Capítulo I






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Rudyard Kipling

Capitanes intrépidos

Capítulo I


LA gastada puerta abierta del salón de fumar dejaba pa­sar la niebla del Atlántico Norte, mientras el gran barco de pasajeros se hundía y se elevaba, sonando su sirena para avisar a los barquichuelos de la flota de pescadores.

-Ese chico, Cheyne, es la mayor molestia de a bordo -dijo un hombre cerrando la puerta de un portazo-. No lo necesitamos aquí. Es demasiado desvergonzado.

Un alemán de pelo blanco extendió la mano para apo­derarse de un sandwich y farfulló mientras mordía:

-Conozco esa ralea. Abunda en Ameriga. Siempre di­go que deberrían permitir la imporrtación libre de desechos de cuero para correas.

-¡Bah! Realmente, no es un mal muchacho. Merece más que se le compadezca -comentó un neoyorquino arrastrando las palabras mientras estaba echado cuan largo era sobre los almohadones- Desde que era una criatura lo han arrastrado de un hotel a otro. Esta mañana estuve ha­blando con su madre. Es una mujer encantadora, que no cree que pueda manejarlo. Lo llevan a Europa a que termi­ne su educación.

Un señor de Filadelfia, acurrucado en un rincón, co­mentó:

-Su educación no ha empezado aún. Ese muchacho tiene doscientos dólares mensuales para sus gastos. Él me lo ha dicho. Y todavía no ha cumplido dieciséis años.

-Su padrre posee varrias líneas de ferrrocarril, ¿no es así? -preguntó el alemán.

-Sí, y, además, minas, aserraderos y barcos. Tiene una casa en San Diego y otra en Los Ángeles. Posee media docena de líneas de ferrocarril, como también la mitad de los bosques de la costa del Pacífico, y deja que su mujer gas­te el dinero -prosiguió cansino el de Filadelfia-. Parece que el clima del oeste no le conviene. Se pasa la vida viajan­do con su hijo y sus nervios, tratando de averiguar lo que puede divertir a su vástago. Supongo que empieza en Florida, sigue por los Adirondacks, Lakewood, Hot Springs, Nueva York y vuelta a empezar otra vez. La verdad es que el muchacho no parece otra cosa que un empleado de hotel de segunda clase. Cuando vuelva de Europa no habrá quien lo aguante.

-¿Por qué su viejo no se ocupa personalmente de él? -preguntó una voz.

-El padre se ocupa de hacer dinero. Supongo que no querrá que lo molesten. Dentro de unos pocos años adverti­rá su error. Es una lástima, porque, a pesar de todo, el muchacho no es malo en el fondo, si alguien se tomara la mo­lestia de descubrirlo.

-Mit1 un látigo, mit un látigo-gruñó el alemán.

La puerta volvió a abrirse, y entró por ella un muchacho alto y esbelto, de cuya boca colgaba un cigarrillo a medio consumir, y se apoyó en el quicio de la puerta. El color amarillo de su piel no condecía bien con su edad: su mirada era una mezcla de irresolución, atrevimiento y picardía, sin gran capacidad intelectual. Estaba vestido con una chaqueta roja y pantalón corto del mismo color, zapatos para montar en bicicleta y una gorra de ciclista echada hacia atrás. Después de silbar entre dientes al observar la compañía, dijo con una voz ruidosa y de timbre muy alto:

-¡Vaya, qué niebla espesa hay! Se oye continuamente a los botes de los pescadores aullando a nuestro alrededor. ¿No sería genial que chocáramos con uno?

-Cierra la puerta, Harvey -dijo el neoyorquino-. Cierra la puerta y quédate afuera. No te necesitamos aquí. -¿Quién me impedirá quedarme? -repuso con toda intención-. ¿Pagó usted mi pasaje, señor Martin? Creo que tengo tanto derecho a quedarme como el que más. Recogió unos dados que había en un tablero de damas y empezó a pasárselos de la mano derecha a la izquierda. -Señores, esto es un rollo. ¿No podríamos echar una partida de póquer?

Nadie le respondió. Echó una bocanada de humo y tamborileó sobre la mesa con unos dedos bastante sucios. Después extrajo un fajo de billetes del bolsillo, como si fuera a contarlos.

-¿Cómo está tu madre hoy? -preguntó uno de los presentes-. No la vi durante el desayuno.

-Supongo que estará en su camarote. Casi siempre se marea. Le voy a dar quince dólares a la camarera para que la cuide. No bajo al camarote sino cuando es estrictamente necesario. Siento algo raro cuando paso por el antecomedor. Bueno, esta es la primera vez que cruzo el Atlántico.

-No te disculpes, Harvey.

-¿Quién pide disculpas? Esta es la primera vez que me embarco, y excepto el primer día no me he sentido enfer­mo. No, señor.

Golpeó la mesa con el puño dirigiendo a su alrededor una mirada triunfante y se mojó el dedo prosiguiendo el re­cuento de billetes.

-Bueno, se ve que eres un hombre de primera clase. Eso se ve en seguida -dijo el de Filadelfia con un bostezo-. Llegarás a ser una de las personalidades notables de este país, si alguien no te lo impide.

-Ya lo sé. Soy norteamericano, en primer, en segundo, en último y en todos los lugares. Ya se lo demostraré cuan­do lleguemos a Europa. ¡Uff! Se me ha acabado el cigarrillo.No puedo fumar esos fideos venenosos que vende el cama­rero. ¿Tiene alguno de ustedes un cigarrillo turco legítimo? En aquel momento entró el jefe de máquinas, rojo, son­riente y húmedo.

-¡Eh!, Mac -gritó Harvey entusiasmado-. ¿A qué velocidad vamos?

-Más o menos, a la misma de siempre -replicó se­riamente-. Los jóvenes son tan corteses como siempre al tratar con los que tienen más edad que ellos, y éstos se es­meran siempre en apreciar esa cortesía.

Desde un rincón se oyó una suave carcajada. El alemán abrió su cigarrera y ofreció a Harvey un cigarro largo de ta­baco muy oscuro.

-Esto es lo mejorr parra fumarr, joven amigo mío. ¿Quierres probarlo? Te sentirrás mejor que nunca -dijo el alemán.

Harvey encendió aquella cosa desagradable con una sonrisa, sintiendo que empezaba a avanzar en la sociedad de los adultos.

-Haría falta algo más fuerte que esto para tumbarme -comentó Harvey, que ignoraba lo que encendía.

-Eso lo verremos en seguida -dijo el alemán-. ¿Dónde nos encontramos ahora, señor Mactonal?

-Nos encontramos por aquí, más o menos, señor Shaefer -terció el ingeniero-. Estaremos en el gran banco esta noche, pero, hablando en general, nos encontraremos ya entre los barcos pesqueros. Desde el mediodía he­mos atropellado tres botes y hundido un barco francés, lo que me parece bastante, si ustedes no piensan otra cosa.

-¿Le gusta mi purro, eh? -preguntó el alemán al ver los ojos de Harvey llenos de lágrimas.

-Bien, pleno sabor -respondió el muchacho entre dientes-. Parece que hubiéramos disminuido la velocidad. Creo que voy a salir a cubierta y a fijarme en el mapa para saber la distancia.

-Yo harría lo mismo si estuvierra en su lugar -dijo el alemán.
Harvey se arrastró sobre el puente húmedo hasta la ba­randilla más próxima. Se sentía muy desgraciado; vio al ca­marero de cubierta que recogía las hamacas, y puesto que se había jactado ante él de no marearse nunca, su amor propio le indujo a dirigirse al puente de segunda clase, a la popa, que terminaba como el caparazón de una tortuga, y que se encontraba desierto. Se arrastró hasta el extremo, donde se erguía el mástil del pabellón. Allí se retorció en una verdadera agonía, pues el cigarro se confabulaba con las vibraciones de la hélice que parecían torturar su alma. Sentía que su cabeza iba a estallar; chispas de fuego baila­ban delante de sus ojos; como si su cuerpo perdiera peso y sus talones flotaran en la brisa. El mareo le provocó un des­mayo: un movimiento del barco le arrojó por encima de la barandilla sobre la cubierta en forma de caparazón de tortu­ga. Entonces, una ola grande y gris que emergió de las sombras, por decirlo así, tomó a Harvey por un brazo y lo arrastró lejos del barco: el gran desierto verde se cerró so­bre él, mientras caía en un profundo sueño. Le despertó el sonido de un cuerno, que le recordó el que llamaba a la co­mida en una colonia de vacaciones en los Adirondacks, donde había pasado algún tiempo. Lentamente empezó a recordar que era Harvey Cheyne, y que se había ahogado en medio del océano, pero se encontraba demasiado débil como para relacionar una cosa con otra. Un olor nuevo lle­nó sus narices; por sus espaldas sentía correr un frío húme­do: estaba completamente empapado como en agua sala­da. Cuando abrió los ojos, comprendió que se encontraba en la cima del mar, que corría debajo de él en colinas de pla­ta. Se encontraba echado sobre un montón de pescado, mirando fijamente unas anchas espaldas, envueltas en un jersey azul.

-Todo ha acabado para mí -pensó el muchacho-; estoy muerto, y este es el encargado de llevarme.

Suspiró y la figura volvió la cabeza, mostrando un par de pequeños anillos de oro, semiocultos por un crespo pelo negro.

-¡Ah! ¿Te encuentras mejor ahora? -dijo-. Sigue así, echado, flotamos mejor de esa manera.

Con un movimiento rápido de los remos llevó el bote a un mar sin espuma, donde se elevó hasta una altura de más de cinco metros, sólo para caer en un profundo pozo vidrioso. Pero esas hazañas de alpinismo no interrumpieron la charla de la figura del jersey azul.

-Menos mal que te he pescado. ¡Eh! ¿Qué? Aunque mucho mejor que tu barco no me pescara a mí. ¿Cómo te caíste?

-Estaba enfermo -dijo Harvey- y no pude evitarlo.

-Hice sonar mi cuerno justo a tiempo. Tu barco giró un poco. Entonces te vi caer. ¡Eh! ¿Qué? Creí que la héli­ce iba a hacerte pedazos, pero flotaste, flotabas hacia mí. Te pesqué como a un gran pez. Por esta vez, no te toca morir.

-¿Dónde estoy? -dijo Harvey, que no podía com­prender que se hubiera salvado, mientras permanecía en la embarcación.

-Estás conmigo en un bote. Me llamo Manuel. Soy del velero We're Here, de Gloucester. Vivo en Gloucester. Pronto nos darán de comer. ¡Eh! ¿Qué?

Parecía tener dos pares de manos y una cabeza de hie­rro fundido, pues no contento con soplar por una caracola, lo hacía de pie, mientras gobernaba el bote al mismo tiempo, y lanzaba un sonido terrible a través de la niebla. Harvey no pudo recordar ya que estaba echado, aterrorizado por los jirones de niebla. Le pareció oír un cañón, un cuerno y gritos. Algo más grande que el bote, pero que parecía tener la misma vivacidad de movimientos, se colocó al lado de ellos. Varias voces hablaron al mismo tiempo: le dejaron caer en un agujero oscuro, donde unos hombres vestidos con impermeables le dieron a beber algo caliente, le desnu­daron y le acostaron. En seguida se quedó dormido.

Cuando se despertó escuchó la campana del vapor lla­mando para el desayuno, extrañándose de que su camarote hubiera disminuido de tamaño. Al volver la cabeza vio lo que parecía ser una cueva triangular y estrecha, alumbrada por una lámpara que colgaba de una gran viga. Una mesa de la misma forma, al alcance de su mano, se extendía des­de la proa hasta uno de los mástiles. En el otro extremo de aquel recinto, detrás de una vieja estufa Plymouth estaba sentado un muchacho de casi su misma edad, de cara ancha y rojiza, y un par de traviesos ojos grises. Estaba vestido con un jersey azul y llevaba altas botas de goma. En el suelo se encontraban varios pares de la misma clase de calzado, una gorra vieja y algunos pares de gastados calcetines de lana. De los catres colgaban varios trajes de tela impermeable, negros y amarillos. El lugar estaba tan lleno de olores como un fardo lleno de algodón. Los trajes de hule despedían un olor tan denso que formaba una especie de fondo a otros, como el de pescado frito, la grasa quemada, la pintura, la pimienta y el humo del tabaco, aunque todos ellos queda­ban encerrados en un olor a alquitrán y agua salada. Harvey observó con disgusto que su cama no tenía sábanas. Yacía sobre algo formado por pedazos sucios de tela para colcho­nes. Además, el movimiento de la embarcación no era el propio de un vapor. Ni se deslizaba ni cabeceaba, sino que oscilaba hacia todos lados de una manera tonta y sin ningu­na dirección como un potrillo atado a un cabestro. Hasta sus oídos llegaba el ruido del agua; el maderamen crujía y aullaba alrededor de él. Todas estas cosas hicieron que sus­pirara con desesperación y que se acordara de su madre.

-¿Te sientes mejor? -preguntó el muchacho hacien­do gestos-; ¿quieres tomar un poco de café?

Le trajo una taza llena y le agregó melaza para endul­zarlo.

-¿No hay leche? -preguntó Harvey, echando una mi­rada alrededor de todas las camas, como si esperara que allí hubiera una vaca.

-¡Qué va! -dijo el muchacho-. Tampoco es proba­ble que la probemos hasta mediados de septiembre. El café no es malo. Lo hice yo.

Harvey lo tomó sin decir una palabra; después el muchacho le entregó un plato lleno de trozos de carne de cer­do, que Harvey devoró furiosamente.

-He puesto a secar tu ropa. Creo que ha encogido un poco -dijo el muchacho-. No es como la que utilizamos por aquí. Levántate a ver si te has hecho alguna herida.

Harvey así lo hizo, pero no pudo decir que tuviera algo roto.

-Está bien -dijo el chico de todo corazón-. Vístete y vete a cubierta. Mi padre quiere verte. Me llaman Dan. Ayudo al cocinero y hago a bordo todo lo que los hombres consideran mu sucio para un adulto. No hay otro grumete a bordo desde que Otto se cayó por la borda. Era holandés y sólo tenía veinte años. ¿Cómo pudiste caerte con aquella calma chicha?

-No estaba tan calmado -dijo Harvey secamente-. Era una verdadera tormenta y yo estaba mareado. Supongo que debí caerme por la barandilla en la que me apoyaba.

-Hubo un poco de marejadilla ayer y anoche -dijo el muchacho-. Pero si crees que eso era una tormenta... -silbó asombrado-, espera a que termine este viaje. Pero aligera. Padre te está esperando.

Como muchos otros desdichados jóvenes, Harvey nun­ca en su vida había recibido una orden escueta, nunca, por lo menos, sin una larga y a veces lacrimosa explicación de las ventajas de la obediencia y de las razones de lo que se le pedía. La señora Cheyne vivía en un temor perpetuo de acobardarlo, lo que tal vez fuese la razón de que ella misma estuviera continuamente al borde de un ataque de nervios. Harvey no podía comprender por qué había de apresurarse a satisfacer los deseos de otro hombre y así lo manifestó abiertamente.

-Que baje tu padre, si tiene tantas ganas de hablar conmigo. Necesito que me lleve a Nueva York inmediatamente. Se lo pagaré.

Dan abrió los ojos como platos en cuanto comprendió la magnitud y osadía de aquella broma.

-Eh, padre -gritó por la escotilla-, dice que usted puede bajar aquí, si tiene tantas ganas de hablar con él. ¿Ma oído?

La respuesta vino en la voz más profunda que Harvey hubiera oído jamás salir de una garganta humana:

-Déjate de tonterías, Dan; tráelo aquí.

Conteniendo la risa, Dan arrojó a Harvey sus zapatos de ciclista, que habían perdido su forma. En el tono de aquella voz que venía de cubierta había algo que desarmaba la reconcentrada rabia de Harvey, que se consolaba a sí mis­mo, pensando que hablaría poco a poco de su fortuna y de la de su padre, durante el largo viaje hasta Nueva York. Ciertamente, su salvación le convertiría en un héroe entre sus compañeros. Subió a cubierta por una escalera comple­tamente vertical y se abrió camino hasta la popa, donde un hombre de estatura mediana, ancho de espaldas y cuidado­samente afeitado, estaba sentado en uno de los peldaños de una escalera que conducía a babor. Ya no soplaba el viento; el mar parecía una balsa de aceite, distinguiéndose en el ho­rizonte el velamen de una docena de embarcaciones de pes­ca. Entre ellas se veían pequeñas manchas negras: los botes de los pescadores. La embarcación, con una vela triangular en el palo mayor, oscilaba alrededor del ancla; excepto un marinero en el castillo2, que ellos llaman casa, no parecía haber nadie a bordo.

-Buenos días, mejor dicho, buenas tardes. Has dormi­do todo lo que da el reloj, jovencito -fue el saludo.

-Buenos días -dijo Harvey. No le agradó que le lla­masen jovencito. Por haberse salvado de morir ahogado esperaba más simpatía. Su madre se sentía morir cuando veía que se mojaba los pies, pero este marinero no parecía exci­tarse mucho por ello.

-Venga, cuéntanos tu historia. Ante todo, ha sido pro­videncial para todos. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? Algunos, con mu mala intención, sospechan que de Nueva York. ¿Adónde te dirigías? Claro, nos da la espina que a Europa.

Harvey dijo su nombre, así como el del vapor, y contó brevemente la historia del accidente, terminando por pedir que se le llevara inmediatamente a Nueva York, donde su padre pagaría cualquier cantidad que se pidiera.

-¡Hum! -dijo el hombre recién afeitado, sin dejarse impresionar por el final del discurso de Harvey-. No puedo decir que tengamos una idea mu favorable de un hombre, o incluso de un muchacho, que se cae de un peaso vapor du­rante una calma chicha. Y muchísimo menos cuando se dis­culpa diciendo que estaba mareado.

-No es ninguna disculpa -gritó Harvey-. ¿Cree us­ted que he venido a parar a este sucio velero porque me di­vierte?

-Como no estoy enterado de la clase de diversiones que te gustan, jovencito, no puedo decir eso. Pero si estu­viera en tu lugar, no hablaría mal del velero que la Providencia eligió para salvarte. En primer lugar, es un ver­dadero pecado. En segundo lugar, me ofende. Soy Disko Troop, del We're Here, de Gloucester, cosa que pareces ig­norar.

-No lo sé y no me importa -dijo Harvey-. Agra­dezco que me hayan salvado y todo lo demás, como es na­tural. Pero quiero que usted entienda que cuanto más pronto me lleve a Nueva York, tanto mejor se le recompen­sará.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Troop levantando una de las espesas cejas, que protegía un ojo de mirada azul suave, pero desconfiada.

-Dólares y centavos -dijo Harvey, encantado, cre­yendo que iba a impresionarle definitivamente-. Pago al contado -metió la mano en uno de los bolsillos y sacó la tripa, lo que era su manera de mostrarse magnánimo-. Ha tenido el mejor día de su vida cuando me sacó del agua. Soy hijo único de Harvey Cheyne.

-Suerte pa él -dijo Disko secamente.

-Si usted no sabe quién es Harvey Cheyne, ignora us­ted muchas cosas. Bueno, que cambien de rumbo y que se den prisa.

Harvey creía que gran parte de la población de los Estados Unidos discutía y envidiaba la fortuna de su padre.

-Puede ser que lo conozca. O puede que no. Amaina, jovencito. Tienes la panza llena de mis provisiones.

Harvey oyó una risita burlona de Dan, mientras aparen­taba estar muy ocupado con una vela, cerca de la popa. Se puso rojo de indignación.

-Le pagaremos eso también -dijo-. ¿Cuándo cree usted que estaremos en Nueva York?

-Nunca toco el puerto de Nueva York. Tampoco Boston. Veremos Eastern Point alrededor de septiembre. En cuanto a tu padre, lamento no haber oído hablar de él; es posible que me de diez dólares, después de todo lo que me cuentas. Aunque, naturalmente, es probable que tam­poco lo haga.

-¡Diez dólares! Oiga usted. Yo... -Harvey metió la mano en el bolsillo, buscando el fajo de billetes. Todo lo que sacó fue un paquete de cigarrillos, casi deshechos por la hu­medad.

-Eso no es moneda de curso legal y además es malo para los pulmones. Tíralos por la borda, chico, y hazme otro juego de manos.

-¡Me han robado! -gritó Harvey profundamente eno­jado.

-Según eso, ¿tendrás que esperar hasta que encuen­tres a tu padre para pagarme?

-Ciento treinta y cuatro dólares... me los han robado -dijo Harvey, revisando afanosamente los bolsillos-. Que me los devuelvan.

Un curioso cambio se operó en la cara de inmóviles ras­gos del viejo Troop.

-¿Cómo podías tener, a tu edad, ciento treinta y cuatro dólares en los bolsillos, jovencito?

-Era parte del dinero para mis gastos del mes –dijo Harvey, creyendo que eso sería un golpe definitivo de efec­to, lo que ocurrió... indirectamente.

-¡Oh! ¿Así que ciento treinta y cuatro dólares son par­te del dinero para tus gastos mensuales? ¿No recuerdas ha­berte golpeado la cabeza contra algo duro? ¿Por ejemplo, contra uno de los soportes de la barandilla? El viejo Hasken, del East Wind -Troop parecía estar hablando solo-, al salir por una de las escotillas, se fue de cabeza contra el palo mayor. Tres semanas más tarde juraba y perjuraba que el East Wind era un barco de guerra con patente de corso, y declaró la guerra a la isla Sable, por ser posesión del rey de Inglaterra, basándose en que las rompientes se internaban mucho mar adentro. Lo cosieron en un saco de dormir, del que sólo asomaban los pies y la cabeza. Así pasó todo el res­to del viaje. Ahora está en Essex, jugando con muñecas de trapo.

Harvey rechinó los dientes de rabia, mientras Troop se­guía su perorata, como si tratara de consolarlo:

-Lo sentimos mucho por ti, nos das mucha pena. Tan joven como eres. Creo que vale más que no hablemos del dinero.

-¡Claro está, porque ustedes me lo robaron!

-Te está bien empleado. Nosotros te lo robamos, si eso te sirve de consuelo. Ahora, hablemos del viaje de re­greso. Suponiendo que pudiéramos hacerlo, que no podemos, no estás en situación de volver a tu casa, y en cuanto a nosotros, acabamos de llegar al banco para ganarnos el pan. Nosotros no vemos ni la mitad de cien dólares al mes, y muchísimo menos para gastos particulares. Si tenemos buena suerte, estaremos otra vez en casa alrededor de la primera semana de septiembre.

-Pero, pero... ahora estamos en mayo. Yo no puedo estar aquí sin hacer nada, sólo porque usted necesita pescar. Le digo que eso es imposible.

-Mu cierto y mu justo. Mu justo y mu cierto. Nadie pretende que pases ese tiempo sin hacer nada. Hay muchas cosas que tú puedes hacer, puesto que Otto se cayó por la borda en Le Have. Sospecho que no pudo agarrarse bien durante una tormenta que nos sorprendió por allí. De todas maneras, nunca regresó para negarlo. Apareciste, como llovido del cielo, lo que es muy interesante para todos noso­tros. Me parece, sin embargo, que hay muy pocas cosas que no puedas hacer. ¿No es así?

-Puedo hacer que usted y su tripulación lamenten esto en cuanto lleguemos a puerto -dijo Harvey con malísima intención, murmurando vagas referencias acerca de los castigos que esperan a los que se dedican a la piratería, ante lo cual Troop casi sonrió.

-Excepto hablar. Eso sí que sabes hacerlo. A bordo del We're Here nadie te pide que hables más de lo que tú mis­mo tengas ganas. Abre los ojos y ayuda a Dan a hacer lo que se le mande y todo lo demás, y te daré, ya sé que no lo vales, diez dólares y medio por mes, pagaderos al final del viaje. En total serán treinta y cinco dólares. Un poco de tra­bajo te despejará la cabeza. Mientras tanto, puedes contar­nos todo acerca de tu papá, tu mamá y tu dinero.

-Ella está a bordo del vapor -dijo Harvey, cuyos ojos se llenaron de lágrimas-. Lléveme en seguida a Nueva York.

-¡Pobre mujer! ¡Pobre mujer! Sin embargo, cuando es­tés de nuevo con ella, olvidará todo esto. Somos ocho hom­bres a bordo del We're Here. Si volviéramos ahora, serían más de mil quinientos kilómetros, perderíamos la tempora­da de pesca. La tripulación no lo consentiría, aunque yo es­tuviera dispuesto a hacerlo.

-Pero mi padre compensará esas pérdidas.

-Lo intentará. No dudo que lo intentará -dijo Troop-, pero la pesca de toda la estación es el pan de ocho hombres. Y tú estarás más saludable cuando te reúnas con tu padre en otoño. Vete a proa y ayuda a Dan. Como ya te he dicho, recibirás diez dólares y medio, naturalmente, como el resto de la tripulación, al final del viaje.

-¿Quiere usted decir que tendré que limpiar cazos y platos y todas esas cosas? -preguntó Harvey.

-Eso y muchas otras cosas más. No tienes derecho a quejarte, jovencito.

-¡No lo haré! -gritó Harvey, golpeando furiosamente la cubierta con el pie-. Mi padre le dará a usted diez veces lo que vale este sucio cajón de pescado, si usted me lleva, sano y salvo, a Nueva York. Además, usted ya tiene ciento treinta y cuatro dólares míos a cuenta.

-¿Quééé? -preguntó Troop, cuyos duros rasgos fiso­nómicos se ensombrecieron.

-¿Que cómo? Lo sabe muy bien. Además, pretende usted que yo haga trabajos serviles -Harvey estaba muy or­gulloso de emplear el adjetivo tan adecuadamente-. ¡Y hasta el fin del viaje! Le digo a usted que no lo haré. ¿Me en­tiende usted?

Troop observó sumamente interesado el extremo del palo mayor, mientras Harvey, dando vueltas alrededor de él, pronunciaba su arenga.

-¡Calla! -dijo finalmente-, intento ver mi responsa­bilidad en este asunto. Es una cuestión de buen juicio.

Dan se acercó ocultamente y asió a Harvey por el codo.

-No sigas metiéndote con mi padre de ese modo -rogó a Harvey-. Le has llamado dos o tres veces ladrón y él no es hombre que aguante eso de nadie.

-¡No lo haré! -exclamó Harvey casi a gritos, sin preo­cuparse de los consejos de Dan, mientras Troop meditaba todavía.

-Tu actitud no es agradable -dijo finalmente, bajando la vista hasta donde se encontraba Harvey-. No te lo re­procho lo más mínimo, jovencito, así como tampoco tú me lo reprocharás a mí, cuando se te haya pasado ese ataque de bilis. ¿Entiendes bien lo que te digo? Diez dólares y me­dio por mes como segundo grumete a bordo del velero, pa­gaderos al fin de la estación, por enseñarte y por recuperar tu salud. ¿Sí o no?

-¡No! -gritó Harvey-. Lléveme de vuelta a Nueva York o le demostraré...

Nunca recordó exactamente lo que ocurrió después.

Estaba tirado al lado de la borda, agarrándose la nariz, que sangraba, mientras Troop le contemplaba serenamente.

-Dan -dijo a su hijo-, la primera vez que vi a este jo­vencito no me gustó nada: cosas que se deben a los juicios apresurados. Nunca te dejes llevar por un juicio apresurado. Lo siento por él, pues veo que está mal de la cabeza. No es responsable de los calificativos que me ha aplicado, así como de sus otras afirmaciones, ni tampoco de arrojarse por la borda, pues ahora estoy convencido de que se tiró él mismo. Sé bueno con él, Dan, o te daré a ti el doble de lo que le he dado a él. Los coscorrones aclaran la mente. ¡Deja que él mismo se quite todo eso de la cabeza!

Troop se dirigió solemnemente al castillo, donde des­cansaban él y sus hombres, dejando a Dan que consolara a aquel desdichado heredero de treinta millones de dolares.
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