La literatura es otro abordaje terapéutico






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Marcus el farmacéutico


A sus 28 años, Marcus se acababa de graduar de Contador Público. Desempleado, rockero trasnochador, en las noches escuchaba música de protesta de Óscar Chávez. Algunos decían que estaba medio loco, pero lo único de chiflado era su platillo favorito: pollo loco; por lo demás Marcus era un tipo con una sensibilidad social.
Último hijo de Tomás Alanís (finado) y de Gabriela Garcílazo. Doña Gaby, de 63 años, padecía de Diabetes Mellitus tipo 2, Hipertensión Arterial y depresión. Tomaba Glibenclamida, Captopril y Prozac, y siempre se quejaba de la falta de iniciativa de Marcus para buscar trabajo en vez de ver la tele o entretenerse con su guitarra todo el día. Él contestaba que nomás estaba descansando de tanta escuela, que ya lo habían recomendado en varios lugares. Pero a Marcus lo movía el rock, y su madre lo seguía alimentando y hospedando. “Al cabo que nunca llega borracho” decía, mientras volteaba a contemplar el retrato de su Tomás, que se oscureció de pronto, como enojado.
Marcus no resintió la muerte de su padre: la esperaba. Sabía que en el Hospital Monterrey, como en muchos otros, la medicina era cara y cuando faltaban fondos los médicos usaban dosis bajas o diluidas. Eso explicaba la muerte repentina de su padre, en cuya memoria un buen día salió finalmente a buscar chamba. Encontró una vacante de conductor en la línea dos del Metro. Al principio de la capacitación, su instructor Rogelio Ambrosio, “La Carabina”, le había parecido un tipo seco; pero dos horas después intercambiaron teléfonos y horarios. Además intimaron y encontraron que coincidían en gustos: que si el rock o el vallenato, Maribel Guardia o Lorena Herrera, la Tecate o la Corona, que si tigres o rayados. Después del historial de table dances que habían visitado, Rogelio le advirtió sobre las maniobras en las estaciones del metro: “si vas muy rápido, te pasas; si vas muy lento, no llegas.” Marcus, profundo en sus elucubraciones, se había quedado en las anécdotas nocturnas y pensaba en una enfermedad por masturbarse tanto en los bares. “Si vas muy lento no llegas”, murmuró Marcus. Cuando Rogelio vio su mirada perdida, pensó: “Este wey está bien wey”.
Marcus sólo duró dos días en ese trabajo, ambos un martirio. El primero se la pasó sufriendo por la música instrumental que ambienta a los pasajeros; el segundo fue regañado, detenido en la comandancia, suelto a las dos horas y luego despedido por su jefe cuando se enteró que cambió la música por versiones de rock pesado, pasado de moda, y en decibeles muy altos. Los pasajeros no se quejaron por el volumen, sino por el lenguaje que esa música “del demonio” contenía en sus letras. De regreso de la delegación, y recién despedido de la oficina del gerente, Rogelio le decía a Marcus ¡Apenas nos estábamos conociendo! Marcus sólo dijo Pos ni modo, me corrieron, pero acordaron visitar un teibol Un día de estos… Cuando Marcus cerró la puerta, Rogelio volvió a pensar: Ni madres; se me va a pegar lo wey.
Elizandro Arenas, reportero del diario “Jornadas de Monterrey”, fue el único miembro de la prensa que logró entrevistar algunos de los usuarios afectados. Entre ellos Doña Zenonita, de 87 años, quien tuvo que ser atendida por el servicio médico por sufrir un ataque de histeria. La noticia, publicada en la Local al día siguiente bajo el título “Rockanrol en el metro afecta a usuarios” mostraba en su única fotografía a una señora forcejeando, red del mandado bajo el brazo. En el pie de página se leía: “Se oyeron voces horribles. Y como íbamos bien recio, yo pensé que el diablo nos iba a llevar y me puse a rezar hasta que el metro se paró de pronto, y nos caímos todos.” En su artículo, Arenas hizo un llamado a las autoridades para controlar la música y el volumen dentro del transporte público regiomontano, y luego continuó con una nota sobre las preferencias colombianas de los camioneros.
El problema llegó hasta la madre de Marcus, quien reprendió la falta de sensibilidad de su hijo: necesitaban dinero para las medicinas que otra vez habían aumentado de precio.
En la noche, Marcus escuchó en el noticiero que los medicamentos eran más caras en México que en otros países. Le cambió a un canal donde había chicas alegres: se sació y durmió. Quizás abrumado por el regaño de su madre, Marcus soñó esa noche con un supositorio gigante que lo acosaba. En plena madrugada se despertó sobresaltado, sudando frío. Luego recordó a las chicas alegres y se tranquilizó, pero de ese mensaje del más allá pondría manos a la obra más acá.
La mañana siguiente, sábado, Marcus compuso una canción sobre las medicinas y su precio. Para inspirarse, escuchó coplas de protesta de videos del Youtube: pasó por marchas de la ONU, trova de Rockrigo González, y hasta los corridos de la Sección Sindical 50 de maestros. Desde que empezó a escribirla una idea crecía en su cabeza: la canción era poderosa. Concluyó que esta rola había nacido para protestar en los bajos del Hospital Monterrey, en donde los representantes médicos se reunían todas las mañanas para planear su estrategia mercantil y su abordaje a los médicos. Terminó la canción e ideó un plan: el día perfecto era el martes de mercado, cuando su madre surtía la despensa en Soriana. Así podría salir con sus bocinas libremente. Su estrategia no podía ser mejor: debido a la escasa vigilancia de la consulta externa del hospital, no tendría problemas con instalar sus amplificadores, y sin previo aviso, entonar su “Oda a la Medicina Carina”.
De acuerdo al plan, se conectó bajo un árbol frente a la consulta externa del Hospital Monterrey, y empezó a tocar. Llamó la atención apenas de unos cuantos. Llevaba gafas oscuras para mirar con libertad a los peatones. Luego de la introducción de cuerdas, en el primer respiro le aventaron una moneda.
Volvió a empezar. Los acordes sencillos, bien ensayados, cíclicos, Marcus le rascaba a su guitarra y su cabellera larga hacía “eses” y “zetas” en el viento. Al principio cantó la rola bajito y con temor, pero para la mitad de la segunda estrofa, su voz se hizo tan firme como su voluntad:
Y es que las pinches medicinas

están súper carinas

si no tienes no te alivias

te vas a la jodida…
El ambiente tenso entre sus hombros ante el final de la canción, la confusión de los peatones, hicieron que Marcus probara si lograba, en esa segunda ocasión, penetrar en las mentes con su mensaje de protesta. Haciendo una redondilla simple, volvió a empezar la canción.
El ciclo se repitió. Sutil, la gente se reunió primero murmurando y luego coreando en tono alegre, agitando sus cabezas.
Cuando el número y volumen de las personas congregadas se elevó de manera exponencial se acercaron los vigilantes, pero pronto repararon en que era tarde: la gente seguía llegando, mientras Marcus reiniciaba la canción. El caos empezó a sembrarse y ser preocupante: los transeúntes reunidos por la melodía parecían hipnotizados por el ritmo y agitaban sus cabezas, reclamaban lo que a todos afectaba: lo caro de las medicinas. Los camiones pasaban lentos, el calor ya no era el principal distractor: Monterrey estaba raro.
Para la media hora, la protesta se convirtió en plantón en las afueras del Hospital Monterrey. Llegó la prensa, atraída por la multitud que crecía. De inmediato mandaron sus imágenes al aire, y en los canales de televisión locales se interrumpieron los espectáculos de media mañana. En su casa, Doña Gaby observó cómo fue interrumpido un comercial de Soriana: escuchó que Elizandro Arenas, ahora titular del noticiero televisivo, aferrado al auricular como si hiciera mucho viento, reportó una aparente huelga del Hospital. Doña Gaby se dirigió al retrato: Mira Tomás, hasta en el hospital te extrañan, pensó. El retrato de Don Tomás subió sus ojos y uno adivinó que, desde el más allá, dijo algo como que su vieja nunca cambió. No lo podemos saber: Tomás Alanís está muerto.
Mientras ocurría esta discusión casera, en el Hospital Monterrey coreaban todos los fragmentos de la canción. Entre los reunidos se contaban muchos familiares de pacientes, algunos rancheros y otros de la ciudad; también había pacientes que se salieron de urgencias, algunos aún con la bata de internamiento o vendados de la cabeza, de un pie o un brazo. Entonces llegaron estudiantes de medicina y los voluntarios del coro de la misa del medio día de la capilla del Hospital, y les hicieron segunda: a la guitarra de Marcus se le unieron un pandero, dos guitarras y una flauta.
Ante el alboroto, los programas de radio interrumpieron sus transmisiones para avisar: llegaron camionetas de los medios de comunicación locales y mandaron al aire la canción, mientras repartían calcomanías promocionales. Los coches pasaban haciendo sonar sus bocinas siguiendo el ritmo pegajoso de la melodía de protesta, fácil de aprenderse.
Las estaciones de radio grabaron el material sonoro y lo repetían una y otra vez en sus espacios en vivo, mientras Marcus seguía cantando ahora acompañado también por la rondalla de la Facultad de Medicina, un grupo de hippies perdidos y otro más de voluntarios de organizaciones no gubernamentales que aprovecharon para repartir condones y volantes.
Ante la insistencia de no desalojar la zona a menos que la canción fuera seriamente escuchada por los representantes de laboratorios, que estaban encerrados dentro del mar de gente, todos seguían la guitarra de Marcus.
La tarde avanzaba, y en todo Monterrey y su área metropolitana pesaba cada vez más el denso efecto de la copla. Los noticieros principales de la televisión y el radio abrieron sus titulares con reporteros en el área de conflicto. Hubo un momento en que, por las transmisiones en vivo, todo Monterrey cantaba la rola.
Se escuchó en tiendas departamentales, bancos, oficinas y restaurantes de Cabrito. Se oyó en camionetas, en los audífonos del Metro, en el Tecnológico, en la del Valle, en la Independencia y hasta en la misa de la Catedral, porque hizo interferencia con el micrófono. Todos los regios cantaban al mismo tiempo la canción. Se escuchaba entonarse con el viento, resonaba en la paloma del museo MARCO y en las montañas. Hubo algunos que se aventuraron a decir que la melodía de protesta se podía escuchar desde la punta del pico norte del Cerro de la Silla. Monterrey cantó como en sus mejores tiempos pitó el silbato de cambio de turno de la Fundidora, que se escuchaba hasta la Huasteca. Así cantó Monterrey.
El canto se entonaba por Monterrey con estruendo, y en la ocasión número 97, al llevar tres párrafos completos cantados, y ya casi al final, Marcus pensó tomarse un descansito al terminar el último verso. Cuando la canción finalizaría nuevamente con la frase “he dicho yo”, se decidió: dejar las cuerdas para exhortar a sus colegas a una porra.
Venía ya la última estrofa. Me voy a aliviar con unas frías. Todo iba viento en popa para terminar la canción que todo Monterrey cantaba. Todo iba viento en popa hasta que....
¡¡pooiiinggggggg!!
Se rompió una cuerda. Marcus no supo qué hacer. La gente, excitada, lo invitó a seguir tocando: los panderos se agitaron, las flautas chiflaron hervorosas: reinició la melodía. Marcus tomó su guitarra y, cabizbajo, se le antojó colarse entre la gente, que ni cuenta se dio de su escape. A la media cuadra de haber salido, de pronto los gritos se aplacaron: los músicos suplentes no se la aprendieron por completo, y la gente empezó a disolverse, desconcertada, y el Hospital Monterrey se llenó entonces de policías que espantaron y regresaron a sus lugares a todo mundo. Marcus alcanzó a tomar su amplificador y huyó.
Al llegar a casa su madre dormía. Ya era la noche del martes, y como ésa, pasaron muchas noches de martes. El tiempo pasó. Doña Gaby no lo reconoció como ese alborotador de la guitarra en el Hospital. Lo seguía invitando a que buscara jale. Iba de una chamba a otra. Hizo entrevistas, pero no lograba mantener un empleo por más de dos semanas. Uno de sus entrevistadores lo reconoció por la melena: ¡Usted es el de la guitarra de la cancioncilla esa del Hospital! Marcus se paró y se fue.
Una vez en un teibol, se topó con Rogelio, el del metro: “¿Qué pasó muchacho? Me contaron que eras cantante”. Marcus le contestó con un “¿A ti qué timporta, pinche carambina?” y le dio un puñetazo en los dientes que le cortó la mano y lo mandó al servicio de Urgencias del Hospital Monterrey. En la historia clínica, una enfermera chambeadora lo reconoció de inmediato y le preguntó “¿Usté es el de la canción de las medicinas, veda?”.

-Ni merga –contestó Marcus, un poco ebrio.

-No se haga –le respondió la enfermera.

-Nonon, mejor díganmeme, señorita, ¿no sabe si están contratando empleos aquí en el hos ¡hic!, perdón, hospital?

-No, pos apenas que vaya a preguntar a Recursos Humanos. Creo que estaban ocupando farmacéuticos. ¡Pero no contratan borrachos!

-Yo soy farmacéutico –le expresó Marcus.

-Espéreme tantito –le contestó ella.

Lo dejó el tiempo suficiente como para que se quedara dormido. Tuvo otro sueño: cantaba en un concierto de rock y se le reventaba una cuerda mientras tocaba. En el escenario tenía una mesa con pollo loco, dinero y medicinas. En el público había hippies y gente repartiendo condones, supositorios y calcomanías. Las cámaras de televisión lo seguían. Su madre estaba en la primera fila, junto con una viejita, con “La Carabina” y con un reportero de la tele. De pronto, todos vitoreaban su nombre de muchas formas: “¡Marcus!, ¡Marcus!, ¡Medicinas!, ¡Chávez! ¡Marcus Chávez!, ¡Medicinas!, ¡Marcus Chávez!”. Su sueño lo interrumpió una doctora. Ya era de mañana. Lo sacudió y le dijo:

-Oiga, despierte. Ya váyase, usté no trae nada.

-¿A dónde doctora? –le respondió Marcus.

-Pos a jalar.

Doctores y aguacates

Estábamos cansados de dar vueltas. Memo nos había asegurado que la biblioteca estaría llena de chavas; inteligentes, hermosas y dentistas, dijo, que aquí en Odontología no es tan fácil ligar. También aseguró que nuestras batas llamarían su atención.

-Nomás que vean los gaffettes del Hospital Monterrey, van a saber que aquí hay sesos –dijo tocándose la sien.

Medimos el ambiente en Odonto por el número de cafeterías, cuatro más que en Medicina: se llamaban La Tortuga, Centrales, La Carreta, el Estanquillo y El Diente. Tuvimos que dar varias vueltas por los cuatro pisos de la escuela para darnos una panorámica general. En los salones había sillas de exploración y pacientes con la boca abierta. Todo mundo andaba de blanco, pero las chicas vestían colores vivos bajo su saquito claro. Todas bien peinadas y perfumadas. Se armaban de mochilas modernas, cajas plásticas que combinaban con sus instrumentos, y casi todas usaban tacones. Todo nos pareció diferente. Deberían de aprender nuestras compañeras, pensé. Pero ni Rogelio ni yo entendíamos por qué no aceptábamos de una vez que la salida iba a ser un desperdicio si nos metíamos en una biblioteca apenas saliendo de otra. Era hora de rebelarse y dejar de lado corbata, gafete, con la bata colgada de la mano, y relajarnos en esos pasillos suaves. Sin embargo, Memo era el guía esa tarde y él sí estaba buscando la biblioteca, como una misión que lo hacía sentirse importante, porque caminaba de prisa. Seguramente sabía dónde estaba la biblioteca, pero le gustaba pasear acompañado por los pasillos de Odonto para lucirse.

-Tan estudiosas que no tienen ni una biblioteca–dijo Rogelio.

Tal vez se nos habían confundido fechas y horas. Tal vez no estaba abierta la biblioteca y por eso todos estaban en los pasillos. Tal vez no había bibliotecas, ni exámenes, y aprobaban enseñando sus dientes.

-¿Cuándo tienen parciales? –pregunté.

No me respondieron. Pensé que mi voz se perdía entre tanto traqueteo de Memo. Cuando se detenía por la gente amontonada, o para ceder el paso a alguna bonita, no nos dirigía la palabra; pero cuando volvía a acelerar nos hablaba sin cerciorarse si le escuchábamos.

-¿Que cuándo tienen parciales? –grité.

Rogelio volteó a verme. Memo siguió con la vista fija, confusa. Se me hacía tarde para regresar a estudiar. Dejamos las mochilas en la biblioteca de Medicina. Más tarde debíamos pasar visita en el hospital. Memo hizo una pausa y cambió el rumbo con un Vengan. Nos detuvo al filo de las escaleras que daban a la plaza lateral de Odonto.

Estaba mucho menos concurrida, pero aun era muchísimo más animada que cualquier otro rincón de Medicina. Las bancas se cubrían con la sombra de árboles enormes y en las mesas los estudiantes hablaban de sus cuitas académicas por encima de libros, instrumental quirúrgico y comida.

-¿Qué, güey? –preguntó Rogelio-. ¿Ésta es la biblioteca?

La facultad me parecía formidable, fresca, como con enormes árboles frutales. No encontré a los solitarios leyendo libros gordos, como en nuestra escuela. Tampoco a los desvelados de las guardias; los que caminan rápido para no gastar tiempo. Todo mundo se detenían y platicaban, como si el tiempo fuera más barato.

-¿Qué pasa? –insistió Rogelio. Ahora era él quien no obtenía respuesta.

En la escuela nos dirían que luego platicamos, Voy a clase, Tengo guardia ó Mejor vamos a estudiar. Bendito Facebook, porque por ahí si puedes tener vida social. Por ahí te enteras de las fiestas a las que no fuiste o que serán e irás si tienes tiempo, ya estudiaste y si no tienes guardia. A menos que la fiesta sea dentro del Hospital. Conmigo no cuenten, pensé. En muchas ocasiones han sancionado a estudiantes que meten bebidas alcohólicas a la escuela o al hospital. Si hacen fiesta en el hospital yo me quedo en Urgencias a ver en qué ayudo. O me voy a ver bebés. Que Memo lleve a sus amigas de Odonto para los que no les interesan los pacientes. Si quiere empezar a ser cupido entre médicos y dentistas, es cosa suya, y si no, que deje de reclutar muchachas de otras escuelas. Memo nos señaló la última mesa.

-En aquélla conocí a Sandra –dijo.

-¿En una palmera? –preguntó Rogelio.

-En la mesa, güey, bajo el árbol ése –dijo Memo-, cuando me venía a estudiar a esta placita.

-Un doctorcillo entre dentistas –dijo Rogelio.

Memo bajó las escaleras y nosotros tras él. Nuestras batas y gaffettes contrastaban con el tono general. Casi de inmediato se volvió a detener, abrió una puerta de vidrio y se metió sin detenerla para nosotros. A Rogelio casi le pega en la nariz.

Cada vez que Memo planeaba una reunión nos convencía de ir a Odonto o a Psicología a sacar viejas. Era como si pretendiera que ahí encontraríamos una para cada quien, nos casaríamos, y de grandes recordaríamos nuestros años de Universidad: ¿Te acuerdas, Rogelio, de cuando estábamos en la carrera y hacíamos fiestas?, ¿de la vez que íbamos los tres y vimos a esas tres muchachas?, ¿y que después de las guardias las visitábamos? ¿Que éramos celebridad por ser doctores, y ellas eran las únicas de Odonto que tenían novios con sesos?

-¿Y qué fue de Sandra? –le pregunté al Memo.

-Se casó.

-Pues como no pasabas Farma de seguro pensó que nunca ibas a acabar la carrera –dijo Rogelio.

Rogelio y yo compartíamos algunas clases y aceptábamos la invitación de Memo por falta de valor para negarnos. Rogelio ya era papá soltero, y tenía poco tiempo para convivir con sus amigos. Yo me la pasaba leyendo y, aunque no me consideraba antisocial, Memo y Rogelio eran de mis pocos amigos. Esta vez le dio por traernos a Odonto. Nos platicó de las joyas femeninas que uno halla en esta biblioteca: rarezas por la combinación de hermosura y cerebro. Nos había platicado de la soledad para el estudio, que muy limpia, muy nueva, casi sola, que resaltarían nuestras batas. Pero de tan sola, la biblioteca casi lucía desierta.

-Si en cinco minutos no encuentras tres viejas nos regresamos –dijo Rogelio.

-Más bien creo que no están en la biblioteca –dije mirando a la ventana.

Al menos Memo no se ponía tan terco. Lo era, sí, pero sabernos iguales lo amansaba. Otro compañero de nosotros, cuando hace fiestas, nos lleva como sus guardaespaldas o novatos. Camina siempre delante y va dando el saludo a todo mundo, con su bata volando y sus lentes de sol. Aprovecha cualquier oportunidad para intercambiar términos médicos delante de sus amigas de otras escuelas. Mamón. Memo, en cambio, promovía la colaboración, y salvo porque iba retrasado en la carrera, lo considerábamos de los mismos.

-Vamos a sentarnos en una mesa –sugirió Memo.

No hizo falta asentir. De sobra sabía que estábamos cansados de tanto caminar. Tomé un libro del primer estante y me senté con ellos. Atrás de nosotros, dos chicas dibujaban de colmillos.

-Les voy a contar lo que me dijo esa vez –dijo Memo-, por si acaso les cuenta ella del aguacate. Nos conocimos mientras estudiábamos uno frente al otro cuando se cayó un aguacate delante de los dos.

-No mames –dijo Rogelio-, luego hicieron guacamole.

-No –le contestó-, pero el hueso de ese aguacate todavía lo tengo.

Memo seguía con ganas de recordar. Todo el tiempo, desde que cortó con Sandra, no hablaba sino de: te acuerdas de, o te acuerdas cuando. Pero terminábamos contando las mismas anécdotas del primer año de la carrera. De la ocasión en que se robaron una parótida del anfiteatro, del día en que nos perdimos en la brigada a Villa de García, del maestro maricón de embriología, y de Mike: el vagabundo que hablaba solo y vivía y dormía en los pasillos y campos de la Facultad.

Memo se salió y regresó de la escuela en varias ocasiones, pero de eso no hablamos. Ni Rogelio ni yo le preguntamos porqué, ni nos interesamos en saber qué había hecho en sus pausas académicas, o si había estudiado o trabajado o si de perdido aprovechó el tiempo.

-Mientras no lo siembres para repetir la historia aguacatiana– dijo Rogelio. A Memo le brillaron los ojos con una idea que no pronunció.

Hacía calor. El clima apagado hizo que Rogelio se abanicara la frente sin querer. Era hora de regresar. No encontramos a nadie interesante en la biblioteca, pero sí en los pasillos, donde le echamos el ojo a más de tres. Cuando estábamos a punto de partir, una bibliotecaria delgada y con lentes nos saludó. Nos llamó doctores y nos preguntó si buscábamos algún libro. Los tres nos interesamos en el método científico.

-Déjenme ver qué hay de esos temas, doctores –dijo y se volvió caminando, meneando su bonito trasero.

Memo me arrebató el libro que había tomado al entrar. En él, encontró datos útiles para la clase de inmunología, pero tan escasos que me devolvió el libro con gesto de asco, el cual cambió por una súbita sonrisa al ver acercarse a la bibliotecaria. No era una belleza que moviera a la literatura, sino más bien al deseo mismo. Tal vez así me pareció por el contraste entre sus labios levantados y sus ojos rasgados, escondidos en sus anchos anteojos. Estuve seguro que, si tuviera la oportunidad de hablar con ella, le contaría mi vida en todo detalle y la invitaría a los pasillos de la biblioteca. Luego le haría el amor.

Las dos chicas terminaron sus colmillos, y salieron dejándonos solos entre libros inútiles para nosotros. Ahora sí éramos los únicos ahí, y por salir de una mala para entrar a otra peor, me desesperé.

-Vámonos a la chingada –dije.

-Espérate hombre –respondió Memo-, ¿no ves que nos traerán lectura científica?

-Entonces, ¿vas a sembrar el aguacate? –dijo Rogelio.

Llegaron los libros sobre la metodología de la investigación, el método científico y un ensayo sobre la ética en la ciencia. Sus amorosas manos nos extendieron el que fue para nosotros el más interesante libro que nos hubieran dado en toda la vida. Los tres sonreímos, dimos las gracias, dijimos señorita y adoptamos un aire conocedor. Desafortunadamente ella se fue de inmediato, casi como si sintiera que su presencia estorbaba nuestra relación hombre-ciencia. A mi sí me distraía.

-Deberías invitarla a ella a la fiesta, güey- dijo Rogelio-. Cumple con el perfil.

-Pero no es científica –argumentó Memo.

Entró un bato y echó un vistazo rápido a nosotros y nuestras batas. La bibliotecaria apareció y él la miró pasar de largo entre un pasillo y otro. Rogelio dijo que era igualito al joto que vio en la fiesta del sábado. Pero nos dio lo mismo, porque ni Memo ni yo habíamos ido a la fiesta del sábado. La muchacha trajo más libros.

-Son ensayos sobre la filosofía del método hipotético deductivo, y uno de La Ciencia desde México –nos informó-. También hay revistas.

La i de revistas la hizo sonreír. Su última frase nos la dejó como regalo, pues torció la mirada y se fueron ella y su trasero al tiempo que mi corazón se obligaba a amarla toda la vida. Pero ni Memo ni Rogelio eran tan aventados como presumían.

Aunque todos éramos clavados, y los libros nos impedían ir a los antros a bailar como todo el mundo, procurábamos sin éxito la inclusión social en del jolgorio juvenil. Y cuando había que actuar era yo el primero.

-Le voy a hablar –dije-, a ver si quiere ir a la fiesta.

Me levanté, pero el tipo de la puerta entró y la abrazó efusivamente. Me acomodé la bata y volví al asiento.

Miramos los libros como si no supiéramos qué eran. Unas pastas eran opacas, otras brillantes, y las hojas blancas o crema tenían impresos diagramas de flujo, observación, hipótesis, experimentación, teoría, ley, carácteres invisibles. Memo se clavó en la foto de Newton, pero su mirada más bien se posaba en sus rizos y sus medias.

-Sandra usaba medias de esas que se usan- dijo.

La muchacha regresó después de despedir a su galán. Nos ofreció algo más, nos volvió a llamar doctores y esta vez sonrió con unos labios ahora desteñidos. Memo le dio las gracias sin mirarla, y ella sólo se alejó.

-Su vato ha de ser amigo del de embrio –dijo Rogelio-. Pinches jotos.

-No es joto güey, ¿no viste cómo le hizo así? –dije, y con mi brazo hice un apretón que sorprendió y apenó a la muchacha, pues vi de reojo cómo se agachó sobre su escritorio. La imaginé diciéndole a su novio: Ya ves, Fulano, no me vuelvas a apretar, la otra vez en la biblioteca se burlaron unos doctores, Tú siempre me estás exhibiendo delante de la gente, Ya te he dicho que no me gusta besarnos en público. Pero no quise imaginar que su novio la besaba en privado.

-¿Porqué no nos vamos? –pregunté harto.

-Sí –dijo Memo.

Salimos de la biblioteca, subiendo las escaleras sombreadas de aguacates y el ruido empezó a crecer.

-Espérense –dije-, se me olvidó algo.

-¿Qué se te olvidó?

Sólo quería verla por última vez. Agradecerle sus libros. Decirle algo de mí, aunque fuera mi nombre, mi edad, mi materia favorita, que cuando de niño abría sapos pensaba en ser cirujano para realizar investigaciones y encontrar nuevas medicinas, como la cura para el cáncer o el SIDA, aunque me tardara muchos años, y ser un científico tan famoso como Newton. Pero explicarles eso a Memo y Rogelio era tanto como perdernos en un laberinto, en otra brigada de Villa de García, o como hablar solo como el Mike.

-Es que no la invitamos a la fiesta –dije.

-Te esperamos en la Tortuga.

Corrí escaleras abajo. Cuando entré, ví a la mujer acomodando los libros que dejamos en la mesa.

-¿Se le olvidó algo? –me preguntó.

No había nadie. El silencio de las letras me puso nervioso. Mis parótidas se pusieron graves y con voz ronca dije un Cómo te llamas improvisado.

-Mercedes.

Sin saber qué decir, le dije adiós con la mano y alcancé a Memo y Rogelio en el pasillo. El regreso a Medicina fue directo, y por la tarde Memo nos acompañó a la ronda en el Hospital Monterrey. No hubo fiesta, ni volvimos a Odonto por muchachas. Muchos años después, Memo publicó en su Facebook que plantó un aguacate.

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