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fecha de publicación10.03.2016
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¡Qué suerte!

Lo esperaba todo esa mañana, menos reunirse con el hombre que —estaba segura— iba a cambiarle la vida. Pero él está ahí, con su aspecto descuidado de siempre, sentado con dos amigos, porque los poderosos no necesitan nada para demostrar de lo que son capaces. Ni siquiera llevan guardaespaldas.

Según Maureen, las personas en Cannes se pueden dividir en dos categorías:


  1. Las bronceadas, que se pasan todo el día tomando el sol (porque eventualmente ya son ganadores), utilizan una tarjeta identificativa exigida en las áreas restringidas del festival. Cuando llegan a sus hoteles, hay varias invitaciones esperándolas (la gran mayoría de las cuales acaban en la papelera).

  2. Las pálidas, que van de un despacho oscuro al siguiente, haciendo pruebas, asistiendo a cosas geniales que se perderían debido al exceso de ofertas, o tolerando verdaderos horrores que podrían otorgarles un lugar en el sol (entre las bronceadas), porque tenían el contacto adecuado con la persona indicada.


Javits Wild tiene un bronceado envidiable.

El evento que se apodera de esa pequeña ciudad del sur de Francia durante doce días, que hace que los precios aumenten, que permite que sólo los coches autorizados circulen por las calles, que llena el aeropuerto de jets privados y las playas de modelos, no está constituido solamente por la alfombra roja rodeada de fotógrafos por la que desfilan las grandes estrellas camino de la puerta del Palacio de Congresos.

¡Cannes no va de moda, sino de cine!

Aunque el lujo y el glamour es lo más visible, el alma del festival es el gigantesco mercado paralelo del sector: compradores y vendedores llegados de todas partes del mundo se reúnen para negociar con productos acabados, inversiones, ideas. En un día normal se realizan cuatrocientas proyecciones en toda la ciudad, en su mayoría, en apartamentos alquilados por temporada, con gente repartida incómodamente alrededor de las camas, quejándose del calor y exigiendo agua mineral y atenciones especiales, lo que hace que los encargados de la proyección tengan los nervios a flor de piel y una sonrisa helada en el rostro. Tienen que aceptarlo todo, ceder ante todas las provocaciones, porque es importante mostrar aquello que normalmente lleva años hacer.

Al mismo tiempo, mientras esas cuatro mil ochocientas nuevas producciones luchan con uñas y dientes por la oportunidad de salir de esa habitación de hotel y ganarse una verdadera proyección en las salas de cine, el mundo de los sueños echa a andar en sentido contrario: las nuevas tecnologías ganan terreno. La gente ya no sale tanto de casa por el tema de la inseguridad, por el exceso de trabajo, por los canales de televisión por cable (entre los que generalmente pueden escoger entre quinientas películas al día, por un coste casi nulo).

Y lo que es peor: hoy en día, Internet permite que todo el mundo sea cineasta. Portales especializados disponen de películas de bebés que caminan, hombres y mujeres que son decapitados en las guerras, mujeres que exhiben sus cuerpos sólo por el placer de saber que alguien al otro lado estará teniendo un momento de placer solitario, personas congeladas, accidentes reales, escenas de deporte, desfiles de moda, vídeos de cámaras ocultas que pretenden crear situaciones embarazosas para los inocentes que pasan por delante de ellas...

Por supuesto, la gente sigue saliendo, pero prefieren gastarse el dinero en restaurantes y en ropa de marca, porque el resto está en las pantallas de sus televisores de alta definición o en sus ordenadores.

Películas. Ya hace mucho que pasó la época en que todo el mundo sabía quiénes eran los grandes vencedores de la Palma de Oro. Ahora, si se pregunta quién ganó el año anterior, incluso las personas que participan en el festival son incapaces de recordarlo. «Algún rumano», dice uno. «No, estoy seguro de que fue un alemán», comenta otro. Consultan disimuladamente el catálogo y descubren que fue un italiano, cuyo filme, por cierto, sólo se proyectó en los circuitos alternativos.

Las salas de cine, que tras un período de competencia con los videoclubes volvieron a crecer, parecen estar de nuevo en una fase de decadencia, compitiendo con DVD de antiguas producciones que se entregan gratuitamente al comprar un periódico, Internet y la piratería universal. Eso hace que la distribución sea más salvaje: si algún estudio considera un nuevo estreno como una inversión altísima, presionan para que esté en las salas el máximo tiempo posible, dejando poco espacio para cualquier nueva producción que se aventure en el sector.

Y los pocos aventureros que deciden correr el riesgo —a pesar de todos los contras— descubren demasiado tarde que no basta con tener un producto de calidad entre manos. Para que una película llegue a las grandes capitales del mundo, los costes de promoción son prohibitivos: anuncios a toda página en periódicos y revistas, recepciones, asesores de prensa, viajes promocionales, equipos cada vez más caros, sofisticada tecnología de rodaje, mano de obra que empieza a escasear. Y el peor de todos los problemas: alguien que distribuya el producto final.

Aun así, todos los años se repite la peregrinación de un lugar a otro, los horarios concertados, la Superclase que le presta atención a todo menos a lo que se está proyectando en la pantalla, las compañías interesadas en pagar una décima parte del precio justo para otorgarle el «honor» a un determinado cineasta de ver su trabajo en televisión, las peticiones para rehacer todo el material y no ofender así a las familias, las exigencias de nueva edición, las promesas (que no siempre se cumplen) de que si se cambia por completo el guión y se invierte en cierto tema tendrán un contrato al año siguiente.

La gente escucha y acepta porque no tiene elección. La Superclase manda en el mundo, sus argumentos son dulces, su voz suave, su sonrisa delicada, pero sus decisiones, definitivas. Ellos saben. Ellos aceptan o rechazan. Ellos tienen el poder.

El poder no negocia con nadie, sólo consigo mismo. Sin embargo, no todo está perdido. Tanto en el mundo de ficción como en el mundo real, siempre hay un héroe.

Maureen mira orgullosa: ¡el héroe está ante sus ojos! La gran reunión que por fin se va a celebrar dentro de dos días, después de casi tres años de trabajo, sueños, llamadas, viajes a Los Ángeles, regalos, peticiones a sus amigos del Banco de Favores, intercesión de un ex amante suyo, que estudió con ella en la escuela de cine y que pensó que era mucho más seguro trabajar en una importante revista especializada en el tema que arriesgarse a perder la cabeza y el dinero.

«Hablaré con él —le dijo su ex novio—. Pero Javits no depende de nadie, ni siquiera de los periodistas que pueden promocionar o destruir sus productos. Está por encima de todo: ya hemos pensado en hacer un reportaje para intentar descubrir cómo ha conseguido tener en sus manos tantas salas, pero ninguna de las personas que trabaja con él quiso hacer declaraciones al respecto. Hablaré con él, pero no lo voy a presionar.»Habló. Consiguió que viera Los secretos del sótano. Al día siguiente, recibió una llamada para decirle que se verían en Cannes.

Maureen no se atrevió a decirle que estaba tan sólo a diez minutos en taxi de su despacho: acordó una hora en la lejana ciudad de Francia. Compró un billete de avión para París, cogió un tren que tardó un día entero en llegar al sitio, le enseñó un voucher a un malhumorado gerente de un hotel de quinta categoría, se instaló en una habitación individual en la que debía pasar por encima de las maletas cada vez que tenía que ir al baño, consiguió —también por medio de su ex novio— invitaciones para eventos de segunda categoría, como la promoción de una nueva marca de vodka o el lanzamiento de una nueva línea de camisetas; ya era demasiado tarde para conseguir el pase que permite la entrada al Palacio de los Festivales.

Había gastado dinero por encima de su presupuesto y había viajado más de veinte horas seguidas, pero tendría sus diez minutos.

Además, estaba convencida de que, al final, saldría de allí con un contrato y un futuro por delante. Sí, la industria cinematográfica vivía una crisis, ¿y? ¿Acaso las películas (aunque pocas) no seguían teniendo éxito? ¿No estaban llenas las ciudades de carteles de nuevos estrenos? ¿Sobre quién eran los artículos de las revistas del corazón? ¡Artistas de cine! Maureen sabía —mejor dicho, estaba convencida— que la muerte del cine ya había sido decretada muchas veces, pero aun así seguía sobreviviendo. «El cine se acabó» cuando llegó la televisión. «El cine se acabó» cuando llegaron los videoclubes. «El cine se acabó» cuando en Internet se empezó a permitir el acceso a los sitios de piratería. Pero el cine estaba ahí, en las calles de esa pequeña ciudad del Mediterráneo, que debía su fama precisamente al festival. Ahora, todo era cuestión de aprovechar la suerte que le había caído del cielo.

Y aceptarlo todo, absolutamente todo. Javits Wild está allí. Javits ya ha visto su película. Lo tenía todo para que el filme saliese bien parado: la explotación sexual, voluntaria o forzada, estaba ganando grandes espacios en los medios debido a una serie de casos de repercusión mundial. Era el momento adecuado para que los carteles de Los secretos del sótano luciesen en las salas de proyección que controlaba.

Javits Wild, el rebelde con causa, el hombre que estaba revolucionando la manera en que las películas llegan al gran público. Sólo el actor Robert Redford había intentado algo semejante con su Sundance Film Festival para cineastas independientes, pero, aun así, a pesar de las décadas de esfuerzo, Redford todavía no había logrado romper la gran barrera que mueve cientos de millones de dólares en Estados Unidos, Europa y la India. Javits Wild, sin embargo, era un vencedor.

Javits Wild, la redención de los cineastas, el gran mito, el aliado de las minorías, el amigo de los artistas, el nuevo mecenas, que a través de un inteligente sistema (que ella desconocía por completo pero sabía que daba resultado) ahora también abarcaba las salas del mundo entero. Javits Wild la había invitado a una reunión de diez minutos al día siguiente. Eso simplemente quería decir: ha aceptado tu proyecto, ahora sólo quedan los detalles.

«Lo aceptaré todo. Absolutamente todo», repite.

Evidentemente, en diez minutos Maureen no podrá decir absolutamente nada de lo que ha pasado durante los ocho años —una cuarta parte de su vida— que ha dedicado a la producción de su película. Resultaría inútil explicarle que hizo un curso superior de cine, anuncios comerciales, dos cortometrajes que obtuvieron una gran acogida en diversas salas de ciudades pequeñas, o en bares alternativos de Nueva York. Que para conseguir el millón de dólares necesario para la producción profesional hipotecó la casa heredada de sus padres. Que ésta era su única oportunidad ya que no tenía otra casa para volver a hacer lo mismo con ella. Siguió de cerca la carrera de sus compañeros de curso, que después de mucho luchar, escogieron el confortable mundo de la publicidad —cada vez más presente— o un empleo oscuro, pero garantizado, en una de las muchas empresas que producen series para televisión. Después de que sus pequeños trabajos fueron bien acogidos, empezó a soñar con obtener logros cada vez más altos, y a partir de ese momento ya no pudo controlarlo.

Estaba convencida de que tenía una misión: transformar ese mundo en un lugar mejor para las generaciones futuras. Unirse a otras personas como ella, demostrar que el arte no es simplemente una manera de entretener o de divertir a una sociedad perdida. Exponer los defectos de los líderes, salvar a los niños que en este momento mueren de hambre en algún lugar de África. Denunciar los problemas del medioambiente. Acabar con la injusticia social.

Era un proyecto ambicioso, claro, pero estaba segura de que su obstinación haría posible su realización. Para eso, necesitaba purificar su alma, y siempre recurría a las cuatro fuerzas que la guiaban: amor, muerte, poder y tiempo. Es necesario amar porque somos amados por Dios. Es necesaria la conciencia de la muerte para entender mejor la vida. Es necesario luchar para crecer, pero sin caer en la trampa del poder que conseguimos con eso, porque sabemos que no sirve de nada. Finalmente, es necesario aceptar que nuestra alma —aunque sea eterna —en este momento está presa en la telaraña del tiempo, con sus oportunidades y sus limitaciones.

Aunque presa en la telaraña del tiempo, podía trabajar en lo que le proporcionaba placer y la entusiasmaba. Y a través de sus películas podría dejar su contribución al mundo, que parecía desintegrarse a su alrededor, cambiar la realidad, transformar a los seres humanos.

Cuando su padre murió, después de pasarse toda la vida quejándose porque nunca tuvo la oportunidad de hacer lo que siempre había soñado, ella se dio cuenta de algo muy importante: las transformaciones se dan precisamente en los momentos de crisis.

No le gustaría terminar su vida como él. No le gustaría decirle a su hija: «Quise, en un determinado momento pude, pero no tuve valor para arriesgarlo todo.» Al recibir su herencia, entendió en ese mismo momento que la estaba recibiendo por una única razón: poder cumplir su destino.

Aceptó el desafío. Al contrario de las demás adolescentes, que siempre querían ser actrices famosas, su sueño era contar historias que las generaciones futuras pudiesen ver, oír y soñar con ellas. Su gran ejemplo era Ciudadano Kane: primera película de un profesional de la radio que desea criticar a un poderoso magnate de la prensa norteamericana; se convirtió en un clásico no sólo por su argumento, sino por afrontar de manera innovadora y creativa los problemas éticos y técnicos de la época. Una simple película bastó para que nunca fuera olvidado.

«Su primera película.»Es posible acertar desde el principio. Aunque su autor, Orson Welles, nunca volvió a hacer nada que estuviera a la altura. Aunque desapareciera de escena —eso sucede— y ahora se limitara a ser estudiado en los cursos de cine: probablemente, pronto alguien «redescubriría» su talento. Ciudadano Kane no fue su único legado: demostró a todo el mundo que un buen primer paso es suficiente para recibir invitaciones durante el resto de la vida.

Honraría esas invitaciones. Se prometió a sí misma no olvidar jamás las dificultades por las que había pasado, y hacer de su vida algo que volviera al ser humano más digno.

Y como sólo hay una primera película, concentró todo su esfuerzo físico, sus oraciones y su energía emocional en un único proyecto. Al contrario de sus amigos, que se pasaban la vida enviando guiones, propuestas, ideas, y acababan trabajando en varias cosas al mismo tiempo sin que ninguna de ellas diera resultado, Maureen se dedicó en cuerpo y alma a Los secretos del sótano, la historia de cinco monjas que reciben la visita de un maníaco sexual. En vez de intentar conducirlo a la salvación cristiana, creen que la única solución posible es aceptar las normas de su mundo lleno de aberraciones, por lo que deciden entregar sus cuerpos para hacer que entienda la gloria de Dios a través del amor.

Su plan era sencillo: las actrices de Hollywood, por más famosas que sean, normalmente desaparecen de los elencos al llegar a los treinta y cinco años. Siguen apareciendo en las revistas del corazón durante más tiempo, se las ve en actos benéficos y en grandes fiestas, participan en causas humanitarias, y cuando se dan cuenta de que se difuminan bajo los focos, se casan y se divorcian, provocan escándalos, todo ello durante unos meses más, unas semanas, unos días de gloria. En ese período que va del desempleo a la oscuridad total, el dinero ya no importa: serían capaces de aceptar cualquier cosa con tal de volver a las pantallas.

Maureen se acercó a mujeres que hacía menos de una década estaban en la cima del mundo, y ahora sentían que el suelo empezaba a desaparecer bajo sus pies y necesitaban volver desesperadamente a donde vivían antes. El guión era bueno; fue enviado a sus agentes, que pidieron un salario enorme y obtuvieron un simple «no» por respuesta. Su siguiente paso fue llamar a la puerta de cada una de ellas; dijo que ya tenía dinero para el proyecto, y todas acabaron aceptando (pidiéndole siempre que guardara en secreto el hecho de trabajar prácticamente gratis).

En una industria como ésa, era imposible empezar pensando de manera humilde. De vez en cuando, en sueños, se le aparecía el fantasma de Orson Welles: «Intenta lo imposible. No empieces por abajo, porque ya estás abajo. Sube rápidamente antes de que quiten la escalera. Si tienes miedo, reza, pero sigue adelante.» Tenía una historia genial, un elenco de primerísima calidad, y sabía que debía producir algo aceptable para los grandes estudios y las distribuidoras, sin verse obligada a rebajar la calidad.

Era posible y obligatorio que arte y comercio caminasen juntos.

El resto era el resto: críticos adeptos a la masturbación mental a los que les encantan las películas que nadie entiende. Pequeños circuitos alternativos en los que siempre la misma docena de personas salía de las sesiones para pasar las noches en bares, fumando y comentando una única escena (cuyo significado, por cierto, probablemente era por completo distinto de la intención con la que había sido rodada). Directores que daban conferencias para explicar lo que debería ser obvio para el público. Reuniones de sindicatos para reclamar que el Estado no apoya el cine local. Manifiestos en revistas intelectuales, frutos de reuniones interminables, en los que volvían a quejarse por el desinterés del gobierno en apoyar el arte. Alguna que otra nota publicada en un gran medio que generalmente sólo leen los interesados o las familias de éstos.

¿Quién cambia el mundo? La Superclase. Los que hacen, los que interfieren en el comportamiento, en los corazones y las mentes del mayor número de personas posible.

Por eso quería a Javits. Quería el Oscar. Quería Cannes. Y como para llegar a eso era imposible un trabajo democrático —lo único que deseaban los demás era dar su opinión sobre la mejor manera de hacer algo, sin correr jamás riesgos—, ella simplemente lo apostó todo. Contrató al equipo disponible, reescribió durante meses el guión, convenció a geniales —y desconocidos— directores de arte, diseñadores, actores secundarios, prometiéndoles muy poco dinero, pero mucha visibilidad en el futuro. Todos quedaban impresionados con la lista de las cinco actrices principales («¡El presupuesto debe de ser muy elevado!»), al principio pedían grandes salarios pero acababan convenciéndose de que participar en un proyecto como ése sería muy importante para sus currículums. Maureen estaba tan contagiada por la idea que el entusiasmo parecía abrirle todas las puertas. Ahora llegaba el salto final, aquello que iba a marcar la diferencia. Para un escritor o un músico, desarrollar algo de calidad no es suficiente, lo importante es que su obra no acabe pudriéndose en una estantería o en un cajón.

¡Necesita visibilidad!

Sólo le envió una copia a una persona: Javits Wild. Utilizó todos sus contactos. La humillaron, pero aun así siguió adelante. La ignoraron, pero eso no disminuyó su coraje. La maltrataron, la ridiculizaron, la excluyeron, pero continuó pensando que era posible, porque puso cada gota de su sangre en lo que acababa de hacer. Hasta que su ex novio entró en escena y Javits Wild concertó una reunión.

Lo vigila durante el almuerzo, saboreando anticipadamente el momento que van a pasar juntos, dentro de dos días. De repente, ve que se queda paralizado, con los ojos perdidos en el vacío. Uno de sus amigos mira para atrás, hacia los lados, siempre con la mano dentro del traje. El otro coge el móvil y comienza a teclear como un poseso.

¿Habrá pasado algo? Seguramente, no; la gente que está más cerca sigue charlando, bebiendo, disfrutando de un día más de festival, de las fiestas, el sol y los cuerpos bonitos.

Uno de los hombres intenta levantarlo para ayudarlo a caminar, pero parece que Javits no puede moverse. No debe de ser nada. Un exceso de bebida, como mucho. Cansancio. Estrés.

No puede ser nada. Había llegado tan lejos, estaba tan cerca y...

A lo lejos oyó una sirena. Debe de ser la policía, abriéndose camino entre el tráfico, eternamente congestionado, para alguna personalidad importante.

Uno de los hombres apoya el brazo de Javits en su hombro y lo lleva hacia la puerta. La sirena se acerca. El otro hombre, sin sacar la mano de debajo de su americana, mueve la cabeza en todas direcciones. En un momento dado, sus miradas se cruzan.

Uno de sus amigos lleva a Javits por la rampa y Maureen se pregunta cómo alguien que parece tan frágil es capaz de cargar un cuerpo así sin demasiado esfuerzo.

El sonido de la sirena se interrumpe justamente delante de la gran carpa. En ese momento Javits ya ha desaparecido con uno de sus amigos, pero el segundo hombre camina hacia allí, todavía con una de las manos dentro del traje.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, asustada. Porque años de trabajo en el arte de dirigir actores le habían enseñado que la cara del sujeto que estaba ante ella parecía hecha de piedra, como la de un asesino profesional.

—Ya sabes lo que ha pasado —la voz tenía un acento que no era capaz de identificar.

—He visto que empezaba a encontrarse mal. ¿Qué ha pasado?

El hombre no saca la mano de dentro de su traje. Y en ese momento, Maureen tuvo una idea que podría trocar un pequeño incidente en una gran oportunidad.

—¿Puedo ayudar? ¿Puedo acercarme a él?

La mano parece relajarse un poco, pero sus ojos siguen prestando atención a cada uno de sus movimientos.

—Voy con vosotros. Conozco a Javits Wild. Soy amiga suya.

En lo que pareció una eternidad, pero que no debió de durar más que una fracción de segundo, el hombre dio media vuelta y salió andando a paso rápido en dirección a la Croisette, sin decir ni una palabra. La cabeza de Maureen funcionaba a toda velocidad. ¿Por qué había dicho que sabía lo que había ocurrido? ¿Y por qué, de repente, el hombre había perdido totalmente su interés en ella?

Los demás invitados no se percatan absolutamente de nada, salvo del ruido de la sirena, que probablemente atribuyen a algo que ha sucedido en la calle. Pero las sirenas no combinan con la alegría, el sol, la bebida, los contactos, las mujeres hermosas, los hombres guapos, la gente pálida y la gente bronceada. Las sirenas pertenecen a otro mundo, en el que hay accidentes, ataques cardíacos, enfermedades, crímenes... Las sirenas no le interesaban lo más mínimo a ninguna de las personas que estaban allí.

Maureen deja de mirar en derredor. Algo le había pasado a Javits, y eso era un regalo del cielo. Corre hasta la puerta, ve una ambulancia que circula a toda velocidad por el carril cortado, con las luces encendidas.

—¡Es amigo mío! —le dice a uno de los guardaespaldas en la entrada—. ¿Adónde lo llevan?

El hombre le da el nombre de un hospital. Sin reflexionar ni un solo instante, Maureen echa a correr en busca de un taxi. Diez minutos después se da cuenta de que no hay taxis en la ciudad, salvo los que solicitan los porteros de los hoteles, gracias a generosas propinas. Como no lleva dinero en el bolsillo, entra en una pizzería, enseña el mapa que lleva consigo, le dicen que tiene que seguir corriendo por lo menos durante media hora hacia su objetivo.

Había corrido toda su vida, por lo que ahora no iba a ser muy diferente.


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