Capítulo I






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Capítulo II
TE lo advertí -dijo Dan, mientras caían las gotas espe­sas y frecuentes sobre las planchas de madera de la cu­bierta, oscuras y grasientas-. Mi padre no hace las cosas a la ligera, pero te lo tenías bien merecido. ¡Vamos, qué dis­parate hablar así! -los hombros de Harvey subían y baja­ban acompasadamente, mientras trataba de ahogar los so­llozos-. Sé lo que te pasa. La primera vez que mi padre me pegó fue también la última. Ocurrió durante mi primer via­je. Te hace sentir enfermo y solo. Lo sé.

-Así es -sollozó Harvey-. Ese hombre es un loco o está borracho, y... no puedo hacer nada.

-No digas eso de mi padre -murmuró Dan-. Es ene­migo de la bebida y... bueno, él me dijo que tú estabas loco. ¿Cómo diablos se te ocurrió llamarle ladrón? Es mi padre.

Harvey se levantó, se secó la nariz y contó la historia del desaparecido fajo de billetes.

-No estoy loco -terminó diciendo-. Sólo que tu pa­dre nunca ha visto junto más de un billete de cinco dólares, mientras que el mío podría comprar un velero como éste to­das las semanas, sin notar el gasto.

-No sabes cuánto vale el We're Here. Tu padre debe de tener dinero a montones. ¿Cómo lo ganó? Padre dice que los locos no pueden contar una historia en serio. Dímelo.

-Con minas de oro y otras cosas en el Oeste.

-He leído algo acerca de esa clase de negocios. ¿En el Oeste dices? ¿Anda por ahí con una pistola y un poni, como en el circo? A eso le llaman el salvaje Oeste. He oído decir que sus espuelas y sus sillas de montar son de plata maciza.

-Sí que eres tonto -dijo Harvey, a quien las observa­ciones de Dan divertían a pesar suyo-. Mi padre no necesi­ta caballos. Cuando tiene que hacer sus viajes, utiliza su pro­pio coche.

-¿Cómo? ¿De caballos?

-Un vagón particular para él, por supuesto. Supongo que habrás visto alguno en tu vida, ¿no?

-Slatin Beeman tiene uno -dijo Dan midiendo cuida­dosamente sus palabras-. Lo vi en Boston. Tres negros lo preparaban para el viaje -Dan quería decir que limpiaban las ventanillas-. Pero Slatin Beeman, el dueño de aquel co­che, posee casi todos los ferrocarriles del Estado de Long Island. También dicen que ha comprado casi la mitad del Estado de New Hampshire, que ha construido un cerco al­rededor de su propiedad y la ha llenado con tigres, leones, osos, búfalos y caimanes. Slatin Beeman es millonario. Sí, he visto su vagón, ¿y qué?

-Mi padre es lo que se llama un multimillonario. Tiene dos coches propios. Uno lleva mi nombre, el Harvey, y el otro el Constance, por mamá.

-Espera -le interrumpió Dan-. Mi padre nunca me deja jurar, pero supongo que tú puedes hacerlo. Antes de seguir adelante di que te caerás muerto si no es cierto.

-Naturalmente -respondió Harvey.

-Así no vale. Di: que me muera si no es cierto.

-Que me muera aquí mismo, si no es rigurosamente cierto todo lo que he dicho.

-¿También lo de los ciento treinta y cuatro dólares? Te oí cuando hablabas con mi padre y temí que te fuera a tra­gar una ballena como a Jonás.

Harvey protestó hasta ponerse colorado. A su manera, Dan era un joven despierto; al cabo de un interrogatorio de diez minutos, se convenció de que Harvey no mentía... al menos no mucho. Además, se había comprometido con el más terrible juramento que conocen los muchachos y sin embargo seguía viviendo, aunque su nariz tenía un color rojo pronunciado, y seguía apoyado en la barandilla, con­tando maravillas y más maravillas.

-¡Jo! -dijo Dan con un suspiro que le salió de lo pro­fundo del alma, en cuanto Harvey hubo acabado de hacer el inventario del coche que llevaba su nombre. Entonces su ancha cara reflejó un sentimiento de maligna satisfacción-. Te creo, Harvey. Por primera vez en su vida, mi padre ha cometido un grave error.

-Seguro que sí -dijo Harvey, meditando sobre una pronta venganza.

-Se va a volver loco. A mi padre no le gusta equivocar­se en sus juicios -Dan se reclinó y se palmeó el muslo-. No empeores el asunto poniéndote terco, Harvey.

-No quiero que me derribe otra vez de un golpe. Ya sa­bré saldar cuentas con él.

-No he conocido a ningún hombre que saldara cuen­tas a mi padre. Pero te pegará otra vez, con toda seguridad. Cuanto más grande sea su error, más probable es que lo haga. Pero, eso del oro y pistolas...

-Nunca dije una palabra acerca de pistolas -le inte­rrumpió Harvey que se sentía todavía obligado por el jura­mento.

-Cierto, no has dicho una palabra acerca de eso. Dos coches particulares, uno con el nombre de tu madre y otro con el tuyo. Doscientos dólares para gastos particulares. ¡Y un golpe que te arrojó hasta la barandilla por no querer trabajar por diez dólares y medio al mes! Ha sido la mejor pesca de la temporada -dijo Dan, riéndose a carcajadas.

-Entonces, ¿tenía razón? -preguntó Harvey, que creía haber encontrado alguien que le tenía un poco de simpatía.

-Estabas equivocado. La mayor equivocación de todas las equivocaciones posibles. Sígueme o te ganarás una buena y yo otra por ponerme de tu parte. Mi padre siempre me da a mí el doble por ser su hijo y porque no le gustan los favoritis­mos. Supongo que tendrás una rabia loca contra él. A mí me pasa lo mismo muchas veces. Pero es un hombre justo. Todos los tripulantes de los barcos de pesca lo reconocen.

-¿Eso te parece justicia? -dijo Harvey indicando su aplastada nariz.

-Eso no es nada. Deja que la pérdida de sangre te des­peje un poco la cabeza. Lo hizo por tu bien. Por otra parte, no puedo ser amigo de alguien que cree que él o yo o cualquiera de los tripulantes del We're Here es un ladrón. De ninguna manera somos ratas de muelle, sino pescadores, y hemos navegado juntos durante más de seis años. No te equivoques en ese punto. Ya te he dicho que mi padre no me deja jurar. Dice que son palabras vanas y me castiga por ello. Pero si yo pudiera repetir lo que dijiste sobre tu padre y de su fortuna, diría lo mismo de tus dólares. No sé lo que te­nías en tus bolsillos cuando puse a secar tu ropa, porque no me fijé. Pero puedo decir, usando las mismas palabras que acabas de pronunciar, que ni mi padre ni yo sabemos nada de ese dinero. Y éramos las únicas personas a bordo. ¿Vale? ¿Qué te parece?

Ciertamente, la hemorragia nasal había aclarado las ideas de Harvey, aunque es probable que la soledad del mar tuviera también algo que ver con ello.

-Está bien -dijo. Bajó la vista confundido-. Me pare­ce que para una persona a quien acaban de salvar de morir ahogado, no me he portado como si estuviera muy agra­decido.

-Bueno, estabas bajo el influjo de lo que te había ocu­rrido y te pusiste a hacer y decir tonterías -observó Dan-. De todas maneras, las únicas personas a bordo éramos mi padre y yo. El cocinero no cuenta.

-Debería haber pensado que pude perder el dinero de otra manera -dijo Harvey como si hablara consigo mis­mo-, en lugar de llamar ladrón a toda persona que se pu­siera por delante. ¿Dónde está tu padre?

-En el castillo. ¿Para qué lo quieres ahora?

-Ahora lo verás -dijo Harvey y se dirigió tambaleán­dose a los escalones que conducían hasta allí, pues todavía no se le había despejado la cabeza. Se detuvo junto a la campana del barco, colgada frente al timón, delante del cual se levantaba la casa, pintada de chocolate y amarillo. Troop estaba ocupado con un cuaderno de notas y tenía entre las manos un enorme lápiz negro, al que daba, de cuando en cuando, enérgicas chupadas.

-No me he portado del todo bien -dijo Harvey sor­prendido de su propia suavidad.

-¿Qué pasa ahora? -preguntó el capitán-. ¿Te has metido con Dan?

-No, se trata de usted.

-Estoy aquí para escucharte.

-Bien, yo..., yo he venido para retirar lo que dije -continuó Harvey hablando rápidamente-. Cuando se salva a un hombre de morir ahogado... -se le atragantaron las palabras.

-¿Eh?, todavía haremos un hombre de ti, si, sigues por ese camino.

-De ninguna manera debería insultar a la gente.

-Cierto y justo. Justo y cierto -dijo Troop mientras sus labios dibujaban lo que podría considerarse como el es­pectro de una sonrisa.

-He venido a decirle que lo lamento mucho -otra vez tuvo que tragar saliva.

Troop, haciendo un esfuerzo, se levantó lentamente del cajón sobre el que estaba sentado y extendió su enorme mano.

-Suponía que te iba a hacer mucho bien; esto demues­tra que no estaba equivocado en mis juicios -una carcajada reprimida llegó desde el puente hasta sus oídos-. Es muy raro que me equivoque en mis juicios -aquella mano de gi­gante se cerró sobre el brazo de Harvey, dejándole insensi­ble hasta el codo-. Adquirirás un poco más de fibra, antes que hayamos terminado contigo, jovencito. No pienso nada malo de ti por ninguna de las cosas que han pasado. No eras del todo responsable. Vete a lo que tienes que hacer, que nadie te hará daño.

-Estás completamente blanco -dijo Dan, cuando Harvey llegó nuevamente a cubierta.

-No me lo parece -respondió Harvey poniéndose co­lorado hasta las orejas.

-No me refería a eso. Oí lo que decía mi padre. Cuando él asegura que no piensa mal de un hombre, se ha entregado a sí mismo. No le gusta equivocarse en sus jui cios. ¡Ja! ¡Ja! Cuando mi padre se ha formado un juicio, an­tes arriaría la bandera delante de los ingleses que cambiarlo. Me alegro de que se haya decidido por tomar ese rumbo. Mi padre tiene razón cuando dice que no puede llevarte de vuelta a casa. Aquí nos ganamos el pan. Dentro de media hora estarán de vuelta los hombres como tiburones tras de una ballena muerta.

-¿Para qué?

-Para comer, claro está. ¿No te dice el estómago la hora que es? Tienes mucho que aprender todavía.

-Supongo que sí -asintió Harvey tristemente, miran­do los montones de cuerda.

-Es un primor dijo Dan con gran entusiasmo, inter­pretando equivocadamente la mirada de Harvey-. Espera hasta que se hinche nuestra vela mayor y nos dirijamos a puerto con el cargamento completo. Aunque antes tendre­mos mucho que hacer -e indicó con el dedo hacia la oscu­ridad, hacia la escotilla abierta entre los dos mástiles.

-¿Para qué es eso? Está vacío -dijo Harvey.

-Tú y yo y unos cuantos más tendremos que llenarlo. Ahí se guarda el pescado.

-¿Vivo?

-Claro que no, primero tiene que estar muerto y que­dar plano como una mesa y hay que salarlo. En la bodega tenemos cien barriles de sal. Y no hemos hecho más que empezar.

-¿Dónde están los peces?

-Dicen que en el mar; en los botes rogamos nosotros -respondió Harvey repitiendo un refrán de pescadores-. Anoche llegaste tú con cuarenta de ellos.

Indicó con el dedo hacia un espacio cerrado con made­ras en la borda.

-Tú y yo tendremos que hacer eso cuando haya termi­nado la pesca. Dios quiera que se llenen los depósitos esta noche. He visto esta cubierta tapada con quince centímetros de pescado, que había que limpiar. Seguimos trabajan­do hasta que creo que nos abríamos a nosotros mismos en lugar de los pescados, de tanto sueño que teníamos. Ahí vienen -Dan miró hacia afuera, donde se distinguían una docena de botes que remaban en dirección al barco, sobre aquel mar brillante que parecía de seda.

-Nunca he visto el mar desde tan bajo -dijo Harvey-. Es muy bonito.

El sol, que estaba entonces en su punto más bajo del ho­rizonte, daba al agua una coloración purpúrea con destellos de oro en las crestas de las grandes olas, adquiriendo tonos azules y verdosos en sus puntos más profundos. Parecía como si cada embarcación de pesca atrajese hacia sí sus propios botes, mediante invisibles cadenas. Las pequeñas figuras en cada uno de los botes remaban como si fueran juguetes movidos por un mecanismo de relojería.

-Parece que han tenido suerte -dijo Dan, con los ojos semicerrados-. Manuel ya no tiene sitio para un pez más. Parece un nenúfar flotando en aguas quietas. ¿Verdad?

-¿Quién es Manuel? No entiendo cómo puedes distin­guirlo a esa distancia.

-Es el último bote hacia el Sur. Es el que te encontró anoche -dijo Dan indicando la dirección con el dedo-. Manuel rema a la manera de los portugueses; es imposible confundirlo. A la derecha está Pennsylvania: es muchísimo mejor de lo que podría juzgarse por la manera como rema. Parece traer buena carga. Otra vez a la derecha, fíjate lo bien que reman todos ellos, está Long Jack. Mira cómo tie­ne los hombros: parece jorobado. Es de Galway, pero vive al sur de Boston, donde viven casi todos y como la mayoría de Galway son buenos en un bote. A lo lejos, hacia el Norte, le oirás cantar dentro de un momento, está Tom Platt. Fue marinero en el viejo Ohio, el primer barco de guerra de la marina de los Estados Unidos que dobló el cabo de Hornos. No habla de otra cosa, excepto cuando canta. Pero tiene mucha suerte pescando. ¡Ahí está! ¿Qué te dije?

Un sonido melodioso llegó desde el bote situado al Norte, a través de las aguas. Harvey oyó que alguien canta­ba sobre los pies y manos frías de alguien, y después:
Traed ahora los mapas, los lastimeros mapas;

fijaos donde se cortan las montañas.

Las nubes se amontonan alrededor de sus cabezas,

las lloviznas alrededor de su pies.
-Trae el bote lleno -dijo Dan riéndose-. Si empieza a cantar: ¡Oh capitán!, quiere decir que está lleno hasta los topes.

La voz continuó.
Y ahora para ti, ¡oh capitán!

Te ruego encarecidamente que no me entierren

en la iglesia o claustro gris.
-Ese es Tom Platt. Mañana te contará todo sobre el Ohio. ¿Ves aquel bote azul detrás de él? Es mi tío, el herma­no de mi padre. Si la mala suerte anda perdida por el banco, seguramente él la encontrará. Mira lo suavemente que rema. Apostaría mi sueldo y la parte que me toca de las ga­nancias, a que algo le ha picado y que le ha picado bien.

-¿Qué le ha picado? -preguntó Harvey, que empeza­ba a interesarse.

-Generalmente lo hacen las fresas, otras veces son las calabazas, si no son los limones o los pepinos. La mala suer­te de ese hombre es capaz de paralizarte. Ahora subiremos el bote a bordo. ¿Es cierto lo que acabas de decirme que nunca has movido una mano para trabajar en toda tu vida? Debes sentirte muy mal. ¿No es cierto?

-Intentaré hacer algo de todas maneras -repuso Harvey valientemente-. Sólo que todo es tan terriblemen­te nuevo...

-Entonces agarra esa polea. ¡Ahí! ¡Detrás de ti! Harvey asió una cuerda y un gancho de hierro que col­gaba de uno de los estays3 del palo mayor, mientras Dan arrollaba otra que se ataba a algo que él llamaba «perigallo», y que no era más que una combinación de poleas, mientras Manuel se acercaba al velero. El portugués se sonreía de manera brillante, gesto que Harvey aprendería a conocer más tarde. Con una horquilla de mango corto empezó a arrojar el pescado en el depósito de cubierta.

-Doscientos treinta y uno -gritó.

-Dale el gancho -dijo Dan, y al oír esto, Harvey se lo entregó a Manuel. Lo afirmó en un lazo en la popa del bote, agarró el pedazo de cuerda que le ofrecía Dan, lo sujetó en la proa y subió al velero.

-¡Tira! -gritó Dan. Y Harvey así lo hizo, asombrándose de lo fácil que era levantar el bote-. ¡Para! ¿Crees que es un pá­jaro que tiene su nido en el cruce del camino? -dijo riéndose.

Harvey se detuvo, pues el bote se encontraba ya por en­cima de su cabeza.

-¡Más bajo! -gritó Dan, y mientras Harvey lo dejaba descender lentamente, el primero lo inclinó con una sola mano, hasta que vino a quedar al lado del palo mayor-. No pesan casi nada cuando están vacíos. Lo has hecho bastan­te bien para ser un pasajero. Tienes mucho que aprender todavía como marinero.

-¡Ah! -dijo Manuel, extendiendo su mano morena-. ¿Estás mejor ahora? Anoche, a estas horas, los peces trata­ban de pescarte. Ahora, tratas tú de pescarlos a ellos. ¡Eh! ¿Qué?

-Le estoy muy... muy agradecido -farfulló Harvey. Metió la mano en el bolsillo, pero recordó que, desgraciada­mente, no tenía dinero para ofrecer. Cuando conoció mejor a Manuel, el solo recuerdo del error que pudo haber cometi­do le hacía asomar los colores a la cara y sentirse inquieto.

-No hay razón para que me lo agradezcas -dijo Manuel-. ¿Cómo podía dejar yo que flotaras y flotaras, re­corriendo todo el banco? Ahora, eres un pescador. ¡Eh! ¿Qué?

Se inclinó rígidamente hacia adelante y hacia atrás para desentumecerse.

-Hoy no he limpiado el bote. Tuve demasiadas cosas que hacer. Danny, hijo, límpialo en mi lugar.

Harvey avanzó inmediatamente. Aquello era algo que bien podía hacer por el hombre que le había salvado la vida. Dan le tiró un estropajo, y Harvey empezó a limpiar, con poca destreza pero con mucha voluntad.

-Revisa los estribos. Sácalos. Se corren en esas ranu­ras -dijo Dan-. Límpialos bien y ponlos aparte. Nunca dejes uno de ellos húmedo o sucio. Nunca sabes cuándo te hará más falta. Aquí está Long Jack.

Una corriente de peces plateados voló desde el bote ha­cia el depósito de cubierta.

-Manuel, toma la polea. Yo me encargaré de las ta­blas. Harvey está limpiando el bote de Manuel. El de Jack está encima de él.

Harvey levantó la vista de su trabajo y observó otro bote que se encontraba exactamente por encima de su cabeza.

-Es como esos juguetes de cajas, que se meten las unas dentro de las otras. ¿No te parece? -preguntó Dan, mientras colocaba un bote dentro de otro.

-Se desenvuelve como pez en el agua -dijo Long Jack, que era de Galway, tenía barba gris y grandes labios, y se inclinaba de un lado a otro como lo había hecho Manuel. Por la escotilla Disko gritó algo mientras los otros podían oír cómo mascaba el lápiz.

-Ciento cuarenta y nueve y medio. Mala suerte para ti, Discobolus -dijo Long Jack.

-Me estoy matando para llenarte los bolsillos. Pon que ha sido una mala pesca. El portugués me ha derrotado.

Otro bote golpeó contra el costado del velero y más pescado fue a parar al depósito.

-Doscientos tres. ¡Déjame ver al pasajero!

El que hablaba era un hombre aún más largo que el de Galway. Su cara tenía un aspecto curioso, debido a una ci­catriz que le cruzaba desde el ojo izquierdo al ángulo dere­cho de la boca.

Como no encontraba otra cosa que hacer, Harvey se dedicó a limpiar todos los botes en cuanto llegaban a cubier­ta; sacaba las tablas donde se apoyan los pies y las colocaba en el fondo del bote.

-Lo hace muy bien -dijo el individuo de la cicatriz, cuyo nombre era Tom Platt, y vigilaba con ojo crítico la acti­vidad de Harvey-. Hay dos maneras de hacer todas las cosas. Una de ellas es la de los pescadores: empezar por el fin y dejar todo a medio hacer. La otra...

-La otra es lo que hicimos en el viejo Ohio -le inte­rrumpió Dan, metiéndose en el grupo de pescadores con una tabla con patas-. Sal de aquí, Tom Platt, y déjame poner esto en su sitio -apretó uno de los extremos de la tabla en dos ranuras de las amuras4 y se agachó a tiempo para evitar un golpe del marinero.

-Esto también lo hacíamos en el Ohio. ¿Ves, Danny? -dijo Tom Platt riéndose.

-Creo que le echaron mal de ojo, pues no llegó a puer­to. Sé quién encontrará sus botas colgando del palo mayor, si no nos deja solos. ¡Vete! Tengo que hacer. ¿No lo ves?

-Danny, te pasas tirado todo el día, durmiendo sobre las cuerdas -dijo Long Jack-. Eres el colmo de la desver­güenza. Estoy convencido de que antes de una semana ha­brás echado a perder nuestro nuevo sobrecargo.

-Se llama Harvey, para que lo sepas -contestó Dan, que tenía en la mano dos cuchillos de extraña forma-. Y para entonces valdrá más que cinco pescadores de almejas de Boston -colocó artísticamente los cuchillos encima de la mesa, y admiró el efecto, inclinando la cabeza.

-Creo que son cuarenta y dos -dijo una vocecilla fue­ra de la embarcación.

Se produjo un coro de carcajadas, cuando otra voz res­pondió:

-Entonces, al menos por esta vez, mi suerte me ha traicionado, pues creo que son cuarenta y cinco.-Cuarenta y dos o cuarenta y cinco. He perdido la cuenta -añadió la vocecilla.

-Son Penn y el tío Salters contando su pesca. Todos los días sucede lo mismo. Esto es mejor que ir al circo. Fíjate en los dos.

-¡Subid de una vez! -gritó Long Jack-. Debe de es­tar muy húmedo ahí, muchachos.

-Dijiste que eran cuarenta y dos -exclamó el tío Salters.

-Bueno, los contaré otra vez -dijo la voz humilde­mente.

-¡Paciencia, oh Jerusalén! -exclamó el tío Salters, re­trocediendo.

-No puedo entender lo que ha inducido a un granjero como tú a embarcarse. Casi me ha desfondado.

-Lo siento, señor Salters. Me embarqué debido a una enfermedad, una dispepsia de origen nervioso. Usted mis­mo me lo aconsejó.

-¿Por qué no os ahogaréis tú y tu dispepsia en el abis­mo de la Ballena? -rugió el tío Salters, que era un hombre­cillo gordo-. ¿Ya estás otra vez? ¿Has dicho que eran cua­renta y dos o cuarenta y cinco?

-Pues verá usted, señor Salters, lo he olvidado. Voy a contar de nuevo.

-No es que te parezca que fueran cuarenta y cinco. Tengo cuarenta y cinco -dijo el tío Salters-. Cuéntalos bien, Penn.

Disko Troop salió del castillo.

-Salters, entra en seguida el pescado -dijo con tono autoritario.

-No nos eche usted a perder el espectáculo, padre -suplicó Dan-. Esos dos acaban de empezar ahora.

-¡Válgame Dios! Los agarra con la horquilla uno por uno -aulló Long Jack, mientras el tío Salters empezaba a trabajar furiosamente y el hombrecillo del otro bote llevaba la cuenta haciendo rayas con el cuchillo en la madera del bote.

-Esto fue lo que pesqué la semana pasada -dijo con una mirada acusadora, indicando con el dedo la última marca.

Manuel hizo una seña a Dan, quien, inclinándose sobre la borda, amarró uno de los extremos del bote, mientras el portugués hacía lo mismo del otro lado. Los demás empezaron a tirar valientemente, levantando el bote con el hombre y todo lo que contenía.

-Uno, dos, tres, cuatro..., nueve -dijo Tom Platt con­tando con su mirada experimentada-. ¡Penn! Tú ganas.

Dan dejó que la cuerda corriera en la polea, y el granje­ro cayó sobre el puente, en medio de un torrente de su pro­pio pescado.

-¡Esperad! -rugió el tío Salters-. ¡Esperad, que me he equivocado en la cuenta!

No tuvo tiempo de seguir protestando. Se le subió por la borda y le arrojaron sobre cubierta lo mismo que a Pennsylvania.

-¡Cuarenta y uno! -exclamó Tom Platt-. ¡Derrotado por un granjero! ¡Vaya un marinero estás hecho!

-No estaban bien contados -dijo arrastrándose fuera del depósito de pescado-. Estoy deshecho.

Sus gruesas manos estaban hinchadas y había en ellas manchas de un color purpúreo claro.

-Algunos encuentran todas las herramientas malas -dijo Dan como si se dirigiera a la luna, que acababa de sa­lir-. Aunque tengan que buscarlas especialmente. Por lo menos así me parece a mí.

-Y otros -dijo el tío Salters- viven tan ricamente sin necesidad de trabajar y se burlan de los que son de su propia sangre.

-¡A sentarse! ¡A sentarse! -exclamó una voz que to­davía no había oído Harvey a bordo. Disko Troop, Tom Platt, Long Jack y Salters se dirigieron hacia proa en cuanto lo oyeron. El pequeño Penn se inclinó sobre sus redes de fondo y de pescar bacalao, que estaban enredadas. Manuel estaba tirado cuan largo era sobre cubierta. Dan entró en la bodega; Harvey le oía martillar en unos toneles.

-Es la sal -dijo cuando volvió-. En cuanto hayamos terminado de comer, empezaremos a salar. Tom Platt y mi padre trabajan juntos; ya los oirás discutir. Nosotros somos la segunda tanda: tú, yo, Manuel y Penn, la juventud y her­mosura de a bordo.

-¿Qué me importa eso? Tengo hambre.

-Dentro de un minuto habrán terminado de comer. ¡Sniff! Huele bien hoy. Padre siempre embarca buenos co­cineros que aguanten a su hermano. Ha sido buena pesca la de hoy, ¿eh? -y señaló el depósito lleno de baca­lao hasta arriba-. ¿Qué profundidad habéis tenido, Manuel?

La luna había empezado a rielar sobre las tranquilas aguas cuando los hombres mayores volvieron a popa. El cocinero no necesitó llamar a la segunda tanda. Dan y Manuel bajaron por la escotilla y se sentaron a la mesa antes que Tom Platt, el último y más parsimonioso de los viejos hubiera acabado de limpiarse la boca con la mano. Harvey siguió a Penn y se sentó frente a un plato de fritura de len­guas y vejigas de bacalao, pedazos de carne de cerdo y pata­tas, una hogaza de pan caliente y una taza de café negro y fuerte. Aunque tenían mucha hambre, esperaron, mientras Pennsylvania rezaba. Entonces empezaron a tragar en si­lencio hasta que Dan tomó aliento a poco de sorber su café y le preguntó a Harvey cómo se sentía.

-Bastante lleno, pero creo que todavía me queda sitio para otro trozo.

El cocinero era un tipo enorme, negro como el carbón, que se diferenciaba de los hombres de su raza que Harvey había conocido en que no hablaba, contentándose con sonrisas y movimientos de cabeza, con los que quería invitar a los pescadores a seguir comiendo.

-¿Ves, Harvey? -dijo Dan golpeando con el tenedor sobre la mesa-, es como yo te decía. Los hombres jóvenes y guapos de a bordo, como yo, como tú, Manuel y Pennsy, somos la segunda tanda. Comemos después que han termi­nado los primeros. Son peces viejos, pequeños y arrugados. Por eso se les sirve primero, cosa que no merecen. ¿No es cierto, doctor?

El cocinero inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

-¿Sabe hablar? -preguntó Harvey en voz muy baja.

-Lo bastante para sus necesidades. No es que le oigamos hablar mucho. Su lengua materna es un tanto curiosa. Viene del cabo Breton, donde los granjeros hablan una es­pecie de dialecto escocés de andar por casa. Esa región está llena de gente de color, cuyos antepasados huyeron de los Estados Unidos durante la guerra civil. Todos hablan, como los granjeros de allí, una jerigonza incomprensible.

-Eso no es escocés -dijo Pennsylvania-. Es galés. Por lo menos así lo he leído en un libro.

-Penn lee muchas cosas. La mayor parte de lo que dice es cierto, excepto cuando cuenta la pesca. ¿Eh?

-¿Cree tu padre lo que dicen acerca de la pesca sin contarlo él mismo? -preguntó Harvey.

-Claro. ¿Para qué va a mentir un hombre por unos ba­calaos más o menos?

-Había una vez un hombre que mintió acerca de lo que había pescado -dijo Manuel-. Mentía todos los días. Decía siempre que había pescado cinco, diez, veinticinco peces más de lo que era realmente.

-¿Dónde ocurrió eso? -preguntó Dan-. No era nin­guno de nuestros pescadores.

-Era un francés de Anguille.

-Sí, pero esos franceses nunca cuentan. Es evidente por qué no saben contar. Si algún día te encuentras uno de sus anzuelos blandos, comprenderás la razón, Harvey -dijo Dan con profundo desprecio.
-Siempre más y nunca menos,

cada vez que vamos a salar,
-Long Jack gritó a través de la escotilla, y al oírlo la se­gunda tanda abandonó la mesa inmediatamente.

La sombra de los mástiles y de los aparejos, con la vela que nunca se plegaba, oscilaba de un lado para otro en la cubierta, que se movía suavemente impulsada por las olas, a la luz de la luna. La pila de pescado a popa parecía un cho­rro de plata líquida. Disko Troop y Tom Platt se movían en­tre los barriles de sal. Dan entregó a Harvey una horquilla y lo condujo hasta el otro extremo de la mesa, donde el tío Salters tamborileaba impaciente con el mango del cuchillo. A sus pies tenía un barril con agua salada.

-Con la horquilla pasas el pescado a mi padre y a Tom Platt. Ten cuidado de que ése no te saque un ojo con el cuchillo -dijo Dan, metiéndose en la pila-. Yo pasaré la sal.

Penn y Manuel se encontraban en el depósito, con el pescado hasta las rodillas, manejando el cuchillo. Long Jack, con un canasto a sus pies y las manos enguantadas, se encontraba frente al tío Salters, mientras Harvey observaba la horquilla y el barril.

-¡Ahí va! -gritó Manuel, agachándose para recoger un pescado, agarrándolo con un dedo debajo de una de las agallas y con otro por el ojo. Lo colocó en el extremo de la mesa; brilló la hoja del cuchillo, al hacer un ruido como si desgarrase algo: el pez, abierto de la cabeza a la cola, cayó a los pies de Long Jack.

-¡Ahí va! -gritó éste, haciendo un movimiento con su mano enguantada.

El hígado del bacalao cayó en el canas­to. Otro movimiento y la cabeza y las entrañas del animal salieron volando; el pescado vacío siguió hasta el tío Salters que resoplaba estrepitosamente. Se oyó otro ruido como si desgarrara alguna cosa: la espina voló por encima de las amuras. El pescado, descabezado, limpio y chato, cayó en el barril, haciendo saltar el agua salada en la boca de Harvey, abierta por el asombro. Después del primer grito, los hombres permanecieron en silencio. El bacalao se mo­vía a lo largo de la línea como si estuviera vivo; mucho antes que Harvey hubiera dejado de admirarse de la habilidad ma­nual desplegada, estaba lleno el barril.

-¡Tíramelo! bruñó el tío Salters, sin volver la cabeza, y Harvey empezó a mandar los pescados en grupos de dos y tres por la escotilla.

-¡Eh! Utiliza la horquilla. ¡Tíralos juntos! -gritó Dan-. No los esparzas. El tío Salters es el mejor estibador de la pesca que hay en toda la flota. Fíjate cómo lo hace.

Parecía como si aquel hombrecillo redondo estuviera empeñado en cortar hojas de una revista, tomándose todo el tiempo necesario para ello. El cuerpo de Manuel, un poco inclinado, estaba inmóvil como si fuera una estatua, pero sus largos brazos agarraban el pescado sin detenerse un ins­tante. El pequeño Pennsylvania trabajaba valerosamente, pero era fácil ver que carecía de la resistencia física necesa­ria. Una o dos veces Manuel tuvo tiempo para ayudarlo sin interrumpir el suministro. Otra vez el portugués aulló por haberse quedado prendido entre sus dedos un anzuelo fran­cés. Se fabrican de metal blando para poder darles forma nuevamente, pero a menudo ocurre que el pez se escapa con él y es atrapado después en otra parte. Esta es una de las muchas razones por las que tripulantes de los barcos pesqueros de Gloucester desprecian a los franceses.

Abajo, en la bodega, el ruido que producía la sal al frotársela sobre la carne, que estaba viva pocas horas antes, parecía el zumbido de un molino: melodía de fondo que se agregaba a la de los cuchillos en la mesa, al corte y la caída de las cabezas, los hígados que caían en el barril y las entra­ñas que volaban por encima de las amuras, el ¡craash! del cuchillo del tío Salters quitando las espinas de cuajo y el gol­pe sordo que producían los pescados abiertos cayendo en el barril.

Al cabo de una hora, Harvey hubiera dado todo el oro del mundo por un poco de descanso; el bacalao fresco y hú­medo pesa mucho más que lo que uno se puede imaginar. Le dolía la espalda de pinchar pescado. Pero por primera vez en su vida sintió que era un hombre en un grupo de ellos, dedicados al trabajo, de lo cual se enorgulleció, prosi­guiendo su actividad adustamente.

-¡Cuchiiillo! -gritó finalmente el tío Salters. Penn se encogió, jadeando, y mientras Manuel arreglaba la pila para tener el pescado más cerca de la mano, Long Jack se inclinó sobre las amuras. Silenciosamente, como si fuera una sombra, apareció el cocinero, recogió un montón de espi­nas y cabezas y se fue.

-Colas y cabezas para el desayuno -dijo Long Jack mojándose los labios.

-¡Cuchiiillo! -repitió el tío Salters, blandiendo la he­rramienta plana que utilizan los que estiban el pescado.

-Mira a tus pies, Harvey -gritó Dan.

Harvey vio media docena de cuchillos colocados en una pieza de madera cerca de la escotilla. Los repartió entre los pescadores, colocando en su lugar los que se habían desafilado.

-¡Agua! -gritó Disko Troop.

-El tonel está en la proa y el cazo a un lado. ¡Date pri­sa, Harvey! -exclamó Dan.

Volvió en seguida con un tazón lleno de un líquido ma­rrón que degustaron como si fuera néctar y que aflojó las mandíbulas de Disko y de Tom Platt.

-Esto es bacalao -dijo Disko-. No son higos de Damasco ni lingotes de plata. Te lo he dicho siempre que nos ha tocado navegar juntos.

-Lo que debe haber sido seis o siete veces -respondió Tom Platt secamente-. Una buena estiba es una estiba, sea como sea; hay una manera buena y otra mala de hacerlo. Si tú hubieras visto cuatrocientas toneladas de hierro coloca­das en...

-¡Eh! -gritó Manuel, reanudando su trabajo, sin dete­nerse hasta que el depósito provisional de cubierta quedó completamente vacío. En cuanto el último pescado bajó por la escotilla, Disko se retiró con su hermano. Manuel y Long Jack se dirigieron a proa, y Tom Platt se detuvo sólo el tiem­po suficiente para cerrar la escotilla. Medio minuto más tar­de Harvey oyó profundos ronquidos, mientras observaba extrañado a Dan y Penn.

-Esta vez lo he hecho un poco mejor, Danny -dijo Penn, cuyos párpados se cerraban de puro sueño-. Pero supongo que mi deber es ayudarte a limpiar.

-No lo consentiría por nada del mundo -dijo Dan-. Vete a dormir, Penn. No tienes por qué hacer el trabajo de los grumetes. Harvey, trae un balde de agua. Penn, lleva estos hígados al barril donde los guardamos antes de irte a dormir. ¿Podrás mantenerte despierto el tiempo necesario? ¿Eh?

Penn se llevó el pesado canasto con los hígados de pes­cado y los arrojó en un barril con tapa de bisagras que había junto al castillo de proa, y luego desapareció en seguida del camarote.

Los grumetes tienen que limpiar después de salar, y además, les toca la primera guardia en el We're Here, si hace buen tiempo.

Dan limpió enérgicamente la mesa, la desarmó y la dejó para que se secara; luego limpió los cuchillos ensangrenta­dos con estopa y los afiló en una pequeña muela. Harvey, siguiendo sus instrucciones, arrojaba las espinas y tripas por la borda.

En cuanto cayeron los primeros, un espectro de un co­lor plateado claro se elevó audazmente sobre las aguas aceitosas, produciendo un efecto horrible. Harvey retrocedió gritando, pero Dan se limitó a reírse.

-Orcas -le explicó, pidiendo cabezas de pescado-. Saltan de esa manera cuando tienen hambre. Su aliento apesta como una tumba. ¿Eh?

Llenó el aire un olor horrible a pescado podrido cuando se hundió aquel fantasma, produciendo en el agua burbujas que parecían de aceite.

-¿No habías visto nunca a esos animales? Las verás a centenares antes que termine el viaje. ¡Oye! Es bueno tener otra vez un muchacho nuevo a bordo, Otto era demasiado viejo y además era holandés. Todo el día estábamos pelean­do. No me hubiera preocupado de él si hubiera hablado en cristiano. ¿Tienes sueño?

-Estoy muerto de sueño -dijo Harvey, cayéndose ha­cia adelante.

-No puedes dormirte cuando estás de guardia. Levántate y fíjate si están encendidas las luces de posición. Estás de guardia ahora, Harvey.

-¡Bah! ¿Qué es lo que puede ocurrirnos? La noche está muy clara. Zzzzz.

-Dice padre que es entonces cuando ocurren cosas im­previstas. El buen tiempo induce al sueño, y antes que te des cuenta de ello, un barco de pasajeros te ha cortado en dos. Después, diecisiete caballeros con botones de bronce en el uniforme levantan la mano para jurar y perjurar que tus lu­ces estaban apagadas y que había una niebla muy espesa. Harvey, me caes bien, pero si cabeceas una vez más, voy a despertarte con una soga.

La luna, que hace ver muchas cosas raras en los bancos, iluminó a un joven esbelto con bombachos y jersey rojo que se tambaleaba al correr por el encumbrado puente de un velero de setenta toneladas, mientras otro muchacho corría detrás de él, como si fuera un verdugo blandiendo una cuer­da a la que había hecho varios nudos, bostezando y cayén­dose de sueño.

El azotado timón crujió suavemente, y la vela mayor se movió un poco llevada por la suave brisa; aquella miserable procesión continuó. Harvey protestó, amenazó, rogó y, fi­nalmente, se echó a llorar. Dan, cuyas palabras se le traba­ban en la lengua, habló de la belleza del deber cumplido mientras manejaba la cuerda, dando tantos golpes a los bo­tes como a Harvey. Por último, el reloj de a bordo dio las diez de la mañana. En cuanto sonó la última campanada Penn subió a cubierta. Encontró dos muchachos, desploma­dos uno sobre el otro, al lado de la escotilla principal, tan profundamente dormidos, que tuvo que, literalmente, lle­varlos rodando él mismo a sus respectivos catres.
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