Capítulo I






descargar 0.68 Mb.
títuloCapítulo I
página5/10
fecha de publicación08.06.2016
tamaño0.68 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Economía > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

Capítulo V
AQUELLA fue la primera de una numerosa serie de conversaciones con Dan, en el curso de las cuales éste explicó por qué pensaba transferir el nombre de su bote al pesquero construido por Burgess. Harvey oyó hablar mu­cho acerca de la verdadera Hattie, que vivía en Gloucester. Vio un bucle de sus cabellos, que Dan, tras comprobar que los ruegos y las buenas palabras no servían de nada, le había «pescado», cuando ella se sentó delante de él aquel invierno en la escuela, y una fotografía. Hattie tenía catorce años y un desprecio olímpico por los muchachos; durante todo el invierno se había dedicado a pisotear el corazón de Dan. Todo esto se lo contó a Harvey, bajo solemne juramento de guardar el secreto, cuando la luna iluminaba la cubierta, cuando reinaba la más completa oscuridad, o durante una niebla cerrada; la rueda del timón detrás de ellos gemía so­bre el barco que se elevaba y descendía otra vez, mientras el mar incansable bramaba su eterna canción. En una oca­sión, cuando ambos muchachos llegaron a conocerse me­jor, se pelearon, recorriendo toda la cubierta desde proa a popa, hasta que apareció Penn y los separó, no sin prome­ter que no diría una palabra a Disko, para el que pelearse durante la guardia era peor que dormirse. Físicamente, Harvey no podía ofrecer ninguna resistencia a Dan. Pero dice mucho en favor de la nueva educación que Harvey reci­bía el que aceptara la derrota y que no intentara ganar la pe­lea mediante métodos poco honestos.

Eso ocurrió después que Dan le curara unos granos que se le habían formado entre los codos y las muñecas, donde el jersey húmedo y el impermeable cortaban la carne. El agua salada le escocía terriblemente, pero en cuanto estu­vieron secos, Dan los trató con la navaja de Disko y le ase­guró que ahora era un verdadero pescador de los bancos, pues esas heridas eran la marca distintiva de la casta a la que ahora pertenecía.

Puesto que era todavía un muchacho y estaba profun­damente ocupado, no se devanaba los sesos pensando mu­cho. Estaba sumamente apenado por su madre, a menudo deseaba verla y sobre todo contarle su nueva vida y la mane­ra brillante como progresaba en ella. Pero, por otra parte, prefería no pensar mucho sobre cómo su madre habría su­perado el choque emocional de su supuesta muerte. Mas un día, cuando estaba burlándose del cocinero, que acusaba a él y a Dan de robarle pastelillos fríos, se le ocurrió que eso era un progreso enorme, comparado con el desprecio de los extraños en el salón de fumadores de un barco de pasa­jeros. Era parte integrante del We're Here, tenía un lugar reconocido por todos en la mesa y una litera para él; podía intervenir en las largas conversaciones de los días tormento­sos, cuando los otros estaban dispuestos a escuchar lo que ellos consideraban «cuentos de hadas» de su vida en tierra. Le bastaron dos días para comprender que si relataba su vida, que parecía ahora tan lejana, nadie, excepto Dan, le creería, aunque la credulidad de éste fue sometida varias ve­ces a una dura prueba. Así que se inventó a un amigo, un muchacho de cuya vida había oído hablar, que en la ciudad de Toledo, en el estado de Ohio, tenía un coche tirado por cuatro ponies, y le encargaba al sastre cinco trajes al mismo tiempo; que llevaba cosas llamadas «alemanas» a las fiestas, en las que las niñas de más edad no pasaban de los quince años, pero todos los regalos eran de plata maciza. Salters protestaba, afirmando que esa clase de cuentos era pecami­nosa, y quizá hasta blasfema, aunque escuchaba tan atenta­mente como los otros; sus críticas indujeron a Harvey a re­latar nuevas hazañas acerca de sus primos y primas, los tra­jes, los cigarrillos con boquilla de oro, los anillos, los relojes, los perfumes, las cenas íntimas, el champaña, los juegos de cartas y los hoteles. Poco a poco cambió de tono, al hablar de su «amigo» a quien Long Jack llamaba «el niño loco» o «el bebé de oro», «la rémora Vanderpopa» y otros muchos apodos cariñosos. Harvey, sin quitarse las botas de agua y apoyando los pies en la mesa, inventaba historias acerca de pijamas de seda y de corbatas importadas, para mayor des­crédito de su «amigo». Harvey era una persona con una enorme capacidad para adaptarse, rápidos la vista y el oído para observar todas las caras y los tonos a su alrededor. No pasó mucho tiempo sin que supiera dónde guardaba Disko el cuadrante que le servía para tomar la altura: debajo de su litera. Cuando estimaba la altura y encontraba la latitud con la ayuda de El almanaque del viejo labrador, Harvey echa­ba a correr a la cabina y marcaba con un clavo sobre la herrumbre de la estufa la fecha y la situación. El primer ma­quinista de un barco de pasajeros no podía haberlo hecho mejor y ni siquiera un ingeniero, con treinta años de servicio a bordo, hubiera adoptado el aire de viejo lobo de mar, con el cual Harvey escupía primero sobre la borda, anunciaba después la posición del barco y entonces, pero no antes, tomaba el cuadrante de las manos de Disko para guardarlo otra vez. Hay una etiqueta para todas estas cosas.

El llamado «yugo de puerco», una carta de Eldridge, El almanaque del viejo labrador, El piloto costero, de Blunt, y El navegante, de Bowditch, eran todas las armas que necesitaba Disko para guiarse, excepto el escandallo, que era su ojo derecho. Una vez Harvey casi mató a Penn, mientras Tom Platt le enseñaba por primera vez cómo «volar la palo­ma azul». Aunque sus fuerzas no alcanzaban para sondear continuamente en cualquier tipo de aguas, Disko frecuente­mente le hacía lanzar un escandallo con un plomo de siete libras. Como decía Dan:

-Padre no necesita saber la profundidad. Quiere cono­cer la composición del fondo. Engrásalo bien, Harvey.

Así lo hacía Harvey y llevaba después cuidadosamente el resultado del sondeo, fuera arena, conchillas o cualquier otra cosa, a Disko, que lo tocaba con los dedos, lo olía y pronunciaba sus juicios. Como ya sabemos, cuando Disko pensaba en el bacalao, pensaba como un bacalao; mediante una mezcla de instinto y experiencia, que siempre resultaba, llevaba el We're Here de un punto a otro, encontrando siempre pesca abundante, como un jugador de ajedrez con los ojos vendados mueve las piezas de un tablero que no ve.

Pero el tablero de Disko era el gran banco, un triángulo de doscientas cincuenta millas de lado, un desierto de olas, embozado en un húmedo manto de niebla, alborotado por las tempestades, acosado por los hielos flotantes, surcado por las proas de los veloces navíos de pasajeros, y adorna­do con las manchas blancas del velamen de los barcos de pesca.

Durante varios días trabajaron en medio de la niebla. En todo ese tiempo, el puesto de Harvey estaba en la campa­na, hasta que familiarizado con el aire espeso salió con Tom Platt, con el corazón en un puño. Pero como la niebla no cedía y ningún hombre puede permanecer aterrorizado du­rante seis horas seguidas, Harvey se dedicó a su aparejo de pesca y al palo de atontar los peces, cada vez que se lo pe­día Platt. Remaron de vuelta, guiados por el instinto del vie­jo marinero y la campana de a bordo, mientras oían el cuer­no de Manuel que sonaba débilmente al lado de ellos. Harvey soñó aquella noche con las aguas movibles que des­prendían vapores alrededor del bote, con los hilos de pescar que se perdían en la nada y con el aire que se confundía con el mar a diez pies de distancia por debajo de sus cansados ojos. Pocos días más tarde salió con Manuel, en un punto en el que ellos creían que había una profundidad de cuaren­ta brazas, pero agotaron su provisión de cuerda, sin que el ancla encontrara fondo. Harvey se asustó terriblemente, puesto que había perdido el último contacto con la tierra.

-¡El Abismo de la Ballena! -dijo Manuel, mientras re­cogía el ancla-. Menuda broma de Disko. ¡Vamos!

Y remó hasta la goleta, donde Tom Platt y los demás pescadores se burlaban de su capitán, pues, aunque era la única vez, los había conducido a la región estéril de gran profundidad que se llama «el Abismo de la Ballena». A través de la niebla buscaron otro punto donde anclar. Esta vez Harvey también tuvo que salir con Manuel. Sus cabellos se erizaron cuando observó algo blanco que se distinguía entre la niebla y que se movía respirando como podría hacerlo un muerto que saliera de su tumba, a lo que siguió un bramido, el ruido de algo que se sumerge y un chorro de agua que sal­tó por los aires. Era la primera vez que veía el temido vera­no de icebergs: Harvey se arrinconó en el fondo del bote, mientras Manuel se reía. También había días claros y sere­nos, de tan agradable temperatura que parecía un pecado hacer otra cosa que holgazanear con los hilos de pescar y dar de palos con un remo al desfile de peces. Había días de vientecillo suave, en los que enseñaron a Harvey a manejar el timón de la goleta de un punto de anclaje a otro.

Se entusiasmó cuando sintió por primera vez que la qui­lla respondía a su mano, que se apoyaba en las cabillas, y que el velero se deslizaba entre los valles formados por las olas, mientras el trinquete se recortaba como si fuera una guadaña sobre el azul del cielo. Era magnífico, a pesar de que Disko afirmó que una serpiente se rompería el lomo si tuviera que seguir su estela. Pero, como ocurre generalmen­te, el orgullo le cegó. Tenían el viento a su favor y utilizaban la vela de estay, afortunadamente, una que era muy vieja. Harvey, queriendo mostrar a Dan hasta qué punto domina­ba aquel arte, la afirmó demasiado rígidamente. El trinquete saltó ruidosamente y la botavara atravesó la vela de estay,. que, naturalmente, no podía responder al golpe por la pre­sencia del otro del palo mayor. En medio de un silencio terri­ble bajaron el raque. Harvey debió dedicar muchas de sus horas libres al aprendizaje de la aguja y el rempujo17, bajo la dirección de Tom Platt, quien le enseñó a reparar velas. Dan gritó de entusiasmo, pues, según dijo, él había cometido el mismísimo error en los primeros días de su aprendizaje.

Como todos los muchachos, Harvey imitaba, uno a uno, a todos los pescadores, hasta que aprendió la actitud especial de Disko en el timón, el ritmo de Long Jack, cuando tiraba las redes, la manera efectiva de Manuel de remar y el paso de Tom Platt sobre cubierta, al estilo del viejo Ohio.

-Me gusta ver cómo se vale por sí mismo -dijo Long Jack al ver a Harvey observar el mar, una mañana de espesa niebla-. Apostaría mi jornal y mi parte a que es algo más que desempeñar su papel. Se cree ya un marinero hecho y derecho. Vigílenlo ahora que está de espaldas.

-Así empezamos todos -dijo Tom Platt-. Los chicos creen siempre, hasta que se engañan a sí mismos, que ya son hombres, hasta que mueren, desempeñando su papel en la farsa. Yo también lo hice en el viejo Ohio. Cuando me tocó mi primera guardia estábamos en puerto, me creía me­jor marinero que Farragut18. Dan tiene exactamente las mis­mas cosas en la cabeza. Fijaos en los dos, moviéndose como si fueran verdaderos lobos de mar: cada pelo parece una verga, llena de alquitrán de Estocolmo -gritó después, es­caleras abajo-: Creo que esta vez, aunque no sea más que ésta, te has equivocado en tus juicios, Disko. Por todos los diablos, ¿qué te indujo a pensar que ese chico estaba loco?

-Claro que lo estaba -replicó Disko-. Tan loco como si hubiera estado encerrado en un manicomio. Pero me atrevo a asegurar que se ha despejado bastante. Yo le curé.

-Por lo menos miente bien -dijo Tom Platt-. La otra noche nos contó algo acerca de un muchacho de su misma edad, que tenía y dirigía un coche movido por cuatro ponies, en Toledo, en Ohio, y que daba cenas a otros mozalbe­tes de su misma edad. De todas maneras, era un cuento muy interesante. Conoce centenares de ellos.

-Creo que los saca de la cabeza -gritó Disko desde abajo, donde estaba ocupado con el libro de bitácora-. Está claró que todo eso son inventos suyos. No engaña a nadie sino a Dan, y aun éste se ríe de ello. Le he oído a mis espaldas.

-¿Habéis oído alguna vez lo que dijo Simon Peter Calhoun cuando se inventaron el matrimonio de su herma­na Hitty con Loring Jerauld y sus amigos se burlaban de él? -dijo el tío Salters, con voz lenta desde el lado de estribor donde se encontraban los botes.

Tom Platt fumaba su pipa guardando un silencio de des­precio; era del cabo Cod y conocía el cuento desde hacía más de veinte años. El tío Salters prosiguió riéndose:

-Simon Peter Calhoun dijo acerca de Loring Jerauld, y tenía toda la razón del mundo, que «a mitá de la ciudá ehtá loca y la otra tambié; y a gente me decía que ella se había casao con un hombe rico». Simon Peter Calhoun no tenía pelos en la lengua y hablaba siempre de esa manera.

-Por lo menos no hablaba en el alemán de Pennsylvania -replicó Tom Platt-. Sería mejor que deja­ras que alguna persona del cabo Cod contara ese cuento. Esa familia, los Calhoun, eran todos gitanos.

-Bueno, no pretendo ser un orador -dijo Salters-. Pero voy a la moraleja del cuento. Eso es lo que pasa con nuestro Harvey. La mitad de la tripulación está completamente loca y la otra mitad también, y todos creen que es rico. ¡Ahí lo tienes!

-¿Habéis pensado lo bonito que sería tener una tripu­lación compuesta sólo de gente como el tío Salters? -pre­guntó Long Jack-. La mitad de la tripulación sería una porquería y la otra mitad un montón de estiércol, como no dijo Calhoun, ¡él pretende ser pescador!

La tripulación se rió discretamente del tío Salters, pues era persona de respeto.

Disko se calló, pues estaba muy ocupado con el cuader­no de bitácora, que sujetaba con su enorme mano cuadrada con forma de hacha. Las páginas manchadas estaban llenas de anotaciones como las siguientes:

«17 de julio. Niebla espesa y poco pescado. Nos dirigi­mos al Noroeste para anclar. Así termina el día.»

«18 de julio. Niebla espesa. Poco pescado.»

«19 de julio. Brisa del N. E.; buen tiempo. Anclamos ha­cia el Este. Mucho pescado.»

«20 de julio. Domingo. Niebla y vientos ligeros. Así ter­mina este día. Total pescado esta semana: 3.478.»

Nunca trabajaban los domingos, sino que se afeitaban y bañaban si el tiempo era bueno. Pennsylvania cantaba him­nos. Una o dos veces sugirió que si no era una impertinencia creía que podría predicar un poco. El tío Salters casi se atra­ganta al oír hablar de ello. Le recordó que no era predicador y que, por consiguiente, no debía pensar en esas cosas.

-Si le dejamos, la próxima vez recordará a Johnstown. ¿Qué pasará entonces? -dijo a manera de explicación.

Llegaron a un compromiso en virtud del cual Penn lee­ría en voz alta de un libro cuyo título era Josefo. Era un viejo volumen, sólidamente encuadernado en cuero, que olía a cien travesías, muy grueso y que parecía una Biblia, pero enriquecido con relatos de batallas y de sitios. Lo leyeron casi desde el principio hasta el fin. Por lo demás, Penn hablaba muy poco. Podía pasarse tres días sin pronunciar una palabra, aunque jugaba a las damas, escuchaba las cancio­nes y se reía de los cuentos. Cuando intentaban hacerle ha­blar, respondía:

-No quisiera parecer grosero, pero es que no tengo nada que decir. Siento que mi cabeza está totalmente vacía. Casi he olvidado mi nombre -añadía dirigiéndose al tío Salters con una débil sonrisa de expectación.

-¡Pues, Pennsylvania Prott! -exclamó Salters-. La próxima vez serás capaz de olvidarte de mí.

-No, eso nunca -afirmaba Penn, apretando fuerte­mente los labios-. Claro, me llamo Pennsylvania Pratt -decía, repitiendo varias veces el nombre.

Otras veces era el tío Salters el que se olvidaba y le decía que su nombre era Haskins, Rich o M'Vitty, y Penn se que­daba tan contento... hasta la siguiente vez.

Era siempre muy bueno con Harvey, por el que sentía mucha lástima, tanto por haberse perdido como por estar loco. Cuando Salters comprendió que Penn quería al chico, respiró contento. Salters no era muy amable con los dos muchachos (creía que era su deber mantenerlos a raya). La primera vez que Harvey, lleno de miedo, tuvo que subir en un día de calma por el palo mayor (Dan estaba detrás de él para ayudarle en caso necesario), consideró su deber colgar allí arriba las botas de agua de Salters, un signo de vergüen­za y burla para el velero más próximo que lo distinguiera. Con Disko, Harvey no se tomaba ninguna libertad. El capi­tán le trataba como al resto de la tripulación, diciéndole: «¿No crees conveniente hacer esto o aquello?» o «Me parece que sería mejor que...». Había algo en aquellos labios cuida­dosamente afeitados y en los arrugados contornos de los ojos que calmaba inmediatamente cualquier ímpetu juvenil.

Disko le enseñó los misterios de aquella carta de nave­gación manoseada y arrugada, que según él aventajaba a cualquier publicación oficial. Con el lápiz en la mano, le condujo de anclaje en anclaje, a través de toda la serie de bancos: Le Have, Western, Banquereau, St. Pierre, Green y Grand, hablando mientras tanto con «voz de bacalao». También le enseñó el principio en que se basaba el «yugo del puerco».

En esto Harvey sobrepasaba a Dan, pues había hereda­do un cerebro para los números; muy pronto le gustó la idea de obtener informaciones mediante una sola mirada al hosco gran banco. Para los otros aspectos de la vida marinera, su edad era un impedimento serio. Como decía Disko, de­bía haber empezado cuando tenía diez años. Dan podía po­ner el cebo en la red o encontrar cualquier verga en la oscu­ridad. Con las manos impedidas, el tío Salters podía salar a ciegas. Podía manejar el timón en cualquier clase de tiem­po, desde casi una tormenta deshecha hasta en una brisa que le acariciara la cara, llevando con mano suave el We're Here al punto que se proponía. Hacía todas estas cosas tan automáticamente como encontrar su camino entre el apa­rejo o someter a su voluntad el bote. Pero no podía comuni­carle todo este conocimiento a Harvey.

Sin embargo, todavía quedaban muchas cosas de infor­mación general, que se oían en la goleta en los días de tor­menta, cuando se encerraban en el castillo o estaban sentados en los armarios del camarote, mientras se percibía el ruido del aparejo y cordaje en los momentos de silencio. Disko hablaba de los viajes de los balleneros en los años cin­cuenta del siglo pasado, de la caza de las enormes ballenas mientras nadaban con sus crías al lado, de aquella agonía mortal en los mares oscuros y ondulantes y de sangre que saltaba diez metros en el aire, de botes reducidos a astillas, de arpones con cohete que funcionaban mal y se volvían atacando a la propia tripulación, de las operaciones de los balleneros y del conocimiento de la carne y grasa de la balle­na, de aquella terrible helada del año 71, cuando mil dos­cientos hombres debieron permanecer tres días a la deriva sobre los hielos flotantes, historias maravillosas todas ellas..., y ciertas. Pero aún lo eran más sus historias sobre el bacalao y de cómo discutían y razonaban sus asuntos privados allá abajo, muy por debajo de la quilla.

Los gustos de Long Jack se inclinaban más por lo sobre­natural. Los tenía en suspenso con historias de aparecidos que se burlan y aterrorizan a los solitarios pescadores de almejas en la bahía de Monomoy, con aullidos de «¡Yu-juuu!», de espíritus vagabundos de las dunas que nunca han recibido sepultura adecuada, de los tesoros escondidos en la isla Fire por los hombres del capitán Kidd19, de barcos que navegan en la nie­bla, de aquella bahía en el Maine donde ningún barco, excepto uno extraño, echará el ancla dos veces en el mismo sitio, debi­do a que a medianoche una tripulación de muertos se acerca con el ancla en la popa de su barco de anticuado modelo, sil­bando, no llamando, el alma del que ha turbado su reposo.

Harvey creía que la costa este de su tierra natal, al sur de Mount Desert, estaba poblada por gentes que sacaban a pasear sus caballos por allí e invitaba a sus amistades a pasar allí el verano, en casas de campo con suelos de madera noble y sus portiéresde Vantire20. Se reía de aquellos cuen­tos de aparecidos, aunque no tanto como lo hubiera hecho un mes antes, pero terminaba por escucharlos sentado en un rincón y temblando.

Tom Platt contaba su interminable viaje alrededor del cabo de Hornos, a bordo del viejo Ohio, en los días en que todavía se utilizaba el látigo, con aquella marina que había desaparecido tan enteramente como los animales antedilu­vianos, que quedó liquidada durante la guerra civil. Les con­tó cómo se cargaba un cañón, cómo producía el ruido y el humo de algo que arde cuando la bala choca contra la ma­dera, cómo los grumetes del Miss Jim Buck corrían trayen­do baldes de água para enfriarlos. Contaba los episodios del bloqueo, las largas semanas anclados a la espera, durante las cuales lo único que producía una variación era la entrada y salida de los barcos que habían agotado su provisión de carbón (no tenían este problema los veleros); del frío, que tenía a doscientos hombres ocupados noche y día sacando el hielo atascado en los cables y el aparejo, mientras en el fogón reinaba una temperatura tan alta como los cañonazos del fuerte, y la tripulación bebía cacao a cántaros. A Tom Platt no le gustaban las embarcaciones de vapor. Su servicio terminó cuando la introducción del vapor en los barcos era algo relativamente nuevo. Reconocía que era una invención que demostraba una cierta inteligencia de parte de los cons­tructores y que tenía sus ventajas en tiempo de paz, pero es­peraba ver el día en el que aparecían fragatas de diez mil to­neladas con botalones de seis metros de altura.

Manuel hablaba lenta y gentilmente acerca de las chicas bonitas de Madeira que lavan la ropa en los arroyos de la isla, a la luz de la luna, bajo los plátanos. Contaba leyendas de santos y cuentos extraños de bailes o de luchas en los puertos de Terranova. Salters se refería particularmente a la agricultura, pues aunque leía a Josefo y lo comentaba, su misión en la vida era demostrar el valor de los abonos orgá­nicos, especialmente del trébol, sobre cualquier preparado de fosfatos. En cuanto se trataba de este tema, llegaba el insulto. Cogía de su litera libros de Orange Judd, todos gra­sientos, y declamaba acerca de esta cuestión, señalando con el dedo a Harvey, para quien todo el asunto era algo así como oír un discurso en griego. Penn se apenó tanto cuan­do Harvey se burló de aquellas conferencias de Salters, que el chico decidió no hacerlo más y sufrir en silencio. Aquello fue muy positivo para Harvey.

Naturalmente, el cocinero no se mezclaba en esas con­versaciones. Generalmente hablaba cuando era absoluta­mente necesario, aunque algunas veces parecía adquirir de pronto el don de lenguas, y discurseaba, una hora por vez, mitad en galés, mitad en inglés. Era especialmente comuni­cativo con los dos muchachos; nunca se desdijo de su profe­cía, según la que algún día Harvey sería el patrón de Dan y él viviría para verlo. Les contaba cómo se transportaba el correo en invierno más allá del cabo Breton, del trineo arrastrado por perros que va hasta Coudray, del rompehielos Arctic, que establecía la comunicación entre el continen­te y la isla del Príncipe Edward. Les refería historias que su madre le había contado sobre la vida en el lejano Sur, donde las aguas nunca se hielan. Les decía que cuando muriera, su alma iría a reposar a una de aquellas blancas playas solea­das donde crecen las palmeras. Los muchachos pensaban que era una idea muy extraña en un hombre que nunca ha­bía visto una palmera. Durante cada comida le preguntaba a Harvey, y sólo a éste, si le gustaba lo que cocinaba, lo que siempre hacía reír a carcajadas al segundo turno. Sin em­bargo, todos respetaban mucho el juicio del cocinero, y en el fondo de su corazón consideraban a Harvey como una mascota.

Mientras Harvey atesoraba conocimientos acerca de cosas enteramente nuevas por todos los poros de su cuerpo y adquiría una salud de hierro con cada bocanada de aire, el We're Here seguía su camino y atendía a sus asuntos en el banco y los montones de pescado gris plata ganaban altura en las bodegas. Ninguno de los días de trabajo tenía nada de extraordinario, pero se acumulaban los unos sobre los otros.

Como es natural, sus vecinos vigilaban estrechamente a un hombre que tenía la reputación de Disko. (Dan decía que le espiaban.) Sin embargo, el capitán sabía cómo darles esquinazo a través de la niebla espesa y escurridiza. Disko evi­taba su compañía por dos razones. En primer lugar, quería hacer sus propios experimentos. En segundo lugar, le disgustaban aquellas reuniones sui generis, donde se encon­traban barcos de todas las naciones. La mayoría de ellos provenían de Gloucester, pero los había también de Provincetown, Harwich, Chatham y otros de los puertos del estado de Maine, pero las tripulaciones se componían de gentes de Dios sabe dónde. El riesgo engendra la indiferencia, y si se agrega el deseo de ganancia, existen muchas oportunidades para cualquier accidente en la flota atiborra­da de pesqueros, que como un rebaño de ovejas se amonto­na alrededor de algún jefe imposible de reconocer.

-Dejad que los dos Jerauld los dirijan -dijo Disko-. Tendremos que anclar durante un tiempo en los bancos del Este, aunque si la suerte nos ayuda no será por mucho tiempo.Oye, Harvey, el fondo sobre el que nos encontramos ahora no es, de ninguna manera, bueno para la pesca.

-¿No? -preguntó Harvey, que estaba sacando agua (acababa de aprender a mover rápidamente el cubo) des­pués de haber dedicado mucho tiempo a la salazón-. Si es así, no me importaría estar sobre un fondo malo, aunque no sea más que para cambiar.

-El fondo que yo quiero ver es Eastern Point -dijo Dan-. Oye, padre, me parece que no tendremos que que­darnos más de dos semanas en los bancos. Allí encontrarás toda la compañía que desees, Harvey. Entonces sí que tra­bajaremos de veras. Nadie come a su hora. Lo harás cuan­do tengas hambre y te dormirás cuando no puedas tener­te despierto. Ha sido una suerte que te hayamos pescado hace un mes, si no, no tendríamos tiempo para enseñarte todo lo que debes saber para lo que nos espera en la Virgen Vieja.

De la carta de Eldridge, Harvey comprendió que la Virgen Vieja era una serie de bancos de arena, a los que los pescadores habían dado nombres muy curiosos, y el punto crucial de la travesía y que allí, con suerte, mojarían el resto de la sal que les quedaba. Harvey se extrañó de que Disko pu­diese encontrar aquel lugar con la ayuda del «yugo de puerco» y del escandallo, pues era sólo un punto sobre la carta. Más tarde comprendió que Disko podía hacer eso y muchas otras cosas más y que hasta podía ayudar a otros pescadores. En la cabina colgaba un gran pizarrón de 1,20 x 1,50 metros, cuyo uso Harvey no comprendió hasta que, después de algunos días neblinosos, oyeron el sonido de una sirena manual, movida a pedal, cuyas notas eran tan melodiosas como la tos de un elefante que padeciera de tisis.

Habían fondeado por un momento y se movían, arras­trando el ancla, para no perder el tiempo, cuando oyeron aquella sirena.

-Parece un velero con aparejo de cruzamen, vocife­rando su latitud -dijo Long Jack.

Entre los jirones de niebla aparecieron las velas delante­ras, rojas y chorreando agua, cuando el We're Here hizo so­nar tres veces su campana, utilizando el código de señales marítimas.

La otra embarcación, que era mayor, recogió sus ga­vias, entre gritos y exclamaciones.

-Franceses -dijo el tío Salters con rabia-. Un buque de Miquelon, de Saint Malo - añadió el granjero que tenía muy buen ojo en el mar-. Me quedé sin tabaco también, Disko.

-Lo mismo que aquí -dijo Platt-. ¡Eh! Retrocedez-­vous! Retrocedez-vous! Mantenez-vous alejadez! Tú, mu­cho bono, cabeza de estopa. ¿De dónde venís? ¿Saint Malo? ¿Eh?

-¡Ah, ah! Mucho bono! Oui, oui! Clos Poulet. Saint Malo. Saint Pierre et Miquelon -gritaron los pescadores del otro velero, agitando sus gorras de lana y riéndose. Y después todos a una-: Pizagga, pizagga.

-Trae la pizarra, Danny. Lo que me extraña es cómo estos franceses llegan a pescar algo, si no fuera por la ayuda americana.

Dan escribió con tiza las cifras en el pizarrón, después de lo cual lo colgaron del palo mayor, a lo que siguió un coro de mercis de la otra embarcación.

-Parece muy poco amistoso dejarlos ir así sin pagar su deuda -observó Salters, tanteando el dinero que tenía en el bolsillo.

-¿Has aprendido francés desde tu último viaje? -pre­guntó Disko-. No necesito más lastre del que ya tengo a bordo y no quiero tampoco que llames a esos «cerdos mari­neros» de Miquelon, como ya lo hiciste en Le Have.

-Harmon Rush me dijo que era la manera de calentar­los un poco. El inglés simple de Estados Unidos me basta. Estamos muy escasos de tabaco. Oye, jovencito, ¿hablas francés?

-¡Claro! dijo Harvey audazmente y aulló-: ¡Eh, oi­gan!, arrétez-vous. Attendez. Nous sommes venant pour tabac!

-¡Ah!, tabac, tabac -gritaron los franceses, y se rie­ron otra vez.

-Eso los ha entusiasmado. Vamos a bajar un bote -dijo Tom Platt-. No tengo ningún certificado de mis es­tudios de francés, pero conozco otra jerga que creo servirá. Vamos, Harvey, tú serás intérprete.

La confusión que se produjo a bordo del barco francés cuando los dos tripulantes del We're Here llegaron allí fue indescriptible. La cabina estaba completamente cubierta de estampas de colores brillantes de la Virgen, de la Virgen de Terranova, como la llaman ellos. Harvey comprobó que sus conocimientos de francés no servían en el banco, por lo que su conversación se limitaba a inclinaciones de cabeza y ges­tos. Tom Platt movía los brazos y se entendía perfectamen­te. El capitán le dio de beber una ginebra que sería imposi­ble clasificar entre las bebidas conocidas, después aquella tripulación de ópera cómica, con sus bonetes rojos y sus cu­chillos en el cinto, le saludó como si fuera un hermano. Entonces empezaron a negociar. Tenían mucho tabaco americano, que nunca pagaba derechos en Francia. Necesitaban chocolate y bizcochos. Harvey volvió al We're Here para arreglar el asunto con el cocinero y con Disko, que era el dueño de las provisiones; a su vuelta, al lado del timón de la embarcación francesa, se contaron las latas de cacao y los sacos de bizcochos. Parecía un grupo de piratas dividiéndose el botín. Tom Platt volvió cargado de tabaco en cuerda y de rollos de tabaco para mascar y fumar. Entonces aquellos joviales marineros se perdieron en la niebla. Lo úl­timo que Harvey oyó de ellos fue un alegre coro.
Par derrière chez ma tante

il y a un bois joli,

et le rossignol chante

et le jouret la nuit..

Que donneriez-vous, belle,

qui l'amènerait ici?

Je donnerai Québec,

Sorel et Saint-Denis21.

-¿Cómo puede ser que esos marineros no me hayan entendido cuando yo hablé francés y usted pudo hacerse comprender con gestos? -preguntó Harvey, después de distribuir la compra entre los tripulantes del We're Here.

-Lenguaje por señas dijo Tom Platt con una risota­da-. Bueno, era más o menos algo así pero mucho más antiguo que el francés que tú conoces, Harvey. Esas embarcaciones francesas están llenas de francmasones. Esa es la razón.

-Entonces, ¿es usted francmasón?

-Así parece, ¿no crees? -dijo el marinero de barco de guerra llenando su pipa, y Harvey tuvo otro de los misterios de alta mar para meditar.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

similar:

Capítulo I iconCapítulo I: Las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión...

Capítulo I iconCapítulo: novela histórica lean el capítulo 14. Primera persona extraído...

Capítulo I iconSinopsis Capítulo Capítulo 21. Capítulo 41

Capítulo I iconEn el capítulo 4 del libro sobre teoría de la comunicación, perspectivas...

Capítulo I iconSegunda parte mapas del viaje interior capítulo Lecciones espirituales...

Capítulo I iconCapítulo 1

Capítulo I iconCapítulo I

Capítulo I iconCapítulo I

Capítulo I iconCapítulo 1

Capítulo I iconCapítulo I






© 2015
contactos
l.exam-10.com