La literatura es otro abordaje terapéutico






descargar 219.71 Kb.
títuloLa literatura es otro abordaje terapéutico
página1/6
fecha de publicación06.06.2016
tamaño219.71 Kb.
tipoLiteratura
l.exam-10.com > Economía > Literatura
  1   2   3   4   5   6

Hospital Monterrey Jair García-Guerrero



Hospital Monterrey

Jair García-Guerrero

Editorial Erre con Erre

La literatura es otro abordaje terapéutico.


Julio el de la caja
El hombre llevaba varios minutos viendo la fotografía. Cerró su billetera. La regresó al bolsillo de su pantalón caqui holgado, holgado pantalón caqui donde que remataban un par de pantuflas casi nuevas.¿ Hacía un buen aire sentado en el pasillo?. Abandonó su asiento en dos ocasiones se puso de pie y parecía dirigirse a la caja (en dos ocasiones), pero las dos se arrepintió y regresó ahora a una silla como si se la fueran a ganar. Por eso Julio no se movía, y disimulando que contaba, firmaba, o veía la pantalla o el teclado, observaba al hombre de las pantuflas que volteaba a uno y otro lado del pasillo, quizás esperando la orden de alguien para pagar, o al que pagara su cuenta. Con ambas manos encima de sus piernas, el hombre cerró los ojos. Julio interpretó esa súbita actitud de meditar como la intención a negarse al pago. Se le ocurrió que el hombre tenía deudas más urgentes y ésta representaba la consolidación de su bancarrota… y claro, no iba a pagar.

No solía meterse en los problemas económicos de los clientes. De diez que llegaban a pagar su internamiento en el Hospital Monterrey, ocho solicitaban entrevistarse con la trabajadora social. Julio se limitaba a ofrecerles el servicio: Es tanto, Para hablar con ella llene esta hoja y espere su turno, ¡el que sigue! No se interesaba en historias, ni enfermedades, diagnósticos, ni en las treguas que le proponían a cambio del dinero. Sin embargo, en ese momento el dubitativo hombre lo hizo presentir que podrían presentarse dificultades para él y su departamento. Recordó la ocasión en que el familiar de un fallecido llegó a la caja después de haber pasado apenas dos horas en urgencias, nada más para esperar a los del Ministerio Público. Su familiar había sido rescatado de un arroyo y él tenía que pagar por el “derecho de sala”, o sea, el permiso de pisar los mosaicos de mármol bicolor. Después de darse vueltas y aparentar hacer llamadas, de pronto desapareció sin pagar, lo que provocó una fuerte movilización de los empleados de Caja por las calles de la colonia Maria Luisa y Mitras, hasta Gonzalitos. No lo encontraron. Al día siguiente Julio se lamentó de no haber actuado antes. Se habría ahorrado el regaño a sus empleados, la amonestación del Director y los tres mil doscientos veinte pesos que le reclamaron por dejar salir a un cliente sin pagar. El cadáver no salió del hospital y terminó en la Facultad de Medicina.
El hombre del pasillo abrió los ojos y volteó a uno y otro lado. del pasillo. Se volvió a levantar, pero esta vez su intención no parecía ser acercarse a la caja, pues se quedó parado un segundo, y volvió a sacar su billetera, que vació su contenido en el suelo, dejando al descubierto papeles y credenciales. Julio aprovechó para entablar el diálogo. Se levantó y ayudó al hombre a recoger unas monedas que rodaron. De paso se dio oportunidad para espiar si no salían más familiares del ascensor.

--¿Anda regalando el dinero? –preguntó Julio.

--Sí hombre… –respondió el otro, mientras parecía ordenar los papeles en la billetera.

La pregunta de Julio tenía la intención de abrir el debate monetario, para agilizar los trámites, pero le pareció que el hombre le había respondido sin escucharle. Distinguió entre sus papeles la credencial de una joven blanca, de cabello castaño y liso, con un apellido corto que no pudo enfocar. Julio la imaginó como a la misma de la fotografía que tanto contemplaba el hombre medio somnoliento, y que probablemente era su hija, su amante o su esposa. Era blanca, pero recordó que en la credencial de elector siempre salía uno más pálido por el efecto de la luz, por lo que quizá no era tan blanca. Además, el hombre era moreno, y aunque no son raras las parejas entre morenos y güeras, descartó que fuera su hija. Pero la mujer se veía joven.

Regresó a su escritorio ensimismado y lo interrumpió el teléfono.(sintaxis), creo se puede mejorar. Era Mayela, la de Urgencias, para informarle de un ingreso. Tomó los datos en el mismo orden en que se los dio, y aunque conocía a Mayela, se imaginó que la interlocutora era la hermosa mujer de la fotografía. Su voz sonaba más aguda y pausada, e incluso le pareció bonita. Miró al hombre, que se había vuelto a poner de pie mientras buscaba un celular para luego marcar. Está pálido, quizá enfermo. No tiene cara de pobretón, se dijo, y colgó el auricular preguntándose cuál sería la estrategia correcta: obligarlo a pagar o llamar a un guardia. Descartó la opción de esperar. Someterlo puede ser lo peor, pensó, porque tendría que hacerlo sin una justificación y luego seré yo quien reciba los regaños: ¿por qué maltratas a los pacientes? ¿estás enfermo? ya oigo gritar al Doctor Donato.
No le quedó sino aprovechar que el hombre guardó el celular y se volvió a sentar para ir a abordarlo con una fingida charla de preocupación por su salud, ¿Por qué trae tanto sueño?, ¿Anda desvelado?, o algo por el estilo.

--Ahí te encargo Zamora --le dijo a su subordinado de Admisión--, voy a atender un asunto.

¿Quién? Agarró unos papeles y salió de su trinchera con el gafete bien puesto y la barbita cuadrada de candado. Salió mirando al suelo y fingió descubrir un destello entre el mármol. Luego hizo el destello real:

--Mire, amigo –se dirigió al hombre— esta moneda también es suya.

El hombre tomó la moneda y la observó con los párpados contraídos.

--No es mía, mire, es de diez y yo no traía tanto.

Lo que más sorprendió a Julio fue la lucidez de la respuesta. Mirando el escudo nacional, el hombre no mostraba deseos de quedarse con algo ajeno, aunque se le había adjudicado por azar.

--¿Por qué no toma la moneda y pasa a pagar?

Julio se dio cuenta de que las pupilas del hombre se contrajeron y su mirada se volvió grave. Fue como si apenas despertara de un letargo que disfrutaba, y lo hubieran sacudido con agua fría. El hombre se sentó derecho y Julio pensó rápido en una forma de componer sus palabras.

--Es que estoy esperando a alguien —dijo el hombre, que evitaba en todo momento el cruce de miradas con Julio, e interesándose ahora en el ajuste de sus pantuflas--. No voy a pagar.
Tres semanas atrás, Julio había sostenido una charla con el doctor Medina en el café El Kansas. Hablaron sobre los proyectos de ampliación del departamento, su certificación en las normas ISO de calidad en el servicio, y sobre un posible aumento. La validación de la logística que tenía años de funcionar así exigía una profunda remodelación del área, para que los familiares de los pacientes tuvieran acceso a todas los mostradores del departamento. El doctor Medina, de 48 años y recientemente nombrado vicepresidente del Consejo Administrativo del Hospital Monterrey se caracterizaba por enriquecer sus intervenciones con referencias a viajes por el mundo, en los cuales había conocido cientos de hospitales y había tenido contacto con autoridades sanitarias de renombre internacional, como el director de la Organización Mundial de la Salud, el célebre doctor David Toscana. Julio siempre escuchaba esos nombres, y le parecían iluminados por una sabiduría digna de seguir, y el doctor Medina lo detectaba.

Aquélla plática fue una de tantas entre ambos: hablaban de estadísticas de internamientos, cirugías programadas, urgencias, estudios y medicamentos, luego de los dineros que entraron y salieron. La plática siempre era acelerada, pues Julio esperaba la académica explicación de Medina, todo un maestro en la analogía y un experimentado administrador. Sin embargo, esta vez las novedades de la ampliación, la próxima certificación y las nuevas contrataciones apenas permitieron traer un par de recuerdos memorables. Hablando de la ampliación, el doctor Medina le compartió su experiencia en África: esperaban un subsidio para construir una sala de observación anexa al Hospital General de Kumasi, en la República de Ghana, a fin de recibir a los cada vez más jóvenes pacientes con malaria. La expansión del Hospital Monterrey no iba a ser tan grande como la de Kumasi, pero Medina aconsejó a Julio racionar en lo posible la contratación de personal.

--No vaya a ser que de pronto haya menos pacientes: mejor esperamos a terminar la construcción.

Julio se imaginó un hospital en el llano africano, rodeado de cazadores en traje de safari, elefantes, leones y cebras. Luego escuchó una larga explicación sobre la malaria, milenaria patología conocida por sus fiebres parpadeantes -a veces cursos benignos alternados con crisis malignas-, su evolución incierta y sus cambios de afección en niños y adultos: mientras que en los primeros era débil, en los segundos se comportaba como una verdadera bestia, agotando las defensas del paciente y los recursos de los pobres hospitales. El doctor Medina le recordó: para ser buen administrador debía remontarse a las condiciones con las que se puede “sacar la chamba” en países con menos recursos.

Sobre la certificación, el doctor Medina trajo un Manual de Operaciones en inglés de un hospital extranjero, y en sus páginas le mostró una buena mecánica de trabajo, según sus propias palabras. Julio contempló los diagramas de flujo y le llamó la atención que el área de Caja fuera pieza fundamental en todo el proceso administrativo, pues tenía siempre una comunicación con cada departamento.

--Este hospital es de Minnesota, uno de los mejores del mundo –le dijo a Julio--. ¿Qué hay de diferencia entre ellos y nosotros?

--Ninguna –respondió, pensando que eso era lo que tenía que decir.
La contratación de nuevo personal para el Hospital Monterrey era divertida pero estresante, por la cantidad de recomendados que se recibían una vez que corría el rumor de las vacantes. Julio solía recibir llamadas de Mayela, la de Urgencias, del Director Donato, de los médicos, y una vez hasta de un diputado de apellido Palomino. Lo que no sabían era que él no tenía la última palabra. Medina, asesorado por psicólogas, debía consultar con Julio las necesidades reales de cada una de las áreas, y así entraban los nuevos.

Por el privilegio de haber avalado el ingreso de muchos empleados a la nómina del Hospital Monterrey y por su buen trato, Julio se había ganado la confianza de los demás. También tenía confianza en sí mismo, y cuando sospechaba algún mal presagio, como con el hombre de las pantuflas y las miradas guangas, actuaba. Pronto, usando su puesto, embistió al hombre con la firme intención de desvelar su misteriosa estancia. A ese mismo hombre que lo dejó con su No voy a pagar. Después de ésta frase, Julio se quedó parado ahí pensando en si había pagado sus pantuflas. De ser necesario, le cobraría por las buenas o por las malas, empezando inocentemente, como una crisis benigna de malaria:

--¿Dónde compró sus pantuflas?--

El hombre se encogió de hombros y sonrió poco mostrando sus dientes amarillentos, bien alineados. Respondió con un Me las regalaron, que pareció No estés chingando, pero Julio era ágil:

--A mí me regalaron unas iguales.

La directa mirada del hombre sólo logró hacer dudar un poco a Julio, experimentado en informar totales elevados sin titubear, como buen cobrador. Pero en esta ocasión Julio era vencido, al menos hasta este momento, en que la similitud de los regalos pantuflescos le valía un cacahuate al hombre aletargado, despierto de súbito para informarle la novedad: ¿qué cree oiga? ¡oiga, despierte! ¡A mí me regalaron unas iguales! El hombre empezó a mirar con más profundidad a Julio, arqueó las cejas y amplió una sonrisa, gesto que Julio interpretó como una pregunta silenciosa, un ¿Y a mí qué? al que contestó diciendo:

--Usted tiene un problema.

El súbito giro hizo a Julio volver a remontarse a la malaria: alternante, caprichosa, traicionera. Pensó que la historia natural de muchas enfermedades podría compararse con las personas: algunos benignos, con pocas intenciones de sobrevivir; otros oportunistas, alegando al famoso “el que no tranza no avanza”; otros más, como las infecciones crónicas que están fregando poco a poco, y luego asaltan de golpe. Julio pensó en que él se comportaba como una enfermedad aparentemente benigna, pero con el colmillo escondido. Finalmente, salió de su filosófica elucubración y dijo:

--Está medio pálido, ¿se siente bien?

El hombre contestó que sí, que tenía hambre y sueño, y volvió a sacar su billetera. Julio no pensó sin pensar y dijo:

--¿Dónde la compró?

Fue el acabose. El hombre se rindió ante la insistencia de un Julio decidido a dialogar de lo que fuera, a discutir, entablar una conversación por cualquier cosa, así que el hombre se relajó, y se acomodó en su silla y, aceptando el debate, lo convirtió en charla:

--En León. ¿Ha ido a León?

--Si, tengo familiares en Guanajuato.

--¿En serio? ¿Dónde?

--En Ocampo.

--Yo viví en León.

--¿Y qué anda haciendo acá?

Julio sintió que había ganado el set. El hombre se calló, bajó la mirada y observó su billetera. Julio supuso que pensaba en la mujer blanca de que traía en la fotografía, y la causa de su enfermedad era ella, como un agente infeccioso dominante, sistémico, invasor de todo el cuerpo del pobre, que apenas podía andar viviendo encima de unas pantuflas por culpa de ella.

--Bonita la muchacha— dijo Julio, quizá adivinando el contenido de la billetera. El hombre lo miró un segundo y volvió su mirada grave a la billetera. Suspiró con tanta lentitud, que Julio se sintió ignorado, como si un mal aire se hubiera metido a los pulmones del hombre, dejándolo desentendido de su interlocutor, quien le había ofrecido otro tema de conversación, quizá más bonito, más blanco, más puro. Julio sabía que la pureza y la honestidad se llevaban de la mano, como la malaria y el SIDA andan juntas en los llanos de África, de la mano, como dos animales de la selva y andan en manadas salvajes, mordiendo a cuanta presa alcanzan, como en los documentales de la televisión. Julio suponía que la honestidad llevaría a reflexionar al hombre sobre sus intenciones y terminaría por pagar una cantidad desconocida, quizá generosa, pero razonable para las psicólogas si se hablaba con honestidad, sin traiciones como las enfermedades, como la malaria. Entonces se le ocurrió otro abordaje:

--¿Sabe?, los hombres a veces somos como la malaria…

--Sí, ¿vedá?— Y dicho esto, el hombre se puso de pie y se dirigió a uno de los pasillos que dan rumbo a la sala de internamientos. Dejó solo a Julio, que no quiso volver a su puesto. Permaneció inmóvil, pensando en la velocidad del pensamiento del hombre, ágil como la peor enfermedad, el más rápido embolismo séptico, traicionero y paralizante. Ahora la enfermedad era Julio, lesionado de una incomprensión enfermiza que lo convertía en una enfermedad andante, afectando desde su sitio el pasillo principal del Hospital Monterrey. Todo él era una interrogante, no sabía si tenía fiebre. La concepción de que el hombre le habría comprendido perfectamente lo dejó paralizado. Quizá era de todos sabido que los hombres son como la malaria, y Julio apenas lo descubría. Quizá la malaria sea como el pensamiento de los hombres: veloz ante una mujer, traicionero si se trata de conquistarla. Quizá las mujeres blancas eran tan traicioneras como la peor enfermedad africana, y enamorarse de ellas produce una parálisis tan febril que termina con el dinero y la billetera.

--¿Era cuate suyo, jefe?

Julio volteó al escuchar la voz de Zamora. Negó con la cabeza, volteó a uno y otro lado del pasillo, y volvió a su cubículo, a la vista de todos. Recibió otra llamada de Mayela, y escuchó el sonar de las campanas del palomar, pero luego supo que sólo fue imaginación suya. Ese día no murió nadie.

Maye la de urgencias

Mayela Guerrero comía una tostada de La Siberia cuando recordó. ¡Plendleja!, dijo, y devolvió lo poco que había logrado masticar en una servilleta que hizo bola y tiró. Nunca hacía esto, pues como jefa de enfermeras de urgencias del Hospital Monterrey debía ser ejemplo de las practicantes de la Escuela Municipal de Enfermería y entre las cosas que procuraba estaba la filosofía de las “9 eses” que había aprendido en la carrera: la segunda “S” era Seiton: limpiar. Comenzó a andar veloz por el pasillo hasta “su olvido”: un indigente que dejó la Cruz Verde, al que le pegó fuerte la helada. Pendeja, se repitió, ahora ya sin restos de comida. Pero al comprobar que el paciente respiraba plácidamente en una banca improvisada de camilla cuando la sala estaba llena, sintió alivio.

--A ver, Angelín, venga, éste acaba de llegar, ahí se lo encargo, viene solito y se me hace que no trae nada--. El buen Angelín, de un metro noventa de estatura, respondió moviendo la cabeza, y con su mirada le dijo que traía aguacate en el escote.

Los días eran todos iguales en la Sala de Urgencias del Hospital. Para la raza eran buenos cuando habiendo pocos pacientes en la sala, llegaba uno de veras grave que era sacado adelante porque todos estaban desocupados. Los malos no eran cuando la Sala estaba llena, sino cuando llegaban charcos: pacientes complicados con diagnósticos imprecisos, politraumatizados con necesidades urgentes cuando no hay personal, o niños con muerte súbita o inesperada. A todos se les embarraba la tristeza.

Mayela dejó a Angelín al cuidado del ingreso y regresó a terminar su tostada. Su hora de comida siempre era incierta y veloz, pues la gente solía abordarla según su costumbre de ayudar aunque estuviera en break. Pero ésta vez gozó del tiempo: llegó a su mesa y al desenvolver el papel encerado comprobó que su tostada aún crujía.

Los pacientes comían a la una de la tarde: en una bandeja recibían un plato empaquetado en plástico humidificado. Casi todos los pacientes de Urgencias recibían la misma dieta blanda, un vaso de jamaica diluida, y una gelatina casi miniatura. Los indigentes, como el de la Cruz Verde, despertaban por el olor y se ofrecían a comer lo que otros pacientes rechazaban.

Cuando acabó de comer, Maye se dio el tiempo para ir a tirar los restos al bote de afuera, en la rampa de acceso a la ambulancia. Seiton, dijo para sí. A su regreso la Sala de Observación estaba como de costumbre: un paciente obeso le gritaba a los internos que necesitaba un pato, los cuales se sordeaban; una ancianita parloteaba anécdotas al aire, y un grupo de estudiantes seguían como manada a otro médico con unas radiografías en la mano. Había un paciente nuevo que intentaba sentarse en una camilla descompuesta. Por no tener los frenos, la camilla se deslizó, pero Mayela se dirigió a socorrer al recién llegado, dispuesta a reclamarle luego con pucheros a la Lika, la enfermera encargada de los nuevos.

Cierto día la llamaron de Admisión. Era Julio, el de la caja, preguntando por ingresos. Mayela le dijo que uno, pero orita le llamaba. Colgó y fue a interrogar al nuevo. Se llamaba Roberto Guerrero: diabético descompensado que se sentía débil y con hambre. Sus piernas delgadas demostraban la agitación entre su vida y su enfermedad: eternos enemigos.

--Ro.. berto Gue… rre… ro –dijo con dificultad. Y, oiga…, háblele a… mijo… a mijo.

Pero don Beto no aclaró el nombre de su hijo.

Mayela era chambeadora. Todos la querían por justa y ejemplar. Siempre andaba de buen humor y les perdonaba las llegadas tarde. Las funciones de un encargado de urgencias como ella eran supervisar, pero por su carácter, a ella le gustaba hacer de todas labores: atendía en la Sala General, ayudaba en la Sala de Resucitación, lavaba el equipo de sutura y estaba pendiente de la enseñanza de los practicantes. Cuando un paciente moría en Urgencias, ella llamaba al señor de la campana del hospital, para que se tocara.

El interrogatorio con don Beto no se hizo por falta de cooperación del paciente: cansada, Mayela lo abandonó un rato. A don Beto no le hacían caso porque nadie respondía por el viejo, a pesar de haberlo voceado en varias ocasiones. Sólo le pusieron oxígeno y su expediente provisional, al pie de su camilla, ofrecía pocos datos: su nombre, fecha de ingreso, atendido por la doctora Villarreal.

--Doctora Villarreal, ¿cuál es el diagnóstico de este paciente? –Mayela se limitó a pararse frente al paciente con las manos por detrás.

–No sé Maye. Trae dificultad respiratoria, pero no tiene expediente porque no hemos encontrado al familiar.

--¡Qué vamos a hacer con estos médicos! -y todos solían reírse de los practicantes.

Una vez sola, Mayela escuchó que don Beto le hablaba. Quería agua, comida, pipí y algo más que no entendió.

Apenas un año atrás Mayela supo que su hermano mayor se había muerto de septicemia por un pie diabético. Ella no estuvo con él, y tampoco sabía de su tumba, que visitaría luego. Sus consejos y su apoyo económico fueron soporte para que Mayela terminara la carrera de enfermería, sueño que vio finalizado, gracias a sus padres, pero principalmente a su hermano Roberto, que ahora vivía en el cielo. Recordó sus charlas del futuro, su decisión de entrar a trabajar al Hospital Monterrey después de descartar la Clínica de Santa Engracia, que no prometía mucho, y la Fundidora, que también tenía enfermeras. Voy a aceptar el del Monterrey manito, porque como que es mejor hospital. Y su hermano siempre la apoyó.

Ante la sospecha de que don Roberto podía tener diabetes no supo qué decir, pues no sólo tenía las mismas entradas de cabello que su difunto hermano, sino se llamaba igual y le dolía la misma pierna.

Para sacarse una idea que se le vino a la cabeza, se dirigió a don Beto al final de su turno. Ella debía quedarse a entregar la guardia a la del turno de noche, que no llegó puntual. Don Beto la miró llegar.

--¿Cómo se siente don?

--Bien, no más que nadie le habla a mijo pa que me lleve. Ya no tengo nada, nomás que ando con la temblorina, mire, y si me siento como que me da lansia…

--No, pos recuéstese don. Oiga, y ¿de dónde es?

--Del Cielo, allá por Apodaca.

Maye pensó en el cielo azul. No sabía que El Cielo era una ranchería famosa por sus quesos.

--Oiga y, se vino volando ¿o qué?

--Sí hombre, nos vinimos echos la mocha, pero ora no hallo a mijo. Y ¿cómo le va a usted señorita?

Por un momento dudó de la respuesta, por su claridad. Pocas veces un paciente le devolvía la pregunta a su cuidador.

--Bien, gracias don... Pero dígame, ¿y su hijo? ¿cuántos años tiene?

--Pos como treinta, pero no oye.

--¡Pos por eso no lo hallan don! Le están grite y grite y él no viene. A ver, espéreme y orita se lo traigo. Mayela fue a la sala de espera a buscar algún rostro temeroso, expectante, a alguien solitario, algún embotado de chaqueta de cuero, de cuclillas en cualquier rincón. En la sala de espera las pláticas se suspendieron ante su presencia. No encontró a nadie, y a su regreso el don ya se había dormido. Le encargó el paciente al Angelín, quien le cambió el turno a la Lika para irse al fútbol.

Mayela llegó a su casa, la limpió pensando en Seiton y se durmió. En el sueño, le aplicaba maniobras de resucitación a un enfermo tirado en el suelo de la sala general de urgencias del hospital, que se hallaba vacía y sucia, y nadie respondía a sus gritos pidiendo ¡Ayuda!, ¡Lika!, ¡Angelín!, ¡Seiton!, ¡Alguien venga!, ¡Necesito el carro rojo!, ¡Limpien este tiradero!, ¡Recojan esas servilletas! ¡Ayuda! y se detenía a escuchar su corazón. Con la oreja en el pecho, el paciente la habló: tráigame a mijo, es doctor de los ojos, y Mayela pensó en el residente de oftalmología Luis Roberto Guerrero, el Wicho. Despertó sudando.

Al día siguiente llegó buscando a don Beto, pero su cama estaba vacía. El Angelín, desvelado, le comentó que se fue de alta voluntaria y sin pagar. Mayela pensó en una visita.

  1   2   3   4   5   6

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

La literatura es otro abordaje terapéutico iconLa comunidad como lugar terapéutico

La literatura es otro abordaje terapéutico iconTrabajo de lengua castellana y comunicación niebla
En amor lo mismo da vencer que ser vencido. Aunque ¡no no! Aquí ser vencido es que me deje por el otro. Por el otro, sí, porque aquí...

La literatura es otro abordaje terapéutico iconLa cuestión del otro, lo otro y la otredad en el pensamiento deleuzeano

La literatura es otro abordaje terapéutico iconCampolongo Silvia y otro c/ Solares de Tigre S. A. y otro

La literatura es otro abordaje terapéutico iconLiteratura >literatura del siglo XX
«Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente....

La literatura es otro abordaje terapéutico iconAl otro lado del espejo: Influencia de la novela gótica en la literatura de terror española”

La literatura es otro abordaje terapéutico iconResumen: En este trabajo se presentan los fundamentos que justifican...

La literatura es otro abordaje terapéutico iconEl otro vestido de la fiesta: el de su lenguaje de literatura y de...

La literatura es otro abordaje terapéutico iconLas mujeres que miran la cruz de lejos Un acercamiento terapéutico
«Hija, tu confianza te ha salvado, vete en paz y queda curada» [ ] «El demonio ha salido de la niña» [ ] «Dejadla ha hecho conmigo...

La literatura es otro abordaje terapéutico iconLiteratura universal
«Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno»? Me gustaría






© 2015
contactos
l.exam-10.com