Capítulo I






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Capítulo VI
LO que más extrañaba a Harvey era la manera despreo­cupada en que algunas embarcaciones vagabundeaban por el Atlántico. Según decía Dan, las de pesca dependían, naturalmente, de la cortesía y sabiduría de sus vecinos, pero era de esperar que las de vapor fueran algo mejor que eso. Esto fue después de otro interesante encuentro, cuando les dio caza durante una distancia de casi cinco kilómetros un barco de vapor, viejo y de grandes dimensiones, dedicado al transporte de ganado, cuyo puente estaba cubierto comple­tamente por construcciones de madera, donde se albergaba el ganado, y que olía como mil establos juntos. Un oficial muy excitado les gritó con un megáfono, mientras su barco detenía su marcha, hasta que Disko, poniendo el We're Here a sotavento, le dijo un par de verdades al capitán.

-¿Dónde os creéis que estáis? No merecéis estar en ninguna parte. Vosotros, marineros de gallinero, marcháis ensuciando las rutas de alta mar, sin tener maldita la consi­deración para con vuestros vecinos, y tenéis los ojos en la taza de café, en vez de en vuestras tontas cabezas.

Al oír esto, el capitán del transporte bailó sobre el puen­te como si le hubiera picado una tarántula y dijo algo sobre los ojos de Disko:

-No hemos podido comprobar nuestra situación en tres días. ¿Imaginas que podemos proseguir nuestro rumbo a ciegas?

-Yo puedo hacerlo -respondió Disko-. ¿Qué dice vuestra sonda? ¿No podéis husmear el fondo o es que la peste a ganado no os deja?

-¿Con qué los alimentáis? -preguntó el tío Salters con desusada seriedad, pues el olor a establo había desper­tado todo lo que tenía de granjero-. Dicen que pierden mucho peso durante el viaje. No lo sé, ya sé que no es asun­to mío, pero he oído decir que las tortas de lino muy desme­nuzadas y rociadas con agua...

-¡Rayos y truenos! -exclamó uno de los ganaderos de la otra embarcación, que estaba vestido con un jersey rojo-. ¿De qué manicomio han dejado escapar a esas barbas?

-Joven -añadió el tío Salters poniéndose de pie fren­te a las jarcias de proa-, permítame decirles antes que pro­siga que...

Le interrumpió el oficial, que se encontraba en el puen­te de la otra embarcación:

-Disculpe -dijo-, deseo conocer mi situación. Si esa persona de aficiones agrícolas hiciera el favor de callarse, ese percebe de ojos verde mar quizá condescendiera a indi­cármela.

-Me has puesto en ridículo, Salters -dijo Disko eno­jado.

No podía aguantar esa manera de hablar, por lo cual, sin más ceremonias, dio la longitud y latitud.

-¡Vaya un cargamento de locos! -exclamó el capitán de la otra embarcación dirigiéndose a la sala de máquinas y arrojando un paquete de periódicos en dirección al We're Here.

-De todos los malditos locos que me ha tocado cono­cer, Salters, tú y la tripulación de ese vapor sois lo peor que he visto -dijo Disko, mientras se alejaba del lugar el We're Here-.

Les estaba dando mi opinión acerca de esos mari­neros que andan por estas aguas como chiquillo que ha per­dido la niñera, y ahí tienes que meterte tú con tus cosas de labranza. ¿No puedes separar ambas cosas?

Harvey, Dan y los otros se mantuvieron alejados de la discusión, haciéndose mutuamente señas y divirtiéndose en grande. Disko y Salters discutieron seriamente hasta la noche. Salters argüía que un barco dedicado al transporte de ganado era prácticamente un corral flotante. Disko insistía en que aunque fuera así, la decencia y el orgullo de un pes­cador exigían que se mantuvieran «ambas cosas separadas». Long Jack permaneció en silencio por algún tiempo (un ca­pitán enojado equivale a una tripulación desgraciada), pero no pudo ya aguantar durante la comida.

-¿Para qué preocuparse por lo que dirán? -dijo.

-Contarán ese cuento durante años y años. -Basta con eso -exclamó Disko-. ¡Tortas de lino rociadas con agua!

-Con una pizca de sal, por supuesto dijo Salters im­penitente, levantando la vista de la sección de agricultura de un periódico viejo de Nueva York.

-Hiere directamente todos mis sentimientos -prosi­guió el capitán.

-No veo por qué -dijo Long Jack, que se había pro­puesto hacer las paces-. Escucha, Disko, ¿hay alguna otra embarcación que en esta época, con este tiempo, habiendo encontrado un transporte, además de darle la posición, fíja­te que digo además, hubiera dejado de echar una parrafada con ellos sobre el manejo del ganado, con un mar como el que tenemos? ¡Olvídalo! Naturalmente que ellos no lo ha­rían. Fue la conversación más breve que haya oído alguna vez. Nos hemos apuntado un tanto por partida doble.

Dan le dio un puntapié a Harvey por debajo de la mesa y éste ocultó la cara en la taza.

-Bueno -prosiguió Salters, que sentía que su honor estaba a salvo, por lo menos, en cierta medida-. Ya dije que no sabía si era asunto mío antes de empezar a hablar.

-Eso es -asintió Tom Platt, hombre experimentado en cuestiones de disciplina y etiqueta-. Ahí debiste hacerle callar, Disko, si creíste que esa conversación podía conducir, a su juicio, a alguna situación inconveniente.

-Claro, ahora lo comprendo, pero no lo hice -dijo Disko, que veía ante sí una retirada honrosa para su dig­nidad.

-Naturalmente que es así -dijo Salters-; para algo eres tú capitán. Me hubiera callado ante una simple indica­ción tuya, no por estar convencido ni por otra cosa, sino para dar un ejemplo a estos dos malditos muchachos tuyos.

-¿No te decía yo, Harvey, que antes que terminara este lío nos iban a meter a nosotros? ¡Siempre estos malditos muchachos! Pues yo, a pesar de todo, no me hubiera perdi­do ese espectáculo de circo por la mitad de las ganancias -murmuró Dan.

-Sin embargo, se deben mantener siempre las cosas separadas -dijo Disko, mientras Salters encendía su pipa, en la que había metido tabaco finamente cortado, poniendo una expresión como si quisiera seguir discutiendo.

-Es una virtud y una ventaja saber mantener las cosas en su lugar -afirmó Long Jack, que todavía intentaba cal­mar la tormenta-. Eso es lo que encontró Steyning, de la firma Steyning & Hare, cuando confió el mando del Morilla D. Kuhn a Counahan en lugar del capitán Newton, que pa­decía de reumatismo inflamatorio, por lo que no podía embarcarse. Le llamábamos Counahan el Navegante.

-Nick Counahan nunca se embarcó, ni siquiera por una noche, sin llevar un barril de ron -dijo Platt, tratando de ayudar a Long Jack en su tentativa de desviar la conver­sación-. Tenía la costumbre de perder el tiempo rondando por las oficinas de los armadores de Boston, pidiendo que le nombraran capitán de un remolcador por su linda cara. Sam Coy, el de Atlantic Avenue, convencido por sus histo­rias, le dio de comer durante más de un año. ¡Counahan el Navegante! Creo que hace unos quince años que murió, ¿no?

-Me parece que son diecisiete. Murió cuando se cons­truía el Caspar McVeagh. Nunca pudo mantener las cosas separadas. Steyning le confió el mando por la misma razón por la cual el ladrón se llevó la estufa encendida: no había otra cosa a mano. Todos estaban en el banco. Counahan reunió a trompicones una tripulación como no se ha visto otra. ¡El ron! El Marilla podía haber flotado en el que tenían almacenado a bordo. Salieron de la bahía de Boston con viento del noroeste, con toda la tripulación muy ocupada manejando la espita del barril. Creo que Dios tuvo miseri­cordia de ellos, pues si hubiera sido por las guardias o ma­niobras que nadie de aquella tripulación hizo hasta que no vieron el fondo de aquel barril de quince galones... Tarda­ron una semana en conseguirlo, según creía recordar Counahan. ¡Si yo pudiera contarlo como lo hacía él! Mientras tanto, el viento seguía soplando y el Marilla, que llevaba envergado el contrafoque, pues era verano, navega­ba a toda velocidad. Entonces Counahan, con más miedo que vergüenza, tomó el cuadrante, y entre lo que sacó en limpio, la carta y las cosas que tenía en la cabeza, se imagi­nó que estaban al sur de Sable Island. Abrieron otro barril y dejaron de pensar en el rumbo durante los próximos días. El Marilla se abatía de un costado cuando salieron de la bahía de Boston, y hasta entonces no se había levantado, nave­gando siempre inclinado. Se extrañó aquella tripulación que no divisaran ni algas, ni albatros, ni otros veleros, entonces cayeron en la cuenta que hacía quince días que navegaban y empezaron a creer que el banco hubiese suspendido pagos. Echaron el escandallo y midieron sesenta brazas de profundidad. «¡Ese soy yo! -exclamó Counahan-. ¡Ese soy yo, como siempre! Os he traído como sobre rieles hasta el ban­co, especialmente para vosotros. En cuanto tengamos treinta brazas está hecho el negocio. Por algo me llaman Counahan el Navegante.» Echaron otra vez el escandallo y resultó que el fondo estaba a noventa brazas. Al oír esto, dijo Counahan que o a la cuerda le había dado por estirarse o el fondo del banco se había hundido. La recogieron y la echaron sobre cubierta para contar los nudos y desenredar­la. El Marilla mantenía la velocidad y rumbo con que había salido de Boston hasta que divisaron un vapor mercante, y Counahan se puso al habla con los tripulantes. «¿Habéis vis­to algún barco pesquero?», preguntó despreocupadamente. «Hay un montón en la costa irlandesa», respondieron desde el mercante. «¡Váyanse a paseo! -exclamó Counahan-. ¿Qué tengo yo que ver con la costa irlandesa?» «Entonces, ¿qué haces aquí?», preguntó el capitán de la otra embarca­ción. «¡Por la cristiandad doliente! -exclamó Counahan. Siempre decía eso cuando le faltaba el aliento y no se sentía bien-. ¡Por la cristiandad doliente! ¿Dónde estoy?» «Treinta y cinco millas al oeste-sudoeste del cabo Clear -dijo el del mercante-, si eso te sirve de consuelo.» Counahan pegó un salto de casi un metro y medio, según lo midió el cocine­ro. «¡De consuelo! -exclamó Counahan sin dejarse conmo­ver-. ¿Quién te crees que soy yo? A treinta y cinco millas del cabo Clear, después de catorce días de haber salido de Boston. ¡Por la cristiandad doliente! ¡Es todo un récord!» Ahora que me acuerdo, mi madre vive en Skibbereen. Imaginaros ¡qué amargura! Pero ya veis lo que resulta de no mantener las cosas separadas. La tripulación se componía en su mayor parte de marineros de Cork y de Kerry, excep­to un yanqui de Maryland, que quería volverse, pero todos dijeron que aquello era amotinamiento y se fueron en el Marilla hasta Skibbereen. Durante una semana lo pasaron muy bien visitando a conocidos de los alrededores de la vieja comarca. Tardaron veintitrés días en llegar a los bancos. Cuando estuvieron allí, ya se terminaba la temporada, por lo que Counahan volvió a Boston, sin meterse en ningún otro enredo más.

-¿Qué dijo la compañía de todo aquello? -preguntó Harvey.

-¿Qué podían decir? El bacalao seguía en el banco y Counahan estaba en el muelle hablando del tiempo récord en que había atravesado el Atlántico. Se contentaron con eso. Todo ocurrió, en primer lugar, por no apartar a la tripu­lación del ron, y en segundo lugar, por no mantener la dis­tancia conveniente entre Skibbereen y Queereau. ¡Que el alma de Counahan el Navegante descanse en paz!

-Una vez navegaba yo en el Lucy Holmes -dijo Manuel con voz suave-: En Gloucester nadie quería el pes­cado de ese barco, por lo que atravesamos el charco para intentar venderlo a algún hombre de Fayal22. Vino una tor­menta y no podíamos ver bien. Arreció y seguimos hacia el Sur, a gran velocidad, nadie sabía hacia dónde. De repen­te divisamos tierra y la temperatura empezó a subir. Aparecieron dos, tres negros en un bote. Les preguntamos dónde nos encontrábamos... Bueno, ¿dónde creéis que es­tábamos?

-Gran Canaria -dijo Disko después de un momento. Manuel movió la cabeza sonriendo.

-Blanco -aventuró Tom Platt.

-No, mucho peor que eso. Estábamos más allá de Bezagos. Aquel bote era de Liberia. Allí vendimos el pesca­do. No está mal. ¿Eh?

-¿Podría esta goleta ir hasta África? -preguntó Harvey.

-Podría dar la vuelta al cabo de Hornos, si hubiera algo allí que valiese la pena ir a buscar y la despensa aguanta -dijo Disko-. Mi padre llevó su barco, una especie de meñique de cincuenta toneladas, creo, el Rupert se llamaba, hasta las montañas de hielo de Groenlandia, cuando la mitad de nuestra flota iba persiguiendo al bacalao. Y lo que es más, llevaba a su mujer consigo, supongo que para mostrarle có­mo se ganaba el pan. Yo nací en la isla de Disko. Claro está que no me acuerdo de nada. Volvimos cuando cedió el hielo en la primavera, y me bautizaron con el nombre de aquel lu­gar. Creo que fue un error ponerle ese nombre a un bebé, pero todos cometemos errores en nuestras vidas.

-¡Claro, claro! -exclamó el tío Salters, sacudiendo la cabeza en señal de aprobación-. Todos podemos cometer errores. Y os digo ahora a vosotros dos que después de cometer un error, y vosotros no bajáis de cien al día, que lo mejor que se puede hacer es reconocerlo como hombres.

Long Jack hizo un tremendo guiño a todos, menos a Disko y Salters, y se dio por zanjado el asunto.

Se dirigieron hacia el Norte, anclando en diversos pun­tos, saliendo los botes casi todos los días; recorrieron el ex­tremo este del gran banco, a una profundidad de treinta a cuarenta brazas, sin dejar nunca de pescar.

Allí fue donde por primera vez Harvey encontró cala­mares, uno de los mejores cebos para la pesca del bacalao, pero es un animal muy temperamental. Una noche oscura los gritos de «¡calamares!» del tío Salters los arrancaron de sus catres. Hasta una hora y media después todos los tripu­lantes estaban ocupados en pescarlos con un aparejo especial, que consistía en una pieza de plomo pintado de rojo y armada en uno de sus extremos con varillas encorvadas ha­cia adentro, como las de un paraguas a medio abrir. Por al­guna razón desconocida, al calamar le gusta esa red y se mete en ella; el pescador la iza antes que pueda salir. Pero cuando se ve atrapado arroja primero chorros de agua y después de tinta en la cara de su captor. Era un espectáculo curioso ver cómo los pescadores movían la cabeza de un lado para otro para esquivar el disparo. Cuando terminó aquella agitación todos estaban tan negros como deshollina­dores, pero en cubierta yacía un montón de calamares fres­cos. A los bacalaos grandes les gusta un pedazo de tentácu­lo de calamar en el extremo de un anzuelo cebado con al­mejas. Al día siguiente pescaron mucho y encontraron el Carrie Pitman, a quien contaron a gritos su buena suerte. La tripulación del otro barco quiso negociar: siete bacalaos por un calamar de buen tamaño, pero Disko no estaba con­forme con el cambio así que el Carrie Pitman se alejó mal­humorado, echando el ancla a una distancia de casi media milla, esperando encontrar calamares.

Disko no habló hasta después de cenar. Ordenó enton­ces a Dan y a Manuel que fijaran con una boya el cable del We're Here y que se iba a dormir con el hacha preparada. Naturalmente, Dan repitió estas observaciones a los tripu­lantes de uno de los botes del Carrie Pitman, que querían saber para qué ponían boyas, puesto que el fondo no era ro­coso.

-Padre dice que ni con un ferry se acercaría a cinco millas de vosotros -repuso Dan alegremente.

-¿Por qué no os vais de aquí? ¿Quién os lo impide? -respondieron del otro bote.

-Porque acabáis de poneros a sotavento, y padre no aguanta eso de nadie y muchísimo menos de un cascarón como el vuestro que anda a la deriva cerca de él.

-Nadie va a la deriva, esta vez -dijo el otro pescador enojado, pues el Carrie Pitman tenía la desagradable repu­tación de romper las cadenas del ancla.

-¿Cómo ancláis entonces? -preguntó Dan-. Es lo que mejor se os da cuando navegáis. Y si no estáis a la deri­va, ¿para qué, por todos los diablos, tenéis un nuevo bota­lón de foque?

Esta observación dio en el blanco.

-¡Eh, tú! ¡Organillero portugués! Llévate tu mono de vuelta a Gloucester, y tú, Dan Troop, vete otra vez a la es­cuela -fue la respuesta.

-¡Zamarra! ¡Zamarra! -aulló Dan, que sabía que uno de los tripulantes del Carrie Pitman había trabajado en una fábrica de zamarras durante el invierno.

-¡Camarón! ¡Camarón de Gloucester! ¡Vete ya a tu tie­rra, nouy!

Llamar nouy a un hombre de Gloucester, como si fuera de Nueva Escocia, es un insulto. Dan respondió como se merecían.

-¡Novy serás tú, escoria de Scrabble! ¡Ruina de Chatham! ¡Meteos vuestro barco en los calcetines!

Ambos combatientes se separaron después de esta re­friega, con grave pérdida de prestigio para Chatham.

-Ya sabía lo que va a ocurrir dijo Disko-. Ha calado ya el viento. Alguien debería impedir que ese barco abando­nara puerto. Roncarán hasta medianoche, y cuando estemos en el mejor de los sueños empezará a ir a la deriva. Por suerte no estamos rodeados de pesqueros. Pero no voy a levar an­clas sólo por Chatham. Es posible que ese barco aguante.

El viento, que había cedido un poco, acrecentó su velo­cidad al ponerse el sol, y soplaba sin parar. Sin embargo, el mar no se movía ni siquiera para molestar el aparejo de un bote de pesca, pero el Carrie Pitman tenía sus propias le­yes. Cuando terminaba la guardia de los dos grumetes, oye­ron que a bordo del Carrie Pitman se producía un crack-­crack-crack como el de una de aquellas antiguas pistolas que se cargaban por la boca.

-¡Gloria, gloria! ¡Aleluya! -exclamó Dan-. Ahí viene padre, por la popa, sonámbulo, lo mismo que hizo en Queereau.

Si hubiera sido otra embarcación, Disko hubiera corrido el riesgo, pero tratándose del Carrie Pitman mandó cortar el cable, mientras éste, con todo el viento del Atlántico Norte detrás de él, se les acercaba dando bandazos. El We're Here, con el foque y la vela plegada, no le concedió más espacio que el absolutamente necesario, pues Disko no deseaba pasarse una semana buscando el cable, aunque se puso en dirección favorable al viento, mientras el Carrie pa­saba silencioso y como enojado a merced de las corrientes y los vientos del banco.

-Buenas noches -dijo Disko, quitándose la gorra-. ¿Qué tal crece tu huerta?

-Vete a Ohio y alquila una mula -dijo Salters-. No queremos granjeros por aquí.

-¿Queréis el ancla de mi bote? -gritó Long Jack.

-Soltad el timón y tiradlo al barro -exclamó Tom Platt.

-¡Oíd! -gritó Dan con voz aguda y alta mientras se te­nía de pie al lado del timón-. ¿Hay huelga en la fábrica de zamarras? ¿O emplean ahora mujeres en vuestro lugar? ¡Juntaos!

-Aflojad los guardines23 y clavadlos en el fondo -gritó Harvey.

Esta era una broma de pescador, llena de sal marina, que le había enseñado Tom Platt. Manuel se inclinó sobre la popa y movió el pulgar, haciendo un ademán de desprecio, al mismo tiempo que gritaba:

-Johanna Morgan toca el órgano. ¡Ah!

Penn, aquel hombrecillo, se cubrió de gloria, gritando con su vocecilla de falsete:

-Torced un poco a la derecha. ¡Venid aquí! ¡Eh!

Aquella noche navegaron sobre la cadena del ancla, lo que Harvey encontró que era incómodo y desagradable. Perdieron casi toda la mañana para encontrar el cable. Pero los muchachos estaban de acuerdo en que aquel trabajo era un precio muy bajo si se le comparaba con el triunfo y la gloria. Y con orgullo pensaron muchísimas otras cosas que podrían haberle dicho a la desconcertada tripulación del Carrie.
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