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fecha de publicación10.03.2016
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12.53 horas


—Buenos días.

—Buenas tardes —responde una de ellas—. Ya es más de mediodía.

Justo como había imaginado. Cinco chicas parecidas físicamente a ella. Todas maquilladas, con las piernas desnudas, escotes provocativos, ocupadas con sus teléfonos y sus SMS.

Ninguna conversación porque se reconocen como almas gemelas: han pasado por las mismas dificultades, han aceptado sin rechistar los fracasos, han afrontado los mismos desafíos. Todas intentan creer que un sueño no tiene fecha de caducidad, la vida puede cambiar en cualquier momento, la ocasión oportuna está esperando, la voluntad está a prueba.

Probablemente todas ellas han discutido con sus familias, que opinan que su hija acabará en la prostitución.

Todas han subido a un escenario, han experimentado la agonía y el éxtasis de ver al público, saber que la gente tiene sus ojos puestos en ellas, han sentido la electricidad en el aire y los aplausos al final. Todas han imaginado cientos de veces que un miembro de la Superclase está sentado entre el público, y que algún día irían a buscarlas al camerino después del espectáculo con algo más concreto que invitaciones para cenar, pedirles el teléfono, felicitarlas por el excelente trabajo realizado.

Todas han aceptado tres o cuatro invitaciones de ese tipo, hasta darse cuenta de que eso no las llevaba a ningún lado más que a la cama de algún hombre normalmente mayor, poderoso e interesado únicamente en conquistarlas. Y generalmente casado, como cualquier hombre interesante.

Todas tienen un novio joven, pero cuando alguien les pregunta su estado civil, dicen: «Soltera y sin compromiso.» Todas piensan que dominan la situación. Todas han oído cientos de veces que tienen talento, que les hacía falta una oportunidad, y allí, ante ellas, está la persona que iba a cambiar completamente sus vidas. Todas lo creyeron algunas veces. Todas han caído en la trampa del exceso de confianza y se creen dueñas de la situación, hasta darse cuenta al día siguiente de que el número de teléfono que les han dado era el de una secretaria malhumorada, que no les pasa, bajo ningún concepto, la llamada a su jefe.

Todas amenazaron con contar que las habían engañado, diciendo que iban a vender la historia a las revistas de escándalos. Pero ninguna lo hizo, porque todavía estaban en la fase «no puedo quemarme en el medio artístico».

Probablemente alguna de ellas ha pasado por la prueba de Alicia en el País de las Maravillas, y ahora quiere demostrarle a su familia que es más capaz de lo que pensaban. Por cierto, las familias ya han visto a sus hijas en anuncios, pósters o carteles expuestos por la ciudad, y tras las peleas iniciales, están absolutamente convencidas de que el destino de sus niñas es uno sólo:

Brillo y glamour.

Todas pensaron que el sueño era posible, que algún día reconocerían su talento, hasta que comprendieron que sólo hay una palabra mágica en ese sector:

«Contactos.»A través de muchas reuniones que no salieron bien, consiguieron alguno que las llevó a alguna parte. Por eso estaban allí. Porque tenían contactos y, a través de ellos, un productor de Nueva Zelanda las había llamado. Ninguna preguntaba para qué; lo único que sabían era que debían ser puntuales, ya que nadie tenía tiempo que perder, y mucho menos los empresarios del sector. Las únicas que tenían tiempo disponible eran ellas, las cinco chicas de la sala de espera, ocupadas con sus móviles y sus revistas, enviando SMS compulsivamente para ver si las habían invitado a algún acto ese día, intentando hablar con amigos, y sin olvidarse nunca de decir que en ese momento no están disponibles: tienen una reunión muy importante con un productor de cine.

Gabriela fue la cuarta a la que llamaron. Intentó leer lo que decían los ojos de las tres primeras que salieron de la sala sin decir palabra, pero todas eran... actrices, capaces de esconder cualquier sentimiento de alegría o de tristeza. Caminan decididas hacia la salida, desean «buena suerte» con voz firme, como si dijeran: «No os pongáis nerviosas, no tenéis nada más que perder. El papel ya es mío.»

Una de las paredes del apartamento estaba cubierta con una tela negra. En el suelo, cables de todas clases, luces protegidas por un armazón de alambre sobre el que habían montado una especie de paraguas con una tela blanca extendida por delante. Equipos de sonido, monitores y una cámara de vídeo. Por las esquinas hay botellas de agua mineral, maletines metálicos, trípodes, hojas tiradas y un ordenador. Sentada en el suelo, una mujer con gafas, de aproximadamente treinta y cinco años, hojeaba su book.

—Horrible —dice sin mirarla—. Horrible —repetía—.

Gabriela no sabe muy bien qué hacer. Quizá fingir que no la oye, ir hacia la esquina en la que los técnicos charlan animadamente mientras encienden un cigarrillo tras otro, o simplemente quedarse allí.

—La detesto —sigue la mujer.

—Soy yo.

Le resultaba imposible controlar la lengua. Había recorrido medio Cannes a la carrera, había aguardado casi dos horas en una sala de espera, soñando una vez más que su vida iba a cambiar para siempre (aunque estos delirios los controlaba cada vez más y ya no se dejaba llevar como antes), y no necesitaba nada más para deprimirla.

—Lo sé —dijo la mujer sin apartar los ojos de las fotos—. Deben de haberte costado una fortuna. Hay gente que vive de hacer books, de redactar currículums, dar cursos de teatro, bueno, ganar dinero gracias a la vanidad de gente como tú.

—Si cree que es horrible, ¿para qué me ha llamado?

—Porque necesitamos a una persona horrible.

Gabriela se ríe. La mujer por fin levanta la vista y la mira de arriba abajo.

—Me gusta tu ropa. Odio a las personas vulgares.

El sueño de Gabriela volvía. El corazón le dio un vuelco.

La mujer le tiende un papel.

—Ve donde la marca.

Y dirigiéndose al equipo, ordena:

—¡Apagad los cigarrillos! ¡Cerrad la ventana para que no interfiera en el sonido!

La «marca» era una cruz en el suelo hecha con cinta adhesiva de color amarillo. Así, no tenían que volver a mover la luz ni la cámara: el actor estaba siempre en el lugar indicado por el equipo técnico.

—Estoy sudando con el calor que hace aquí. ¿Puedo al menos ir al baño y ponerme una base, un poco de maquillaje?

—Poder, por supuesto que puedes. Pero cuando vuelvas, ya no te quedará tiempo para la grabación. Tenemos que entregar este material antes de que acabe la tarde.

Todas las demás chicas que entraron antes debían de haber hecho la misma pregunta, y obtenido la misma respuesta. Mejor no perder el tiempo. Saca un pañuelo de papel del bolso y se seca suavemente la cara mientras camina hacia la marca.

Un asistente se coloca delante de la cámara mientras Gabriela lucha contra el tiempo, intentando leer lo que está escrito en aquella media hoja de papel.

—Prueba número 25, Gabriela Sherry, agencia Thompson.

«¿Veinticinco?»

—Rodando —dice la mujer de las gafas.

La sala se queda en absoluto silencio.

—«¡No, no creo lo que me estás diciendo! Nadie es capaz de cometer crímenes así sin ninguna razón.»

—La palabra «así» no está en el texto. ¿Acaso crees que el guionista, que ha trabajado durante meses no ha pensado en la posibilidad de poner «así»? ¿Y que la eliminó porque pensó que era inútil, superficial, innecesaria?

Gabriela respira hondo. No tiene nada más que perder, salvo la paciencia. Ahora va a hacer lo que cree que es mejor: salir de allí, ir a la playa, o volver para dormir un poco más. Tiene que estar en plena forma para los cócteles de la tarde.

Una extraña, deliciosa calma la invade. De repente se siente protegida, amada, agradecida por estar viva. Nadie la obliga a estar allí, aguantando otra vez toda esa humillación. Por primera vez en todos esos años, es consciente de su poder, que pensaba que nunca había tenido.

—«No, no creo lo que me estás diciendo. Nadie es capaz de cometer crímenes sin ninguna razón.»

—Siguiente frase.

La orden fue innecesaria. Gabriela iba a continuar en cualquier caso.

—«Es mejor que vayamos al médico. Creo que necesitas ayuda.»

—«No» —respondió la mujer de gafas, que interpretaba el papel de «novio».

—«Está bien. No vamos al médico. Vamos a pasear un poco, y me cuentas exactamente lo que está sucediendo. Te amo. Si a nadie más en este mundo le importas, a mí sí.»Las frases de la hoja de papel se habían acabado. Todo estaba en silencio. Una extraña energía invade la sala.

—Dile a la chica que está esperando que puede irse —le ordena la mujer de gafas a una de las personas presentes.

¿Era lo que ella estaba pensando?

—Ve al extremo izquierdo de la playa, donde está el puerto deportivo que hay al final de la Croisette, frente a Allée des Palmiers. Allí habrá un barco esperando puntualmente a las 13.55 horas para llevarte a ver al señor Gibson. Le enviaremos ahora el vídeo, pero le gusta conocer personalmente a las personas con las que tiene la posibilidad de trabajar.

Una sonrisa se dibuja en la cara de Gabriela.

—He dicho «posibilidad». No he dicho «que va a trabajar».

Aun así, sigue sonriendo. ¡Gibson!

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