos de luz, así vio en ese momento supremo a Carmen Díez de Rivera. Luego le bastó un segundo más para verse a sí mismo como un derrotado al que iban a pasar por las armas”.

Quiere el azar que la entrevista se desarrolle en un lugar sofocado por tertulianos que someten a laudo la doctrina Parot, que se exacerban con la puesta en libertad de Miguel Ricart, el único condenado por el asesinato de las niñas de Alcàsser, y que se atreven a opinar sobre la permanencia o no del gobierno de Yanukóvich, en Ucrania. Un lugar de incitadores del debate y de ambiciosos ministrillos de las letras y de otras santas ocupaciones, un remedo de La jungla de Upton Sinclair.

El 25 de noviembre, a las siete y media de la tarde, en la librería Laie de la calle Pau Claris, en la terraza del fondo, tras de las ediciones de Cuentos para pensar, de Jorge Bucay; El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa, y las obras reunidas de Elena Poniatowska (tres volúmenes), se oficia la presentación del nuevo libro de un viejo autor: Cinc minuts abans de decidir (RBA, 2013), de Lluís Bassets, director adjunto y columnista de El País y autor de La oca del señor Bush. Cómo los 'neocons' han destruido el orden internacional desde la Casa Blanca (Península, 2008).

Otros zorros de la profesión desfilan, al fondo, tras de las secciones de arte-arquitectura-diseño-fotografía; clásicos-poesía y narrativa, en la sala de maderas lisas, macizas, dolidas, en la que los tacones resuenan con estridencia, con fuerza y con sospecha. Otros zorros morenos (y morenas). Porque ninguna rubia (ni rubio) ha dado al periodismo tanto lorquiano sentido del tacto y de la vista. Ellos la miran. Ella los reconoce. Ellos pasan de largo. Algunos la saludan. Algunos se hacen los suecos. Otros la ven como algo inerte, desfasado, fuera de la industria (“nunca me ha dado por hacer un libro, ¿para qué?”). Ella los contempla al pasar, como los alguacilillos que encabezan el paseíllo de Juan José Padilla: está el subdirector de La Vanguardia Enric Juliana (y delegado en Madrid), está el entrevistador Víctor Amela (sin sus contras)…

Desovilladora de escándalos urbanísticos, pintiparada y de triangular composición (arriba, en el vértice, una cabeza puntiaguda, con las cejas abiertas, ascendidas, como consecuencia de abrir demasiado los ojos; párpados opacados, mentón cuadrado, nariz roma, algo agitanada, con las medidas de una luna tierna. Abajo, los pies, puntos de intersección de unas piernas sólidas, aventureras, viajeras: se ha pateado Túnez, Nueva Zelanda, Singapur…).

A esta medio rubia las niñerías le traen sin cuidado. Dejó de jugar con casitas de muñecas. Las preguntas le interesan tanto como las respuestas. Por eso contesta: “Prefiero escribir con datos, que son irrefutables. Las opiniones te las pueden tumbar; los datos, no”. Por eso pregunta: “¿Qué están haciendo con Barcelona?”.

Si dicen que es una de las mejores, diles que es verdad. Diles que miente cuando ella afirma que con constancia ha suplido la falta de talento (“lo poco o mucho que sé lo he conseguido con constancia. He llenado con constancia lo que con el talento no he podido llenar”). Como la boxeadora inglesa Jane Couch, nunca ha bajado la guardia, su actitud de resistencia ha desarmado al rival (léase poder, resortes del poder, escala de poder); psicológicamente, les ha vencido. Y sigue en la brecha, en lo que afecta al sistema de salud pública y gratuita (“en Madrid están dando más caña, aquí [en Catalunya] nos tienen sorbido el seso con el debate identitario”), en lo que afecta a la educación universal (“se ha de exigir más”) y en lo que concierne a la red de transporte urbano: “Es una aberración que esté parada la Línea 9 de metro, una agresión contra la movilidad, un insulto. He trabajado muchísimo el transporte en la ciudad y lo considero un pilar básico de cohesión. Que esté parada la línea de circunvalación no lo entiendo, realmente no lo entiendo”. Y tampoco le entra en el coco la “reforma octogonal” del servicio de autobuses: “En el fondo, se trata de una reducción de servicios. Por ejemplo, enfrente de casa, al lado de un colegio, han quitado una parada del 10”.

La ciudad de Mei es Barcelona (“Barcelona es para ir a pie, en metro o en bus”), a la que ama, a la que sólo una vez ha puesto los cuernos (ha mantenido relaciones con Atenas), a la que odia, como un abrigo que ha pignorado: “¿Qué es eso de la ‘marca Barcelona’? ¿Qué nos están vendiendo? ¿Es que Barcelona tiene copyright? Estamos creando una ciudad para el turismo, una ciudad ajena al barcelonés. Vas por el Rabal, por ejemplo, y ves un gueto: una concentración de inmigración que no es beneficiosa para nadie, ni para el recién llegado ni para el de aquí”.

Maria Eugènia Ibáñez ha trabajado con Josep Maria Huertas Claveria, a quien respetaba porque ponía el acento en los barrios, que ahora se difuminan por los macroproyectos como el de Glòries y su entorno: “Estamos haciendo hoteles de lujo, hoteles, hoteles, y eso es lo que creamos, una ciudad enfocada al turismo, al exterior, que no se mira al espejo”. Y como los mastodontes edificados en forma de babeles bíblicas, con más pretensiones que sentido: “Bloques enteros levantados con nuestro dinero, que ahora están vacíos. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza”.

En el interior de Laie, tras de las estanterías con las Memorias del subsuelo, de Dostoievski; las Clases de literatura, de Julio Cortázar, y la Insumisión, de Eduardo Moga, Lluís Bassets lee las notas de su discurso, posteriormente colgadas en su blog:

“Hay que preguntar para obtener conjeturas o respuestas, provisionales, claro. Pero, sobre todo, para ayudar al lector, al ciudadano, a reflexionar, a debatir con argumentos y a orientarse”.

Siguen pasando emperadores y actrices, como en la corte de la reina de Saba. Cingladores que asisten al acto de presentación de Cinc minuts abans de decidir:

Unos le darán un codazo al de al lado: “Eh, es Maria Eugènia”. Otros balbucearán un bona tarda apagado como una luz sin bombilla. Unos se echarán a temblar (“no preguntar es ser dócil”, recordaría Mei, coherente con su manera de ser). Otros acelerarán el paso. Y otros se apretujarán para no quedar cerca de Mei, el Atila de la profesión que no descansa porque, en realidad, nunca se ha jubilado.

Licenciada en Historia Contemporánea por la Universitat de Barcelona y graduada en Periodismo por la Escuela de la Iglesia de Barcelona, anduvo por los barrios, por los que sigue caminando y apuntado temas (“defecto de profesión”):

“Yo vengo de una generación privilegiada, por dos motivos: por un lado, porque supimos ser críticos y criticar un sistema autoritario, la dictadura de Franco. Y por otro lado, porque no supimos qué es eso del paro: había trabajo para todos”, repasa Mei, agrandada por sus crónicas en la página de La Lamentable (lamentable.org). El último artículo que ha subido lleva por título “Los males de la sanidad catalana”: “Los hospitales del Servei Català de la Salut (CatSalut) dejaron de hacer 15.000 operaciones en el 2012, según datos facilitados por la Conselleria de Sanitat en agosto pasado [2013]. En las mismas fechas, el servicio de cardiología del hospital de Bellvitge, que da cobertura a más de dos millones de ciudadanos, tenía 257 pacientes en lista de espera y operaba a enfermos del corazón que se incorporaron a esa lista en el 2011”.

Ese es el periodismo que practica, como una postura del kundalini yoga (“conectar con la realidad del lector”). Entiende que la pantalla ha retirado, en parte, los caracteres impresos en papel (“época de imágenes”). Enjuicia la actividad que genera las redes sociales (sin cuenta en facebook ni en twitter ni en flickr). Denuncia la piratería. Reflexiona sobre qué función desempeñarán los diarios digitales, si recaudarán el dinero gastado, si con los beneficios que obtienen podrán pagar, al menos, una nómina… No echa de menos la rutina. Quizá, añora, de vez en cuando, el “aliento del jefe en el cogote”, con la hora de cierre apremiante (“claro, antes, durante muchas tardes, no levantaba el culo de la silla, y ahora cualquier excusa es válida para no hacer nada”). Rechaza, implacable, el copia y pega: “Prácticamente no hay información que se publique que vaya más allá de lo que el Ayuntamiento vende”.

Difícil distraer a la mujer rubia, que el azar ha puesto de espaldas a la pared, bajo un cuadro de lo que parece ser la biblioteca personal del poeta Ezra Pound. Mei les ve. Los figurines la ven. Ella ha sido buena compañera, colega de unos y de otras: “No sé lo que es la mirada de género. Quiero decir que equivale a respeto. Creo en que no se ha de utilizar el nombre ni el cuerpo de la mujer en vano. Me cuesta aceptar que el hombre no es sensible”.

Más personalidades llegan, reguero de estilistas, de frustradas pasiones de ronda que soñaron con emular a Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente, y esos plumillas pasan de largo. No preguntan.

Al cabo de hora y media, cuando Lluís Bassets aún siga hablando (“reflexionar, argumentar y orientarse es lo que hace el periodista justo en el momento en el que se pone a escribir”), Mei cogerá el bus 17 para subir al Vall d’Hebron, donde reside. A la mañana siguiente, irá a jugar a bádminton (“bueno, yo cojo la raqueta, pero no sé si le doy a la pelota”). Y luego disfrutará de sus amigos (“ver a la gente de vez en cuando no es lo mismo que tratarla”), que no han cambiado con los años (“ya sabíamos cómo éramos”).

Asistirá, a media tarde, a conferencias, “un placer de dioses”.

Y por la noche irá a la sala Pau Casals de L’Auditori para deleitarse con el pianista Lang Lang.

Al cabo de una hora, cuando la presentación de Cinc minuts abans de decidir aún no haya terminado, y cuando Mei se disponga a salir de Laie, el camarero que se acerca mirará el interior de la sala, al fondo, y exclamará: “¡Están asardinados!”.

Jesús Martínez

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